El canto de una pareja de aves y el cacareo de los gallos de la granja de Rolf anunciaron un nuevo día en el remoto pueblo de Peach Creek. La oscuridad y el polvo que rodeaba el reducido ambiente le indicaban a Eddy que no estaba en su casa, y no había una alarma que destruir. Él se hallaba muy bien escondido en agujero, que lo protegía de los furiosos vecinos que buscaban su cabeza.

Como pudo, intentó salir de la madriguera improvisada en la que había pasado la noche. Sus brazos y sus piernas le dolían a horrores. Había tenido que contraer su cuerpo para caber en ese mugroso agujero, y había dormido en esa posición toda la noche. Realmente no le importaba saber si los chicos habían pasado por ese túnel o no. Abrió la pequeña porción de pared y salió arrastrándose.

La tenue luz del sol se filtraba por los extremos del túnel y marcaba las sombras de la tierra del suelo. Eddy exhaló. Tenía hambre y frio. Se encontraba arrodillado, con las palmas en el piso, como un perro. Los minúsculos granos de tierra, fríos y punzantes, se clavaron en cada una de sus palmas. El dolor era molesto, pero en lugar de ponerse de pie, se dejó caer al piso y se dio la vuelta, mirando hacia el techo.

Ahora si estaba cómodo. Después del tormento de la noche anterior, y su intento de descanso, justo ahora era cuando podría relajarse.

«¿Puedo quedarme aquí?»

¿Por qué no? Le parecía que nadie jamás lo encontraría ahí. Hacia frio, pero era cómodo y agradable. Para alguien que acababa de ser perseguido por un crimen que no cometió, lo mínimo que merecería...

«Vamos. Quedémonos aquí y que nos encuentren dormidos. ¿Qué tal?»

Porque él sabía que eso también era posible. El cansancio era grande, quizá tanto como la frustración, pero si se quedaba ahí solo sería peor.

«Encuentra a tus amigos y limpia tu nombre persiguiendo y atrapando al verdadero responsable.»Esa era la consigna original. Primero se encargaría de todo eso, y luego reconsideraría su relación con los otros.

Se puso de pie y abandonó el túnel.


Eran las seis de la mañana.

La primavera había hecho lo suyo con cada rincón de la región. El paisaje que brindaba el bosque era realmente digno de un cuento de hadas con ilustraciones: colores por todas partes. El sol, mientras tanto, desde su posición naciente, se ocupaba de aportar un ángulo perfecto de iluminación para darle al paisaje como un todo, un retoque soberbiamente coqueto, elegante, realista y a la vez alegre. Efecto que ni el mejor editor de imágenes podría igualar.

Una especie de ave común y corriente, cuyo nombre solo un nerd importante como Doble D podría reconocer, volvía de un buen viaje del otro lado de la región. Agotado, decidió bajar a descansar por ahí. Escogió como hospedaje, aquella gorra roja que camuflaba muy bien con el territorio. A escasos milímetros de la gorra se alzaba una especie de nido techado, perfectamente moldeado y demasiado coqueto para ser un nido. ¡Pero esperen! Eso no era un nido, era la cabellera de una humana.

Kevin despertó de su dulce sueño, con la espalda adolorida por la posición incómoda que tuvo que adoptar. Con un brazo, rodeaba a Nazz. Se habían quedado dormidos. Eso lo hizo sobresaltarse.

—¡Oh, Dios! —exclamó, sin notar que Nazz se hallaba dormida, apoyada sobre su hombro, hasta ahora.

La chica froto sus ojos y los abrió muy lentamente.

—Umm... Kevin... ¿Qué hora es?

—¡Ya amaneció, Nazz! ¡Ya amaneció! —Se incorporó rápidamente dejando a su amiga sin apoyo e ignorando al ave que despegaba de su cabeza—. ¡Te lo dije!

Nazz cayó al piso y se incorporó también.

—Oh, ¡lo siento Kevin! ¡Perdóname!

Recostada sobre el hombro de Kevin, Nazz había dormido como una bebe, y supuso que fue por eso que logró quedarse profundamente dormida. Es que él era tan cómodo.

—¡Rayos! Sabía que no debíamos parar. ¡Te lo dije! Pero tu insististe: «me duelen los pies, te ves muy cansado, ven, solo diez minutos.» —dijo, imitando su voz.

—¡Perdón! Es que estaba muy cómoda y... bueno. —Bajó la cabeza con vergüenza.

—Eddy ya debería estar cruzando la frontera. —Kevin dirigió su atención al sol. En plena primavera, se calculaba que debían ser las 7 de la mañana como mucho—. Si se nos escapa...

De pronto, escucharon la voz de un invitado irritante.

—Por fin se despiertan, dormilones.

El chico 2x4 ya había regresado de su arriesgada misión. ¿Cuánto tiempo llevaba con ellos? Quien sabe...

—¿Johnny?

—¿Qu... Desde hace cuánto estás aquí? —preguntó Kevin.

—Un par de horas, creo. Pero no te preocupes, Tablón y yo no encontramos a Eddy en lo de...

—¡Tarado! —Lo empujó y este cayó al piso junto a la tabla—. ¡Tenías que despertarnos! ¡Eddy se está escapando!

Johnny solo se sobó la pelada.

—Ups, perdón. Es que se veían muy cansados y muy juntos y no quise despegarlos —respondió con una sonrisa.

Nazz se limitó a dirigirle una mirada de complicidad a Kevin. Este solo meneó la cabeza.

—Olvídenlo. Solo vámonos...


Por más esfuerzo que hicieran, los dos Eds no lograban despegar la suela de sus zapatos del piso. El agotamiento les impedía hasta levantar los pies para caminar correctamente. Querían derrumbarse, caer ahí mismo, en la grava y dormir. O morir. Daba igual, no era mala idea. Pero a pesar de todo el cansancio, a ninguno se le ocurrió siquiera detenerse a descansar un rato. Hasta ahora.

Habían apagado las linternas hace ya una hora. La batería se estaba agotando y la luz del sol iba aumentando.

Era extraño, pero Doble D sentía una pesada energía sobre su espalda. Como algo oscuro intentando aplastar su alma, o apoderarse de ella. Algo tan oscuro que de pronto, y casi sin lógica, se encontró a si mismo replanteándose sus principios.

Eddy cometió muchos errores en el pasado y él siempre estuvo a su lado defendiéndolo, como lo haría un amigo leal. ¿Y no lo transformaba eso a él en responsable? Pero Marie dijo… que era la persona más buena y honesta que conocía. Que nada de lo que hacía era para dañar a alguien. Curioso que lo diga una Kanker, pero por algún motivo esas palabras lo tranquilizaban. Era bueno saber que había alguien más que lo comprendía al menos un poco. Y de nuevo volvió a sentirse algo culpable por haberla señalado.

—Doble D, creo que estoy alucinando.

Detrás de él, Doble D lo observaba. Podía ver su determinación cuando caminaba, pero también el gran desgaste físico. Supuso que aunque ellos no lo quisieran, tarde o temprano caerían derrotados y no despertarían hasta dentro de uno o dos días, quizá, sin considerar si después eran encontrados por algún ser no tan deseable.

—Ya falta poco, Ed... —le dijo, luchando por mantenerse en vigilia—. No debe estar... lejos...

Y entonces cayó de cara contra el suelo.

Ed fue corriendo a su amigo.

—¡No, Doble D! ¡Tú no!

Edd hizo un esfuerzo casi sobrehumano por levantarse. Colocó las palmas de sus manos en la fría y cortante grava. Presionó sobre esta y sintió dolor.

—Estoy bien... Ed... Bueno, no.

Ed se dejó caer al suelo, y se sentó.

—Mejor descansemos cinco minutos, amigo.

—Doble D, oigo voces. —A veces Ed podía tener una divertida paranoia, pero no era más que el producto de su imaginación—. ¡Por todas partes! Me dicen que soy feo.

Doble D rio.

—Es solo tu imaginación, Ed. Y el cansancio, supongo —le comentó Doble D—. Escucha, Ed. No podemos detenernos por mucho tiempo, ¿está claro?

—Claro pero... Doble D, pareces un muerto viviente.

Era verdad. No le hacía falta mirarse a un espejo para conocer su condición actual. Estaba a punto de llegar a uno de los límites a los que puede llegar un ser humano, y él lo sabía. Le quedaban minutos, o quizá segundos.

«Ese café debió estar vencido», pensó. Había intentado mantenerse despierto a base de cafeína, sin éxito, porque había caído en el sueño de todas formas. Cielos, ¿tanto lo había agotado todo este problema del ladrón? Lo único seguro era que dentro de unos minutos caería rendido, y no sabe si despertaría en cinco minutos, en ocho horas o la próxima semana, corriendo para no llegar tarde a la escuela. Tal vez ocurra algo y se tenga que despertar en cuestión de minutos, como había pasado en todo el día. Pero ¿y qué hay de Eddy?

«Lo tenemos que encontrar, o al menos uno de nosotros debe hacerlo antes de que cualquiera de ellos lo haga», pensó.

Doble D se dejó caer al piso, casi como si se hubiera desplomado.

—Ed, ¿podrías despertarme en cinco minutos? Después tú duermes y yo te despierto en otros cinco. ¿Entendido?

Para Ed no era mala idea. Solo tendría que aguantar cinco minutos y después podría echarse una pequeña siesta. No les tomaría más de diez minutos, y después de eso continuarían buscando a Eddy. Y además Doble D siempre sabe lo que hace.

—¡Entendido!

Doble D se sintió feliz de tener un amigo así. Colocó sus brazos bajo su cabeza, y cerró los ojos.


—...y entonces lo arrancas con fuerza.

—Wauuu, ¿y que tanto duele?

—Gritará como una niña, pero cuando lo tengamos lo veras, Jimmy.

Sarah y Jimmy se dirigían hacia el bosque, para reunirse con los demás. La intensa búsqueda en la jungla de Ed había sido un fracaso. No encontraron ninguno de los objetos desaparecidos, ni el mantel rojo, ni al Sr. Oso, ni nada. Antes de continuar con la misión, se detuvieron a lavarse un poco y a desayunar algo.

—¡Ya quiero ver como se vería Eddy sin sus tres pelos! —dijo Jimmy. Luego rió.

Habían tomado un poco de cera que encontraron en el botiquín del baño para usarlo contra el ladrón. Pensaron que lo más seguro era que ya lo habían encontrado y lo habían "corregido" con un poco de coacción, como se esperaba. Al no quedar lugar donde golpear, decidieron mejor vengarse a su estilo.

—Pero eso no es todo. Derramaremos lo que queda en su estómago y lo torturaremos para que confiese donde escondió nuestras cosas. —Le contó Sarah, más malvada que nunca.

Jimmy sonrió.

—Eres de lo peor, Sarah.

Continuaron caminando por el casi invisible sendero de tierra que serpenteaba entre pinos muy altos. Sarah adelante, Jimmy atrás.

De pronto, Jimmy escuchó lo que pareció un débil gruñido, proveniente quizás de detrás de algún árbol. No había amanecido lo suficiente como para iluminar bien todo el bosque. La luz sólo llegaba a algunos sectores. Convencido de que había sido solo su imaginación, decidió ignorarlo.

Permanecieron callados durante unos minutos, escuchando solo el sonido de sus pasos y el de las aves despertando a todos sus vecinos.

Volvió a escuchar ese gruñido. Esta vez logro determinar su origen: dos árboles detrás y uno a la izquierda. Sin que Sarah lo notara, sacó una pequeña piedra, lo colocó en su resortera, retrocedió y se acercó al punto.

No había nada.

Su imaginación le estaba jugando en contra. La oscuridad y el agotamiento le hacían oír cosas que no estaban ahí, pensaba. Si hubieran llegado al bosque unas horas antes, cuando todo estaba aún oscuro, el quizá no hubiera sido capaz de avanzar sin temblar de miedo. Cuando uno recorre un lugar oscuro, sin haber dormido por horas, seguramente exageraría lo que oye, creyendo que hay más criaturas de las que realmente hay. Pero todo eso estaba en la mente, ¿no? En este agradable bosque no hay más que aves, conejos, insectos, y no mucho más.

Cuando se dio la vuelta listo para volver con Sarah, con algo de esfuerzo logró distinguir una figura pequeña, abultada, apoyada en el pie de uno de los árboles que lo rodeaban. Podía ser un animal.

Se acercó unos metros hacia el objeto y pudo identificarlo: su oso de peluche.

—¡Señor Oso! —exclamo en voz baja. Soltó el arma y corrió hacia su osito. El pobre seguramente se congeló de frío toda la noche.

—¿Qué hace usted aquí, Sr. Oso? —Lo tomó y lo levantó del piso—. ¿Qué dijimos de salir a caminar muy tarde? Usted pudo haber enfermado. Me temo que tendré que ponerlo bajo castigo, junto al Sr. Oruga.

Sarah ya estaba bastante lejos como para escuchar siquiera la voz de su amigo.

—Como les gusta hacernos preocupar. La señora vaca pregunto mucho por usted. —Jimmy no se dio cuenta del grosero error que había cometido al separarse de su amiga, no hasta que fue demasiado tarde.

—Ahora tenemos que regresar con Sarah. —Miro a su alrededor en busca de su amiga, pero esta no estaba—. ¡Oh, cielos! Perdimos a Sa...

Dos manos enguantadas taparon la boca del chico.