Ciudad Sanitaria Primero de Octubre_1982


Joder, joder, joder… Qué razón tienen los que dicen que los marrones vienen uno detrás de otro.

Ya le había acojonado Azpilicueta cuando le había informado de que sus antiguos compañeros de patrulla se encontraban en 1982, en lo que más adelante se renombraría como Hospital 12 de Octubre y que todavía tenían a bien llamarle por su fascista efeméride, Ciudad Sanitaria Primero de Octubre. No había sabido decirle nada más, simplemente que la señorita catalana no se encontraba bien.

Además de un poco más de interés en lo respectivo a su ex-jefa, Pacino hubiera agradecido algo más de información. Como que el enlace con el Ministerio del 82 era la propia Marta o que, de hecho, se encontraba allí mismo. Por no haber estado a punto del infarto al encontrárselas a ambas en la misma habitación, más que nada.

—¡Pacino! —Alonso se echó a sus brazos al verle. Él también había al boss del vos de menos.

—¡Alonso! ¡Qué grande, tío! ¡Qué grande! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal todo? —Saludó también brevemente a Marta, que ni siquiera se dignó a mirarle, y se dirigió a la cama de la enferma.

Mira que era poca cosa y que además iba hecho unos zorros… pero al verle, a Amelia se le iluminó el rostro. Se incorporó un poco, ajustándose una bata de felpa azul, le abrazó y le dio un beso en la mejilla. Por su parte, se limitó a besarla en el nacimiento del pelo, aliviado, y a abrazarla muy fuerte. Al fin podía respirar tranquilo, al menos Amelia estaba bien.

Viéndolos, Alonso sugirió ir a buscar algo de comer. Sorprendentemente, eran tales las ganas de su compañera de desaparecer de ahí que se ofreció a mostrarle el camino a la cafetería.

—Vamos, Alonso. Te acompaño —Marta recogió su chaqueta con tachuelas del respaldo del sillón de escay y le dedicó una última perla antes de irse que no supo muy bien a qué vino— Anda que la que has liado, majo.

Pacino ni siquiera se concedió el derecho a admirar la planta de la chica mientras abandonaba airada el cuarto seguida de Alonso, quién tampoco parecía entender muy bien un comentario despectivo tan gratuito. Para qué. Ya sabía que con Marta ganar una maldita discusión era imposible. Era mejor dejarla pensar que llevaba razón y que ella misma se cayera del burro, si es que alguna vez se caía. Lo malo era cuando afectaba al trabajo… pero al menos ese sentido, el subsecretario estaba de su parte.

Vaya un puñetero día de mierda… Primero la misión fallida, que no era poca cosa. Se sentía culpable, entre otras cosas, porque de haberlo conseguido ahora Amelia no estaría ingresada.

Luego todo el asunto de Marta. Que si ya se le hacía difícil comprenderla de normal, con todo lo que estaba pasando Pacino alucinaba. No, si estaba claro que hoy no era su día. Le llovían palos por todos los lados. Se preparó mentalmente porque, con tales precedentes, Amelia tampoco podía estar demasiado contenta con él.

—No le hagas caso —dijo la muchacha intentando ser amable, sorprendiéndole gratamente—. Te conozco; a ti y a Argamasilla, a los dos. Y sé que si habéis fracasado ha sido porque era una misión en extremo complicada.

—Fácil no era, no. Fue todo muy precipitado y no pudimos hacer gran cosa porque nos encontramos con que, misterios de la vida, habían reforzado a Walcott en su misión de robar la fórmula. Una de las agentes seguro que te suena, una tal Mendieta.

—¿Lola? —recostada aún, abrió mucho los ojos, como no esperándose la noticia— No sé por qué me sorprende, la verdad. No debería extrañarme que ande metida en todo este asunto.

—El otro, por los archivos, sabemos que se llama McAllister.

—A ese no le conozco, aunque tiene pinta de ser…

—Escocés, sí —acabó la frase, casi por inercia. La atmósfera amarga que había dejado la marcha de Marta empezaba a tornarse de otro cariz, que tampoco terminó de agradarle del todo. Recordó cómo se sentía antes, cuando trabajaban juntos… cuando todo era más fácil. Porque tenía que reconocerlo: con Amelia todo era más sencillo. O él era más ingenuo antes, que podía ser—. Pero poco más sabemos. Seguramente los archivos de Darrow en 1982 no estén tan completos como lo están en 2017.

—Hablaré con Salvador sobre eso —prometió la muchacha.

—Si compartimos toda la información…

—… será más fácil atraparlos.

—Pero es peligroso. —Inconscientemente, a cada palabra él había ido acercándose más a la cama, inclinándose sobre la chica. Al darse cuenta, volvió a pegar la espalda contra el sillón.

—Lo sé. Y quizá por ello Salvador no haya desclasificado ya los archivos.

—Cierto.

—Y no te preocupes por Marta —intentó animarle—, se le pasará ya verás.

—Que se le pase o no, no es asunto mío, Amelia.

—Bueno, yo no debo meterme en si es asunto tuyo o no… Pero quizás estás siendo un poco injusto con ella —le reprochó amorosamente la catalana, de modo que le hacía imposible enfadarse con ella por entrometida—. Ten paciencia. Creo que simplemente está un poco celosa… pero terminará viendo las cosas como son, ya verás.

—¿Celosa? ¿Marta? —Sonrió, intentando enmascarar un terror absoluto acerca de la cuestión que valseaba invisible en el aire entre ambos desde hacía rato. No se arrepentía de su relación con Marta, y ya no le unía nada a Amelia… pero aun así, no se lo había dicho— ¿Y qué enterada está usted de los celos de ella, señorita Folch?

—¿Enterada? ¿Yo?—Rio, y la triste sala gris se iluminó un poquito con esa sonrisa suya— Poco, en verdad. Lo que me cuenta Alonso. Dice que Marta estaba muy enfadada cuando vino a recogernos. Yo estaba inconsciente, pero debe de ser verdad porque hace un rato la escuché hablar por teléfono con el subsecretario Azpilicueta.

—Sí, ya me ha comentado algo él. —Respiró aliviado. Sólo se trataba de eso, del carácter de Marta y de celos laborales—. Que le había ido con cuentos de que porqué había ido yo a una misión tan importante y no ella. Y que le había contestado que yo era el jefe de la patrulla y ella se había tenido que callar la boca.

—Enhorabuena por el ascenso, por cierto.

—O no. —Pacino se sonrió, recordándose como un simple agente sin demasiadas preocupaciones. Siempre había admirado a Amelia, pero desde que era jefe de su propia patrulla la apreciaba aún más—. Casi que hubiera preferido quedarme como estaba.

—Por el papeleo, ¿a que sí? —Rio— ¿Sabes? A veces me preguntaba si sabíais lo que suponía ser la jefa.

—La respuesta es que no. Y yo ahora lo sé porque no me queda más remedio… pero creo que no seré tan buen jefe como tú, Amelia. Ya me he planteado mandarle escribir los informes a Hernández, el otro miembro de mi patrulla, con eso te digo todo.

Amelia suspiró profundamente, clavando en él esos cristalinos ojos azules, y le dedicó una medio sonrisa triste.

—Ay, Pacino. No digas eso. —Agarró la mano de la muchacha entre las suyas, acariciándola con los dedos. Había sentido un escalofrío en la espalda, simplemente al escuchar su nombre de los dulces labios de Amelia. Su tono… era tan diferente al de Marta. Marta era dura, seca. Amelia, a pesar de haber vivido en unas condiciones de represión parecidas, era mucho más risueña… Más positiva, tenía una agradable ligereza en el trato, más liviano. Incluso su voz era más suave… Ay, que ese Pacino le había removido algo por dentro. Era una estupidez pero…

—¿Te puedo pedir algo?

—Claro.

—Llámame Jesús —Amelia alzó una ceja, incrédula— No siempre, claro… Sólo en ocasiones especiales, que me lo desgastas.

—Claro, cómo no… Jesús.

Rio de nuevo. Y volvió a reírle la siguiente tontería que soltó por la boca, y la que vino después. Eran gracias estúpidas con un objetivo claro: sacarle una sonrisa tras otra. Al menos su visita había servido para alegrar un poco la carita de la lánguida enferma.