Capítulo 6

-El orgullo de Cho-

Cho se calmó momentáneamente, arropada por el abrazo de Hermione. Sentirla así de cerca no resultaba tan desagradable como había imaginado. Olía a esencia de melocotón, a rosas recién cortadas, al aire caliente del verano que golpea en la cara. Y no parecía tener intención de apartarse. Cho aspiró con fuerza y hundió su cabeza en sus cabellos. Así se estaba bien, enredada entre el cabello de Hermione se sentía a salvo.

Un sentimiento reconfortante que duró apenas unos segundos, menos de los que le hubiera gustado a Hermione, que rápidamente sintió cómo unos brazos colgaban anímicos sobre su espalda antes de que Cho se apartaba, creando un espacio infinitamente gélido entre las dos.

-¿Algo va mal?. –preguntó. Daba igual que ya conociera la respuesta.

-No, nada… –Cho se escurrió hasta el otro lado del sofá para poner aún más distancia entre ellas.

Y es que tarde o temprano tenía que pasar. Cho estaba cabreada. Seguía muy enfadada por los desplantes que le había hecho Hermione. Puede que aquel estúpido juego hubiera logrado que se olvidara momentáneamente, pero el abrazo lo cambiaba todo. Todavía podía recordar el beso, húmedo, caliente, intenso. Y esa pasión que Hermione había volcado en él para luego actuar como si nada hubiera ocurrido. Simplemente, no era capaz de entenderlo. Tenerla cerca le había hecho recordar sus miedos e inseguridades. Su orgullo irrefrenable volvía a ser más fuerte que ella.

-¿Seguro?. –insistió Hermione, observándola con extrañeza.

Cho hizo voto de no decir nada, de permanecer callada. Pero era Cho Chang. La que tenía un carácter endiablado cuando algo la perturbaba. Cho Chang, la que nunca se callaba. Cho, la muchacha más deseada de la Historia de Hogwarts.

Algo crujió en su interior, como una bisagra rota que amenaza con abrir una puerta.

-¡Pues claro que no¡. ¿Cómo quieres que algo vaya bien?. –dijo, sin contenerse, levantándose del sofá para pasear en círculos, sin rumbo fijo.

Hermione no comprendía nada. Cinco minutos antes estaban hablando como lo hubiera hecho con la pequeña de los Weasley. No¡mejor que con la pequeña de los Weasley¡. De una manera más íntima y madura. Y ahora Cho era un basilisco nervioso que paseaba arriba y abajo sin motivo aparente. Hermione observó su devenir desconcertada.

-No… no te entiendo… -se atrevió a confesar.

-¿No me entiendes?. –la miró furiosa Cho, alzando los brazos con descrédito. –Claro¿cómo ibas a entenderlo?. A ti lo único que te preocupa es salvar tu pellejo ¿verdad?… Nada más.

Sabía que había ido demasiado lejos y que estaba siendo muy injusta, pero en aquellos momentos se había apoderado de ella una ira irrefrenable. Estaba furiosa, y lo estaba por varias razones. Primero, por haberse sentido obligada a cumplir con la promesa que le había hecho a Harry. Segundo: por no haber hecho mella en el ánimo de Hermione, a pesar del beso, a pesar de todo. No era que quisiera gustarle. No, sólo de pensarlo le parecía absurdo. Pero tampoco pretendía que sus besos cayeran en saco roto. Y tercero: porque le costaba admitir que se sentía a gusto con Hermione, por más que Cho se hubiera arrancado la lengua antes de confesaro.

Sentía ganas de pelear, de humillarla, de hacerle sentir culpable para así poder desahogarse.

Ésa era Cho Chang, una persona incapaz de poner cabeza o razón a sus enfados. Si lo sentía dentro, los sacaba fuera.

La Gryffindor la miró perpleja, anonadada por lo que acababa de decir. Le costó reaccionar, pero se levantó del sofá como una autómata y dijo:

-¿Cómo puedes ser tan injusta?.¿Cómo puedes echármelo en cara?.

-No lo sé, dímelo tú –la voz de Cho era fría, inescrutable, casi cruel.

-¿Yo?.¿Y qué hubieras hecho en mi situación?.

-Habría intentado no implicar a otras personas, eso seguro…

-¿CÓMO?. ¿CÓMO LO HABRÍAS HECHO, CHO?.–se exasperó Hermione.

Porque aquello era injusto. Porque bien sabía ella que le había rogado a Dumbledore que encontrara cualquier otra solución, la que fuera; todo, menos la que proponía el anciano director. Incluso le había confesado que estaba dispuesta a abandonarse a merced de las consecuencias con tal de que su vida no dependiera de Cho Chang.

"Me temo que el colegio no puede permitirse asumir esos riesgos, señorita Granger", le había contestado Dumbledore, sin darle opción.

Era él quien había insistido. Ni siquiera le había dejado derecho a réplica.

-¡NO LO SÉ¡.¿Vale?. –gritó Cho en respuesta.

-¿Acaso crees que no lo intenté?.-insistió la morena. -¿Piensas de veras que no me opuse con toda mi alma?.¡No estabas allí¡.¡No sabes lo que ocurrió¡.

-No, y la verdad es que tampoco me importa…- Su arrogancia empeoró la situación. Hermione tenía ganas de abofetearla. –Pero no me creo que hayas hecho todo lo posible para resolverlo.¡Esto en Hogwarts¡. No es como esos colegios de Muggles a los que habrás ido en tu infancia –lo dijo aún sabiendo que esa afirmación le haría daño, la destrozaría por recordarle que era de sangre impura. -¡Tiene que haber otra solución, por el amor de Merlín¡.

Hermione sintió que perdía la poca paciencia que le quedaba. Era injusto que ahora la hiciera responsable de todo cuando minutos antes casi había roto a llorar, presa de la culpabilidad. Se sentía absurda por haber tratado de consolarla, de cargar con las culpas sobre su espalda.

-¡Claro que hice cuanto estuvo en mi mano¡. –se quejó. -Pareces creer que estoy disfrutando con esto, Cho, y lo cierto es que no estaba en mis planes pasar este día contigo. Mucho menos intimar contigo.

-Venga¡por favor¡, Eres la primera que está contenta de que esto pase. De don nadie a reina¿verdad?.

-¡Me importa un bledo tu popularidad¡.¿Eso es lo que has aprendido de mí después de lo que hemos hablado?.

Enmudeció. Podría haberlo llevado más lejos aún, tensar la cuerda hasta romperla, pero Cho no era tonta. Sabía dónde estaba el límite. Era cierto que a Hermione poco le importaban las apariencias.

-No…

Tuvo que ceder. No le quedó más remedio.

-¿Entonces?.

-Entonces… nada… -Cho volvió a dejarse caer en el sofá, de nuevo a su lado. Acababa de hacer un nuevo descubrimiento sobre Hermione: tenía la extraña habilidad de calmarla cuando más enfadada estaba. Pero el orgullo… su orgullo ya era arena de otro costal.


El profesor Snape entró en la sala común de los profesores cuando sus dos compañeras de equipo ya se habían acabado su té. Estaba contento tras haber martirizado a dos alumnos de Gryffindor de primero y haber gritado a otros tres de segundo. El placer que le reportaba atormentar a los alumnos de la casa oro y grana era incomparable a cualquier otro deleite terrenal. Una lástima que el humor lo dejara olvidado en el umbral de la puerta, tan pronto entró en la sala y se encontró con que sus colegas todavía estaban cotorreando sobre el encierro de las dos alumnas.

-Hola, Severus –dijo Minerva McGonagall, obteniendo por toda respuesta un sombrío gruñido.

Pomona Sprout optó por saludar con la mano. McGonagall ni siquiera le dio importancia. Se giró para retomar donde lo habían dejado.

-¿Por dónde íbamos?.

-Me estabas contando lo de la poción –le refrescó la memoria Sprout.

-Ah… sí. Fue en la época de los Potter, cuando yo apenas acababa de llegar al colegio. No conozco todos los detalles, pero sé que un alumno tuvo que pasar justo por el mismo tormento –McGonagall echó un vistazo furtivo en dirección a Severus Snape, que estaba muy atento a la conversación; luego se llevó otra pastita a la boca. Siempre había de sobra porque se renovaban mágicamente a medida que las iban comiendo.

-¿Y qué ocurrió?.

-Oh, al parecer tuvo un final feliz. Pero fue pura fortuna que no acabara en desastre –explicó McGonagall, que se vio interrumpida por un bufido de Snape, aunque esta vez tenía un marcado tono de burla. -¿Qué es lo que te hace tanta gracia, Severus? –preguntó, girándose para encarle.

Snape se había preparado también una taza de té y la había llevado hasta la mesa donde estaban las otras dos profesoras. Se sentó mientras ponía una mueca de desprecio.

-Que es curioso que hables de "final feliz" cuando la historia empezó siendo ya un final feliz.

-¿Qué quieres decir? –se interesó Sprout, que había abierto tanto los ojos para preguntar que su sombrero coronado de rábanos se tambaleó levemente sobre su cabeza. -¿Tú sabes lo que ocurrió, Severus?.

-Por supuesto que lo sé.

-¡Cuéntanos¡. –suplicó la profesora de Herbología.

-Ese estúpido de Potter… –Snape mascó las letras para luego escupirlas, una a una, p-o-t-t-e-r, con rabia y desasosiego –y sus bufones de los Merodeadores… Eran tan inútiles que se equivocaron al hacer la poción…

-¿Cómo que se equivocaron?.

-Sí… en lugar de obligar a su víctima a mantener relaciones sexuales con la persona que ellos querían, terminaron provocando que las tuviera con su novia.

-¿Y cómo sabes tú todo esto?. –McGonagall lo miró con interés y recelo, entornando mucho los ojos a la espera de su respuesta.

-¡Porque su víctima fui yo¡.

-¿Tú?. ¡Por los pechos de Circe¡. ¿Cómo que fuiste tú? –se sorprendió la directora de la casa Gryffindor, dando otro vigoroso mordisco a su pastita.

Sprout ignoró la exclamación de su compañera porque algo le sorprendió más que aquella confesión.

-Tú… ¿¿tú tenías novia??. –preguntó con incredulidad.

-¡Por supuesto que sí¡. ¿Por quién me has tomado?.


Harry salió contrariado del despacho de Dumbledore. Estaba casi seguro de que las cosas iban a mejorar tras haber hablado con él. Pero seguían en el mismo punto: vacíos de manos y con el culpable suelto, paseándose por algún lugar del castillo. Regresó a la sala común de Gryffindor fastidiado, con la intención de encontrar a Ron para bajar a comer, pero cuando cruzó el pasadizo de la señora Gorda se encontró de frente con Ginny Weasley.

La pelirroja tenía los ojos entornados y frunció tanto los labios para decir "Quiero hablar contigo" que a Harry se le hizo un repentino nudo en la boca del estómago.

-De acuerdo –accedió, con el miedo todavía pintado en sus pupilas. Intentaba disimular, pero al igual que no era capaz de engañar a Dumbledore tampoco se sentía capacitado para engañar a la pequeña de los Weasley. -¿De qué quieres hablar?. –preguntó con dificultad.

-Aquí no. Vayamos a alguna otra parte.

Se movieron sólo dos centímetros, los previos a una voz que les hizo detenerse en ese momento.

-¡Harry¡.

Era Ron, que en ese momento descendía desde la puerta del dormitorio de los chicos. El pelirrojo bajó de dos en dos las escaleras para llegar hasta donde estaban su amigo y su hermana.

-Te he estado buscando. ¿Dónde te habías metido?.

-Estaba en la lechucería. Quería mandar una carta –mintió Harry con un tono de voz muy poco convincente. Ginny le miró con desconfianza. Estaba salvado (por ahora). -¿Vamos?. –propuso, lanzándole una mirada significativa a la pelirroja, dando a entender que ya hablarían después de comer. Ella no se mostró excesivamente convencida, pero no le quedó más remedio que aceptar y seguir con resignación a los dos amigos por el hueco del retrato, camino del Gran Comedor.


Minerva McGonagall y Pomona Sprout no sabían si alucinar por el hecho de que Severus Snape hubiera tenido novia en sus tiempos mozos o debido al descubrimiento de que él había sido el estudiante intoxicado por primera vez. En cualquier caso, ambos eran motivos para quedarse boquiabiertas, y eso fue exactamente lo que hicieron.

-¿A qué vienen esas caras largas?. Cualquiera diría que acabáis de ver al Señor Tenebroso –comentó Snape con diversión.

El Señor Tenebroso da menos miedo que el hecho de que tú tuvieras novia. Merlín se apiade de la pobre muchacha, pensó Minerva McGonagall sin llegar a decirlo.

Ninguna de las dos reaccionó inmediatamente. Tras unos segundos, Pomona Sprout intentó normalizar la situación y preguntó:

-¿Llegasteis a descubrir de dónde sacaron la poción?.

-De la sección prohibida –explicó Snape. –Por aquel entonces nadie había revisado concienzudamente los libros. Por lo visto, Potter y Black hicieron una de sus escapadas nocturnas y se toparon con un viejo tomo de magia negra. Parecía inofensivo, pero tenía una buena suma de pociones catalogadas como prohibidas, entre ellas la Orgasmus. Lo cierto es que intentaron emparejarme con Avery, pero les salió mal… Confundieron un jersey de Avery con uno de mi novia. Fue pura suerte que estuviera en nuestra habitación; había quedado en devolvérselo, pero me lo olvidé encima de su baúl.

-¿Tan gorda estaba tu novia?. –razonó Sprout, que conocía muy bien las dimensiones del mortífago.

McGonagall rechinó al intentar contener la risa.

-¡Éramos unos críos¡. –trató de defenderse Snape. –Sólo teníamos 13 años… El jersey podría haberle servido a cualquiera.

-¿Quieres decir que te desvirgaste con 13 años?. –Pomona Sprout nunca se había caracterizado por su discreción.

Snape estuvo a punto de enrojecer, pero consiguió mantener su tono cadavérico, inescrutable y circunspecto.

-¿Acaso tenía otra elección? –dijo, encogiéndose de hombros.

-Evidentemente, no –reconoció McGonagall- y tampoco la tienen las dos pobres muchachas, me temo.

-¿Y qué les ocurrió a Potter y sus amigos?. –continuó preguntando Sprout.

-Por más que parezca increíble…¡nada¡. No les ocurrió absolutamente nada –relató Snape con un tono de amargura y de odio en la voz, apurando el té en el fondo de su garganta. La sensación de quemazón aplacaba su ira. –Lo descubrieron años más tarde, cuando ya todos habíamos crecido, gracias a una indiscreción de ese… alfeñique de Peter Petigrew. Así que, a pesar de todo, salieron indemnes… una vez más.


Durante los siguientes minutos el silencio se hizo insoportable. Hermione miraba de reojo a Cho y ésta hacia lo propio con Hermione. Ninguna de las dos parecía querer dar su brazo a torcer. Y estaba claro que para las dos hablar era mucho más que darlo a torcer, era prácticamente "dislocarlo".

Cho se sentía incomprendida, y mentalmente se mofaba de que la morena fuera demasiado responsable, demasiado madura, demasiado… ¡perfecta¡. para perder los papeles y tener una pelea como dios manda. Por más que lo intentaba, no conseguía una pelea de gatas, tal y como a ella le habría gustado.

Hermione se sentía ultrajada, sobrepasada por el orgullo de Cho, e incapaz de comprender por qué se había enfadado tanto. Ella no pensaba ser la primera en hablar, aunque lo estuviera deseando. Merecía una lección de humildad.

Cho se levantó, rebuscó por un libro en el fondo de su mochila y se encaminó a la habitación, dispuesta a leer en la intimidad.

Hermione la siguió con la mirada. No pienso ir. De eso nada. Si esperas que vaya detrás de ti, puedes esperar sentada. Cho desapareció en el interior del dormitorio y ella se cruzó de brazos y entornó los ojos para mirar hacia la puerta entreabierta. Ja. Me da igual que te vayas. Cogió una revista que había encima de la mesita de café. Si no quieres hablar, no hablaremos. La abrió por las páginas centrales y sólo encontró una entrevista de Rita Skeeter y un póster a todo color del buscador de la selección de Escocia. Aburrido, aburrido, aburrido. La hojeó apática, sin reparar en lo que estaba leyendo. De todos modos, no hay más que decir. Y la cerró, antes de lanzarla con enfado hacia el otro extremo del sillón. Mierda.

Tras tumbarse en la cama Cho abrió el libro por la página que tenía marcada. Intentó leer pero no podía. Seguía pensando en la frialdad de Hermione, en su rechazo. Jugó levemente con la hoja, pasándola y volviendo atrás, y justo cuando estaba ya casi concentrada para leer notó su presencia en el umbral. Sé que estás ahi. Entra o sal, pero no te quedes en la puerta. Bajó la portada de la novela, lo justo para mirar por encima de ella y encontrarse con una mirada rendida. Bandera blanca.

-¿Qué quieres?. –preguntó con desdén, cerrando el libro de golpe. Si Hermione esperaba que le pusiera las cosas fáciles, podía esperar sentada.

La Gryffindor no respondió inmediatamente. Se acercó a la cama y se sentó a los pies, suficientemente separada de Cho para no invadir su espacio. Conocía la psicología humana y sabía que acercarse sólo empeoraría las cosas.

-Cho: esto es ridículo –empezó a hablar. -Si quieres estar enfadada a mí me parece bien, pero, como no nos queda más remedio que estar aquí hasta que todo acabe¿no crees que sería mejor que habláramos?.

-No veo de qué quieres hablar. Está todo dicho¿no?.

Cuando se ponía tozuda, no había quien le hiciera bajar de la burra.

-Yo creo que no. Creo que estaría bien sincerarnos, decir lo que nos preocupa –razonó Hermione.

Su calma, su racionalidad, cogió por sorpresa a Cho. Nunca. Nadie. En toda su vida… Aquella era la primera vez que alguien tenía la paciencia necesaria para aguantar su genio o su carácter caprichoso. Sin poder evitarlo, Cho se sintió aliviada.

-Bien –accedió la Ravenclaw, incorporándose para prestar atención a su interlocutora. -¿Qué es lo que te preocupa a ti?.

-Ufff –suspiró Hermione. –Muchas cosas. Mis padres, lo que sentiré cuando todo esto acabe, si me curaré, qué estarán pensando Harry y los demás, si Snape nos envenenará a las dos y fingirá que nos hemos muerto por los efectos de la poción –bromeó, sonsacándole una sonrisa a Cho. -Como he dicho, muchas cosas, -en este punto dudó. Decirlo tenía sus ventajas, pero también sus inconvenientes. Finalmente, como buena Gryffindor que era, se envalentonó: -pero ahora mismo lo que más me preocupa eres tú.

-¿Yo?. –las cejas de Cho se elevaron con descrédito.

-Sí, bueno… -un carraspeo-. Verás, Cho: no quiero que pienses que disfruto haciéndote daño. Me siento muy culpable por todo lo que está ocurriendo y por haber cedido. Quizá tengas razón y yo tenía en mis manos detenerlo, pero ahora ya no hay marcha atrás¿verdad?. Y sé que nunca voy a poder agradecértelo lo suficiente… Pero no quiero que me odies –finalizó, ruborizándose ligeramente.

Le costaba expresar sus sentimientos.

Cho volvió a enmudecer. Lo había hecho más veces aquel día que todos los de su vida. Hermione era capaz de dejarle sin palabras, desarmada, al tiempo que le hacía comprender lo egoísta que podía llegar a ser.

Al recordar los riesgos que corría por culpa de aquella poción, Cho tuvo que compadecerse de sí misma por haber sido tan egoísta y bajó la cabeza con lentitud. No había sabido ver más allá y comprender que no se trataba de uno de sus juegos con Cedric, de una de sus famosas nominaciones al Oscar como reina del drama. Avergonzada, no le costó decir lo que ella esperaba oír:

-Yo no te odio, Hermione.

-Bien… -comentó Hermione en medio de una pausa teatral y extendiendo la mano para contar con los dedos –porque, si no me equivoco… serías la segunda en hacerlo. Inmediatamente detrás de Draco Malfoy, claro… –tenía dos dedos extendidos. Era su manera de romper el hielo.

Cho sonrió de una manera agridulce.

-Y de Marietta, no te olvides de ella.

-Cierto. Y de Marietta. Ya me había olvidado de su problemilla con el acné –admitió con una sonrisa de oreja a oreja. -Eso hacen tres. No querrás tener ese dudoso honor¿verdad?.

No, no quería. Su fiera interior se había escapado por error y Cho habría dado cualquier cosa por enmendarlo. Con voz temblorosa y con más vergüenza de la que había sentido en toda su vida, propuso lo más razonable de todo.

-¿Amigas?. –sugirió, tendiéndole una mano.

Hermione la estrechó sin dudarlo.

-Amigas.


NdA: gracias por los comentarios a todos los que estais ahi detras. Siento si todavia no hay mucha accion entre ellas, pero es que no quiero apresurar las cosas y pienso que asi va bien la historia. Hoy no tengo mucho tiempo de contestar reviews, pero prometo hacerlo en cuanto tenga un minuto. Como siempre, gracias. Booh-