Hola a todos, perdón por la demora, pero estoy de vuelta. A partir de este capítulo serán algunos saltos en el tiempo. En éste será un salto de un año, al momento de la graduación de Alistair, Jane, Madison, Mason y Spencer.
Además, la historia está a punto de terminar, tres capítulos más y estará hecho, ¡pero no teman! El final que tengo planeado (hecho) será uno que tenga felices a todos.
Y por cierto, hoy es mi cumpleaños, así que esto es como un regalo de mí para mí, y para ustedes obviamente. Solo digo :)
Siempre estaré contigo
Desde principios de la semana han empezado a llegar las cartas que dictan nuestro futuro, aquellas que dicen si seremos capaces de abandonar uno de los lugares más aburridos en toda la faz de la Tierra, si seremos capaces de dar un paso mucho mayor en nuestras vidas.
Miro las cartas que quedan en la mesa de centro en la casa de los McCarthy, la que le corresponde a Madison, un simple sobre con un sello postal de California, y las mías; una enviada de Massachusetts y la otra de Nueva York
—¡Vamos Madi, ábrela! —Madison se abalanza sobre los papeles, abre la carta con suma delicadeza y sus ojos viajan por todo el papel. Se detienen a la mitad y su sonrisa se ensancha, se le humedecen los ojos y comienza a hiperventilar.
—¡Sí, lo hice! ¡California, allá voy! —Mason extiende los brazos y la envuelve en un estrujante abrazo. La suelta y yo también la abrazo, realmente estoy feliz por ella. Y estará a una distancia considerablemente lejana de mí y de su hermano, podré ser libre de mi nueva amiga Madison McCarthy.
—Es tu turno, Spens.
Por el entusiasmo que me provoca la buena noticia de Madison desgarro una parte del papel de la carta, pero al desdoblarla y comenzar a leerla no me siento tan culpable por haberlo hecho. Rechazado. No asistiré a la Universidad de Nueva York con Mason.
Arrugo el papel y lo arrojo la chimenea encendida, me desplomo en el sillón y me deslizo tanto que casi estoy por caer en el suelo. Sabía que tenía que mejorar mucho más mis calificaciones, volverme el mejor de la clase para que me aceptaran sin ninguna objeción, realizar montones de actividades extracurriculares para que no dudaran en aceptarme ni un minuto.
Sin embargo, doy un suspiro de alivio y una ligera carcajada lo acompaña. No sé en qué diantres estaba pensando por querer estudiar medicina… ya lo recuerdo, quería el prestigio, y la aceptación total de papá, por pasearme por ahí con una bata blanca, alardeando de todas las cosas que aprendí en mis años de escuela y a todas las personas a quienes le habría salvado la vida.
No, definitivamente no.
En definitiva esa no es la vida que quiero. Además, es medicina, una de las carreras más complicadas y exhaustivas del mundo entero, habría tenido que dejar de hacer muchas de mis actividades favoritas y pasar todos los días con la cabeza enterrada entre libros y laboratorios.
—¿Y? ¿A dónde te ha lanzado tu futuro? —pregunta Madison, sonriente y satisfecha por saber que la consiguió su lugar en la Universidad de California.
—Madison, no lo logró… —responde Mace, el tono de su voz es tan bajo que casi parece avergonzado por el hecho de que no podré acompañarlo en la nueva historia que comenzaríamos en Nueva York, nosotros dos y Alistair.
No puedo creer que haya conseguido entrar a NYADA, Kurt dijo que esa tal Carmen Tibideaux era una bruja sin alma, y que destruiría a Al a tal punto que lograría que no reconociera ni su propio nombre.
—Sí, no lo conseguí —digo, sintiendo que se me acaba el aire. Veo a Mason, encogiéndose de hombros y dar vueltas por la habitación.
—Bueno, todavía no has abierto el otro sobre —dice, mordiéndose la uña del dedo índice.
Miro la carta que está sobre la pequeña mesa, por cada segundo que la contemplo parece que se hace grande y que un extraño brillo emana de ella; está burlándose de mí, como el estúpido cisne de la puerta principal cuando Madison la cierra en mi cara cada vez que estoy aquí pasada la media noche.
Si la Universidad de Nueva York no me aceptó, ¿en qué universo se puede pensar que Harvard va a hacerlo? Digo, es Harvard, la universidad con mayor demanda en todos los departamentos y escuelas que puede ofrecer, el prestigio que tiene es tanto que estoy seguro de que me rechazaron sin siquiera abrir mi solicitud. No soy material para esa escuela, ni para ninguna.
Estiro la mano y tomo el sobre, lo miro y lo ruedo en mis manos una y otra vez. Esto es, éste maldito pedazo de papel va a sacarme de aquí, por las buenas o por las malas. Pero… también va a apartarme de Al y Mace… quizá para siempre.
Mason parece escuchar mis pensamientos, deja de hacer sus estresantes movimientos y se sienta a mi lado, me toma de la mano con fuerza y me dedica una cálida y sincera sonrisa, como si me dijera que todo va a estar bien. ¿Lo estará?
—No estoy seguro de que… —digo, apoyando la espalda completamente en el sillón y soltando el aire en un suspiro.
—Oh, al diablo con esto —exclama Madison, quitando el sobre de mi mano y abriéndolo con suma delicadeza—. Yo me encargo, la tensión me está matando.
Le echa una mirada rápida, sus ojos se agrandan al llegar a la mitad y frunce las cejas, al igual que los labios. Se acomoda en el sillón, cruza una pierna sobre la otra y su expresión se endurece. Me cubro la cara con uno de los cojines del sillón, Mace traza círculos con su pulgar en mi mano y ahora estoy a punto de llorar.
Me quedaré en Lima. Me quedaré a buscar empleo en alguna tienda de autoservicio, o fregando los pisos de la escuela o de alguna biblioteca, me dedicaré a quitar la basura de las calles o a pintar casas, a vender bienes raíces; haré cualquier cosa que papá decida imponerme, porque ese fue el trato. Si no lograba entrar a ninguna escuela tendría que buscar trabajo, sea cual fuese el que encontrara.
—No me digas que… —dice Mace, y su voz apagándose con cada palabra lo dice todo. Comprendo que se dé cuenta que su novio es un idiota, un perdedor, y que no lograré nada más allá de la universidad comunitaria, si la suerte decide sonreírme.
—Sí… —quito el cojín de mi cara, Madison levanta la mirada y comienza a dar saltos en su lugar, la blanca sonrisa no tarda en aparecer—. ¡Lo lograste! ¡Harvard aceptó tu solicitud!
Me levanto como un resorte, le quito el papel de las manos mientras me da palmadas en la espalda y chilla como una rata, como con las que seguro trabajaré en el futuro. Harvard. Beca deportiva. Psicología. Aceptado. ACEPTADO.
Una risa nerviosa sale de mi garganta, me tiemblan las manos y comienzo a llorar de alegría. Jane estaría feliz por saber la buena noticia, si no estuviera ocupada en una cena familiar para celebrar que logró entrar en la Universidad de Michigan. Será una asombrosa veterinaria.
Mason se levanta sin decir una palabra, sube las escaleras tan despacio que casi puedo escucharlo pidiéndome que lo siga. Madison se queda mirando un punto en el vacío, algo que hace cuando la voz psíquica interna que charla con Mason le está diciendo algo.
—Mace está triste —dice, sin apartar la mirada del vacío—. Quiere que subas.
Meto la carta impecablemente en el sobre y lo dejo sobre la mesa, es el objeto más valioso que puedo poseer ahora. Subo dos escalones a la vez para apresurar mi ascenso, la puerta de su habitación está entreabierta. Termino de abrirla y la cierro detrás de mí.
—¿Hice algo mal? —pregunto, apenado. Me quedo recargado en la puerta mientras lo veo temblar y apretar los puños—. Creí que estarías feliz porque…
—Claro que no hiciste nada malo, y estoy muy feliz por ti. No, estoy orgulloso de ti, Harvard realmente es algo casi imposible.
Avanzo para eliminar la distancia que nos separa, pongo mis manos en su cintura y las deslizo hasta que puedo entrelazarlas sobre su estómago. Su cuerpo tiembla por cada segundo que mis manos se mueven por su estómago, pero accede y coloca sus manos sobre las mías.
—Entonces, ¿qué ocurre? —susurro contra su nuca.
—Nueva York, Massachusetts —suspira y mueve la cabeza hacia atrás, de modo que puede besarme en la mejilla y susurrar contra ella—. Son sitios muy distintos, la distancia es muy grande… no creo que…
Lo beso. Mi cabeza se mueve y mis labios se encuentran con los suyos, suspira y una de sus manos se coloca detrás de mi cabeza, la otra sujeta con firmeza mi brazo y su cuerpo se arquea un poco, haciendo que mi cadera choque con la suya. Contraigo los dedos de los pies para no gemir en su cara.
—Todo estará bien Mason, tenlo por seguro —susurro contra sus labios, sin abrir los ojos.
—Spens, ¿no te das cuenta que estaremos en sitios diferentes?
—Sí, estoy plenamente consciente de ello —acomoda la cabeza para no torcerse el cuello, y aprovecho su movimiento para dejar ligeros besos en la parte trasera de su cuello—. ¿En verdad crees que quiero perderme de todo esto? ¿Perderte a ti?
Pongo la barbilla sobre su hombro, recarga su cabeza sobre la mía y soy yo el que comienza a tararear la canción de cuna que él suele entonar cuando estamos en esta misma posición, o cuando alguno está de mal humor o triste.
—Siempre estaré contigo, de un modo u otro voy a solucionar el hecho de que estemos en lugares diferentes —restriego mi mejilla contra la suya y se ríe por lo bajo—. Por eso te prometo que haré mi mejor esfuerzo, daré todo de lo que soy capaz para que mis notas valgan una transferencia y pueda estar contigo en un sitio más cercano. Te lo prometo.
Lo beso en el cuello y suspira sin ganas, lo beso más veces y eso parecer subirle el ánimo, ya que se ríe un poco y se encoge de hombros mientras trata de besarme en la mejilla.
—No vas a deshacerte de mí tan fácil —le aseguro.
—No eres tú el que…
Suelta mis manos y levanto su camiseta, las deslizo adentro y da un salto tan alto que cae sobre mis pies. Su piel es tan suave y tiene un aroma tan delicioso que mis manos llegan rápidamente hasta su pecho, comienzo a acariciarlo y su pulso se acelera cada vez más, los balbuceos no tardan en aparecer.
—¿Qué dirías… si nosotros…? —con cada pausa doy un beso a lo largo de su cuello. Llego a su oreja y apreso su lóbulo entre mis dientes, exhalo y suelta un gemido mezclado con un suspiro—. Ya sabes, llevamos esto a…
Tomo los dobladillos de la camiseta y cuando están a punto de dejar totalmente expuesto su abdomen pone las manos sobre las mías y hace que deje la camiseta en su lugar. Finalmente gira sobre los talones y su tercera pierna es lo primero que choca contra mí.
—N-no… Spens… yo… —bajo la mirada y cuando se da cuenta a lo que estoy mirando se sonroja en extremo, me empuja por los brazos y se cubre el rostro con ambas manos—. No estoy listo…
—Está bien —digo, quitando las manos de sus mejillas y entrelazándolas con las mías. «No debo gruñir, no debo gruñir, no debo gruñir»—. Además, Madison está allá abajo.
—Sí… no creo que quiera escucharme…
La puerta de su habitación se abre, nos quedamos firmes al lado del otro, tan firmes como si perteneciéramos al ejército o algo de ese tipo de cosas. Me tranquilizo al ver los ojos plateados y el largo cabello de Alistair en el marco de la puerta. Su cabello ha crecido tanto que casi le llega a la mitad de la espalda.
—¿Iban a comenzar la noche de películas sin mí? —Alistair se cruza de brazos e infla las mejillas—. Eso no es justo.
—Claro que no, Al —dice Mace, apretando los dientes y fulminándolo con la mirada. Le doy un ligero codazo en las costillas—. Estábamos por comenzar.
—Perfecto, porque traje algunos bocadillos.
—Genial, podríamos estar los tres abajo, y decirle a Madison que está invitada —digo, tratando de aligerar el ambiente.
—Me parece una grandiosa idea. Voy a decírselo.
Sale de la habitación con una sonrisa, cerrando la puerta detrás de él. Mason se coloca frente a mí, me toma por la cabeza y me jala, haciendo que el beso que me da sea agresivo y violento, pero algo que disfruto totalmente.
—Te quiero, Spens… —se aparta y acaricia mi mejilla.
—Te a… —«No, Spencer, ¡NO!»—. Yo también te quiero, Mace.
Me besa en la mejilla, me toma de la mano y bajamos a la sala de estar, la única cosa que ilumina la habitación es el fuego de la chimenea y el brillo de la pantalla plana en la pared.
Me dejo caer en el sillón, Mason pone su cabeza en mi regazo y abraza mi pierna, me pongo a jugar con su cabello mientras Alistair pone la cabeza en mi hombro y recargo la mía sobre la suya. Madison no evita mirarme, rodar los ojos y tragar con fuerza, comenzando a devorar el tazón de palomitas en el sillón individual.
La primera película que aparece es Titanic, ruedo los ojos y hago la cabeza hacia atrás, Al abraza mi brazo izquierdo y suelta un suspiro. Cierro los ojos y reproduzco en mi cabeza la película por veinteava vez. Es la película favorita de Mason, y desde que Alistair se unió a nosotros la vemos casi cada semana que podemos hacer nuestro maratón de películas.
Mi cuerpo comienza a sentirse más liviano, mi respiración se acompasa y no quiero abrir los ojos. Supongo que no me matarán por quedarme dormido un par de minutos, después de todo estoy a punto de memorizar todos los diálogos y escenas.
Togas y birretes del color rojo característico de McKinley, los padres y familiares de todos aquellos que nos vamos a graduar. Amigos y compañeros de clases y de clubes, todos reunidos en el auditorio para celebrar un gran paso en la vida de todo estudiante, que tiene el privilegio de esto: la graduación de la preparatoria.
Después de un emotivo discurso del ahora director, Will Schuester, sobre el viaje que representó traer las artes a las escuelas, todos los conflictos y obstáculos que Sue trató de interponer en su camino pero que pudo vencer, las personas a quienes conoció durante las generaciones del coro que pudo dirigir, las canciones que interpretó y todas las emociones que traían consigo, los buenos deseos para nuestra vida futura y éxito profesional, llega la hora de la entrega de los diplomas.
Varios, yo incluido, apartamos las lágrimas que ésas palabras trajeron a flote, porque tiene razón, y todo eso se ve reflejado en que ahora McKinley es una escuela para las artes.
El director Schuester, el nuevo título que suena tan extraño, comienza a decir nombres de personas de quienes no tengo la más remota idea de quienes sean. La mano de Mason estruja la mía con más fuerza por cada momento que los lugares se van quedando vacíos.
La peor parte viene después, cuando ya tengamos nuestros diplomas y hayamos hecho nuestra celebración final como la generación que se gradúa, cuando Myron haya terminado de dar sus discursos y palabras de motivación, junto con las chaquetas que confeccionó él mismo como regalos.
—Mason y Madison McCarthy —dice el nuevo director.
Le doy un codazo en las costillas, sonríe y se levanta, ahora dándole la mano a Madison y caminando hacia el podio, donde Will les entrega sus diplomas. Se abrazan y los levantan en alto, una victoria más.
Odio tener que marcharme casi de inmediato que todo esto termine, pero la carta de Harvard dice que tengo que solucionar algunos problemas con la beca que solicité, junto con el hospedaje y los horarios. Mace sabe que tengo que irme, la camiseta que dejó empapada de lágrimas ayer lo sabe, pero es algo que ninguna clase de fuerza cósmica podría revertir.
Me habría gustado acompañar a Mason y ver esa gran ciudad, todo aquello que un suburbio puede ofrecer para él, saber en dónde vivirá junto con Alistair, conocer las nuevas necesidades y miedos de ambos. Será un futuro muy extraño para todos.
—Spencer Porter.
Me levanto y camino al podio, estrujo la mano del director Schuester mientras me entrega el diploma, lo pongo en alto y veo a mis padres de pie, aplaudiendo, gritando y con lágrimas en sus ojos. Por el rabillo del ojo veo a Mason, haciendo exactamente lo mismo que ellos.
Me pongo de pie entre Mason y Madison, él no tarda ni dos segundos en darme la mano derecha. Alistair toma mi mano izquierda y me sonríe, me contengo para no besarlos en éste mismo instante, los padres de los tres tendrían un trauma de por vida.
—Damas y caballeros —dice el señor Schue, entregando el último diploma a una chica que no sé cómo se llama—, ¡les presento a la clase de la secundaria William McKinley del año 2016!
Los gritos de euforia se vuelven totalmente ensordecedores. Los birretes son los primeros en salir lanzados al aire, seguidos por nuestros gritos de entusiasmo y felicidad, las lágrimas de todos y los abrazos grupales.
Jane, Alistair, Mace, Madison y yo nos acercamos en un círculo apartado del resto, nos damos el abrazo más cálido que alguno de nosotros haya recibido en nuestras vidas. Me duele separarme tan pronto de ellos, en verdad quería ir a la fiesta que dará Jane, quería pasar con ellos unas cuantas horas más antes de que todos tuviéramos que ir por caminos diferentes… que quizá, y espero que no suceda, nunca se vuelvan a encontrar.
Voy a echar de menos todo esto, estar de pie en un escenario, cantando baladas, canciones pop, rock, al estilo de Broadway que le encanta a Rachel y Kurt, canciones originales; reflejar mis sentimientos en todas las presentaciones.
Voy a echar de menos mi vida de secundaria.
—Entonces —dice, mirándose los pies y pateando unas cuantas piedras—. ¿Esto es un adiós?
—No digas eso —respondo, acomodando las cajas para tener un poco más de espacio—. Considéralo un 'te veo el fin de semana cuando ya estés asentado en Nueva York'.
Me entrega otra caja, le guiño un ojo y le doy un beso en la mejilla, como lo he hecho con las otras siete cajas que me ha entregado. Suspira y sonríe, luego se aparta, como si no quisiera que me apartara.
—Va a ser muy extraño estar en una ciudad tan grande sin nadie conocido a mi lado.
—Tendrás a Alistair —digo, arquea una ceja e infla las mejillas.
—Otra vez, va a ser muy extraño estar en una ciudad tan grande sin nadie conocido a mi lado.
Me río por lo bajo, meto la última caja en el auto y cierro la cajuela. De inmediato que lo hago sus brazos se deslizan por mi cintura, se entrelazan en mi estómago y me da un beso en medio de los hombros.
—Échame de menos casi tanto como yo lo haré —lucha para que su voz no se quiebre. Aparto sus manos unos instantes y puedo girar sobre los talones, dejando que sus manos se queden en mi cintura.
—Ya lo estoy haciendo.
Se abalanza sobre mí, sus labios se colocan sobre los míos de un modo tan increíblemente repentino que tengo que sujetarlo por los hombros para que no me caiga, los cuales no recordaba que fueran tan anchos.
Mi inconsciente hace que cruce las manos detrás de su cuello y lo acerque a mí, intercambiando la posición que normalmente suele tomar él. Su lengua acaricia mi labio inferior y la batalla por el dominio, que tiende a quitarme el aliento, se lleva a cabo en mi boca, apartando toda mi cordura y autocontrol.
—En verdad no quiero que te vayas… —murmura contra mis labios.
—Lo sé… pero tengo que hacerlo…
Me meto en el auto y cierro la puerta, bajo la ventanilla y su mano rápidamente toma mi mano libre.
—Te veo en un par de días —digo, mirando al frente. Me obligo a mirarlo a los ojos, esos ojos que expresan toda la tristeza que está experimentando por dentro—. Te quiero, Mason. No puedes imaginarte cuánto —se sonroja y agacha la mirada.
—Yo también te quiero, Spencer. Casi tanto o más que tú.
Antes de comenzar una cursi discusión sobre quién quiere más a quién, a la cual no me gustaría ponerle fin en toda una vida, enciendo el motor del auto y dejo la vista al frente.
—Conduce con cuidado.
—Como siempre —comienzo a pisar el acelerador, me besa una última vez en la mejilla y su mano sigue tomándome con fuerza hasta que el movimiento del auto nos impide que sigamos con nuestro tacto. Yo tampoco quiero dejarlo aquí.
Avanzo unos cuantos metros y por fin miro en el espejo retrovisor, lo veo sentarse en la acera, juntar las piernas a su cuerpo y colocar la cabeza en ellas. Contengo mi impulso de pisar el freno, poner reversa y simplemente no separarme de él.
Mason se ha vuelto algo completamente vital para mí, pensar que no voy a verlo tan a menudo me comprime el pecho y hace que me suden las manos. Estoy angustiado por lo que pueda pasar en el tiempo de las mudanzas, asentarnos en nuestras nuevas escuelas, conocer los alrededores… conocer nuevas personas. Niego con la cabeza y piso el acelerador.
No estoy huyendo de Mason, estoy acelerando y avanzando para que ambos podamos salir de aquí y podamos iniciar nuevas vidas en otros sitios, siempre de la mano del otro, como se lo prometí, a él y a Alistair. No voy a cambiar de idea
Porque lo amo, y voy a solucionar esto.
