VII

Killer queen

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Sakura atendió la puerta cuando sonó el timbre a las siete en punto y no se sorprendió al encontrar al tesista de Fujitaka en el umbral.

—Pasa. Fujitaka ya casi está listo.

Shaoran la analizó sin mucho disimulo mientras se descalzaba en la puerta. Le habían informado que se trataría de un evento formal, por lo que había sacado el único traje que había llevado consigo hasta Japón, pero Sakura vestía un pantalón casual y una blusa de manga larga y cuello de tortuga. Tenía prácticamente la misma apariencia con la que la había conocido, a diferencia del cabello, atado esta vez en una cola de caballo baja.

—¿No irás con nosotros?

Sakura le devolvió una mirada extrañada.

—Sí.

—¿Y no te vas a arreglar? —preguntó, mirándola de pies a cabeza. Lo que menos deseaba era tener que esperar a una adolescente que no sabía medir sus tiempos para alistarse. Odiaba llegar tarde a cualquier parte—. Si no te das prisa, vamos a…

—Estoy lista —ella lo dejó en el recibidor y fue a la cocina a servirse un poco de agua. Shaoran la siguió.

—Es un evento formal, ¿no te dijeron? —la vio asentir con la misma falta de interés.

—Lo sé, pero eso no tiene nada que ver conmigo.

Era esa actitud nefasta lo que no podía soportar.

—Eres su hija.

—No lo soy. De cualquier forma, la manera en la que yo me vista no tiene por qué afectar su trabajo. Si otros no pueden entenderlo, entonces no es mi problema —Sakura terminó su vaso sin ofrecerle uno al visitante y luego se entretuvo en limpiarlo.

Los Kinomoto nunca se habían metido con su manera de vestir. Ellos jamás le comprarían ropa que no eligiera por sí misma, eso había quedado claro desde un inicio. Nadie volvería a decirle lo que tenía que usar o cómo tenía que verse. Nadie volvería a llamarla "linda" ni "zorra" por cumplir con una imagen impuesta por un tercero. Nadie volvería a darle un conjunto "bonito" que no había pedido, ni obligarla a usarlo. Nadie volvería a culparla por un "regalo" recibido. Nadeshiko conocía sus reservas al respecto y había hecho un trabajo estupendo dejándola en paz. ¿Qué diablos tenía que venir a meter las narices un sujeto que sólo buscaba lamerle el culo a Fujitaka?

Era imposible, concluyó Shaoran. Ahí estaba nuevamente esa mirada fría y la actitud intransigente. Decidió dejar de pedirle un poco de sentido común a una niña caprichosa que no comprendía las normas más simples de etiqueta. En su lugar, salió al pasillo en cuanto escuchó al profesor bajando las escaleras.

—¡Hola Li! —le saludó él, alegre como siempre—. Perdona la tardanza. ¿Listo para irnos? ¿No deseas un poco de agua?

—Estoy bien, muchas gracias.

—Excelente. ¿Lista, Sakura? —preguntó al verla aparecer detrás del otro. Sakura asintió y los tres tomaron sus abrigos.

Nadeshiko bajó las escaleras para despedirlos y Fujitaka prometió tratar de regresar temprano. Dicho esto, los tres abandonaron la casa Kinomoto en el auto azul del profesor con destino al museo.


Tomoyo no recordaba la última vez que había estado en un museo. Tenía la vaga idea de que había sido durante las visitas escolares en la primaria, pero no estaba del todo segura.

Sin embargo, esto parecía todo menos un museo.

Sí, los objetos antiguos estaban ahí; también sus plaquitas metálicas explicando su función, procedencia y época, así como el nombre del donador o prestador, dependiendo el caso. No obstante, las piezas parecían relegadas a sus vitrinas mientras los asistentes se paseaban por las salas saludándose unos a otros y degustando las bebidas y bocadillos que se ofrecían en el salón principal. Tomoyo casi se desilusionó de no ver meseros caminando entre la gente con una bandeja plateada en la mano y ofreciendo champaña en copas altas. "Si van a hacer algo tan cliché, al menos háganlo bien", pensó.

—¡Todo es muy elegante! Creí que sólo hacían este tipo de cosas en las inauguraciones de las galerías de arte —habló Sonomi muy en sintonía con los pensamientos de su hija. Nakuru, quien caminaba junto a la silla que Tomoyo empujaba, le guiñó un ojo.

—Muchas de las piezas fueron prestadas por la familia Hiragizawa y algunas son todo un orgullo para papá, así que no se iba a quedar de brazos cruzados y dejar que pasaran desapercibidas. Esto es lo menos que podían hacer, ¿no creen?

Como tantas otras veces, Tomoyo agradeció no tener que abrir la boca para responder.

—¿Eso quiere decir que el señor Hiragizawa estará aquí? — preguntó Sonomi, ansiosa—. Me gustaría mucho conocerlo.

—Espero que alcance a llegar. Creo que tenía una junta o algo así.

—Debe ser una persona muy seria y ocupada.

—En realidad es muy divertido —sonrió Nakuru—. Les encantará conocerlo y él a ustedes.

Tomoyo prefería tener sus reservas al respecto. Quedaba claro que Nakuru veía el mundo demasiado color de rosa.

Siguió escuchando a medias la conversación mientras echaba un vistazo a su alrededor. Aunque se sentía extraña con el vestido que Nakuru le había pedido llevar, tuvo que agradecer no destacar en una reunión tan sobria y formal con la vestimenta casual que había pensado ponerse en un inicio. Eriol, sin embargo, parecía manejarse en ese círculo social como un pez en el agua. Desde que habían entrado al edificio, había sido detenido por gente de todas las edades que le hacían preguntas sobre los orígenes de sus piezas de colección, aunque en su mayoría esos encuentros terminaban en charlas de negocios e intercambio de tarjetas. Ahora mismo se entretenía platicando como un erudito sobre las batallas territoriales en medio oriente frente a una espada y casco que presumiblemente habían pertenecido a un soldado huno.

—¿Sakura? ¡Oh, cielos, qué grande estás!

Se sobresaltó al escuchar la voz de su madre. Al volver su atención a ella, encontró a Sakura de pie frente a Sonomi. Iba vestida con total sencillez, sin parecer preocupada en absoluto por las cosas que Tomoyo había estado pensando apenas un momento atrás. Detrás de ella iba el chico que había visto el otro día y otro señor. Cuando Sakura los presentó, Tomoyo apenas consiguió ocultar su sorpresa al enterarse de que el hombre era el padre adoptivo.

—No sabía que se conocían. ¡Qué pequeño es el mundo! —intervino Nakuru y explicó—. El señor Kinomoto trabaja mucho con Eriol. Además, él y su esposa adoptaron a uno de mis amigos en el orfanato y luego a la pequeña Sakura. ¿Cómo se encuentra Touya?

Debió haberle dicho a su madre sobre la adopción, pensó Tomoyo al ver cómo ésta hacía lo posible por digerir la noticia sin hacer preguntas incómodas. ¿Pero qué podía decirle? Ella misma apenas si sabía alguna cosa. ¿La madre de Sakura había muerto? ¿la había abandonado? No tenía la más mínima idea. Quería saberlo, quería apartar a su amiga a algún rincón y hacerle todas las preguntas que fueran necesarias para aclararlo, pero Sonomi estaba demasiado fascinada y Nakuru extasiada como para dejarla ir.

Shaoran y Fujitaka, en cambio, se excusaron de la conversación para ir a saludar a Eriol y se escurrieron entre la gente. El primer acercamiento fue infructuoso: aunque lograron hacer contacto visual con Eriol, éste estaba dando una entrevista a un periódico local y ellos no quisieron interrumpirlo. Decidieron dar una vuelta y revisar algunos de los objetos en exhibición. Shaoran se había mostado particularmente interesado en una estatuilla de Camboya, por lo que Fujitaka le estaba hablando sobre una expedición que había realizado a aquel país cuando Eriol los encontró, casi media hora después.

—Me sigue impresionando la cantidad de lugares que ha visitado, profesor Kinomoto —dijo al alcanzar a escuchar una fracción de la conversación. Fujitaka, humilde, sonrió.

—Soy afortunado por mi trabajo, no me quejo, pero no creo conocer más lugares que Hiragizawa a su corta edad.

—Yo soy sólo un aficionado —Eriol se puso frente a la estatuilla que los otros dos habían estado observando—. Viajo como un turista común y corriente. Mi padre es el verdadero coleccionista: él trata de conocer cada lugar y contexto a fondo. Le gusta financiar excavaciones sólo para poder estar presente en el momento en que algo sale a la luz después de pasar cientos o miles de años enterrado.

—He escuchado al respecto —entonces Kinomoto se dirigió a Shaoran—. Pero el padre de Hiragizawa no es tan frívolo como puede parecer. En realidad es un hombre muy altruista. Dicen que es implacable en los negocios, pero sus donaciones mantienen investigaciones científicas importantes, además de orfanatos y hospitales. Por cierto… —miró a su alrededor—, ¿no vendrá hoy?

—Sí, aunque… —Eriol imitó a Fujitaka y paseó la mirada por el salón. Vio a Sakura y Tomoyo alejándose de Sonomi y Nakuru para buscar algo de comer—. ¡Ah! Su hija vino con usted. Me alegra que haya aceptado mi invitación. Tomoyo debe estar feliz de verla.

—Gracias por invitarla —Fujitaka vio a la otra chica escribir algo en una tableta mientras Sakura le hablaba—. ¿De dónde conoces a la señorita Daidouji? Su madre y ella parecen conocer a Sakura desde hace tiempo.

Shaoran frunció el ceño. ¿El profesor no sabía nada de esas mujeres?

—La conocí en los suburbios. Ella y su madre la estaban pasando mal y la señora necesita una operación, así que me ofrecí a ayudarlas un poco. Ahora están viviendo en mi casa —explicó, anticipando que sería contraproducente mentir si Sakura les contaba algo de su relación con Tomoyo, de la cual él mismo sabía prácticamente nada—. Aunque me gustaría que esto no se hiciera público por la privacidad de las dos mujeres, si es que me entienden…

—Tienes razón. No te preocupes, no diremos nada, ¿verdad Li?

—Cierto —Shaoran observó a las dos jóvenes y vio a alguien pasar a su lado haciendo señas a la tal Tomoyo. Ésta lo miró un instante y regresó su atención a Sakura. No obstante, en todo el rato desde que la había visto con las otras mujeres, la chica de cabello oscuro no había abierto la boca.

—Me parece curioso que…

—Perdón —interrumpió a Fujitaka y se dirigió a Hiragizawa—, ¿la señorita Daidouji tiene algún problema del habla?

—Sí, pero no de nacimiento —aclaró Eriol a sabiendas de que Sakura, ajena a su trato con Tomoyo, podría contradecirlo en cualquier instante—. Parece que sufrió una enfermedad hace algunos años y perdió el habla.

—La chica sin poder hablar y la madre sin poder caminar —analizó Fujitaka—. Tenías razón al decir que la estaban pasando mal. Eres muy amable al ayudarlas de esa manera, Hiragizawa. Cada día te pareces más a tu padre.

—Gracias, pero aún me falta mucho…

—En realidad, yo estoy de acuerdo con el profesor.

Al escuchar una cuarta voz en la conversación, Shaoran se volteó para encontrarse con un hombre alto y de buen porte. El parecido con Eriol le dijo todo lo que necesitaba saber y que Fujitaka confirmó a continuación:

—¡Señor Hiragizawa! Llegué a pensar que no vendría. Li, te presento a Hiragizawa Clow, el padre de Eriol. Señor Hiragizawa, él es mi alumno: Li Shaoran.

—Un placer —Clow sonrió y apenas le dio tiempo a Shaoran de hacer una inclinación antes de volver a dirigirse a Fujitaka—. No podría perdérmelo por nada, profesor. Presté algunas de mis piezas favoritas y quiero saber qué opina el público sobre ellas. Además, no podía resistir la curiosidad de conocer a esa jovencita de la que tanto hablan mis hijos —observó junto con los otros a Tomoyo lidiando con la tableta para escribirle algo a Sakura—. Nakuru está fascinada con ella. Es una lástima que la pobre no pueda hablar…

Había algo en la sonrisa amable y cortés de ese sujeto. Shaoran no atinaba a saber de qué se trataba, pero no percibía en él la misma naturalidad que veía en el señor Kinomoto.

—¿Y cómo ha estado la pequeña Sakura? —preguntó Clow de pronto—. Veo que ha crecido mucho. Ya es toda una señorita.

—Muy bien, gracias. Le encantan los animales y está trabajando en una pensión. Nadeshiko dice que podría terminar interesándose en estudiar veterinaria.

—Si su esposa lo dice, entonces probablemente así será. Nadie conoce a la pequeña Sakura como ella.

—Bueno, sí —Fujitaka se acomodó los lentes sobre la nariz—. Sakura sólo se abre con ella.

—Es natural. Después de todo, fue ella quien la salvó.

¿Salvarla? Shaoran frunció el ceño. ¿La chica había sido rescatada? Bueno, eso podría explicar la fijación enfermiza que tenía para con sus padres adoptivos y esa manera de actuar que parecía como si estuviera en deuda con ellos, aunque al mismo tiempo era algo contradictorio con otras actitudes que había notado en ella. Si estaba tan agradecida, ¿cuál era su afán en aclarar una y otra vez que los Kinomoto no eran su familia? Cualquiera en sus cinco sentidos entendería que aquello haría sentir mal al matrimonio que le había abierto las puertas.

—Es una gran chica, profesor —continuó el señor Hiragizawa—. Si ustedes no hubieran insistido en su adopción desde un inicio, probablemente la habría llevado yo mismo a casa. Tiene muchos talentos ocultos…

Shaoran no podía evitar sentirse incómodo cada vez que ese hombre sonreía. No era como si su sonrisa fuera desagradable. Al contrario, pese a ser un hombre exitoso y bien parecido, Clow no destilaba ese aura que tienen las personas que se creen dueñas del mundo. Daba la impresión de ser un hombre de buena cuna y amable; sin embargo, había algo en su expresión que no brindaba armonía al cuadro… o quizá sólo lo hacía en exceso.

—No estaría mal una hermana menor —continuó Clow, hablándole a Eriol esta vez—. ¿No lo crees, Eriol? ¿Qué te parecería?

Eriol soltó una risa.

—A veces siento que tengo una con Nakuru.

—Bueno, ése es el privilegio de las mujeres: pueden jugar con su edad a placer. Si quieren parecer menores o mayores, lo hacen. Es su engaño favorito —Clow le guiñó un ojo a Fujitaka y regresó su atención a su hijo—. ¿Cuántos años tiene la señorita Daidouji?

—Diecinueve… dice.

—¡Dice! —los dos hombres mayores rieron. Shaoran se disculpó para ir por algo de beber.


Sakura echó un vistazo hacia Sonomi y Nakuru, a quienes Fujitaka, Shaoran y los dos hombres Hiragizawa habían alcanzado un cuarto de hora atrás. Desde entonces, las miradas esporádicas hacia donde estaban Tomoyo y ella no habían cesado. Ambas sabían que, para bien o para mal, formaban parte del tema de conversación, pero la reacción de su amiga al enterarse de que aquel hombre era el padre de Eriol había sido suficientemente indiferente.

Por supuesto, Tomoyo tenía sus propios asuntos para preocuparse, pensó Sakura.

—Y con esa operación… ¿de verdad podrá volver a caminar? —preguntó finalmente.

Los silencios se habían vuelto cada vez más prolongados desde que habían empezado a hablar de Sonomi. Tomoyo respondía a sus preguntas diligentemente, tomándose su tiempo para escribir y evitando perder tiempo con los rodeos que suele dar la gente al hablar. Era Sakura quien dudaba al llevar la conversación por aguas inciertas. Aunque agradecía llevar la batuta y no tener que responder un interrogatorio sobre su propio pasado, cada vez le causaba más conflicto seguir hurgando en la vida de su amiga.

"Sí."

Esta vez Tomoyo no había necesitado escribir nada. Su movimiento de cabeza fue tan frenético e inmediato que Sakura no quiso ponerlo en duda. Si Tomoyo lo creía con tanta desesperación, ella también podía hacerlo.

—¿Está bien si voy a visitarla al hospital?

Tomoyo ya había soltado otro "sí" con la cabeza antes de que Sakura pudiera entender por qué había preguntado aquello. Esta vez comenzó a escribir algo en la tableta.

"¿Puedo visitarte también?"

Sakura dudó antes de confirmar si había entendido bien:

—¿A casa de los Kinomoto?

Tomoyo asintió otra vez.

"Me gustaría conocerlos. ¿Eres feliz con ellos?"

Feliz, con sólo cinco letras,era una palabra demasiado difícil para Sakura. Ni siquiera estaba segura de comprender un concepto tan subjetivo. ¿Qué significaba? ¿Cómo podía medirse? ¿Era la risa una expresión válida de felicidad? De ser así, Sakura no recordaba la última vez que lo había hecho. No es que no quisiera estar con los Kinomoto. En realidad, no podía imaginarse cohabitando con otras personas y dudaba que existiera una familia que la comprendiera e hiciera tantas cosas a cambio de nada. Era precisamente eso lo que le daba la certeza de que alguien como ella nunca podría compensarlos.

La mirada de Tomoyo había cambiado al ver su titubeo. Sakura desvió la mirada y metió ambas manos en los bolsillos de su pantalón.

—Oye, el profesor quiere saber si estás lista para ir a casa —las interrumpió una voz. Se trataba del joven Li, quein no parecía preocupado de meterse en medio de una conversación que quizás no parecía tal con el silencio que se había alzado entre ambas.

—Está bien, voy enseguida —Sakura se dirigió entonces a Tomoyo—. ¿Cuándo la operan?

"El viernes."

Era muy pronto. Tomoyo lo vio en la expresión de Sakura. Ella, al contrario, esperaba que no fuera muy tarde, pero no hubo tiempo de escribir eso, ya que la otra había comenzado a alejarse.

—Tomoyo… —Sakura se detuvo de pronto y regresó sobre sus pasos para verla de frente—. Todo saldrá bien.

Aunque lo dijera, ni siquiera la misma Sakura podía creerlo por completo, o quizá era precisamente ésa la razón por la que lo tenía que decir en voz alta. Simplemente no confiaba en que algo pudiera salir bien sólo con buenas intenciones, no obstante, esta vez quería creer que podía ser así.

Tomoyo consiguió asentir con la cabeza antes de verla marcharse detrás del otro. Una vez sola, volvió a guardar su tableta en el bolso; se dispuso a buscar a su madre y a Nakuru cuando fue interceptada por una mujer de flamante cabello rojo con una copa de vino tinto entre los dedos.

—Perdón, estoy buscando a mi acompañante. ¿Has visto a un hombre con barba y cabello castaño?

Tomoyo negó con la cabeza.

—¿Dónde se habrá metido? —la mujer hizo un mohín y suspiró. Su rostro, aún compungido, parecía una escultura de vértices afilados—. Dime, ¿estás ocupada? ¿Te importaría ayudarme a buscarlo?

Vaya si le importaba, pensó Tomoyo. Pasó la mirada rápidamente por el salón para ver si veía al sujeto de una buena vez, pero no lo consiguió. Suspiró y se encogió de hombros.

—Gracias, estoy segura de que así será más fácil —la mujer sonrió y la tomó del brazo, tirando de ella para hacerla andar a su lado—. ¿Vienes sola? Si no me equivoco, te vi con Nakuru hace rato. ¿Ella te invitó?

Tomoyo meneó la cabeza.

—En ese caso… ¿fue Eriol?

Era la única persona —además de Nakuru— a la que había escuchado llamar a Eriol por su nombre. Tomoyo se preguntó si sería otra Hiragizawa. Esta vez asintió con la cabeza y supuso que, después de todo, no le quedaría otra opción que sacar la tableta.

—Veo que no hablas mucho, así que no te quiero incordiar demasiado… ¿me puedes decir tu nombre?

Con un suspiro, Tomoyo finalmente sacó el aparato del bolso y soportó la mirada confundida de la otra mientras tecleaba su respuesta sobre la pantalla.

"Daidouji Tomoyo."

—Mucho gusto, Tomoyo. Mi nombre es Mizuki Kaho —dijo tras superar la sorpresa inicial—. Perdona, ¿no puedes hablar? —esperó por la negación de Tomoyo y sonrió con una amabilidad que casi podía tocarse—. Bueno, en ese caso no te puedo decir que me llames simplemente Kaho, supongo.

Tomoyo no hizo gesto alguno.

—¿Hace mucho que conoces a Eriol?

No. Tomoyo meneó la cabeza.

—Sin embargo, vives en su casa.

Sí. Un momento, ¿cómo lo sabía? Apenas unos minutos atrás le había preguntado si era amiga de Nakuru. Tomoyo detuvo su paso y Kaho la imitó.

—Por lo que veo, Eriol no te ha hablado de mí, ¿cierto? —sonrió Kaho y su gesto dulce comenzó a darle la misma mala espina que solía darle la expresión astuta de Eriol—. Bueno, no lo puedo culpar, considerando que te está usando para olvidarme.

"Ya te lo dije: cada vez que te oigo cantar simplemente olvido algunas cosas en las que me gustaría no pensar"

De manera que todo había ocurrido por obra y gracia de esa mujer. Y ya que Eriol parecía más que dispuesto a no tocar el tema en su intento por "olvidar", Tomoyo consideró justa la oportunidad de saber más de boca de la misma Kaho.

"¿Ocurrió algo entre tú y Eriol?"

Como lo había esperado, Kaho pareció satisfecha con haber despertado su curiosidad. No le sorprendió que esos dos hubieran tenido una relación.

—Estuvimos saliendo un tiempo. Fue una buena relación, ¿sabes? A pesar de ser tan joven, Eriol es mucho más maduro que muchos chicos de su edad. Además es muy bueno en la cama, aunque eso probablemente ya lo sabes… —le guiñó un ojo.

Tomoyo dudaba seriamente lo primero y no le interesaba averiguar lo segundo. Su respuesta fue un asentimiento de cabeza, invitando a la otra a continuar. Kaho pareció contrariada por su indiferencia.

—En fin, todo iba bien hasta que decidió pedirme matrimonio en Navidad —suspiró con congoja—. ¿Sabes? Quiero mucho a Eriol, pero no puedo atarme a una persona de esa manera. Creí que nuestra relación estaba clara: salir, divertirnos, tener conversaciones interesantes y un poco de sexo. En todo eso Eriol es un chico fascinante. Su único error fue amarme.

Tomoyo sabía muy bien lo que intentaba hacer Kaho con esa conversación, aunque estuviera fallando de una manera tan magnífica. Su última frase le había sonado al argumento de una película dominguera. Incluso la fingida zozobra estaba pésimamente actuada.

Mientras la escuchaba hablar, le iba costando más y más trabajo no reírse en su cara. Tenía que concederle que su aproximación y la manera de abordarla habían logrado el elemento sorpresa y tenían todas las ventajas de haberla tomado con la guardia baja. También estaba el hecho de que ella no sabía nada de Kaho, en tanto que ésta parecía estar bien informada sobre ella. O al menos eso era lo que Kaho debía pensar, de lo contrario no intentaría algo tan inútil con una prostituta que había tomado parte en toda clase de riñas y discusiones con mujeres de la baja vida que se tomaban sus papeles en serio.

Tomoyo se tomó su tiempo para teclear algo que mostró con gesto ingenuo a la otra.

"¿Qué harías si Eriol mantuviera sus intenciones de casarse contigo?"

—Lo siento, no quiero incomodarte hablando mucho sobre el tema. Debe ser terrible para ti saber que él está enamorado de alguien más.

Tomoyo volvió a levantar la pantalla con el mismo mensaje, insistiendo. Kaho suspiró como quien no quiere la cosa.

—Bueno… supongo que… ¿qué debería de hacer? Entiendo que él me ame, después de todo es un chico muy noble y a su edad, por más maduro que sea, la ilusión del amor es…

Tomoyo siguió pensando que esos dos tenían suficientes cosas en común, empezando por que a ambos les gustaba manipular a otros como peones de ajedrez para su entretenimiento. Estaba claro que lo único que la mujer quería era tener a Eriol como una mascota lamiendo su mano por cuestión de ego. De hecho comenzó a preguntarse si el otro en realidad no estaría más herido del ego que del corazón. ¿No habría sido un duro golpe para alguien tan calculador y engreído haber sido rechazado de esa manera?

Tal para cual.

El gesto inocente de Tomoyo desapareció cuando le mostró la siguiente frase a la pelirroja:

"Pudiste haber hecho feliz a Eriol. Probablemente aún puedas hacerlo."

La sorpresa de Kaho fue imposible de fingir pese a que hizo su mejor esfuerzo por mantener la compostura y Tomoyo casi pudo ver el momento en que tiraba la máscara de la sonrisa condescendiente a un lado. Notó por primera vez sus ojos dorados cuando éstos se clavaron fijamente en ella, intentando escrutarla. ¿Por qué una "rival" habría de darle semejante apertura a la ex de su actual amante cuando ésta estaba claramente provocándola? Tomoyo no hizo gesto alguno cuando vio la sombra de Eriol deslizarse por la pared detrás de Kaho.

—Tienes razón, puedo hacer con Eriol lo que quiera. Puedo hacerlo regresar con tan sólo tronar los dedos. Él no puede alejarse tan fácilmente de mí aunque lo rechace. Tú lo sabes —señaló a Tomoyo con su copa antes de dar un trago al vino—. Sabes que la única razón por la que estás aquí es porque él quiere demostrarnos a mí y a todos que es capaz de seguir adelante, pero eso no es más que un bluff de su parte. Probablemente te desechará cuando se dé cuenta de que es inútil; él es esa clase de persona y quizá en eso nos parecemos… En realidad todo esto es un poco aburrido, ¿no crees?

Tomoyo no estaba de acuerdo. Al contrario, lo realmente interesante apenas comenzaba. Eriol la estaba usando a su conveniencia como la misma Kaho lo había señalado: para olvidar una relación tormentosa y demostrarle a una mujer que podía vivir sin ella; dos razones que eran una sola farsa, pero la estadía de las dos Daidouji en la casa Hiragizawa y la recuperación de Sonomi dependían de mantener esa farsa. Una vez que pudo entender esto, Tomoyo también comprendió lo que debía seguir: Eriol tenía que necesitarla con la misma urgencia que había sentido a la hora de proponerle un trato tan absurdo, y Kaho era la clave para recordarle ese sentimiento.

¿Desecharla antes de que pudiera cumplir su propósito? Imposible.

Tomoyo había aprendido a fingir muchas cosas a lo largo de su vida. Con la misma experiencia fingió seriedad al escribir su siguiente pregunta:

"¿Nunca lo amaste?"

Kaho entornó los ojos.

—Creí que había sido lo suficientemente clara. No hay manera de que yo pudiera amar a Eriol.

Ahí estaba la expresión que necesitaba en los ojos de Eriol. Por supuesto que él lo había sabido siempre, no era ningún idiota, pero sigue existiendo una gran diferencia entre saber algo y escucharlo de boca de la única persona que te lo puede decir con certeza.

Tomoyo sonrió por un breve momento al mostrarle el aparato a Kaho por última vez:

"Entonces no te molestará que me lo quede."

Sus ojos definitivamente eran dorados, pensó al ver ese destello de orgullo mancillado antes de pasar de ella y dirigirse hacia él, adivinando la mirada de Kaho siguiéndola mientras tomaba el brazo tenso de Eriol, que tardó poco más de dos segundos en reaccionar a su tacto. Seguramente no se había equivocado al adivinar que ambos se habían estado evitando a lo largo de la velada. La expresión de él era la de una piedra mientras la escoltaba hacia la sala siguiente. Una vez fuera de la vista de Kaho, Tomoyo se estiró hasta poder susurrar cerca de su oído:

—Vamos a casa.

Eriol no objetó.


Al acercarse para lavarse los dientes, Shaoran vio que había luz en el baño. De antemano el profesor le había ofrecido quedarse en casa esa noche, previendo que regresarían del museo después del último tren. Aunque habían acordado la fecha de su mudanza para el fin de semana, Shaoran no había encontrado manera de oponerse a pasar la noche en el cuarto que ya había sido dispuesto para él.

Claro que no todos compartían el entusiasmo de Fujitaka por recibirlo en la casa cuanto antes, pensó al ver la mirada hostil que le dirigió la hija desde el espejo. La diferencia entre eso y la chica dócil que había visto en presencia de la mujer de la silla de ruedas era abismal. En realidad, la segunda se aproximaba mucho a la expresión que solía tener con la señora Kinomoto.

—Esa chica Daidouji, no es muda de verdad, ¿cierto?

Aún con el cepillo en la boca, Sakura le lanzó otra mirada irritada a través del espejo. Shaoran se cruzó de brazos en la puerta.

—Uno de los asistentes intentó presentarse con ella en lenguaje de señas, pero tu amiga ni siquiera se dio por aludida. ¿Por qué la farsa? —alzó una ceja—. No me digas que lo de su madre en silla de ruedas también es un engaño. ¿Pretenden la lástima de Hiragizawa?

Sakura escupió y se enjuagó la boca. Se viró para encararlo. Si era posible, su rostro era aún menos amigable que el del espejo un momento antes.

—No sabes nada de ellas, así que mejor cállate.

Sakura salió del baño con la diplomacia de un torbellino y Shaoran tuvo que hacerse a un lado para cederle el paso.

"Ni siquiera notaría su presencia en la casa". Había sonado casi creíble cuando ella le había dado su palabra. Ahora Shaoran lo dudaba aún más seriamente que cuando lo había escuchado la primera vez.

Todavía estaba a tiempo de echarse para atrás. Después de todo, no se había mudado aún de manera oficial. Sin embargo, el Shaoran que lo miraba desde el espejo le recordó que no podría hacerlo sin decepcionar al matrimonio Kinomoto. Poco le quedaba del orgullo y la indiferencia de un Li, pero aún tenía palabra.


Tomoyo podía ver cómo se iba acumulando un silencio chirriante en Eriol mientras éste conducía de regreso a casa, ajeno a la conversación de Nakuru y Sonomi en la parte trasera del auto. Había vuelto a él esa expresión que había encontrado la noche en que se conocieron. Su autoestima se había desplomado al suelo como un avión en caída libre. La necesitaba ahora como aquella noche y ella se encargaría de que así fuera. ¿La pondría a cantar para él por horas en cuanto llegaran a casa? Probablemente agregaría a la velada unos cuantos vasos de ese whisky que guardaba con tanto recelo en su estudio.

Pero, tan pronto como él se despidió de las otras dos y se excusó diciendo que necesitaba hablar un momento con ella en su habitación, comprendió que esta vez no quería un repertorio musical. Eriol cerró la puerta tras de sí y puso el seguro antes de ordenarle que se quitara el abrigo. Tomoyo conocía esa mirada herida y hambrienta. Probablemente era la expresión más humana que le había visto hasta ahora: desprovisto del control y la astucia de siempre, Eriol finalmente había sucumbido a la desesperación.

Ella había acordado no incluir su cuerpo en el trato, pero esta vez era todo o nada. Se deshizo del abrigo y lo colocó en el respaldo de un sillón junto a la cama.

—¿Sólo el abrigo?

Él se abalanzó sobre ella tomando su cintura primero y después sus labios. Era un beso voraz, furioso y dolido. Sus manos la aferraron como garras y sólo cedieron cuando ella le ayudó a quitarse el abrigo sin apartar los labios. Eriol jadeaba y bufaba como un animal entre cada beso, sintiéndola primero sobre la suave tela del vestido y después desnudándola con impaciencia. Tomoyo no ofreció resistencia y, en cambio, se deshizo del traje de él hasta sentir su erección afiebrada contra su vientre. Se dejó arrastrar hasta la cama y se recostó con el peso de él encima. Cuando enterró el rostro entre sus senos y bajó las manos hacia sus caderas ella pensó que tiraría de sus medias para quitarlas del camino, pero entonces sintió sus dedos tocarla por debajo de la tela, estimulándola hasta asegurarse que estuviera húmeda.

"Qué considerado", pensó con sarcasmo y cerró los ojos cuando el aliento de él comenzó a descender por su piel hasta acariciar su sexo. Eriol no se detuvo hasta que ella dejó escapar un suspiro ahogado. Entonces alzó la mirada y se incorporó.

Al menos tenía una pizca de cabeza aún, pensó Tomoyo al verlo hurgar en el cajón y sacar un paquete con envoltura metálica. Con el resto de la ropa desperdigada sobre el suelo, ella se ocupó en deshacerse del collar y lo poco que quedaba mientras Eriol se ponía el condón aprisa. Apenas había alcanzado a quitarse las medias cuando vio su sombra sobre ella nuevamente. Después de la mirada que le acababa de dirigir, creyó que le diría algo, quizá algún juego de palabras astuto como era su costumbre, pero sólo la besó como si quisiera comerse su alma en un intento.

Un instante después la penetró. Tomoyo elevó más las piernas y se dejó sacudir al ritmo de Eriol, rápido y violento desde un inicio. Se concentró en su rostro y observó con detenimiento el tic que aparecía en su entrecejo con cada embestida; sus labios formando una mueca y los dientes apretados. Sus ojos miraban en alguna dirección que le atravesaba la mejilla. No la estaba follando, se estaba desquitando. En realidad, no era a ella a quien cogía, sino a esa pelirroja. Daba igual, en tanto que ella supiera qué hacer…

O eso pensó hasta que los ojos de Eriol volvieron a encontrarla.

—Deja de gemir como una puta, ¿crees que no me doy cuenta cuando finges?

—Soy una puta, carajo, ¿qué esperabas que…?

La bofetada bastó y sobró para callarla. Tomoyo apretó los dientes y vio que Eriol hacía lo mismo. El movimiento había cesado y el golpeteo de sus pieles se apagó. Por un momento, el único sonido en la habitación fue el de sus respiraciones agitadas. Tomoyo sintió el calor palpitando en su mejilla y cerró los ojos mientras inhalaba profundamente. Eriol estaba fuera de sí y eso era porque ella así lo había planeado. Era todo o nada, se recordó. Suspiró y abrió los ojos de nuevo.

—Está bien, si eso quieres no haré un sonido.

—No, tampoco quiero eso —Eriol se llevó una mano a la cabeza y se dio un tirón de cabello—. No quiero que te calles, pero no gimas así.

"¿Entonces qué diablos quieres que haga?"

Hubiera querido cantarle sus verdades en ese instante, pero no podía darse el lujo de hacerlo y arriesgarse a que la desechara. Debía mantener la frente fría y controlarse. Debía ser el consuelo del que él no pudiera deshacerse antes de que ella así lo decidiera…

Alzó el rostro y le puso una mano en la mejilla. Eriol había comprado una muñeca cantarina follable. Entonces Eriol follaría a su muñeca cantarina.

"I read the news today oh, boy!"

—¿En serio? —el gesto de él cambió por completo. Parecía querer guardarse una carcajada—, ¿A day in the life, ahora?

Tomoyo se relajó. Había funcionado mejor de lo que hubiera imaginado. Se encogió de hombros y fingió una sonrisa.

—Fue lo primero que me vino a la cabeza. Además te encantan los Beatles, ¿no?

—Sí, pero… —meneó la cabeza, divertido—, ¿no se te pudo ocurrir algo más…? Mira, eso es lo que yo llamaría un cockblock, ¿entiendes?

Y Tomoyo no podría desear otra cosa, pero esa noche no era lo que más le convenía. Rodeó el cuello de él con ambos brazos y lo miró con autosuficiencia.

—No subestimes a una buena canción.

Tiró de su nuca para hacerlo descender hacia ella. Eriol obedeció con extraña docilidad y Tomoyo elevó el mentón hasta rozar su oreja con los labios. Una vez más recordó la primera noche en que se habían conocido y acarició ese lugar tan sensible que él había confesado tener sin darle importancia: su costado izquierdo.

"I'd love to turn you on"

Eriol se estremeció bajo su tacto y un gruñido nació en lo profundo de su garganta cuando ella aún hacía vibrar el largo "turn" contra su oído. Tomoyo cerró los ojos y dejó que el sonido in crescendo de la orquesta en su cabeza acompañara a las embestidas que Eriol reanudó, esta vez con más vigor. La respiración de él se fue haciendo más entrecortada y la penetración cada vez más profunda, al ritmo de una nota de piano constante e imparable. Para Tomoyo el rayar caótico de los violines fue ahogando poco a poco a la voz en mutis y al resto de los instrumentos hasta que, con un fuerte estremecimiento, Eriol gimió y el piano tronó. Su cuerpo se colapsó sobre el de ella y Tomoyo lo recibió en silencio.

—Voy a mandar hacerte un chequeo general y un examen de sangre —habló él cuando hubo recuperado el aliento, saliendo de ella y deshaciéndose del condón—. No me gusta usar estas cosas.

Sus palabras habían sido demasiado claras. Tomoyo no necesitaba preguntarlo para saber que ésa había sido la primera, pero no la última vez.


La canción del capítulo es Killer Queen de Queen.

Notas de la autora: me quedé sin computadora. Fueron algunas semanas frustrantes, pues hubiera querido actualizar mucho antes e incluso creí que lo lograría para el 3 de septiembre y así celebrar el cumpleaños de Tomoyo con bombo y platillo, pero simplemente no se pudo. Recién hace una semana me dieron la computadora y quienes me siguen por FB sabrán que inmediatamente fui a mi ciudad natal a visitar a la familia y a tomar un vuelo porque a partir de esta semana estoy viviendo en algún lugar perdido en el desierto de Baja California por cuestiones de trabajo.

Fue una semana dura y lo que se viene luce igual, así que no sé cuánta oportunidad tenga de escribir, pero al menos ya tengo computadora.

No comento sobre el capítulo, pero creo que es uno de los capítulos más esclarecedores sobre las personalidades de los 4 personajes principales. Ninguno es un santo y tampoco un victimario por completo. No hay blanco y negro y espero sus comentarios al respecto, ya que supongo que tendrán más de alguno.

Antes de que lo olvide: dejo el fanart del capítulo en FB (Isis Temp) y DeviantArt (IsisTemptation) para quien guste verlo (nota especial: es uno de mis favoritos).

Finalmente, pero no menos importante: agradecimiento especial a mi Beta, que tampoco ha tenido semanas fáciles y sin embargo sigue haciéndose espacio para ayudarme con la historia.

¡Hasta la próxima!