Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. Los personajes originales y la trama son míos


7. Anderen gesicht der tod

(Otra cara de la muerte)

"La muerte es un concepto universal. Existe en todas las culturas, trasciende las épocas y ningún mortal puede huir de ella. Sin embargo, sería estúpido decir que existe una visión universal de la muerte, ya que no he encontrado dos personas que hablen las mismas cosas de ella"

Wilheim Naiczcht

Las dos siluetas se situaron rápidamente al lado del capitán legionario. Ichigo y sus amigos intentaron preparar sus armas, pero un ademán de Bernardo con su mano derecha hizo que se detuvieran. Unos segundos la niebla reveló quienes se ocultaban en ella.

Eran dos hombres jóvenes, vestidos como segadores de almas. Uno, quien lucía de veintidós años, medía un metro y ochenta centímetros de alto, y era delgado; traía el pelo negro, corto y un poco erizado; su rostro bien parecido, algo triangular y de piel morena como la de Chad, se mostraba serio. El otro, aparentando los diecinueve años, era un poco más bajo, de un metro y setenta centímetros y también era delgado; su pelo era negro, liso y tan largo que le llegaba a la cintura, con algunos mechones a la altura del pecho; a diferencia de su compañero, tenía una sonrisa en su atractiva cara, un poco más morena que la del otro, alargada y con algunos piercings de puntas en sus cejas; además los japoneses notaron dos plumas, oscuras y muy curveadas, atadas en el lado izquierdo de la larga melena, y tres cicatrices paralelas que cruzaban su rostro.

Sin embargo observaron algo importante: ninguno de los dos llevaba una zampakuto.

Ambos hombres respiraban agitados, como si hubieran corrido una distancia grande o de manera muy rápida. En cuanto recuperaron un poco su aliento, le tendieron la mano derecha a Bernardo, a modo de saludo. El capitán les correspondió el gesto de buena manera, estrechando las manos de manera vigorosa, incluso les dio un breve abrazo a cado uno.

Los segadores japoneses, a excepción de Ichigo, estaban asombrados. Nunca habían presenciado un saludo tan físico, y menos entre un capitán segador y sus allegados.

Bernardo se puso a conversar con los segadores recién llegados en la lengua casi cantada que habían oído a lo largo de todo el trayecto. Parecía que intercambiaban noticias, pero luego el capitán legionario dio la impresión de dar instrucciones, pues los otros dos escuchaban de manera atenta.

Una vez que terminaron de hablar, los hombres y el capitán se acercaron a Ichigo y sus amigos: ― Antes de continuar ―habló Bernardo―, mis oficiales les harán un pequeño pero crucial cambio. No se preocupen si parece que quieran tocarlos, es parte del procedimiento. Tengan paciencia, por favor ―volteó a ver a sus subordinados y les hizo una seña con la mano derecha.

Los segadores legionarios se acercaron a Momo y a Shuuhei, y, sin previo aviso, posaron sus manos en la frente y la garganta de los jóvenes, sin tocarlos. Los tenientes retrocedieron un poco, pero no se apartaron, pues no había señal alguna de brusquedad en esos dos hombres. Entonces, ante la atenta mirada de los japoneses, una tenue luz, de color azul muy pálido, comenzó a brillar en las palmas de las manos de aquellos hombres. Pasaron algunos segundos y la luz desapareció, entonces quitaron sus manos y siguieron con Renji y Chad la misma operación.

Una vez que los oficiales de Bernardo terminaron de hacer su extraña luz al resto del grupo, retrocedieron con el capitán. Ichigo y sus amigos no notaron ningún cambio en su persona, pues no se sentían más fuertes o más listos. Sin embargo, pudieron oír que los segadores legionarios hablaban con su capitán, y esta vez pudieron captar unas pocas palabras.

― Ahora que tienen ese Kidoh, la comunicación aquí no será problema ―dijo García, y miró a sus subordinados―, así que pueden hablar con mis oficiales.

― Espere, ¿eso fue un Kidoh? ―preguntó Ichigo, algo incrédulo.

― Por supuesto amigo ―respondió el segador de pelo largo. El joven de pelo naranja se asombró un poco al entenderlo perfectamente―, ese fue el Kidoh-blaje. Algo que inventamos mi compa ―miró al otro segador― y yo. Por cierto ―se acercó a Ichigo y le tendió la mano derecha―, soy Mauricio Hernández Ramírez, cuarto oficial de la Legión de Apoyo del Mictlán.

― Y vaya que nos costó ―habló el otro segador y le tendió su mano izquierda a Ichigo―. Jesús Fernández Báez, tercer oficial de la Legión de Apoyo del Mictlán.

El joven de pelo naranja dudó un poco en alzar la mano, pues no estaba muy acostumbrado a ese tipo de saludo. Pero, al ver que ambos hombres no la bajaban, lentamente levantó ambas. Jesús y Mauricio sonrieron, y le saludaron con el mismo entusiasmo que habían demostrado con su capitán, sin el abrazo por supuesto. Los segadores legionarios procedieron a estrechar la mano de todos, aunque a todos les costó mucho asimilar ese tipo de contacto en un saludo. Pero al final demostraron su educación al aceptarlo, pese a que se sintieron un poco incómodos con la energía con que ambos hombres les saludaron.

― Bueno ―dijo Bernardo―, ya que se presentaron, avancemos ―y dio la media vuelta, comenzando a caminar. Jesús y Mauricio le siguieron, y luego el grupo de Ichigo.

Caminaron sin conversar, solamente con el profundo y burbujeante ruido del agua que se movía debajo del puente. Hasta que, cuando llevaban casi un kilómetro recorrido, una gigantesca sombra, de más de cien metros de alto y un ancho indeterminado, apareció entre la niebla.

Al avanzar más, la niebla descubrió un enorme muro de piedra negra y opaca. Pero al acercarse, notaron que no era una pared, sino unas puertas. Eran demasiado desproporcionadas al tamaño del puente, pues cada una medía cincuenta metros de ancho y cien metros de alto, y el puente tan sólo tenía seis metros de ancho, aunque se situaba justo en medio de las puertas. Además, un enorme grabado circular de relieve sobresaliente se encontraba en la superficie de ambas. Ichigo le prestó atención, y notó que era bastante complejo: una intrincada composición de líneas y figuras, que a su vez se acomodaban de manera circular y centrada alrededor de un cráneo que portaba aretes y una banda en la frente.

― Las puertas del Mictlán ―habló Bernardo, alentando un poco el paso, ya que Ichigo y sus amigos se detuvieron―, y el Calendario de la Muerte grabado en ellas ―señaló al dibujo―. Y ahí vive el portero ―señaló hacia la puerta izquierda―, vengan hay que hablar con él.

Los japoneses enfocaron su mirada hacia donde el capitán legionario había dicho. Opacada por las tremendas puertas y su magnífico grabado, había una pequeña casita, hecha de la misma piedra negra y opaca. Se podía apreciar que medía no más de cinco metros de alto, por unos seis y diez metros en la base, a semejanza de un prisma. Sin embargo, no pudieron contemplarla por más tiempo, pues García y sus hombres caminaban hacia ella, por lo que ellos también comenzaron a avanzar.

Al llegar a la casita, notaron que ésta no estaba en el puente, sino en la orilla, posiblemente sostenida por una plataforma. Tenía dos ventanas, situadas a los lados de una puerta color marrón. Cuando estuvieron a un metro de la puerta, Mauricio silbó de una manera rara, como si quisiera hablar por medio de chiflidos. Ichigo y sus amigos lo miraron como si estuviera algo loco, pero unos segundos después escucharon que alguien detrás de la puerta. Y se abrió lentamente.

En el umbral de la entrada estaba un hombre viejo, de unos aparentes ochenta años. Era muy bajo, de un metro y medio de estatura, algo esbelto, y no tenía muchas arrugas en su trigueña y sonriente cara. Tenía el pelo corto y entrecano, oculto por una gorra verde oliva, además de un bigote escaso. Vestía algo parecido a un uniforme, pues su camisa y pantalón eran del mismo color que la gorra.

― Buenas tardes, Emeterio ―saludó Bernardo, tendiéndole la mano―. Disculpa si te interrumpimos en algo.

― Buenas tardes capitán ―le devolvió el saludo el hombre, con una voz algo aguda pero fuerte, estrechando también la mano―. No, no se preocupe. Sólo estaba llenando el registro del día de hoy.

― ¿A poco hacías algo, pinche Pirri? ―preguntó Mauricio, de manera burlona.

― Yo siempre estoy ocupado, cabrón ―respondió Emeterio, dejando de lado el tono educado―. No como ustedes, par de putos, que se van por ahí a darse besitos debajo de la cintura.

― Si todo lo que haces es hacerte pendejo Pirri ―dijo Jesús, con igual tono de burla que el otro segador legionario.

El anciano iba a reclamar, pero Bernardo lo interrumpió: ― Después sigues discutiendo Emeterio. Por lo mientras sólo te pido que nos abras la puerta, por favor ―solicitó con amabilidad.

― Sí capitán, ahorita mismo ―dijo Emeterio. Cerró parcialmente la puerta y metió su brazo derecho, seguro para tomar algo detrás de ella. Luego salió con una única y gran llave, de treinta centímetros de largo, y cerró la puerta de la casita, para emprender el camino a la puerta.

― Él es Emeterio Caltén Calli, portero del Mictlán ―explicó Bernardo, mientras el anciano seguía su camino, con andares irregulares―. Es el único espíritu que puede abrir y cerrar las puertas, cosa que ni el mismo Rey del Mictlán es capaz de hacer.

El resto del grupo lo siguió, aunque Mauricio y Jesús se adelantaron para llegar a los lados de Emeterio, y empezaron a hablar con él en voz baja. Shuuhei y Renji, quienes iban después de esos tres, alcanzaban a escuchar muy bien lo que murmuraban.

― Y qué Pirri, ¿cuántas viejas buenas han pasado hoy? ―preguntó Mauricio. Ambos tenientes se observaron, extrañados.

Emeterio rió, para desconcierto de Shuuhei y Renji: ― Ay cabrón, si te contara ―respondió―. Hace tres horas pasó una pinche viejota, que ni te imaginas. Y luego contando a estas de atrás, pues ya van varias.

― ¿Y cómo era? ―cuestionó Jesús con curiosidad.

El portero soltó una carcajada: ― Nel cabrón, no te voy a contar ―contestó―, tu mujer te pega. Además ni te puedes emocionar desde hace rato ― y volvió a reír, sólo que con más ganas.

Shuuhei y Renji miraron con el ceño fruncido a los tres hombres. Pues se llevaron la impresión de que eran algo pervertidos al hablar así de una mujer.

Al llegar a las enormes puertas, Emeterio localizó una diminuta abertura e introdujo la llave. Al girarla, se produjo el sonido de varias cerraduras destrabándose, hasta que ambas puertas se hicieron un poco hacia delante. Entonces el portero tomó un borde sobresaliente de la puerta izquierda y tiró de él con facilidad, hasta abrir un espacio de dos metros entre las puertas, por el cual salía una tenue luz blanca.

― Adelante, pueden pasar ―dijo Emeterio. Jesús y Mauricio se adelantaron al resto―. Si, primero los putos, ¿verdad? ―y se rió otra vez.

― Ahí la vez, pinche Pirri ―se despidió Jesús, sin detenerse y adentrándose en la luz.

― Te lo lavas, güey ―dijo Mauricio, pasando de lado y cruzando las puertas.

― ¡Te guardo el agua pa' las gárgaras! ―gritó el portero y soltó otra risa. Ichigo y los demás sólo observaban, ya que nunca habían presenciado un comportamiento así. Tal vez así era la forma de llevarse entre la gente de ese lugar. Dándole las gracias al portero, los japoneses cruzaron la puerta, hacia un nuevo y desconocido lugar, el Mictlán.

Bernardo estaba a punto de pasar, pero Emeterio lo interrumpió: ― ¿Y ahora quienes son, capitán? ―preguntó.

― Segadores japoneses, provenientes de la Sociedad de Almas de Asia del Este ―respondió García―. Y entre ellos está Ichigo Kurosaki, el más fuerte de todos.

― ¿Cuál de todos era? ―cuestionó el portero.

― El de pelo naranja —contestó el capitán legionario.

El anciano se rascó la sien derecha: ― Pues déjeme decirle que no se ve tan fregón, capitán. Y los otros, pues no se les ve eso que tienen los soldados de su Legión ―comentó―. ¿Y usted cree que puedan contra él?

Bernardo se cruzó de brazos: ― Eso espero Emeterio, eso espero ―contestó―. Si salen bien del entrenamiento, puedo llevarlos con toda confianza al Mundo de los Vivos.

― ¿Qué pasaría si fracasa allá, capitán? ―preguntó el portero, bastante serio.

García dirigió su vista hacia un punto, en medio de la puerta: ― Si nadie puede cortar al monstruo, ―comenzó― lo más factible es dejarlo en paz y que siga con su maldita vida ―suspiró―. No quiero que más personas mueran gracias a él ―y fijó su mirada en el piso―, esperaré a que el tiempo salde cuentas con él.

― ¿Le remuerde la culpa de las veces anteriores, no? ―inquirió Emeterio.

El capitán legionario levantó la cabeza: ― Sí ―respondió―. Pensar que yo llevé a varios de mis soldados a combatirlo, además de otros psicopompos que invité para que me ayudaran ―pausó y movió sus labios, chasqueándolos―, sólo para verlos como ese pinche monstruo los cortaba, los quemaba y los devoraba sin sufrir ningún rasguño.

Emeterio se encogió de hombros: ― Pues espero que estos chavos aprueben su entrenamiento, capitán ―dijo―. Aunque parece que necesitan ser remoldados un poco a su estilo, pero estoy seguro que lo logrará.

Bernardo sonrió levemente: ― Gracias Emeterio ―le tendió la mano derecha―. Te avisaré cuando sea la hora de ir al Mundo de los Vivos.

El portero la estrechó: ― De acuerdo capitán, estaré al pendiente.

El capitán legionario pasó a través de las puertas, desapareciendo entre la luz. Una vez que se encontró solo, Emeterio cerró las puertas, volvió a echarles sus numerosas cerraduras y regresó a su casita.


Acostumbrados a los opacos colores del Rukongai y su común denominador de miseria, el panorama ante sus ojos era magnífico para Ichigo y sus amigos. Ante ellos, se extendía una amplia calle llana y empedrada, de veinte metros de ancho y varios de largo. A ambos lados de la calle, había casas de varios tamaños, hechas de materiales sólidos y de techos planos. Los edificios, a diferencia de la Sociedad de Almas, tenían brillantes colores, como el amarillo o el blanco, e incluso algunas casas poseían coloridas cenefas en medio de las paredes. La gran mayoría de viviendas tenía pequeñas jardineras de piedra debajo de las ventanas, con flores naranjas, moradas y blancas. Y en el centro del panorama, se erigía una pirámide mesoamericana, de color ocre y varios metros de altura. Junto con la luz de la tarde, le daba al paisaje una digna impresión de fotografía. Y a sus espaldas, estaban las gigantescas puertas, que formaban una muralla que se extendía a ambos lados, perdiéndose en las lejanías occidentales y orientales.

En la calle, varias personas iban y venían, intercambiando efusivos pero enérgicos saludos. Vestían ropas de colores más vivos, a diferencia de los habitantes del Rukongai, con raídas y pálidas vestimentas. Unos cargaban enormes costales con diversas cosas, como fruta exótica y flores de todos colores; algunos llevaban al hombro instrumentos de labranza, como azadones, palas, picos y hoces; otros llevaban bolsas vacías, hechas de fibras vegetales; unos, más jóvenes, llevaban mochilas; algunos más iban sin nada e incluso, algunos metros más adelante, estaba un hombre a caballo que iba detrás de un rebaño de decenas de cabras blancas, negras y pardas.

― Y este es el Mictlán ―habló Bernardo, y caminó entre el grupo hasta estar frente a ellos―. Algo más alegre que el lugar de donde provienen, ¿no? ―sonrió―. Bueno jóvenes, me retiro, ya que tengo cosas que reportar y eso. Mis oficiales ―señaló a los dos segadores legionarios con su palma izquierda― les mostrarán el lugar y algunos sitios importantes como el Palacio de los Reyes, el Tzomplantli, el Calmecac, el Telpochcalli, entre otros. Con su permiso ―y desapareció con shumpo.

― Bueno, ya escucharon al capitán ―dijo Mauricio, frotándose las manos―. Antes que nada, bienvenidos morros. Este es el Mictlán, el Lugar de Descanso Eterno al que vienen aquellos que se mueren de México a Panamá y las islas del Caribe.

― Esperen ―le cortó Ichigo―, ¿hay más lugares a dónde los muertos pueden ir? ¿Qué no la Sociedad de Almas era única? ―interrogó incrédulo.

― Así es, no sólo los asiáticos tienen derecho al eterno descanso, vale ―respondió Jesús, con un deje de aparente indignación―. Eso lo deberías saber desde la escuela, morro ¿Qué no pasaste Geografía?

― Por lo pronto ―intervino Mauricio― vamos a dar el rol. Pueden hacer las preguntas que quieran, hasta de lo sexual, no nos ofendemos ―agregó, encogiéndose de hombros y dejando un poco incómodos a los japoneses.

Y comenzaron a caminar por la empedrada calle. A medida que avanzaban, la gente los saludaba, les deseaba buenas tardes o simplemente levantaban la mano. Los japoneses sólo observaban a las personas, pues no estaban acostumbrados a tantas demostraciones de afecto. Sin embargo, Matsumoto se mostraba muy entusiasta, y le devolvía el saludo a la gente que lo ofrecía.

Después de saludar efusivamente a un grupo de hombres jóvenes, Rangiku observó que sus amigos y los habitantes de Karakura no se molestaban ni siquiera en mirar a la gente. Le molestó un poco, pues. Entonces observó a Hinamori, quien tímidamente le devolvía el saludo a un joven moreno de no más de trece años, y notó algo en ella.

― Oye Momo, ¿qué es eso? ―preguntó la teniente del Décimo Escuadrón.

― ¿Qué Ran? ―inquirió Hinamori.

Matsumoto sonrió: ― Eso que tienes aquí ―sacó un espejito, indicándole que se observara el cuello.

Momo se miró en el espejo y se tocó el lado izquierdo del cuello. Dio un pequeño brinco de susto, y se sonrojó muchísimo al descubrir que tenía una marca morada en ese lugar.

― Alguien quería portarse mal anoche, ¿verdad, Momo? ―intuyó Rangiku, sonriéndole de forma algo maliciosa a la teniente del Quinto Escuadrón.

― Eh…Yo…La verdad ―Hinamori intentaba defenderse, pero no lograba hilar argumentos.

― ¡Ay, Momo! Así que ya te fuiste a despedir de mi capi, vaya que sí lo quieres ―susurró Matsumoto, para no llamar la atención de los demás― ¿Y cómo pasó? ¿Qué hicieron? ¿Es bueno besando? ¿Cuánto te aguantó? ¿Qué tal tiene ahí abajo? ―preguntó apresuradamente, aún en voz baja.

Pero, pese al cuidado que tuvo Rangiku, Izuru podía oírla y su semblante se entristeció un poco. Y caminó algo más rápido hasta estar de lado de Shuuhei, para evitar que la melancolía lo bloqueara. Su amigo pelinegro no notó el cambio de ánimo.

Mientras Rangiku seguía incomodando a Momo, Rukia se acercó a la jardinera debajo de una ventana y miró una de las flores naranjas. Ésta estaba conformada por varios pétalos, así que extendió su mano derecha para tomarla. Una señora, de mediana edad, morena, flaca, con el pelo largo hasta los hombros y negro, apareció en el hueco de la ventana.

― Buenas tardes, muchachita ―saludó, con voz fuerte pero amable.

Rukia se sobresaltó y retiró su mano: ― B-b-buenas tardes ―le devolvió el saludo.

― ¿Te gustó la flor? ―preguntó la mujer.

― Es…interesante ―respondió Rukia, volcando su atención a la anaranjada flor.

― Puedes llevártela ―soltó la fémina y le cortó la flor, para entregársela a Rukia.

La segadora se quedó un poco desconcertada, pero regresó al lado del joven de pelo naranja, para mostrarle el pequeño obsequio.

― Mira Ichigo ―le llamó Rukia.

― ¿Qué ocurre, enana? ―cuestionó el aludido

― Una señora me dio esto ―respondió la pelinegra y le tendió la flor.

Ichigo frunció el ceño: ― ¿Una flor? ―dijo interrogante.

― Sí ―afirmó Rukia―. Y lo más curioso es que se parece a ti: es naranja y tiene los pétalos como tu desordenado pelo.

― Maldita enana ―masculló Ichigo, y le dedicó a la pobre flor una mirada penetrante. Pero se dio cuenta que los segadores legionarios lo observaban de manera bastante maliciosa.

― ¡Ah, pero como no se nos ocurrió cuando los vimos! ―exclamó Mauricio, sorprendiendo a Ichigo y Rukia, y llamando la atención del resto.

― ¿A qué se refieren? ―inquirió Rukia.

― Esa flor ―dijo Jesús, señalando la que sostenía Rukia― se llama cempasúchil(1) y es la flor más característica del Mictlán.

― Y tú ―secundó Mauricio, apuntado a Ichigo― tienes la cabeza igual a una cempasúchil.

― Así que, mi amigo El Cempa ―continuó Jesús, encogiéndose de hombros―, La Tecolotito te encontró a tu tocaya.

― ¿Tocaya? ―replicó Ichigo dubitativo

― ¿Tecolotito? ―repitió la teniente, interrogante.

― Por supuesto ―reafirmó el de pelo largo―. Tienes los ojotes de un tecolote, amiga ―abrió mucho sus marrones orbes, para enfatizar lo dicho―, pero mucho más bonitos, claro.

Ichigo y Rukia se quedaron algo aturdidos e incómodos. Él, debido a que le habían encontrado un nuevo parentesco con el mundo vegetal, además del comentario de los ojos de la pelinegra, ya que despertó en él algo parecido a la sensación de competencia, y qué el debía ganar a toda costa. Ella, gracias a la semejaza dicha de sus orbes con los de esas aves, y por el halago hacia ellos, pues no muchas personas le habían dicho algo semejante en sus ciento sesenta años como espíritu.

Una estruendosa carcajada se dejó oír y todos voltearon para ver al pelirrojo teniente, doblado y agarrándose el abdomen debido a la risa, mientras que Ishida sólo sonreía de manera burlona y acomodándose los anteojos para disimular.

Al parecer, Uryu y Renji sí había comprendido el significado de los nuevos apoyos de sus amigos.


Bernardo detuvo sus rápidos pasos ante un edificio grande y blanco de un solo piso, de quince metros de frente y ocho de alto, pintado con tres líneas horizontales rojas en la parte inferior. En el centro del edificio había una puerta, de tres metros de alto y cinco de ancho, hecha de madera oscura y tratada con brea. Encima de la puerta había unas letras grandes y rojas, de cincuenta centímetros de largo, que decían:

Mosecanti Quitetoni ipan Quitzontequi Tonalli

Cuando cruzó la puerta, caminó un poco por un pasillo de piedra y se encontró con un gran patio céntrico, bastante cargado de exuberante vegetación de ornato, plantada directamente en el suelo. Algunas plantas tenían hojas muy anchas, de cerca de un metro; otras múltiples ramillos de hojas; unas más pequeñas flores de intensos colores; mientras que otras lucían enormes y exuberantes. Al patio lo rodeaban algunos pasillos, por lo que Bernardo tomó el de la izquierda.

Ahí, a medida que caminaba, se topó con algunos hombres y mujeres de la Legión. Se podía notar que era una mezcla entre aparentes adolescentes y adultos, con un rango estimado de edad entre los doce a los cincuenta y cinco años. Y lo más destacable es que ninguno tenía los típicos rasgos de la gente asiática, pues la piel trigueña y morena, además del pelo negro y castaño, y la evidente y alegre camaradería eran características que dejaban ver que esa gente no provenía del Lejano Oriente, sino de un sitio mucho más cálido y más occidental.

Al ver a Bernardo, todos los segadores legionarios lo saludaban, ya sea tendiéndole la mano para estrecharla, o con un simple "Buenas tardes, capitán", pero cada persona con bastante buen humor. El capitán respondía a cada uno de los saludos, incluso a los más emotivos que incluían breves abrazos.

Después de caminar algunos metros, Bernardo dobló a la derecha, encaminándose por otro pasillo. Éste tenía algunas puertas y ventanas a sus lados, y se podía ver en su interior algunos segadores practicando Hakuda o intentando desenvolverse mejor en el Zanjutsu; en otra había grandes estanterías de hierro sólido, llenas de gordos folders color beige y cajas de cartón de distintos tamaños, donde otros soldados buscaban fervientemente algo entre las montañas de documentos y papeles. Y finalmente llegó a una puerta al final del pasillo, custodiada por dos ventanas cuadradas, de cincuenta centímetros, del tipo corrediza. Ésta era de color marrón oscuro, algo diferente a las otras, de madera más clara. Alargó su mano derecha y dio tres toques, al no obtener respuesta empujó la puerta.

La puerta reveló una habitación de no más de seis por cuatro metros, pintada de color verde bandera. Del lado derecho se encontraba un escritorio amplio, de dos metros y medio de largo y uno de ancho, con un elegante sillón de cuero negro atrás y una gran pila de documentos encima; también tenía colgadas seis fotografías, tres hombres y tres mujeres, vestidos a la usanza de los capitanes segadores, casi todos de aspecto feroz, y sólo la imagen de Bernardo, cuya imagen mostraba una tenue sonrisa, desentonaba entre esos individuos. En la pared de enfrente había otro escritorio con una computadora de escritorio y una impresora encima, era algo más pequeño pues medía metro y medio de largo por ochenta centímetros, con una simple pero cómoda silla forrada de esponja y tela detrás. En el centro de la habitación yacían dos sofás de tres plazas, y forrados en cuero negro, además de una mesita cuadrada de madera de un metro por lado. Al lado derecho había un enorme libero, que prácticamente cubría toda la pared, lleno de libros de temas tan variados, como de historia, bilogía y geografía, entre otros. En el mueble, en su parte central había una televisión, que en esos momentos se hallaba encendida, gracias a un loro, de la especie Amazona autumnalis, que miraba atentamente a los Picapiedra.

Bernardo dio unos cuantos pasos hacia adentro, en dirección al loro. Silbó y el ave se dio la vuelta, dando un estridente chiflido.

― Hola, jefe ―saludó el loro, con una vocecita infantil.

Toribio, dile que ya llegué ―dijo el capitán legionario.

El loro se fue volando por la puerta. Bernardo apagó la televisión, tomó asiento detrás del gran escritorio y tomó el primer folder de la pila, lo abrió y se encontró con un reporte de uno de sus soldados en Honduras. Apenas iba a leerlo cuando tres toques a la puerta sonaron.

― Pase ―respondió García, y la puerta se abrió de par en par.

En el umbral de la puerta se encontraba Toribio en el hombro de una mujer. Ella aparentaba unos veinticuatro años, medía un metro y sesenta y cinco centímetros de estatura y su complexión era bastante delgada; su rostro estaba bastante mutilado, pues usaba un parche en el lado izquierdo, a su nariz le faltaba la fosa izquierda, además de tener una quemadura en el mismo sitio y cuatro cicatrices, una atravesando diagonalmente de izquierda a derecha, otra cruzaba su frente, otra surcaba verticalmente su mejilla derecha y la última iba en forma diagonal de derecha a izquierda; su cabello era de color caoba, muy opaco y ralo, le llegaba a los hombros, donde las puntas se curveaban hacia arriba. Portaba el típico uniforme segador, y traía un distintivo de teniente amarrado a su brazo derecho.

― Que bueno volver a verlo, capitán ―dijo la mujer, acercándose a García y tendiéndole la mano. Su tono de voz era duro y un poco oscuro, pero aún así femenino.

― También a mi me da gusto verlos a todos, teniente Martínez ―comentó Bernardo, estrechando la mano de la mujer―, ¿alguna noticia o suceso que haya pasado en mi ausencia? ―preguntó.

― Sí, capitán ―respondió Martínez, seria―. Y no son buenas cosas precisamente.

Bernardo suspiró: ― ¿Y qué cosas son? ―cuestionó.

― Los humanos se están poniendo cada vez más violentos en México, Honduras, El Salvador y Nicaragua, incluso nos han llegado a atacar ―comenzó la teniente―. Los soldados han hecho hasta trescientos Entierros de Alma por día, hasta tuve que ir a ayudarlos ―hizo una pausa―. Además, la Unión, dirigida por Olaf, aprovecha la desgracia de los humanos, llevándoselos a la planta de Lajos Salminem. Y por si fuera poco, ya están trayendo gente de otros países

― ¿Cómo lo sabes? ―inquirió García, juntando sus manos.

― Chuy y Mauricio, en sus rondas de área, interceptaron un camión lleno de japoneses hace una semana ―respondió Martínez―. Pidieron refuerzos y lograron detener por unos instantes a los monstruos que lo conducían. Pero surgió un problema.

― ¿Problema? ―repitió Bernardo, en tono de duda.

― Un nagual(2) logró llamar a la planta y Lajos llegó a escena. Se enfrentaron a él, pero obtuvieron una tremenda derrota y la muerte de diez segadores ―soltó la teniente.

El capitán legionario negó con la cabeza y se sobó el puente de la nariz con su mano derecha. Oír noticias malas era algo cotidiano para él, pero si venían acompañadas del nombre del monstruo que tanto detestaba entonces sí lo ponía de mal humor.


Ichigo y sus amigos habían caminado bastante por las calles del Mictlán. Desde la amplia calle, habían recorrido una vasta red de callejuelas, con sus casitas tan coloridas y adornadas de flores como las de la vía grande. La gente los saludaba amablemente cada vez que pasaban, aunque sólo Jesús y Mauricio les respondían, pues les costaba todavía un poco asimilar tanta amabilidad.

Cuando doblaron una esquina a la izquierda, se encontraron otra calle. Ésta era más grande que las otras callejuelas, pero algo más pequeña comparada con la que les dio la bienvenida. Tenía, a ambos lados, numerosos puestos de artilugios, algunos mostraban lustrosa talavera; otros pocos enseñaban objetos a base de pluma, como penachos, brazaletes y colguijes; unos exhibían elaborados trabajos de textilería, como rebozos y otras coloridas prendas; mientras que en otros locales había numerosos recipientes con cosas pequeñas que parecían joyas, pues las piedrecitas de colores y el metal forjado de forma fina eran las características más notorias en esos objetos, que a su vez cargaban con más color la llamativa atmósfera.

― Esto, amigos, es el Calpulli(3) de los Artesanos ―explicó Jesús―. Un calpulli es un barrio donde la gente hace actividades en común. En lugar de competir, se unen en una sociedad e intentan salir adelante. Hay familias, personas, solteras, en fin de todo.

― Son gente bien chingona en lo que hacen ―comentó Mauricio, mientras agarraba y exhibía más su adorno de plumas, las cuales eran negras, y mostraban un iridiscente tono verde―. Aquí mandé a hacer mis plumitas.

Las chicas se acercaron a mirar con detalle las finas joyas, y luego Shuuhei y Renji. Izuru se aproximó a un local de talavera, mientras que Uryu fue a examinar las prendas, seguido de Chad.

Jesús se acercó a Ichigo, quien estaba en medio de la calle, pues fue el único que no se acercó a admirar la mercancía ofrecida por los artesanos del Mictlán.

― Oye amigo ―habló el segador legionario, en voz baja. Mauricio también se aproximó ―, tengo unas dudas acerca de ti.

― ¿Y cuáles son? ―cuestionó Ichigo.

― ¿Tu pelo es natural? ―interrogó Jesús.

― Por supuesto que es natural ―contestó el joven de pelo naranja.

El segador de pelo largo carraspeo: ― Bueno, si dices que es natural ―se acercó más a Ichigo―, ¿de qué color tienes los pelos de ahí abajo? ¿Son naranjas también? ―preguntó, sin miramientos.

La reacción del joven de pelo naranja fue algo exagerada, pues inmediatamente pegó un grito y se apartó de un salto de ambos hombres. Uryu, Orihime, Rukia y Chad voltearon a verlo.

― ¿¡Qué clase de pregunta es esa!? ―bramó Ichigo, sumamente indignado y avergonzado. Sus amigos de Karakura y Rukia regresaron a examinar las cosas.

Jesús se encogió de hombros: ― Que, no te asustes ni te espantes. Sólo nos dio curiosidad al ver tu pelo ―respondió.

― Es que no vez que el color de arriba es el color de abajo ―secundó Mauricio―. Te lo digo porque una vez, que estaba vivo, estaba con una chava de pelo verde en su casa. Ya estábamos bien cachondos, y cuando ella se bajó el calzón, pues brotó la selva ―señaló su pubis―. Verde, verde y bien espesa, carnal.

― ¿Le faltaba una podada? ―preguntó el segador alto, sonriendo.

― Una deforestada, querrás decir ―contestó el otro.

Ichigo sólo escuchaba y su cara tenía una expresión combinada entre la sorpresa y el asco. Si bien se terminó por acostumbrar a los pervertidos comentarios de Keigo, estos segadores superaron con unas pocas palabras todas las peroratas que dijo su amigo de pelo castaño a lo largo de los años.

Jesús y Mauricio se miraron y sonrieron ante la estupefacción de Ichigo: ― Qué amigo, ¿a poco te da pena hablar de estos temas? ―preguntó el segador alto.

Ichigo afirmó con la cabeza enérgicamente.

Mauricio se encogió de hombros: ― Bueno, si quieres hablamos de puros hombres ―comentó―. Tú sabes, puras reatas. Incluso te puedo presentar a mi hermano, no dudo que le gustes ―y sacó un teléfono móvil, de modelo bastante sofisticado, de su hakama.

El joven de pelo naranja negó fervientemente con la cabeza y se fue a reunir con Rukia, dejando a los segadores legionarios riéndose en silencio, ya que trataban de reprimir las carcajadas aunque a veces emitían ahogados y burlones sonidos.

Al llegar junto a Rukia, Ichigo vio que ella examinaba algunas joyas, y tenía en la mano un pequeño sol negro, hecho de obsidiana y con los bordes y una cadena de plata. Pero el puso el ojo en otra pieza, mucho más llamativa para él.

Se acercó a uno de los recipientes y levantó la cadena de una pequeña luna blanca, en cuarto creciente, elaborada con mármol y sus bordes y cadena en plata. La analizó un momento, y pensó que era muy bonita, además de recordarle a alguien en demasía.

― ¿Les gustaron? ―preguntó una voz. Ichigo y Rukia salieron de sus cavilaciones para mirar a un hombre bastante bajo, de un metro y medio de alto, algo robusto de piel morena y una escasa mata de pelo negro.

― Si ―respondió Rukia―, este está muy bonito ―y agitó un poco el sol negro.

― Ah, ese dije va con una luna blanca ―dijo el hombre, y señaló la joya que tenía Ichigo―. Están basados en un cuento que a los monstruos y criaturas mitológicas les gusta mucho, donde el sol negro y la luna blanca derrotan al martillo que oprime a todos ellos ―pausó un poco―. Esos collares son excelentes entre los novios, ¿acaso ustedes son novios? ―cuestionó.

Ichigo y Rukia se sonrojaron hasta las orejas: ― ¡NO, NO LO SOMOS! ―exclamaron, haciendo que el tendero retrocediera un poco.

― Bueno, yo nada más decía ―se defendió el vendedor―. Es que ambos se ven…

― Bueno, ¿y cuánto es? ―le interrumpió Ichigo, todavía un poco molesto.

― Serían doscientos pesos por ambos ―respondió el hombre.

Ichigo y Rukia se miraron, pues desconocían qué eran los pesos. Aún así sacaron de sus ropas algo de dinero japonés.

― ¿Acepta yenes? ―preguntó Rukia.

El hombre achicó los ojos, dándoles mala impresión a ambos segadores. Pero sacó una pequeña calculadora e hizo algunas operaciones: ― Serían cuarenta mil yenes ―dijo, cuando terminó.

La pelinegra y el joven de pelo naranja sumaron el dinero que traían. Para su mala suerte, no completaban la cantidad requerida.

― Mierda, faltan diez mil ―dijo Ichigo en voz baja. Iba a decirle al hombre que no alcanzaban el precio, pero alguien le tocó el hombro y volteó para ver de quien se trataba.

Renji le tendía un billete, justo con la cantidad faltante impresa en él. Pero lo miraba con burla y sonreía, dando a entender "Ya da el próximo paso, idiota".

Ichigo aceptó el dinero, aunque no sin emitir un claro gruñido de disgusto. Renji acentuó más su sonrisa y volcó su atención a unas espléndidas serpientes de plata con ojos de rubíes. El joven de pelo naranja le pagó al hombre y Rukia se quedó con los dos collares. Pero más tarde, Ichigo se encargaría de tomar el que era suyo.

― Morros ―dijo Mauricio, captando la atención de todos. Al parecer, él y Jesús ya se habían recuperado de su burla a Ichigo―, síganme. Todavía falta mucho que ver ―y comenzó a caminar, junto con su compañero. El resto dejó de ver las cosas y los siguieron.


Y de nuevo de internaron en una callejuela, al lado del puesto donde Ichigo y Rukia compraron sus collares. Doblaron muchas casitas y otras callejuelas y callejones, donde la gente los volvía a saludar con alegría.

Finalmente, salieron a una calle algo más ancha que la anterior, donde estaban los artesanos. Ahí, sólo había casas del lado donde estaban, pues enfrente una imponente, y algo macabra obra, les tapaba la vista.

Ante ellos se levantaba un muro. De diez metros de alto y quinientos metros de largo, no era su tamaño el que resultaba intimidante, sino su estructura, ya que, junto con la piedra y la argamasa, miles de cráneos se apretujaban y conformaban el cuerpo del muro.

― Este es el Tzompantli(4) ―explicó Mauricio―. Un muro que rodea el Palacio de Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, Rey y Reina del Mictlán, y las casas de los miembros de la Corte Mictotajtol, los encargados de hacer cumplir los mandatos del Rey ―se aproximó a la gran pared―. Y cómo pueden ver está cubierto de cráneos, los cuales corresponden a todos los que han estado en el Mictlán desde el inicio.

― ¿Los reyes de aquí están en esta dimensión? ―cuestionó Izuru, contemplando uno de los cráneos

― Sí, ¿por qué? ―respondió Jesús, enarcando la ceja izquierda― ¿Qué acaso su Rey no vive dónde habitan ustedes?

Los segadores negaron con la cabeza.

― A pesar de ser espíritus bastante diferentes a la gente del Mictlán ―comenzó el segador de pelo largo―, a los Reyes y a su Corte les gusta estar cerca de los habitantes. Así se dan cuenta de los problemas del pueblo ―pausó un poco―. Además, ¿quién sería tan cabrón y ojete para mudarse a otra dimensión y dejar al pueblo olvidado?

Los segadores se incomodaron un poco, pues su Rey era la clase de persona que encajaba en el último argumento del segador legionario.

― Vamos, morros ―habló Jesús―. Les mostraré el Palacio del Rey ―e hizo un ademán con su brazo derecho, indicando que lo siguieran.

El grupo comenzó a caminar, algo incómodo. Pues del lado izquierdo estaban las coloridas casas, mientras que del lado derecho ese muro lleno de cráneos, que a pesar de saber que ya estaban inanimados y fijos, siempre existía esa fea sensación de que alguna calavera les saltara al rostro.

― ¡Mira güey! ―exclamó Mauricio de pronto, haciendo que los japoneses se sobresaltaran― ¡Ya la encontré!

El segador de pelo largo se había detenido, enfrente del Tzompantli. Señalaba a un cráneo, justo por encima del suelo, que tenía algo escrito en el hueso frontal.

― Mi cráneo ―dijo Mauricio, cuando todos se reunieron alrededor de él.

― ¿Y cómo sabe que es el de usted? ―preguntó Uryu, acomodándose los lentes.

― Dice mi nombre ―respondió el segador legionario, señalando la osamenta.

Uryu dirigió su vista al cráneo: ― Disculpe, pero no entiendo lo que dice

― Ah, ese es un pequeño defecto del Kidoh-blaje ―comentó Jesús―. Si bien puedes escuchar y hablar a la perfección cualquier lengua e idioma, escribir y leer son cosas casi imposibles ―le dio un codazo ligero a su compañero―. ¿Te acuerdas que casi reprobamos Japonés por culpa de ese detallito? ―preguntó. El otro se limitó a asentir con la cabeza.

― ¿Y no lo han podido arreglar? ―cuestionó Izuru.

― No ―respondió Mauricio―. No somos tan fregones como los que hacen doblaje ―y retomó la marcha, junto con el otro segador legionario.

Los demás no entendieron muy bien qué quiso decir el segador de pelo largo, pero siguieron a ambos soldados en su recorrido.


Finalmente, luego del extraño recorrido a lo largo del Tzompantli, salieron a lo que parecía ser el final tanto del muro como de la calle. Caminaron un poco hacia adelante, para observar mejor el panorama, el cual era bastante admirable.

Habían llegado a una extensa explanada, compuesta por miles de pequeñas baldosas cuadradas y blancas, de treinta centímetros de lado. Enfrente tenían un enorme edificio de dos plantas, con sesenta metros de frente y veinte de alto, pintado de rojo en su parte inferior; su fachada no tenía puertas, dado que parte de ella estaba conformada por tres enormes pilares de cinco metros de alto cada uno, permitiendo que los espacios entre ellos fueran usados como entrada. A su lado derecho, el Tzompantli se extendía otros quinientos metros, pero se veía interrumpido por un hueco; además, a un costado del muro de cráneos había otro edificio de dos plantas, de unos ocho metros de alto; estaba pintado de rojo en su parte inferior y tenía una puerta enorme, de cinco metros de alto y cuatro de ancho, hecha de madera negra. A su lado izquierdo se erigía otro edificio de seis plantas, de cien metros de frente y cincuenta de alto, pintado de color verde esmeralda en su parte inferior; al igual que el primer edificio que observaron, tenia tres pilares, haciendo que los espacios entre ellos sirvieran de entrada.

Cientos de personas caminaban por ahí, luciendo las coloridas ropas de ese lugar. Aunque algunos vestían de forma mucho más extravagante que otros, pues Ichigo y sus amigos notaron algunos hombres con cascos semejantes a cabezas de águila; otros portaban pieles y cabezas de jaguar; unos más tenían la cabeza encerrada en algo parecido a un cráneo con la boca abierta, y de ahí se asomaba su rostro. Inclusive llegaron a ver segadores; a algunas mujeres altas y de expresión seria, portando dorados y fuertes petos, cascos con pequeñas alas blancas y anchos y largos faldones blancos, además tenían una lanza en su mano derecha y un escudo en la izquierda; y también había unos hombres, con grandes alas negras de ave, de cuatro metros de envergadura, saliendo de sus hombros, que portaban túnicas cortas y bicolores, pues la parte inferior era negra y la superior blanca, además de un peto color bronce, extrañas sandalias en sus pies desnudos y kopis(5) fajadas en su flanco izquierdo.

― El Zócalo del Mictlán ―dijo Jesús, extendiendo ambos brazos―. Enfrente pueden apreciar el Telpochcalli, la escuela donde se aprenden las artes y técnicas de combate propias de los ahuitateo(6), las cihuateteo(7), los segadores, las valquirias y los tanatratiótis(8). A su izquierda ―apuntó hacia ese lado― está el Calmecac(9), la única y más grande institución de estudios superiores de todos los planos espirituales, dado que no hay escuela igual en ningún Lugar de Descanso Eterno. Allí pueden estudiar la carrera o las carreras que siempre quisieron en vida.

― Y a su derecha ―continuó Mauricio―, como pueden ver, el Tzompantli sigue y en donde se interrumpe está la entrada al Palacio del Rey ―pausó un poco―. Y ese edificio está el Cuartel General del Ejército del Mictlán, comandado por la generala Catrina Posadas y compuesto sólo de ahuitateo y cihuateteo. Y más al fondo, atrás del Cuartel, está el edificio de la Legión de Segadores, el del Regimiento de Valquirias y el de la Falange de Tanatratiótis ―se encogió de hombros―. ¿Alguna pregunta?

Para Ichigo y sus amigos, era demasiada información para procesar, pero aún así bastante asombrosa, por lo que no prestaron mucha atención al segador de pelo largo. Sin embargo, había una persona que sí logró captar el contexto, pero que ahora tenía una diminuta inquietud.

― Sí ―tomó la palabra Uryu―, ¿quiénes son los ahuitateo, las cihuateteo y los tanatratiótis? ―preguntó, acomodándose las gafas.

― Ah, buena pregunta ―dijo el segador legionario alto―. Pues verás, los ahuitateo y las cihuateteo, hombres y mujeres respectivamente, son los soldados nativos del Mictlán. Los tanatratiótis, las valquirias y los segadores son soldados de apoyo y comparten misiones y tareas con el resto.

― ¿Y para qué requieren apoyo los soldados de aquí? ―cuestionó Ichigo.

― Porque hace más de quinientos años comenzó uno de los sucesos más violentos en la historia humana: la conquista de América ―respondió Mauricio―. Hubo tantos muertos, que los ahuitateo y las cihuateteo eran incapaces de trasportar hacia el Itzcuintlán a semejante número de almas para que comenzaran su viaje. Por lo tanto mucho perecían, en el Mundo de los Vivos, a manos de los Huecos y los cuetonalli(10)…

― ¿Los cueto qué? ―interrumpió dudoso el joven de pelo naranja.

― Cuetonalli ―corrigió Jesús―. Monstruos peores que los Huecos. Bueno, como les decía mi carnal, las tropas del Mictlán se vieron abrumadas por las cantidades de almas. Así que el rey Mictlantecuhtli y la reina Mictecacíhuatl mandaron emisarios a todos los Lugares de Descanso Eterno, y sólo tres respondieron: la Sociedad de Almas, el Hades y el Niflheim(11).

― Entonces ―siguió el segador de pelo largo― llegaron los segadores, las valquirias del Niflheim* y los tanatratiótis del Hades a apoyar. Incluso aceptaron enseñar sus técnicas en el Telpochcalli ―hizo una pausa―. Sin embargo, no partieron cuando la conquista terminó, como estaba planeado, sino que se instalaron permanentemente aquí, debido a los sucesos que acontecieron en México, América Central y el Caribe en los años que siguieron, ¿alguna pregunta? ―agregó de manera alentadora.

― Sí ―habló Shuuhei―, si dicen que los segadores y demás apoyo llegaron de otro lado, ¿cómo es que su capitán no parece ser originario de la Sociedad de Almas? ―cuestionó.

Mauricio y Jesús sonrieron entre sí, de una manera que hizo que los japoneses se sintieran incómodos: ― Esa pregunta la puede responder muy bien el capitán, carnal ―respondió el segador de pelo largo, con un tono algo inquietante―. Por el momento síganos, les mostraremos el Palacio de los Reyes.

Los demás siguieron a los legionarios cuando comenzaron a caminar.


Bernardo tardó un poco en controlar su enojo debido a los sucesos con el monstruo. Pero aún así siguió escuchando las noticias por parte de la teniente, que por cierto no eran desagradables, puesto que todas ellas tenían la pauta predominante de la violencia, la corrupción, la avaricia y el odio entre la gente de los países antes mencionados. Aunque de vez en cuando la mujer mencionaba algunos monstruos y criaturas, como los chaneques(12), los naguales, los elfos, los trolls, el capitán Filiberto y las hermanas Mikoba, que participaban en los tremendos números de muertes humanas. Hasta que finalmente, la teniente le comentó ciertas cosas acerca de los miembros de su Legión, cosa que alivió un poco a García, pues sólo eran meras trivialidades que podían ser corregidas con duros entrenamientos.

― Y a usted capitán, ¿qué tal le fue? ―preguntó Martínez, después de un momento de silencio.

― Pues logré traer a Ichigo Kurosaki, la gente de Karakura y algunos tenientes del Seireitei ―contestó Bernardo―. Son fuertes, de eso no tengo duda, pero aún así hay que entrenarlos un poco.

La teniente se dirigió a su escritorio: ― Sí, pude percibir su llegada ―comentó―. Tienen la fuerza y presión espiritual formidables, creo que no necesitan entrenamiento, capitán ―tomó asiento y encendió la computadora.

García tomó otro fólder, esta vez de un soldado en República Dominicana: ― Pues no pienso lo mismo, teniente ―argumentó―. Recuerda la invasión del Vandenreich a la Sociedad de Almas, dos quincys tuvieron el poder de controlar a todos los segadores que estuvieron a su alcance, como los vampiros a los vivos y a los Huecos. Eso significa una debilidad mental bastante grande ―agregó―. Tengo que inculcarles la idea que a nosotros nos enseñaron el día que ingresamos al Telpochcalli, la que evita que nos posean.

― ¿Piensa unirlos a los entrenamientos? ―cuestionó Martínez, alzando la ceja de su ojo derecho.

― Así es ―afirmó el capitán legionario―. El jueves que comiencen, por lo mientras dejaré que conozcan el Mictlán y se aclimaten un poco.

― ¿Y eso significa que tendrán que hacer la Prueba de la Familia? ―inquirió la teniente, enarcando la ceja derecha.

Una sonrisa maliciosa apareció en el rostro de Bernardo: ― Por supuesto, son segadores. Deberían efectuarla sin problemas ―respondió, y comenzó a escribir algo en el informe.

― ¿Y si no la hacen? ―interrogó Martínez― ¿Y si nosotros a lo mejor estamos mal? ¿Y si los dejamos combatir a Lajos y a la Unión así sin entrenar?

Bernardo detuvo su escritura: ― No pienso dejar que vayan así ―contestó, serio―. Necesitan entrenar. Ya sabes cuales son los ideales de los segadores de la Sociedad de Almas y su estilo de pelea, así que de antemano conoces que no funcionan contra el monstruo ―pausó un poco―. Y si no pueden hacer la Prueba ―frunció los labios―, pues tendremos que arriesgarnos a que, por lo menos, logren resistir a la llegada de los refuerzos.

― Y hablando de traer refuerzos ―comentó la teniente―. No cree que también…

― No me preocupo por ellos ―la atajó García―. Son sumamente más poderosos que estos chavos que vinieron. No creo que caigan ante la fuerza del monstruo. Además, ellos estarán sólo unas pocas horas, mientras que con Ichigo y sus amigos me puedo tardar unos días en lo que localizamos al monstruo ―agregó, y siguió escribiendo―. Verás que lograremos salir vio de esta, Miranda.

― ¿Cómo está tan seguro? ―preguntó la teniente, algo exaltada.

― Me apostaría la otra pierna a que ningún soldado va a caer, Martínez ―respondió el capitán―, así de seguro estoy ―y continuó escribiendo.

La teniente Martínez negó levemente con la cabeza, mientras la computadora terminaba de encenderse y mostraba el escritorio virtual.


― Y este, chavos, es el Palacio de los Reyes ―habló Jesús, después de un rato.

Habían recorrido de nueva cuenta el Tzompantli, hasta llegar al espacio donde se interrumpía. Los segadores se asomaron por el hueco, custodiado por dos guardias, de complexión bastante atlética, con cascos en forma de calavera, quienes empuñaban estilizados garrotes de madera con filos de obsidiana en su mano derecha y anchos y redondos escudos en la mano opuesta, y lo que vieron los dejó un poco asombrados.

En medio del terreno se erigía una gigantesca pirámide mesoamericana de color ocre, la misma que habían visto a lo lejos cuando llegaron al Mictlán. De cuatrocientos metros de altura, estaba compuesta de tres secciones de ochenta metros de alto. Las secciones eran de menor tamaño cada vez que terminaban, y partían de una base cuadrada, de ciento diez metros por lado. En lo alto de la pirámide, que tenía una terminación plana, yacía una especie de casa cuadrada, de ochenta metros de alto con una ancha entrada sin puerta. Y a los lados de la pirámide había casas cuadradas de dos plantas, más grandes y mucho más ornamentadas que las que había al otro lado del Tzompantli, pues casi todas tenían amplios jardines delanteros, llenos de exóticas y coloridas plantas.

― Que pedo, Raúl ―saludó Maurició al guardia más próximo, el que estaba en el lado derecho del hueco―, que onda Memo ―saludó al otro guardia― ¿aún se puede pasar?

― Que pasó, Mau ―le devolvió el saludo el guardia de la derecha―. Pues es la hora de la papa, güey. No creo que encuentres a nadie ―le dio un vistazo a Ichigo y sus amigos―. ¿Quiénes son ellos? ―preguntó, algo desconfiado.

― ¿Ah, ellos? ―repitió interrogante el segador de pelo largo, señalando a los japoneses―. Son unos compas que el capitán trajo de la Sociedad de Almas. Nos van a ayudar con el monstruo.

Raúl les dio un analítico vistazo a los segadores: ― ¿Y ya van a enfrentarlo? ―inquirió.

Mauricio se rascó la cabeza con la mano izquierda: ― No lo sé ―respondió―. Hay que esperar a que el capitán diga. Bueno, ¿se puede pasar? ―preguntó.

― De acuerdo ―respondió Raúl―, entren.

Jesús y Mauricio pasaron, luego Rukia, Renji, Shuuhei, Momo, Rangiku, Izuru y Uryu. Cuando Ichigo, Orihime y Chad iban a cruzar hacia el Palacio, los guardias les interrumpieron el paso, de manera amenzante, pues se pusieron en posición de combate, con los escudos preparados y sus armas listas.

― ¿Qué les pasa? ―preguntó el joven de pelo naranja, enfadado.

― Lo siento ―se disculpó Memo―, pero los Huecos están estrictamente prohibidos dentro del Palacio de los Reyes. Ustedes no pueden pasar.

― Pero no somos Huecos ―argumentó Sado.

― Lo sé ―repuso Raúl―. Pero ustedes dos tienen una alta energía de Hueco, y ella tiene poderes desconocidos ―señaló a Orihime.

Ichigo estaba a punto de reclamar pero Jesús se adelantó: ― Bueno, bueno ―dijo de manera tranquilizadora, interponiéndose entre Memo y el joven de pelo naranja―. Creo que hoy no les podremos mostrar el Palacio, pero no se agüiten. Todavía hay muchas cosas que ver aquí como el interior del Telpochcalli, el Mercado de Tlatelolco, el sitio de…

Pero no pudo continuar, ya que un tono algo extraño [In a Gadda a da Vida, de Iron Butterfly] comenzó a sonar de un teléfono móvil, que resultó ser el de Mauricio. Éste lo buscó entre su uniforme, lo localizó y lo miró. Parecía un mensaje, pues se quedó un rato en silencio, observando la pantalla.

― El maistro herrero dice que el pedido está listo ―habló el segador de pelo largo, dirigiéndose a Jesús―. Qué le compremos unas papas y que pasemos con Gisela por unos vestidos de su vieja.

― Ah, pinche maistro inoportuno ―dijo Jesús―, ¿cree que somos sus mandaderos? ―preguntó irónico.

Mauricio volvió a mirar su teléfono: ― Pues dice que no lo merecemos por cargarle la chamba

― Está bueno ―dijo el segador legionario alto―. Ya será pa' la otra. Raúl, Memo nos vemos ―se despidió de los guardias―. Morros, síganme.

Y se alejaron de la entrada del Palacio, tomando el camino por el que habían llegado. Y antes de apartarse más, Ichigo y Raúl cruzaron una miradas bastante fruncidas.


Nuevamente se introdujeron por la calle en la cual habían salido. El Tzompantli no dejó de ejercer su sobrecogedora influencia en Ichigo y sus amigos, que todavía contemplaban con algo de desconfianza el muro. Siguieron a lo largo de la pared, y cuando encontraron el fin del muro, doblaron a la izquierda, en donde continuaba la tétrica obra otros quinientos metros más, que recorrieron con la misma desconfianza.

Cuando terminaron de recorrer el muro de cráneos, siguieron derecho, metiéndose por una estrecha callejuela de tres metros de ancho. Y, de nuevo, se internaron por la red de callejones y callejuelas, sólo que esta vez era mucho más grande y con más vueltas, llegando a parecerse a un laberinto. Incluso Ichigo, Rukia, Orihime, Rangiku e Izuru se quedaron algo atrasados en algunas partes, pues las callejuelas a veces terminaban en intersecciones, lo que provocaba que tomaran el camino equivocado y se separaran más. Esto ocasionaba que el grupo tuviera que regresar en sus pasos para encontrar a los perdidos.

Finalmente, y después de volver por Ichigo dos veces más, salieron a una calle amplia, de diez metros de ancho y varios de largo, empedrada. A ambos lados de la calle había casas, pero estas eran un poco distintas a las que habían visto antes. En lugar de paredes, muchas casas habían colocado vitrinas, en las que se podían observar una múltiple variedad de cosas, como palas, barriles, herramientas, químicos de limpieza, tierra para macetas y un estante lleno de hilos. Otras casas si tenían sus paredes, pero en éstas había una gran cantidad de carteles que los japoneses no lograban comprender. El número de personas aquí era un poco menos que en el grandioso Zócalo, e iban y venían entre las casas, leyendo atentamente los carteles o dando un vistazo a las vitrinas.

― Este es el Calpulli de los Trabajos ―habló Mauricio―. Aquí se hacen todo tipo de labores y puedes encontrar a la persona adecuada para realizar aquella labor en la que no eres capaz.

― Sastres, herreros, plomeros, albañiles, médicos, abogados ―secundó Jesús―, entre otros. Están todos los trabajos, pasados y presentes, que se puedan imaginar.

Los segadores legionarios comenzaron a caminar, tomando el rumbo de la izquierda. Pasaron por varias casas con abundantes letreros y otras con una amplia vitrina en la que se podían ver algunas personas en el interior, sentadas en algo que parecía la sala de espera de un médico.

Mauricio y Jesús se detuvieron en una casa pintada de un rosa muy pálido, casi como del tono de las flores de cerezos. Tenía abundantes carteles, que debían estar escritos en la lengua de ahí, pero que en todos predominaba la imagen de un carrete de hilo negro y una aguja. Uryu inmediatamente volcó su atención a los carteles y descubrió uno escrito en japonés.

La casa estaba cerrada y una hoja, con algo escrito, estaba adherida a la puerta de color café. El segador de pelo largo la tomó.

― ¿Y aquí quien vive? ―preguntó Rangiku, mirando el rosa de la pared. Lo encontró muy bonito, pese a que tanto cartel hacía que perdiera un poco su efecto estético.

― Gisela Madero ―respondió Mauricio―. Una excelente sastre y costurera, especialista en telas finas. Cobra caro pero sabe lo que hace. Aunque no está en casa

― Un sastre no puede ser mujer ―dijo Uryu, acomodándose los lentes. Esto hizo que se ganara fulminantes miradas por parte de las chicas―. Las mujeres sólo son costureras, no sastres.

― Estos días hay más equidad de género ―comentó Jesús―, además recuerda que ellas pueden desempañarse en cualquier trabajo tan bien como un hombre. Aunque seas japonés, no seas misógino aquí, güey.

Uryu se quedó cruzado de brazos y giró su cabeza hacia la derecha, con los ojos cerrados. No aceptaría que una mujer fuera un sastre, pero cuatro dolorosos golpes en la cabeza le hicieron recapacitar un poco.

― Gisela no está ―dijo Mauricio―. Se fue con El Sonris por unas tarjetas.

El otro segador legionario rodó los ojos: ― Pues vamos allá.

El grupo siguió caminando, recorriendo la calle. Se detuvieron en lo que parecía una tienda de abarrotes, y sólo Jesús y Mauricio entraron, para salir con una bolsa pequeña y amarilla de papas fritas. Reanudaron su marcha por unos doscientos metros más y pararon enfrente de una casa pintada de color verde oscuro, con un cartel que tenía dibujado un libro y anunciaba algo.

― La imprenta del Sonris ―explicó Jesús―. Espérenme aquí, chavos ―y se internó en el local.

Mientras el segador legionario estaba adentro, Ichigo y los demás volcaron su atención a la calle. La gente iba y venía, incluso había tres pavos negros que picoteaban algo en medio de la calle. Las aves se apartaron al otro lado de la calle cuando escucharon los sonoros chasquidos de un rebaño de cabras, el mismo que habían visto cuando llegaron, pues el mismo señor de a caballo venía detrás de los animales, y saludó a los segadores ondeando su mano. Ellos le devolvieron el saludo.

Rangiku giró su cabeza hacia la izquierda, encontrándose con Mauricio, quien jugueteaba en su móvil. Y recordó algo, que hace tres noches le contaron: ― Disculpa ―dijo.

― ¿Qué pasa, carnalita? ―preguntó el segador legionario, guardándose el teléfono.

― ¿Eres el Cuarto Oficial del capitán? ―cuestionó la teniente del Décimo Escuadrón.

― Por su puesto, si fue lo primero que les dije ―le recordó el segador de pelo largo, logrando captar la atención del resto.

― Tu capitán nos contó que sabes cosas acerca de los vampiros ―dijo Shuuhei.

― A huevo ―dijo Mauricio, extendiendo sus brazos hacia adelante―, ¿qué es lo que quieren saber, amigos? ―preguntó.

Rangiku iba a hacer su cuestionamiento, pero unos pasos la hicieron detenerse. Unas personas estaban saliendo de la imprenta.

― Vamos a mi casa, por ellos ―dijo una voz femenina, de tono dulce y un poco oscura―. Le avisé a Caín que ya estaban listos hace media hora.

― Pues no pudo ir, Gisela ―habló Jesús―. Tuvo que hacernos un trabajito. Chavos ―subió su tono de voz―, ella es Gisela Madero, una maestra de las telas.

Los japoneses se dieron la vuelta y al instante se quedaron paralizados al ver a la mujer. Habían oído innumerables historias de ella, pero el tenerla enfrente les ocasionó una mezcla de sorpresa e impresión tan fuertes, que incluso Ichigo y Rukia se fueron al suelo de sentón.

Los demás iban a levantar a los segadores, cuando se escucharon los pasos de otra persona, desde el interior de la imprenta.

― ¿Kurosaki? ¿Tenientes? ¿Amigos de Kurosaki?―preguntó una voz masculina que salía del local, sonando terriblemente familiar― ¿Qué hacen aquí?

El dueño de esa voz salió a la calle y esta vez, a Ichigo y a sus amigos se les fue la respiración.


Notas del autor:

*Bueno, he aquí otro capítulo. Si bien puede que me tardé un poco, ahora que conseguí empleo, y mi título ya está en camino, pues tengo un poco menos tiempo para escribir. Sin temor a sonar como disco rayado, tengan paciencia.

*Me gustaría saber su opinión acerca de los países que cuida el Mictlán. Si están bien, mal, debería quitar o agregar más países, además de su opinión general.

*Para los fans de hueso colorado de la mitología: Sé que las valquirias están al servicio de Odín y viven en el Valhala. Sin embargo, aquí yo no consideré al Valhala ni a Odín, pero en esta historia las valquirias siguen haciendo su trabajo como psicopompos, esta vez de todas las personas y no sólo guerreros. Las razones las explicaré más adelante.

Glosario

(1) Cempasúchil: Flor nativa de México, cuyo nombre significa "Flor de los Cuatrocientos Pétalos". En la industria se usa como colorante alimenticio. Sin embargo, es la flor más característica del Día de Muertos, y no puede faltar su anaranjado color en las ofrendas y altares.

(2) Nagual: Monstruo del folklor mexicano. Un brujo que puede transformarse en animal a voluntad. En esta historia, son sumamente expertos en el manejo del Kidoh, además de conservar su poder de trasformación.

(3) Calpulli: En la historia, era la unidad social de los aztecas. Un conjunto de familias que se unía para realizar las labores sociales con mayor eficacia. En este fic, son los equivalentes de los Distritos del Rukongai, pero muchísimo más organizados y complejos.

(4) Tzompantli: En la historia, un muro donde se empotraban los cráneos de las víctimas de los sacrificios. En este fic, es un muro con los cráneos de los habitantes del Mictlán, que rodea el Palacio de los Reyes.

(5) Kopi: Espada griega corta. Usada por los hoplitas (soldados) cuando su lanzas les eran inútiles.

(6) Ahuitateo: Monstruo del folklor azteca. Un espíritu masculino, enviado del Mictlán, a las personas que próximamente van a morir. En esta historia, son los soldados masculinos que componen las filas del ejército del Mictlán, además de cumplir las funciones de guiar a las almas al otro lado.

(7) Cihuateteo: Monstruo del folklor azteca. Un espíritu femenino, enviado del Mictlán, a las personas que próximamente van a morir. Fueron madres que murieron al momento del parto, por lo que se les consideraba guerreras muertas en batalla. En esta historia, son los soldados femeninos que componen las filas del ejército del Mictlán, son madres y cumplen las mismas funciones que los ahuitateo.

(8) Tanatratiótis: En esta historia, son los psicopompos del Hades. Son hombres con alas, por lo que en muchos lados se les da el nombre de ángeles. Al igual que los segadores, son soldados y tienen su ejército.

(9) Calmecac: Institución donde la nobleza azteca se instruía en conocimientos generales (biología, historia, religión, etc.) y las artes del combate. En esta historia, es una academia donde se puede estudiar cualquier cosa, pero no para ser un guerrero.

(10) Cuetonalli: De cue=comer y tonalli=alma. Es esta historia, monstruo que se alimenta de espíritus (fantasmas, psicopompos, Huecos). Sumamente aterradores para cualquier soldado (ahuitateo, cihuateteo, segador, valquiria, tanatotriótis), dado que no les pueden ganar y es imposible escapar de ellos cuando deciden comerse al espíritu.

(11) Niflheim: Es el mundo de los muertos en la mitología nórdica.

(12) Chaneque: Monstruo del folklor mexicano. Un guardián de los bosques, semejantes a los duendes de los folklores europeos. Pueden ser muy amables o sanguinarios, dependiendo del trato que reciban.

Gracias por leer.