CAPÍTULO 7.

El resto del tiempo que estuvimos juntos durante mi permiso dio para más de lo que al principio había esperado. Dejando de lado el fin de semana con mi padre —durante el cual él cocinó para nosotros—, estuvimos solos tanto como pudimos. Luego regresamos a Chapel Hill. Allí, después de que Candy acabara sus clases diarias, pasábamos juntos la tarde y la noche. Paseamos por las numerosas tiendas que había en Franklin Street, fuimos al Museo de Historia del Norte en Raleigh, e incluso pasamos un par de horas en el zoológico. En mi penúltima noche en la ciudad, salimos a cenar a. un restaurante. Candy no permitió que la espiase mientras se arreglaba, pero cuando finalmente salió de la habitación, estaba bellísima. La miré con la boca abierta, pensando en la suerte que tenía de salir con ella.

No volvimos a hacer el amor. A la mañana siguiente, después de nuestra noche juntos, me desperté y descubrí que Candy me estaba estudiando, y que las lágrimas rodaban por sus mejillas. Antes de que pudiera preguntarle qué sucedía, puso un dedo sobre mis labios y meneó la cabeza, suplicándome en silencio que no dijera nada.

—Lo que sucedió anoche fue maravilloso, pero no quiero hablar de ello. —Acto seguido, me abrazó con fuerza por las costillas y yo también la estreché entre mis brazos durante un buen rato, escuchando el sonido de su respiración. Entonces supe que algo había cambiado entre nosotros, pero en ese momento no tuve el coraje de ahondar en el asunto. La mañana de mi partida, Candy me acompañó en coche al aeropuerto. Nos sentamos junto a la puerta de embarque, esperando a que anunciaran mi vuelo, y ella se dedicó a trazar pequeños círculos en la palma de mi mano con su dedo pulgar. Cuando llegó la hora de embarcar, se abalanzó sobre mí y empezó a llorar. Cuando vio mi expresión acongojada, estalló en una carcajada forzada, pero detecté la tristeza que se ocultaba en su pecho.

—Sé que lo prometí —se disculpó—, pero no puedo evitarlo.

—Todo saldrá bien. Son sólo seis meses. Con tantas cosas que haces, ya verás cómo el tiempo pasará volando.

—Es fácil decirlo —se lamentó, ahogando un sollozo—. Pero tienes razón. Esta vez intentaré ser más fuerte. No me desmoronaré. Escruté su cara en busca de algún signo de tristeza, pero no vi ninguno

. —De verdad, estaré bien —concluyó. Asentí, y por un largo momento simplemente nos quedamos mirándonos fijamente.

—¿ Te acordarás de contemplar la luna llena? —me preguntó.

—Cada una de ellas —le prometí. Compartimos un último beso. La abracé con fuerza y le susurré al oído que la quería, luego me obligué a soltarla. Me colgué el petate en el hombro y enfilé hacia la rampa. Miré de soslayo por encima del hombro y ya no vi a Candy entre la multitud. En el avión, me recosté en el asiento, rezando por que Candy me hubiera dicho la verdad. A pesar de que sabía que me amaba, de pronto comprendí que incluso el amor y el afecto no siempre eran suficientes. Eran los pilares en los que se asentaba nuestra relación, pero eran tan inestables como el mortero del tiempo que compartíamos, un tiempo con la amenaza de la inminente separación que nos ahogaba. A pesar de que no quería admitirlo, había muchas cosas de ella que desconocía. No sabía que mi partida el año pasado la hubiera afectado tanto, y por más horas que pasé pensando en la cuestión, no estaba seguro de cómo se lo tomaría esta vez. Notaba un peso enorme en el pecho, como si nuestra relación empezara a provocarme vértigo, como si sintiera que íbamos montados en un tiovivo. Cuando estábamos juntos, nos agarrábamos a los palos de los caballos de madera con fuerza para que siguiera rodando, y el resultado era mágico y bello, y nos dejaba embelesados como a un par de niños; cuando estábamos separados, el ritmo de las vueltas empezaba a decaer inevitablemente. Nos volvíamos inestables e inseguros, y supe que tenía que encontrar una forma para no caernos del tiovivo. Había aprendido la lección del año previo. No sólo le escribí más cartas desde Alemania durante julio y agosto, sino que también empecé a llamarla por teléfono con más frecuencia. Escuchaba atentamente todo lo que ella me contaba, intentando captar alguna señal de depresión y anhelando escuchar alguna palabra de afecto o de deseo. Al principio estaba nervioso antes de hacer esas llamadas; al final del verano, las esperaba con ansia. Sus clases iban muy bien. Pasó un par de semanas con sus primos, y luego empezó el curso en otoño. En la primera semana de septiembre, iniciamos la cuenta atrás de los días que faltaban para que me licenciara. Quedaban cien días. Era más fácil hablar de días en vez de hacerlo de semanas o de meses; de alguna manera, de ese modo parecía que la distancia entre nosotros se achicaba hasta trocarse en una sensación mucho más íntima, algo que ambos sabíamos que podíamos soportar. Habíamos dejado atrás la parte más dura, nos recordábamos el uno al otro, y descubrí que mientras tachaba los días en el calendario, las preocupaciones que me habían asaltado acerca de nuestra relación empezaron a disiparse. Estaba seguro de que no había nada en el mundo que pudiera evitar que estuviéramos juntos.

Entonces llegó el 11 de Septiembre.

Las imágenes del 11 de Septiembre se me han quedado grabadas en la retina para siempre. Recuerdo las impresionantes columnas de humo sobre las Torres Gemelas y el Pentágono, y las caras ceñudas de los que estaban a mi alrededor mientras presenciaban cómo la gente se lanzaba al vacío hacia una muerte segura. Recuerdo cómo se desplomaron los dos rascacielos y la enorme nube de polvo y de escombros que emergió en su lugar. Y también recuerdo la tremenda furia que sentí cuando evacuaron la Casa Blanca. En cuestión de pocas horas, supe que Estados Unidos respondería al ataque y que los servicios armados iniciarían la ofensiva. Nuestra base se puso en estado de máxima alerta, y dudé que alguna vez me hubiera sentido más orgulloso de mis hombres.En los días que siguieron, parecieron esfumarse todas las diferencias personales y las afiliaciones políticas de cualquier tipo. Por un corto periodo de tiempo, todos fuimos simplemente ciudadanos estadounidenses.Las oficinas de reclutamiento empezaron a llenarse en todo el país con hombres que deseaban alistarse. Entre los que ya estábamos alistados, el deseo de servir al país era más fuerte que nunca.Tony fue el primero de los hombres de mi batallón en renovar su contrato de permanencia por otros dos años adicionales y, uno a uno, cada soldado siguió su ejemplo. Incluso yo, que estaba esperando mi honorable licenciamiento en diciembre y había estado contando los días para irme a casa con Candy, caí en esa locura colectiva y renové mi contrato con el Ejército. Sería fácil decir que sufrí la influencia de lo que sucedía a mi alrededor y que ése fue el motivo de la decisión que asumí, aunque no sería más que una burda excusa. Es cierto, me vi atrapado en la misma oleada patriótica, pero más que eso, me sentía unido a mis hombres por unos vínculos de amistad y responsabilidad imposibles de romper. Conocía a mis hombres, me preocupaba por ellos, y la idea de abandonarlos en un momento tan crucial se me antojó como una acción de pura cobardía. Habíamos superado juntos demasiadas adversidades como para contemplar la posibilidad de abandonar el servicio en esos días nefastos del año 2001.

Llamé a Candy para comunicarle mi decisión. Al principio, ella me mostró su apoyo. Como todos los demás, estaba horrorizada ante lo que había sucedido, y comprendió el sentimiento del deber que pesaba sobre mis hombros, incluso antes de que intentara explicárselo. Me dijo que se sentía muy orgullosa de mí. Sin embargo, la realidad pronto sustituyó a ese estado febril colectivo. Al elegir servir a mi país, había aceptado hacer un sacrificio. A pesar de que la investigación acerca de los perpetradores obtuvo rápidamente resultados, el año 2001 concluyó de un modo extrañamente tranquilo para nosotros. Nuestra división de infantería no jugó ningún papel en el derrocamiento del Gobierno talibán en Afganistán, lo que supuso una tremenda decepción para todos en mi batallón. En lugar de eso, pasamos la mayor parte del invierno y de la primavera realizando maniobras y preparándonos para lo que todo el mundo sabía que iba a ser la futura invasión de Iraq. Supongo que fue alrededor de estas fechas cuando las cartas de Candy empezaron a cambiar. Cuando antes las recibía semanalmente, ahora empezaron a llegar cada diez días, y luego, cuando los días empezaron a alargarse, cada dos semanas. Intenté consolarme con el hecho de que el tono de las cartas no había cambiado, pero incluso eso mudó al cabo de un tiempo. Atrás quedaban las parrafadas en las que me describía cómo se imaginaba nuestra vida en común, frases que en el pasado siempre me habían llenado de esperanza. Ambos sabíamos que ese sueño tendría que quedar ahora aparcado durante dos años. Escribir acerca de un futuro tan lejano era seguramente para ella la constatación del largo trecho que nos quedaba por recorrer, algo que a los dos nos resultaba extremamente doloroso de contemplar.

El mes de mayo pasó, y me consolé pensando que al menos podríamos vernos la próxima vez que estuviera de permiso. El destino, sin embargo, conspiró contra nosotros una vez más justo unos días antes de mi esperado regreso a casa.

Mi comandante me llamó para que me personara en su oficina, y una vez allí, me ordenó que me sentara. Me explicó que mi padre acababa de sufrir un ataque al corazón y que él ya había tomado medidas de antemano y había solicitado un permiso especial de emergencia para que pudiera partir de inmediato.

En lugar de irme a Chapel Hill para pasar dos gloriosas semanas con Candy, viajé hasta Wilmington y me pasé todos los días junto al lecho de mi padre, respirando el nauseabundo olor a antiséptico que se me antojaba menos curativo que la propia muerte. Cuando llegué, mi padre estaba en la Unidad de Cuidados Intensivos; permaneció allí prácticamente todos los días que estuve de permiso. Su piel había adoptado un enfermizo tono gris ceniciento, y su respiración era acelerada y débil. Durante la primera semana, se debatió entre la consciencia y la inconsciencia, pero cuando estaba despierto podía detectar unas emociones que en mi padre rara vez se combinaban: miedo desesperado, confusión momentánea y una gratitud de que estuviera a su lado que me partía el corazón. En más de una ocasión, le cogí la mano, otra experiencia nueva para mí. A causa del tubo que llevaba insertado en la garganta, no podía hablar, así que yo me encargaba de hablar por los dos. A pesar de que ni tan sólo los médicos sabían si sobreviviría, tengo la certeza de que mi padre sonrió más en esos días que en toda su vida. Le dieron el alta el día antes de que se me acabara el permiso, y en el hospital realizaron los preparativos pertinentes para que alguien fuera a su casa y lo ayudara durante el periodo de convalecencia. No obstante, si mi estancia en el hospital fortaleció mi relación con mi padre, no hizo nada por mi relación con Candy. No me malinterpretéis, ella venía a verme tan a menudo como podía, y me mostró su apoyo y su ternura incondicional. Pero puesto que me pasé tantos días en el hospital, no pudimos apuntalar las fisuras que habían empezado a formarse en nuestra relación. Para ser sincero deseaba tenerla a mi lado. De alguna manera, Candy navegaba en un campo plagado de minas sin reaccionar al estrés que la encauzaba. Parecía estar en otro lado con sus pensamientos, incluso yo mismo podría ver su tensión. Sin embargo, necesitábamos pasar tiempo juntos. Tiempo solos. Si comparásemos nuestra relación con un generador, diría que mi tiempo en Alemania estaba continuamente descargándolo, y ambos necesitábamos tiempo para recargarlo. Una vez, mientras nos hallábamos sentados con mi padre y escuchábamos el pitido estable del monitor de su corazón, me di cuenta de que Candy y yo habíamos pasado únicamente cuatro días juntos en las últimas 104 semanas. Menos del cinco por ciento. Incluso con cartas y llamadas telefónicas, a veces no podía evitar preguntarme cómo era posible que hubiéramos aguantado tanto tiempo. Por lo menos conseguimos salir a dar un paseo solos de vez en cuando en esos días, y también cenamos juntos un par de veces. Pero puesto que Candy, no podía quedarse conmigo. Intenté no echarle la culpa, pero un día no pude más y estallé y nos enzarzamos en una pelea. Detestaba discutir con ella, quería saber que le sucedía, pero ella no dijo nada, e incluso lo negó todo cuando le eché en cara su comportamiento, creí que la cuestión candente era que se suponía que yo debía de haberme licenciado en el Ejército y estar con ella, y sin embargo no lo había hecho. Fue la primera y única vez que sentia que Candy me ocultaba. Procure olvidar la disputa, y entonces llegó la hora del adiós. Otra ocasión llena de lágrimas, aunque menos que en la anterior ocasión. Resultaba reconfortante pensar que eso se debía a que nos estábamos acostumbrando a la situación, o a que ambos estábamos madurando, pero cuando me senté en el avión, supe que algo irrevocable había cambiado entre ella. Candy había derramado más lágrimas casi sentia la intensidad de sus sentimientos . La constatación fue dolorosa, y en la siguiente noche de luna llena, salí a deambular por el campo de fútbol solitario. Y tal y como había prometido, evoqué los días de mi primer permiso con Candy. También pensé en mi segundo permiso, pero aunque resultara extraño, evité pensar en el tercer permiso, ya que incluso entonces creo que presagiaba lo que inevitablemente iba a suceder. El verano pasó; mi padre continuaba recuperándose, aunque despacio. En sus cartas me escribía que había adoptado el hábito de dar una vuelta a la manzana tres veces al día, cada día; un paseo que duraba exactamente veinte minutos, pero que incluso ese pequeño ejercicio suponía un gran esfuerzo para él.

Agosto dio paso a septiembre, y luego llegó octubre. Candy acabó sus clases en Chapel Hill y se trasladó a vivir a casa de sus primos, eso me había molestado pero lo deseche.

En los periódicos, yo leía noticias acerca de las Naciones Unidas y sobre cómo los países europeos querían hallar una forma de evitar que entráramos en guerra con Iraq. Las cosas estaban tensas en las capitales de nuestros aliados en la OTAN; en las noticias de la tele, aparecían manifestaciones de los ciudadanos y proclamaciones enérgicas por parte de sus líderes de que Estados Unidos estaba a punto de cometer un grave error. Mientras tanto, nuestros líderes intentaban hacerles cambiar de opinión. Y todos en mi batallón seguíamos con nuestra rutina, entrenándonos para lo inevitable con una determinación aciaga. Entonces, en noviembre, mi batallón y yo regresamos a Kosovo. No estuvimos mucho tiempo, pero fue más que suficiente. Por entonces ya estaba cansado de los Balcanes, y también estaba cansando de intervenir en misiones de paz. Y lo más importante, tanto yo como el resto de los soldados sabíamos que la guerra en Oriente era inminente, dijeran lo que dijeran en Europa. Durante ese tiempo yo seguía llamándola por teléfono con frecuencia. Normalmente solía llamarla antes del amanecer, como siempre había hecho —para ella era medianoche—y a pesar de que hasta entonces siempre la había encontrado, en más de una ocasión no estaba en casa. A pesar de que intenté convencerme de que debía de haber salido con algunos amigos o con sus primos, me resultaba difícil evitar que mis pensamientos divagaran por aguas turbulentas. Después de colgar el teléfono, a veces no podía evitar pensar que ella había conocido a otro hombre y que se había enamorado de él. A veces llamaba tres o cuatro veces en la misma hora, y la intensidad de mi enfado se incrementaba con cada tono que sonaba sin que nadie contestara. Cuando ella contestaba finalmente, podría haberle preguntado dónde había estado, pero nunca lo hice. Y ella no siempre me ofrecía la información voluntariamente. Sé que cometí un error al no decir nada, simplemente porque no conseguía alejar la pregunta de mi mente. A menudo estaba tenso en el teléfono, y sus respuestas eran taciturnas. Demasiado a menudo nuestras conversaciones eran dolorosas para ella. Después de colgar el aparato, siempre me detestaba por los celos que se apoderaban de mí, y me pasaba los dos días siguientes recriminándome mi comportamiento, prometiéndome que no permitiría que eso volviera a suceder. Candy ya no contestaba con el mismo regocijo como la persona que yo recordaba, y entonces estaba seguro de que algo pasaba. A pesar de todas mis dudas, la quería tanto como siempre, y a veces me ponía a evocar con nostalgia los momentos que habíamos pasado juntos.

No sabía lo que estaba sucediendo, por supuesto. Mientras nos íbamos alejando el uno del otro, me intentaba aferrar desesperadamente a las vivencias que un día compartimos; como un círculo vicioso, no obstante, mi desesperación sólo conseguía alejarnos más el uno del otro. No conseguía quitarme de encima esa sensación de que ella me estaba ocultando algo y de que no hacía nada para aliviar mis angustias. Odiaba esas llamadas penosas incluso más de lo que detestaba mis ataques de celos, aunque sabía que ambas cosas estaban relacionadas. A pesar de nuestros problemas, jamás dudé de que lo conseguiríamos. Anhelaba una vida con Candy más que ninguna otra cosa en el mundo. En diciembre, empecé a llamarla con más regularidad y procuré controlar mis celos. Me obligué a ser más considerado en nuestras conversaciones telefónicas, con la esperanza de que ella tuviera ganas de oír mi voz. Pensé que las cosas entre nosotros estaban mejorando, y en la superficie lo estaban, pero cuatro días antes de Navidad, le recordé que estaría en casa al cabo de menos de un año. En lugar de la respuesta llena de entusiasmo que esperaba, se quedó callada. Lo único que podía escuchar era el sonido de su respiración.

—¿ Me has oído? —le pregunté.

—Sí —respondió, ella con un tono sosegado—. Eso me costó dormir bien casi una semana. La luna llena cayó en el día de Año Nuevo, y a pesar de que salí a contemplarla y rememoré la semana en que me enamoré de Candy, esas imágenes parecían ahora difusas, como enturbiadas por la enorme tristeza que sentía en mi interior. De regreso al cuartel vi docenas de hombres congregados en corros o recostados contra las paredes de los edificios fumando un cigarrillo, como si no tuvieran nada de que preocuparse. Me pregunté qué pensaban mientras me veían pasar. ¿Se daban cuenta de que estaba perdiendo todo lo que me importaba en la vida? ¿O que de nuevo deseaba que pudiera cambiar el pasado? No lo sé, y ellos tampoco me preguntaron. El mundo estaba cambiando a una portentosa velocidad.

A la mañana siguiente recibiríamos las órdenes que llevábamos tanto tiempo esperando, y unos pocos días más tarde, mi batallón se encontró en Turquía mientras iniciábamos los preparativos bélicos para invadir Iraq por el norte. Asistimos a reuniones en las que nos informaron de nuestras misiones, estudiamos la topografía y repasamos los planes de combate. Apenas disponíamos de tiempo libre, pero cuando nos aventurábamos a salir de la base, resultaba imposible ignorar las miradas hostiles de la población. Oímos rumores de que Turquía planeaba denegar el acceso a nuestras tropas para iniciar la invasión y de que se estaban llevando a cabo las negociaciones oportunas para evitar que eso sucediera. Hacía tiempo que estábamos acostumbrados a escuchar rumores contradictorios, pero esta vez eran precisos, y mi batallón fue enviado a Kuwait junto con otras unidades para iniciar la ofensiva bélica. Aterrizamos a media tarde, bajo un cielo completamente despejado, y nos vimos rodeados de arena por todos lados. Casi inmediatamente nos montaron en un autocar, viajamos durante bastantes horas y acabamos en lo que era esencialmente la ciudad de tiendas de campaña más grande que jamás haya visto. El Ejército hizo todo lo que pudo para que estuviéramos cómodos. La comida era buena y en el PX, el economato militar que existe en todas las bases militares de Estados Unidos, había todo lo que uno pudiera necesitar, pero resultaba aburrido. El servicio de correo postal era deficiente —no recibí ni una sola carta—y las colas para realizar llamadas telefónicas eran siempre kilométricas. En los descansos entre maniobra y maniobra, mis hombres y yo nos sentábamos formando un corro y especulábamos sobre cuándo empezaría la invasión, o practicábamos poniéndonos nuestros trajes resistentes a sustancias químicas tan rápido como podíamos. El objetivo era que mi batallón sirviera de refuerzo a otras unidades de diferentes divisiones en una ofensiva implacable sobre la ciudad de Bagdad. En el mes de febrero, después de lo que pareció un millón de años en el desierto, mi batallón y yo estábamos preparados para el ataque. Había muchos soldados que estaban en Kuwait desde mediados de noviembre, y los rumores que nos llegaban se contradecían constantemente. Nadie sabía lo que iba a suceder. Había oído algo acerca de armas químicas y biológicas, y que Saddam había aprendido la lección en la operación Tormenta del Desierto y estaba reagrupando a la Guardia Republicana alrededor de Bagdad, con la esperanza de realizar un último esfuerzo brutal. El 17 de marzo, ya tenía la certeza de que la guerra era inminente. En mi última noche en Kuwait, escribí cartas a aquellos que amaba —una a mi padre y una a Candy—por si moría en la batalla. Esa noche entré a engrosar el convoy que se extendía 160 kilómetros dentro de territorio iraquí. Los ataques eran esporádicos, al menos al principio. Puesto que nuestra fuerza aérea dominaba los cielos, prácticamente no temíamos que el enemigo nos atacara por encima de nuestras cabezas mientras avanzábamos por carreteras prácticamente desérticas. El ejército iraquí, en su mayor parte, no estaba a la vista, lo cual sólo ayudaba a incrementar mi tensión mientras intentaba imaginar el enemigo al que mi batallón tendría que enfrentarse. De vez en cuando alguien nos alertaba a viva voz de fuego enemigo de mortero, y nos apresurábamos a colocarnos nuestros trajes especiales atropelladamente, sólo para enterarnos un poco más tarde de que se trataba de una falsa alarma. Los soldados estaban tensos. No conseguí conciliar el sueño durante tres días. Cuando nos adentramos más en Iraq, las escaramuzas empezaron a ser más frecuentes, y fue entonces cuando aprendí la primera norma referente a la operación Liberar Iraq: los civiles y los enemigos a menudo tenían el mismo aspecto. Alguien empezaba a disparar, y nosotros atacábamos, y a veces no estábamos seguros de a qué o a quién disparábamos. Cuando llegamos al Triángulo suní, la guerra se intensificó. Oíamos noticias de batallas en Fallujah, Ramadi y Tikrit, donde combatían otras unidades de otras divisiones. Mi batallón se unió a la veterana 82 División Aerotransportada en un asalto a Candy, y allí fue donde mi batallón y yo tuvimos el primer contacto con un combate real. La fuerza aérea había allanado el camino. Bombas, misiles y morteros no habían parado de caer desde el día previo, y mientras cruzábamos el puente para entrar en la ciudad, me quedé desconcertado ante la extraordinaria quietud. Mi batallón había sido asignado a un vecindario de los confines de la ciudad, donde debíamos entrar casa por casa para ayudar a limpiar el área de enemigos. Mientras avanzábamos, las imágenes se sucedían con gran rapidez: los restos chamuscados de un camión, el cuerpo sin vida del conductor postrado al lado del vehículo, un edificio parcialmente derrumbado, coches carbonizados por doquier. La detonación esporádica de disparos con rifles nos mantenía en guardia. Mientras patrullábamos, varios civiles se apresuraron a salir de sus casas con los brazos en alto, y nosotros intentamos hacer todo lo que pudimos por los heridos. A primera hora de la tarde, cuando nos disponíamos a regresar a la base fuimos sorprendidos por un intenso tiroteo proveniente de un edificio situado al final de una calle empinada. Nos protegimos detrás de un muro, pero nuestra posición era precaria. Dos hombres nos cubrieron mientras yo guiaba al resto de mi batallón a través de una lluvia de balas hasta un lugar más seguro al otro lado de la calle; sorprendentemente, no hubo que lamentar ninguna muerte. Desde allí, nos pusimos a disparar sin tregua contra la posición enemiga, un absoluto desperdicio de munición. Cuando consideré que estábamos a salvo, procedimos a acercarnos al edificio, avanzando con suma cautela. Utilicé una granada para hacer explotar la puerta principal y poder acceder al inmueble. Guié a mis hombres hasta la puerta y asomé la cabeza por el enorme boquete. El humo era denso, y el aire estaba enrarecido por el fuerte olor a sulfuro. El interior estaba totalmente destruido, pero por lo menos un soldado iraquí había sobrevivido; tan pronto como nos acercamos, empezó a disparar desde el sótano situado debajo del suelo que pisábamos. Hirió a Tony en una mano, y el resto de nosotros respondimos con cientos de balas. El sonido era atronador y ni tan sólo podía oírme a mí mismo gritar, pero mantuve el dedo firme en el gatillo, apuntando y disparando a cualquier punto del suelo, las paredes y el techo. Fragmentos de yeso y de ladrillo y madera volaban mientras arrasábamos el interior. Cuando finalmente cesamos de disparar, tenía la certeza de que nadie podía haber sobrevivido, pero lancé otra granada en un espacio abierto que conducía hasta el sótano sólo para quedarme más tranquilo; salimos corriendo al exterior para no sufrir los efectos de la onda expansiva de la explosión. Después de veinte minutos de la experiencia más intensa de mi vida, la calle estaba silenciosa, excepto por el pitido en mis oídos y los sonidos de mis hombres mientras vomitaban, proferían maldiciones o rememoraban la experiencia. Le envolví la mano a Tony, y cuando pensé que todos estaban listos, iniciamos el camino de regreso por el mismo lugar por donde habíamos venido. Al cabo de un rato llegamos a la estación de tren, que estaba en manos de nuestras tropas, y allí nos derrumbamos. Esa noche recibimos el primer paquete de cartas en casi seis semanas. En el correo, había seis cartas de mi padre. Pero de Candy sólo había una, y bajo la tenue luz, empecé a leer.

Querido Terry:

Te escribo esta carta con el corazón adolorido, sabes lo estoy pasando fatal porque no sé cómo tomaras lo que voy a decirte. Cómo desearía que pudieras estar ahora aquí, conmigo, para poder decírtelo en persona, pero ambos sabemos que eso es imposible. Sé que es un momento extremamente difícil para ti. Cada noche rezo para que regreses a casa sano y salvo, y continuaré rezando.

Pero aunque continuamos amándonos, he tomado una decisión, No espero que lo comprendas, pero Archie esta pasando un momento difícil, por mi, y me necesita a su lado, no puedo seguir mintiéndote aun que quisiera hacerlo para no perderte. La mentira únicamente corrompería todo lo que hemos compartido, y no quiero que eso suceda, aunque sé que probablemente te sentirás traicionado. Comprenderé perfectamente si no quieres volver a dirigirme la palabra, al igual que te comprenderé si me dices que me odias.Hablo en serio. Aunque probablemente no quieras oírlo, quiero que sepas que siempre serás parte de mí. Durante los momentos que compartimos, te ganaste a pulso un lugar en mi corazón, y eso es algo que siempre permanecerá así y que nadie nunca podrá reemplazar. Eres el primer hombre al que realmente he amado. Y no importa lo que nos depare el futuro, siempre lo serás, y sé que mi vida es mucho más completa gracias a lo que he vivido contigo

Lo siento,

Candy.

Continuará...