Saludos a todos:

Una vez más, agradecerles su apoyo, el hecho de que sigan aquí es algo que me llena de dicha y me impulsa a seguir adelante. Por ustedes vive esta historia y por ustedes llegará a su correspondiente final. Por ustedes pondré de mi parte por entregarles lo mejor que pueda hacer. Gracias en especial a Fipe2, Larekin, Junior VB, Conuk, TALOS X, sgtrinidad9, Uriel-rdz, WerewolfMazuko117, Juicyjay4 y todos los lectores que le han dado una oportunidad a esta historia. Sus palabras son un impulso invaluable, cada una de sus palabras es más importante de lo que podría describir.

Ahora bien, respecto del comentario de Larekin, lamentando otra vez que no se trate de una cuenta ni de un comentario que puedo responder en privado, responderé aquí, si bien no sé si volverá a leer esta historia: Agradezco de corazón tu opinión. ¿Así que la actitud del psicólogo da asco? Excelente, eso era lo que buscaba y tus palabras me confirman que lo he logrado, muchas gracias, ahora puedo respirar tranquilo. ¿Lynn y Luan no tenían problemas que justificaran su presencia ante un psicólogo? Estoy de acuerdo. Lamentablemente, no fue idea mía sino de sus hermanos que asistieran a una sesión con este tipo. Y qué te puedo decir... a veces los hermanos no son muy objetivos a la hora de recomendar y tienden a la exageración. Gracias una vez más por tu comentario, te envío saludos cordiales.

Ha sido un capítulo de alta complejidad. De hecho, era el momento que más temía y espero de corazón que les resulte agradable. Cualquier comentario, positivo o negativo, constructivo o destructivo, será muy bien recibido, lo agradeceré y me permitirá ofrecerles lo mejor a futuro.

Y sin nada más que agregar (salvo que esta serie pertenece a Nickelodeon) los invito a la lectura. Bienvenidos todos.

x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x

Salí de la oficina de mi vecino abogado, agotado. Intenté verle el lado divertido. Tomaría su tiempo. Tal vez nunca lo consiguiera. Independiente de cuán buena fuera la idea, bastante había tardado en convencerlo de la validez de la misma (en realidad, no se me había ocurrido nada mejor y para que él decidiera buscar en mí una solución, no debía de hallarse precisamente inspirado). Tampoco es que estuviera muy orgulloso de mi ocurrencia, pero que la misma tuviera tales resultados…

Jamás creí que me alegraría volver a mi consulta, a unos pasos de distancia. Que esas cuatro paredes se acercaran tanto a un oasis. Que me alegrara tanto saberme yo y no alguien más. Que cosas tan sencillas como dejarse caer en el asiento y estirarse supusieran un pequeño placer. Que el balancear la silla…

–Quién diría que usted tampoco notaría mi presencia.

Se podría tener en cuenta un puñado de razones válidas, desde la inesperada llegada de esas palabras, el monocorde tono con que fueran pronunciadas, el hecho de haber dejado la consulta vacía, sin ofrecer mayores señales de su presencia la muchacha sobre el asiento salvo su voz cuando apenas si me sostenía sobre dos patas de la silla.

La caída fue aparatosa. El golpe me hizo ver estrellas a media tarde. Levantarme tuvo el mismo grado de dificultad que reponerse de una resaca en menos de cinco minutos. Recuperar mi orgullo, un objetivo tan factible como podar el pasto de un parque usando los dientes.

–Ja ja.

Aquello resultó inquietante, incluso tras descubrir a la autora de lo que debía interpretar como carcajadas.

Una niña. Si acaso tenía más de diez años a juzgar por su estatura, habría sido preocupante en el mejor de los casos, si bien su voz daba pie a la confusión. Cabello negro cubriendo sus ojos, tez pálida… blanca mejor dicho. Vestido negro. Medias blancas y negras. Zapatos negros. Su boca formando una curva descendente. Quizá habría resultado más estremecedor si hubiera movido un músculo. Si hubiera tenido la oportunidad de contemplar sus ojos aunque fuera un segundo.

–Disculpe, pero…

–¿Cómo llegué aquí? Me trajo alguien mayor que yo si acaso es lo que le interesa saber, no se preocupe, no entrará, no molestará, me ha permitido estar a solas con mis pensamientos y esta sombría estancia, debo reconocer en usted un buen gusto por la decoración, doctor, si bien no resulta agradable que pasara por alto mi presencia… aunque en realidad, estoy acostumbrada a ser invisible para los ojos mortales.

De por sí el discurso resultaba inquietante. Que lo dijera sin apenas mover músculos que fueran más allá de los faciales no ayudaba demasiado a mejorar el cuadro. Era una niña, intenté recordarlo. Que me oyera a mí mismo tragando saliva sólo vino a reforzar la rotundidad de mi fracaso.

–Y no…

–No, nadie pidió una hora por mí, se trató de algo improvisado, de haber sabido antes que vendríamos aquí no habría permitido que me trajeran, mis pensamientos son míos, míos y de la oscuridad que gobierna cada uno de mis actos.

Comencé a plantearme si acaso sería muy pronto para buscar un objeto religioso en mi escritorio. El que fuera. O lo más cercano a una protección, terrena o extra terrena. La que fuera.

–Usted me tiene miedo –sin importar con cuánta seriedad lo que dijera, bastó que pronunciara esas palabras para sentirme del todo ridículo. En parte por el momento que vivía. En parte por los recuerdos recientes que recuperaba…

Doc… ¿Te doy miedo?

Parecía ser que las voces tenían intenciones de renovarse.

–Claro que no –aunque hubiera deseado creer mis propias palabras más que cualquier cosa en ese segundo–. ¿Por qué habría de temerle?

–Porque todos lo hacen –Viniendo de ella, no estaba del todo seguro de cómo interpretar esas palabras.

–¿Tendría algo de malo que no le tema?

–Sería algo inusual, incluso mis hermanas han mostrado inquietud en más de una ocasión, mi hermano parece resistir un poco más, pero eso no quita que mi presencia lo sobresalte de vez en cuando.

–¿Y eso qué le parece?

–Son pobres mortales, temen a lo desconocido.

Comenzaba a dudar de mis propias conclusiones. Por momentos parecía molestarle ser ignorada o temida. De pronto, parecía agradarle. A ratos, parecía darle igual. A veces me inquietaba. A ratos me intrigaba. Por momentos me incomodaba. Lo bastante de esa tríada de emociones como para olvidar detalles elementales, por ejemplo…

–No le he preguntado su nombre…

–Por supuesto, qué se puede esperar de alguien que pasa por alto la presencia de quien está frente a él –un silencio incómodo, incluso tenso, apenas roto por ella misma–. Suspiro.

–Si le hace sentir mejor, puedo decirle mi nombre.

–No es necesario doctor, ya he visto que tiene muchos nombres además del que usa en la placa de la puerta.

–¿Ah sí?

–Prefiero seguir el ejemplo de mi hermano Lincoln, me gusta "Doctor".

Debía ser una broma. Tenía que serlo.

Ella y Lincoln… ¿emparentados? Ella y el muchacho se parecían tanto como el queso al jamón. Perseguí una pequeña semejanza en rasgos, la que fuera. Nada. Ni los ojos ni la cara ni nada. Tenía que ser una broma. Incluso entre las otras resultaba sencillo encontrar algo a lo cual aferrarse, algo que me permitía creer que compartían un lazo…

Pero claro. Claro que había algo.

–Entonces merezco saber su nombre, ¿no lo cree?

–Suspiro –bien, ¿estaba permitido inscribir al hijo que fuera con semejante nombre?–. Me llamo Lucy.

Ah, mucho mejor. Sabía que sus padres no me decepcionarían. Tendría que empezar a creerlo. Sí eran hermanos. Ya podía superar el desconcierto. Ya podía reunir razones para odiar. Qué fácil resultaba ejercer como hermano mayor si me derivaban los problemas inmediatos. Buen trabajo, muchachas. Felicidades Lincoln.

–Bien Lucy, entiendo que no quisiera venir aquí.

–Nadie puede entenderme.

Por favor, ¿qué tan lejos estaba la adolescencia de ella? ¿En serio era hora de empezar con esas cosas?

–No lo sabrá hasta que lo compruebe, ¿no?

–No necesito que nadie me entienda.

Ah, bueno, esa era otra historia. Y bien que podría haberla despachado. Está cuerda, chicas, tan cuerda como cualquiera de ustedes… no, dudaba que cualquiera de las hermanas… cualquiera de los integrantes de esa familia constituyera un parámetro válido para medir cualquier cosa relacionada con la cordura, fuera la presencia o la ausencia de la misma.

Tal vez fuera siendo hora de ser un poco generoso con todos ellos. Vivían juntos, veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Ya constituía un milagro que siguieran vivos. O al menos, en una pieza hasta donde había comprobado. Tal vez me habría permitido tal generosidad de no haber creído que podían descansar en mí tratándose de problemas, por pequeña que fuera la sesión o el problema en sí.

Ya me acostumbraba a la idea. Tratándose de la familia Loud, cualquier cosa, por pequeña que ésta fuera, tenía el potencial de convertirse en un desastre…

Excepto Lucy. Sentada sin moverse salvo para hablar. Mirándome sin saberlo yo, tras aquella cabellera negra. Algo debía saber de mí. Algo debía planear. Algo debía ocultar. Tanta quietud no resultaba natural. En los Loud y en quien fuera.

Tal vez no me asustaba… tal vez sólo me enervaba.

–Por qué… ¿Por qué la trajeron aquí?

–Porque me temen, todos lo hacen, son incapaces de resignarse, prefieren ver en mí el problema en lugar de superar sus propios miedos.

Habría sido más sencillo si su tono de voz no resultara tan irritantemente monocorde. Plano. De ella casi se desprendía cierta frialdad que iba más allá de su inexpresivo carácter. Como hablar con un fantasma…

Mi primera hermana menor… por ella el sol se apagara y todo fuera tinieblas.

–Alguna… ¿Alguna razón especial para traerla aquí? Es decir, hacer algo o…

–Dijeron estar cansadas de sobresaltarse, de que según ellas aparezca de pronto cuando en realidad, siempre he estado en el mismo lugar; por no mencionar lo mucho que parece desagradarles que mi entorno natural sean las tinieblas, con todo lo que eso implica, pero no es mi problema si ellos le temen tanto a la oscuridad.

Rebosante de optimismo la muchacha. Sin embargo, alcancé a percibir una pequeña grieta de la cual, con algo de suerte, podía echar mano si quería llegar a algún sitio.

–Y a usted le gustaría…

–Nada salvo seguir asustándolos, es lo más cercano a la felicidad.

A la mierda mi pequeña grieta. A menos que le diera un pequeño giro a la situación… claro, fallaba con las tortillas y seguro lo iba a lograr con esa inquietante niña sentada frente a mí. Y a menos que consiguiera la ansiada vuelta, tendría que aceptar que la chiquilla no era más que una gótica como las había tantas circulando por ahí. ¿Y qué iba a hacer yo con respecto a eso? Cuanto pudiera hacer sería tan sencillo y útil como verle la sombra al viento. Todavía era joven, muy joven. Con algo de suerte tal vez, sólo tal vez, se tratara de una etapa con fecha de caducidad, por mucho que la misma no dejara de ser un hecho futuro e incierto.

Además, ¿a quién carajos quería engañar? De toda la familia que había conocido hasta ese momento, la chiquilla era la que más me agradaba de…

¿Acaso tengo que pedir una hora para charlar contigo?

En momentos así, extrañaba la voz de Lincoln en mi cabeza, por mucho que su presencia distara de hacerme mayor gracia. Seguía teniendo mi respeto, incluso mi admiración por mucho que mi vida fuera un poco mejor antes de su aparición. En realidad, extrañaba la voz que fuera. Porque oír la voz de la hermana rockera de la chica frente a mí… ya más de una vez en el día… ya más de un día…

Lo mantenía. Lucy era la chica Loud que más me agradaba. Tal vez porque me recordaba a Lovecraft. Porque su hermana… su hermana pertenecía a otra clasificación cuyo solo nombre me estremecía por más de un motivo…

Y estaba pensando en ella de nuevo, carajo…

–Doctor, estoy aquí.

La voz de la chica gótica me hizo saltar sobre mi asiento. Llevaba demasiado pensando en… no, concentración. No se movía. Me agradaba, pero me enervaba. Con la ausencia de movimiento. Con la frialdad que parecía desprenderse de ella. Con su silencio. Con la carencia de expresividad. Con la fascinación que parecía sentir por…

–Hábleme de sus gustos, Lucy.

–El terror, la oscuridad, los fantasmas, los vampiros, las brujas, lo gótico, el negro y el blanco…

Me recordaba a Lovecraft. Y a King. Y a Drácula. Incluso a Edgar Allan Poe… y a la muerte presente entre nosotros a diario que…

Carajo, ¿qué había sido aquello?

–Asustar a mis hermanos supone algo muy cercano a la felicidad… creo que experimentaría algo así si tuviera un corazón…

De acuerdo, me agradaba. Pero también me perturbaba un poco.

–Y… en el futuro…

–En el futuro quiero ser una enterradora de día y me gustaría ser vampiro de noche.

Lástima que se trataba de la primera gótica que conocía en mi vida. O al menos, la primera con la que intercambiaba palabras por más de un minuto o dos. Hasta ese día, creía que se limitaba a la ropa y al maquillaje. Sin embargo, la chica lo llevaba un paso más allá. A su alma. Y para empeorar las cosas, mi oficina comenzaba a verse más sombría… tan sombría como la realidad en la que nos hallábamos inmersos todos, incapaces de asumir la naturaleza vana de nuestras…

Qué… mierda… acababa… de pensar…

–Disculpe, quisiera encender…

–Me gusta el ambiente doctor, prefiero que siga así.

Podría haberme impuesto, pero no fui capaz. Dudaba que hiciera algo si me daba la gana… en realidad, con ella todo eran dudas y los pelos de punta. Prefería no comprobar nada de la peor forma. Acaso porque ya nada podía empeorar. Sepultados en el caos de una vida destinada a la finitud que nos acompaña desde el nacimiento, el germen de nuestra destrucción que…

Mierda, ¿qué era aquello? Claridad, concentración… ¿Dónde estaban?

Empezaba a hacerme una idea de lo que sería vivir con ella. Dudaba que mis nervios resistieran. Por otro lado, tampoco era un ejemplo para nada, así que…

–Debe ser agotador mantener esa perspectiva o…

–No es difícil, si tuviera corazón tal vez lo sería, pero sólo están las sombras.

–¿No hay momentos en los que le canse…?

–A veces, es entonces cuando leo otras cosas, cuando necesito escapar de mí misma, pero sólo es por un momento.

Al menos se cansaba ser ella misma. Aunque fuera un instante. Ya me recordaba un poco al cabrón de su hermano mayor.

Quizá ya tenía mi pequeña grieta.

–¿Cuándo desea escapar de usted misma?

–Suspiro.

Al fin.

Pero de ahí que se decidiera a responder…

Perdí la paciencia cuando llegué a cien. No había mencionado el silencio entre sus gustos. O le gustaba demasiado y había olvidado mencionarlo o no le molestaba o sencillamente no le daba importancia.

Ella alcanzaría la mayoría de edad si no guiaba la conversación a mi modo.

–Lucy, cuándo…

–Supongo que es mejor asustar a mis hermanos que recordar que algo así suele pasar porque han olvidado mi presencia.

Mi bendita grieta. Si ésta hubiera tenido forma, la habría besado. Quizá no resultara tan disparatado creer que no tendría que pasar de una sesión. Nada tan disparatado como la ilusión de que al despertar, nuestra vida tendrá más sentido que el día anterior, esperanza vana que…

¡Dios! No, no de nuevo. Por qué tenía que pensar…

–Mis hermanos olvidan mi presencia o quieren olvidarla, si tuviera corazón supongo que le daría más importancia, pero he aprendido a ver en ello una ventaja, así consigo asustarlos.

–Ahora mismo…

–Es el precio de vivir inmersa en las sombras, los demás se apartan y se debe aprender a sobrellevar la soledad.

Mierda. De pronto, sentía que no tenía ánimos para nada. De pronto, vivir me parecía un exceso al que estábamos acostumbrados, sabiéndonos inmersos en la profundidad de un bucle infinito que…

Carajo, otra vez no. Se me estaba escapando de las manos… hacía bastante de eso, ¿cuánto había tardado en percatarme?

–Al final del día, a mis hermanos les resulta más cómodo mantenerse apartados, es mejor así, en las sombras no muchos desean internarse, le temen a lo desconocido.

Un minuto más y tendría que diagnosticarme a mí mismo con depresión. Eso o empezaba a pensar seriamente en visitar un cementerio de noche. No me habría extrañado encontrarme a la chiquilla en el camino.

–Sigue siendo su familia, Lucy, ¿no le gustaría acercarse un poco más a ellos?

–¿Qué sentido tendría?

Sí, ¿verdad? ¿Quién querría acercarse a semejante campo minado? ¿Quién iba a desear exponerse a diario a perder la paciencia y a sus irremediables consecuencias? Alguien saldría lastimado, tal vez más de alguien, pero… ¿Qué carajos iba a perder Lucy?

Tal vez la chica ocultaba más de lo que se atrevía a reconocer. Tal vez, sólo tal vez, resultaba más cómodo aparentar esa indiferencia en el entorno. Más teniendo en cuenta semejante entorno… por explicar lo inexplicable… por darle sentido a una etapa…

Por considerar seriamente correr hacia la ventana y lanzarme de cabeza de una vez, para qué seguir adelante con…

No. No. Podía ser peor. Tenía que serlo. Ahí estaba mi vecino abogado. Lo había dejado llorando en su oficina… ¿Qué podía ser peor que eso?

Haberlo provocado. Cierto. Yo lo había provocado. De qué servía…

No. No lo había provocado. Sabía de quién se trataba. Sabía quién era y tenía que cerrar el asunto. La ventana tendría que esperar.

Cualquier cosa. Cualquier cosa que contrarrestara la presencia… la influencia de Lucy. ¿Sentirían lo mismo sus hermanos? Tal vez eran más fuertes que yo… tal vez Lucy y yo no éramos tan diferentes…

¡No! ¡Todo menos eso! Quizá fuera mejor… aferrarme a algo… a alguien…

Vamos doc, no todo se trata de trabajo.

Oh carajo, cambio de planes, ¿en qué estaba? Ah, sí. La ventana. Mucho mejor.

–Lucy, vamos… no puede vivir sola…

–Estoy sola todo el tiempo, doctor.

–Lo sé, pero…

–La oscuridad y yo somos uno, la luz es innecesaria…

–Pero no puede pretender… apartar a su familia…

–Ellos me apartan.

–Tal vez usted esté haciendo lo mismo.

–Si tuviera corazón, me importaría.

–Sí lo tiene.

–No es cierto.

–Tiene corazón.

–Está equivocado.

–Si no lo tuviera, no le importaría que ellos se alejaran.

–Ya se lo he dicho, no tengo corazón, si lo tuviera, me importaría todo esto.

–¿Y por qué me ha hablado de esto si no le importa?

–Suspiro.

Aquella placentera sensación de relajo que creía haber olvidado… aquella ensoñación… aquella absurda satisfacción que parecía tan cercana al descanso… ¿Así se sentía el alivio? No podía hacer tanto de la última vez… a menos que la influencia de esa chica me hiciera olvidar todo lo bueno…

–No es un problema tener corazón, Lucy.

Cómo no.

–Vivo en la oscuridad, doctor, la idea es contradictoria.

–Contradictoria o no, tiene más sentimientos de los que cree.

–No lo creo.

–Es inevitable si acepta que tiene corazón.

–¿Qué se supone que haga con los sentimientos? ¿Olvidarlos?

–¿Se siente capaz?

–¿Es posible?

Iba a responder. Iba a responder cuando recordé más que lo que hubiera deseado. Por suerte, el móvil estaba apagado. Si acaso había recibido algún mensaje, éste tardaría lo suyo en manifestarse. Daba igual. Recordaba cada palabra. Las propias y las ajenas. Y comenzaba a desesperarme.

–Es más humana de lo que cree.

–Entonces no es posible.

–¿Qué tendría de malo ser más cercana a su familia?

–No sabría cómo hacerlo, ellos huyen de la oscuridad.

–Y usted también de vez en cuando.

–Así es como soy, no dejaré de ser quien soy por los demás.

–¿Aunque eso implique temerle a sus sentimientos?

No tenía idea de dónde había salido eso, pero pareció surtir efecto. La muchacha bajó la cabeza. Apenas un pequeño movimiento. Apenas perceptible. Tratándose de ella, hasta entonces estatua de carne, podía considerarse el mayor triunfo. En realidad, tratándose de ella, cualquier cosa que rompiera la monotonía podía considerarse un logro.

–Tener sentimientos significa sufrir más, tener sentimientos implica temer, temerle a la muerte es…

–¿Le teme a la muerte? Vieja historia que al final nunca pierde la novedad –no recordaba dónde lo había leído, pero bastó para crear una curva apenas perceptible en sus labios.

–La vida es sufrimiento, doctor, tener sentimientos amplifica ese dolor.

–¿Y para qué toma en serio la vida? ¿Saldrá viva de ella?

La curva creció un poco más. Lo necesario para ser perceptible a simple vista. Sin separar los labios. Sin variar mayor cosa el resto de la máscara.

–Ja ja ja.

Una risa de tres sílabas. Tendría material para presumir ante mis colegas en futuras reuniones cuyas invitaciones no tardaría en rechazar. Por lo pronto, me bastaba con una ligera alza en la temperatura al tiempo que la luz parecía recuperar parte de su territorio. Incluso la chica parecía menos estática que al comienzo.

–Luan tenía razón, usted es muy divertido.

Teniendo en cuenta los parámetros establecidos por Luan en lo referente a diversión, no estaba del todo seguro si podía considerar aquello como un halago o una crítica destructiva. Me bastó con ponerme de pie, siendo imitado por mi paciente. La chica seguía siendo ella misma, pero menos… ¿Ella misma? Al menos notaba la diferencia. No percibía el cambio en el clima ni el sinsentido de la vida. Correr hacia la ventana, por otro lado, no tenía nada de extraño a esas alturas.

–Hablar con usted ha sido lo más cercano a algo interesante que he vivido.

Tal vez pedía demasiado esperando una inmediata evolución.

–Sigue siendo joven, vivirá cosas más interesantes a futuro.

–Lo dudo, pero gracias por intentarlo doctor.

Me dejó solo. Con un ligero portazo. Como todos. ¿Así que a eso se reducía todo? ¿A un jodido intento? Bueno, la había hecho reír… ¿Y qué? Nadie me iba a dar una medalla por romper… qué decía, agrietar su coraza. ¿Y qué si me la daban? Tampoco es como que fuera a servirme de mucho semejante reconocimiento.

Me habría servido más la tarjeta… la tarjeta que nunca mencionó ni me mostró… ¿Y para qué si mi dirección ya debía de estar adherida a la cabeza de quienes ya habían pasado frente a mí? Mismo que ya habían divulgado el dato… ¿Seguiría así?

–Te tomó un rato, ¿eh?

Sólo cuando la oí me supe de espaldas a la puerta. Dejé escapar el aliento. No podía ser cualquiera de las otras hermanas. No podía siquiera ser el hermano (tal vez temía acercarse a mi puerta después de lo que había provocado y lo hacía con justa razón). No, tenía que ser ella, con su voz ligeramente ronca, burlona toda ella, transmitiéndome la tensión y tantas, tantas otras cosas…

–Como bien sabrá, me tomo mi tiempo.

–No puedo decir que tenga esa seguridad.

–¿Y ahora qué hice?

–Apagaste el móvil, ¿verdad?

La madre que me… no tenía cómo saberlo. ¿Desde cuándo Luna era tan perceptiva? No, ¿desde cuándo me preocupaba tanto cuanto tuviera que ver con ella? ¿Desde cuándo ella tenía tantos efectos sobre mí?

–Tal vez –me atreví a mirarla de refilón. Su sonrisa no era la reacción que esperaba. En realidad, nada en ella parecía ser lo que esperaba.

–Si querías que te visitara, me lo hubieras dicho y ya.

Cierto. Y no podía decir que lo hubiera olvidado. Quizás en el fondo quería…

¿En serio? Ridículo.

–Algo me dice que Lucy podría haber venido sola.

–Ah, sabes que a veces hay que asegurarse –razonable, pero una mentira de las grandes viniendo de ella.

–Luna, le agradecería…

–Este viernes habrá un concierto de SMOOCH.

–Tengo compromisos.

–¿Los acabas de inventar?

Al fin había conseguido borrar la sonrisa burlona de su rostro. Sin embargo, no estaba del todo seguro que su seriedad fuera un cuadro que quisiera enfrentar.

–¿Tanto miedo te da verme fuera de tu consulta?

–No soy el tipo de personas que hace horas extras.

–Entonces no debiste contestar mis mensajes desde el principio… ni haberlo hecho todos estos días.

–Entonces habría venido y habríamos vuelto a lo mismo.

–Pero no estaría tan segura como lo estoy ahora.

–¿Segura de qué?

–De que piensas en mí.

Podría haber respondido de mil formas. Quedarme en blanco era la opción menos pensada. Misma opción que terminó por concretarse. Y el cabrón de mi cerebro me dejó a solas con la muchacha, más seria de lo deseado y en el momento menos oportuno. Muchacha. La única palabra a la que me aferré. Lo que era. Para convencerme de mis propias decisiones.

–Deje de soñar despierta y lárguese.

Cualquier reacción de su parte me habría parecido lógica. Cualquiera menos volver a sonreír antes de abrir la puerta. Como si a esas alturas no tuviera suficiente con la tensión que me adhería a mi sitio…

–Cuando conocí a mi ídolo supe que ningún sueño es imposible –ni falta hacía subrayar las palabras, lo cual concretó guiñándome un ojo antes del portazo final.

No quería abrir la boca. No más de lo necesario. No quería quedarme en blanco y parecer un estúpido. Ante ella era sencillo. Y me pasaba eso desde…

No se parecían del todo. Sólo en lo necesario para hacerme quedar en ridículo. Cómo podía ser que tuviera razón…

Saber que me lo había buscado no ayudaba demasiado. Que no me desprendería de ese guiño con facilidad, tampoco. Que en este caso, no podía cargar a Lincoln con toda la culpa, mucho menos. Seguía siendo más heroica su vida que la mía. Resistiendo todos los días con semejantes muchachas…

Yo con una dentro de mi cabeza ya tenía bastante. ¿Cuánto tardaría en diluirse?

Jodido Lincoln, con todo y su heroísmo. Tal vez conviviera más con ellas, pero al menos disponía la libertad de responderles. Algo debía de beneficiarle cierta igualdad de condiciones.

Jodida familia Loud. Y jodida Luna. ¿Qué me había hecho?

Podía ser peor. Tenía que ser peor. Podía ser mi vecino abogado. Y qué bueno que lo recordaba, tenía que arreglar el desaguisado que lo tenía llorando, lo que significaba hacer una llamada a Japón.