Capítulo 6

Era un día como cualquier otro en el castillo donde estaban los cuatro imponentes inu-youkais en forma de custodios, dentro de él no tenían que aparentar ser humanos, así que todos estaban en su forma humana-demoniaca de cabellos plateados y ojos azules con sus marcas respectivas, dos en forma de cuarto creciente, y dos a su vez en forma de cuarto menguante, y no muy lejos se podían divisar lo que parecían dos niños de doce años "jugando", y lo digo así porque sus juegos eran midiendo la fuerza, una niña y un niño de igual edad estaban combatiendo con sus espadas que les fueron dadas como un regalo por sus padres, cuando repentinamente el mayor que poseía la luna creciente se volteó y vio al que era el hijo de sus compañeros en el suelo siendo apuntado con la espada en la mano de su querida hija.

Es suficiente –dijo Aoi-.

Pero papá… -replicó la niña-.

He dicho, ya le ganaste, bastante cortadas tiene para que le hagas una más marcando las victorias –dijo serio-.

No puedo creer, mi hijo ha sido derrotado de nuevo por una simple niña –se burló de su hijo el de luna menguante-.

Ella juega sucio no es mi culpa –decía el niño mientras se paraba quitándose el pasto de la rompa y envainando la espada- por eso es que siempre ganas –le dijo a la niña mientras le sacaba la lengua-.

Hombres, no soportan que una mujer les gane –dijo interviniendo por primera vez la mujer de luna creciente, de cabello corto recto a la altura de la quijada, y un flequillo que le tapaba parte de su ojo izquierdo, dándole un toque felino a su mirada de un azul más oscuro que los demás- ¿verdad Sora? ¿recuerdas nuestras peleas?

No me lo recuerdes, siempre me ganas –respondió con un deje de fastidio en su voz- ven aquí, o capaz esa niña con instinto asesino te termina rebanando, así como lo hace Kaho conmigo –le dijo a su hijo-.

En ese momento en que los niños se disponían a ir a donde sus padres se encontraban, los cubrió a ambos un anillo de fuego, dejándolos totalmente incomunicados. Los cuatro demonios al ver esto, se alarmaron, más que todo la única que no había intervenido hasta ahora, que al detectar el olor del atacante se abalanzó directamente a donde este estaba, descubriendo su identidad, resultando ser nada mas y nada menos que uno de sus sirvientes, aquel que controlaba el fuego, Hi, que estaba totalmente fuera de sí ya que sus ojos estaban de un color opaco carente de vida. Con lo que no contaba la youkai es que había otro de los demonios alrededor, que era más rápido que aquel que tenía aprisionado, y aprovechó esto para derribarla con un golpe certero en el estómago, abriéndole así una gran herida producida por sus garras.

El menor de todos encerrado en el círculo de fuego, al ver aquella escena perdió el control de si mismo, sus garras se exageraron, al igual que sus colmillos, sus ojos azules por genética se tornaron rojos con destellos dorados, y las marcas en sus mejillas se acentuaron dándole un aspecto casi negro. Con esto salió de aquella barrera dejando inconsciente con un golpe certero a aquel que hirió a su madre, pero eso no le bastó, sino que aun estando el cuerpo casi inerte comenzó a golpearlo. La niña por su parte que no había salido de aquella muralla se angustió al ver a su mejor amigo, casi hermano actuando así con los que ella consideraba sus guardianes, y en un acto instintivo casi desesperado, liberó una gran cantidad de energía espiritual purificando todo a su alrededor para que el fuego cesara, y después de devolverle un golpe que pensaba darle Kaze a su hermano a traición, abrazó a este, logrando que volviera a la calma, pero sin embargo al volver a un estado de control, ninguno de los dos eran los niños que solían ser, el de cuarto menguante tenía los ojos dorados y las marcas de un color lila que sólo los inu-youkais de sangre pura tenían, y la de cuarto creciente, le había crecido precipitadamente el cabello, que se tornó negro, y sus ojos también estaban de un azabache que ninguno de ellos incluso con su perfecta forma de hacerse pasar por humanos habían logrado.

En ese momento fue que Aoi se dio cuenta que su descendencia no solo tenía el alma de ellos mismo habitando en esos cuerpos, sino que eran la reencarnación de alguien más.

. . .

Era de madrugada cuando la pequeña liebre escogió que era el momento idóneo para reunirse con su hermana para contarle aquello que había detectado en el olor de aquella humana. Ya al verse lo suficientemente lejos pensó que era el mejor momento para transformarse a su forma más humana, así que lo hizo, dejando paso a una mujer de increíble hermosura, de piel pálida cubierto por un kimono rojo sangre con el obi rosa, con el cabello largo hasta el suelo de color plateado cuyas puntas degradaban a un color rojizo, y su cara, tan perfecta como la de una muñeca de porcelana que tenia una marca rosa en forma de triángulo en su frente fue tapada de su fina nariz para abajo por lo que parecía ser un abanico negro.

Te pareces al demonio que protege a Naraku, Kagura de los vientos –dijo una voz femenina a sus espaldas-.

Te equivocas –dijo abriendo sus ojos de color carmesí mientras se volteaba para ver a su hermana- ella se parece a mí, no es más que una vulgar imitación, así que te agradecería no insultarme de esa manera Mizu.

Mizu el demonio del agua que en ese momento estaba en su forma humanoide, vestía también un kimono, era blanco con bordados en azul cielo y el obi de color azul marino, el cabello azabache estaba recogido de una manera bastante tradicional pero aun así algunos mechones de cabello estaban sueltos alrededor de su blanco pero sonrosado rostro en el cual destacaban unas marcas negras alrededor de sus ojos de color gris, que daban la impresión de más bien delineárselos.

Dime, a que debo tu llamada –preguntó la mayor-.

Primero, te excediste con la herida, no tenías porque usar tu veneno –dijo irritada la de ojos rojos- y segundo, creo saber donde está nuestros amos.

¿Lo has visto?

Aún no, pero…

Cuando lo veas entonces avísame, no me molestes para cosas tan insignificantes, adiós –dijo la de cabellos azabache marchándose-.

Grr, ¡lo primero que haré al encontrar a la señora Kaho es pedir que te encierre otra vez! –gritó al viento- me cae mal esa estúpida… espera este olor… Inuyasha está cerca –dijo para luego convertirse en una pequeña liebre nuevamente-.

Maldito animal, no me importa si te matan pero Kagome me matará si te pasa algo –dijo Inuyasha para agarrar a la pobre liebre por el pescuezo-.

Hanyu te sugiero que me trates con más respeto –escuchó Inuyasha, pero sin embargo no sabía de donde salió esa voz- y si, quien te habla es el insignificante conejo que tienes en mano.

¿Qué demonios? –dijo Inuyasha para luego soltar bruscamente al animal y poner su mano derecha en colmillo de acero con todas las intenciones de desenvainarla.

No te preocupes, no tengo la mínima intención de hacerle daño a aquellos humanos y el zorro a quienes proteges, y tampoco tengo la suficiente fuerza para enfrentarme a ti aunque quisiera, sólo quiero encontrar a mis señores.

¿Y quién te dijo que te ayudaremos? Porque yo no lo haré.

Si me ayudas, te diré la forma de matar a Naraku, pero los necesito a mis señores en esta época, no en la otra.

¿Qué estas diciendo? ¿Hay demonios en la época de Kagome? –dijo bajando la guardia- aparte del otro con el que me encontré que se parecía al odioso de mi medio hermano –y entornó los ojos-.

¿Un demonio con forma de inu-youkai? ¡ese es mi amo!