Disclaimer: Todo lo que reconozcan pertenece a Rick Riordan.
"Este fic participa del Reto Anual "Larga vida a los mitos griegos" del foro El Monte Olimpo"
Capítulo VII: El plan de Silena
—No quiero que vayas —susurró Silena, conteniendo las lágrimas.
Charlie la miró, sorprendido; Silena era una chica valiente y más de una vez lo había visto partir en una misión, pero nunca la había visto tan afectada por ello.
Una sonrisa dulce adornó su rostro, al tiempo que sus brazos la atraían hacia su pecho, para contenerla en un fuerte abrazo. Besó su coronilla en un intento de calmarla, pero solo logró que Silena soltara un sollozo más fuerte.
—Estaré bien —respondió, acariciando su cabello oscuro que tanto le gustaba—. Percy y yo lo hemos practicado decenas de veces. Nada malo nos pasará.
Silena se tragó la réplica de que poco le importaba el hijo de Poseidón en ese momento. Algo le decía que ese semidiós tenía un talento especial para sobrevivir a los problemas. Pero, basándose en experiencias pasadas, sus acompañantes no corrían siempre con la misma suerte.
En lugar de eso, se separó ligeramente de Charlie, para mirarlo con seriedad a los ojos pestañeando para alejar las lágrimas.
—Prométeme que volverás —exigió, haciendo un esfuerzo para que no le temblara la voz.
Charlie la miró con dulzura, acariciando las mejillas de su novia para apartar cualquier resto de llanto.
—Siempre volveré a ti, Silena —dijo solemnemente—. Lo juro por el Estigio.
Se inclinó hacia el rostro de Silena para sellar la promesa con un beso. La hija de Afrodita se aferró a él, correspondiéndole y rogándole a los dioses para que nada le impidiera cumplir con el juramento que había hecho.
Silena se despertó sobresaltada. Miró a su alrededor, buscando a Charlie desesperadamente, aún con el sueño fresco en su memoria.
Le tomó unos segundos darse cuenta de en dónde estaba realmente. El hotel Plaza era hermoso, con sus arañas de cristal colgando del techo y las cortinas de seda, ahora desgarradas por los semidioses para vendar sus heridas. Pero aunque hubiera sido el sueño de toda hija de Afrodita hospedarse en aquel lugar, Silena era incapaz de pensar en el hotel. La pulsera de plata en su muñeca izquierda pesaba más que nunca, y que los últimos momentos que había pasado con Charlie decidieran colarse en sus sueños no la ayudaban a mantenerse fuerte precisamente. El día anterior casi había muerto media docena de veces si no fuera por algún chico de Apolo o Atenea que habían estado allí para salvarla. Para salvarla mientras ella los traicionaba.
Una serie de gritos provenientes del pasillo la obligaron a dejar de lado sus oscuros pensamientos. Se levantó con rapidez, limpiando sus ojos para que nadie percibiera que había estado llorando y empezara con las preguntas incómodas. Asomó su cabeza por la puerta de la habitación que había decidido ocupar hacia un par de horas, para encontrarse frente a frente con Jake Mason, uno de los hermanos de Charlie y actual líder de la cabaña nueve.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó Silena, alarmada por el escándalo. Nadie gritaba a no ser que algo muy malo estuviera pasando.
—Annabeth fue herida. Las cazadoras la subieron a la terraza, pero ninguno de los hijos de Apolo está aquí aún —respondió Jake, antes de echarle un vistazo al escudo mágico que Annabeth les había dado para vigilar la ciudad—. Lo siento, Silena, tengo que ir a esperar a Percy para darle los informes que nos están llegando. Te veré luego, espero.
Jake caminó rápidamente por el pasillo hasta perderse de vista, sin esperar por una respuesta. Silena se volteó hacia Lacy, la única de sus hermanas que había escuchado el intercambio, antes de decir:
—Iré arriba para ver si puedo ser de ayuda. Díselo a Drew o a los demás si preguntan por mí.
Después de que Lacy asintiera en señal de acuerdo, Silena se precipitó al interior de los elevadores, esperando que nada malo le hubiera sucedido a Annabeth.
Silena no era capaz de mirar a Annabeth sin que la culpa la carcomiera por dentro. Will Solace había afirmado que estaría bien, pero el tono verdoso que había adquirido la herida no dejaba demasiado tranquila a la hija de Afrodita.
Ni siquiera había notado cuando los demás campistas la habían dejado sola con Annabeth y Percy. Volvió a colocar el paño húmedo sobre la frente de la hija de Atenea, procurando que las lágrimas no escaparan de sus ojos cuando finalmente expresó en palabras sus tortuosos pensamientos:
—La culpa es mía.
—No —replicó débilmente Annabeth, sin entender a lo que se refería—. ¿Cómo va a ser culpa tuya, Silena?
Ante esa pregunta, la hija de Afrodita estuvo a punto de admitir la verdad. Una pequeña frase y ellos, como el resto de los campistas, sabrían quién era la espía. Unas cuantas palabras y la culpa tal vez disminuiría.
Pero no pudo. No pudo admitir la verdad y asumir las consecuencias porque era una cobarde. Y por culpa de su cobardía Annabeth y tantos otros habían resultado heridos. Por su cobardía era que Charlie, su Charlie, había muerto.
—Nunca he hecho nada útil en el campamento —murmuró finalmente—, como tú o Percy. Si fuera mejor guerrera… —le tembló la voz, lo que le dio la oportunidad a un preocupado Percy para interrumpirla.
—Eres una gran campista —le dijo, sin saber que sus palabras no hacían más que empeorar su estado—. La que mejor cabalga en pegaso. Y te llevas bien con todo el mundo. Créeme, una persona capaz de hacerse amiga de Clarisse ha de tener un gran talento.
De repente, el remordimiento pasó a un segundo plano. Silena se quedó mirando a Percy mientras una idea se formaba en su cabeza. Clarisse. ¡Clarisse era la solución a todo eso! O, al menos, una enorme ayuda contra el ejército de los titanes. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?
—¡Exacto! Necesitamos a la cabaña de Ares. Hablaré con Clarisse. Seguro que puedo convencerla para que nos ayude —dijo Silena con entusiasmo, sintiéndose útil por primera vez en mucho tiempo.
—Uff, Silena. Aun suponiendo que pudieras salir de Manhattan, Clarisse es muy testaruda. Y cuando se enfada… —Percy pareció algo reacio a dejarla ir y Silena no podía dejar de entender su escepticismo. Las probabilidades de que Clarisse cambiara de opinión a esas alturas eran minúsculas, pero aun así no podían rendirse sin siquiera tratar.
—Por favor —rogó—. Puedo ir con un pegaso. Estoy segura de que llegaré al campamento. Déjame intentarlo.
Percy intercambió miradas con Annabeth, quien asintió sin dudarlo. Silena casi suspiró de alivio; si la hija de Atenea daba el visto bueno, difícilmente el hijo de Poseidón se negaría al plan.
—Está bien —accedió finalmente—. No se me ocurre nadie mejor para intentarlo.
Silena se paró de un salto y corrió a abrazar a Percy. Solo cuando recordó que Annabeth también estaba presente, se apartó ligeramente avergonzada, mirando a la hija de Atenea para asegurarse que esta no se había molestado por su arrebato.
—Eh, perdón —se disculpó torpemente—. ¡Gracias, Percy! No te fallaré —agregó, antes de salir apresuradamente en busca de un pegaso que la llevara al campamento.
Y lo decía en serio. Haría lo que fuera necesario para remediar las cosas. No le fallaría a nadie, nunca más.
Silena se bajó de su pegaso y corrió en dirección a la cabaña cinco, la única ocupada en aquel instante. Entró sin tocar, sorprendiendo a los hijos de Ares que no dejaron de gritar un par de insultos por invadir su privacidad.
La hija de Afrodita no les hizo caso; al no encontrar a su amiga por allí, agarró por la camiseta al niño que tenía más cerca y casi le gruñó:
—¿Dónde está Clarisse?
—Patrulla de frontera con Rodríguez —casi tartamudeó Sherman, antes de que Silena lo soltara y corriera nuevamente a los límites del campamento.
No tardó en encontrar a dos solitarias figuras a unos metros del dragón que protegía el Vellocino de Oro. Chris parecía intentar razonar con Clarisse mientras esta miraba ofuscada al antiguo pino de Thalía, sin querer dar el brazo a torcer.
—No vale la pena seguir aquí —escuchó Silena decir al muchacho, una vez que se encontró lo suficientemente cerca de ellos para oír la conversación.
Clarisse abrió la boca para replicar, pero la voz de Silena se le adelantó.
—Él tiene razón. Si destruyen el Olimpo, el Campamento Mestizo no servirá de nada —argumentó Silena con convicción.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Clarisse en lugar de responder, frunciéndole el ceño.
—Convencerte de traer a tu cabaña a Manhattam. Necesitamos a los hijos de Ares, Clarisse —rogó la hija de Afrodita.
—¿Ahora nos necesitan? —dijo Clarisse con sarcasmo—. ¿Acaso no nos necesitaban días atrás, cuando dejaron que los de Apolo se quedaran con el carro? ¿Acaso no éramos importantes cada vez que los demás nos humillaban, burlándose de nosotros y nuestro padre?
—Por favor, Clarisse. Hay gente muriendo allá afuera. Niños que ni siquiera saben blandir una espada y aun así están dispuestos a dar su vida por lo que creen correcto. Estamos en una guerra. Y tú eres una hija de la guerra. Tú mejor que nadie debería saber que un ejército que no se mantiene unido es un ejército destinado a la perdición. Percy te necesita, el Campamento Mestizo te necesita. Yo te necesito. ¿Realmente estás dispuesta a sacrificar la vida de tus amigos por un estúpido carro? —Silena no sabía de dónde había salido sus palabras, pero casi saltó de alegría al ver el destello de duda en los ojos de su amiga ante las mismas. Al menos, hasta que Clarisse apretó los puños y desvió la mirada.
—Lo siento, Silena —dijo sin mirarla—. Están solos en esto.
Silena no era capaz de creerlo. Balbuceó algo inentendible mientras miraba a Chris, pidiéndole que hiciera algo, incluso sabiendo que en ese momento la decisión de la hija de Ares se había vuelto irrevocable.
—Está bien —aceptó, conteniendo las lágrimas al saber que una vez más les había fallado a todos—. Solo espero que no te arrepientas cuando sea demasiado tarde para dar marcha atrás —agregó, antes de correr de regreso al sector de las cabañas, donde su pegaso la esperaba para devolverla a Manhattan.
A último momento, Silena cambió de opinión. Un nuevo plan estaba formándose en su cabeza, la única posibilidad que se le ocurría en ese instante para llevar a la cabaña de Ares a la batalla.
¿Clarisse no quería luchar? Bien. Ella podía quedarse de brazos cruzados si quería, pero Silena no iba a rendirse tan fácilmente. No más.
Detrás de la cabaña cinco el armario de provisiones se alzaba ante ella como una bendición. Le hubiera gustado tener un hijo de Hermes para ayudarla con la cerradura, pero aun así no le costó demasiado abrir la puerta. Tal vez, después de todo, había algún dios por allí dispuesta a ayudarla con su cometido.
Las armas de todos los hijos de Ares se desplegaban a su derecha e izquierda como en una macabra exhibición. A pesar de la innumerable cantidad de cosas que habían guardado allí, un solo vistazo le bastó a Silena para encontrar lo que buscaba.
La armadura le quedaba ligeramente grande, pero el casco parecía caber a la perfección en su cabeza, cubriendo casi todos sus rasgos a excepción de los ojos, haciéndolo de un disfraz casi perfecto. Con algo de suerte, los hijos de Ares creerían su engaño el tiempo suficiente para llegar hasta la batalla. Esperaba que, una vez allí, ninguno pudiera resistir el impulso de pelear.
Con la lanza eléctrica de Clarisse en mano, la hija de Afrodita corrió hacía la cabaña cinco, abriendo nuevamente la puerta de improviso, sin tiempo que perder.
Los hijos de Ares parecían dispuestos a soltar una nueva tanda de insultos, pero se detuvieron al verla vestida de esa forma. Aprovechándose del impacto que había creado, no les dio tiempo a pensar demasiado en las diferencias entre ella y su amiga. Armándose de un valor que creía inexistente, en su mejor imitación de Clarisse gritó:
—¡He cambiado de opinión! ¡No podemos quedarnos sin luchar! ¡Somos hijos de la guerra y a la guerra debemos partir! ¿Están conmigo?
Los gritos enardecidos de común acuerdo de los miembros de la cabaña cinco le indicaron que su plan estaba funcionando. O que al menos que ninguno de ellos tenía problemas en pretender que ella era Clarisse por unas horas, con tal de que eso les permitiera luchar junto a sus amigos.
Entre exclamaciones de "¡por Ares!", la cabaña cinco se dirigió a la batalla de Manhattan guidados por Silena Beauregad, oculta tras una armadura que le costaría más caro de lo que jamás pudiera imaginar.
¡Hola a todos!
Aquí les traigo un capítulo enteramente desde el punto de vista de Silena. Al principio solo pretendía escribir la parte del sueño y después seguir con los pensamientos de Clarisse, pero luego las ideas con Silena protagonizando este capítulo siguieron apareciendo y terminó en la actualización de hoy (que, por cierto, no esperaba que fuera tan próxima).
Disfruté mucho escribiendo desde el punto de vista de Silena y espero que a ustedes también les haya gustado.
Una vez más, gracias por los reviews, favoritos y follows :D
¡No olviden dejar sus comentarios!
¡Hasta la próxima!
Sam.
PD: Si alguien sigue también "All you need is love", entre hoy y mañana subiré un nuevo drabble :)
