Otra vez aquí. Tengo que dar las gracias a las dos personas que siempre me dejan un comentario, es genial ver que les gusta. Ya saben, escribo por disfrute propio y para hacer pasar un buen rato a mis lectores.
Quizás, aún la historia es algo lenta, estoy introduciendo al mi personaje, creo que los que escriben fic's saben de lo que hablo, es difícil comenzar una historia desde cero con un OC, elaborar un buen argumento y describir a todos los demás personajes del anime sin cambiar el carácter de estos, que es bastante difícil jajaja sobretodo el de Kanda. Pero pido paciencia, espero que al final merezca la pena, denle una oportunidad.
Vi como desaparecía por la puerta de su habitación, dejándome ahí plantada.
- "Aún sigues sido una patosa" – dije imitándole sarcásticamente – Y tú un imbécil – le replicaba a la puerta.
Un bostezo me vino de repente, había sido un entrenamiento muy duro, tanto que hasta que no estuve sola, sumida en el silencio, no me di cuenta de lo cansada que estaba. Creo recordar que no tenía ni hambre, ni siquiera un poquito.
- ¡Sara! – Escuché que me llamaban, era Lavi – ¿No pensarías pasar de nosotros? Recuerda que habíamos quedado para cenar.
- Es cierto… ¿A qué hora habíamos quedado? – pregunté, mi memoria no era mi punto más fuerte.
- Ya. Son las 22:00. Seguro que Allen nos está esperando.
- Está bien – dije entre bostezos - ¿Kanda bajará con nosotros? Acaba de entrar a la habitación.
- Seguro que va luego, pero nunca se sienta con nosotros.
- Ese niño debería pensar en ser más amable.
Fuimos juntos camino al comedor. Mientras caminaba, pude observar mi reflejo en uno de los cristales.
- ¡Ey! ¡Espera! – Lavi me miró extrañado – No llevo mis labios rojos – le contenté sacando mi pintalabios.
Siempre llevaba uno en el bolsillo. No me consideraba muy coqueta, obviamente me arreglaba si la situación lo merecía, pero algo que no podía faltarme nunca eran mis labios rojos. Me encantaba verme así.
- Wow, qué bien te sientan esos labios.
- ¿Verdad? Mi madre siempre me decía que seguro que sabían a fresa.
- Vives aquí por tu padre, ¿no? ¿Qué ha sido de tu madre?
- Murió.
- Vaya, lo siento – dijo algo incómodo.
- No te preocupes, cuando llegó el momento, me quedé con mucha paz. Murió de cáncer, pasó un año un poco duro.
Mi madre siempre había sido una persona de mundo. Quería a mi padre, por supuesto, tristemente, no tanto como para quedarse atada a su lado. Su vida eran todos los continentes. Siempre había pensado que mi padre había sido un cobarde por dejarla marchar, hasta que lo vi el día del funeral. La amaba, la amaba tantísimo que no pudo retenerla a su lado, la amaba así, como era ella, libre. Cuando le diagnosticaron el cáncer, pensé en dejar la universidad y trabajar para pagar todos los gastos, pero mi padre me lo prohibió. Se hizo cargo de todo, y gracias a él, yo pude terminar mis estudios.
- Así que por eso decidiste venir aquí – comentó Lavi.
- Si. Mi padre siempre ha sido un desastre, en eso nos parecemos, pero ambos nos complementamos bien.
- ¿Y te gusta la Orden?
- Estoy acostumbrándome. Aunque creo que mi sitio no está aquí.
- ¿Qué te gustaría hacer? – le preguntó curioso.
- Desde niña siempre he querido ser profesora en la universidad.
- ¿En serio? – dijo un Lavi muy emocionado – ¡Yo iría a todas tus clases!
Sara rió.
- Primero tendría que llegar a ser profesora. Por el momento, tengo que conformarme con trabajar en la sección científica. Me gusta, aunque a veces Reveer me saca de mis casillas.
Al llegar, ahí estaban, Allen y Lenalee, aunque sólo esta última nos había esperado para cenar.
- Lo siento… chicos, me… moría de… hambre – decía entre bocado y bocado.
Aquella noche no lo pude evitar, me pedí una hamburguesa. Como las que a mi me gustaban, mucha cebolla, bacon, carne al punto, tomate, remolacha y huevo.
- La pides con… ¿remolacha? – dijo con cara de asco Allen - ¿Quién se pide una hamburguesa con remolacha?
- Oye, soy yo la que se lo está comiendo ¿no? – Ahí me di cuenta que la bordería de Kanda había empezado a pegarse, como suelen decir, "todo lo malo se pega" – Anda, pruébala.
Intenté enmendar mi falta de tacto. Allen dio un mordisco.
- Sigo pensando que está asquerosa.
- Mejor, más para mí – le dije sonriendo.
Aquella noche había pasado un rato agradable, casi siempre solía comer en la sección científica mientras trabajaba o en el mejor de los casos, solía comerme mi hamburguesa favorita sola en el comedor. Apenas acababa de llegar y a no ser que Lenalee estuviese por la Orden, no hablaba con nadie que no fuese mi padre y alguien de la sección.
- ¡Ey, Yu! – gritó Lavi.
Una mirada asesina se posó sobre la mesa.
- No me llames Yu.
Y así siguió su camino a la mesa del fondo. Allen volvió a intentar llamar la atención del chico.
- Oye, Bakanda, ¿por qué no cenas con nosotros? – No hubo respuesta – ¡Te estoy hablando!
- ¿Por qué crees que esta noche, justo esta noche, cenaré con vosotros?
- Sara acaba de llegar, estamos intentando integrarla – interfirió Lenalee – Podías hacernos compañía – y terminó su argumento con una maravillosa sonrisa.
Creo que Kanda tenía algo de debilidad con la hija del director. El espadachín resopló.
- Lo siento, Lenalee, no voy a sentarme con vosotros solo porque hoy esté la patosa.
Ni siquiera intenté defenderme. Todos vimos como se alejaba a la última mesa y se sentaba él solo, totalmente ajeno a nuestra animada conversación, a las risas de Allen y a las tonterías de Lavi. No sé en qué momento, desconecté completamente de ese ambiente y me quedé mirándole. En el fondo me dio pena verle tan solo, era alguien difícil de tratar, pero no es que fuese una mala persona. Estaba amargado, sí, esa era la palabra, estaba amargado con la vida que llevaba, por algún motivo se sentía frustrado. Mi hamburguesa había desaparecido ya del plato y yo me dedicaba a observar de lejos al espadachín.
- ¿Verdad que da pena verle siempre tan solo? – me preguntó de repente Lenalee.
- Si… - dije sin apartar la mirada de Kanda – ¿Sabes si es por algo en particular?
- Ni idea, nunca ha querido hablar conmigo del tema.
De repente, el susodicho miró hacia la mesa y se topó con mi mirada curiosa. Me sentí algo incómoda, me había pillado observándole a lo lejos, como si fuese una especie de pervertida. Intenté disimular desviando la mirada y cogiendo el vaso para beber algo de agua, pero no salió muy bien, tiré el vaso y conseguí derramar todo el líquido por la mesa. Nerviosa, con la ayuda de todos, limpiamos mi desastre y en un momento me atreví a mirar a mi entrenador. Ahí estaba el espadachín, se había dado cuenta de todo. "Creo que no me quitaré el mote de patosa en todo el tiempo que esté en la Orden" pensé en aquel momento.
