Capítulo 7
Tras el resultado
Cuando iba a bajar por una escalera, una voz conocida le llamó por su nombre y Arthur, al girarse, se preparó para conseguirse con Francis, quien venía corriendo desde la otra punta del pasillo.
-¿Qué quieres? –preguntó Arthur.
-¡Qué obviedad! –exclamó Francis, como recriminándole la pregunta-. Mira que dejarme con toda esa gente… no dejé de verte en todo este tiempo, esperando que llegaras a mi lado y me sacaras de allí. Era muy fácil, lo imaginé como "Bonnefoy, ven". Eran dos palabras. Muy sencillo todo.
-¿Para qué querías eso? Creí que te meabas por ser el centro de atención.
-Más o menos, pero no así. Este Torneo me parece estúpido y todavía recuerdo lo imbécil que les parecía hasta esta tarde –le explicó-. Además, de querer una fiesta la querría solo con tres personas. Heracles, Monique y tú.
Arthur se encontró sonrojándose, a pesar de que en teoría no había motivo.
-Yo no hubiera aceptado –masculló.
-Me lo imagino –dijo Francis, con un deje burlón-. Pero ahora no te queda más remedio que estar conmigo. Es temprano todavía. ¿Vamos a los jardines? Necesito hablar contigo en privado y creo que aquí, en cualquier momento, nos va a salir alguien.
-¿Y tus dos amigos? –preguntó Arthur, suspicaz. ¿Por qué quería un lugar privado para ambos?
-Ya están allá. A Heracles no le gustan las fiestas y a Monique le interesa más lo que vamos a discutir –le explicó-, y supongo que a ti también.
-¿La segunda prueba? –probó Arthur después de una breve reflexión.
-Sí. Le he dejado a Heracles la manzana dorada. Me parece muy irónico.
Arthur no quiso saber por qué lo consideraba de ese modo, porque creía saber la respuesta, en su lugar lo siguió hacia una de las salidas del castillo. Tenían que ir con cuidado por si acaso los atrapaba el conserje. En el trayecto, sin embargo, no se encontraron con nadie más, excepto con varios fantasmas que felicitaron a Francis como si fuera un héroe nacional. Cuando se despidieron de ellos, Francis tenía una sonrisa enorme.
-No te lo creas mucho –le dijo Arthur-, porque al fin y al cabo no hiciste gran cosa. Vas de último.
-Estoy vivo –dijo Francis- y eso es más que suficiente.
Heracles y Monique los estaban esperando cerca del lago, sentados. Volvían a tener algunos libros a su alrededor, que a ver cómo los iban a leer estando en casi una completa oscuridad. Cuando se acercaron, Arthur pudo sentir un hechizo actuando sobre ellos, lo más seguro es que fuera un hechizo de silencio. Ellos mantenían un lumus con sus varitas. Había otro, además, que regulaba la temperatura a su alrededor. Estaban tan bien hechos que de seguro eran obra de la bruja.
Monique le dio a Francis un largo abrazo, que incomodó a Arthur. Por un momento pensó si estarían saliendo, pero ¿y qué le importaba si así era? Intentó enfocarse en lo que habían venido a hacer.
Se le ocurrió que esta reunión lo dejaba como uno de los amigos íntimos de Francis, solo que ni eran íntimos ni muy amigos, por no decir que no eran nada. Pero ya su presencia en aquel lugar era como una aceptación de lo que fuera que hubiera entre ellos. Ayudar al campeón de Hogwarts, quién lo iba a decir. Seguro sus hermanos jamás se lo habrían esperado de él. Del mismo modo que tampoco habían pensado que Arthur resultara elegido campeón, esa tarea era más propia de alguien heroico como James, su hermano mayor, quien adoraba ir domando dragones por el mundo como si se trataran de dulces cachorritos.
-La manzana –dijo Heracles, mostrándola.
La manzana de oro parecía brillar en la oscuridad. Se veía sumamente atractiva, casi como una joya de valor incalculable. Pasó de mano en mano hasta acabar en Francis.
-Afrodito –dijo Heracles y Arthur no lo entendió. Se sintió como un tonto cuando Francis se echó a reír y luego, como notando la incomprensión de Arthur, tuvo que explicar el chiste:
-Es por la manzana de oro y mi apariencia, como la diosa Afrodita. Pero claro, yo soy chico, sería Afrodito, contraparte masculina pero menos conocido. Su culto se originó en Chipre y se extendió por Asia.
Ni a Arthur ni a Monique le pareció gracioso, menos con la explicación.
-Afrodita ya tiene otras contrapartes, que suplieron la función de Afrodito –siguió Heracles-, como Eros y Hermes.
-Y Hermafrodita –agregó Francis-, ¡pero no venimos a hablar de Afrodita! Aunque… yo ahora mismo me siento como París teniendo que rendirle cuenta a las tres diosas, ¿no recuerdan el mito? Aunque claro, yo no pediría a Helena, precisamente.
-Por Merlín, ya, deja eso y ponte a hablar de lo que nos interesa –le cortó Monique-. ¿La manzana de oro es importante?
-Creo que sí –dijo Francis-. Ya comprobamos que la teoría del mito de Heracles es cierta, lo que no se nos ocurrió fue la posibilidad de que se mezclaran las tareas. Entonces, las tres hermanas se convirtieron en el cancerbero de tres cabezas, y con ello también han agarrado el mito de Heracles en el Hades. Es un alivio, porque temía verme en un paraje infernal… Pero ahora nos quedan diez tareas. Si siguen como van, en dos o tal vez tres tareas de Heracles se encuentra la segunda prueba.
Arthur había entendido menos de la mitad de lo que había dicho, solo Heracles parecía seguir a Francis, hasta asentía y daba sugerencias que debieron tener sentido, porque Francis le dio la razón. Al menos Monique parecía igual de perdida que él.
-Lo que propongo es estudiar con detenimiento las tareas restantes y trazar posibilidades, ¿les parece? –preguntó Francis.
-Puedo hacer eso –dijo Heracles.
-¿Solo eso? –terció Arthur-. Mira, aparte de tus teorías extrañas, también tendrías que pensar en tu inutilidad.
-Ah, sí… ¿Te refieres a practicar hechizos, no? Tú fija los días.
Arthur se lo pensó un momento, hasta concluir:
-Lunes y jueves por la noche. La segunda prueba es en febrero, tenemos tiempo para convertirte en un mago medianamente decente.
-Eso me suena bien –asintió Francis-, y me da la tarde para seguir estudiando. Es perfecto.
Francis se convirtió en la sensación de Hogwarts, salieron admiradores suyos desde las paredes, todos juraban que habían estado allí siempre, poniendo toda su fe en él. Muchos de los estudiantes querían intentar enamorarlo, siento atentos y dándole regalos, incluso una vez recibió una escoba último modelo, que tuvo que rechazar porque él nunca había aprendido a volar decentemente, por no decir que le temía a las alturas.
En los pasillos, en las aulas, en su Sala Común y en el Salón Comedor nunca estaba solo, sino rodeado de una cantidad de estudiantes dispuestos a congraciarse con él. Francis aceptaba la atención como el egocéntrico que era, pero a veces Arthur creía captar una chispa de desesperación en su mirada. Ya ni siquiera podía hablar con tranquilidad con sus dos amigos, Heracles y Monique, porque enseguida se le unía un cúmulo de gente de la que no se podían deshacer.
Por supuesto, Francis seguía siendo detestado, sobre todo cuando cuestionaban el modo no-mágico de superar la primera prueba. En El Profeta, salió un reportaje sobre las fuertes declaraciones que había hecho Francis con respecto al Torneo, más otro gran artículo sobre el desempeño de los tres campeones. El menos favorecedor era el de Francis, y pronto la opinión pública estuvo dividida entre quienes lo apoyaban y lo desaprobaban. Los primeros, a su vez, se dividían en tres grupos: el primero, quienes le concedían inteligencia, ingenio y talento por el modo de vencer al Cancerbero; el segundo, quienes compartían la misma opinión sobre el Torneo; el tercero, gente que solamente lo encontraba guapo y le parecía una pena tanto desagravio para un rostro como el suyo. Francis bromeó una vez al respecto, sobre que el tercer grupo de apoyo serían sus más fieles defensores. Arthur no le rió la broma, estresado por conseguir que sus entrenamientos privados siguieran siendo entre ellos dos y no con una docena de personas.
Su inclinación por el campeón de Hogwarts ya le estaba generando más cuestionamientos entre sus amigos, conocidos y estudiantes que solo sabían su apellido. No solo decían que estaba acaparando a Bonnefoy para recibir parte del premio en el remoto caso de que fuera a ganar, otros decían que solo quería la fama como aquel que consiguió que el inepto campeón de Hogwarts saliera ileso de las futuras pruebas, pero había un grupo en especial que lo ponía de los nervios.
Arthur hubiera podido pasar los dos primeros sin problemas, pero el tercero le causaba pesadillas. Era quienes tenían la absurda teoría de que ayudaba a Francis porque estaba enamorado de él. Un montón de mujeres ociosas, apoyadas por la Revista Corazón y hasta gente del Profeta, les habían creado una historia de amor con desafortunados primeros encuentros, luego una pasión que borraba en Arthur todo rastro de raciocinio para dejar solo su dedicación hacia Francis, al punto de recrear encuentros donde se juraban amor eterno y ponían en boca de Arthur que, si Francis fallecía, él moriría con él.
Francis tomaba esas ideas con buen humor, riéndose como si fuera un chiste muy divertido, en especial cuando observaba el rostro indignado de Arthur, que tenía ganas de ir a golpear al primero que se le atravesara por el camino.
-¡Ya, ya, déjalos que hablen! –le decía Francis, o-: Lo que me gusta de estos inventos es cómo te pones al leerlos. Parece como si fueras a echarle un Avada a alguien, ¡pero a la vez te pones tan rojo! ¿Te han dicho lo lindo que te ves con el rostro sonrojado, mon petit chaperon rouge?
Cuando esto ocurría, Arthur a quien amenazaba con su varita era a él, solo que ni siquiera lo asustaba. De alguna manera, Francis se había adaptado muy bien a sus reacciones, y con eso había que darle un mérito, porque Arthur no era una persona de fácil tratamiento. Era complicado, con sus "no" que querían decir "sí", con sus maneras indirectas de decir las cosas, de expresar sus sentimientos. Eran necesarios años de experiencia y Francis lo había conseguido en poco tiempo.
Arthur tenía que explicar, a cada rato, que no estaba enamorado de Francis y que lo ayudaba por hacer un acto de caridad. Nadie le creía, lo cual lo exasperaba todavía más, ni siquiera su familia, a quien le había escrito en cuanto surgieron las primeras ideas alocadas con respecto a su relación.
-Bien puedes dejar de ayudarle –le dijo Gilbert-, si te da tanta paja.
Pero Arthur no podía negarse a continuar con sus entrenamientos. Era consciente que Francis necesitaba un mago experto en cierta clase de hechizos si acaso quería salir con vida del Torneo, no esperaba que en las demás pruebas pudiera salir victorioso con ayuda de un violín. Por lo que se tragaba su enfado en esas sesiones, esforzándose al máximo para darse entender ante el alumno.
Todavía no le enseñaba a conjurar un Patronus, porque había otra serie de hechizos que debía aprender, pero quería que para Navidad comenzaran de una vez. Las clases iban a culminar y Arthur temía que todo el avance de Francis se echara a perder en la pausa navideña. En su última sesión, después de intentar el primer Patronus de Francis con un recuerdo feliz, le dijo que debía practicar cuanto pudiera.
-Hmmm… Estaba esperando no interrumpir las clases, pero es mucho abuso de mi parte, ¿no? –le confió Francis-. Pero es que ni el recuerdo feliz me ha salido bien.
-¿Qué insinúas? –preguntó Arthur.
-Que si… bueno, mi familia suele pasar navidades en París. ¿Has ido a París? –preguntó Francis.
-No pasaré navidades contigo –terció Arthur, odiando sentirse tan avergonzado. Sin embargo, la idea a la vez le atraía, nunca había estado en Francia y, además, seguramente Francis podía ser un guía decente. Tal vez…-. Bájate de esa nube, más sencillo es que la pasaras tú en mi casa –dijo, casi sin pensarlo, como si el objetivo de su día fuera aumentar el rubor en su rostro.
-¿Es una invitación?
-Es un hecho.
Francis le miró fijamente, tratando de entenderlo. A Arthur se le ocurrió que sería más fácil si dijera las cosas sin tantos rodeos, pero había sido una idea improvisada que ahora le resultaba muy atractiva, pero era incapaz de decírsela al primer implicado. Lo había intentado, decir "sí, te estoy invitando, me gustaría que vinieras", pero su cerebro y su boca no se ponían de acuerdo.
Si Francis no fuera un chico despierto, su relación no hubiera llegado a avanzar ni un poco. Comprendió lo que quería decirle Arthur y acabó aceptando, satisfecho, sin reprocharle su falta de claridad, agradeciéndole con una sonrisa tanto en los labios como en los ojos.
De esa forma, el campeón de Hogwarts visitó la casa Kirkland, largo tiempo sangre pura.
Antes de que Francis se dirigiera a casa de los Kirkland, quiso visitar a sus padres para pasar, al menos, unos días con ellos. Cuando Arthur fue a recogerlo en un café en Londres, lo encontró aguantándose las ganas de llorar por haberse despedido de sus padres hace media hora, como si fuera la peor de las penurias y el enfrentarse a un Cancerbero, una nimiedad.
Arthur se sintió incómodo, porque no tenía idea de qué hacer para reconfortarle. Además, a él le parecía una chiquillada llorar tanto por sus padres cuando ya se era mayor de edad, ¿qué clase de educación estaría recibiendo en Francia? Cuando dejó caer la indirecta, Francis se lo tomó más como una preocupación que como una crítica.
-Yo pasé los primeros días de primer año llorando, ya al final del curso me adapté a la idea de tener que ver a mis padres en vacaciones y en navidad –le explicó-, pero no estaba acostumbrado. Y nunca me voy a acostumbrar. Este sistema de internado es espantoso.
Francis comenzó, entonces, a despotricar sobre la educación inglesa en general, mientras que Arthur lamentaba haber preguntado en un primer lugar. Ese chico veía el lado negativo de todo, nunca podía estar contento con nada de Inglaterra, y a menudo tomaba a su nación de nacimiento como el modelo a seguir. Solo lo calló cuando le preguntó por qué su maleta era tan grande y pesada.
-Es mi equipaje –le dijo.
-¿Los muggles no saben cómo reducir peso?
-Bueno, no de ese modo.
-Igual ya eres mayor de edad, puedes hacer magia. Con un solo hechizo…
-Realmente no me molesta –le interrumpió-, ¿ya estamos cerca del local de los trasladores?
-Más o menos.
Arthur le había ofrecido a Francis varios modos para llegar a su casa. La Red Flu solía ser buena opción, pero el chico se negó con insistencia, argumentando que aquello no era un modo de transporte decente. Luego, se enteró que a Francis le producía nauseas. Arthur acabó por escoger el transporte más rápido, seguro y menos complicado.
-¿Has estado antes en el Londres muggle?
-No le he prestado mucha atención.
-Yo sí, conozco muchos sitios interesantes y donde se puede comer bien, aunque no lo creas. Hace un día precioso.
Arthur lo miró como si estuviera loco.
-Va a llover.
-Traje un paraguas.
-Bonnefoy, qué irritante resultas. De verdad. Ya sé por qué no te he hablado en seis años.
Arthur se sintió mal cuando dijo esto, pero era muy tarde para arreglarlo. Francis no dio señales de ofenderse por el comentario, estando acostumbrado a frases peores. En su lugar, se aproximó a una tienda muggle y se quedó mirando la vitrina con interés. A Arthur se le ocurrió que podían perder un poco de su tiempo en aquella menudencia, aunque cuando Francis fue a comentarle algo respecto al precio de un producto, puso los ojos en blanco y bufó como si estuviera fastidiado.
Francis se rindió, encogiéndose de hombros.
-Algún día llevaré a un mago sangre pura a recorrer mis calles.
-Llévate a un Weasley, que mucho que defienden a los muggles pero jamás han puesto un pie en sus sitios.
-Y seguro te va a gustar –siguió Francis, ignorando el comentario-. Creo que si ambas sociedades aprendieran una de la otra, sacaríamos muchos beneficios. La sociedad mágica está arraigada en viejas tradiciones y dependen demasiado de la magia, en vez de anteponer el pensamiento y el debate de ideas. ¡No! Solucionan sus problemas con dueles medievales.
-También hay juicios mágicos –dijo Arthur, sin estar interesado. No sabía qué decir.
-Con leyes promulgadas en la Edad Media que han cambiado poco –insistió Francis.
-Son buenas leyes. ¿Qué esperas? Así nos funcionan.
-Así dejan a muchos por fuera –volvió a arremeter Francis-. Las leyes favorecen al mago, pero únicamente a él, dejando de lado a los muggles y a los seres inteligentes.
-Ahora me dirás que los hombre lobo tienen derecho –dijo Arthur, con una sonrisa burlona.
-¡Todo el derecho del mundo! –exclamó Francis-. Son personas con una condición, no una maldición, y si fueran tratados como personas, no como monstruos, estoy seguro que buena parte de la población…
-… seguirían lastimando a la gente inocente –cortó Arthur-. Menos mal que no hay ningún periodista aquí, o seguirías hundiendo tu imagen pública. Ahora dirás que los centauros en realidad son la compañía ideal para las chicas jóvenes.
Antes de que la conversación continuara, Arthur le indicó que lo siguiera. La idea de complacerlo y recorrer el Londres muggle se le pasó por la cabeza, pero la iniciativa se apagó al ver el tamaño del equipaje de Francis, suponiendo que sería incómodo andar por ahí con él.
Llegaron al local del Traslador sin decir nada más. Francis se mostró intranquilo y curioso.
-Es mi primera vez –le explicó.
-Seguro hace mucho que no dices eso –dijo Arthur, y quiso asustarlo relatándole historias fatales al respecto de los trasladores-. Así que, ya sabes, no son seguros y cada mago que los usa arriesga su vida.
Dicho esto, disfrutando de la expresión de espanto en Francis, tocó la tetera que les servía como traslador y tuvo mucho cuidado de tomar la mano de Francis y llevarla hacia el objeto al mismo tiempo. Quería tener un viaje accidentado pero estaba seguro que no iba a ocurrir.
Por fin el FrUk se está comenzando a dar, y ya se viene la segunda prueba, pero primero Francis tendrá que aprender a hacer un Patronus (que según los libros es un hechizo muy difícil). En el próximo capítulo, familia Kirkland.
Muchísimas gracias por comentar, espero seguir así, ustedes son las que me animan a continuar :3 Nos vemos!
