Capítulo 7

Cuando John despertó a la mañana siguiente estaba confuso. Acababa de tener la mejor noche de descanso que podía recordar. Su cabeza se sentía mal y su corazón saltaba en su pecho con… ¿felicidad? ¿Propósito? ¿Esperanza? Se dio la vuelta y sonrió al techo, y ¿eso no era raro? Entonces, los acontecimientos de la noche anterior se le vinieron encima como un jarro de agua fría. Jadeó y arrojó atrás las mantas, corriendo a toda velocidad desde su habitación y volando escaleras abajo. Patinó en la puerta y paró, mirando a Sherlock quien estaba sentado en su sillón habitual, su violín colocado bajo su mentón y el arco levantado como si fuera a tocar una nota. Levantó una ceja al ver a John y dejó que su mirada vagase por el pecho desnudo de John, sus ojos deteniéndose en la cicatriz francamente horrible de su hombro izquierdo, luego más abajo, fijándose en los pantalones del pijama de algodón y sus pies descalzos.

-Todavía estás aquí-. Dijo John estúpidamente, todavía mirando, sin darse cuenta de que estaba siendo apreciado.

La cara de Sherlock se dividió en una amplia sonrisa y bajó su violín. –Obviamente.

-Buenos días, John.

John literalmente pegó un salto al oír la voz calmada de Mycroft que estaba sentado en el sillón habitual de John, directamente enfrente de Sherlock. ¿Cómo no le había visto? De repente, John fue muy consciente de su falta de ropa, de su cicatriz expuesta de modo espeluznante, de ser deducido por dos de los hombres más inteligentes de Inglaterra. No estaba lo suficientemente tranquilo como para aparentar una salida calmada. En su lugar, se dio la vuelta elegantemente, con las mejillas y las orejas ardiendo, y corrió escaleras arriba. Fue solo cuando estuvo de vuelta en su habitación, buscando ropa limpia para ponerse, que sus ojos se posaron en su bastón y se dio cuenta de que había corrido escaleras abajo y arriba sin el. John sonrió tan ampliamente que sintió que su cara podría partirse en dos.


-Bueno, querido hermano, parece que nos has tomado el pelo a todos-. Dijo Mycroft secamente, estudiando el mango de su paraguas y negándose a enfrentar la mirada de Sherlock. Sherlock encontró esto exquisito y no pudo quitar la sonrisa de suficiencia de su cara.

-Te molesta que te haya engañado a ti-. Dijo, riéndose y observando la tonalidad rosa que apareció en las mejillas de Mycroft.

-Me molesta que me hicieras creer que estabas muerto durante el año y medio pasado-. Contestó Mycroft con suavidad, como si expresar en voz alta esa emoción fuera vergonzoso.

Sherlock resopló. –Tu orgullo era lo único que estaba herido. Todos sabemos que en realidad no te importo. Estoy sorprendido de que nunca oyeses sobre mí. Estaba desmantelando una extensa red criminal a través de Europa. ¿Perdiendo tu toque? Tal vez es por demasiada tarta. Tu dieta parece haber sufrido en mi ausencia.

Mycroft miró a su hermano con astucia, notando sus mejillas demacradas, las oscuras ojeras bajo sus ojos, la manera en que sus manos estaban temblando tan ligeramente. La vista hizo que una mala sensación se asentara en su estómago. Conocía el juego de Sherlock: distracción, hacer que Mycroft se enfadase tanto que saliera hecho una furia del piso y que no notase los signos delatadores en su hermano. Mycroft era demasiado listo para que ese truco funcionase ahora.

Pero estaba feliz de tener a su hermano pequeño de vuelta, encantado, estupefacto. Sí, le molestaba que Sherlock hubiera sido más listo que él, pero eso tal vez era porque él era el hermano mayor y los hermanos pequeños siempre eran un dolor. Mycroft estudió el resto de la figura demasiado delgada de Sherlock y lanzó un suspiro. Podía darle a su hermano este día, un día. Le sonrió insípidamente.

-Es bueno tenerte de vuelta, Sherlock.


Cuando John volvió a bajar, encontró a Sherlock sentado a la mesa, con una sonrojada señora Hudson preocupándose por él y quien había traído tanta comida que parecía como si estuviera planeando alimentar a un pequeño ejército. Mycroft estaba de pie a un lado, apoyándose en su paraguas y estudiando a su hermano. Cuando John apareció, el también empezó a observar a Sherlock. Ahí estaba esa oscuridad en sus ojos, incluso sonriendo, que John encontraba inquietante. Era tan diferente de cómo se veía Sherlock antes de marcharse. No podía evitar preguntarse qué había pasado ¿qué había puesto esa mirada en sus ojos?

-Tenemos que alimentarte, Sherlock-. Estaba diciendo afectuosamente la señora Hudson, echando copiosas cantidades de huevos en el plato de Sherlock junto con unas pocas salchichas gordas y pedazos de tostada. -¿De qué te alimentabas? Estás más delgado que nunca.

John notó que los ojos de Sherlock se posaban sobre Mycroft antes de volver a la señora Hudson sonriendo suavemente. –No quiero ganar mucho peso, señora Hudson. No quiero acabar pareciéndome a Mycroft.

Mycroft puso los ojos en blanco. –Si tanto infantilismo va a seguir, me iré. Espera oír de mí muy, muy pronto. Querido hermano, muy feliz de que estés de nuevo en el mundo de los vivos. John.

Mycroft pareció darle una mirada significativa pero John estaba demasiado preocupado mirando felizmente la vista de Sherlock comiendo a regañadientes un desayuno apropiado, una vista que creía que nunca volver a ver.


-Sherlock… tenemos que hablar.

Sherlock abrió los ojos desde donde estaba inclinado en el sofá, su apreciada calavera balanceándose en su pecho, un peso confortante sobre su corazón. John estaba de pie junto al sofá, mirándole, y Sherlock dedicó un momento a simplemente mirarle, vestido con un tonto jersey a rayas y unos vaqueros. Había más canas en sus sienes de las que había habido cuando se fue, y más arrugas, pero todavía era atractivo, cada centímetro del médico del ejército. Todavía John. Dichosos los ojos que le veían.

-¿Sobre qué? Te expliqué todo anoche, John-. Sherlock comenzó a cerrar los ojos de nuevo pero John se sentó junto a él, haciendo hueco para su trasero. Sherlock le miró con sorpresa.

-No me refiero a eso. Me refiero a ti, necesitamos hablar sobre ti."

El corazón de Sherlock palpitó horriblemente y creyó por un espeluznante minuto que John lo sabía, pero entonces-

-Has cambiado. Sí, has perdido mucho peso, pero hay algo más, algo que no me estás contando. Está en tus ojos, está ahí ahora mismo. Pareces… atormentado. Fui un soldado, he visto esa mirada antes-. John se aclaró la garganta y miró a Sherlock, directamente a los ojos y el corazón de Sherlock empezó a latir el doble. –No te obligaré a decírmelo y obviamente no soy lo suficientemente inteligente como para deducirlo… pero te pido, como amigo, que me lo cuentes. Quiero ayudarte.

Los segundos pasaban mientras los dos se miraban a los ojos. Finalmente Sherlock parpadeó y apartó la mirada, cogiendo la calavera y retorciéndose hasta que fue capaz de levantarse del sofá. Caminó para dejar la calavera sobre la repisa de la chimenea- le había sorprendido mucho que todas sus cosas estuvieran exactamente en el mismo sitio donde él las había dejado hace más de un año- y permaneció de espaldas a John.

¿Debería contárselo? ¿Podría contárselo? ¿Cómo reaccionaría John? Era casi imposible saber cómo actuaría John. Sherlock haría una perfecta lógica deducción sobre cómo John actuaría frente a un estímulo y entonces John iría y actuaría exactamente de manera opuesta. Era suficiente para volverle loco. Ahora, era suficiente para destrozarle porque… quería decírselo a John. No quería ocultarle secretos tan horribles pero… ¿sería John capaz de aceptarle? ¿O le daría la espalda asqueado?

-He matado a gente, John. No eran buenas personas, eran responsables de acabar con la vida de muchos otros y habrían continuado matando si no les hubiera parado-. Dijo repentinamente Sherlock, dándose la vuelta para mirar a John que todavía estaba sentado en el sofá. Tenía que ver su cara y observar cada reacción.

John no parecía muy sorprendido. –Y esas personas… ¿eran parte de la red de Moriarty?

-Sí-. Sherlock contuvo el aliento y esperó. Ahora John le rechazaría, podía darle la espalda asqueado y asustado. Era un asesino.

-De acuerdo. Bueno, entonces, menos basura en el mundo-. John le dirigió una sonrisa a Sherlock, cuya boca se había abierto en completa sorpresa. John sonrió ante su expresión, suavizando sus ojos mientras le miraba. -¿Esperabas que eso me conmocionase? Puede que sea un idiota, como tan a menudo me llamas, pero eso ya me lo figuré anoche. Si de verdad ibas a acabar con la red de Moriarty, era obvio que matarías.

Se levantó y caminó hacia donde Sherlock estaba todavía inmóvil, mirando a John con incredulidad.

-Fui un soldado ¿te acuerdas? Yo también he matado a gente, probablemente por razones menos nobles que las tuyas-. Cogió suavemente una de las manos de Sherlock. Los ojos de Sherlock descendieron para mirar esto. –Lo que odio es que tú tuvieras que matar. Odio que estuvieras en esa situación y te vieras obligado a actuar de esa forma.

Sherlock tragó saliva ruidosamente y abrió la boca, pero no salieron palabras. Cogió una bocanada de aire tembloroso y cuadró sus hombros pero mantuvo su cabeza agachada mirando sus manos entrelazadas. –Disfruté matando a algunos de ellos-. Confesó en voz baja.

El corazón de John dio una sacudida y apretó la mano de Sherlock.

-Me sentí bien matándolos, sabiendo que no podrían ser capaces de matar a otros, que te estaba protegiendo a ti, a Lestrade y a la señora Hudson, pero… odiaba sentirme de esa manera. Sentirme feliz al tomar una vida. Empecé a pensar que tal vez me estaba convirtiendo en uno de ellos… un monstruo sin corazón.

John recordó, como si fuera otra vida, a Sherlock declarando que él no tenía un corazón y Moriarty respondiendo que –los dos sabemos que eso no es verdad-. Parecía que, después de todo, Sherlock había descubierto su corazón.

-Mírame-. Mandó John, trayendo sus manos unidas hacia su pecho y sujetándolas ahí. Lentamente, los ojos de Sherlock siguiendo el camino de sus manos, luego, despacio se alzaron para encontrar los ojos de John. El corazón de John se rompió. Había tanto dolor reflejado en los ojos de Sherlock, tanta duda, miedo de que fuera un monstruo, que tal vez algo dentro de él estuviera irreparablemente dañado.

-Tú no eres un monstruo-. Dijo John, su voz fuerte y segura. –Estuviste obligado a hacer cosas horrorosas para hacer del mundo un lugar más seguro, para salvar a los que amabas. Tus razones fueron nobles, justas y puras. Eres increíble. Nunca nadie podría compararse con tu brillantez y altruismo. Te quiero, Sherlock, y tú no eres un monstruo. He conocido a monstruos humanos y tú también. Los monstruos no se preocupan por ser monstruos, por dañar sus corazones. Ellos matan para sentirse bien, no por la seguridad de otros. Tú no eres un monstruo.

Sherlock suspiró temblorosamente y apretó fuertemente la mano de John. Se inclinó hacia delante y tocó la frente de John con la suya, cerrando sus ojos y apoyándose en el hombre bajo como si estuviera absorbiendo su fuerza. John deslizó su otro brazo por la espalda de Sherlock y sostuvo al hombre alto, cerrando sus ojos y respirando el aroma de Sherlock, enamorándose de él otra vez.


Ah, l'amour...