Siete: Nervios.

Julio estaba corriendo de manera extraña, al menos para Frida Weasley. Por una parte, le parecía que el quince de julio estaba muy lejano y que tenía muchas cosas qué arreglar, pero por otra parte, cuando sólo faltaban tres días, los nervios se le pusieron de punta y revisaba cada cosa de su boda una y otra vez. Aunque ahora que tenía a su madre y a varias de sus tías y primas mayores ayudándola, no se sentía tan presionada. Sobre todo tomando en cuenta que ella estaba en Nueva York.

—Buenas tardes, bienvenido a Sortilegios Weasley. ¿En qué puedo servirle? —decía como saludo inicial la dependienta, una joven bruja de cabello rubio y rizado.

—Busco a la señorita Weasley —dijo una joven pequeña y delgada.

Esta joven se veía como una típica bruja norteamericana, que seguía los gritos de la moda. Vestía una túnica negra con rombos rojos en la parte baja, casi del mismo tono que parte de su cabello. Porque el cabello, al parecer, era originalmente de un tono rubio de aspecto sucio, de tan oscuro que era, pero lucía unos mechones rojizos, que eran los que se asemejaban a los rombos de la túnica. Además el corte del cabello, en capas y con las puntas bien peinadas hacia fuera, le daba un toque moderno y llamativo.

—La señorita Weasley no puede recibirla ahora —aseguró la dependienta, mostrándose amable y sonriendo —Pidió que no la molestaran.

—Entonces¿podría prestarme un trozo de pergamino, tinta y una pluma, por favor? Le escribiré un recado.

—Con mucho gusto —la joven rubia sacó de debajo del mostrador un pergamino, un frasco de tinta y una pluma y los colocó frente a la joven visitante —Si me permite, debo atender a unos clientes —señaló a un grupo bullicioso de chicos de quince años que recién entraba al local —Con su permiso.

Mientras la rubia dependienta se iba a atender a los quinceañeros, la joven de mechones rojizos mojaba la punta de la pluma en la tinta, escribía una nota velozmente en el pergamino y al terminar, se sacó la varita de un bolsillo de la túnica y le apuntó al pergamino. De la punta salió un sutil chorro de aire que secó la tinta y luego de eso, la joven enrolló el pergamino y lo selló con otro hechizo. Se digirió a la puerta con rollo en mano y se lo entregó a la dependienta.

—Entrégueselo a la señorita Weasley en cuanto pueda, por favor —pidió —Y dígale que tal vez vuelva más tarde.

La dependienta asintió, sonriente, tomando el rollo de pergamino y guardándosela en un bolsillo y la joven de mechones rojizos salió, mirando a ambos lados. Estaba en uno de los extremos de una especie de colonia bastante concurrida, con gente caminando en todas direcciones e incluso, las calles eran tan amplias que permitían el paso de algunos carruajes antiguos, tirados por diversas criaturas, aparte de los tradicionales caballos. La joven, sonriendo ante el paisaje, contempló el cielo. Una neblina casi imperceptible lo cubría, lo que no era nada extraño si se consideraba que era la neblina mágica que ocultaba el Centro de Compras Mágico de Nueva York de cualquier muggle indiscreto que pudiera pasar por ahí.

El NYMSC estaba a orillas del río Hudson, en las afueras de la ciudad de Manhattan, lo que lo convertía en un punto de reunión muy importante entre la comunidad mágica estadounidense. Muchos magos y brujas lo usaban como lugar de enlace hacia otras partes del país y es que parecía una ciudad mágica, muy parecida a Hogsmeade, sólo que en grande y más completa. En pocas palabras, cualquier mago o bruja norteamericano iba al NYMSC al menos una vez en su vida, ya fuera a comprar o simplemente a pasear.

La joven de mechones rojizos se perdió pronto entre la multitud, mientras que en el local de Sortilegios Weasley, poco a poco los jóvenes que disfrutaban sus vacaciones de verano y estaban en el interior, admirados por las bromas expuestas y los efectos que causaban. La dependienta estaba saturada, pero aparentemente feliz. Tendría unos dieciséis años y se le notaban las ganas de usar varias de las bromas en vez de ofrecerlas.

—¿Nos va bien, Annie Jane? —apuntó Frida en aquel momento, apareciendo al pie de unas escaleras de caracol que quedaban ocultas por la pared tras el mostrador.

La dependienta asintió con una sonrisa y de repente puso una expresión sorprendida, metiendo una mano a su bolsillo.

—Señorita Weasley, vinieron a buscarla hace diez minutos —informó, mostrando un rollo de pergamino que acababa de sacar de su bolsillo —Y dejaron este recado para usted. Era una señorita muy chic —añadió, haciendo un gesto significativo.

Frida se extrañó con el término usado por su empleada, pero recordando que así hablaban en ese país, se encogió de hombros y rompió el sello del rollo, para leer su contenido. Al terminar con la lectura, abrió mucho los ojos, alegre, y guardándose el pergamino en un bolsillo, esperó a que su dependienta se desocupara y la llamó al mostrador con una seña.

—¿Qué te dijo la señorita que te dejó el recado? —le preguntó.

—Que quizá volvería más tarde¿porqué?

—Porque en cuanto vuelva, quiero que me avises. Estaré arriba de todo.

La dependienta asintió, mientras Frida subía de nueva cuenta las escaleras de caracol. El local de Sortilegios Weasley tenía cuatro niveles: el sótano, la planta baja y dos pisos superiores. El sótano era la bodega, la planta baja el local en sí, el primer piso el despacho de Frida y el segundo era donde la chica vivía, un pequeño departamento decorado en colores neutros y con todo lo necesario: sala, comedor, cocina, baño y dormitorios.

—Me encanta la magia —musitó Frida, dirigiéndose a un pequeño balcón que tenía su puerta de cristal en la sala. La abrió, se asomó por unos minutos y miró pasar a muchas personas, notando que había varios grupos de jóvenes risueños y alborotados —Algún día crecerán —soltó, refiriéndose a los jóvenes en la calle, y se adentró en el departamento para prepararse algo de comer. Llevaba toda la mañana trabajando y quería descansar.

Aunque le encantaba el trabajo que ahora tenía, admitía que era agotador encargarse de una tienda que era exitosa no sólo en su país de origen, sino que empezaba a internacionalizarse. Al principio tenía sus temores, pero poco a poco, con la práctica que adquirió en la tienda del callejón Diagon y lo que su padre y su tío George le aconsejaron, esos temores se fueron disipando. Además, los norteamericanos con los que había tratado hasta el momento eran muy amables y cordiales, aunque un poco más flexibles que sus compatriotas en cuestión de formalidades.

—Señorita Weasley —la voz de la dependienta rubia sonó por el departamento como si viniera de unas bocinas ocultas, justo cuando Frida se comía un emparedado de jamón y queso —Llegó la señorita que le dejó el recado. La espera frente al mostrador.

—Gracias, Annie Jane —respondió Frida en voz muy alta —Enseguida bajo.

Frida dejó el resto del emparedado en un plato, sobre la mesa del comedor, y salió del departamento para bajar la escalera de caracol. Al llegar al final de la misma, volteó hacia el mostrador y se encontró con una joven pequeña y delgada, con el cabello rubio y mechones rojizos, que en cuanto la vio a los ojillos, azules y tan pequeños que parecían casi cerrados, soltó una exclamación de sorpresa y sonrió ampliamente.

—¡Judith! —corrió hacia la joven pequeña y la abrazó con fuerza —¡Qué gusto me da verte¡Pero qué cambio! —se apartó y la recorrió con la mirada —Se nota que te ha hecho bien vivir lejos de tu madre.

—Gracias a ustedes por eso —Judith Bruce sonrió tímidamente, con lo cual Frida la vio más como la muchacha callada que era su compañera de Gryffindor que como la chic que había descrito su empleada de mostrador —Podría decir lo mismo de ti.

Y es que Frida, en cuanto llegó a Nueva York, había abandonado su peinado de múltiples trencitas, había ido a una estética del NYMSC y allí, le habían alisado el cabello, le recortaron un poco las puntas y arreglaron su fleco para que le cayera hacia la derecha, con lo que se veía más seria que antes, pero a la vez más sofisticada y atractiva.

—Lo necesitaba —admitió Frida, refiriéndose a su aspecto —Y dime¿qué tal Canadá?

—Mindy y yo nos la pasamos fenomenal en Ontario. Acampamos a orillas del lago Marshall con sus hermanos. Era un lugar bellísimo.

—Ya me lo imagino —Frida podía cerrar los ojos y perfectamente imaginarse el enorme lago canadiense, rodeado de infinidad de árboles y montañas cubiertos ligeramente de nieve. Una vez Belle, organizó unas vacaciones "sólo para chicas" y las llevó allí a ella y a sus primas Gina, Penny y Allie —¿Y vas a volver con tu madre?

—¡Ni loca! —Judith hizo un gesto de enfado —Por fortuna, Mindy va a mudarse a un departamento muy amplio en Kensington y me ofreció alojamiento en lo que encuentro un lugar propio. Y si mi madre dice algo, la enfrentaré como se debe.

—¡Así me gusta! —Frida le pasó un brazo por los hombros —Ya habías tardado en dejar a la arpía esa… Perdón, Judith —se detuvo de pronto —No era mi intención…

—No te disculpes, lo comprendo —Judith le brindó su sonrisa más tranquilizadora —Lo mismo soltó Mindy al ofrecerme casa para cuando volviera a Inglaterra.

—¿Y dónde está Mindy, por cierto?

—¡Ah, sí! De hecho, para eso vine —Judith echó un vistazo a su alrededor —¿Dónde podemos hablar sin que nos molesten?

—Por aquí —Frida le indicó el inicio de las escaleras de caracol que comunicaba los niveles del local —¡Annie Jane, estaré arriba de todo! —le gritó a su dependienta, la cual estaba ocupada recomendando dulces de broma a un grupo de chicas de unos trece años.

—¡Sí, señorita! —respondió la rubia y regresó la vista a las chicas.

Frida y Judith subieron la escalera hasta el departamento y al llegar, la segunda se quedó viendo el lugar, sorprendida.

—Vives en un bonito lugar —comentó Judith —Pero en fin, no vine a hablarte de eso, sino de… Verás, Frida, Mindy tal vez llegue retrasada a Wiltshire o… o no llegue.

La pelirroja la miró con los ojos muy abiertos, girando la cabeza bruscamente.

—No me digas eso —rogó Frida.

—Pues tengo qué decírtelo, para que estés lista —Judith no se veía muy contenta por dar semejante noticia —Su familia no está muy contenta que digamos porque vaya a la boda de un Malfoy, así que lo que se le ocurrió fue irse a Londres antes que yo y apurar su mudanza, para que sus padres y hermanos no puedan decirle nada. Yo tuve que desviarme a Estados Unidos para visitar a algunos parientes de la familia de mi padre, así que me pidió de favor que te buscara y te pusiera sobre aviso.

—¡Rayos! —soltó Frida, sentándose nerviosamente en uno de los sillones de la sala y se frotó las manos —Pat me lo advirtió. ¿Y ahora qué voy a hacer, Judith?

—Pues yo que tú, pondría aurores en Wiltshire en primer lugar —Judith metió la mano a un bolso rojo que cargaba y sacó un periódico —Mi abuelo paterno me lo dio cuando fui a verlo, hace dos días. Tu futuro suegro se escapó de Azkaban.

—¿Qué! —Frida le arrebató el periódico y lo extendió.

Allí estaba, en la primera plana de las noticias internacionales del diario mágico estadounidense, The Wizards News:

FUGA INEXPLICABLE DE LA PRISIÓN MÁGICA AZKABAN.

EL MINISTERIO DE MAGIA INGLÉS PIDE A SU COMUNIDAD MÁGICA QUE ESTÉ ALERTA.

Frida abrió rápidamente el periódico y leyó la crónica interior. Por lo que decía el periódico, aparte del señor Malfoy había otros dos reclusos fugados y de los tres se ignoraban los motivos de su escape, por lo que los aurores se habían puesto de inmediato a buscarlos. A dos de ellos ya los habían capturado, pero ninguno era Draco Malfoy y eso a Frida no le agradaba en absoluto.

—Me voy a Londres hoy por la noche —le informó a Judith, devolviéndole el periódico con mano ligeramente temblorosa —Iré a ver a tío Ron en cuanto pueda.

—Sería buena idea —reconoció Judith.

—Y tú la sugeriste —Frida le sonrió.

Pero a pesar de ver a la pelirroja sonreír, Judith pudo ver que seguía nerviosa por las noticias que acababa de recibir. Así que consideró que lo más prudente por el momento era despedirse y avisarle que tal como habían acordado, llegaría a la mansión Malfoy en Wiltshire a mediodía, dado que la ceremonia sería a las cinco de la tarde. Luego, al salir de la tienda de artículos de broma, deseó en silencio que todo saliera bien y como minutos antes, se perdió de vista entre la multitud.

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Tal como se veía en el NYMSC, varios jóvenes magos y brujas estaban gozando sus vacaciones de verano, contentos de tener unos cuantos meses sin preocuparse por tareas por entregar y clases a las cuales asistir. En Salem, Massachusetts, la actividad de magos y brujas era calmada y sutil, dado que las persecuciones por las que era famosa la ciudad habían sido suficiente para ellos. Una casa sencilla de dos plantas cercana al Museo de Brujas andaba algo agitada. La casa pertenecía a un hombre mayor, pequeño y delgado, con la piel clara, el cabello blanco y unos ojillos azules que parecían casi cerrados pero que miraban con simpatía el movimiento que causaban dos chicas castañas y con los ojos idénticos a los del anciano. Una debía rondar los diecisiete años, mientras que la otra apenas si tendría catorce.

—Niñas, cálmense de una buena vez —indicó el anciano con gravedad y paciencia, sentado a un sillón de orejas en su acogedora sala.

—Lo sentimos, abuelo, pero es que… —comenzó la más joven.

—Nada, querida, te entiendo —interrumpió el hombre —Pero insisto en que deben tranquilizarse un poco¿quieren?

Ambas chicas asintieron y tomaron asiento en un largo sofá, pero movían las manos continuamente. Por fin, en el centro de la sala, se escuchó un ligero plin y Judith Bruce se apareció, siendo cinco segundos después sofocada por las dos chicas castañas.

—¿Me permiten recuperar el aliento? —pidió Judith, sonriendo. Las dos castañas la dejaron libre —Gracias. ¿Cómo estás, abuelo? —inquirió, dirigiéndose a paso lento hacia el hombre que seguía sentado en su sillón. Le dio un cariñoso beso en la frente —¿Bien, no?

—Si, querida, y feliz de verte por aquí de nueva cuenta —el hombre le dedicó una sonrisa, con la cual destacaba su parentesco con Judith, pues era una sonrisa tímida y modesta —Sólo que estas niñas me estaban volviendo loco.

—¡Judith, vámonos! —rogó la castaña más joven.

—Esperen un segundo, por favor. ¿Me dejan a solas con el abuelo? —pidió Judith —Necesito hablar de algo importante con él.

La castaña más joven iba a replicar, pero la mayor asintió en el acto y se llevó a la otra fuera de la habitación. Judith, en tanto, se sentó a los pies de su abuelo.

—Abuelo¿qué pensarías de que me fuera de mi casa? —quiso saber.

El hombre lo pensó durante unos minutos, pacientemente.

—Nada malo, querida —respondió al cabo —Eres libre de hacer lo que te plazca. Y aunque te enfades, te diré que tu madre no es precisamente una blanca paloma.

—Eso dicen todos mis amigos, abuelo —Judith sonrió —Pero hay otra cosa sobre la que quiero hablarte. Verás, seré la madrina de la boda de una amiga el domingo y…

—¿Tiene algo qué ver con el periódico que te presté? —inquirió el hombre.

—Sí, sí. ¿Recuerdas la noticia de la fuga de Azkaban? —el anciano asintió lentamente —Uno de los prófugos… es el padre del novio, una verdadera pesadilla. Mi amiga teme que se aparezca en la boda para impedirla.

—¿No será… Malfoy, de pura casualidad?

Judith asintió, esperando una mala reacción por parte de su abuelo, pero para su sorpresa sonrió sutilmente.

—Buen chico, Malfoy —comentó, lo que hizo que Judith pusiera cara de espanto hasta que el hombre aclaró —Patrick Malfoy, quiero decir. Nos envió una lechuza para explicarnos porqué no podía venir enseguida a ocupar su puesto y por eso le conseguimos una misión en Londres.

El abuelo de Judith trabajaba en la Secretaría de Magia norteamericana, en la Oficina de Tratos Marítimos en el Mundo Muggle.

—Ahora entiendo porqué estás preocupada. Y tu amiga tiene razones para estarlo. Lo único que puedo hacer es rogar que nada malo pase en esa boda y que tú estés bien. Y si acaso llegaras a necesitar un lugar para vivir —añadió de pronto, guiñándole un ojo —Sabes que eres bienvenida aquí. Tú sólo di cuándo.

—Gracias, abuelo —Judith le estrechó una mano y de repente, esbozó una sonrisa triste —¿Sabes? Me recuerdas a papá. Lo extraño mucho.

—Yo también, Judith, yo también. Ahora ve y pasea con tus primas, diviértete. ¡Ah! Y no olvides felicitar a Cat.

Judith asintió, se puso de pie y le dio otro beso en la frente a su abuelo cuando las dos castañas regresaron a la sala.

—¿No interrumpimos nada? —inquirió la mayor.

—No, nada —Judith le guiñó discretamente un ojo a su abuelo antes de volverse hacia las castañas —Podemos irnos. Y nada de bromas¿eh? Recuerden que tengo permiso para usar magia. En Inglaterra, ya soy mayor de edad.

—¡Aguafiestas! —soltó la castaña más joven cuando las tres salían de la casa, rumbo a la calle principal —Estás igual de insoportable que Cat por lo de su selección.

—¿Selección? —Judith fingió ignorancia.

—Es que… me escogieron para ir a Gran Bretaña —dijo la castaña mayor con un dejo de reserva en la voz —A lo del Torneo de las Tres Partes.

Judith le dio un sincero abrazo al escuchar eso.

—Espero que te esfuerces mucho —le recomendó —Esa competencia es muy ruda.

—Lo sé, lo sé —dijo la chica a la que llamaban Cat —Y eso me tiene algo asustada. Sé lo que pasó en el último torneo y temo que en éste pase alguna otra desgracia.

—Pues ten por seguro que aunque la competencia sea ruda, no debes preocuparte tanto —Judith trató de animar a su prima —Verás que si sales elegida, lo harás bien.

Cat sonrió levemente.

—Ojalá yo también pudiera ir —renegó entonces la castaña menor.

—Pues si este torneo sale bien, de aquí a cuatro años podrías ir tú —le hizo ver Cat —No te desanimes, Maureen, verás que te escribiré seguido.

La pequeña castaña asintió con pesar y ella y las mayores siguieron paseando, hablando de varias cosas, puesto que hacía años que no se veían. Y eso que Judith, sin querer, tenía otras cosas en qué pensar.

&&&

—Vamos, chicos, se hace tarde.

—¡Mamá¿Dónde está mi túnica de gala verde?

—En el armario, Sam.

—¿Y mi túnica de gala roja, mamá?

—También, Allie.

Esas frases se escuchaban en una sencilla casa rumana, el sábado por la mañana. La familia que la habitaba, compuesta por cuatro personas, iba de un lado a otro terminando de arreglar equipajes. Debían partir en un par de horas y aún quedaban cosas por hacer.

—Querida, mejor sube a apurarlos—recomendó un hombre pelirrojo de cara ancha y aspecto bonachón en rumano, con fuerte acento inglés —A este paso, nunca llegaremos.

La mujer, delgada, castaña y de ojos de un vivo color verde, asintió y subió las escaleras que conducían a los dormitorios, y encontró dos puertas abiertas en el pasillo, las del fondo. Se aclaró la garganta y dijo en un rumano perfecto y voz muy alta.

—¡Si no se dan prisa, los dejaremos aquí!

De las puertas abiertas, arrastrando cada uno un baúl, salieron dos jóvenes: una chica pelirroja de ojos oscuros, alta y delgada, y un chico también pelirrojo pero de ojos verdes. Cada uno le dedicó una sonrisa a la mujer en el otro extremo del pasillo.

—¿Lo ves? Ya estamos listos, mamá —comentó la joven, sacando del bolsillo de la falda azul celeste que portaba una varita mágica —¡Baúles locomotor! —exclamó, señalando su baúl y el del pelirrojo de ojos verdes.

Ambos baúles comenzaron a flotar a escasos centímetros del suelo y avanzaron hacia las escaleras. El joven pelirrojo se adelantó para dejar libre el espacio y bajó las escaleras tras la mujer, quien soltó un suspiro.

—Allie trae los baúles, papá —informó el joven al hombre pelirrojo que esperaba cerca de la puerta —Disculpa el retraso, pero es que…

—Sí, oí —lo cortó el hombre —¿Porqué buscaban tu hermana y tú sus túnicas de gala?

El chico se quedó sin contestar porque no sabía qué decir, por lo que agradeció que la joven pelirroja y los baúles llegaran en ese momento a la planta baja.

—¡Estoy ansiosa por ver a mis primos! —comentó Allie entonces, colocando los baúles cuidadosamente junto a la puerta —Ni parece que los vi en Navidad.

Le guiñó un ojo discretamente a su hermano, quien le correspondió el gesto.

—Muy bien, los autos muggles ya deben de estar por llegar, así que compórtense —rogó la madre de los chicos, llegando en ese momento con una jaula en cada mano. Cada jaula contenía una lechuza y hubieran sido idénticas de no ser porque una tenía un lazo rojo en la pata izquierda y la otra, un lazo verde en la derecha.

—Gracias, mamá —Allie tomó la jaula con la lechuza de lazo rojo, mientras que su hermano tomaba la otra —Casi olvido a Alexandria (1) —miró a su lechuza con cariño.

—Y yo a Danubio (2) —el chico sonrió —Ojalá no le caiga mal el clima de Inglaterra.

—No creo —aseguró su padre.

En eso llamaron a la puerta y la madre de los chicos fue a abrir. Frente a la casa, a la orilla de la acera, estaban estacionados dos taxis rumanos y el chofer de uno de ellos era el que había llamado a la puerta.

—Enseguida vamos —avisó la mujer y llamó a todos —Sam, Allie, Charlie, vámonos.

Los tres aludidos, sus hijos y su marido respectivamente, tomaron su equipaje y salieron a la calle. Los adultos abordaron uno de los vehículos mientras que los jóvenes se fueron al otro. En el espejo retrovisor, colgaba la tarjeta de presentación del taxista, en la cual, para alivio de los chicos, no había nada escrito en la casilla de segundo idioma. Se pusieron a hablar en inglés en voz baja.

—¿Crees que papá sospeche algo? —le preguntó Sam a su hermana.

—¿Por lo de las túnicas de gala? —inquirió Allie a su vez. Sam asintió y ella continuó de manera relajada —Tal vez, pero de todas forma hay que tener cuidado. Si papá llega a enterarse para qué queremos las túnicas…

Dejó la frase a medias, pero Sam asintió, muy a su pesar. Luego, su cara se iluminó con una sonrisa entre orgullosa y eufórica.

—Déjame adivinar —Allie lo miró de reojo y por precaución, siguió usando el inglés como idioma de conversación —Estás pensando en el torneo.

Y es que Sam, alumno del último curso del Instituto Durmstrang de Magia, había sido escogido para viajar al colegio Hogwarts, donde estudiaban actualmente su primos Dean, Rose y próximamente, la menor de todos y hermana de Dean, Nerie. Se realizaría una competencia mágica sin precedentes en la escuela de magia británica: el Torneo de las Tres Partes, basado en el antiguo Torneo de los Tres Magos.

—Es que lo considero una gran oportunidad —Sam también habló en inglés —Podré ver de cerca cómo estudiaron nuestros primos y…

—Sí, sí, como digas —Allie agitó una mano en señal de que eso no era muy importante para ella —Por cierto¿quiénes más resultaron elegidos?

Sam le dijo algunos apellidos y a la mención de uno, Allie sonrió.

—¡Ah, ya salió el motivo de tu alegría! —exclamó, ligeramente burlona —Krum.

—Déjame en paz —replicó Sam, ruborizándose un poco —No sé de qué hablas.

—¡Claro que sí! Hablo de Stefka Krum. La mencionas en todas tus cartas.

Sam bufó con fastidio y no dijo nada más sobre el tema. Al contrario, lo cambió.

—¿Y cómo podremos irnos a Wiltshire desde Londres, eh? Al menos, sin que nos atrape papá. Frida se sentiría muy mal si no fuéramos.

—Ya nos las arreglaremos —Allie sonrió de forma un tanto pícara —Somos Weasley¿no? Podemos hacer lo que sea si tenemos el valor necesario. Eso dice tía Ginny.

Sam asintió, recordando que su tía Ginny, hermana de su padre, era además de alegre muy sensata. Pensando en eso, el resto del trayecto le pareció apacible.

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La región llamada Oriente Próximo en Europa y Medio Oriente en América, en concreto la península Arábiga, es mundialmente conocida por poseer un clima extremo y caluroso y uno de los suelos más áridos. Célebre por ser en su mayor parte inexplorado, el desierto de Rub al­–Jali, al menos la parte localizada en sureste del territorio de Arabia Saudí, es el sitio ideal donde los magos de aquellas latitudes, hace siglos, decidieron fundar sus principales escuelas. Y la más importante, que es donde los magos y brujas comienzan a aprender los secretos de la magia, está enterrada en el corazón de Rub al–Jali, al que también llaman el Rincón Vacío, y responde al nombre de Almira (3). Pero ahora la escuela está sin estudiantes, pues están de vacaciones en casa. Especialmente los mayores, puesto que una extraordinaria noticia se les dio a conocer al final del curso.

—Y entonces… —contaba en Riad, la capital de Arabia Saudí, en una modesta casa de dos plantas, un joven de unos diecisiete años, moreno y de cabello y ojos oscuros, sentado a la mesa a la hora de comer. Estaba hablando en árabe —… Entonces la señorita Sahih se pone de pie, estira los brazos y dice "Tengo un anuncio que hacerles, queridos alumnos" y nos dice todo acerca de la invitación para ir a Gran Bretaña.

La península arábiga, siendo oficialmente parte de Asia, fue consultada por el Ministerio de Magia inglés para saber qué escuelas podrían estar interesadas en un torneo mágico que estaban organizando, siendo su principal propósito estrechar lazos de confianza y amistad entre diferentes naciones a través de los jóvenes contendientes. Y para sorpresa de todo el alumnado de Almira, su directora, la señorita Oma Sahih, le comunicó al Ministerio de Magia saudita que su escuela estaría encantada de participar.

—¿Y qué pasó después, hijo? —inquirió con serenidad un hombre con la piel tostada por el sol, de profundos ojos negros y turbante de color claro en la cabeza. Sostenía un vaso de madera lleno hasta el borde de agua —La señorita Sahih debió decirles más.

El joven, asintiendo con cuidado para no tirar el turbante de su cabeza, sonrió a medias y miró de reojo a su madre, quien estaba en la habitación continua.

—Sí, lo hizo, pero no creo que a mi madre le guste saberlo —respondió.

—¡Te escuché, Salomón! —advirtió la mujer, quien era alta, delgada y de piel tan tostada como la de su marido y su hijo —Y déjame decirte que no me alterará en lo más mínimo lo que sea que haya dicho la señorita Sahih. Después de todo, es una gran bruja y confío en su buen juicio.

El joven asintió lentamente de nuevo y cuando su madre se sentó a la mesa, depositando antes en ella un platón lleno de sandía fresca recién rebanada, continuó.

—Madre, es que la señorita Sahih y los demás profesores anunciaron su lista de candidatos para el torneo en Gran Bretaña y… y estoy entre ellos.

Los padres del joven, cada uno a punto de llevarse una rebanada de sandía a la boca, se detuvieron y miraron al chico con la sorpresa reflejada en los ojos. Al segundo siguiente reaccionaron, y mientras que el hombre le dio un mordisco a su sandía y se quedó callado, la mujer esbozó una sonrisa temerosa.

—Debes ser un estudiante especial para que te hayan elegido —comentó, observando de soslayo a su marido —¿Y cuándo es ese torneo?

—Comienza oficialmente en octubre —señaló Salomón —Pero no sé si deba ir.

—Claro que irás —dijo de pronto el padre —Es un honor que te eligieran, Salomón. No desperdicies la oportunidad. Además, podrás ver cosas que aquí nunca se verán.

Salomón miró con sorpresa a su padre, y su madre lo imitó. El hombre solía ser muy estricto y a duras penas soportaba las cosas extranjeras que alteraran sus costumbres y las de su familia.

—¿Seguro, padre? —se atrevió a preguntar Salomón.

—Sí, seguro —el hombre dejó escapar un suspiro —No negaré que me asusta un poco eso de que vayas a otro país, porque podrías olvidar tus tradiciones, pero también creo que si aprendes cosas nuevas, podrás ayudar mucho más a tu país. Así que tienes mi autorización para ir, hijo.

—Gracias, padre —Salomón inclinó la cabeza hacia él respetuosamente —¿Y tú qué opinas, madre¿Puedo ir?

—Por supuesto —la mujer sonrió con más amplitud —Neguib tiene razón, es un honor que te eligieran. Ojalá que sepas representar un buen papel, hijo.

Salomón asintió y en eso, una paloma de plumaje gris entró por una ventana, revoloteó por encima de la mesa y soltando un rollo de pergamino diminuto que fue a dar en la cáscara de sandía de Salomón, se escabulló. En el exterior del rollo, en perfecto árabe, Salomón leyó Mensaje para el señor Neguib Sahel.

—Para ti, padre —informó, al tiempo que se lo entregaba.

El señor Sahel tomó el rollo, le quitó la cinta color arena que lo sujetaba y lo desenrolló. Ante él, el pergamino cambió de dimensiones, hasta hacerse de un tamaño adecuado para el de una carta, lo que era más que lógico considerando que las palomas son animales pequeños que no soportan un gran peso. En zonas como Arabia Saudí, las lechuzas eran inadecuadas para llevar correo puesto que el clima las perjudicaba.

—Vaya, es del trabajo —comentó el señor Sahel —Tengo que salir, hay problemas en la tienda. Nos veremos luego, Salomé —besó a su esposa en la frente —Cuida todo por aquí, Salomón —le indicó a su hijo y enseguida se desapareció.

—Debe ser importante —comentó en un susurro en hebreo la señora Sahel —Nunca va a la tienda en fin de semana. Bueno, le haré una buena cena para que se sienta mejor.

Salomón sonrió al escuchar a su madre, quien iba camino a la cocina. Su padre era árabe, pero su madre israelí, y aún no acababa de entender cómo habían terminado casándose, siendo que sus dos países, aunque parecidos en muchos aspectos, diferían en otros tantos. Por lo que sabía, sus padres dominaban tres idiomas, tanto sus lenguas maternas como la del otro y además, el inglés, que cada día se hacía más útil en Oriente, y se preguntó si sería por eso que él también los dominaba. Aunque claro, en Almira era casi un deber ser políglota: los estudiantes venían prácticamente de toda la península arábiga y aunque la mayor parte hablaba árabe, había mescolanzas de hebreo, yidish, farsi (persa moderno) e inglés, siendo éste último un idioma que Almira impartía como materia obligatoria, puesto que cada vez se necesitaba más en cuestiones laborales. Y ésas sólo eran las más habladas de las lenguas, porque había magos y brujas que venían de minorías étnicas que poseían una propia.

—Ya veremos qué tal son los europeos, y en especial los ingleses —musitó Salomón, retirándose a su habitación —Ya veremos.

(1) Alexandria es el nombre de una ciudad del sur de Rumania.

(2) El río Danubio es el segundo más largo de Europa.

(3) La palabra Almira suele usarse como nombre de mujer, y quiere decir desigual, se le ve con admiración, enaltecida, elogiada

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Gente alegre, aquí los saluda Bell Potter de nueva cuenta, agradeciendo que toleren tramas tan largas como las que me aviento en mis fics. Ahora sí, vámonos directo a las curiosidades y comentarios.

En primera, quizá les llame la atención que la pequeña y tímida Judith Bruce haya cambiado tan radicalmente de "look"¡no faltaba más! Era una chica que tenía una madre muy estricta, así que es obvio que ahora que no está con ella, se liberara. ¿No es un ejemplo? Hasta sus primas Cat y Maureen y su abuelo están de acuerdo con ella en eso. Veremos qué opina Geoffrey McGill cuando la vea¿eh?

A propósito, no se olviden de Cat, porque aparecerá en el futuro de forma frecuente, más o menos como Richelieu. Y va lo mismo para este joven árabe, Salomón Sahel, que espero que les haya caído bien. No queriendo faltar a la verdad, el padre de Sahel se puso medio estricto con eso del extranjero, como los árabes actuales (¿a quién nos suena, eh?), pero ya vieron que ni es tan malo, se casó con una israelí. ¿Les gustó el nombre de la escuela en el desierto, Almira? A mí sí, suena bonito, por eso se lo puse.

Bueno, creo que en este capi no hay tantas cosas raras qué comentar, nada más me faltaría fijar la atención en el hecho de que Frida va a ver a su tío Ron para pedirle ayuda para poder casarse. ¡Vaya! Los problemas con los Malfoy no terminan. Ya veremos si nuestro "querido" Draco se aparece en Wiltshire y si es así, cómo lo reciben. Ojalá hayan disfrutado el capi y nos leemos pronto.