Desafortunadamente los personajes del Hobbit y de El Señor de los Anillos no me pertenecen, sino a Tolkien.
¡Hola! Uy, me retrasé un par de días ¡lo lamento mucho! Pero en mi defensa puedo decir que el semestre empezó más duro de lo que esperaba y estuve atareada casi toda la semana pasada con un ensayo larguísimo de filosofía.
¡En fin! ¡Espero que les guste!
La comarca y el rey.
7. Una canción para el corazón.
—… porque los enanos sufren por amor más que cualquier otro ser de la Tierra Media, —Bilbo miró a Thorin a los ojos; el enano parecía embelesado con su historia y le observaba también, con una sonrisa dulce en los labios.
—¿Por qué?, —preguntó el hobbit con suavidad.
—Porque los enanos sólo aman una vez…
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Bilbo despertó con una sonrisa en los labios y el recuerdo de las palabras dulces de Thorin cuando la historia hubo terminado. Poco le importaba que después de eso el enano se hubiera escabullido de su estudio sin darle tiempo a decir nada más: ahora sabía que tal vez tenía una oportunidad.
Se levantó apresuradamente y buscó entre sus cajones hasta encontrar un pequeño cofrecito de madera oscura con decorados en la tapa. Lo abrió con cuidado y tomó algo del interior antes de cerrarlo y devolverlo a su lugar. Suspiró y salió decididamente de su habitación. La casa estaba inusualmente silenciosa; ni pasos en la cocina ni la respiración pesada de Thorin en el cuarto de sus padres.
—¿Thorin?, —murmuró junto a la puerta, mas no obtuvo respuesta. Tocó con fuerza y luego, con el corazón en un puño, la abrió lentamente. El enano ya no estaba ahí; su cama, torpemente hecha, estaba vacía.
Bilbo frunció el ceño y se dirigió a la cocina, pero la soledad y el silencio reinaban ahí también. Una tetera humeaba sobre la mesa junto con un trozo de pan, no había más.
Una inquietud le cayó a Bilbo en la garganta y buscó desesperadamente en el estudio y en el saloncito, pero no había señales de Thorin; el hobbit regresó a la habitación del enano y un suspiro aliviando escapó de su boca. Las pertenencias de Thorin seguían ahí, salvo por sus botas y su ropa de trabajo, todo parecía estar en aparente orden.
"Debió avisarme que salía", pensó Bilbo y dio un paso al frente en la habitación. El sol permanecía aún del otro lado de la colina, por lo que las sombras frescas y plateadas imperaban en el cuarto. A Bilbo aquello le pareció místico, como si la escancia de Thorin se hubiera quedado en la estancia. Quizás algo apenado por el pensamiento, pero animado por la seductora idea, se acostó en la amplia cama; un aroma profundo y grave se desprendía de las almohadas.
El hobbit sonrió y se estiró cual gato antes de rebuscarse entre las ropas y sacar aquella pieza que traía consigo. El brillante objeto parecía frío ante las sombras. ¿Acaso sería correcto lo que estaba sintiendo? Aún si Thorin lo aceptaba, ¿no estaba siendo egoísta al tomar su corazón? Los Hobbits, aunque muy rara vez, podían enamorarse una vez en la vida. Sin embargo, dudaba mucho que eso le sucediera, su cariño por el enano era algo más; algo dulce y firme, tal vez amor no era la palabra adecuada, pero sí un enamoramiento profundo y sincero, que sabía, se acrecentaría cada momento. Suspirando, volvió sus pensamientos a Thorin, él...
—¿Bilbo?, —Bilbo saltó de la cama como si tuviera un resorte en la espalda y miró azorado a su alrededor. Alguien tocaba la puerta—. Bilbo, sé que estás ahí. ¡Abre!, —una voz familiar llamaba con acento molesto.
El hobbit tragó saliva, sabía quien era y lo que quería. Lentamente se acercó a la puerta y se asomó por una ventana; la silueta de una joven hobbit con las manos en la cintura se reflejaba borrosa a través del cristal. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Poco más de una semana y ni siquiera había recordado ir a…
—¡Bilbo!, —el aludido tomó aire y abrió la puerta. Un par de ojos profundamente azules le miraron un momento antes de soltarle un leve golpe en la mejilla.
—Prímula… —murmuró Bilbo sin atreverse a sobarse el golpe.
—¿Cómo pudiste?, —preguntó la joven, dando un paso al frente, dentro de la casa; los cabellos oscuros le caían hasta la cintura y le enmarcaban los ojos, como dos pozos profundos—. ¡Un año! ¡Un año y ni una palabra! ¡No avisaste a nadie! Podrías haber dejado una nota al menos. ¡Y luego llegas y no te dignas a pasarte por Casa Brandi! ¿Sabes cómo me enteré? Drogo fue a vernos ayer mismo… dice que los Sacovilla-Bolsón le dijeron a su madre de tu llegada. ¡Hace una semana! ¡Ay! Eres un… —Prímula hizo un movimiento extraño, como si aplastara algo entre su puño derecho y su palma izquierda.
—Yo también te extrañé prima… —respondió Bilbo finalmente.
—¿Y sólo eso respondes?
—Bueno… ¿qué más podría decir?
—Tal vez algo como, "lo lamento mucho, Prímula. No quería que nadie se preocupara, siento mucho no haber ido a verlos". —Bilbo se mordió el labio; de toda la familia que le quedaba, los Brandigamo siempre habían sido sus favoritos. Divertidos y alegres y siempre dispuestos a una amena conversación durante la comida. Ciertamente sentía mucho no haberlos ido a ver antes, era sólo que con tantas cosas en la mente sólo había olvidado ir a verlos…
—De verdad lo siento, —respondió luego de un momento de reflexionar sus palabras—. Es sólo que he tenido muchas cosas que hacer. Un problema… un problema algo terco para arreglar y no he tenido tiempo de ir a verlos. De verdad los extrañé mucho, pero no esperé que se preocuparan por mí; aunque tienes razón, debí dejar una nota, eso no sólo les habría calmado, sino que me habría ahorrado un par de problemas.
Prímula suspiró, ya no parecía tan molesta, pero llevaba aún el ceño fruncido y las manos en las caderas. Luego de un largo rato hizo una especie de sonrisa y se acercó más a su primo.
—Bueno, ¿me dirás entonces dónde has estado todo este tiempo? He escuchado rumores muy extraños, pero me gustaría que tú mismo me confirmaras que son ciertos.
—Pues adelante, —el hobbit hizo un ademán y ambos se dirigieron a la sala. Bilbo preparó un poco de té para ambos y se sentó frente a su prima—. Te advierto que es una larga historia.
—No te preocupes, el día acaba de comenzar.
Prímula resultó ser un público de lo más agradable. Se emocionaba en el momento correcto y hacía preguntas sólo cuando Bilbo se detenía para descansar o dar un sorbo a su té, que se había enfriado horas antes. El mayor de los Medianos contó con sumo detalle cada una de sus peripecias para alcanzar la Montaña Solitaria, las gentes que había conocido, la desgracia de Erebor y a cada uno de sus compañeros de viaje. Cuando terminaron, el sol había pasado ya el meridiano y sus rayos entraban oblicuamente por las ventanas, haciendo pasar los colores de la casa de plateado a dorado. La joven Prímula, que al comenzar el relato había parecido algo escéptica por el enojo, ahora estaba anonadada y sonriente.
—¡Oh, cielos!, —dijo, cuando Bilbo hubo terminado, mientras este apuraba su taza fría. Habían olvidado el segundo desayuno, pero la emoción del relato y la insistencia de Prímula les habían mantenido en sus lugares—. No sé qué decirte, primo. Tuviste una aventura muy extraña, aún más de las que me contaba mi madre, y eso ya es decir demasiado. Pero sí puedo asegurar que la tía Belladonna estaría orgullosa de ti.
—Tal vez sí, tal vez no, —murmuró Bilbo—. No logré cumplir con la misión.
—Ah, pero todos terminaron vivos, —el mayor se preguntó por qué todo el mundo parecía hacer énfasis en ese obvio detalle, pero lo dejó pasar—. Y consiguieron recuperar algo del oro, y además tuviste una aventura… todos estará muy sorprendidos cuando lo sepan.
—Preferiría que lo mantuvieras en secreto. Es decir, por ahora; quiero descansar un par de semanas.
—Está bien, —aceptó Prímula—, pero no me has dicho aún cuál es el terco problema con el que has estado lidiando. Entiendo que tal vez tuvieras negocios aún que atender, ¿con los Sacovilla-Bolsón?, —Bilbo negó con la cabeza. Aún no le había dicho de la presencia de Thorin en su casa; el relato se había quedado en la despedida de los enanos frente a las ruinas de Erebor y lo demás lo había dejado por sentado.
—Es algo completamente diferente, —respondió Bilbo luego de un momento y se removió incómodo en su asiento; pero de hecho, tal vez Prímula podría ayudarle: un consejo femenino en cuestiones del corazón le sonaba de lo más razonable—. Verás, lo que sucede es que el mismo re…
Pero se interrumpió cuando escuchó la puerta delantera abrirse lentamente. Prímula le miró, inquisitiva, pero él sólo hizo una mueca y esperó hasta que las pesadas botas de Thorin estuvieron sobre el umbral de la sala. El enano parecía inquieto, pero al mirar a la joven frunció el ceño y miró a Bilbo también.
—Prímula, este es Thorin Escudo de Roble, mi invitado.
Por un momento nadie se movió. Prímula inspeccionó al enano de arriba a abajo, con una mirada tan llena de curiosidad que a Bilbo le hubiera molestado de no saber que ella seguía siendo menor de edad y prácticamente una niña todavía. Thorin finalmente se acercó.
—Thorin, hijo de Thrain, hijo de Thrór; es un honor conocerla, —dijo el enano inclinándose. Ella se puso de pie.
—Prímula Brandigamo, —respondió ella con una graciosa reverencia.
—Es mi prima, su madre y mi madre eran hermanas, —explicó Bilbo, incorporándose también—. Vino a visitarme, y ya me he disculpado por no ir a Casa Brandi a visitarlos desde mi llegada, pero ahora, ¿dónde estabas?
—Ah… —Thorin se removió, incómodo—. Pues yo…
—Vamos, Bilbo, ahora no es momento para más preguntas, —interrumpió la joven—. Es hora de la segunda comida, vamos, te ayudaré: mi padre me enseñó una receta deliciosa de carne con papas. Podemos cenar todos juntos y luego me contarán de la estancia del señor Escudo de Roble en tu casa.
Tal como la joven dijo, cocinó algo que desprendía un delicioso aroma, mientras Bilbo preparaba algo para tomar y Thorin ponía la mesa con movimientos torpes; a Bilbo le parecía que estaba inquieto por algo, o tal vez avergonzado. Sea como fuera, se lo preguntaría más tarde.
La merienda fue tranquila y animada. Bilbo y Thorin se turnaban para contar a grandes rasgos la estadía del enano en Bolsón Cerrado. El hobbit miraba de vez en vez a Thorin para estar seguro si debía mencionar algunos detalles incómodos de los últimos días y éste, casi siempre, le dirigía mudos asentimientos. Incluso le contaron la pequeña historia de Nithi y Lofar, que fue recibida con entusiastas aplausos. Prímula sonreía y hablaba poco, pero entrecerraba los ojos reflexivamente cuando los otros dos se quedaban callados.
Serían cerca de las tres de la tarde cuando la joven hobbit se levantó nuevamente y, murmurando algo sobre su pequeño huerto y una cena con el primo Drogo, se despidió de ellos.
—¡Pero aún no anochece!, —replicó Bilbo.
—Pero es un largo camino a Casa Brandi, —respondió ella, con una sonrisa—. Fue un gusto verte de nuevo, primo; pero no vuelvas a desaparecer de esa manera. Nos tenías muy preocupados a todos.
—Intentaré no olvidarlo, —respondió el hobbit y dio un rápido abrazo a la muchacha—. Iré a tomar el té uno de estos días.
—Te esperaremos: un gusto también, señor Escudo de Roble, —el enano se inclinó levemente y se despidió con una cabezada.
Los dos varones miraron a la joven atravesar el jardín frontal, cuando de pronto, se dio la vuelta y dijo:
—¿Saben?, su historia me ha recordado una canción que mamá me enseñó cuando era pequeña:
"De los elfos las estrellas,
Y las canciones más bellas,
Entonadas a la luna,
Como una canción de cuna.
A los enanos las gemas,
De la montaña las menas,
Dentro de la cueva oscura,
Su hogar, la morada pura.
Y los hombres quieren gloria,
Alabanza extraordinaria,
Sus nombres en un cantar,
Que clamen más allá del mar.
Mas, no así a los medianos,
Pues riquezas no esperamos,
Para un hobbit es la flor
Para un hobbit el amor."
Los tres se quedaron en silencio después de aquello, escuchando sólo el silbido del viento que recorría Hobbiton; Bilbo sentía la mano de Thorin chocar contra la suya. Prímula sonreía—. ¡Nos vemos, primos!, —dijo, antes de darse media vuelta y echar a andar a paso vivo por el sendero.
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El vigilante entrecerró los ojos cuando el sol se posó sobre las llanuras; la oscura y profunda sombra de la montaña los mantenía vivos pero el detestable destello del astro les pudría las entrañas por con su patético calor. El sonido de cascos de caballos hizo eco sobre el camino y el orco se agachó.
Los hombres abandonaban la ciudad enana con la frescura de la tarde y la luz roja de un sol que estaba a punto de desaparecer detrás de las colinas; las mercancías bien atadas a los lomos de las bestias hacían un sonido metálico.
Cuando la procesión entera terminó de pasar, el orco se incorporó y echó a correr por la falda de la montaña; tras pasar un vado, se internó en una parte tupida del bosque y siguió corriendo hasta que el barullo común de la ciudad enana dejó de escucharse. Ahí, el campamento de los orcos esperaba la llegada de noticias.
—Los Hombres se han ido, —anunció al orco pálido, que caminaba de un lado a otro con su bestia blanca y evidente desesperación—. Sus guerreros y mercaderes ya han pasado el arroyo. ¿Qué hacemos?
Azog levantó un mazo por encima de su cabeza y luego se giró para mirar el horizonte; faltaría aún poco más de una hora de sol—. ¡Prepárense!, —gritó y golpeó el suelo con el arma.
Aquellas criaturas repulsivas se levantaron y tomaron sus armas, movidas por el odio a los enanos y el miedo a su líder. Como una jauría de perros rabiosos tomaron sus cosas entre gritos de ansiedad y empujones. Azog mientras tanto se sentó sobre una roca y reflexionó un momento: tendrían el beneficio de la sorpresa, pero los enanos estaban siempre preparados para la defensa, además, siendo aquella época del año, la noche tendría pocas horas.
Los machos se les enfrentarían, lo que aseguraba que Thorin y sus sobrinos estarían en la lucha, pero seguramente las hembras se refugiarían: tendría que buscar a la enana hija de Thrain en cada agujero.
Se levantó cuando el sol habíase ocultado casi por completo detrás de las montañas lejanas y volvió a levantar su mazo; el resto de los orcos le miraron, ansiosos. Con un grito atravesó el campamento, seguido de más de tres docenas de pies pesados y pestilentes.
La ciudad estaba tranquila esa noche. Después del ajetreo de los últimos días, el ambiente parecía silencioso y agradable. El guardia enano se acurrucó en su silla junto a la ventana y contempló la dulzura del mundo exterior. Las estrellas brillaban arriba y abajo los árboles se movían al compás del viento. Pero entonces, la tranquila ensoñación se vio detenida por el andar de decenas de pasos acercándose con rapidez, apisonando el suelo del bosque aledaño. El guardia se levantó y trató de aguzar la vista; una mueca de terror se dibujó en su rostro cuando los descubrió.
—¡Orcos! ¡Orcos!, —gritó y tocó la campana sobre su puesto—. ¡Orcos! —exclamó de nuevo antes de que una flecha envenenada le atravesara el pecho y lo derribara.
El guardia estaba muerto, pero los guerreros apenas escuchar su primer grito, se habían apresurado a apostarse en la entrada de la ciudad. El resto de los enanos se había encerrado en los refugios subterráneos. Azog, sobre su wargo avanzó primero entre los suyos y derribó al guerrero que se encontraba más cerca con un contundente golpe sobre la cabeza. Los orcos entraron al ataque sólo un momento después.
Los enanos se defendieron con valor y fuerza y lograron pronto contener a los orcos, mas no hacerlos retroceder. La lucha se estancó en los umbrales de la ciudad.
El orco blanco aguzó la vista en la oscuridad; una cabellera dorada, poco común entre los enanos captó su atención entre la marea de guerreros, una figura alta luchaba a su lado. Azog torció la boca en un gesto parecido a una sonrisa y se acercó a ellos—. Los quiero a ellos, —dijo en su despreciable lengua y cinco orcos corpulentos se abalanzaron sobre los herederos de Durin.
—¡Fili! —Gritó Kili y preparó una flecha, pero un enemigo se interpuso y el arco escapó de sus manos. Fili dio un cabezazo contra el rostro de quien lo había apresado por la espalda y se liberó.
Junto a él, tres orcos sostenían a su hermano; Kili hirió a uno con una espada que había recogido del suelo antes de que le golpearan en la cabeza. El menor de los hijos de Dís cayó al suelo inconsciente—. ¡Kili! —Gritó Fili; un par de brazos enormes le rodearon el cuello. Un golpe contundente sobre la frente lo hizo caer de rodillas; con la vista emborronada contempló a Kili en el suelo, sangrando. Creyó escuchar un agudo grito de guerra, los orcos levantaron las miradas. Entonces se desmayó también…
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Un cielo estrellado cubría a La Comarca con su manto brillante y hermoso. Bilbo contemplaba el pequeño objeto que tenía entre sus manos. Una mueca pensativa curvaba su boca apenas iluminada por la luz de la luna. Había ido a tomar aire, pero sólo había conseguido quedarse absorto en sus cavilaciones sobre todo aquello.
Estaba nervioso, sus rodillas temblaban y sus manos sudaban. ¿Y si Thorin le rechazaba? El Mediano suspiró ante el pensamiento; si el enano lo rechazaba, él no podría soportar mirarle de nuevo a los ojos. Su amistad se vería opacada por una vergüenza que no podría ser nunca olvidada. ¿Pero cómo era capaz de siquiera pensar en declarase? ¡Claro!, ¡su romántico y empedernido lado Bolsón, no había otra respuesta!
El hobbit suspiró una vez más y volvió la mirada hacia Bolsón Cerrado, cuyas ventanas refulgían ante la oscuridad de la noche. Apretó las manos y asintió para sí mismo, más dispuesto que unos segundos atrás. Un coraje desconocido le brotó del fondo del estómago y dio un paso decidido hacia su casa. Sin embargo, la figura de Thorin surgió de pronto de la puerta trasera. Traía su abrigo largo y ocultaba algo entre sus manos, detrás de su espalda. Cuando vio a Bilbo, de pie en medio del jardín de la casa, se acercó a él.
—… Bilbo, —dijo después de un momento—. ¿Qué hacías aquí?
—… miraba las estrellas, —respondió el aludido, y apretó más el pequeño objeto entre sus manos. Se balanceó un par de veces antes de volver a abrir la boca: debía ser entonces el momento—. Yo…
—Tengo algo que decirte, mediano, —murmuró Thorin atorando las palabras, de suerte que Bilbo no entendió lo que decía hasta varios segundos después.
—¡Ah!, sí, sí, dime.
—¿Recuerdas lo que te conté sobre los enanos?, sobre… aquello de que los enanos aman sólo una vez, —Bilbo asintió, sintiendo como el color se subía a su rostro—. Ah… hay algo que me gustaría contarte. Verás yo… me enamoré; hace un tiempo, de una maravillosa criatura… valiente, honorable y de una dulce belleza. —Dijo, el hobbit parpadeó un par de veces—. Pero… dadas las circunstancias no hubo gemas ni joyas, ni nada con qué demostrar mi amor y honrar el sentimiento de mi corazón. Entre nosotros es un deshonor no dar algo valioso al ser amado, es como decir que su persona no tiene verdadero valor…
Thorin se quedó en silencio un momento, vacilante, tratando de encontrar nuevas palabras. El hobbit apretó los puños y agradeció la oscuridad que ocultaba su profunda decepción—. ¿Por qué me cuentas esto?, —dijo, tratando de modular su voz que amenazaba con quebrarse.
—Porque necesitas saber… necesito que sepas… ¡no hubiera querido que hubiera tal deshonor entre nosotros!, pero mi amor es demasiado profundo como para mantenerlo callado, simplemente no puedo…
—Thorin, yo…
—¿Crees que pueda perdonarme?... Bilbo, ¿crees poder perdonarme?, —Bilbo se detuvo en seco, la mueca de su rostro se descompuso en completa confusión—. Te amo, Bilbo de La Comarca: eres mi Uno. —Las palabras parecían haberse perdido en su garganta; el hobbit no se movió. Thorin trajo sus manos adelante y un bello ramo de flores hermosas relució a la luz de la luna—. Además de mi vida no hay nada más que pueda darte, pero…
Pero Bilbo no lo dejó terminar, se había lanzado a sus brazos y le sostenía con fuerza, como si temiera que aquello fuera un sueño y se pudiera escapar si lo soltaba. Las flores sobresalían de su hombro y desprendían un aroma casi tan bello como el sentimiento de alegría que palpitaba en su pecho.
Luego de lo que tal vez fueron unos segundos o una hora, el Mediano se separó y contempló a Thorin con un inusual brillo en los ojos.
—No necesito joyas, Thorin Escudo de Roble: es lo bueno de ser un hobbit, —rio y el enano dibujó una tímida sonrisa en su rostro.
—Entonces, ¿aceptarías que te cortejara?, —preguntó el enano separando sus rostros un poco.
—No necesitas hacerlo: ya me he enamorado de ti, ¡creo que desde hace mucho!, pero… no me había dado cuenta, —sus manos se encontraron frente a sus pechos, Thorin sostenía aún las flores pero se inclinó para besar con suavidad la mano de Bilbo. Éste suspiró—. ¡Ah!, me gustaría darte algo… yo también… los hobbits acostumbramos darnos cosas, pero… tal vez no sea nada comparado con lo que tú has conocido, pero… —extendió la mano y un pequeño anillo con una piedrecilla azul brilló a la luz de las estrellas—. Sé que no es muy valioso, pero…
—Es hermoso, —interrumpió Thorin, tomando la mano de Bilbo entre la suya y éste le puso el anillo en el dedo meñique. Ambos sonrieron. Bilbo tomó las flores y las acunó entre sus brazos.
Algo dubitativo, dio un paso hacia el frente y, parándose de puntitas, unió sus labios con los de Thorin. El enano pareció temeroso un momento, pero después le tomó de la cintura y correspondió con suavidad; el aire se había caldeado a su alrededor. Sus labios no se separaron en un largo rato. Las estrellas parecían sonreírles.
¡Oh! ¡Quiero saber qué opinan! Me costó muchísimo esta última escena pero espero que haya sido de su agrado y no haya descepcionado a nadie U_U
En fin... ¿y qué piensan de los orcos? ¡Tuve que dejar las cosas en ese punto!, sé que no podría escribir más sobre eso... ya verán.
Agradezco mucho sus comentarios y espero nuevos, sus opiniones son muy importantes para mí; trataré de hacerme un espacio, aunque sea pequeño para escribir.
¡Nos vemos!
