Hola, otro lunes mas y les traigo un nuevo capítulo. Quiero agradecer a todos los que hasta ahora han leído mi historia, sobre todo a Rogue85 por haberse tomado tiempo en comentar. Me encantaría saber que opináis el resto, para asi mejorar en lo posible. Gracias por leer.
Capítulo 7.: Reencuentro en la aldea
Cinco días habían pasado desde que llegaron al palacio de Sesshomaru y no salían de los archivos nada más que para comer, dormir y por algún reclamo de Rin. Kagome estaba admirada porque Inuyasha se estaba esforzando mucho analizando todo pergamino y escrito que caía en sus manos. Cierto que no era su fuerte la lectura pero con la ayuda de Kagome desde el primer día, consiguió agilizar su lectura; a fin de cuentas no había leído en muchos años teniendo en cuenta además los 50 que había estado sellado en el Go-Shimboku.
Por su parte, Kagome también tuvo una toma de contacto peculiar pues todos los textos que caían en sus manos estaban escritos en unos caracteres y kanjis que en su época estaban muy poco empleados, pero gracias a la intercesión de Shitsuji, pudieron realizar la tarea con relativa fluidez.
Al día siguiente de empezar con su ávida búsqueda entre los manuscritos del Palacio, Sesshomaru había enviado a Jaken y a los sirvientes más antiguos de palacio para que les explicasen los parámetros de su búsqueda y así les pudiesen ayudar. Kagome e Inuyasha estaban asombrados por el despliegue de medios que Sesshomaru estaba poniendo a su disposición. Pensaron entonces que la pulga Myoga tenía razón al decir que Sesshomaru respetaba a Kagome y estaba haciendo esto por ella.
Habían dispuesto en la sala del archivo varias mesas donde depositaban organizados los rollos de pergaminos y manuscritos que estaban por leer y los ya revisados. Muchos de ellos estaban en tan lamentable estado que Jaken al verlo, decidió que sería un buen momento para reorganizar la sala donde los guardaban y adecentarla. Por lo menos se asegurarían de mantenerlos en mejores condiciones que ahora, parece ser que durante el tiempo que no hubo un señor del Oeste habitando en el palacio, muchas de las tareas de mantenimiento del lugar fueron abandonadas.
El misterioso agotamiento de Kagome no duró más de dos días desde que llegaron al Palacio; el hecho de no tener que estar constantemente en movimiento, dormir cómodamente en un futón todas las noches, hacer equilibradas comidas le había resultado muy beneficioso. Ella seguía igualmente regenerando la barrera de la Shikon No Tama todas las noches por lo que sin darle más vueltas al asunto, pensaron que se debía a que ella estaba más habituada ya a crearla.
Algunas tardes, Rin les sacaba de su vehemente búsqueda para que desconectaran y no vieran afectada su salud, sobre todo Kagome por su condición humana. La niña veía a la muchacha como su hermana mayor y por ello, buscaba su compañía y consejo con las cosas más sencillas. Rin había estado gran parte de su vida sola al ser asesinada su familia, en la aldea donde estuvo hasta conocer a Sesshomaru no la trataban bien quedando excluida como si fuese una indeseable y paria de la sociedad. Después de eso, sólo había convivido con los tres Yōkais durante sus viajes hasta la destrucción de Naraku. Tras ello, habían ido al palacio del Oeste y allí aun sólo rodeada por Yōkais, comenzaron a instruirla para cuando llegase el momento en que estuviese lista. No le habían dicho para qué, pero Kagome al escuchar la historia de la niña lo entendió rápidamente sin decirle nada, seguramente Sesshomaru, cuando ella creciera, le diría para qué debía educarse… como la perfecta esposa que querían hacer de la niña.
Con el tiempo pasando y los documentos apilándose nuevamente en sus estanterías de origen, Kagome iba desmoralizándose cada día un poco más; leía y leía ávida de encontrar alguna pista que arrojase algo de luz sobre su incansable búsqueda.
Inuyasha estaba siempre con ella y aunque no habían vuelto a tener esa tan deseada intimidad, el mero hecho de compartir ese tiempo, juntos, era para ellos un gran regalo, el cual seguía atesorando como cada uno de los íntimos encuentros que tuvieron. No había vuelto a pensar en el tema de hacer su compañera a Kagome y sobre la marca… al principio de enterarse no había sido su prioridad pero a medida que pasaban los días le empezaba a preocupar porque no encontraban indicios de lo que buscaban. ¿Sería posible que no hubiese constancia en ninguna parte de lo que buscaban? ¿Ni una pequeña pista?
El tiempo seguía corriendo en su contra, cada noche que Kagome debía restaurar la barrera de la Shikon No Tama, la melancolía y el desasosiego se apoderaban de ella, reflejando en su rostro la tristeza que la consumía. Sabía que el plazo de tiempo que se habían marcado para encontrar información para quedarse en ese mundo dejando abierto el pozo para ella, era relativamente pequeño, teniendo en cuenta que habían pasado cerca de tres años recuperando los fragmentos dispersos de la Shikon No Tama. Pero no podían permanecer mucho tiempo con la Shikon No Tama completa sin pedir el deseo correcto para purificarla totalmente. Esa época se merecía disfrutar tiempos de paz y que estos fueran duraderos.
Un día, cuando Kagome e Inuyasha entraron al Archivo se encontraron a Sesshomaru y a Jaken revisando manuscritos a los que ellos todavía no habían llegado. Su sorpresa fue mayúscula ante la presencia de los Yōkais y sin mediar palabra con ellos, se habían dirigido a los puestos que ellos habían estado ocupando para seguir con su investigación. Jaken les había echado una resentida mirada que tradujeron como: 'Agradeced que mi Amo bonito haya decidido acelerar vuestra salida del palacio colaborando con vuestra búsqueda de información.' Su mirada decía eso, pero el trasfondo era otro, aunque jamás lo admitirían.
Sus esperanzas disminuían y las posibles fuentes de información también. Aquella nefasta tarde en que Kagome enrolló el último rollo de pergamino, el silencio reinaba en el Archivo dónde Sesshomaru, Jaken, Rin e Inuyasha miraban a una inexpresiva y paralizada Sacerdotisa. Sus manos habían caído sobre sus muslos sin fuerza dejando escurrirse por sus dedos aquel escrito, cayendo al suelo; sus ojos eran ocultados por su flequillo pero claramente se podían oler y ver amargas lágrimas descender por su rostro.
Sesshomaru y Rin fueron los primeros en abandonar la estancia, siguiéndoles un minuto más tarde un despistado Jaken que no se había percatado de la ausencia de su Señor hasta que giró su verde cabeza para ocultar una lágrima que caía por su enjuta mejilla.
Inuyasha miraba apenado a una desolada Kagome que seguía sin reaccionar; no es que a él no le afectase, él realmente estaba muy angustiado al ver la situación, pero no quería dejar de ser el apoyo de Kagome, debía conservar algo de fuerza y entereza por ella. Pasaron largos minutos sin que Kagome moviese un músculo; él se levantó y se aproximó a ella. Se arrodilló a su lado y ella al verlo a su costado, se inclinó apoyándose de lado en su pecho. Inuyasha la apretó contra su cuerpo y momentos más tarde la tomaba en brazos para llevarla a la habitación que compartían en el palacio.
No dijeron nada durante el trayecto hasta la habitación. Al llegar se encontraron a Shitsuji saliendo de sus aposentos.
"– Vine a avisarles que tienen preparado el baño si desean tomarlo antes de la cena." –dijo afectuoso viendo como protector sujetaba Inuyasha a Kagome. Haciendo una leve reverencia, se alejó por el pasillo mientras Inuyasha entraba a la habitación. Miró hacia la puerta que conducía al baño, que realmente eran unas aguas termales privadas que descubrieron a los pocos días de estar en palacio. Se aproximó a la puerta mirando al interior, notando el ambiente cálido y húmedo del lugar.
"– ¿Quieres tomar un baño, Kagome?" –preguntó Inuyasha. Ella no contestó ni hizo ningún movimiento que diera a entender lo que quería. Tras unos instantes insistió nuevamente, esta vez escuchó un leve sonido que decidió interpretar como un sí. Dejó a Kagome en el suelo y lentamente fue soltando cada una de las prendas que cubrían su cuerpo; ese día llevaba un ligero yukata verde oscuro con un obi sencillo amarillo. Desató sin ninguna dificultad el obi, que cayó al suelo a los pies de la joven y su yukata se abrió dejándole ver el juban blanco que llevaba debajo. Aflojó el koshihimo[1] que lo sujetaba y el juban hizo lo mismo que el yukata, dejando ver por fin la tersa y blanca piel de la joven.
Inuyasha comenzó a soltar las cintas de su Hitoe y kosode, después se quitó a Tessaiga y desató las cintas de su hakama dejándola caer hasta sus tobillos. Se la terminó de quitar dando dos pasos hasta una inmóvil Kagome que todavía no reaccionaba. La situación en condiciones normales habría transcurrido diferente; ella ya estaría totalmente ruborizada y cubriéndose tal vez, y él aunque ruborizado, no estaba actuando vergonzoso ni retraído ante ella. Se quitó por ambas prendas superiores quedando totalmente desnudo ante Kagome. Se acercó a unos centímetros de ella y metiendo sus manos suavemente debajo del juban interior sobre sus clavículas, deslizó sus manos hasta sus hombros consiguiendo que ambas prendas fuesen guiadas por la gravedad siguiendo sus brazos hasta el suelo.
Kagome al notar deslizándose la tela, salió de su trance. Miró con sorpresa al Hanyô frente a ella, totalmente desnudo y con sus mejillas intensamente sonrojadas. Sus labios entreabiertos dejaban escapar las rápidas bocanadas de aire que él trataba de controlar; estaba nervioso, excitado, impaciente, anhelante del cuerpo de ella, la necesitaba, pero se había conducido con tanta delicadeza con ella, que en vez de enojarse, dibujó una leve sonrisa en su boca y se abrazó a Inuyasha que la recibió consolador. Sus manos tibias temblaron en contacto con la ardiente piel de Inuyasha, quien anhelante de su cálido tacto se fundía con el olor de su piel mientras respiraba contra su pelo.
Adoraba el olor de ella, lo que sentía en sus brazos, la sensación de encontrarse en paz, feliz con ella a su lado, completo. Ella era su centro, su sol en el día y su luna en la noche, su cordura, su tranquilidad, su locura… Con ella así era capaz de olvidar y superar el sufrimiento de los años que siguieron a la muerte de su madre hasta que volvió a relacionarse con humanos, hasta que conoció a Kikyo. Años en los que fue perseguido, vejado, insultado por humanos y Yōkais que le consideraban una aberración, un error de la naturaleza, un ser sucio y sin honor, que simplemente no debiese existir. Con ella se sentía digno y merecedor de la felicidad que en los últimos años había conseguido experimentar, tenía a quienes considerar amigos, había tenido una vida llena de color con sus buenos y no tan buenos momentos, pero ¿qué vida humana era sólo de color de rosa? En la existencia de cualquiera había altibajos y él por primera vez en mucho tiempo había comenzado a sentir las mejoras en la suya, y todo por ella.
Con sus manos a la espalda de ella, soltó su sujetador después de pelearse unos segundos con él, dejándolo caer. Deslizó sus manos por la espalda para llegar a sus caderas, donde introduciendo sus dedos entre la fina prenda que la cubría y su piel, fue deslizándola por sus piernas hasta que cayeron hasta sus tobillos. Ella sacó sus pies de la prenda y la apartó con el pie dejándola sobre el yukata.
"– Kagome… ven." –dijo el Hanyô tras tomarla de la mano, dirigiéndose al interior de las aguas termales. Ella sin decir nada, sólo asintiendo, avanzó a su lado hasta sumergirse con él en aquella tibia agua que rápidamente les reconfortó. Allí se abrazaron con renovada fuerza mientras él besaba con dedicación su frente y respiraba de ella. Se quedaron un minuto así abrazados, con el agua tibia recorriendo sus cuerpos mientras disfrutaban de la sensación.
"– Inuyasha…" –gimoteo ella. Él levantó su rostro sujetándolo sutilmente con la mano, quedando impactado ante la conmovedora mirada de Kagome; sus brillantes ojos cargados de lágrimas le observaban amorosos pero tristes. Una de sus lágrimas consiguió rodar directamente cayendo al agua, e Inuyasha inclinándose sobre Kagome, besó sus ojos capturando las saladas lágrimas. Él odiaba verla llorar, era el olor que más desagrado le causaba pero en esta ocasión compartían el mismo dolor y le pareció apropiada su reacción.
Kagome buscó desesperada la boca de Inuyasha, que sorprendido en un primer momento, respondió con intensidad a los hambrientos labios de Kagome. Sus lenguas bailaban compartiendo terreno entre sus bocas, arrancando suspiros y leves gemidos con cada nuevo envite. Sus cálidos besos se tornaban cada vez más apasionados, consiguiendo la normal respuesta de sus cuerpos.
"– ¡Aaahh… Inuyasha… te necesito tanto…!" –gemía ella contra sus labios, absorbiendo con su boca toda la pasión que él imprimía en sus besos. Toda su piel lo anhelaba como busca el girasol al astro rey para vivir.
Inuyasha se sentía cada vez más febril y excitado, su miembro sumergido presionándose contra el vientre de Kagome pulsaba dolorosamente buscando su alivio. Ella, acelerada, sentía debilidad en su cuerpo, le quemaba la calidez del encendido cuerpo de Inuyasha, descargas de puro placer nacidas de sus besos se extendían por su cuerpo en intensas oleadas que desembocaban entre sus piernas.
"– Kago…me… eres tan… tan… cálida…" –susurró rozando la húmeda piel de sus labios.
Separados brevemente por la urgencia de tomar más aire y aminorar sus rápidos latidos, observaron su mismo estado en el otro; labios encarnados por sus besos, respiraciones entrecortadas, pecho elevándose raudo por la excitación, mirada cargada de deseo y anhelo… eran el vivo reflejo del estado del otro. Era como mirarse a sí mismos en el espejo de sus ojos.
Inuyasha la elevó sujetando su trasero haciendo que Kagome rodeara instintivamente, con sus piernas, sus caderas; ambos gimieron al sentir la fricción de su palpitante miembro rozarse contra los pliegues de la entrada de Kagome. No podía percibir sus propios flujos, pero no era necesario. Él sujetaba su cuerpo contra sí, una de sus manos estaba en su cintura mientras otra la apretaba contra él desde su trasero. Esa cercanía lo estaba enloqueciendo, ese calor tan íntimo, que sólo ellos compartían. No había nada mejor que aquello y era la primera vez en muchos años que experimentaba esa sensación de plenitud, de ser de alguien,… de ella.
Kagome lo besaba con pasión, entregándole cada pedazo de su alma en cada uno de ellos, peleando con su lengua, succionando con agresividad cada parte de su boca a su alcance. Inuyasha no podía contener tanta pasión, las aceleradas atenciones de Kagome lo estaban perturbando tanto que no sabía cuánto podría aguantar sin poseerla, sin hundirse en ella.
"– Kagome… me enloqueces… –gemía descontrolando su respiración él– necesito estar en ti…" La miró con un desesperado deseo descontrolándose en su interior, pero no quería ser brusco.
"– Te necesito, Inuyasha… –sollozó excitada– quiero sentirte… quiero tu cuerpo en el mío… rápido… profundo…" Y tras esta declaración contra la oreja de Inuyasha, mordió levemente ésta para deslizar su lengua por su interior. En ese momento fue cuando Inuyasha perdió su escasa cordura. Tomó con sus dos manos las caderas de Kagome y se introdujo violentamente en ella, consiguiendo un instantáneo y potente gemido de placer salir de ambos.
Sin preparación previa comenzó a introducirse y salir de ella con rapidez, con intensidad; la embestía con fuerza y ella respondía de la misma forma, sus potentes gemidos eran vanamente acallados contra la piel del cuello del Hanyô. Kagome mordía su piel, succionaba y lamía esa zona consiguiendo desquiciar al Hanyô que sólo sentía placer y más placer. Su mente racional se había alejado de él con aquellas palabras y la reacción de Kagome al penetrarla, y él sólo sentía.
"– ¡Ooh, sí,… mi amor… –jadeo ella; Inuyasha sonrió levemente mientras seguía perdido en el mar del placer del interior de Kagome– Inuyasha… más… quiero más de ti…". Al ser incitado no podía controlarse, iba cada vez más rápido, su parte más animal estaba más que encantada con las instigadoras peticiones de ella; él sentía una espiral de energía recorrerle desde su miembro incrementándose con cada fuerte sacudida que le daba a Kagome, consiguiendo nublar más su mente.
Kagome se sentía desbordada, Inuyasha no había sido tan ardiente con ella antes y ahora ella lo estaba recibiendo gustosa. La poseía más fuerte, más firme, sin tantas delicadezas, que aunque la encantaban, esa noche no las necesitaba. Necesitaba ser tomada más intensamente para que su mente se alejase de su cuerpo y así era. Las fuertes embestidas de Inuyasha le introducían más profundamente en ella, llegando a sentirle tan profundo que se mezclaban placer con dolor.
Inuyasha estaba perdido, su extasiada mente sólo podía pensar en ella, en introducirse más profundamente. Los intensos gemidos y jadeos de Kagome eran cada vez más fuertes, sus besos más ardientes. La sentía agitarse más a cada nueva embestida. Ella estaba a punto… lo sentía. Él también… estaba a punto de alcanzar el clímax cuando el cuerpo de Kagome le apretó con violencia su hinchado miembro, haciendo que el placer que había aumentado exponencialmente, estallase desde el interior. Ambos cuerpos lo experimentaron. Los temblores que estaban compartiendo les recorrieron el cuerpo con intensidad, barriendo cualquier otro pensamiento.
Al alcanzar el orgasmo, allí, abrazados en el agua, se sintieron más unidos que nunca. El grito que salió de sus bocas se vio silenciado por sus besos y el agua que caía de unos chorros cercanos a las termas. Se besaron sin descanso tras haber culminado su apasionado encuentro, no dieron margen de tranquilizar sus respiraciones. Necesitaban más. Perderse en las sensaciones que despertaban sus cuerpos en contacto con el del otro, alejar sus pensamientos racionales. Necesitaban sentir su amor, perderse en él, explorar sus cuerpos tanto como sus fuerzas les permitiesen. Hacer el amor como si fuese la última vez… y por así decirlo, así lo sentían.
"– Te amo… te amo…" –susurraba Inuyasha contra la húmeda piel de Kagome. Ella se abrazaba con desesperación a él, cada palabra, cada sentimiento ya estaba grabado en su cuerpo, en su alma. Sus corazones latían raudos al unísono cual aleteo de colibrís; apresurado, urgente, agitado… Perdido en su olor, en su calor… sus sentidos sólo podían tener presente una cosa… Kagome.
Apretándola contra su cuerpo susurrando su sombre la sacó de allí, y la condujo al dormitorio donde tumbándola en el futón con delicadeza, le hizo el amor… con calma… con ternura… sintiendo cada caricia como una nueva forma de expresarle todo su amor, el cual ella devolvió de la misma manera… esa noche hicieron el amor esquivando dolorosas lágrimas que descendían silenciosas por el rostro de Kagome, lágrimas que Inuyasha dejó escapar por ella por primera vez…
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A la mañana siguiente amanecieron temprano, su infructuosa búsqueda en los dominios del Señor del Oeste había terminado. Sin gran ceremonia, se habían preparado para abandonar el palacio sin llamar la atención de sus ocupantes. Cuando salían de sus hasta ese momento habitaciones, se encontraron con Shitsuji quien les dirigió al comedor para tomar el desayuno.
Para su sorpresa, allí se encontraron a un emotivo Jaken, una afligida Rin y a un estoico Sesshomaru que les esperaban. No hubo palabras, desayunaron en silencio, únicamente los sollozos de Rin y los quejidos de Jaken cuando Sesshomaru le tiraba algo para que cesase su comportamiento indigno, quebrantaban el mudo ambiente. Habiendo terminado de desayunar, les retiraron de delante los platos quedando sentados en una organizada formación. Tras unos minutos, Kagome rompió el silencio.
"– Sesshomaru,… Rin,… Jaken… –dijo hablándoles con seriedad pero con calidez– agradezco infinitamente la hospitalidad que nos habéis brindado y así como toda vuestra ayuda… yo… os quedaré eternamente agradecida." Y diciendo esto, les dedicó una profunda reverencia, ante la cual Rin no pudo aguantar más y se lanzó a los brazos de Kagome deshaciéndose en un amargo llanto.
Jaken miró a su amo con las lágrimas atropellándose por salir de sus ojos, éste sólo le devolvió la mirada y dijo: "– Haz lo que quieras." Y Jaken imitó los movimientos de Rin, siendo también abrazado por Kagome.
Sesshomaru e Inuyasha miraban la peculiar escena. Sesshomaru impasible, Inuyasha afectado y afligido. Kagome y Rin podían pasar por hermanas pero el cuadro pintado por el pequeño Yōkai verde unido a tan emotivo abrazo, había dejado claro que sentía lo mismo que Rin, afecto por la sacerdotisa. Y como en cierta ocasión, Jaken era el ejecutor de las ocultas emociones de su señor… lo mismo que cuando Urasue retornó a la vida a Rin la última vez.
Cuando ya estaban a las afueras del palacio, sólo las miradas bastaron para sellar aquella muda promesa de lealtad y agradecimiento que habían contraído con el Yōkai. Inuyasha miró a su hermano y con semblante serio le hizo una sentida reverencia; el daiyōkai sin inmutarse hizo una leve inclinación en respuesta. Y así partieron Inuyasha y Kagome en dirección a la aldea con la perdida esperanza puesta en sus amigos, en los que confiaban hubieran tenido mejor suerte que ellos.
Estuvieron viajando incansables para llegar en el plazo marcado, tardaron lo justo para acabar llegando cerca de la aldea de Kaede al caer la tarde del décimo día. Cuando llegaron al Go-Shimboku aminoraron su paso observando aquel árbol, común en ambas épocas y que tanto significaba para ellos. Se sentaron abrazados un momento en sus raíces, Inuyasha apoyado contra el tronco y Kagome entre sus piernas con su espalda en el pecho del Hanyô.
"– ¡Me gustaría congelar este momento! –murmuró ella– tenerte así, tan cerca, tan cálido, tan… mío." Inuyasha la escuchó atento, sentían lo mismo. Tenían puestas sus esperanzas en que sus amigos, a los que verían en breve, hubiesen tenido más éxito que ellos, pero el Hanyô después de toda una vida de desilusiones, engaños y trampas desde que murió su madre tenía ese pequeño desazón que no desaparecía de su corazón… ¿y si no lo conseguían? ¿Y si realmente no existía nada que evitase lo que más le atormentaba en ese momento? Él no lo soportaría, Kagome se había vuelto su alegría, su vida, su razón para vivir cada día al máximo… como le dijo Kagome sobre una frase que había oído de un Samurái de cierta película: 'reconocer la vida en cada sorbo de aire, en cada sorbo de té,…' ella representaba todo aquello… Kagome era la esencia de su existencia, no sabía que haría sin ella…
Cuando la tarde ya fue noche, decidieron recorrer la distancia que les separaba de la aldea. Iban caminando juntos, tomados de la mano con sus dedos enlazados. En un momento Inuyasha arrastró delante de él a Kagome rodeándola con su brazo sobre el hombro de ella y enlazando esta vez la mano opuesta con la que él había estado estrechando momentos antes. En esta nueva posición, siguieron caminando, con sus cuerpos en contacto, sintiendo la calidez de ambos a través de la ropa. Faltaban poco metros para llegar a la aldea cuando Inuyasha la llamó.
"– Kagome –musitó suavemente– pase lo que pase, voy a estar contigo… siempre y tú siempre estarás conmigo." Ella lo miró asombrada, él sólo le había dedicado palabras románticas y emotivas cuando habían hecho el amor… se sentía abrumada en ese momento. Inuyasha la había sorprendido nuevamente, no pudo más que sonreírle con ternura mientras una lágrima resbaló por su mejilla.
"– ¡Dios! ¡Estoy tan cansada de esto!" –exclamó girando sus ojos en el sentido de la lágrima que descendía mientras con la mano libre secaba su mejilla. Inuyasha en un primer momento la había mirado asustado por sus palabras pero al ver su gesto comprendió.
"– No serías tú de otra manera, –susurró mientras se acercaba a su rostro– aunque odie verte llorar, no hay nada que pueda hacer para dejar de amarte tal y como eres, con lágrimas y todo." Ella lo miró conmovida y emocionada por sus palabras. Le regalo una sonrisa mientras redujo la distancia que los separaba para unir sus labios en un intenso beso. Estaba aterrada ante la posibilidad de que esas fueran las últimas horas que pasase junto a él y sus amigos, pero no, hasta que no se reunieran no debía deprimirse, debía ser positiva, enfrentar este mal como todas las anteriores dificultades a las que se enfrentó.
Se separaron del beso pausadamente, a cámara lenta. Inuyasha la miraba con los ojos entrecerrados, mientras sus ambarinos ojos la observaban. En un fugaz instante volvió a sellar sus labios en un apremiante beso que la hizo tropezar, pero él la sujetaba. Sus bocas se unían violentamente ahora, sus lenguas bailaban apasionadamente intercambiando movimientos alrededor una de la otra. Su beso se prolongó hasta que el aire les faltaba por la agitación de sus respiraciones. Se miraron una última vez antes de reiniciar su paso y salir de entre los árboles en dirección a la cabaña de Kaede.
Estando ya cerca, vieron como de la cabaña salía una pequeña humareda de la chimenea. Eran los rastros de la hoguera habitual que se estarían apagando. Cuando estaban ya en la puerta, vieron salir a Shippo que llamó corriendo al resto.
Esa misma mañana habían regresado Shippo, Kirara, Kohaku y Kaede. Se abrazaron mientras se intercambiaban saludos, todavía no abordarían el asunto que les atañía. Pasaron al interior de la cabaña y mientras cenaban se pusieron a contar las vicisitudes de su viaje. Para Kaede y Shippo fue problemático porque el pobre kitsune había tenido problemas para ayudar a Kaede en los desplazamientos; les contaron que gracias a Sango, esa tarea les había sido más llevadera pues al encontrarse en uno de los Santuarios Sintoístas, había dejado con ellos a Kohaku y a Kirara. Menos mal, porque de no ser así, no habrían conseguido volver en el plazo. Sango les contó lo tranquilo que había sido su viaje, ella había echado de menos la acción pues no tuvo la suerte de cruzarse con casi ningún Yōkai con ganas de pelea. Y de Miroku no quisieron saber muchos detalles, pues lo primero que salió de su boca fue su primera noche en un pueblo en el que había varios burdeles. Lo siguiente que escucharon fue el cachete que Sango le propinó.
Al cabo de unas horas, tras la cena acordaron irse a dormir, necesitaban un sueño reparador para estar frescos el día de mañana. Kagome había intentado sacar el tema durante toda la velada pero Inuyasha la había detenido en cada ocasión, como si quisiese disfrutar de la normalidad y rutina de esa situación por encima de todo. Ella no protestó, simplemente guardó silencio y tras despedirse, Sango y Miroku se fueron a su cabaña, lo que sorprendió a Inuyasha y a Kagome, y ellos se quedaron en la de la anciana Kaede junto con Shippo y Kohaku.
Kagome renovó la barrera de la Shikon No Tama ante una asombrada Kaede, la cual la informó que le sorprendía que la Shikon No Tama aceptase a esas alturas la realización de la barrera, pues le dijo que sólo se podía durante un muy breve periodo. Cada vez más, la anciana se convencía que el poder espiritual de la joven era mucho más poderoso que el de su difunta hermana, pero claro, sin el entrenamiento correspondiente, Kagome no podría ser consciente ni controlarlo.
A la mañana siguiente, amanecieron tarde y se reunieron junto al Go-Shimboku a media mañana. Inuyasha y ella iban tomados de la mano sin mediar la palabra. Esa mañana no habían hablado casi nada, apenas habían intercambiado un par de frases tipo buenos días, has dormido bien, ten cuidado y demás frases referentes a las actividades de inicio cualquier otro día. Ella estaba muy preocupada y él… bueno, él parecía enojado pero no sabía por qué.
A medida que se acercaban al Go-Shimboku pudo distinguir las siluetas de sus amigos sentados en semicírculo frente al árbol. Cuando estos se percataron de su presencia, todos dirigieron sus miradas hacia ellos. Kagome les saludó con la mano sonriente como siempre que se encontraban, pero su mano se paralizó tan pronto como la levantó y su sonrisa no terminó de formarse en su rostro al ver las caras de tristeza y preocupación en los rostros de sus amigos…
"– No…" –susurró con voz callada deteniendo su paso– ¡No!". Y se echó a los brazos de Inuyasha que la recibió consolador. Él ya lo sabía… lo sabía desde el día anterior, cuando olió en cada uno de sus amigos lo mismo… percibió el olor de la tristeza, de la desesperación… de la desesperanza, ninguno había conseguido nada en su búsqueda. Como pudo, tomó en brazos a la sacerdotisa y se aproximó al grupo. Sus amigos la miraban preocupados tanto por el resultado de sus respectivas búsquedas como por el estado de Kagome. Les había sorprendido verles acercarse cogidos de la mano por no ser habitual después de tantos años viajando juntos, pero entendían que por fin, aquel testarudo y malhumorado Hanyô se había decidido a abrirle su corazón a Kagome y está a pesar de todos los sufrimientos que él le había causado, le había aceptado.
Inuyasha se sentó con ellos con Kagome entre sus brazos, abrazada a él. Estuvieron unos minutos en silencio, acompañando su dolor, el de todos. De vez en cuando, alguna palabra consoladora salía de sus labios acompañada de alguna caricia o gesto que conseguían realizar sin perder la compostura. Paso un poco más de tiempo hasta que Kagome se serenó lo suficiente como para que Inuyasha la soltase y la dejase sentarse por su cuenta a su lado.
En un primer momento, Kagome no participó de la conversación, no era capaz. Se habían puesto a discutir la posibilidad de pedirle a la Shikon No Tama el deseo de encontrar aquello que buscaban, pero Kagome les había interrumpido.
"– Amigos, si no pedimos el deseo correcto, pueden volver a ocurrir las mismas desgracias por las que hemos pasado. –dijo Kagome controlando sus emociones con tristeza en su voz– Sabéis tan bien como yo que aunque Naraku ya no esté, siempre habrá Yōkai hambrientos del poder de la Shikon No Tama, y mientras exista en este mundo… codiciaran su poder porque sabrán que sigue aquí." Todos la miraban preocupados, estaban sobradamente al tanto de aquello pero también sabían que no querían perder a su amiga, a la sacerdotisa de otro tiempo que aunque había sido la que había llevado la Shikon No Tama a ese tiempo, sin ella no habrían sido capaces de enfrentarse a todo lo que durante esos años se les había puesto por delante.
"– El deseo correcto… –dijo Sango– es necesario pero… ¿no crees que pueda pedirse…?" Sango fue interrumpida por la mano de Miroku que se posó sobre la suya. Éste la miró negando con pesar. Sabía muy bien que cualquier otro deseo que no fuese el adecuado, ocasionaría los mismos o peores problemas que el que pidió Kikyo al morir hace 50 años. Desear que no hubiese luchas no era la solución, ya que las había vuelto a haber igualmente. Ni tampoco que dejase el pozo abierto. La Shikon No Tama nunca concedió el deseo verdadero del poseedor, sólo lo haría ante el verdadero poseedor de un corazón puro y desinteresado y Kagome sabía bien que debía hacer.
[1]koshihimo: cinta de tela de aprox. 2 m. de largo de algodón, seda, poliéster o un material que no se deslice. Se usa para mantener los cuellos del juban y/o del kimono en su sitio, atar el obi, etc.
