PROTEGIENDO A HARRY

CAPÍTULO 7

El huevo.

Al día siguiente, Harry estaba de excelente humor. Al pasar la esponja por su piel en la ducha, frotó las zonas aún excitadas por el apasionado encuentro de la noche anterior y no pudo evitar rememorar la experiencia y acabar masturbándose ardorosamente bajo el agua caliente. Después, ya delante del espejo, se entretuvo en contemplar y en acariciar las rozaduras y las marcas que atestiguaban que había perdido la virginidad definitivamente y de un modo glorioso: un pequeño moratón en el cuello, un leve surco rojizo bajo el pezón izquierdo, una ligera descamación en la barbilla ocasionada por la vigorosa y cerrada barba rasurada de Snape y sus besos abrasadores. Aún notaba el ano dolorido, pero, en cuanto se sentara en la oficina, en su dura silla, esa dulce tortura seguiría recordándole que Severus lo había follado a conciencia.

Ahora, todos los nervios pasados le parecían una broma. Estaba maravillado de lo natural que había resultado todo. Sí, esa era la palabra, lo "natural" que había sido acostarse con su antiguo profesor. A pesar de sus dudas y sus miedos, todo había sucedido de una manera fluida, armoniosa, espontánea. Ni siquiera había resultado tan morbosa como se la había imaginado, sucia o perversa. Sus cuerpos se habían entendido perfectamente en cuanto Snape había tomado el control. Nunca había imaginado que él se ajustara como un guante a esa posición. No veía el momento de repetir.

En cuanto puso un pie en el Ministerio, Ron salió a su encuentro en el Atrio, parecía muy alterado:

Harry ¡Hemos encontrado el huevo!

¿Qué?

Ron estaba tan nervioso que le costaba trabajo hablar:

Han detenido a Mundungus Fletcher, Harry. ¡Él tenía el huevo! Mark lo está interrogando. ¡Ven! Date prisa.

Cuando llegó a la sala de interrogatorios, vio a Mundungus encogido como un animal asustado. La sala era un espacio reducido, intimidatorio, de frías y oscuras paredes de piedra y con poca luz. Al detenido se le colocaba en una especie de trono pétreo, duro e incómodo a propósito, de cuyos brazos salían unas pesadas cadenas, de manera que, si se resistía, aparecían unas argollas que lo ataban firmemente al asiento. Frente al humillante trono, se erigían dos confortables sillas para los Aurores. Mundungus estaba desatado, pero parecía un guiñapo, un muñeco de trapo vestido con ropa sucia. Su oxidado pelo rojizo era como lana deshilachada. El huevo, enorme, con llamativas vetas serpenteantes de un verde intenso y brillante, estaba colocado en una barroca mesita auxiliar, aparecida por arte de magia, desde la que emitía destellos malévolos. Mark, de pie, con las mandíbulas y los puños apretados, lo fulminaba con la mirada. El ratero, en cuanto vio a Harry, se echó encima de él, temblando:

Señor Potter… señor Potter, yo no he matado a nadie ¡tiene que creerme! ¡soy inocente! ¡ayúdeme, por favor! Usted es bueno ¡Tiene que ayudarme! Este bruto no me quiere escuchar- suplicó. Harry no pudo evitar apartarlo con asco.

¿Es eso cierto, Mundungus? ¿Tenías ese huevo de serpiente gigante?

¡Sí, pero yo no lo robé!

Mundungus se arrodilló a los pies de Harry, pero Mark lo agarró del cuello del abrigo y empezó a zarandearlo violentamente:

¿De dónde has sacado el huevo, escoria? ¿De dónde?

Mark ¡ya basta! ¡así no le dejas hablar! – A Harry la actitud obtusa de Taylor le sacaba de quicio.

El granuja de Fletcher se arrastró aún más por el suelo:

Gracias señor Potter, gracias….

Harry no salía de su asombro, no podía creer que Mundungus, por más sinvergüenza que fuera, pudiera tener algo que ver con la desaparición de Brady.

¿Has robado ese huevo?

No señor, no lo robé, me lo vendieron – respondió a Harry, haciendo caso omiso de Mark y de sus puños amenazadores.

¿Quién te lo vendió?

Un tipo al que no conozco, en el callejón Knockturn ¡Lo juro!

Mark volvió a la carga, agarrando a Mundungus y haciendo que se levantara y se volviera a sentar en el trono de piedra.

Más te vale que nos digas quién te lo vendió, canalla, porque te vamos a meter en Azkabán por una buena temporada…

Ron, que había estado contemplando la escena con cara de disgusto, intervino:

Ese huevo está relacionado con una desaparición, Mundungus. Es posible que con un asesinato. Es importante que nos cuentes quién te lo vendió ¿No querrás estar implicado en un crimen? ¿verdad?

Yo… no sé…. – tartamudeó, con los ojos desorbitados, pasando su temerosa mirada de uno a otro, mientras juntaba las manos en un gesto como de estar pidiendo clemencia – Era.. era un tipo alto, fuerte, con barba y mucho pelo y una barriga enorme.

Harry sintió un escalofrío en la columna:

¡Bendito Merlín! Esa descripción fue la que hizo Tom del segundo novio de Amanda Sullivan.

Pero Ron se le adelantó:

Mundungus, di la verdad, por una vez en tu vida, tío ¿Fue el dueño de la tienda de calderos el que te vendió ese huevo?

Por toda respuesta, Mundungus asintió, como muy avergonzado de confesar la identidad de su cliente, aunque a Harry le pareció que más bien lamentaba perder una ocasión de hacer negocio. Mark había perdido la paciencia.

¡Pues ya puedes decirnos dónde está ese tipo!- dijo, poniéndole el puño cerrado frente a la cara.

No lo sé, ¡Lo juro! ¡No lo sé! – Fletcher parecía a punto de echarse a llorar. Harry tuvo una idea.

¿Tienes algún modo de contactar con él?

El hombre se quedó mirando a Harry fijamente, como ido. Se veía claramente que dudaba.

Mundungus, si colaboras con nosotros para encontrar a Fabricius Jobs hablaré con el Ministro para que te rebajen el castigo por traficar con objetos robados. ¿Qué me dices ahora?

El rufián, que se había vuelto a hacer una madeja en el duro asiento, fijó su vista en el suelo:

Sí, puedo….Puedo ponerme en contacto con él. Me dejó… esto…eh… una… una dirección, por si me interesaban más huevos raros como ése.

Bien, entonces, le avisarás de que estás muy interesado ¿de acuerdo?. Nosotros te pondremos un hechizo detector y te seguiremos. Vamos a detenerlo, Mundungus y tú nos vas a ayudar – dijo Harry con aplomo.

Buena idea, Potter – intervino Mark – Voy a decirle a Davis que tramite ante el Wizengamot la autorización para darle veritaserum a Jobs. Estoy harto de dar vueltas con este asunto.

Encontrar el maldito huevo, la pista definitiva de que Fabricius Jobs y probablemente, Amanda estaban relacionados con la desaparición de Brady, supuso un gran alivio para los tres. Ahora tenían algo sólido con lo que avanzar y esperaban que la prueba del veritaserum aportara por fin luz al embrollado caso.

Mundungus, bien por la promesa de mediar para que le rebajaran el castigo, bien porque no tenía otra opción, dejó que Harry le cubriera con el encantamiento detector con el que se aseguraban no perderle de vista y oír todo lo que dijera bajo el poder del hechizo.

El ratero los llevó a un rincón escondido y oscuro del infame Callejón Knockturn. Se aparecieron en una calle tenebrosa, alejada del bullicio del Callejón Diagón. Apenas dos farolillos la hacían transitable. Harry nunca había estado en una travesía tan lúgubre. El empedrado de adoquines estaba húmedo y resbaladizo. Por todas partes, un musgo negruzco y maloliente reptaba y tapizaba las superficies. En un primer vistazo, no se distinguían tiendas ni escaparates, era lo más parecido a un cementerio; pero Ron se agarró con fuerza al brazo de Harry cuando pasaron delante de una cristalera a la que asomaban peludas y repugnantes arañas gigantes, ni siquiera la tienda de Borgin y Burkes resultaba tan sombría y amenazadora. Se escondieron detrás de una esquina un poco más limpia y seca y dejaron que el ladronzuelo se agazapara en un negro rincón. Allí, Mundungus sacó una esfera parecida a una pequeña bola de cristal de adivinación y le pasó la mano por encima, murmurando por lo bajo varias palabras en latín que Harry no llegó a distinguir a pesar del detector. La esfera se hizo, de repente, más grande y lanzó un potente rayo violáceo. Cuando el resplandor dejó de cegarles, vieron con sorpresa que un hombre corpulento, con barba y barriga estaba junto a Mundungus.

Se acercaron rápidamente a él para no darle tiempo a reaccionar. Sin embargo, Fabricius sacó desafiante su varita, mirándolos con los ojos muy abiertos y una expresión de fiereza en su grosero rostro. Pero, antes de que pudiera moverse, Mark, que se había acercado por detrás, le había colocado su varita en la nuca:

¡No te muevas Jobs!

Ron lanzó un expelliarmus tan poderoso que hizo que el hombre se tambaleara y cayera de culo al suelo, con gran estruendo. Harry, haciendo uso de sus magníficos reflejos de buscador, cazó la varita al vuelo. Mark remató la detención con un incárcero.

Satisfechos, volvieron con el truhán y el calderero al Ministerio. Allí los esperaba Davis, que entregó sin contemplaciones a Mundungus, a pesar de sus protestas, a la brigada de Aurores especialistas en robos y en receptación. Harry tuvo que repetirle varias veces que cumpliría su palabra de hablar con el Ministro para que cesara en sus cobardes lloriqueos.

Fabricius parecía aterrorizado. Echaba a Harry constantes miradas llenas de miedo y aprensión. El chico cayó en la cuenta, entonces, de que su triunfo sobre Voldemort debía proporcionarle un aura de invencible o de todopoderoso y temible. Mark y Ron lo llevaron bien sujeto a la sala. Davis demostró que no le temblaba el pulso a la hora de tratar con los detenidos porque sacó con toda naturalidad de su túnica la botellita con el veritaserum.

A pesar de la resistencia de Jobs que, al ver el frasquito, había empezado a retorcerse en la butaca de piedra y a tratar desesperadamente de zafarse de las ligaduras mágicas, Davis le abrió la boca pasándole la varita por la cara con un ligero movimiento que dejó al hombre como congelado, con las mandíbulas abiertas y, rápidamente, depositó con maestría tres gotas del líquido incoloro en su lengua y se sentó frente a él. Harry y los otros los contemplaban de pie, muy cerca de dónde se había sentado su jefe.

Casi instantáneamente, los ojos de Fabricius quedaron desenfocados, se le relajaron los músculos de la cara y echó la cabeza hacia delante, dejándola caer, como si se hubiera quedado inconsciente.

¿Cómo se llama?- preguntó Davis

Fabricius Jobs – respondió el calderero, con una voz desmayada como si hablara en sueños.

¿Conoce usted a John Brady?

Sí, lo conocía.

A Davis le empezó a palpitar la vena de la sien.

- ¿Lo conocía? ¿Quiere decir que está muerto?

- Sí, está muerto- respondió Jobs con aquella voz que parecía salir de un pozo.

- ¿Quién lo mató, Fabricius?

- Yo, yo lo maté.

Davis torció el gesto en una mueca de disgusto. Miró a los chicos con unos ojos que echaban chispas.

¿Cómo lo mataste?- Davis escupió las palabras. Harry nunca había oído tanta dureza en su voz.

Con un avada kedavra. Le pillé por sorpresa. Lo engañé, lo llevé a la trastienda y le lancé la maldición por la espalda – Fabricius se removió en la butaca, parecía a punto de caerse de ella.

¿Por qué Fabricius? ¿Por qué?- la grave voz de Davis retumbó por toda la sala. A Harry se le erizaron los pelos de la nuca.

Jobs se puso a gemir, como si lo estuvieran torturando. No paraba de moverse, el pecho le subía y bajaba rápidamente. Los ojos soñadores parpadeaban sin parar.

¡Por ella! Ese hombre, ese Brady la amenazaba. Ella no quería verle más, pero él no la dejaba en paz. Le dijo a Amanda que si le abandonaba, la mataría. Yo la quiero, ¡la amo! No podía soportar verla sufrir así. Ella tenía miedo de abrir la tienda, por si él se presentaba allí con malas intenciones. Una de las veces que fui a visitarla estaba llena de moratones. Ese… ¡ese bastardo la había pegado! No tenía bastante con haberla engañado para quedarse con sus ahorros y gastarlos en sus caprichos, tampoco la dejaba vivir…Le propuse vender el maldito huevo y fugarnos nosotros a las Canarias…- La cabeza de Fabricius se quedó colgando sobre su pecho. Una lágrima le bajó por la barbuda mejilla. Era como si estuviese llorando dormido.

¿Es allí dónde está ella?

Sí, si….está allí…yo también estaba… con ella… por fin… libre…- La voz de Jobs era casi inaudible, apenas un susurro, pero el bramido de Davis lo sobresaltó e hizo que todo el corpachón se agitara:

¿Dónde está el cuerpo?

En mi trastienda….donde lo maté.

El voluminoso cuerpo de Jobs se estremeció una vez más y se aflojó del todo, se quedó medio tumbado en el trono de piedra, con la cabeza colgando sobre el hombro derecho y babeando ligeramente. Davis se incorporó bruscamente:

¿Y bien? ¿Qué hacéis ahí parados? ¡Id a la trastienda de este idiota! Yo me encargo de la mujer.

Salieron escopetados del Ministerio entre aliviados y confundidos. Ron rezongaba por los malos modales que Davis gastaba a veces, Mark estaba eufórico por haber resuelto el caso y Harry daba vueltas al hecho de que Brady había resultado ser un miserable.

Al final, resulta que ese funcionario mequetrefe se lo había buscado. Con razón dice mi madre que no hay que fiarse de las mosquitas muertas – concluyó Mark.

Les costó casi media hora romper las barreras que el calderero había colocado para proteger la entrada de la tienda. De acuerdo con su instrucción, intentaron abrir las defensas con diffindo; pero no se inmutaron, probaron después con una combinación de varios hechizos confringo y, ante el nulo resultado, Harry lanzó un dissendium que no sirvió para nada, hasta que Ron, que había empezado a sudar por la concentración y el esfuerzo, hizo saltar las protecciones y la puerta con un bombarda. Iluminaron el interior con las varitas y se encontraron todos los calderos desparramados y cubiertos por el polvo y los restos de la explosión. Evidentemente, no era el procedimiento ideal. Tuvieron que esquivar y saltar por encima de los escombros, hasta llegar a una pequeña puerta que parecía la entrada a la trastienda. Al menos ésta no se les resistió, bastó una patada de Mark mientras Harry proyectaba la luz necesaria.

La trastienda era parecida a un garaje muggle. Estaba totalmente vacía, con las blancas paredes limpias y desnudas. El suelo era de cemento, aunque estaba cubierto por una fina capa de polvo y arena. El sanguinem revelo hizo aparecer unas pequeñas manchas de sangre, que marcaban sin duda el lugar en el que había caído el cuerpo inerte tras la maldición asesina. Harry se arrodilló ante las marcas fosforescentes y retiró un poco de tierra con la mano para verlas mejor; pero al escarbar, notó cómo se hundía la gravilla hacia dentro, como si estuviera sobre un reloj de arena. De repente, el suelo cedió bajo sus pies y cayó al vacío. Un rápido hechizo levitador hizo que no se diera de bruces contra el suelo. A pesar del susto, la distancia era la de una habitación que estaba oculta bajo la trastienda. Había un olor a putrefacción insoportable, se tapó la nariz para no vomitar. Se oía un leve zumbido, como el aleteo de moscas diminutas. Cuando volvió a usar la varita para iluminar el lugar, distinguió un gran bulto.

-¿Estás bien? – preguntó Ron.

- Sí. He encontrado el cuerpo de Brady. Está aquí. Pero no bajéis, huele fatal, lo levitaré hasta ahí arriba. Ensanchad el hueco.

Ante su asombro y el de Ron, Mark demostró que no era el primer cadáver que manejaba cuando lo encantó con un inodorus que repelió el hedor que desprendía el muerto. El aspecto de los restos de Brady era desolador. Las ropas estaban rasgadas y cubiertas de polvo y la piel de su rostro y sus manos, la única a la vista, era de un blanco sucio, espectral. El rigor mortis, que el adava kedavra provocaba de inmediato, mucho antes que el proceso normal, ya había desaparecido y, cuando lo depositaron en el suelo para examinarlo de cerca, el cuerpo se quedó tendido con las extremidades blandas y flácidas, retorcidas al azar, como si no tuviera huesos. Ya había empezado a pudrirse, y en los labios y en la parte inferior de los ojos de la cara de besugo del funcionario se veían unas asquerosas pústulas, con unos puntitos blancos que no podían ser otra cosa que los huevos de los insectos que había encontrado en el zulo.

No era una visión tan impactante como la de Rachel Walker, joven y hermosa aún después de muerta y desangrada, pero a Harry la presencia de la víctima le producía un extraño desasosiego. Le vinieron a la mente las sabias y fatídicas palabras de Sirius: "el mundo no se divide en mortífagos y buenas personas". Mark terminó su trabajo con el maleficio de Hermes, que creaba un sello hermético alrededor del cadáver y volvieron al Ministerio ansiosos por deshacerse del "paquete" y tomar un trago en la cafetería que les hiciera entrar en calor.

Cuando se quitaron aquél peso de encima, los tres recibieron la felicitación de su jefe. El Departamento – y todo el Ministerio – parecía respirar con más libertad y alegría, tras la resolución del caso. Harry y Ron lo celebraron, aliviados y mucho más relajados, con un buen par de cervezas de mantequilla calentitas.

-¡Vaya con Brady! ¡Menudo pájaro! ¡Y parecía tonto! – exclamó Ron con las mejillas encendidas, como si le hubiera leído el pensamiento.

- Sí – comentó Harry – me he acordado de lo que me dijo Sirius. Pero no por eso el tipo merecía que lo mataran.

- ¡No! ¡Claro que no! – exclamó Ron, que miró a Harry como si éste le hubiese ofendido- No comparto la opinión de Mark. Por cierto, estoy harto de él.

- A mí tampoco me acaba de caer bien, Ron, pero reconoce que es bueno y se toma en serio su trabajo.

- ¿Qué se toma su trabajo en serio? Pero si bromea con todo – se quejó Ron – Precisamente, a propósito de Brady. Si parece que en lugar de personas estuviéramos hablando de cosas, o de papeles o ¡qué sé yo! de mascotas. ¡No le afecta si alguien muere!

Harry entendía a la perfección lo que su amigo quería decir:

Escucha, Ron, Mark hace bien su trabajo, pero él no tuvo que pasar lo que nosotros. Ya había terminado el colegio y estuvo cómodo y protegido en casa de una tía suya, en Estados Unidos. No se enteró de la guerra, no participó, no la vivió. Supongo que por eso no se involucra tanto como nosotros…

¿Sabes? – Ron le miró fijamente, sin soltar la cerveza – Eso mismo me ha dicho Hermione. Que nosotros somos más conscientes de lo que significa que una persona muera violentamente, porque nos hemos jugado la vida, pero, sobre todo, porque hemos perdido a personas a las que queríamos.

Sí, exacto. Eso es.

Harry pasó entonces el brazo por encima de los hombros de Ron, tratando de reconfortarlo y de espantar de su mente la imagen de Fred, roto sobre las ruinas de Hogwarts, y las sombras de los otros a los que también habían perdido para siempre…