Capítulo 20

Cálido Sentimiento. Frío Corazón.

Nurarihyon estaba junto a Youhime en su cuarto. Había pasado todo el día con ella, y ahora veía asombrado cómo el mocoso Hanyou estaba tan campante, como si no le hubiera pasado nada, a pesar de haber sido traído de vuelta a casa en cucharita. Esos dos chicos eran increíbles, por su resistencia y por lo que Setsura y Gitsune le habían contado. De todo el poder que habían desplegado la noche anterior y que adivinaba que no era todo lo que podían hacer.

—Al parecer ya estás de vuelta otra vez —dijo Nurarihyon, viendo desde su habitación cómo Inuyasha se trepaba a la rama del árbol de cerezos de un salto y se recostaba en el tronco.

—Claro que lo estoy, Jiji.

—Buenos días, Inumimi-san —lo saludó Youhime, caminando afuera junto a Nurarihyon para sentarse con él en el suelo del pasillo. Inuyasha sólo levantó la mano.

Pero de todos modos la miró. Era verdad entonces. De alguna manera esa mujer había vuelto a la vida, una posibilidad que Inuyasha jamás creyó posible. Pero luego recordó la espada que llevaba consigo. ¿Acaso ese suceso era cosa de Tessaiga?

—Ah, Inuyasha. Despertaste —le dijo Ichigo caminando hacia allí con Kana.

—Yo, Ichigo —le dijo Inuyasha—. Debemos regresar a ese lugar y ver si ese cabrón de Naraku se dejó algo allí. Algo para saber dónde puede estar ahora.

—Supongo que si iremos —concedió Ichigo, mostrándose apesadumbrado.

—Vaya… —observó Inuyasha, mirándolo sorprendido—. En otra época te hubiera imaginado más feliz por ello.

—No veo motivos para estar feliz —reconoció Ichigo, y entonces Inuyasha lo notó: todos tenían el rostro triste al oír las palabras de Ichigo.

—¿Qué diablos les pasa a todos?

—¿Qué…? ¿Acaso tú no…?

Ichigo se llevó los dedos al puente de la nariz, suspiró y dijo:

—Supongo que no te lo han dicho. Naraku y Aizen se llevaron a Rikuo. No pude detenerlos.

Fue como si un halo de hielo se cerniera sobre ellos otra vez. Inuyasha los miraba a todos, tragó, y miró a Nurarihyon y Youhime, cuyos rostros le confirmaron la noticia. ¿Por qué Setsura y Gitsune no se lo habían dicho? Sólo habían tonteado con él y entre ellas, omitiendo algo así de importante. ¿Y la mocosa? La muñequita de las nieves debía estar destrozada…

Pero no debía dejar que eso se lo tragara. Era una dura derrota, y debió serlo aún más para Ichigo, de quien no dudaba, ni de él ni de su habilidad. Si tan sólo él, Inuyasha, no hubiera estado fuera de combate esa noche…

—Bah. Con mayor razón debemos ir —sentenció, mirando a otra parte, y sintiendo el calor ascender por su cuerpo—. A lo mejor encontramos algo para deducir dónde pueden estar ahora esos bastardos.

—Les sugiero no hacerlo todavía —les dijo Nurarihyon, viéndose abatido—. El sitio está lleno de oficiales de policía, militares y otras cosas.

—No importa. Sólo debemos deshacernos de ellos —dijo Inuyasha.

—Ayakashi-sama tiene razón —les dijo Youhime, apoyando a Nurarihyon y sujetándole el brazo—. Es mejor si se quedan aquí mientras pasa un poco el tiempo.

—¡Pero entonces esos bastardos se saldrán con la suya!

—No lo creo —dijo Ichigo—. No los viste meterse dentro del Meidou. Ya no están en ningún sitio cercano. Y tampoco puedo sentir a ninguno, ni el Youki de sus sirvientes.

—Entonces…

Inuyasha estaba tratando de encontrar una excusa para volver a la acción, pero pensar no era su fuerte.

—Por ahora debes tomártelo con calma —dijo Gitsune, apareciendo a su lado en lo alto del árbol desde ninguna parte, y sentándose en su regazo, en la rama junto a él.

—Maldición. ¡Hagoromo Gitsune, vas a romper esa maldita rama! —protestó Nurarihyon, mientras Youhime sonreía y lo sujetaba por la túnica para no dejarlo levantarse.

—Tranquilo, no soy tan pesado-pesada Jiji —dijeron Inuyasha y Gitsune al mismo tiempo. Se miraron el uno al otro y sonrieron sin poder evitarlo.

—Pero tiene razón —reconoció Inuyasha recordando que ni ella ni Setsura le dijeron algo tan importante—. Quítate de encima.

—¿Y si digo que no? —replicó Gitsune, deslizando un dedo por el rostro de Inuyasha.

—¡Entonces yo te voy a bajar! —exclamó Setsura desde abajo del árbol, y una enorme bola de nieve se estrelló contra Gitsune, que se abrazó a Inuyasha para no caerse.

—¡Kyaaaaa!

—¡Maldición, mujer!

Todos sintieron el sudor caer por sus cabezas. Así serían sus vidas a partir de ese momento, con esos dos idiotas en casa. Aliviaba mucho la tensión general y el estrés por no saber nada de su actual líder.

—Jii-san —comenzó Ichigo, dirigiéndose a Nurarihyon—. Si Rikuo es parte Youkai... bien, si es más humano que Youkai, ¿cómo lleva transformarse en las noches, cuando asiste a… eventos escolares nocturnos?

Ichigo le preguntó eso a Nurarihyon, al tiempo que se sentaba en el suelo del pasillo afuera de la casa junto a él y Youhime para ver cómo Setsura y Gitsune discutían sobre una montaña de nieve. Montaña que momentos antes era Inuyasha, ahora enterrado luego de haberse caído resignado del árbol.

—Oh, eso solía ser muy complicado —le confió Nurarihyon, mirando a las mujeres discutir. Youhime estaba recostada a su lado, dormitando en su regazo—. De alguna manera se acostumbró a los problemas que eso le causaría.

—Me puedo imaginar los problemas por los que tuvo que pasar.

—Sí —reconoció Nurarihyon—. Al principio había pensado en mandarlo a un lugar más acorde a su esencia Youkai para estudiar, pero él quiso ir a la escuela de los humanos desde siempre —siguió contándole a Ichigo, mientras jugaba con el cabello de Youhime, sin apartar la vista de ella.

—¿Y existe un lugar "acorde" para los Youkai?

—Desde luego.

—¿Ah sí?

—Varias academias. La más famosa es la Youkai Gakuen, que está oculta —recordó Nurarihyon, sin dejar de jugar con el cabello de Youhime.

Ichigo se puso a pensar. Si existía un sitio donde los Youkai se reunían seguido y en grandes cantidades, ese debía ser una de esas academias. Tal vez allí sería el siguiente sitio que valdría la pena visitar.

—Bueno, al menos ya tenemos un posible curso —dijo Ichigo confiado.

—¿Ahora son marineros? —sonrió Nurarihyon.

—Algo así —se rio Ichigo, contagiando a Kana y luego a los demás.

—Ayakashi-sama… —suspiró Youhime en sueños y sonriendo como una boba.

Almorzaron todos en el salón de encuentros, que también hacía las de almuerzos. Todos estaban allí. Desde los líderes del clan hasta los Youkai más pequeños. Nurarihyon estaba sentado una vez más al centro de los comensales, mientras Youhime iba y venía ocupada con los preparativos para el almuerzo para tantas personas junto a Wakana. Como se esperaba el almuerzo allí era ruidoso y destructivo, ya que Setsura y Gitsune se mataban la una a la otra con las miradas. Inuyasha estaba sentado en medio de ambas, comiendo como idiota. Simplemente no le importaba un carajo lo que pusiera pasar con las dos mujeres, pues no se había dado cuenta que tenía todo que ver con él.

Más bien, su mirada no se apartaba de Wakana, ni de su triste rostro. Debía ser duro para ella seguir así, sabiendo que su hijo estaba en manos de un par de bastardos, que podrían hacer con él lo que quisieran. Inuyasha quería hacer algo por ella, pues no era bueno lidiando con el sufrimiento de las mujeres. Jamás lo había tolerado. Por ello tampoco dejaba de pensar en la otra niña, Tsurara, o como se llamara. Él sabía muy bien cómo se ponía Kagome, y lo mucho que sufría por él en situaciones parecidas. No podía apartarse esas ideas de a mente mientras embutía su comida en la boca, tratando de sosegarse.

—Inuyasha, no puedo creer que seas tan denso —le dijo Ichigo, sentado con Kana. Los niños humanos y los Youkai del clan que estaban allí de alguna manera asentían con aprobación las palabras de Ichigo.

—¿Quieres sostenérmelo en la cara, cabeza de mandarína? —preguntó Inuyasha con la boca llena de carne.

—Tienes que comportarte mejor Inuyasha —le dijo Setsura tomando una servilleta y limpiándole la boca con ella.

—Pues a mí no me importan tus modales, cachorro —le dijo Gitsune, tomando otra servilleta y limpiándole también la boca a Inuyasha, desde el otro lado—. Mientras nos mantengamos contentos, realmente no son importantes.

—Supongo que esto es lo que podemos llamar interesante —dijo Nurarihyon mirando cómo Inuyasha era empujado hacia atrás por las dos mujeres y sus servilletas, hasta que yacía de espaldas en el suelo del salón.

—Jii-san, debemos detener esto —le dijo Ichigo.

—Ichigo tiene razón —lo secundó Kubinashi, mientras Kana y los demás que estaban cerca, asentían—. A este paso volarán la casa en pedazos.

—Yo estoy muy feliz por Setsura —dijo Youhime sonriendo, con una fuente de comida en las manos—. No recuerdo haberla visto nunca tan feliz.

—Estoy de acuerdo —dijo Wakana, llegando con más comida junto a Youhime, esforzándose por sonreír—. Es la sonrisa más hermosa que he visto en ella…

—Y, ¿tampoco han destruido la casa todavía, o si? —sonrió Nurarihyon, estando de acuerdo con su mujer y su nuera—. Más bien deberíamos buscar una manera de hacerlas expresar más sus sentimientos.

—Ayakashi-sama —musitó Youhime.

—Justo como tú y yo —dijo Nurarihyon, abrazando a Youhime y haciéndola sentarse en sus piernas.

—¿Y esto qué es? ¿Una telenovela? Joder. Le pedimos ayuda al peor tipo posible —rezongó Ichigo.

—¿De qué hablan? —preguntó Inuyasha, sentándose otra vez y mirándolos desde el otro lado de la mesa. Ahora Setsura y Gitsune trataban de darle de comer con palillos.

—¿Todo es por tu culpa y ni siquiera sabes de lo que hablamos? —le preguntó Kubinashi, molesto.

—Puedes decir que sí. ¿Es mi culpa dices?

—¿De quién más podría ser, entonces?

—Diablos, no lo sé. ¿De Ichigo?

—¡No idiota!

Nurarihyon sonrió, sintiendo aligerarse un poco la presión en su pecho. Los días brillantes habrían regresado a sus vidas, gracias a los dos idiotas que se gritaban de un extremo de la mesa al otro. Y cuando recuperaran a Rikuo estarían en completo estado de felicidad.

—¿Qué hacemos ahora?

—Como el lugar está repleto de humanos no podemos ir ahora.

Ichigo dijo eso apretando los puños. El almuerzo había acabado y estaban afuera en el patio. Hubiera sido un bonito día si tan sólo la nube de humo púrpura no estuviera sobre ellos en el cielo.

—Oí que el gobierno de Japón le está pidiendo asistencia a América para resolver eso —dijo Kiyotsugu, notando la mirada de Ichigo en el cielo. Inuyasha saltó al árbol de cerezos, y se recostó en su rama de siempre.

—¿Qué podrían hacer al respecto? —cuestionó Ichigo.

—Algo sobre investigación del clima y condiciones atmosféricas. Ya han resuelto algunas condiciones para incitar tormentas, lluvia y otras cosas. Suelen usar pólvora para alejar la lluvia también.

—Eso lo he visto antes —recordó Ichigo—. Sólo espero que no se acerquen a la nube. Estoy seguro que es venenosa.

—Si lloviera sería terrible —dijo Kana—. Lluvia ácida en Tokyo.

—Al menos sólo sería lluvia ácida —dijo Ichigo—. Lo que vimos por las noticias de la mañana sobre lo que pasó los últimos tres días atrajo la atención de muchas personas alrededor del mundo.

Tristemente esa era la verdad. Los días que habían pasado allí habían ocurrido muchas cosas, desde el evento en la avenida en que muchísima gente había muerto, hasta su último encuentro con Naraku en su base, y el destructivo Hadou de Aizen de la noche anterior. Mucha gente en Tokyo se había visto envuelta y era algo que lastimaba a Ichigo como cuchillas en el corazón. ¿Cuándo pensaba la Sociedad de Almas mover ficha? Ichigo no había visto a un simple Shinigami en todos esos días.

—Se parece mucho a lo que pasó hace varios días —dijo Kiyotsugu pensativo, caminando junto a ellos para sentarse en el pasillo de afuera de la casa, para dejar que Inuyasha participe la conversación.

—¿Qué?

Ichigo estaba confundido. ¿Había pasado alguna otra cosa antes? ¿Acaso Kiyotsugu se refería a su llegada y la de Inuyasha?

—¿Qué sucedió? —preguntó Ichigo sentándose con ellos en el pasillo.

—Las cosas se pusieron feas cuando Alucard revivió y se mostró a todo el mundo —dijo Kana—. ¿Acaso no lo sabían? —añadió ella, mostrándose sorprendida que Ichigo estuviera tan confundido con el nombre, como si no hubiera estado en el mundo en los momentos en que ocurrió ese evento. Ichigo no le quitaba su atención. ¿Alucard? Era la primera vez que oía sobre ese nombre. ¿Qué diablos era un Alucard?

—Ichigo-kun, ¿no sabes lo que es Alucard, verdad? —le preguntó Kana, notando cómo crecía su confundida expresión.

—La verdad no —admitió Ichigo.

—Vaya.

—Ichigo, Alucard era una antigua leyenda sobre un antiguo Youkai de más de doscientos años atrás —le explicó Nurarihyon, mientras a su alrededor se sentaban el resto del Club de lo Paranormal, y Youhime—. Aún recuerdo ambos sucesos, y cómo tres valientes Youkais lo derrotaron entonces. Se suponía que era sólo una leyenda incluso entre los Youkai, pero yo sabía que era cierta y lo comprobé una vez más hace unos días. Ese monstruo se liberó de su sello y causó una gran conmoción en la misma ciudad, ante los ojos de todo el mundo. Todo comenzó con las cosas que ocurrieron en los Jardines Flotantes. Era una gran nave y flotaba en el cielo —le explicó Nurarihyon, ante la incrédula cara de Ichigo—, y le demostró a todos los humanos de nuestra existencia.

Ichigo se confundió aún más. ¿Cuándo había ocurrido toda esa mierda? No recordaba haber vivido nada parecido, si Nurarihyon decía que la cosa tuvo escala global.

—Ni incluso con los ejércitos de muchas naciones unidas para detenerlo pudieron contenerlo, cuando los Jardines Flotantes colapsaron. Y Alucard ascendió —continuó Nurarihyon—. Oímos que algunas personas tuvieron que sacrificarse para detener esa cosa.

»Sin embargo era algo lo suficientemente llamativo para mostrarle al mundo de la existencia de los Youkai. El mundo estaba genuinamente loco esos días. Pero los gobiernos hicieron un trabajo conjunto y de alguna manera disfrazaron el incidente con algún llamativo evento falso en Japón. Varios de los nuestros tomaron parte en la farsa también ayudando al gobierno humano en ese propósito. Por todo lo que sabemos el gobierno es muy consciente que existimos, pero esconde nuestra existencia por su propio beneficio.

»Ahora no sé cómo esperan explicarle al mundo lo que sucede. Ya que los actos de Naraku son mucho más agresivos de lo que Alucard hizo, a pesar que fueron lo suficientemente shockeantes para poner a temblar a los humanos alrededor del mundo.

Encima del horror de esas revelaciones, pues iban más allá de cualquier idea de ciencia ficción que hubiera podido imaginarse, Ichigo trataba de pensar bien sobre todo aquello. ¿Qué diablos pudo pasar en esos días en que él y Orihime estuvieron en la era Sengoku? Obviamente todo lo que Nurarihyon le contó había ocurrido en aquellos días, cuando Ichigo y Orihime conocieron a Inuyasha y Kagome por primera vez. Habían pasado casi siete días en la era Sengoku. ¿Sería tiempo suficiente para que ocurrieran todas las cosas que Nurarihyon le dijo que pasaron?

—Vaya problema… —ironizó Inuyasha, aburrido en su rama.

—Demonios Inuyasha. ¿Acaso no puedes ver la gravedad de la situación?

—Me la puedo imaginar. Pero no es gran cosa. Los humanos en mi era estaban muy conscientes de nuestra existencia.

—Estos tiempos son muy diferentes —explicó Nurarihyon —. La verdad es que sentí un gran alivio cuando tuvimos que ayudar a esos humanos a esconder esa situación. De otro modo podría conducir a terribles cambios mundiales. Anarquía, sediciones, caos… no puedo expresarlo con claridad.

—¡Keh! Eso sólo demostraría que los humanos no pueden soportar la presión de vivir en este mundo.

—Estoy de acuerdo —dijo Gitsune apareciendo otra vez junto a Inuyasha en lo alto del árbol.

—No me sorprende —le respondió Setsura, también allí de repente y mirándolos desde abajo del árbol. Ichigo y Nurarihyon suspiraron.

—De todos modos es mejor que los humanos no interfieran en esto ahora —dijo Inuyasha, dejando que Gitsune se acomodara en su regazo—. Sólo se lastimarán si se meten en nuestros asuntos.

—Sí —concordó Ichigo, pues era la verdad y así lo había probado en anteriores días—. Pero ahora no podemos apartarlos de allí hasta que terminen sus investigaciones.

—Demonios…

Inuyasha giró la cabeza, y todos entendieron su frustración. Ichigo se sentía exactamente igual pero hacía un mejor trabajo ocultándolo.

—Los dos deben aceptarlo por ahora —les dijo Kana, notando la molestia en ambos visitantes—. Por ahora ninguno puede hacer nada más.

—Entonces supongo que podríamos estar haciendo otras cosas —admitió Inuyasha.

Agarró a Gitsune por la cintura con suavidad y saltó con ella del árbol y la dejó en el suelo de pie con calma. Luego se acercó a Setsura y, tomándola en brazos, se alejó con ella a grandes saltos tan rápido que nadie, excepto Ichigo, pudo ver hacia dónde se fueron.

—¿Qué pasó? ¿Dónde están esos dos? —preguntó Gitsune, de repente molesta.

—No te preocupes —le dijo Ichigo suspirando—. Inuyasha se la llevó con él.

—¿Y por qué lo hizo? —inquirió de nuevo Gitsune, más molesta aún.

—Bueno…

Ichigo no estaba seguro si podía contarles sobre el collar de obediencia de Inuyasha, ni de la magatama que Inuyasha supo que Setsura tenía en su poder. Era algo que ni él, Ichigo, podía creer todavía.


—¿Qué… Qué haces?

Setsura estaba agitada cuando se encontró en los brazos de Inuyasha. Él estaba corriendo muy rápido hacia el interior de los terrenos de la casa, a un lugar donde sólo había campo abierto, árboles y sólo el terreno era visible.

—Cállate —le dijo Inuyasha, aburrido con sus balbuceos—. Quiero hablar contigo…

Setsura se calmó un poco. Allí estaba. Ahora ella debía decirle cómo tenía la magatama que ahora sostenía fuertemente en su mano. Ella no estaba segura cómo reaccionaría él. Era obvio que la magatama era algo preciado para él dada su reacción del día anterior al encontrarla colgando del cuello de Setsura.

Al fin llegaron a un lugar tranquilo, donde sólo la vista de rocas, las plantas y el sol eran visibles. Inuyasha aterrizó allí, miró alrededor y gentilmente dejó a Setsura en el suelo. Ella lo miró cuando él le dio una elocuente mirada y caminó hacia una roca cercana, sentándose en ella. Ella se sentó allí con él, sin atreverse a mirarlo. Era una tarde maravillosa. El sol brillaba y el viento soplaba sobre la tierra haciendo que los largos cabellos de ambos se agitaran con el soplido. Era una especie de perfecta atmosfera romántica, pero Setsura no había podido permitirse jamás el ser romántica, pues ningún hombre al que ella hubiera amado la amó a ella de igual manera. Y ella, a pesar de ser increíblemente hermosa, tuvo que conformarse con su romanticismo solitario todo ese tiempo. Ahora tenía a alguien con quien compartir aquella hermosa visión y el gentil viento, y ella estaba feliz por ello, a pesar de sentir que hasta podría rogarle a él para que se la llevara con él en su eterna aventura. Incluso a pesar de lo que dejaría atrás.

—Estás muy fría —le hizo notar Inuyasha, cuando ella se sentó a su lado.

Setsura agachó la cabeza. El chico de seguro era un patán.

—Aquí no nos oirá nadie.

¿Qué significaba eso? ¿Acaso Inuyasha estaba siendo tan serio al respecto, que no quería ni que Ichigo se enterara?

—¿Entonces? ¿Qué quieres de mí?

'¿Está molesta?' se preguntó Inuyasha notando el tono de Setsura. Suspiró otra vez.

—¿Cómo obtuviste eso?

Inuyasha se lo preguntó, ignorante de la pena que ella sentía cuando él extendió su brazo derecho hacia ella para tomar la magatama de entre los pliegues de la bufanda que ella tenía en el cuello, ni del efecto de su tacto en su cuerpo.

—¿Qué significa para ti? —le preguntó a su vez Setsura, deseando poder quedarse con esa chuchería un poco más.

—Es muy importante para mí —le respondió Inuyasha. A pesar de actuar como tonto la mayor parte del tiempo, sabía zafarse sin querer de situaciones como esa. Setsura suspiró y habló con resignación.

—La encontré hace muchos años —dijo Setsura, mirando al horizonte—. En algún lugar de las montañas nevadas. Yo ya no vivía con mi hija y, estando aburrida y sola un día la encontré al tirarme en el suelo nevado y hacer un ángel en la nieve. La sentí debajo de mi cabeza. Parecía tan vieja que al principio la confundí con cualquier basura —dijo Setsura mirando la magatama entre los dedos de Inuyasha y viendo la expresión en los ojos de él.

—Oye…

—Al principio pensé en tirarla, pero de alguna manera terminé encariñándome con ella. Parecía poseer algo en su interior que me impedía tirarla y que me instaba a tenerla conmigo. No podía separarme de ella. Pronto la tuve como colgante en el cuello y la tuve conmigo desde entonces. ¿Acaso te la quieres llevar?

Inuyasha la miró. Los ojitos rojos y fríos de Setsura brillaban con lágrimas por alguna razón, y él se sintió como un idiota. No quería entristecer más ese bello rostro. Se estaba sintiendo como un verdadero bastardo.

—Ahora no —le respondió Inuyasha con firmeza.

—¿No? —le preguntó Setsura, con ojos brillantes.

—Todavía no —le aclaró Inuyasha. Además no tenía sentido quitarle sólo una parte de su collar. Nunca antes había contado cuantas piezas tenía el collar, pero podría decir que eran como unas… cuarenta y tantas piezas. Pero Inuyasha sintió una extraña felicidad al verla, con su hermoso rostro blanco como la nieve e iluminado por la sonrisa que le estaba regalando a él. Y en su interior él sintió que no quería compartir esa sonrisa con nadie más.

—Eres un chico muy peculiar —le dijo Setsura guiñándole un ojo a Inuyasha, coqueta, sonriéndole entre pícara y triste. Se apoyó contra él, aunque sabía que el tonto no le devolvería el favor.

—Y tú estás muy fría —le dijo Inuyasha, haciendo que Setsura se sintiera triste, justo como su nombre rezaba—. Pero bueno… no es que el frio me disguste.

Setsura se sintió derretirse cuando Inuyasha, haciendo gala de alguna inocente galantería, la abrazó con su brazo izquierdo, atrayéndola y apretándola contra sí. No soltó ni por un momento la magatama de su mano derecha, que enlazaba con el cordel que la sostenía a los dedos de la mano izquierda de Setsura.

—Tú no juegas limpio…

Inuyasha se rio.

—Y yo aún no puedo entenderte.

Setsura suspiró. Si este fuera a ser su futuro, gustosa lo aceptaría. Pero luego recordaba todo lo que estaba pasando en la casa principal, y cómo estaría Tsurara, a quien no había visto desde que logró hacerla acostarse para que descansara un poco. Sin embargo, estando así con Inuyasha, sentía que podía vencer todos esos problemas.

Y como si le hubiera leído el pensamiento, Inuyasha le preguntó:

—¿Cómo está la niña de las nieves? Tu hija…

Setsura lo miró, y creyó ver un atisbo de preocupación en la expresión del chico. Eso no la ayudó a odiarlo, precisamente.

—Pude hacer que se acostara y se durmiera —le respondió Setsura—. Ella apenas pudo soportar lo que ese ser nos echó encima. Y la zorra y yo estábamos protegiendo a Kyokotsu.

—Lo lamento.

Setsura lo miró aún más intensamente. La expresión de Inuyasha no había cambiado, pero ella sentía su pesar. Por no haber estado allí con ellos, por haber caído antes en el combate. Ella lo sabía. Sabía a ciencia cierta el motivo de los penares de él.

—Pues haces bien en hacerlo —le dijo ella, mostrándose altiva—. Espero que así arregles este problema, para que todo vuelva a ser como antes.

—Te prometo que me encargaré.

Setsura volvió a suspirar, pero esta vez era de contenta. Se acomodó más y se quedó así con él, no deseando estar en algún otro sitio. No por un buen rato, al menos.


Rikuo miraba a Tsurara. Ella caminaba de aquí para allá en la habitación en la que estaban, y ella estaba nerviosa y ansiosa. Rikuo la miraba sonriente y confiado. Seguro de sí mismo en su forma nocturna, y contento por verla tan nerviosa. Tsurara lo sabía e hinchaba los cachetes para mostrarle su disconformidad.

Waka…

Tsurara se detuvo para mirar a Rikuo. Ella se veía muy ansiosa, y Rikuo la estaba abrazando antes que ella pudiera darse cuenta de lo que hacía.

No te preocupes…

No puedo evitarlo, Waka —le dijo Tsurara, sintiendo salir la sinceridad, entre los brazos de Rikuo—. Siempre supe de las antiguas aventuras de mi Okaa-sama con los dos comandantes. Ella siempre los amó, pero nunca pudo estar con ninguno.

Rikuo se quedó en silencio. Claro que él también lo sabía. Todos en el clan lo sabían. Rikuo la soltó y cuando Tsurara lo miró de vuelta, él era el Rikuo de día. El Rikuo amable.

Primero fue Nurarihyon-sama —siguió Tsurara, más animada a seguir—. Okaa-sama lo siguió desde el principio en el primer Hyakki Yakou, y siempre lo amó desde entonces. Pero él conoció a Youhime-sama y nunca le prestó atención a Okaa-sama.

Tsurara estaba dejando ir su frustración por el amor no correspondido de su madre, y Rikuo sólo podía escucharla. Él sólo era silencio.

Rihan-sama fue igual. Okaa-sama lo crio, cuidó de él, y lo amó todo el tiempo. Pero otra vez apareció alguien más y tampoco Rihan-sama se quedó con ella.

Rikuo no decía una palabra. No hacía ningún intento de interrumpirla, sino que iba a dejarla decir todo lo que quería decir. ¿Al menos Tsurara no compartiría el mismo destino que su madre? El pensamiento de ello, al ver a Rikuo, hacía que Tsurara lo mirara mejor, pensando que él no permitiría que su Tsurara sufriera lo mismo. Esta vez no.

Su suerte siempre ha sido terrible con los hombres —continuó Tsurara—. La recuerdo, cuando vivía con ella, ella nunca pudo quedarse con ninguno de sus pretendientes. Nunca supe por qué.

¿No has pensado que ahora podría ser el momento perfecto para ella? —le preguntó Rikuo, con su amable voz muy distante—. Tal vez ella ha visto algo en Inuyasha. Debo admitir que él es un idiota la mayor parte del tiempo. Pero es valiente, fuerte, confiable, y amable según pude ver.

Sí. Yo también lo vi. Pero no lo sé —le respondió Tsurara, algo inquieta por lo extraño que estaba su amo—. ¿Pero qué tal si ella realmente se enamora de él? ¿Qué pasaría si él no la ve de la misma manera en que ella lo vería a él?

Entonces junto al desahogo por su madre, Tsurara vio otra de las razones por las que estaba así. La preocupación por su madre y el hombre que parecía haber despertado viejos sentimientos en ella.

Eso... Eso ya dependerá de ellos.

Y también está Hagoromo Gitsune-sama —recordó Tsurara, agitando la cabeza—. Es obvio que ella está interesada en Inuyasha. Sólo que él es un idiota y no lo ha notado todavía, pero…

Tsurara, créeme. Entiendo tus preocupaciones, pero no sacarás nada de ellas ahora —le dijo Rikuo—. No permitas que te coman la cabeza en este momento. Pero cuando sí toque hacerlo, ponle tu mejor esfuerzo, pero hazlo por ti. No por alguien más.

Waka… ¿Pero qué puedo hacer para quitarme al angustia del pecho? —lloró Tsurara, y no pudo soportarlo más. Se abrazó con fuerza a Rikuo, tratando de contener todas las preocupaciones que la embargaban, estando en sus brazos.

No sé si te podré ser más de alguna ayuda —le dijo Rikuo. La tenía temblando debajo de él—. Eres lo más preciado del mundo para mí. No sé lo que pudo pasar con tu madre, ni mi padre ni el abuelo. Pero te aseguro… —Rikuo se separó un poco de ella y la miró a sus amarillos ojos—. Yo quise cometer los mismos errores.

Waka…

Sólo eras tú para mí. Sólo quería tenerte conmigo. Que no te atrevieras a apartarte de mí jamás. Y yo te entregaría todo lo que soy.

La intensidad con que Rikuo la miraba hacía que Tsurara se sonrojara. Pero sin poderlo evitar, jalada por la irreconocible fuerza que ya sintieron una vez no hacía mucho, ella acercó su rostro al de él mientras Rikuo hacía lo mismo que ella.

No dejes de ser quien eres —le dijo Rikuo, con sus labios a escasos centímetros de los de ella—. No hagas las cosas por nadie más. Hazlas sólo por ti a partir de ahora.

Rikuo-sama… ¿Qué cosas dice?

Tsurara estaba muy confundida. ¿Por qué Rikuo actuaba tan extraño? Ella no le veía pies ni cabeza a sus palabras y estaba extrañadísima por su comportamiento, su forma y su voz.

La felicidad es algo bastante vago —le confió Rikuo, apartándose y sonriéndole, una vez más en su forma nocturna—. Pero el truco está en no dejar jamás de buscarla. En recuperarla si se ha perdido. Aquí o en otra parte.

Waka… ¿Qué?

El mundo no tenía sentido. Tsurara comenzaba a ver todo en neblina, y la forma de Rikuo estaba escondiéndose en lo blanco.

No dejes de buscar la felicidad, Tsurara.

La desesperación llegó a Tsurara, que abandonó toda precaución. Caminó hacia Rikuo, que había estado alejándose sin que ella no notara y ahora estaba muy lejos de ella.

¡Waka! ¡Espera! ¡Rikuo-sama!

Rikuo seguía perdiéndose en la neblina. Alzó el brazo, se dio vuelta y caminó resueltamente hacia la nada.

¡RIKUO-SAMA!

Despertó en llanto. Estaba incorporada en su futón, mirando la pared que tenía enfrente y la sensación de haber dado un paso en falso seguía recorriéndole la espina. Y sentía las lágrimas frías en su mejilla, y cómo se hacían hielo en su rostro mientras descendían. El recuerdo de su sueño seguía en las retinas de sus ojos y en toda su mente, quemando todo pensamiento. Lo real que fue, a pesar de verse como un sueño, era espeluznante. Se sintió estúpida, por encima del miedo que sintió.

Más triste de lo que podía recordar se levantó, tratando de no acordarse, tratando en vano de contarse un cuento en que no tuviera que afrontar la verdad. Lo que habían visto sus ojos. Se acercó a la puerta de la habitación, se sentó allí y acercando la cara a sus rodillas, lloró mares. La tristeza era muy vaga, pero el truco no era alejarse de ella, pues era imposible. Cada gemido y cada lágrima la limpiaban, pero la memoria no se limpia, sino que vuelve vestida de la realidad.

No supo cuánto tiempo pasó allí, o si alguien la escuchó y la verdad no le importaba. Sólo recuperó un poco el sentido desde su dolor cuando oyó la voz de Aotabou, desde el patio.

—Son ellos. La gente del gobierno ha venido. Otra vez…

Oyó que Nurarihyon le respondía. Oyó que se debía buscar a los miembros prominentes del clan y a los dos visitantes. Todo para recibir al ministro de defensa de Japón, que estaba visitando de nuevo su hogar. El hombre que había tratado ya con ellos, y en especial con Rikuo.

Secándose en vano las lágrimas, Tsurara se acercó a su guardarropa y se vistió, pues notó que sólo traía su pijama puesta. Sin duda su madre había tenido algo que ver, aunque no recordaba nada desde que estuvo gritando el nombre de su amo a los cuatro vientos en las ruinas de aquel edificio. Con tristeza se vistió y salió hacia la sala principal, dispuesta a tomar parte en lo que hiciera falta para detener a esos dos infelices que le habían arrebatado su razón de vivir. Dispuesta a vengarse de ellos y de quien hiciera falta. En el fondo de su corazón sentía esa determinación junto a algo terrible. Una sensación que no quería describir y en la que no quería indagar.

Si tan sólo no doliera tanto…


Inuyasha y Setsura habían estado allí sentados por mucho tiempo ya. Por alguna razón él no se sentía como si quisiera ir a alguna parte, acallando la parte de él que quería ponerse en acción de inmediato para cazar a Naraku y Aizen.

A pesar que la presencia de Setsura bajo su brazo era fría, tampoco se sentía con ganas de soltarla. Era un frío placentero. Una especie de frío amable y hasta paradójicamente cálido. Inuyasha sentía que podría acostumbrarse a esa extraña sensación.

—¿En qué piensas?

Setsura lo había estado mirando a la cara. Por supuesto él no era de los tipos que pensaban mucho.

—Pensaba en ti —le respondió Inuyasha, directo como siempre—. Y cuán bien se siente tenerte cerca.

—¿Pero qué…? ¡Qué cosas dices!

Setsura se sonrojó tanto como el color de sus ojos. E Inuyasha la miró confundido como siempre por las reacciones de ella.

—Bueno, todavía es verano. El calor es un problema —trató de explicarle a ella—. Me gusta refrescar mi cuerpo con el tuyo.

Setsura se estaba derritiendo literalmente. Escondió la cara en la túnica de él, e Inuyasha se rio con ganas con tanta ternura que ella le inspiraba.

—Me encantan tus reacciones —siguió hablando Inuyasha, sin saber los efectos de sus palabras en Setsura—. Oye, ¿estás bien? Diablos. No te duermas en mí, bruja de las nieves.

Setsura estaba feliz. Por primera vez en mucho tiempo podía decir que estaba feliz. Sólo deseaba no soltarlo pronto. Quería quedarse así con él mucho tiempo más.

—Bueno. Supongo que debemos volver —dijo Inuyasha, levantándose y cargándola en brazos otra vez.

—Nunca haces lo que quiero —protestó ella, acomodándose en los brazos de él.

—¿Y por qué haría eso? —le preguntó Inuyasha con arrogancia.

—Olvídalo.

Setsura sólo se dejó llevar con él de vuelta a la casa, pues estar en sus brazos era una de las mejores cosas que ella podría pedir de él. El recuerdo de él abrazándola por su propia voluntad todavía la hacía sonrojarse como una adolescente y la hacía más feliz a cada instante. Ya era inevitable. Setsura podía declararse totalmente enamorada de ese idiota.

—No te atrevas a soltarme —le advirtió ella, aferrando la túnica roja de él.

—Claro que no, tonta. Seguro te romperías en el suelo si te caes.

—No me refería a eso… olvídalo…

—¿Otra vez con eso?

Inuyasha sonrió y siguió corriendo con ella en brazos y con la extraña sensación de tenerla con él, muy cerca de su pecho.