Disclaimer: Fairy Tail y sus personajes son propiedad de Hiro Mashima

Hola, gracias por entrar n.n

Junto a nuestros protagonistas, iniciamos la segunda etapa del viaje y, al mismo tiempo, la cuenta regresiva. Espero que la historia siga siendo de su agrado.

Como de costumbre, saludo a los anónimos Guest, me alegra que te haya gustado la propuesta, espero que la disfrutes. Muchas gracias por leer y comentar n.n Carmen, sí, cada vez se acercan un poquito más, falta un golpecito de horno y sale el pastel XD Gracias por tu compañía y tu amabilidad de siempre :D

Disculpen por los posibles fallos que puedan encontrar y gracias por leer :D


VII

Libro Amarillo

Activando la inteligencia


De regreso al añorado y conocido paisaje urbano, una nueva instancia del viaje los colocó en una desconocida y luminosa ciudad. Las circunstancias quisieron que arribasen ya entrada la noche, pero parecía que allí las distintas franjas horarias y sus correspondientes modificaciones naturales no afectaban en lo más mínimo el cotidiano acontecer de sus moradores.

Siendo casi medianoche, había tanta gente circulando en las calles como si estuvieran en pleno día. Grandes, chicos, ancianos, trajinaban con tanta naturalidad y con actitud tan rutinaria que a los magos de Fairy Tail los descolocó por completo. ¿Y ahora en dónde diablos estaban? ¿Acaso aquellos individuos eran incapaces de fijarse en el reloj?

En lo que iba del viaje se habían topado ya con muchas rarezas, pero aquello volvió a sacudirles los cimientos de la realidad. Si de noche continuaban con sus vidas normales, ¿entonces cuándo demonios dormían? Ellos, sin ir más lejos, se morían por hallar una posada donde reposar después de interminables horas de carruajes, trenes, más carruajes y un último buen tramo de saludable, aunque agotadora, caminata. ¿Nadie allí tendría ganas de abordar el trenecito de los sueños?

Al parecer esa ciudad se desentendía de tales detalles.

-Están locos –masculló Gajeel.

Levy hizo una mueca, aceptando de momento aquella "lógica" a falta de una explicación mejor. ¿Podría ser que la alimentación los mantuviera al ciento por ciento las veinticuatro horas del día? ¿Sería cosa de la geografía? ¿O estarían obrando bajo algún hechizo?

Esto último, sin embargo, fue desechado de inmediato al no percibir ningún indicio probatorio. Esas personas se movían de motu propio e incluso parecían perfectamente felices. Cuando Levy se atrevió a preguntarle a una joven la mejor forma de llegar a la biblioteca pública, ésta tuvo la gentileza de detenerse para responderle con absoluta propiedad.

-No, no creo que estén locos –le dijo luego a su compañero al constatar la sensatez de la mujer.

El asunto se tornó incómodamente enigmático, pero procuraron dedicar sus esfuerzos mentales a la búsqueda del nuevo libro. ¿De qué les valdría devanarse los sesos en esos asuntos? Minutos atrás habían hablado de buscar un lugar donde hospedarse para descansar un poco antes de buscar, pero Levy se excusó señalando a su alrededor con obviedad. La ciudad no descansaba por la noche, por lo que podrían ocuparse de conseguir el libro con tranquilidad.

Así que hacia la biblioteca se dirigieron sin apuro y todavía interesados por la curiosa sobrevida de la ciudad. Desde luego, también se interesaron en la arquitectura y la belleza del lugar, lo cual los mantuvo entretenidos durante un buen tramo del recorrido incluso cansados como estaban. Un viaje era un viaje y las extravagancias encontradas debían ser admiradas y no sólo analizadas, aunque el misterio los siguiera perturbando.

En un momento dado, sin embargo, siguiendo el camino señalado por la muchacha consultada, el panorama comenzó a cambiar. La luminosidad y el ajetreo persistieron, sólo que las calles comenzaron a ser más angostas, predominaba la música alegre, las luces se tornaron de un particular color rojizo y los transeúntes se redujeron mayoritariamente a hombres de edad variable.

Extrañados, continuaron avanzando en esa dirección hasta que detectaron comercios ruidosos a uno y otro lado, y que muchos de los hombres iban acompañados de mujeres jóvenes, bellas y… sensualmente vestidas y maquilladas. Levy arrugó la boca con disgusto, comprendiendo en dónde se habían metido.

-No puedo creerlo –farfulló, molesta con la situación.

Gajeel, que todavía ignoraba el pormenor, se detuvo junto a ella.

-¿Qué sucede? –indagó.

La maga lo miró ceñuda. ¿De verdad iba a fingir incomprensión?

-¿Cómo que qué sucede? –replicó-. ¿No ves en dónde estamos?

Él oteó en todas direcciones con cara de inocencia. Había notado el cambio en el panorama, pero nada le había resultado particularmente llamativo.

-Hay muchas salas de juego –observó con simpleza.

Levy meneó la cabeza con reprobación. "Hombres", concluyó para sí, molesta. Siempre eran los últimos en enterarse de las cosas, sobre todo cuando esas cosas resultaban inconvenientes. A continuación lo encaró irritada con los brazos en jarra.

-Salas de juego, –convino con sarcasmo-, y hombres de toda laya carcajeándose y jugueteando descaradamente con mujeres de mayoría de edad cuestionable, bien maquilladas, bien peinadas y además… ¡semidesnudas!

Gajeel arrugó la frente y lo pensó mejor. Después de algunos dificultosos segundos, por fin cayó la ficha del entendimiento en su testaruda cabeza y se inclinó hacia Levy para hablar con disimulo.

-Nunca creí que para conseguir uno de tus libros tuviésemos que atravesar este tipo de zonas –cuchicheó en su oído, y la joven apretó las muelas de la bronca.

-¿Insinúas que lo hice a propósito?

Él retrocedió unos pasos para preservarse de su ira.

-¿Entonces cómo rayos vinimos a parar aquí?

-Seguí las indicaciones que me dieron, ¡tonto!

-Pues si tú eres inocente, ¡también lo soy yo! ¡Y más teniendo en cuenta que no le pregunté nada a nadie! –adujo él, bastante infantilmente por cierto.

Por un momento Levy no supo qué responder a eso, superada por la situación y el nivel del desentendimiento ajeno. Luego le lanzó:

-¡Entonces sácanos de aquí ahora mismo! ¿Para qué diablos vienes conmigo si te quedas ahí parado despreocupándote de los problemas?

-¿Por qué tendría que resolverlo yo? –replicó el otro a la defensiva-. ¡Estamos aquí gracias a tu intuición y a la confianza depositada en un extraño!

-¡Mi intuición también es inocente!

-¡Pues entonces que sea ella la que nos saque de aquí!

Contrariados y disgustados, se limitaron a desviar la vista con gesto ofendido. Tercamente detenidos en el medio de aquel jolgorio, demasiado molestos para darse cuenta, con el tiempo se convirtieron en un verdadero estorbo para los que allí circulaban.

Notándolo en ese trance, un par de pícaras damiselas a la caza de clientes se aproximaron hasta el mago, que además de estorbar y estar solo se veía muy guapo y tentador. Rieron por lo bajo con complicidad y se ubicaron una a cada lado colgándose de él y disparando insinuaciones, ignorando la presencia de Levy.

Le coquetearon descaradamente. Gajeel, sorprendido por aquel singular abordaje, permaneció irresoluto, desconcertado, en cambio Levy, dados los reveses acumulados, echaba chispas por los ojos. Enfadada por lo que interpretó como una invasión territorial, de una zancada se aproximó al grupo, tomó a Gajeel de un brazo y comentó a tirar de él para apartarlo de aquel acoso.

Lo acarreó sin consideración alguna, dejando a las muchachas atónitas y al mago igualmente pasmado. Él se dejó llevar sin cuestionamientos, en parte porque todavía ignoraba qué había sucedido en realidad y en parte porque la increíble resolución de Levy no le dio tiempo a pensar.

Ella tiró de él calle arriba, irritada, hasta que los faroles rojos, las salas de juego y las parejas escandalosas comenzaron a mermar. Al rato se encontraron en una calle común y corriente, transitada como las anteriores, pero al parecer más adecuada para la moral de la joven.

Sólo entonces lo soltó, bufando ofendida. Comenzó a mascullar acerca de lo indignante que le resultaba que le hubiesen indicado semejante dirección para llegar hasta la biblioteca y lo bobos que se volvían los hombres con un par de miraditas melosas, mientras que Gajeel prefirió dejarla desahogarse sin emitir vocablo. Y lo bien que hizo. Luego, cuando el farfullo empezó a declinar, la miró de reojo y se animó a preguntar, no con mucho tino:

-¿Falta mucho?

Como toda respuesta, Levy le dirigió una amenazadora mirada. El mago, entonces, comprendió que debía mantener la boca cerrada hasta nuevo aviso, o correría el riesgo de convertirse en un nuevo dije para su brazalete.

Nunca la había visto tan enojada y tan celosa. Tardó en percibirlo, un defecto muy propio de la especie masculina, pero al final discernió que la inesperada intervención de aquellas muchachas la había alterado. Vaya, incluso Levy poseía un instinto territorial… Sonrió con disimulo, satisfecho al recibir tan contundente señal de correspondencia. Él no era el único posesivo en esa relación.

La de cosas interesantes que se descubren viajando…

Todavía iba él solazándose íntimamente con la idea de los celos ajenos, cuando poco después divisaron la biblioteca. Recién entonces Levy trocó su adusta expresión por una luminosa sonrisa de entusiasmo. Los asombros generados por la extrañeza de una ciudad en actividad continua y por una contundente prueba de amor quedaron momentáneamente soslayados por la nueva oportunidad de hallar otro de Los Doce.

La ansiedad de Levy los obligó a apretar el paso e ingresaron en el edificio haciendo caso omiso de las cuestiones arquitectónicas. Estaban transitando la segunda mitad de la aventura y eso le renovaba las energías y el empeño por avanzar. Una vez adentro, y viendo que carecía de bibliotecario, empezaron a recorrer los amplios y bien iluminados recintos.

Sin embargo, por más que recorrieron el lugar de punta a punta, para Levy pronto se hizo patente que el libro no estaba ahí.

-¿Cómo que no está aquí? –inquirió Gajeel.

-No está aquí, ¡no está aquí! –exclamó ella, abrumada por lo inesperado de la situación. Empezó a llenarse de inquietud.

-¿Entonces dónde está?

-¡No lo sé!

-Es la primera vez que fallamos.

-Es la primera vez que fallo, querrás decir.

A Gajeel le preocupó que de repente se mostrase tan insegura. Se había apoyado tanto en su intuición que aquella contrariedad la hacía vulnerable.

-Pensemos en ello –propuso con calma. Sólo al notar su autodominio, Levy comenzó a calmarse también-. La ciudad es muy grande, ¿no podría haber otra biblioteca?

Ella sopesó la posibilidad tratando de controlar la agitación. En cuanto tranquilizó su trastornado corazón, estimó que se trataba de una opción muy viable, casi obvia, y se sintió una tonta por inquietarse de manera innecesaria.

-Tienes razón, debe tratarse de eso –repuso, cada vez más calmada y convencida. Al sosegarse pudo volver a conectar con sus sentidos y ellos poco a poco le dieron la certeza-. Lo siento, me alteré más de la cuenta.

El mago se mostró comprensivo.

-Estamos cansados y hemos tenido algunos traspiés. Haber iniciado la cuenta regresiva, además, nos ha puesto más nerviosos y expectantes –comentó-. Retomemos la búsqueda con normalidad y verás que las cosas saldrán bien.

Levy asintió con la cabeza, más repuesta y confiada. Sus palabras y su inusual consideración hacia ella la protegieron de la inusitada angustia que se había precipitado en su interior.

Si hubiera estado sola, seguramente le habría costado más superar aquel repentino revés por más pequeño que fuese. Sin embargo, al contar con la compañía de Gajeel pudo volver a enfocarse con decisión y rapidez, por lo que una vez más se sintió agradecida. A veces esa clase de apoyo valía más que cualquier superpoder.

-Gracias –musitó con timidez.

-Sí, bueno… La cosa es que tendremos que buscar en otro lado –repuso él, cohibido con la dulce mirada que le dirigían. Si continuaba mirándolo de esa manera, no podría hacerse responsable de lo que fuera a suceder, pues incluso alguien tan aplomado como él podía sucumbir fácilmente ante los encantos de la chica.

-Creo que ya tengo una idea al respecto –dijo ella, atendiendo mejor a sus percepciones.

Sin perder más tiempo, enfilaron hacia la salida del edificio. Una vez en la calle, Levy se tomó algunos segundos para analizar el contexto y luego indicó una dirección determinada. Caminaron siguiendo ese rumbo con cierto apresuramiento, ella más concentrada y ansiosa que antes y él limitándose a secundarla con la predisposición acostumbrada.

Se internaron en una calle por demás transitada, llena de carruajes que iban y venían sin cuidar de los transeúntes que circulaban a pie. Levy se detuvo, escudriñó en el panorama y luego se lanzó a cruzar sin atender debidamente a aquel tráfico de locura.

Gajeel gruñó y fue tras ella en medio del caótico ajetreo. Lo dicho: estaba tan ansiosa que ni siquiera era capaz de manejarse con precaución. ¿Por qué estaría obrando de ese modo? Para peor, iba tan apurada que casi la perdía de vista entre la creciente y apabullante muchedumbre.

Incluso él tuvo que tomar sus recaudos, pues los carruajes avanzaban rápido y en cualquier momento podría terminar arrollado. Cuando por fin pudo alcanzarla, la proximidad de uno de esos coches amenazó con llevárselos por delante.

Gajeel, atento y de buenos reflejos, sujetó a Levy entre sus brazos y retrocedió dando un brinco justo a tiempo para apartarse del camino. La maga, sorprendida, de pronto se vio cobijada por ese súbito abrazo y se ruborizó sin comprender.

-¡Gajeel! –exclamó, escandalizada por la situación.

-Por todos los cielos, mujer, ¿acaso ya no miras por dónde andas?

-¡No me subestimes! –se defendió ella, atolondrada todavía.

-¡Entonces deja de conducirte tan irreflexivamente y pon atención!

Ella, entendiendo por fin lo que había sucedido y sintiéndose bastante abochornada por ello, hizo el intento de apartarse de él, pero el mago la sujetaba con demasiada determinación. Más que preservarla, parecía que la estaba abrazando con fines afectivos. Por unos instantes, entonces, sin poderlo evitar, se dejó vencer por la emoción que tal idea le suscitaba y cejó en sus esfuerzos, dándose la oportunidad de conocer algo de su calor.

Él tenía razón, de nuevo había perdido el eje. Sin embargo, podía justificarse aduciendo que presentía que el libro estaba cerca y que por eso había avanzado sin atender al entorno. Quizá la presencia de Gajeel le brindaba demasiada seguridad, por lo que se había enfocado en lo suyo dejándole el resto a él, que se lo reclamaba.

Sin pensar mucho en las conveniencias, así terminó por decírselo, todavía entre sus brazos y con cierto pudor en la voz. El mago, turbado y conmovido con esa revelación, tampoco supo cómo desasirse y la retuvo contra su pecho como si se tratase del tesoro más valioso del mundo.

Permanecieron abrazados durante un lapso de tiempo indeterminado, sumidos en sus sentimientos, hasta que Levy identificó entre sus alborotadas sensaciones aquella que la devolvería a la realidad.

-El libro –murmuró.

Entonces también Gajeel reaccionó por fin, aunque le doliera un poco.

-¿Dónde? –indagó.

Dejó que Levy se apartara de él y vio que estiraba el brazo para indicárselo.

-Allá.

Siguió la dirección con la mirada hasta que se topó con un carruaje particular. Era de grandes dimensiones, muy antiguo, y permanecía aparcado en la acera. Algunas personas ascendían y otras se bajaban de él con algún libro entre las manos, lo cual finalmente vino a acomodarle las ideas. Se trataba de una biblioteca ambulante.

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.

Esperaron a que el carruaje-biblioteca estuviera vacío. El encargado tampoco sería problema, pues lo vieron conversando con un grupo de personas a cierta distancia de forma muy animada y no muy preocupado por el vehículo. Dadas todas las condiciones, entonces, los magos de Fairy Tail procedieron a subir.

Apenas lograron avanzar por el estrecho pasillo que se abría entre las atestadas estanterías, parecía que en cualquier momento los libros se desmoronarían sobre sus cabezas. A Gajeel le irritó sentirse tan encerrado e instó a Levy a apresurarse, pero ella iba tan concentrada que hizo caso omiso de su disgusto.

Por fortuna para él, no demoró mucho en divisar un brillo aurífero emergiendo de un grupo de libros acumulados desordenadamente en un rincón. Vaya forma de organizar las devoluciones. La joven apartó algunos volúmenes hasta dar con el conocido diseño dorado sobre un fondo de color amarillo pálido, y sintió que el alma le volvía al cuerpo.

Era la primera vez que había errado en la búsqueda y eso por un momento había minado en grande su autoconfianza, incluso había llegado a dudar de la aventura emprendida pese al éxito obtenido hasta entonces. Aunque el apoyo moral de su compañero la hubiese equilibrado, lo cierto era que su corazón recién halló paz cuando tuvo el libro entre las manos.

Luego lo abrazó contra su pecho como una madre al recuperar a su hijo extraviado. Miró al mago encorvado y malhumorado en el que se había convertido Gajeel debido a las ceñidas dimensiones del carruaje y se lo mostró con orgullo.

-El Libro Amarillo –anunció.

-Felicidades –ironizó él-. Ahora, ¿podrías reducirlo? Quisiera irme de aquí cuanto antes.

-No seas tan ansioso –repuso ella, hojeando las primeras páginas.

La muy descarada lo acusaba de ansioso… Tendría que haberse visto la pasada media hora.

-Me duele el cuello –protestó.

-Ya llego a la parte que nos importa –dijo Levy sin hacerle caso. A continuación, después de aclararse la voz, comenzó a leer-: En magia, el color amarillo fomenta la inteligencia, despeja la mente y activa la energía. Beneficia tanto al intelecto como a la intuición, ayuda a aplicar nuestras capacidades intelectivas a cualquier proyecto que deseemos poner en marcha…

Gajeel seguía enfurruñado por la dolorosa contorsión de su postura, así que casi no le prestó atención. Levy, en cambio, siguió leyendo con creciente interés, ya que el significado del color le atañía profundamente. Por un momento el mago creyó que leería el libro entero allí mismo.

-¿Podrías apurarte? –volvió a pedir.

-El color amarillo promueve la actividad mental –repuso ella, ignorándolo de nuevo-. Quizás encuentre entre estas páginas alguna clave para entender el inusual ritmo de vida que llevan los habitantes de esta ciudad.

-¿Y tienes que hacerlo ahora?

-Veamos…

Levy pasó las páginas buscando información. Sin embargo, en algunas ocasiones tuvo que volver atrás, por lo que pronto se perdió en el enrevesado laberinto que constituía cada uno de esos libros. Así recordó con cierta frustración que el texto cambiaba todo el tiempo y que debería empezar a pensar en una forma efectiva de manipularlo.

Cerró el libro suspirando con resignación. Luego por fin reparó en Gajeel y en lo incómodo que parecía en ese lugar tan apretujado, y se dignó a sentir piedad.

-Oh, lo siento –dijo con preocupación, aunque el otro lo tomó más bien como una burla-. Ahora mismo lo reduzco.

Y aplicó el encantamiento. Después de añadir el nuevo dije al brazalete salieron al aire libre. Una vez afuera, Gajeel se estiró, bramó y relajó su vapuleado cuello cuanto pudo, torciendo la cabeza a uno y otro lado para hacer sonar sus violentados huesos. Y vaya si sonaron.

-Al fin –exclamó en un ronco suspiro.

-Sólo quería leer un poco más –se excusó Levy.

-Qué, ¿no eres ya lo suficientemente inteligente? La ropa que llevas así lo demuestra.

Recién entonces Levy cayó en la cuenta del pequeño detalle. Su vestido era de color naranja, el cual se formaba a partir de la combinación del rojo con el amarillo.

-Vaya –murmuró-. Pero sólo es una coincidencia, seguramente nos toparemos con un libro color naranja y tendrá otro significado.

-Como sea… Al parecer tú eres la inteligente y yo soy el miedoso –comentó él.

La joven sonrió al escuchar semejante conclusión. Gajeel desvió la vista, pues últimamente la dulzura de esas sonrisas tenía el poder de despertar impulsos dentro de sí no muy convenientes. El viaje se hacía largo y el recuerdo del abrazo anterior todavía lo perturbaba.

-Si fuera tan inteligente como dices, ni siquiera hubiera tenido necesidad de emprender la búsqueda de Los Doce –señaló ella, guiñándole un ojo-. Con un simple pase de magia los habría reunido en mi cuarto.

Él se sintió todavía más inquieto.

-Aun así, eres la persona más inteligente que conozco.

Esas palabras calaron muy hondo en el corazón de Levy, que lo miró sobrecogida.

-Tengo mucho que aprender y mucho camino que recorrer. La senda de la sabiduría es infinita, creciente, a veces sinuosa, a veces abrupta…

-Pero no es imposible.

Ella sonrió de nuevo, asintiendo lentamente con la cabeza.

-No, no lo es.

-Entonces lo harás bien –afirmó Gajeel-. De hecho, ya lo estás haciendo.

-Cuento con un gran compañero para eso.

-Lo hubieras hecho bien incluso sin compañía –repuso él, convencido-. Acabas de leerlo, ¿verdad? Has encarado un proyecto y te has puesto en marcha… Creo que todos los malditos colores te lo han anunciado.

Esta vez Levy rió de buena gana y a Gajeel el corazón le dio un vuelco. De nuevo tuvo que hacer un gran esfuerzo para dominar sus sentimientos.

-Es verdad –admitió ella-, cada uno de los colores representados por los libros ha sido como una flecha apuntando siempre hacia adelante.

-El camino se ha hecho algo largo.

-También eso es verdad. Añoro el gremio, así que deberíamos apretar un poco el paso.

-Entonces sigamos –propuso Gajeel con simpleza.

-Sigamos –convino Levy.

Dicho y hecho, durante un buen rato marcharon calle arriba sin pensar mucho hacia dónde se dirigían, pues los embargaban emociones difíciles de soslayar. Levy, reconfortada con el afectuoso trato de la persona a la que amaba, experimentó una dicha y una expectativa cada vez más rotundas, mientras que Gajeel, enamorado hasta los tuétanos, trató de controlar la creciente ansiedad que lo empujaba hacia ella. Y ninguno de los dos pudo explicarse ese repentino e irreprimible desborde.

¿Sería obra del tiempo que llevaban viajando juntos? ¿Sería por la naturaleza de la aventura que los había unido? ¿O sería simplemente porque así se habían sentido mucho antes y recién ahora se atrevían a abrirle la puerta a la verdad para afrontarla sin rodeos?

Por más inteligentes que fueran ambos, se sintieron tan abrumados que apenas pudieron lidiar con ello. El amor carece de racionalidad, sobre todo cuando se manifiesta auténtico y profundo, así que aunque intentaron concentrarse en el camino la mente y el corazón se les fueron a otra parte.

Un rato después, algo más repuestos, notaron que pronto amanecería y que seguían vagando sin rumbo fijo, por lo que tendrían que tomar alguna decisión. Levy, todavía sensata a pesar de todo, propuso que buscasen de una buena vez un sitio donde descansar antes de proseguir con el viaje, y Gajeel no tuvo inconveniente en acordar con la idea. El asunto era encontrarlo.

Pensando en ello, de repente advirtieron un cambio abrupto en la actividad de la ciudad. En la medida en que el cielo comenzaba a clarear, los transeúntes se apresuraban a regresar a sus casas y las calles poco a poco se fueron despejando. En lugar de disponerse a empezar la nueva jornada, actuaron como si en realidad se hubiese acabado.

Asombrados, sólo pudieron explicarse el singular fenómeno reconociendo que sus primeras elucubraciones estuvieron erradas: no se trataba de una ciudad en actividad constante, sino una donde las personas vivían al revés, tan simple como eso. Era la única explicación posible: de noche vivían despiertos y de día procedían a dormir. Vaya ridiculez.

-Sólo se trata de una ciudad estúpida –comentó Gajeel ante la evidencia-. Y están locos -repitió.

-Pues yo me siento más estúpida aún por no haber arribado a una conclusión tan fácil –lamentó la joven.

-Mira el lado positivo: ahora sí que encontraremos una posada donde detenernos a descansar.

-Hagámoslo pronto entonces o estas personas pensarán que somos unos "trasnochados".

-Sí, algunos ya nos miran raro.

Luego intercambiaron una mirada cómplice y rieron del absurdo de la situación. A continuación reiniciaron la marcha, más aliviados de sus tribulaciones sentimentales. Mientras sus mentes se mantuviesen enfocadas, podrían tener a raya cualquier otra inquietud.

Tal vez fuese por ese tipo de distracción que esta vez Gajeel no se percató de una presencia cercana y acechante. O quizá sí lo percibiese, pero al igual que las anteriores ocasiones prefirió esperar a que el otro hiciera algún movimiento antes de tomar cartas en el asunto. Sin embargo, nada extraño ocurrió.

Incluso para él no fue muy difícil discernir lo que aquel desconocido sujeto se proponía, por lo que se limitó a permanecer al lado de la joven maga. Con los sentidos en alerta, sólo consideró que estaban fuera de peligro cuando arribaron por fin a una oportuna hostería.