Cabe recalcar que los personajes pertenecen a la maravillosa Stephenie Meyer, de su saga Crepúsculo. Yo solo utilizo los personajes sin fines de lucro.

Este fic participa del Reto Normal "Aquelarre y Nómadas" del foro "Sol de Medianoche".

Genero: AU.

Raiting: M.

Emoción: Tristeza.

Pecado: Vanidad.

Este es el séptimo y ultimo capitulo. Espero les haya gustado, de ser así, agreguen en favoritos o comenten, ajds.


Un oscuro paraíso.

Me había costado años comprenderlo, pero al fin lo había logrado. Ella podía tener muchas cosas que yo no, podía tener aquello que era vital en la vida de una persona, lo que te podía destruir o salvar; también podía restregármelo en la cara, como hizo toda la semana, paseándose en la camisa de Liam, teniendo sexo con él cada día sin falta. Ella gritando su nombre, era posiblemente lo más difícil de soportar. Pero, eso no me importaba ya. Porque había comprendido, había descubierto algo que yo tenía y que ella nunca jamás podría tener.

Tomé la almohada entre mis manos. La misma en la que lloraba todas las noches, pero que hoy me haría sonreír.

Caminé hasta su habitación, procurando ser lo más silenciosa posible, más que de costumbre, a pesar de que eran las tres de la mañana y todos estarían profundamente dormidos. Llegué a la habitación de Siobhan. La puerta no tenía seguro, porque de vez en cuando a su madre le gustaba echar una vuelta, para vigilar a su princesa.

Punto a mi favor.

Abrí la puerta, sin dejar de ser cuidadosa, la deje entreabierta, para que en cuanto tuviera lo que quería, lo que necesitaba, pudiera irme sin mirar atrás. Dante de seguro ya estaba esperándome en el parque, junto a su motocicleta, solo tenía que hacer esto, para poder tener una mejor vida, lejos.

Un paso, dos y cinco. Eso necesité para llegar al pie de su cama. Su cabello rojo estaba esparcido por la almohada blanca, una mano por debajo de la misma y otra sobre su cintura. Sus parpados cerrados, enfocados al techo de color rosa.

Tomé con ambas manos la almohada, incliné mi rostro y también las manos, hasta que cuidadosamente la posicione sobre su rostro, debajo de sus ojos, para poder mirarlos directamente cuando el final llegara. Salté sobre su estómago, presionando con fuerza la almohada. Casi al instante ella abrió los ojos, luciendo como un cordero asustado, terror inyectado en sus ojos. Sonreí, sí que sonreí. Manoteo, pero a pesar de los rasguños y golpes no me moví, seguí impidiendo la entrada de aire a su sistema. Lentamente su lucha se vio forzada y poco precisa, perdió fuerza y constancia, hasta que sus brazos cayeron a sus costados, flácidos, inútiles. Sus ojos no dejaron de bailotear, no hasta que sintió cerca el final. Entonces los fijo en mí. Sus ojos verdes me suplicaban piedad, soltaban lágrimas y desbordaban tristeza. Una tristeza que siempre estuvo pintada en mis orbes cafés, pero que ahora, ella cargaría en lo suyos, incluso tres metros bajo tierra.

Al final, se rindió y la vida se fue de ella.

-Lo ves, descubrí algo que nunca podrás arrebatarme –me acerque a su oído, a pesar de que no me escucharía-. El placer de ver como se te iba la vida.

Siobhan 7 – Maggie 1

Pero, aun con ese marcador, esta vez yo gané.