Advertencia: leve spoiler del manga Saint Seiya: The Lost Canvas. Los personajes de SS no me pertenecen (ya quisiera yo), son propiedad de Kurumada-sensei y Teshirogi-sensei.

Los invito a visitar mi blog, donde encontrarán información acerca de las referencias mitológicas del capítulo. Sí faltan algunas referencias de este capítulo, pero las iré agregando poco a poco.

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"…acostada con Urano, alumbró a Océano de profundas corrientes, a Ceo, a Crío, a Hiperión, a Jápeto, a Tea, a Rea, a Temis, a Mnemósine, a Febe de áurea corona y a la amable Tetis."

Hesíodo

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Escena 07. Primogénitos de Gea

Gea. Gaia. Madre Tierra. La fundadora del Olimpo: muchos nombres se le han atribuido a la deidad más antigua del panteón griego. La personificación de la Tierra. Aquella que fue el origen de las deidades más importantes, incluido quien se convertiría en su esposo, el poderoso Urano, nacido de la Titánide Madre, la omnipotente Gea, el origen de la vida. Se la representaba comúnmente como una hermosa mujer de edad media, de alta estatura y esbelto cuerpo. Vestida con una elegante túnica verde muy pálido, con hojas rodeando su pecho. De larga cabellera ondulada, de color verde y ojos de un místico tono verde azulado; esa era la forma que Gea solía tomar cuando caminaba por la tierra.

El mito conocido decía que Gea por sí sola engendró primero a su esposo, Urano; esa es la verdad que todos los griegos conocían, sin embargo, la Madre Tierra ocultaba un gran secreto: la existencia de dos hijos nacidos incluso antes que Urano. Sí, los verdaderos primogénitos de Gea, sus gemelos, nombrados Cástor y Pólux. – llamados así mucho antes de que existiera el mito de los hijos de Zeus – Ambos, como hijos de Gea, poseían un inmenso poder, ilimitado, como el de su madre. Cuando Gea concibió a Pólux se encontraba en la orilla de una playa desierta del Mediterráneo y cuando concibió a su segundo hijo, Cástor, las olas la mojaron. Es por eso que el menor de los gemelos tenía una gran afición al mar, que parecía amarlo, como un padre.

Pasó el tiempo y Gea concibió a su tercer hijo, su esposo, Urano. Urano solía tomar la forma de un hombre de mediana edad, muy alto y corpulento, de tez morena. De cabello plateado, alborotado, a juego con su barba y bigote. Sus ojos eran de un intenso color azul eléctrico. Para el tiempo en que Urano se convirtió en cónyuge de Gea, los gemelos ya se habían convertido en "adolescentes"; en edad humana aparentaban tener unos catorce años. Gea los amaba intensamente y esto hacía que Urano los viera con ojos llenos de odio. Entonces, ideó un plan: una maldición caería sobre los adorados gemelos de su esposa.

Ouranos, la maldición de Urano. De pie frente a sus hermanos mayores, Cástor y Pólux, Urano lanzó su maldición:

"La Tierra que los ha concebido los arrastrará hacia su perdición. Que la tierra de la que provienen se trague sus almas y los haga caer en el sueño eterno. Jamás verán el cielo, porque yo soy el cielo que caerá con un estrépito sobre sus cuerpos. Maldito el día en que la Tierra los convirtió en criaturas inmortales, porque la desesperación se cernirá en sus corazones. Renacerán, una y otra vez, sin poder alcanzar la plenitud de la que gozan Cielo y Tierra, sin volver a encontrarla. Oh alma que se partió en dos al abandonar las entrañas de la Tierra, pelearás contra ti misma sin importar cuántas vidas pasen. Entonces, cuando llegue el día en que se unan de nuevo, su existencia inmortal acabará."

Cástor y Pólux regresaron a las entrañas de la Tierra. Gea, aún con sus magníficos poderes, no era capaz de anular la maldición que ahora pesaba sobre sus hijos, por lo que hizo lo único que estaba a su alcance, convirtió a los gemelos en mortales, para que nacieran en una nueva era, donde estarían destinados a batallar entre ellos, a pesar de haber sido siempre tan unidos. El tiempo pasó sin rastro del renacimiento de los primogénitos de Gea, hasta que el Cosmos decidió que el momento de iniciar el ciclo había llegado.

Grecia, siglo XVIII de nuestra era. Nacen Aspros y Defteros de Géminis. El primero, convertido en caballero dorado de Géminis, fiel protector de la diosa de la guerra y la sabiduría, la hija de Zeus, Atena. Firme candidato al puesto de Patriarca del Santuario, terminó por sucumbir al odio al enterarse de que, a pesar de ser venerado casi como un dios, no había sido elegido para ocupar tan privilegiado puesto. El segundo, siempre vivió a la sombra de Aspros, ya que pensaban que Defteros había nacido bajo una estrella maligna. Ambos hermanos terminan luchando mutuamente, quitándose la vida.

Un siglo después, la historia parecía estar por volver a repetirse. Nacen los gemelos de Géminis, Saga y Kanon. Saga era reconocido como un "dios bondadoso", debido a su gran poder y benevolencia. No obstante, en Saga coexistían dos personalidades opuestas, bien y mal. Nadie, excepto su hermano gemelo Kanon, y el patriarca sabían de esta situación. Kanon, en su afán por controlar el Santuario, intentó manipular el lado maligno de su hermano y, haciendo uso de la posición privilegiada de Saga como santo de oro, levantarse en contra del santuario y Athena. Saga, indignado por su propuesta, condenó a Kanon a la reclusión en la prisión del Cabo Sunion.

Irremediablemente, debido a la disputa entre los Olímpicos, los gemelos de Géminis, los amados hijos de Gea, estaban destinados a enfrentarse nuevamente, sin saber si esta vez lograrían romper la maldición de su hermano Urano o si el ciclo continuaría. Por un lado, Saga de Pólux, Arcángel de Zeus; por el otro lado Kanon de Dragón Marino, Oceánida de Poseidón. Un inmenso poder se esconde en los gemelos, un poder que ni siquiera ellos mismos saben que poseen.

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Asgard. Bosque de los Espíritus.

– Ha pasado mucho tiempo – dijo Alberich.

En medio del bosque, en el sitio donde el guerrero había recibido su armadura sagrada, se encontraba una joven mujer. Al escuchar las palabras de Alberich, ella se volteó. Su cabello y ojos eran del mismo color que los del guerrero de Megrez. Tenía esa mirada llena de astucia que caracterizaba al chico de ojos verdes y su delicada figura estaba cubierta por una gabardina negra. La chica esbozó una sonrisa.

– ¿Qué acaso no piensas venir a saludar a tu querido hermano mayor? – ella volvió a sonreír y se acercó lentamente al chico.

– ¿Todavía estabas vivo? – Alberich dejó escapar una carcajada.

– ¿Qué forma de saludarme es esa, Andvari? – replicó – Podrías decir que sigo vivo, de alguna forma. Ya sabes lo que dicen, hierba mala nunca muere.

– Te ves… diferente – el chico alzó una ceja.

– Considerando que la última vez que nos vimos fue hace ocho años, pues sí, he cambiado, sin embargo tú, sigues teniendo esa mirada infantil, hermanita – Andvari lo miró, seria.

– Lo digo en serio, Alberich – replicó la joven – En verdad te ves diferente, tu cosmos… ya no se siente igual, ha dejado de sentirse esa maldad proveniente de ti – él parpadeó, confundido – Es casi como si… como si fueras otra persona. Es como si… – guardó silencio y él le hizo una seña para que continuara – emitieras un aura… divina – Alberich no pudo evitar soltar una sonora carcajada – ¡Hablo en serio! – Alberich le alborotó el cabello y se dio la vuelta, empezando a caminar.

– Andvari, ¿por qué has vuelto?

– Pensé que lo sabías, después de todo, eres el aclamado Cerebro de Asgard – se apresuró y caminó al lado de su hermano – Alberich de Megrez Delta, no suena nada mal, pero creo que suena mejor "Andvari de Yildun Delta", ¿no crees? – él volvió a revolverle el cabello a su hermana menor y siguió su camino – El manto sagrado me está llamando, ya no falta mucho ¿cierto? ¿Ya has encontrado a las demás estrellas?

– Bud está trabajando en ello; además, en este momento vamos a encontrarnos con una vieja conocida tuya, una hábil violinista rusa, el concertino de la sinfónica de Asgard.

– ¿V-Vor? – Andvari se dio cuenta de que dirigían a la zona montañosa más cercana – Alberich, ¿por qué…? No me digas que ella es…

Habiendo alcanzado su destino, se encontraron, sentada entre las rocas congeladas, a una chica más o menos de la misma edad de Andvari. Al escuchar voces tras ella, la chica, de cabello largo hasta los hombros, rubio y ondulado, volteó sus penetrantes ojos verdes hacia los hermanos. Sonrió, mirando primero a Alberich y diciéndole:

– ¿Acaso tú eres el mensajero de mi princesa?

– Bien, podrías decirlo de ese modo – luego, miró a Andvari.

– Finalmente has regresado, Andvari, aunque no creas que nos ha hecho demasiada falta – dijo – encontramos a un buen sustituto, muy talentoso – Andvari arqueó una ceja – Después de todo, tú fuiste quien decidió marcharse a estudiar en Alemania.

– No has cambiado nada; – replicó Andvari – parece que sigues pensando que eres superior a mí.

– ¿Oh? ¿Acaso no lo soy?

– Eso ya lo veremos.

– Maduren de una vez – intervino Alberich, haciendo sentir su cosmos – No es momento para pensar en tonterías. Vor, ya debes saberlo, que eres la elegida para ser la líder de las guerreras sagradas de la Osa Menor.

– No tienes que recordármelo. Siempre le he tenido una inmensa devoción a la princesa Fler, ella con su hermoso resplandor fue la única capaz de sacarme de la oscuridad. Sin importar lo que suceda, yo la protegeré con mi vida – dijo Vor, con la mirada llena de seguridad.

– Ya empiezas a sonar cono Siegfried – dijo Alberich.

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Palacio submarino de Poseidón

El Valhalla en Asgard; el monte Olimpo, Cabo Sunion y el Santuario de Atena, en Grecia; la ciudad de Cumas, en Italia. Ahora que los dioses olímpicos se habían dispersado, Poseidón no tenía en claro cuál debía ser su siguiente movimiento, pues un paso el falso podía ser fatal. Para empezar, el plazo para comunicarles su decisión a sus hermanos, Zeus y Hera, se estaba acabando y, en cuanto recibieran una negativa de su parte para unirse a uno u otro bando, junto con la negativa de Atena, ninguno de los dos tardaría en iniciar el ataque. Ahora que Zeus había logrado revivir a los antiguos caballeros de Atena, el elemento psicológico jugaba a favor del regente de los cielos, pues atacaría a la diosa de la guerra utilizando su propia fuerza contra ella y de una cosa estaba seguro Poseidón:

– Tal y como están los poderes de Atena en este momento, no será capaz de resistir un ataque de Zeus o de Hera.

Poseidón volvió sus ojos al mapa donde había marcado los sitios estratégicos de la futura batalla, tratando de encontrar un territorio neutral, donde los ejércitos pudieran luchar en la batalla final, sin perjudicar a ningún inocente; solamente que no era tan fácil como esperaba. Con el gran poder que tenían sus hermanos, más las fuerzas nórdicas que se habían unido a cada uno de ellos, Poseidón veía aún más difícil la posibilidad de resistir un ataque. El emperador de los mares se masajeó la sien, se sentía agotado, falto de información y por ende incapaz de idear una estrategia. Se estaban quedando sin tiempo.

En ese momento, alguien llamó a la puerta de su habitación privada. Poseidón estuvo a punto de replicar que no quería ser molestado en ese momento, cuando escuchó la voz de su comandante, Dragón Marino, del otro lado de la puerta.

– Disculpe la intromisión, Emperador, pero un mensajero del Santuario quiere hablarle – deseando que ese mensajero le trajera información que pudiera serle de utilidad, Poseidón le indicó que entrara. Kanon apareció, seguido por Mu de Aries.

– Emperador Poseidón – dijo el caballero de Aries, dedicándole una leve reverencia – He venido con un mensaje urgente de parte de Atena.

Poseidón le indicó que se sentara. Kanon salió de la habitación, quedándose del otro lado de la puerta. Entonces, Mu comenzó a contarle acerca de lo que habían descubierto, el verdadero motivo del interés de Zeus y Hera en la sacerdotisa de Odín, la regente de Asgard, Hilda de Polaris.

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Saga se encontraba sentado en medio de uno de los jardines del Olimpo, con la espalda contra un árbol. Aspiró el aire puro de aquel territorio sagrado, sintiéndose extraño con el hecho de haber vuelto a la vida. Esa segunda vida que Zeus le había regalado tenía un solo propósito, ganarle el control absoluto del mundo a su señor. El arcángel de Pólux había recibido la orden directa de su señor de capturar a Hilda de Polaris en cuanto los demás dioses estuvieran ocupados con la batalla.

Pensando en lo sencilla que era su misión, conociendo el gran poder – otorgado por Zeus – que tenía en ese momento, Saga sintió un intenso dolor de cabeza. Cerró los ojos con fuerza y movió la cabeza de un lado a otro, tratando de aliviar el punzante dolor. No era la primera vez que lo sentía, pues, desde que había resucitado, ese fastidioso dolor lo había asaltado. Sumando al dolor, una grave voz se colaba en sus pensamientos, siempre repitiendo lo mismo:

"Primogénito maldito de Gea, tu destino te persigue nuevamente. Muere y vuelve a nacer, repitiendo el ciclo interminable de destrucción que pesa sobre ti."

A Saga le parecía haber escuchado antes esa voz, sin embargo no podía recordar dónde ni cuándo. Sin comprender el significado de esas palabras, el peliazul había optado por ignorarlas, pero cada vez podía escucharlas más frecuentemente, al tiempo que los dolores de cabeza se volvían más y más intensos. Entonces, sintiéndose guiado por una intensa fuerza, Saga se levantó y se encaminó al único lugar que, extrañamente, desde hacía algún tiempo, era capaz de brindarle serenidad. Elevando su cosmos, el arcángel se tele transportó a Cabo Sunion. Y grande fue su sorpresa cuando se encontró allí a su otra mitad, a su hermano gemelo, Kanon.

– "Primogénito maldito de Gea, tu destino te persigue nuevamente. Muere y vuelve a nacer, repitiendo el ciclo interminable de destrucción que pesa sobre ti" – recitó Kanon. Saga no pudo evitar sorprenderse – No tengo idea de qué puede significar, ¿qué hay de ti, hermano? – se volteó hacia Saga.

– ¿Qué tonterías estás diciendo? – replicó el mayor de los gemelos – Así que aún estabas vivo, Kanon – se fijó en la armadura que portaba – ¿Un general Marino? Entonces, estás del lado de Poseidón.

– Y tú del lado de Zeus, qué lamentable, tendré que acabar contigo – respondió Kanon. Saga arqueó una ceja – No soy el mismo de antes, así como tú tampoco. Tienes esa vida prestada, eres una marioneta que se mueve según los deseos de Zeus.

– ¿Acaso no eres tú uno de los peones de Poseidón?

– Quizás. Quizás todos somos peones dispuestos en un enorme tablero, siguiendo los designios de algún ser superior. ¿Cuál es el sentido de esta guerra? ¿Cómo distinguir el bien del mal? ¿Quién está en lo correcto? ¿Cuál es la verdadera justicia?

– Creo que sólo hay una forma de averiguarlo – respondió Saga.

– Pelear en esta guerra hasta el final – dijeron ambos hermanos, al unísono. Los dos se voltearon, regresando cada uno con su señor, no sin antes esbozar una sonrisa y decirse, por medio de sus cosmos:

– Cuando nos volvamos a ver, te mataré.

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Poseidón acababa de comunicar a sus soldados las noticias traídas por Mu de Aries, el mensajero de Atena. Todos estaban preparándose; entonces el emperador de los mares llamó a su comandante, Dragón Marino, al salón principal de su templo. Poseidón se sentó en su trono y Kanon se arrodilló ante él.

– ¿Y bien? ¿Te has encontrado con él?

– Tal y como usted lo dijo, emperador, él ha venido a Cabo Sunion, agobiado por esas mismas palabras – respondió Kanon – Estoy seguro de que mi destino es enfrentarme a él, no sé si alguno de los dos saldrá con vida o si, simplemente, ambos pereceremos en esta absurda guerra. Sin embargo, el significado oculto tras esas palabras, emperador, ¿acaso usted…? – Poseidón esbozó una leve sonrisa.

– Kanon, fuiste encerrado en una prisión en Cabo Sunion como expiación por tus pecados. Un simple mortal que fue capaz de despertar a un dios, pero no a un dios cualquiera, sino al dios de los mares y las tempestades y no sólo eso, eres un simple mortal que logró revivir a los generales más poderosos del reino submarino, me engañaste para que me enfrentara con Atena, aprovechándote del hecho de que ella y yo hemos sido enemigos desde la época del mito – Kanon bajó la cabeza – Eres un simple mortal, el "segundo", aquel de inmensos poderes que no logró hacerse un lugar entre la elite de guerreros de Atena, aquel que deseaba matar a Atena y ganar el control de la Tierra, aquel que me usó para alcanzar ese propósito. Un simple mortal que logra manipular a un dios ¿te has puesto a pensar en lo absurdo que suena eso?

– Emperador, yo…

– Kanon, ¿quién crees que es el único capaz de manipular a un dios hasta tal punto? – el aludido no respondió – Sé que conoces la respuesta, ¿quién?

– Un ancestro… un… un titán…

Poseidón simplemente sonrió y dijo:

– Ahora, trata de recordar cómo fue que lograste liberar nuevamente mi espíritu cuando se supone que dormiría eternamente, después de haber sido encerrado por Atena.

Flashback

El reino submarino de Poseidón había quedado completamente destruido. Una vez más, Atena y sus guerreros habían resultado victoriosos. Kanon había protegido a Atena del ataque del tridente de Poseidón, demostrando su arrepentimiento. La diosa y sus caballeros de bronce habían conseguido escapar de la destrucción, sin embargo Kanon sabía que la muerte era lo mínimo que merecía, después de haber traicionado a su diosa. Sin embargo, se sentía tranquilo, pues, aunque fuera poco, su muerte de alguna manera le permitiría redimirse, aún cuando tuviera que sufrir eternamente en el infierno, como justo castigo.

Todo se derrumbó sobre él, las agitadas aguas del mar lo cubrieron todo, cerrando ese capítulo para siempre. O al menos eso era lo que Kanon pensaba. Creyendo haber llegado al infierno, Kanon sintió la oscuridad cernirse sobre él, había perdido sus sentidos, pero se sentía extrañamente tranquilo. Hasta que, de repente, sintió un calor en sus mejillas, extraño, pues pensaba que sus sentidos lo habían abandonado. Las fuerzas volvían a su cuerpo, podía sentir arena entre sus dedos. Se aferró a ella y lentamente abrió los ojos. Se sentó y miró a su alrededor. Había llegado, inexplicablemente, a la costa.

¿Estoy… vivo? – miró sus manos y luego alzó su vista hacia el cielo, siendo cegado por el resplandor del sol.

¡Sorrento, mira, allí hay una persona! – al instante, logró reconocer esa voz. Volteó súbitamente y vio que un joven de largos cabellos azulados corría hacia él, seguido de un chico de cabello más corto. Kanon parpadeó, confundido – ¿Estás bien?

Poseidón… Y también, Sorrento…

¿Se conocen? – preguntó un confundido Julián. Mintiendo, Sorrento negó con la cabeza, mirando fijamente a Kanon – No esperaba que aún hubiera alguien por aquí – Kanon frunció el ceño – Anoche hubo un repentino maremoto, mi corporación está ayudando a las personas que viven cerca de la costa y que perdieron sus hogares por causa de la furia del mar. Por cierto, soy Julián Solo, heredero de la familia Solo.

¿Acaso… has perdido la memoria? – preguntó Kanon.

Señor Julián, creo que este hombre está seriamente afectado, no sabe lo que dice – intervino Sorrento – Será mejor llevarlo a un hospital.

¿Qué? ¿De qué estás hablando? – replicó Kanon – Y ¿cómo es que estás con vida, Sorrento? Después de que el reino submarino se derrumbara, no esperaba que hubiera sobrevivientes, incluso yo, no sé cómo es que estoy con vida en este momento si recuerdo claramente que fui atravesado por el tridente de Poseidón y luego el imperio marino se derrumbó – Sorrento lo golpeó en la nuca, provocando que Kanon se desmayara.

No tenías que ser tan duro con Dragón Marino, Sorrento.

¿Eh? – Sorrento se sorprendió. Entonces, Julián se sujetó la cabeza con ambas manos – ¿Se siente bien? – Julián asintió con dificultad. No era la primera vez que el heredero de la familia Solo sufría repentinos dolores de cabeza y hablaba como si el espíritu de Poseidón aún estuviera dentro de él.

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Kanon abrió los ojos lentamente y miró a su alrededor. Estaba en la habitación de un hospital, recostado en una cómoda cama. En ese momento, la puerta se abrió y Sorrento entró.

Eres muy resistente, tanto que no pareces humano. No esperaba que sobrevivieras.

Maldito, primero me tratas como si estuviera loco y ahora… – intentó incorporarse, pero su cuerpo se sentía adormecido – Rayos, no entiendo qué fue lo que sucedió. Poseidón no recuerda nada y ambos sobrevivimos…

Tengo un mal presentimiento. El señor Julián suele hablar a veces como si aún albergara el espíritu de Poseidón en su interior y esta vez, después de verte, fue peor. ¿Quién diablos eres tú en realidad, Kanon? Tu cosmos… no es normal, es como si estuviera más allá de mi entendimiento – Kanon lo miró, confundido – Tienes un poder que ninguna de las Marinas tenemos, aún ahora puedo percibirlo. Incluso… me atrevería a decir que… que sobrepasa el del mismo emperador Poseidón.

¿Pero qué estás diciendo?

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Esa noche, Kanon logró escaparse del hospital, sin que nadie se percatara de su ausencia. Caminó por las calles de Atenas, hasta que, sin darse cuenta, llegó hasta el borde de la prisión donde había sido encerrado por Saga años atrás. No sabía por qué, pero una extraña energía empezó a atraerlo hacia el interior de la celda. Casi podía jurar que alguien lo estaba llamando. Kanon recordó lo que solía estar escondido debajo de aquella celda. Saltó al agua, que se agitaba con furia, y se acercó hacia la celda, aferrándose a los barrotes. Aplicando apenas una pequeña fuerza, los barrotes cedieron y el hombre entró. Adentrándose en la que había sido su celda, Kanon se percató de que aquel agujero seguía allí.

Esto es muy extraño.

Kanon se arrojó por el agujero sin pensarlo. Como había sucedido antes, el hombre apareció en el fondo del mar. Donde antes se encontraba el santuario que resguardaba la sagrada armadura de Poseidón y las Scales de sus generales marinos, ahora sólo había ruinas. Kanon caminó entre los trozos de paredes de mármol, columnas y restos de lo que había sido un templo. El hombre avanzó lentamente, hasta que vio algo brillar. Se acercó y se dio cuenta de que se trataba del ánfora donde estaba resguardado el espíritu de Poseidón, sólo que estaba destrozada.

Imposible… ¿quién…?

Entonces, una siniestra risa se dejó escuchar. Kanon se puso en posición defensiva y miró a su alrededor. Un intenso cosmos inundó las ruinas del santuario y una misteriosa figura translúcida se materializó ante él. Básicamente se trataba de la versión adulta de Julián Solo, vistiendo la armadura de Poseidón y cargando, orgulloso, su tridente. Kanon parpadeó, confundido.

¿Julián…? No, espera… este cosmos… eres… Poseidón – la figura sonrió – Pero, cómo es que… se supone que tu espíritu fue sellado en el ánfora de Atena – el hombre volvió a reír antes de contestar.

Sí, eso es lo que Atena y sus caballeros pensaron, sin embargo, tú me has liberado de nuevo. Más bien, tu sangre me mantuvo libre.

¿Mi sangre? – hizo una pausa, pensando – Te refieres a…

Sí, cuando protegiste a Atena de mi ataque, tu sangre se impregnó en mi tridente, entonces, cuando ella intentó sellar mi alma, en realidad sí lo logró, sin embargo, cuando todo se derrumbó, mi espíritu misteriosamente se liberó de esa ánfora, siendo incluso capaz de romperla. Así pues, tú me has convocado de nuevo.

No entiendo qué…

Kanon, bien sabes que nosotros los dioses elegimos continuamente seres humanos en los cuales encarnamos cuando "llega el momento" – explicó Poseidón – Lo mismo sucede con Atena. Sin embargo, llega un momento en el cual nosotros encontramos a la persona que guarda nuestra verdadera esencia ¿comprendes? – Kanon asintió – Así pues, finalmente ha nacido en esta época una persona que guarda la verdadera esencia de mi ser, y ese es Julián Solo.

¿Y-Yo?

Kanon se volteó. Julián Solo apareció. Sus ropas estaban empapadas, al igual que su cabello y respiraba agitadamente. Miraba, asustando, a Kanon y a Poseidón. Lentamente se acercó hasta donde estaban.

Como ves, estoy diciendo la verdad – continuó Poseidón – Muy en el fondo, él lo sabe, sabe que ha nacido para convertirse en mi verdadero ser, para tomar su lugar como el dios de los mares y las tormentas, Poseidón.

Todo lo que acababa de escuchar le parecía demasiado confuso a Kanon y ni qué decir a Julián, que era incapaz de articular palabra alguna.

Nuestras almas están conectadas, aún cuando hayas perdido la memoria, Julián, tu inconsciente hace que recuerdes quién eres en realidad – de nuevo una dolorosa punzada asaltó a Julián, que se tomó la cabeza con ambas manos y cayó de rodillas al suelo. Poseidón empezó a caminar hacia él y se arrodilló para quedar a la altura del joven Solo – Julián – el aludido levantó la mirada.

Es bastante extraño estar viéndome a mí mismo – dijo Julián, con una sonrisa nerviosa d – Quiero decir… hace algún tiempo empecé a tener estos extraños dolores de cabeza, que venían acompañados por unos borrosos recuerdos, era como si mi verdadero ser estuviera empezando a despertar de un profundo sueño, como si en realidad Julián Solo y Poseidón se estuvieran convirtiendo en uno solo – Poseidón sonrió.

Fue más rápido de que esperado – le dijo el dios de los mares – ¿No lo crees? – Julián asintió, mientras Kanon observaba la escena, confundido – Con esto, finalmente recuperaré todo mi poder, todo el resplandor de mi cosmos. Ahora, Kanon…

Tú has sido capaz de fusionar esta alma que se había partido en dos – dijeron al unísono Julián y el espíritu de Poseidón, que empezaban a fundirse en uno solo – Tu sangre ha mantenido mi espíritu libre para encontrarme con mi otra mitad. Tú, un simple mortal, mira lo que has sido capaz de hacer… Kanon, ¿quién eres tú en realidad?

Finalmente, un resplandor rodeó el cuerpo de Julián. Cuando la luz se desvaneció, la mirada del joven Solo había cambiado, estaba llena de astucia y su porte elegante resaltaba aún más. Fue en ese momento cuando Kanon comprendió que finalmente Julián Solo se había convertido en el verdadero Poseidón. Podía saberlo por la intensidad de su cosmos, miles de veces más poderoso e intimidante que la vez anterior que se habían encontrado.

Kanon, ¿quién eres en realidad? – repitió el dios. El hombre no supo qué responder – Guardas un poder misterioso, que ha sido capaz de lograr algo que yo creía imposible.

Lo que acaba de suceder… Como lo ha dicho, soy un simple mortal, ¿no creerá en verdad que yo…?

Poseidón levantó su tridente y le hizo una cortada en la mejilla izquierda a Kanon. La sangre empezó a brotar y el dios la limpió con su mano. A continuación, el mismo Poseidón se hizo una cortada en el dedo índice. Juntó su sangre con la de Kanon y puso la mano sobre una de las escasas columnas que aún permanecían de pie. De inmediato el templo destrozado comenzó a reconstruirse, recuperando su antiguo esplendor. Sobre el piso estaba esparcidos los trozos de las armaduras de sus marinas.

¿Qué acaba de hacer?

Durante la Titanomaquia, – explicó el dios – antes de encerrar a los titanes en el Tártaro, nosotros los olímpicos tomamos la sangre de nuestros ancestros y la mezclamos con la nuestra para reconstruir todo aquello que quedó destrozado después de la guerra. Después de eso, pensamos que, al ser descendientes de los titanes, podíamos seguir usando nuestra propia sangre para lograr hazañas increíbles como esas, sin embargo, nunca tuvimos éxito. Hestia entonces llegó a la conclusión de que sólo la sangre de los titanes tenía tal poder. Ahora, he mezclado mi sangre, la sangre de un dios, con la tuya, que eres un simple mortal, pero ya has visto lo que sucedió.

¿Acaso insinúa que yo… tengo la sangre de los titanes? – Poseidón no respondió, simplemente lo miró fijamente. Kanon, pensando en lo absurdo de las palabras del dios, no pudo evitar reír – ¡Tonterías! ¿Quién podría creer tal cosa? ¡Es completamente absurdo!

¿Absurdo? Piénsalo de este modo, siempre has tenido un poder inmenso, aún para un caballero dorado, estoy seguro de que ninguno de los caballeros de tu diosa podría derrotarte; quizás el único capaz de estar a la altura de tus habilidades es tu hermano gemelo; más aún, lograste engañar a un dios. Yo creo que no puedes descartar esa idea de inmediato, no sin investigar un poco más. Trabajemos juntos. ¿Qué te parece?

¿Por qué querría un dios aliarse al hombre que lo engañó en el pasado?

Ha llegado el tiempo del cambio. La lucha de poderes en el Olimpo pronto estallará. Muchos dioses han buscado, desde la época del mito, derrocar a Zeus, entre ellos Hera. Lo presiento, una batalla como ninguna otra, una que involucrará, una vez más a Atena y sus guerreros.

¿Eso en qué le conviene? ¿Acaso es su deseo hacerse con el control del Olimpo?

No precisamente, sólo deseo gobernar el territorio que me he ganado justamente – respondió – Además – sonrió misteriosamente – esto acabará de una manera que nadie se espera, eso es algo que estoy deseoso por ver.

¿Qué significa eso?

Únete a mí y lo verás, Kanon, guardián del Atlántico Norte. General Dragón Marino, aquel nacido bajo la estrella del caos. Convirtámonos en actores de esta obra sin fin y de paso, protejamos aquello que queramos proteger.

Emperador Poseidón – Kanon se arrodilló ante el dios – No tengo el derecho de llamarme caballero de Atena, aunque considero que tampoco tengo derecho de considerarse uno de sus generales marinos, sin embargo, juro que lucharé a su lado y lo protegeré, como expiación de mis crímenes contra usted.

Bien dicho. Que así sea, Dragón Marino.

Poseidón se hizo un corte más profundo en la muñeca y empezó a verter su sangre sobre las Scales destrozadas de sus generales. Así, las armaduras de sus generales volvieron a la vida, completamente renovadas y rebosantes de poder.

Flashback End

– Veo que aún no estás del todo convencido, Kanon.

– Es sólo que prefiero no sacar conclusiones apresuradas antes de tener pruebas sólidas.

– Entonces, ¿estás diciendo que no confías en la intuición de tu señor?

– N-No es lo que quise decir, emperador – balbuceó Kanon, apenado – Es sólo que…

– Descuida – Poseidón se puso de pie – ¡Tetis! – exclamó y al instante la sirena apareció ante él – Pronto viajaré al santuario, prepara todo para mi salida.

– ¡Sí, emperador! – exclamó la rubia, desapareciendo al instante.

– ¿Al Santuario? – repitió Kanon – ¿Piensa dejar la seguridad de su fortaleza en un momento como este?

– El plazo que nos dio Zeus para comunicarle nuestra decisión está pronto a vencerse y estoy seguro de que mi querido hermano ya se ha cansado de esperar, además, necesito discutir nuestra estrategia con Atena, no podemos dejar que Hilda de Polaris caiga en manos de Zeus ni de Hera – Kanon no parecía convencido con los argumentos del dios – Entiende esto, Kanon, no existe un lugar seguro en este momento, ni sobre la tierra, ni bajo el mar.

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Grecia. Santuario de Atena.

Saori había mantenido una comunicación constante con Hilda, mediante unos halcones que transportaban los mensajes entre Grecia y Asgard. De esta manera, Hilda se enteró de los descubrimientos de Atena, desde todo lo que había ocurrido en el concejo olímpico, hasta el ataque de uno de los arcángeles de Zeus, Kardia. Saori a su vez había sido informada acerca de la resurrección de los dioses guerreros y de la existencia de las diosas guerreras que estaban al servicio de su hermana menor, Fler. Sin embargo, Saori decidió que sería mejor discutir sus estrategias en persona, así que Hilda de inmediato partió a Grecia, para reunirse con Atena.

– Bienvenidos a Grecia.

Hilda, Siegfried y Mime acababan de llegar al Santuario. Mu, como guardián de la primera casa, se había encargado de ir a recibirlos, para escoltarlos hasta la estancia del Patriarca, que se había convertido en la sala de estrategias de Atena. Los tres visitantes agradecieron y siguieron a Mu en su recorrido a través de las doce casas del Zodiaco. Finalmente llegaron ante Atena, que se encontraba reunida con sus caballeros. En cuanto Atena vio llegar a sus invitados, se levantó de su silla para ir a saludarlos.

– Es un honor recibir su visita – dijo Saori – Bienvenidos al santuario.

– Atena, es un placer verte de nuevo – respondió Hilda, abrazando a la diosa – Recibí tu mensaje y de inmediato decidí venir a verte. Parece que las cosas son más serias de lo que pensábamos – Saori asintió con pesar – Siento que todo está sucediendo por mi culpa, yo no…

– ¡Señorita Hilda! – exclamó Mime – ¿Cómo puede decir esas cosas?

– Hilda, esto no es culpa tuya, recuerda que todo esto estaba destinado a pasar – añadió Siegfried – Tú eres el sol de Asgard, si tú te derrumbas, entonces el pueblo también lo hará.

– Tus guerreros tienen razón – añadió Atena – Nadie te culpa por lo que sucedió, Hilda. Al contrario, tu ayuda es indispensable para mantener la paz en la tierra.

– Hilda, disculpa mi impertinencia – intervino Shun – Pero, ¿no es arriesgado para ti haber dejado Asgard? Sin tu protección…

– No te preocupes, dejé a Alberich a cargo – los cinco caballeros de bronce se sorprendieron – Además también está Fler, nuestro pueblo confía plenamente en ella.

– Oye Shiryu – le susurró Seiya al Dragón – Hilda acaba de decir que dejó a Alberich a cargo ¿cierto? ¿El mismo Alberich que intento traicionarla?

– Estoy seguro de que se trata de él – respondió el Dragón, en voz baja.

– Es lógico que reaccionen de esa manera – les dijo Hilda – Todos pensamos así en su momento, sin embargo – la peliplateada guardo silencio un momento – ¿Cómo explicarlo? Es sólo que… Alberich ya no es el mismo de antes, puedes darte cuenta con sólo percibir la esencia de su cosmos – Siegfried frunció el ceño.

– La señorita Hilda confía plenamente en él – añadió Siegfried, resignado – Y aunque me cueste admitirlo, no sabríamos ni la mitad de lo que sabemos en este momento sin su ayuda, así que por eso se ha convertido en nuestro estratega.

– Ese sujeto es un tramposo, pero es brillante – agregó Hyoga – Estoy seguro de que él podría idear una buena estrategia para esta batalla.

– Lamentablemente, él no pudo acompañarnos en este viaje, ya que está ocupado tratando de encontrar a las diosas guerreras protectoras de Fler – dijo Hilda – Sin embargo, creo que…

– Ninguna estrategia funcionará contra nosotros – una voz irrumpió en la estancia y tanto los caballeros como los dioses guerreros se pusieron a la defensiva – Lo único que puede salvarlos es unirse al gran Zeus.

Las puertas de la habitación de patriarca se abrieron de golpe y los caballeros de oro entraron.

– ¡Muéstrate! – gritó Aioria – ¡Sabemos que eres tú, Saga!

– S-Saga…

– Así es, Atena – de repente el antiguo caballero de Géminis apareció en medio de la sala – Bien, bien, parece que la velocidad de reacción de tus caballeros ha mejorado.

– ¿Qué dijiste, canalla? – replicó Aldebarán, enfadado.

– ¿A qué has venido, Saga? – preguntó Shaka.

– Simplemente he venido para llevar a la señorita Hilda de Polaris ante mi gran señor, Zeus.

– Primero tendrás que pasar sobre mi cadáver – dijo Siegfried, en tono amenazante.

– Muy bien, si así lo quieres.

Siegfried se abalanzó sobre Saga a toda velocidad, preparando su poderoso ataque, la Ventisca del Dragón, liberando su cosmos para atacar a Saga, que simplemente se quedó quieto, recibiendo directamente el poder del dios guerrero. Saga levantó su mano derecha y con un simple movimiento mandó a volar Siegfried, haciendo que chocara contra una columna y que con el impacto derrumbara un par más.

– ¡Tenemos que salir de aquí! – exclamó Shun – ¡Este sitio va a colapsar!

Mime tomó a Hilda de la mano y la condujo hacia el exterior de la sala. Atena y sus caballeros se reunieron ante la estatua de la diosa, mientras Saga caminaba lentamente hacia ellos. Entonces, Ikki dio un paso al frente, deseoso de enfrentar al renovado Saga, que era aún más poderoso que cuando lo enfrentaron en la batalla de las doce casas.

– Esto promete ser interesante – dijo el Fénix – Saga, has vuelto a la vida, traicionando a tu diosa y a tus compañeros, me recuerdas a mí.

– No me pongas a tu nivel, débil caballero de bronce – Ikki sonrió – Si tanto deseas morir, ven y atácame con todo tu poder.

Ikki así lo hizo, sin embargo, al igual que con Siegfried, Saga no se movió de su lugar recibiendo de lleno el ataque, para después mandar a volar al caballero. Saga caminó hacia donde había caído el Fénix, dispuesto a darle el golpe final, pero Atena se interpuso en su camino.

– Saga, no te atrevas – dijo Saori con voz decidida. El aludido suspiró.

– Señorita Atena, no he venido para luchar contra usted, tan sólo debo escoltar a la señorita Hilda hacia el Olimpo, así que le ruego que no se interponga en mi camino, ya que no deseo mancharme las manos con la sangre de la amada hija de mi señor Zeus.

– Alguna vez luchaste del lado del mal y te redimiste – dijo ella – Eres un caballero, Saga, siempre lo serás, aún cuando mi padre te haya lavado el cerebro. No hagas esto, por favor, no quiero lastimarte – el arcángel no pudo evitar reír.

– ¿Lastimarme? – volvió a reír – Sea realista, señorita Atena, con sus poderes actuales, jamás será capaz de hacerme siquiera un pequeño rasguño – Atena bajó la mirada, acongojada – Usted misma sabe que digo la verdad y por eso baja la mirada. También sabe que esto es culpa suya, si hubiera regresado antes al Olimpo, podría haber recuperado sus grandiosos poderes, pero, aún no es tarde, ya que estoy aquí, aún puedo llevarle su mensaje de aceptación a mi señor Zeus. Sin embargo, si se niega, es mi deber tacharla como enemiga y acabar con usted.

– Saga, no pierdas el tiempo discutiendo con esa patética diosa – dijo una nueva voz, que todos identificaron como la voz de Aioros – Toma a la señorita Hilda de Polaris y regresa de una vez al Olimpo.

Al escuchar la voz de su hermano, Aioria se llenó de furia y, apretando los puños, le gritó:

– ¡Aioros, cobarde! ¡Deja de esconderte y enfréntame! ¡Traidor!

– Te aconsejo que tengas cuidado con lo que deseas, niño – le dijo Saga – ¡Aioros! No te metas en mi misión y mejor encárgate de encontrar al estúpido de Kardia – el cosmos de Aioros desapareció al instante – Atena, decida.

– Jamás me uniré a Zeus – replicó, con voz firme, tratando de mantener sus ojos fijos en el arcángel, a pesar de que la mirada del hombre la intimidaba profundamente.

– Ya veo, aún necesita un poco más de tiempo para pensarlo – dio media vuelta y se dirigió hacia donde estaba Hilda – Muy bien. El plazo vence hasta mañana, así que no hay problema, supongo que mi señor puede esperar un poco más. No perderé más tiempo aquí, señorita Hilda, vendrá conmigo.

– Sigue soñando – Mime empezó a tocar su arpa – ¡Réquiem de Cuerdas!

Las cuerdas del arpa se enrollaron en el cuerpo de Saga, apresándolo cada vez con más fuerza. Cuando la melodía estaba a punto de terminar y todos pensaban que Mime lo tenía todo bajo control, Saga se liberó con gran facilidad y tomó a Mime por el cuello, levantándolo del suelo.

– ¿Es lo mejor que tienes? – se burló – ¿Y así te haces llamar dios guerrero? Patético.

Mime estaba a punto de quedar inconsciente por cause del fuerte agarre que Saga ejercía sobre su cuello, pero entonces, Hilda elevó su cosmos, haciendo que Saga empezara a su soltar a su dios guerrero, hasta que, sintiendo como si sus energías empezaran a desaparecer, el arcángel dejó caer al guerrero de Asgard al suelo. Saga se recuperó rápidamente, pero no pudo dejar de admirar los poderes de la hija de Odín.

– No hay duda de por qué mi gran señor te escogió, Hilda de Polaris – dijo Saga – Tu cosmos rivaliza incluso con el de un dios.

Hilda lo miró, desafiante, antes de añadir:

– Puedes ir y decirle a tu gran señor que no importa que me haya elegido, porque yo no lo he elegido a él, y jamás lo elegiré.

– No quería lastimarla, pero tal parece que tendré que dejarla inconsciente para…

En ese momento, los caballeros de bronce y oro y los malheridos Siegfried y Mime se colocaron enfrente de Hilda, liderados por Atena que tenía en sus manos el báculo de Niké, al tiempo que encendía su cosmos y enfrentaba a su ex caballero.

– Abandona este santuario ahora, traidor – dijo Saori.

– Con gusto me iré, en cuanto cumpla con mi misión.

– ¡No le pondrás una mano encima a Atena ni a Hilda! – exclamó Seiya.

Los caballeros de Atena y los dos dioses guerreros de Asgard combinaron sus energías junto con el cosmos de Atena y el de Hilda, formando una enorme nebulosa y arrojándola hacia el arcángel. Saga, al igual que antes, permaneció impasible, sin embargo, el ataque empezó a provocarle pequeños rasguños en el rostro y los brazos, por lo que se vio obligado a perder su postura.

– No quería llegar a esto, pero no me dejan opción – entonces exclamó – ¡Explosión de Galaxias!

El poderoso ataque de Pólux destrozó al instante la energía de los poderes combinados del bando de Atena e Hilda. Los guerreros se colocaron como escudo para proteger a las mujeres. Los caballeros y dioses guerreros salieron disparados por los aires, cayendo al suelo estrepitosamente.

– ¡Muchachos! – exclamaron las mujeres al unísono.

Saga entonces se movió a gran velocidad y, dejando inconsciente a Hilda, sin que nadie lo notara, la tomó en sus brazos y comenzó a alejarse.

– ¡H-Hilda! – gritó un desesperado Siegfried, al ver a su señora alejarse.

– ¡Explosión de Galaxias! – exclamó otra voz en ese momento. Un par de destellos se movían aún más rápido que la luz, sin que ninguno de los presentes pudiera identificar de qué se trataba.

– Sólo hay una persona… que puede usar la… Explosión de Galaxias, además de… Saga – comentó Ikki, incorporándose con dificultad.

– No puede ser… – dijo Atena – Kanon…

Efectivamente, se trataba de Kanon, el hermano gemelo de Saga.

– Has caído bajo, Saga – comentó el menor de los gemelos – Usando a una mujer como escudo.

Saga sabía claramente cuál era su misión, sin embargo, en ese momento, su deseo de luchar contra Kanon era más fuerte que otra cosa. Se sentía dividido entre el cumplimiento del deseo de su señor, del dios al que servía y el instinto de pelea que no podía contener. Finalmente, Saga decidió bajar a Hilda, para poder concentrarse en su pelea contra su gemelo.

– Kanon, ¿acaso piensas que puedes manipularme con tus palabras?

– Bueno, hace algún tiempo funcionó – respondió – Logré que finalmente mostraras tu verdadero ser. Eres un ser perverso, Saga, al igual que yo. Ninguno de los dos puede evitar esa sensación de fuego cuando nos encontramos. Todo lo que podemos hacer…

–… es luchar – concluyó Saga, atacando vorazmente a su gemelo, que le respondía con la misma furia. Seiya corrió hacia donde estaba Hilda y la tomó en sus brazos, alejándola de su captor.

– Atena, ¿qué debemos hacer ahora? – preguntó Mu, pero la diosa no respondió, pues estaba demasiado consternada con todo lo que estaba sucediendo a su alrededor – ¿Atena? – la mujer se preguntaba una y otra vez qué debía hacer. La fuerza de los ataques de los gemelos amenazaba con impactarse contra ellos, así que Shaka se colocó enfrente, protegiendo a los demás, ya que era quien se encontraba en mejores condiciones.

– Atena, eres nuestra diosa, nuestra comandante – dijo el de Virgo – Nosotros estamos aquí para obedecer tus órdenes, pero si no te levantas y peleas como la diosa que eres, ¿cómo esperas que tus caballeros tengan esperanza?

Saori reaccionó al escuchar las palabras de Shaka. La diosa miró a su alrededor; los rostros de sus caballeros denotaban desesperación y confusión. Todo era un caos a su alrededor y no había hecho nada por remediar la situación. Tambaleante, Atena se puso de pie, tomó su báculo y, con mirada decidida, se puso en medio de los poderosos ataques de los hermanos, dispuesta a detenerlos, sin embargo, eran tan poderosos que sintió que su cuerpo sería aplastado por la presión.

– ¡Atena! – los caballeros corrieron hacia su diosa para socorrerla, pero entonces, la voz de Zeus retumbó en el cielo:

– Pólux, es suficiente por hoy, regresa de inmediato – confundido, Saga detuvo su ataque, al tiempo que Kanon hacía lo mismo, al escuchar la voz de su emperador, Poseidón:

– Suficiente diversión por hoy, Dragón Marino, ya detente.

– Como ordene – dijeron ambos hermanos.

– Mi señor es benevolente, pude haber acabado con todos ellos en un instante – dijo Saga, en voz baja, desapareciendo.

– Vaya, vaya, te dejo sola un par de días y conviertes tu santuario en escombros – Poseidón hizo aparición, vistiendo una túnica blanca y cargando su tridente – Kanon, trae a la señorita.

El aludido tomó a Hilda en sus brazos y la condujo hasta su señor, depositándola cuidadosamente en el suelo; no sin antes escuchar protestas por parte de los malheridos Siegfried y Mime, que sólo se calmaron hasta que se dieron cuenta de que Poseidón estaba sanando a Hilda. La peliplateada abrió los ojos y miró a su alrededor, confundida. Kanon le ofreció una mano para ayudarla a levantarse, mientras Poseidón se encargaba de sanar a los demás.

– Julián, quiero decir… Poseidón – dijo Atena – ¿Qué… qué haces aquí?

– Vine porque supuse que Zeus no se quedaría quieto – respondió el dios, mientras terminaba de sanar Mime – Y porque estaba seguro de que ustedes no podrían resistir su ataque.

– ¿Qué insinúas… qué somos… demasiado débiles? – replicó entrecortadamente Aioria.

– Tú lo has dicho, Leo – respondió Poseidón – No es sólo que sean débiles, es que los arcángeles de Zeus tienen un poder que está más allá de su entendimiento. Nadie más que Kanon podría hacerle frente, en este momento, a Saga.

La atención se centró en Kanon, que se mantenía alejado del grupo.

– Kanon, ¿en verdad eres tú? – preguntó Ikki – Esa armadura…

– La Scale del Dragón Marino ha sido revivida con la sangre del señor Poseidón – respondió Kanon – Y no sólo esta, todas las Scales han vuelto a la vida, así como los ejércitos de Poseidón.

– Poseidón, tú… ¿estás de nuestro lado acaso? – preguntó Hilda.

– Yo simplemente estoy del lado de la justicia, es decir, de lo que considero que es justo en este momento – respondió – Tengo mi propia justicia, mi propio camino y mi propia forma de hacer las cosas – le hizo una seña a Kanon para que se retirara – Pelearé del lado de Atena porque es lo que considero correcto en esta ocasión, así que, si alguna vez necesitan la ayuda de mis Oceánidas, no duden en llamarnos.

Poseidón desapareció junto con su comandante.

– ¿Todos se encuentran bien? – preguntó Seiya.

– Así que esos son los poderes de Poseidón – dijo Ikki – No hay duda de que el verdadero dios de los mares ha despertado.

– Sí, sus poderes son increíbles; – añadió Shun – pudo sanarnos en cuestión de segundos.

– Atena, ¿sucede algo? – preguntó Aldebarán, al ver que la diosa se había quedado sentada en el suelo, con la mirada baja.

– Lo he decidido – la mujer se incorporó, tomando firmemente el báculo de Niké y levantando la mirada hacia el sol – Necesito hacerme más fuerte y sólo hay una forma de lograrlo sin volver al Olimpo – todos la miraron, preguntándose a qué se refería – La madre tierra, Gea.

– ¿La… madre tierra? – preguntó Siegfried, sujetando a su señora entre sus brazos.

– Hace tiempo, escuché una historia de mi maestro – Shiryu tomó la palabra – Él me dijo que, desde la época del mito, los dioses que habían sido desterrados del Olimpo o que lo abandonaban por alguna razón, gradualmente empezaban a perder sus poderes, hasta que se convertían en simples humanos con vidas muy largas. De alguna manera, estar lejos de territorio sagrado los volvía vulnerables, por eso, cuando los dioses necesitaban restaurar sus poderes, buscaban la ayuda de la Madre Tierra, la ayuda de Gea. Sin embargo…

– ¿Sin embargo…? – lo apremió Seiya.

– No es tan simple – dijo Saori – No es tan sencillo encontrar a Gea, además… Se debe pagar un alto precio por su ayuda, por hacer un pacto con la gran titánide – hizo una breve pausa – Es un principio básico, si quieres obtener algo, debes entregar algo a cambio.

– Atena – dijo Hilda, incorporándose lentamente, con la ayuda de Siegfried – ¿Qué es? ¿Qué es eso que tienes que dar a cambio de obtener la ayuda de la madre tierra? – Atena no respondió de inmediato.

– Atena, ¿acaso se trata de…? – empezó Shaka, quien parecía entender el significado oculto tras las palabras de su diosa.

– En efecto – dijo la diosa – Si Gea accede a ayudarme, una vez que se haya terminado todo, perderé por completo mis poderes de diosa y me convertiré en una simple mujer.

El Santuario se quedó en silencio en ese momento, mientras todos los presentes procesaban las palabras que acababan de salir de los labios de la diosa de la sabiduría. Se hallaban en una encrucijada. Por una parte, todos estaban conscientes de que Atena no podría enfrentarse a Hera y Zeus con los poderes que tenía, pero, por el otro lado, si Atena perdía sus poderes, ¿qué sucedería con la tierra sin la protección de su diosa guardiana? Sí, Saori Kido, la reencarnación de la gran Atena, estaba a punto de tomar una de las decisiones más difíciles de su joven vida.

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Olimpo, observatorio privado de Zeus

Las puertas de la amplia habitación se abrieron lentamente y el arcángel Pólux entró en la estancia, arrodillándose ante su señor. Zeus se fijó en su guerrero y le hizo una seña para que se acercara. Saga obedeció, suponiendo que lo que le esperaba en ese momento sería una represalia por parte de Zeus, al haber fallado en cumplir su misión. No había podido llevar a Hilda de Polaris con su señor y era lógico que ahora fuera castigado.

Zeus se puso de pie y Saga lo miró, inexpresivo, dispuesto a recibir su castigo. Sin embargo, Zeus simplemente sonrió y le dio unas palmaditas en el hombro derecho, antes de decir, entre risas:

– No tienes por qué estar tan serio, Saga, no es como si fuera a castigarte – Pólux parpadeó, confundido.

– Señor, he fallado en mi misión, así que lo más lógico sería…

– La guerra está próxima a empezar, ¿crees que me arriesgaría a perder al mejor de mis guerreros? – Saga lo miró, extrañado, pues se preguntaba cómo podía él, un simple mortal con una vida efímera, ser mejor que cualquiera de los dioses que estaban de parte de Zeus – Veo que no comprendes mis palabras. Cuando digo que eres el mejor de mis hombres, es porque lo eres, Saga de Pólux.

– Gran Zeus…

– Desde que naciste, te he estado observando, a ti y a tu hermano Kanon – continuó el dios de los cielos – Siempre lo había sospechado, pero hoy, después de ver tu pelea contra tu hermano, finalmente pude comprobarlo. Las palabras de Hestia siempre fueron ciertas, sólo que yo era tan terco que no fui capaz de creerle, hasta hoy.

– Señor, en verdad no comprendo a qué se refiere.

– Es natural, puesto que, por culpa de Urano, Kanon y tú han perdido todas sus memorias – Zeus comenzó a caminar por la habitación, dándole la espalda a su guerrero – Saga, ¿conoces la leyenda de los gemelos de Gea? – Saga no respondió – Imagino que no, es un relato que no suele contársele a los niños en estos tiempos. Bien, entonces, resumidamente, después de que Gea creara este mundo, la titánide concibió gemelos, ella los amaba más que a nada; sin embargo, su hermano y esposo, Urano, que también descendía de ella, estaba celoso del amor que Gea les tenía, por lo que les arrojó una maldición. Los convirtió en mortales que nacerían una y otra vez para matarse entre ellos.

– Disculpe mi impertinencia, gran señor – intervino Saga – pero, ¿qué tiene que ver ese relato conmigo o con Kanon?

– Saga, sé que lo entiendes, aún cuando no lo quieras aceptar – Zeus se volteó hacia Saga, con rostro serio – Saga de Géminis, Saga de Pólux, o mejor dicho, Pólux, el mayor de los primogénitos de Gea.