Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Natalie Rivers.
Capítulo 6
-Esta noche cenaremos fuera –dijo Edward–. Para conmemorar tu regreso a Venecia.
–Eso será agradable –contestó Bella. No permitiría que Edward notara que seguía afectada por la discusión.
Estaría bien salir del palazzo. Habían pasado menos de veinticuatro horas desde su regreso y, las había pasado hecha un manojo de nervios.
No la sorprendía, tras todo lo ocurrido, pero iba a intentar no pensar en ello. Había pasado la tarde intentando concentrarse en un libro, pero ni siquiera uno de sus pasatiempos favoritos, la lectura, había conseguido distraerla de los inquietantes pensamientos que se arremolinaban en su mente.
–Iremos a Jacob's –dijo Edward.
–Eh... no... –Bella inspiró con ansiedad y miró a Edward, buscando una excusa para no ir a Jacob's. Tras lo ocurrido la última noche de Bella en Venecia, sería arriesgado que Edward y Jacob entraran en contacto.
El restaurante siempre había sido uno de sus locales favoritos para cenar. Estaba lo bastante cerca del palazzo para ir andando, servía algunos de los mejores platos de Venecia y tenía un gran ambiente. Jacob, el propietario, era todo un carácter, de personalidad expansiva y naturaleza generosa.
La noche que Edward había echado a Bella, la bondad de Jacob había sido su salvación. Atrapada en la ciudad cubierta de niebla, con todos los hoteles al completo y el aeropuerto cerrado, Jacob había salvado el día. Le había ofrecido quedarse en la habitación de invitados de su madre, sin preguntas, y él mismo la había llevado al aeropuerto la mañana siguiente.
–¿No te apetece Jacob's? –preguntó Edward, frunciendo el ceño–. ¿Por qué no?
–Iremos, si tú quieres –Bella no supo qué decir. Ella no había hecho nada malo, pero Edward era un veneciano orgulloso y sabía instintivamente que no le gustaría que hubiera aceptado la ayuda de otro hombre–. Pero en realidad me encantaría ir a ese sitio en Burano. Me apetece pescado.
–Muy bien –Edward se estaba dando la vuelta, pero de repente paró y la taladró con su mirada verde–. Esta cena es una celebración. Vístete para la ocasión.
Bella, irritada, contempló cómo se alejaba, preguntándose si pretendía provocarla con su autoritarismo. Era difícil acostumbrarse. Siempre había sido dominante, pero nunca le había dado órdenes sin más.
Cruzó la habitación para mirar por la ventana alta y arqueada. Góndolas negras cargadas de turistas surcaban el canal color verde jade. Observó las lánguidas ondulaciones en la reluciente superficie del agua, pensando en cuánto había cambiado su vida.
Ya no era una turista. Ni siquiera una visitante.
Estaba en Venecia para quedarse.
Subió las escaleras para vestirse para la cena. Le demostraría a Edward que entendía las reglas del juego.
No le haría perder tiempo aprobando su elección; su instinto de supervivencia no le permitía pasar de nuevo por esa humillación.
Había aceptado que Edward tenía intenciones serias de casarse con ella, y aunque las circunstancias no eran las que habría elegido, sacaría el mayor partido posible de la situación.
No permitiría que la fuerza viril y masculina de su personalidad la apagara. Debía asumir la responsabilidad de crearse una vida en Venecia y preparar la llegada a la familia de su bebé.
Sabía que lo mejor era dejar de luchar contra Edward y encontrar la manera de adaptarse a sus normas. Debía ser preactiva. Sería mejor intentar influir en el desarrollo de las cosas que pelear con Edward después de que hubieran sucedido.
Poco después cruzaban la laguna de camino a la isla de Burano.
–He echado de menos estar en el agua –dijo Bella, mirando a Edward. La luz dorada del atardecer doraba su pelo cobrizo y daba a su rostro un cálido resplandor, pero sus rasgos eran inescrutables. Imposible saber qué pensaba–. Era una de mis cosas favoritas de vivir aquí, aunque estuviéramos en invierno.
–Nunca pareció afectarte el frío –dijo Edward. Después regresó a su silencio, aunque era obvio que ella intentaba iniciar una conversación.
Bella soltó un leve suspiro y decidió disfrutar del viaje en barco admirando las vistas. El sol creaba un bello efecto en el agua: olas azul oscuro contra bandas anaranjadas que reflejaban el sol.
No tardaron en llegar a la pintoresca isla. Con sus casas sencillas y pintadas de alegres colores, parecía un mundo distinto a Venecia. No había hoteles en la isla y cuando caía la tarde los turistas regresaban a la ciudad. Los artesanos locales recogían sus encajes y demás productos y los pescadores salían a dar un paseo con su familia.
El barco se detuvo a un lado del puerto, y el piloto bajó de un salto a atarlo. Edward desembarcó primero y se dio la vuelta para ayudar a Bella.
Ella lo aceptó automáticamente, pero cuando sus manos entraron en contacto sintió una viva descarga de energía sensual. Apartó la mano con un gemido y se tambaleó cuando el barco dio un vaivén. Los dedos de Edward se cerraron sobre su brazo para afirmarla, pero no dijo nada mientras ella bajaba.
–Gracias –intentó que su voz sonara alegre y desenfadada, sin conseguirlo. No entendía que simplemente tocar su mano le provocara una reacción sexual. Su cuerpo zumbaba de deseo por él, a pesar de que no había dicho ni hecho nada–. Ya debería saber que no se pueden hacer movimientos bruscos estando de pie en el borde de un barco.
Alzó los ojos a su rostro y se le resecó la boca al ver cómo la miraba. Desvió la vista, esperando a que hablara, pero él siguió en silencio.
–¡Por Dios santo! –Bella se detuvo y giró la cabeza para mirarlo–. Deja de contestarme con silencios. Eres tú quien quiere mantener las apariencias.
–¿Que quieres que diga? –Edward alzó una ceja cobriza y siguió andando hacia el restaurante–. ¿Quieres que te regañe por actuar como una tonta al borde del agua? ¿O quieres que hablemos de cómo el simple contacto de mi mano en la tuya hizo que una corriente de deseo sexual surcara tus venas?
–Eso no es verdad –protestó Bella indignada, sonrojándose. La mera mención del deseo sexual le provocaba una reacción que prefería negar, sobre todo dada la actitud arrogante y hostil de Edward. Se alegró de que estuvieran andando y él no la mirara.
–Claro que lo es. Y si algo tan sencillo te excita, ¿qué ocurrirá en el restaurante cuando te abrace y demuestre a todos lo felices que somos?
Esa absoluta confianza en el efecto que ejercía en ella la afectaba en más sentidos de los que podía enumerar. Solo pensar en que podía excitarla la excitaba aún más. Se le había acelerado el pulso.
–¿Por qué no podemos tener una conversación normal? –protestó Bella, intentando controlarse.
–Podríamos intentarlo –dijo Edward, abriéndole la puerta del restaurante–. Pero sería mejor que te enfrentaras a la realidad, no te concentrarás en otra cosa. Ambos sabemos cómo acabará esta velada.
Ella se imaginó haciendo el amor con Edward y su cuerpo vibró de arriba abajo. Por más que lo intentara, era imposible ignorar esas imágenes.
Bella tenía las mejillas arreboladas cuando el maître se apresuró a darles la bienvenida, protestando por cuánto hacía que no iban, y los condujo a la mejor mesa del restaurante.
–¿Quieren una copa de Prosecco para empezar? –preguntó el maître.
–Perfecto –Edward dedicó a Bella una sonrisa lenta que le provocó un escalofrío–. Al fin y al cabo, es una velada de celebración.
–Yo no debería tomar más que unos sorbos –dijo ella, sin querer mencionar su embarazo.
–¿Cómo es eso lo que dicen los ingleses? –los ojos de Edward adquirieron un brillo diabólico–. Un poco de lo que gusta siempre hace bien.
Bella, temblorosa, se concentró en la carta para evitar su penetrante mirada. Si quería sobrevivir a la velada, tenía que controlarse y no pensar.
Cuando el camarero llego a informarles de los platos de pescado especiales del día, ella se había recompuesto un poco. Para cuando pidieron había controlado más o menos su reacción física ante Edward, pero sabía que iba a tener que esforzarse para conseguir que la conversación mantuviera un tono neutro.
–Deberíamos hablar de los planes de la boda –dijo Edward, sorprendiéndola con su cambio de táctica.
–Desde luego –aceptó, aliviada porque hubiera abandonado su campaña para incomodarla. Tomó un sorbo de Prosecco, el vino blanco espumoso de la región de Veneto. Las dedicadas burbujas cosquillearon su paladar y, su tensión disminuyó.
–Debe ser muy pronto –siguió Edward–. Y creo que un pequeño evento familiar sería lo mejor. ¿Hay alguien a quien quieras invitar que pueda venir con poco aviso previo?
–No lo sé. No he pensado en ello –Bella se pasó la mano por el largo cabello, consternada. Iba a ser muy raro seguir adelante con esa boda. Y seguía preocupándola mantener las apariencias con su madre y sus mejores amigas presentes–. Creo que seria mejor decírselo después. Podrán visitarnos más adelante.
–¿Te avergüenzas de tu prometido? –preguntó Edward. Su voz sonó neutra y Bella se preguntó si se sentía ofendido o estaba siendo sardónico.
–No –lo miró a los ojos. Un par de meses antes se habría enorgullecido–. Pero no estoy segura de poder convencer a mis seres queridos de que esto es real. Aún no me he acostumbrado ni yo.
–De acuerdo. Si crees que será mejor, haremos eso. Sólo mi abuelo, si está lo bastante recuperado, y un par de testigos.
La miró unos segundos más y contemplando sus ojos verdes a la luz de las velas, Bella recordó cómo se habían mirado en otros tiempos. La alegró que aceptara su sugerencia sin protestas. Su obligación era conseguir que el matrimonio pareciera normal, pero era demasiado pronto para sentirse segura de lograrlo ante la gente que más la conocía y quería.
El resto de la cena se desarrolló con calma. Edward mantuvo la conversación ligera y para cuando Bella acabó su helado, comprendió que era la primera vez que disfrutaba de una comida entera en varias semanas. Tal vez su cuerpo se había acostumbrado al embarazo, ahora que empezaba el segundo trimestre.
–Vamos a casa –dijo Edward. Pidió la cuenta.
Bella lo miró y recordó de repente lo que había dicho sobre cómo acabaría la velada. Se estremeció de anticipación. No podía negar que había echado de menos las noches de pasión compartida.
Contempló los cuadros que cubrían las paredes para no pensar en hacer el amor con Edward. En visitas anteriores él le había comentado que los antiguos propietarios a veces habían aceptado cuadros como pago por la comida. El resultado eran paredes cubiertas con un asombroso y ecléctico despliegue artístico del que ella siempre había disfrutado.
Había oscurecido cuando cruzaron la laguna de nuevo y la luna, en cuarto creciente, colgaba entre las estrechas calles. Bella tiritó y se arrebujó en su chal de seda; no porque tuviera frío, sino por el modo en que Edward volvía a mirarla.
Estaba demasiado oscuro para ver sus rasgos, pero presentía que su expresión era una que conocía bien. E indicaba que pronto estarían haciendo el amor.
–Tienes frío –dijo Edward, poniendo un brazo sobre sus hombros y atrayéndola hacia su costado.
–En realidad no –contestó Bella apoyándose en su cuerpo musculoso con placer. O la media copa de vino se le había subido a la cabeza, o la embriagaba estar tan cerca de Edward. Su aroma masculino y especiado invadía sus sentidos y hacía que su cuerpo rememorara mil sensaciones placenteras.
–Estás temblando –murmuró Edward, acercándose a su oreja. Ella sintió sus labios rozar su cabello. La excitación atenazó su estómago al pensar en lo que pronto ocurriría.
–No es frío –susurró con voz tenue. Aunque anhelaba volver a estar en sus brazos, también estaba nerviosa. ¿Sería tan fantástico como recordaba? ¿Quedaría Edward satisfecho?
La compatibilidad física era lo que podía crear un vínculo genuino en ese matrimonio de conveniencia.
–He echado esto de menos, bella mía –la voz profunda y sensual vibró en todo su cuerpo. El tomó su rostro entre las manos y ladeó su cabeza, como si estuviera a punto de besarla.
Bella lo miró en silencio. Quería sentir sus labios, y la destreza de sus besos. Pero él no se movió.
–Yo también –susurró, recordando en los tiempos en los que le habría parecido natural atraerlo para besarlo. Sin pensar en lo que hacía, se inclinó hacia él y besó sus labios con suavidad.
Contuvo el aliento. El no le había devuelto el beso. Pensó que quizá eso no fuera lo que él deseaba.
De repente, Edward empezó a moverse y todo ocurrió al mismo tiempo. Introdujo las manos bajo la falda suelta y las deslizó por la parte exterior de sus mulos. Después, sin darle tiempo a reaccionar. Agarro sus caderas y la sentó a horcajadas sobre él.
Ella se agarró a sus anchos hombros para estabilizarse, sintiendo una intensa oleada de deseo concentrarse en el punto más sensible de su anatomía, que estaba en contacto con la intensa erección de él. Estaban en la posición perfecta para practicar el sexo y se sentía como si lo estuvieran haciendo.
El movimiento del barco botando sobre las olas hacía que sus cuerpos chocaran eróticamente y Bella empezó a respirar cada vez más rápido. A una parte remota y racional de su mente le costaba creer que pudiera estar tan excitada. Apenas la había tocado y ni siquiera la había besado. Pero su cuerpo ardía.
Seguía teniendo las manos bajo su falda, en las caderas. Deseaba sentir su caricia.
–Quiero tocarte por todas partes –murmuró él, empezando a mover las manos.
Como tenía las rodillas apoyadas en el asiento, había espacio para que él deslizara las manos alrededor de la curva de su trasero. Ella se mordió la punta de la lengua al sentir el contacto.
–Bésame –fue una orden, y Bella se pregunto si estaba jugando con ella. Antes no le había devuelto el beso. Se preguntó si respondería esa vez o siseguiría frío como la piedra, a pesar de saber lo excitada que estaba.
Inclinó la cabeza y rozó su boca con los labios. La estaba volviendo loca de frustración sexual, e iba a intentar devolverle la jugada.
Pero en cuanto sus labios entraron en contacto sintió otra oleada de deseo incontrolable y oyó un gemido grave y sexual escapar de su garganta.
Edward alzó la mano, la puso tras su nuca y atrajo su boca con rudeza, besándola con pasión y furia. Introdujo la lengua en lo más profundo de su boca y ella le dio la bienvenida con ganas. Quería saborearlo y sentirlo. Estar tan cerca de él como fuera posible.
Nunca se habían besado así antes. En las muchas noches de sexo salvaje o tierno que habían compartido, nunca había experimentado un beso tan intenso. La sangre zumbaba en sus oídos borrándolo todo excepto a Edward y su deseo de estar con él.
Sintió su otra mano interponerse entre ellos y abrir los botones del corpiño del vestido. Un momento después su mano estaba dentro, deslizándose bajo el encaje del sujetador para moldear sus senos. Dejó escapar un suspiro de placer mientras él seguía besándola y presionando un pezón con los dedos.
–Oh, Edward –gimió ella, apartando la boca para tomar aire, jadeando.
–Estás lista para mí –una mano seguía dentro de su sujetador, provocando sensaciones deliciosas, y la otra bajo la cortina de pelo caoba que había caído hacia delante. Se lo echo hacia atrás y la tapó con el chal de seda para ocultar el vestido desabotonado–. En cuanto estemos dentro te haré mía, de una vez por todas.
Sus posesivas palabras eran una atractiva promesa. Quería ser suya. Siempre había sido suya. Desde el momento en que se conocieron había sido el dueño de su cuerpo, capaz de llevarla a alturas inimaginables. Hacía que su mundo estallara en multitud de estrellas de éxtasis y nada importaba excepto él.
Murmuró una protesta cuando él sacó la mano del vestido, pero comprendió que el barco había bajado la velocidad y ya recorría los canales de la ciudad. En un minuto estarían en el palazzo.
El barco llegó al arco gótico de la compuerta y Edward la levantó de su regazo. A ella le temblaban las piernas y él la envolvió en el chal y la alzó en brazos. Una vida en barcos y canales le había dado gran agilidad y equilibrio; un momento después estaban fuera del barco y de camino al dormitorio.
