Capítulo 7: Mechanical Animals (Animales Mecánicos)

Dib despertó varias horas después de que Zim se haya ido. Apretó el rostro contra la almohada, todavía negándose a abrir los ojos, cuando le llamó la atención una repentina sensación de solitaria quietud y silencio que invadió su cuerpo. Despejando velozmente todo rastro de somnolencia, abrió los ojos y se irguió sobre sus codos, sintiendo que su garganta se helaba al notar que el resto de la cama estaba vacío.

Se había percatado de algo diferente en Zim la noche anterior y lo había ignorado, descartándolo al creer que no sucedía nada más que otro capricho del irken. Pero cuando sus dedos rozaron el mango del arma olvidada, se dio cuenta de su error.

"Éramos neurofóbicos y perfectos

El día en que perdimos nuestras almas.

Máquinas que querían ser humanos

Si llorábamos nos oxidábamos."

Dib levantó el artefacto de entre las sábanas con el corazón paralizado en su pecho. No podía entender qué significaba, pero mil conjeturas danzaban en su cabeza atormentándolo con miedo, culpa y desconfianza. Imágenes de los días que habían pasado desfilaban por su mente, y él solo quería sacarlas de allí.

No se percató del incesante sonido de las alarmas de emergencia hasta que escuchó la explosión. Pegó un salto en la cama cuando los vidrios de su ventana temblaron amenazando con resquebrajarse, y se asomó velozmente a ella sin conseguir vislumbrar nada. Tomó su ropa y se vistió lo más rápido posible, salió de su habitación y corrió primero a la de Gaz y luego a la de su padre, pero ninguno de los dos se encontraba en la casa, pese a ser temprano aún. Entonces alcanzó la ventana del cuarto del Profesor Membrana, en el lado opuesto de la casa respecto a la suya, y el aire se trabó en su garganta antes de que pueda expulsarlo.

"Yo nunca seré el indicado para ti

Yo nunca salvaré al mundo de ti."

Después de todo lo que había pasado… después de todo lo que había luchado… Zim lo había conseguido.

Buscando alguna certeza mas allá de la destrucción que se amontonaba bajo sus ojos, conectó su computadora portátil a la red y buscó algo de información. Había unas pocas páginas de noticias que ya se habían abalanzado sobre el tema, pero la poca información que Dib consiguió sacar en limpio y que le pudiera ser útil para lo que quería saber era que se había producido una explosión en la central Curie, y que el saldo de heridos graves y fallecidos no cesaba de aumentar. Pero al fin de cuentas, el plan de Zim solo había afectado a un par de ciudades, tres cuando mucho.

-Que tonto.- murmuró Dib para si mismo con voz fastidiada y entornando los ojos.

Pero aunque poco efectivo, Zim había hecho lo que el humano había llegado a pensar que nunca concluiría, había matado, había generado caos y destrucción. Mientras continuaba pasando el puntero del mouse por noticias que solo decían más de lo mismo por el puro temor que sentía de salir a la calle y enfrentarse con la realidad, a Dib se le ocurrió pensar que a Zim no le importaba lo suficiente como para no seguir su plan de dominación. Y con el corazón adolorido, se dijo a si mismo que el capricho del irken había terminado, que era solo un tonto juego para él y que nada de lo que había vivido era verdad.

Poniéndose de pie, caminó decidido hacia la puerta. No iba a sufrir por un irken estúpido que no tenía sentimientos. Ya no tendría miedo, ni soñaría con cosas que jamás habían existido de verdad. Debía ante todo recordar quién era, y cual era su misión como el único humano consiente de la amenaza que se cernía sobre la especie.

Pero cuando abrió la puerta que daba a la calle, dos papeles amenazaron con volarse de la parte inferior del marco de madera.

"Pero ellos nunca serán buenos para ti

Malos para ti

Ellos nunca serán

Absolutamente nada."

Dib se inclinó y recogió las dos hojas de papel. Una de ellas era similar a un plano de la ciudad y su periferia, marcado en dos colores. Sobre la zona pintada en rojo, decía "zona peligrosa" en letras irregulares. En el área verde, la misma letra indicaba "zona segura", y allí se encontraba tanto su casa como la base de Zim.

La otra hoja tenía una inscripción en caracteres irken. Dib caminó pensativo hacia la nave de Tak, donde puso a analizar la nota que no comprendía. Mientras esperaba, observó su propio rostro en un espejo ubicado en un rincón de la cochera, recordándose a si mismo quién era él, y cual era su deber en la Tierra, como único ser humano con la inteligencia suficiente para darse cuenta de la verdad. Pero entonces la computadora alienígena zumbó y despidió el resultado de la traducción.

El chico tomó la nota y la sostuvo delante de sus ojos, porque aunque leerla le tomó una fracción de segundo, procesar las únicas cuatro palabras que brillaban en su idioma en el centro del papel le demoró mucho más.

"Te amo, humano tonto"

De repente, Dib ya no estaba tan seguro de si mismo.

"Este no soy yo, no soy mecánico

Solo soy un chico

Jugando al rey del suicidio."