06

Taller Infantil

Greg no le había dicho a qué hora pasaría a recogerlo así que los nervios de Mycroft iban en aumento conforme llegaba la tarde.

Cuando hubo comido y tras una rápida ducha, se sentó en la cama frente a su armario.

—¿Que me pongo? —se pregunto.

Pese a no ser una cita y ni siquiera saber a dónde iba, Mycroft quería impresionarle. Lo primero en lo que pensó fue en un traje de tres piezas pero lo descartó enseguida. No era una ropa muy cómoda y como tampoco sabía a dónde iba, quizás no fuera buena idea. Suspiró profundamente mientras cogía varias prendas de ropa. Luego se miro al espejo.

Llevaba un pantalón vaquero de color negro con unos zapatos del mismo color. En la parte superior llevaba un jersey de color verde oscuro. Cogió una chaqueta de cuero y una bufanda negra. Se peino y bajo las escaleras, cuando fue a sentarse en el sofá llamaron a la puerta.

Mycroft fue a abrir. El pulso le temblaba y casi notaba como unos colores acudían a sus mejillas.

Greg estaba allí, con un casco en cada mano y con ese habitual atuendo que le sentaba tan jodidamente bien.

—Que bien vas —le dijo Greg con una sonrisa.

Mycroft se encogió de hombros.

—No sé dónde vamos, no sabía que ponerme... —le comentó.

A decir verdad Mycroft estaba haciendo grandes esfuerzos por controlar la voz debido a sus nervios.

—No te preocupes. Vas muy bien —le dijo entregándole el casco.

Mientras se dirigían a la moto, Mycroft se pregunto si Greg era consciente de que estaba coqueteando. Eran cosas sutiles pero lo suficiente como para que Mycroft temblara.

Greg se subió a la moto y quitó la patilla, luego puso los posa pies para el copiloto.

—Sube —le dijo Greg.

Mycroft se puso el casco y se subió a la moto apoyándose en el hombro de Greg.

—Atrás tienes unas agarraderas ahí detrás, pero puedes agarrarte a mi —le dijo Greg mientras arrancaba la moto.

Mycroft asintió con la cabeza y prefirió agarrarse a la parte trasera. Greg no tardó en ponerse en marcha. Llegaron al sitio en unos veinte minutos, Mycroft se bajó primero y luego lo hizo Greg.

—¿Te encuentras bien? —preguntó este a ver que Mycroft, tras quitarse el casco, estaba completamente pálido.

Mycroft movió la cabeza hacia delante. Creía que si hablaba podría vomitar. No le gustaban las motos y acababa de darse cuenta de ello.

—Creo que a la vuelta nos podríamos ir en bus… —comentó Greg sujetándole el casco.

El pelirrojo elevó el pulgar en señal de aprobación.

—Sígueme —pidió Greg señalando con la cabeza al local que había frente a ellos.

Mycroft le siguió mientras estiraba cada hueso de su cuerpo. Cuando entró en el local escuchó gritos y risas de una habitación del fondo. A la derecha, había un mostrador de color blanco, tras el una señora de unos cincuenta años hablaba por teléfono. Saludó a Greg con la mano y cogió los cascos para dejarlos en la estantería que había detrás de ella.

—¿Dónde estamos? —preguntó Mycroft al recuperar su voz.

—Un centro de actividades infantiles —explicó Greg con una sonrisa —. Suelo venir de vez en cuando a echar una mano. Los niños vienen de familias que no tienen muchos recursos así que aquí le ayudamos con sus deberes, le damos clases de varias asignaturas y se divierten un rato. Ahora con motivo de la Navidad estamos haciendo decoraciones Navideñas. De aquí es de donde salió el Papa Noel que te regalé.

—Entonces, ¿lo hizo un niño? —preguntó.

Greg asintió.

—Joshua, de seis años. Me dijo que se lo regalara a un amigo —informó mientras se dirigía a la sala del fondo —. Ven, te lo presentaré.

Mycroft miró confundido la puerta, no muy seguro de querer entrar. Greg agarró el pomo y se giró hacia él.

—¿No te gustan los niños? —preguntó sonriendo de medio lado.

Mycroft ladeó la cabeza ligeramente.

—No es eso. Soy muy tranquilo y… Ahí hay mucho jaleo. No tengo por costumbre estar en lugares tan ruidosos.

Greg alzó la mano, le cogió de la manga de la chaqueta y lo arrastró hacia él.

—Tranquilo, son un encanto. Ruidosos como cualquier niño, pero muy buenos —le dijo Greg.

Mycroft tomó aire y asintió lentamente. Greg abrió la puerta y le dejó pasar, luego lo hizo él.

Era una sala bastante grande, el suelo estaba cubierto de láminas de corcho que tenían letras de abecedario y moqueta de carreteras. Había una seis mesas bajas con ocho pequeñas sillas a su alrededor, al fondo, cerca de unas cuantas estanterías había esparcidos varios puf. En la sala había unos treinta niños.

La gran mayoría estaban en la mesa haciendo adornos de Navidad y colgándolos de un árbol que había justo a la derecha y ya estaba bastante cargado, otros estaban sentados leyendo. Había unos cinco adultos vigilándoles.

—Vaya —dijo Mycroft alzando las cejas —. Que… Que ocupados están —dijo sorprendido.

Greg rió.

—Son chicos trabajadores. Ven, te presento a Joshua —le dijo haciéndole un gesto con la cabeza.

Mycroft le siguió observando a los niños. Muchos le miraron pero no le prestaron atención. Siguieron a su trabajo. Greg se paró y le señaló con la cabeza.

Joshua era un niño muy pequeño, escuálido y con unas gafas cuyos cristales eran muy gruesos. Tenía el pelo corto y de un color naranja brillante. Tenía puesto una camiseta enorme de color blanca que tenía muchas manchas de pintura, y ahora mismo estaba haciendo un árbol de Navidad de papel maché.

—Hola Joshua —saludó Greg.

El niño alzó la cabeza y sonrió, le faltaba varios dientes.

—Hola Greg —le dijo animado.

Greg se acercó y se sentó al lado, hizo un gesto para que Mycroft se sentara. Joshua le miraba sin parpadear.

—Mira, este es mi amigo Mycroft —le dijo —. A él le di el Papa Noel que hiciste.

—¡Ala! ¿Sí? —dijo el niño sorprendido y le miró ilusionado —. ¿Y te ha gustado…? —preguntó mientras se sonrojaba.

Mycroft le sonrió.

—Mucho. Lo he puesto sobre la estantería, al lado del árbol. Gracias —le dijo.

Joshua alzó el puño en señal de victoria y volvió a su trabajo.

—¿Vienes todas las tardes? —preguntó Mycroft a Greg.

—Siempre que puedo —le dijo —. Me encantan los niños, creo que cuando esté casado tendré tres o cuatro —dijo entusiasmado.

Mycroft apartó la mirada.

—¿Y cómo será tu esposa? —le preguntó.

Greg se le quedó observando unos segundos, se levantó y se acercó a Mycroft.

—Nunca he dicho que será una esposa —le dijo en un susurro para que solo él pudiera oírle.

Mycroft le miró muy sorprendido y cuando abrió la boca para replicar, una de las monitoras le interrumpió.

—¡Chicos! ¡La hora del cuento! —exclamó.

Greg la miró y sonrió.

—Vamos —le dijo a Mycroft.

Después de escuchar un cuento, estuvieron jugando y bailando varias canciones infantiles. Sobre las ocho, los padres fueron a recoger a los niños. Joshua se despidió de Mycroft con un abrazo, cosa que le sorprendió tanto que ni atinó a devolvérselo correctamente.

Después de recoger el local, salieron a la calle. Mycroft se ajustó la chaqueta.

—Vamos a la parada de autobús —dijo Greg.

—Puedo ir en la moto. Creo. No des giros tan bruscos y podré ir bien —le dijo..

Greg sonrió.

—Vale. Pero agárrate a mi esta vez, ¿vale? —iras más seguro.

Mycroft se puso el casco no muy segur de hacerle caso. Cuando se marcharon, Mycroft apoyó las manos en los hombros de Greg, pero en el primer semáforo, Greg le quitó las manos de ahí y las dejó en sus caderas.

—Así irás mejor —le dijo.

El calor comenzó a subir por el rostro de Mycroft, avergonzado, pero dejó las manos donde se la habían dejado. Cuando llegaron a su casa, se bajó de la moto y le devolvió el casco a Greg.

—Oye —preguntó Mycroft —. Respecto a lo que dijiste en el taller…

—¿Lo de casarme? —preguntó Greg levantándose la visera del casco.

—Ajá. Dijiste que no especificaste que fuera una esposa… —murmuró Mycroft —. ¿Quieres decir que…? —no se atrevía a decir nada más, porque, ¿y si mal interpretó sus palabras y le ofendía?

Greg suspiró.

—Sabes lo que quería decir con eso —se limitó a responder —. Ya te veré.

Mycroft le observó irse, se metió en su casa y suspiró profundamente. Greg era un chico que le confundía. Nunca sabía dónde estaba y tenía que averiguarlo pronto para desenamorarse.