TRIÁNGULO


Capítulo VI

"Carpe diem"

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Tu canción favorita se desliza por tus oídos y hace estragos en tu pecho: sabes que quieres morir y vivir con la misma intensidad; la contradicción provocada por el arte que uno ama. Demasiado significado y pocas palabras en el idioma para explicar, para exponer ante el universo lo que se siente.

Un hermoso valle perdido en el paraíso, donde no se llega a apreciar la belleza completa porque los ojos no logran atisbar con plenitud, sino que hacen su tarea con lo que tienen a mano; allí te encuentras, desnuda y perdida, inmersa en lo perfecto, en lo tangible de la perfección. El paisaje, la música sonando al compás de los sonidos innatos de la naturaleza...

Te sientes una niña pequeña y, con una sincera sonrisa en tu rostro, comienzas a corretear. Bailas lentamente y te lanzas al lago rocoso que se extiende frente a ti para poder obtener aunque sea un ápice de tanta belleza. Quieres que el perfecto cielo azul decorado por pequeños grupos de nubes y que el verde del hermoso bosque te manche con perfección. Quieres ser perfecta, un poco perfecta, para pertenecer allí para siempre.

No quieres irte jamás.

Empapada, con los cabellos enredados en tus senos y tu espalda, con las gotas encegueciendo tu paso, sales del lago y sigues corriendo. Continúas buscando el significado de estar allí pero no puedes encontrarlo. ¿Por qué? Te empecinas en buscarlo y nada, no hay nada.

La perfección es inexplicable, te dices. No es posible explicar lo perfecto, pues no para todos tiene el mismo significado. La perfección es lo que no se puede dejar de mirar, lo que no se quiere abandonar, lo que se quiere sentir para siempre. La perfección es ese hermoso valle en medio de las montañas, ese azul en el cielo, esas nubes aventureras, esos pájaros cantando... Esa canción sonando.

Empiezas a cantarla y lloras de felicidad, sabiendo que jamás volverás a ser tan feliz. Eres feliz con tanta entrega, con desesperado ahínco. Tu felicidad es infinita, hermosa, tan perfecta como esa perfección.

Entonces, una epifanía: ¡si tu felicidad es perfecta, entonces tú no necesitas mancharte con perfección para serlo aunque sea un mísero ápice! Tu felicidad es perfecta, pues tú también lo eres.

Te sientes aún más feliz y empiezas, con inédita facilidad, a volar. Vueltas y vueltas por el cielo, entregada a lo que haces, a lo que sientes al mostrarte tan perfecta y libre como lo perfecto de ese paraíso; mientras, cantas sin parar, gritándole al mundo que no deseas morir ni tampoco vivir: quieres quedarte allí por siempre, eterna como esa felicidad que tan presente sientes en tu pecho.

Quieres estar allí por siempre para así poder ser feliz hasta el fin de los tiempos.

Quieres quedarte allí... Si te vas, si abandonas el paraíso, ya no serás perfecta.

Quieres compartir esa perfección, no por anhelos soberbios sino por razón de la alegría.

La perfección te hace feliz y tú, en verdad, no quieres ni puedes abandonar aquello que da sentido a tu vida.

Quieres estar allí, por siempre y para siempre...

Contagiada por la utopía. Perfecta. Rodeada de perfección...

¡La más inmaculada perfección!

Abrió los ojos y se sintió abrumada. Tardó varios segundos en reaccionar, ¡no era un sueño! Lo entendió luego de mover su cabeza de un lado al otro sobre la almohada: su canción favorita realmente estaba sonando. Lo hacía por todas partes, con fuerza desgarradora, abriéndose paso en toda la extensión del espacio, hasta lo más profundo de su pecho y su alma.

Fue al baño sintiéndose mareada, tarareando la canción con la misma felicidad de su sueño. Despertó sola, eso le dio tristeza, pero que esa canción sonara le daba una especie de esperanza y una paz bien conocida, esa que siempre sentía al oír las notas suaves y el dulce canto masculino. Se miró al espejo mientras lavaba su rostro y hacía buches con el agua. Las gotas resbalaron por su pera y terminaron en su cuello y pecho. ¡Era como en su sueño! Siguió cantando, realmente alegre y negada a sufrir.

Ni vivir ni morir: mejor era sumergirse en el lago y contemplar el cielo y las nubes...

Por siempre y para siempre.

Al costado de la cama, no pudo negarse a tomar la camisa gris que encontró en el suelo enredada con la chaqueta verde militar, la que no se había movido en toda la noche de ese lugar. Percibió el aroma y, caprichosa como nunca, necesitó ponérsela no solamente para ocultar su desnudez, sino para sentir lo más cercana posible a la perfección que añoraba con ímpetu.

Buscó la perfección con pasos lentos mientras una enérgica guitarra sonaba y llenaba su vida; la canción estaba en su momento dorado. Una vez en la sala del enorme y solitario apartamento, vio hacia el sofá de la noche anterior y allí no había nadie, únicamente se percibían dos cosas por medio del sentido de la vista: el imponente amanecer de fondo, colándose sin permiso por la ventana, y un hilo de humo proveniente de la parte trasera del enorme sofá. Caminó con las manos entrecruzadas en su pecho y, a medida que en el suelo se dibujaban pequeños pasos, se escuchaba en más detalle un desprolijo canto que nada tenía que hacer con el sentimiento y el registro privilegiado de quien cantaba esa canción originalmente, pero que para ella sonaba aún mejor.

Todo era mejor cuando venía de la perfección.

La guitarra fue cesando, la batería también. Allí estaba ella, descubriendo tras el sofá a la mismísima perfección. Sentado en el suelo con la espalda contra la parte posterior del asiento, con unos pantalones negros y el pecho al descubierto, descalzo y con un cigarrillo entre sus dedos, acompañado por un cenicero con varias colillas que lo llenaban a su lado... La canción terminaba y su canto, perfumado por el hermoso amanecer que se gestaba frente a sus ojos, esos que miraban absortos la más grande maravilla de la naturaleza, llegaba a su fin con notas desafinadas pero sentidas. Todo se anuló, menos la voz, esa que él emitió justo antes de apagar el vicio que fumaba.

Al apagar el cigarrillo, finalmente notó su presencia, sorprendido por no haberla percibido antes. Sin saber bien qué hacer, simplemente le sonrió.

—Buenos días, Marron —la saludó dulcemente.

Ella, de pie a varios pasos de él y sonrojada como la noche anterior, devolvió tímidamente la sonrisa.

—Buenos días, Trunks —correspondió amablemente el saludo—. Lo siento, no, no... —tartamudeó—, no quería interrumpirte, pero desperté y escuché la canción, así que...

El hombre se puso de pie y, sin vergüenza, se acercó a ella para fundirse en el cálido abrazo que la rubia, impresionada, no pudo responder con toda la rapidez debida. Lo hizo finalmente y, tuvo que admitirlo, él era mejor que su sueño.

Él era real. Ella era perfecta porque él lo era; Trunks, en verdad, estaba allí.

Nada de utopías: envuelta en sus brazos, ella estaba en el cielo.

—¿Alguna vez te ha pasado que despiertas sin razón y tienes una canción impregnada en la cabeza? Desperté hace un rato y me encontré tarareando este tema, por lo que necesité venir a escucharlo... —Se separó levemente de ella para mirarla—. Disculpa si te despertó... —Unos ojos avergonzados se fijaron en los suyos.

—¡No! —farfulló la mujer—. Desperté sola... No fue tu culpa. Estaba... —Carraspeó—. Estaba soñando y fue muy lindo despertar y escuchar... mi canción favorita...

Trunks no ocultó sus dientes al sonreírle por causa de sus palabras.

—¿Acaso no es la canción favorita de alguien? Me encanta esta canción. —La estrechó nuevamente y, sintiéndose genial gracias al calor que desprendía el pequeño y bello cuerpo, la cargó en sus brazos para posarla suavemente sobre el sofá. Habiendo quedado sobre ella, reiteró su buen humor con una nueva sonrisa—. ¿Quieres escucharla... conmigo?

Marron, quien casi quería pellizcarse ante la idea de seguir soñando despierta con su utopía, nuevamente confundida, asintió con ojos emocionados.

Trunks se puso de pie y se ausentó unos momentos. Por lo que ella pudo atisbar, se dirigía a su cuarto. Volvió un minuto después y se acercó al reproductor de música, donde puso desde el comienzo la que, al parecer, era la canción favorita de ambos. Marron no pudo evitar sonreír y cantar en susurros al escuchar las hermosas notas dar comienzo a esa maravilla y menos pudo ocultar su felicidad al ver cómo Trunks se recostaba sobre ella y empezaba a besarla con desenfado y naturalidad.

—Siempre quise hacerlo con esta canción de fondo... —le confesó entre caricias.

Marron, aún incrédula, aún deseando pellizcarse para ver si realmente estaba soñando, lo abrazó con fuerza. Lo que parecía real se ponía cada vez mejor, sentir que generaba dudas renovadas sobre la veracidad de los hechos. Se ponía cada vez mejor... La perfección era capaz de humillarse a sí misma segundo a segundo. Era inconcebible. Un pellizco que Trunks no pudo apreciar, el que se dio en la muñeca izquierda por sobre la espalda masculina, le contó al oído la verdad: no, no era un sueño.

Más fuerza en el abrazo. La entrega fue fácil, fue simple...

—Yo... también...

Besos, roces y la ropa los abandonó a la velocidad de la luz. Con el amanecer de fondo y la canción volando entre sus cuerpos, Trunks se colocó la protección necesaria, esa que lo había hecho ausentarse en dirección a su cuarto, y poco tardaron en volver a fundirse en un solo ser, exactamente igual que la noche anterior...

Entre gemidos de felicidad, ella le cantó la canción sin poder dejar de llorar, inmersa en el valle, en el lago, en el sueño en sí; en él, en el hombre de ojos endemoniados que lo único que hacía, de forma sencilla y aplastante, era personificar a la perfección.

La del valle, la del lago, la del sueño...

La del departamento, el sofá y el cenicero lleno de colillas...

Y la vehemencia de las respiraciones tapó, con honestidad y sin dejo de esfuerzo, la melodía que los acompañaba.


Despertó por enésima vez desde que se había acostado; ésa había sido una de las peores noches de su vida. Había dormido demasiado mal y odió que fuera justamente un sábado, momento ajeno a la universidad donde ella prefería aprovechar al máximo todas las horas de sueño posibles. De su mesa de luz levantó su celular y, al fijarse la hora, descubrió que eran las siete de la mañana en punto, hecho que la irritó en demasía.

—No tiene caso —susurró al levantarse—, ya no podré seguir durmiendo...

Le tomó media hora ducharse y ponerse ropa de entrenamiento. Después de hacerlo, se encaminó a la cocina para poder tomar un rico café negro y amargo antes de marcharse a las montañas a entrenar. Grande fue su sorpresa al encontrarse con su abuelo, quien le sonrió al observarla desde la mesa. Tenía un suculento desayuno delante de sus narices, cuya cantidad le indicó que estaba solo.

—¡Qué temprano, Pan! —exclamó alegre—. Ven, te convido unas tostadas. —Arrimó la silla más cercana que tenía y separó un plato para ella—. Estoy sorprendido... ¡Tú nunca te levantas temprano un sábado!

Enternecida sin remedio, necesitó sonreírle para expresar su infinito amor por él.

—Pensaba entrenar —comentó mientras batía su café instantáneo y calentaba una pava de agua en el fuego—. No dormí bien anoche...

Gokuh se sorprendió por sus palabras. Con gesto de sorpresa, giró hacia ella.

—¿Sucede algo? —inquirió en voz baja—. Si quieres, desayunamos y nos vamos a entrenar juntos un par de horas... Oob duerme hasta tarde los sábados.

La propuesta no hizo más que alegrarla, así que, con su café listo, se sumó a su abuelo y juntos devoraron en silencio. Al terminar, volaron hacia las afueras del bosque y se internaron en lo más profundo de las montañas Paoz. Uno frente al otro, ya dispuestos para la batalla, improvisaron una pelea suave que, en pocos minutos, nombró a Gokuh como ganador. El saiyan, conocedor absoluto de su nieta, entendió que algo sucedía si ella había peleado con tan poco entusiasmo. No pudo evitar preocuparse, cosa inesperada pero que realmente sucedía en él cuando se trataba de Pan, Chichi o sus hijos. Sin más, la ayudó a levantarse del suelo y la llevó a la cima de una cascada, donde se sentaron rápidamente. Disfrutando del hermoso paisaje de tan bello día, Gokuh adoptó un semblante serio y dedicó una mirada atenta a la hija de su hijo mayor.

—Cuenta, Pan. —A último momento, prefirió sonreír: no quería intimidar a la díscola muchacha con una mirada tan poco común en él—. No le contaré a nadie... Se te ve turbada por algo y es raro en ti.

¿Era realmente raro? No, se dijo el guerrero. Pan era una persona complicada y de trato complicado, pero con él no era así: con él siempre estaba contenta y se mostraba desenfadada. Ese era el punto que llamaba su atención: si con él se mostraba tan abstraída y casi hasta triste, no era por cualquier tontería propia de su edad.

Pan, adorando a su abuelo con todas sus fuerzas por el genuino gesto de preocupación, quiso llorar pero no se lo permitió.

«No puedo decirle lo de Oob...».

—Abuelo... —Pero sí podía decirle una de las tantas cosas que había estado meditando en los últimos días, todo con intención de distraerlo y no llenarlo con sus problemas amorosos—. Me siento estancada en mis entrenamientos. Siento que alcancé mi tope.

Gokuh no se privó de reír a carcajadas, cosa que descolocó un tanto a Pan.

—No tienes tope, eso no es cierto —afirmó por demás convencido de lo que decía—. No debes sentirte estancada: si es eso lo que sientes, entonces algo en tus entrenamientos no anda bien.

Sabias palabras. Pan hizo asomar una risita irónica al escucharlo.

«Entrenar sola es el problema...».

Que él entrenara con Oob lo era.

Agitó su cabeza con ganas, intentando alejar al muchacho de su mente.

—Creo que estoy haciendo algo mal, sí —le siguió el hilo—. Creo que debo... probar otro tipo de entrenamiento. ¿Tú qué piensas?

Sí, esa era su idea: entrenar de otra manera, en otra parte. Incluso, entrenar con otras personas... El problema era: ¿qué personas? Ni que hubiera muchas opciones, se dijo...

Los Guerreros Z. ¿Había más? A su nivel seguro que no. Odió a Bra por no ser asidua al lado más aguerrido de su sangre. ¡Cuánta diversión si entrenara con su mejor amiga! Pero no, nunca iba a pasar...

Preferible no pensar en ello.

¿Qué posibilidades había de entrenar con otras personas? En los segundos que su pensativo abuelo se tomó para responder, Pan improvisó una lista en su mente, donde figuraban todos los poderosos Guerreros Z.

Krilin o Yamcha: le caían inmensamente bien, pero no. Ambos estaban retirados y el poder de la muchacha estaba muy por encima que el de cualquier humano, así que no sería adecuado.

Su padre: no parecía gran opción. Gohan no era asiduo al entrenamiento a pesar de ser, según todos los integrantes de los Guerreros Z, el más poderoso de todos. ¡Qué calamidad! El más fuerte, el más inteligente... Y el menos fanático. El talento más grande suele heredarlo aquel que no abusará de éste, eso a veces era lo que pensaba la joven, especialmente al pensar en su padre.

Otra opción: ¿Goten? Definitivamente NO. Su tío ODIABA entrenar y no le daba culpa decirlo. Su sangre saiyan lo disfrutaba, eso era seguro; además, si era necesario bien sabía Pan que su tío dejaría todo por sus seres queridos y el planeta en el que vivían; mas no, no era una opción viable, no era una opción posible. Goten era vago para todo lo que tuviera que ver con batallas. ¡Vago! Mejor dicho imposible.

El señor Piccolo, pensó después la muchacha: el maestro de su padre parecía una excelente opción pero no la convencía del todo... Ya había entrenado a su padre, a su tío y a Trunks y, había que decirlo, había logrado grandes resultados. Cierto era que Piccolo, además, profesaba cierto cariño o preferencia por ella al tratarse de la hija de Gohan; sin embargo, el motivo que la desalentaba con respecto a él era, sencillamente, no lograr verse entrenando con el namekuseijin.

Pero no, no pudo descartarlo. Lo dejó como opción posible a un lado de la mesa que plasmaba en su mente.

Más opciones...

Vegeta: ¡tenía que admitirlo! Era su opción favorita. Vegeta era el único al nivel de fanatismo y poder de su abuelo. ¡Le encantaba la idea! Vegeta era orgulloso y de carácter difícil: ese cambio de aire podía ser ideal para ella. Irse de la amabilidad de su abuelo para terminar con la rigurosidad del Príncipe de los saiyan parecía ser el paso más conveniente a seguir. A pesar de todo, y aunque le molestara admitirlo, debía ser realista: difícilmente aceptaría, más siendo ella la nieta de su rival, del Kakarotto con quien cada muy tanto se juntaba a entrenar en combates que terminaban siendo verdaderos espectáculos.

Piccolo, en su cerebro, estaba opacado por Vegeta. Admiraba al Príncipe de los saiyan y se sintió encaprichada: Piccolo era mejor opción en todos los sentidos, y Vegeta era saiyan, como ella.

Ese era motivo suficiente para preferirlo: el orgullo, el poder y la experiencia del único guerrero que asomaba en poder a su abuelo.

Y Trunks... ¡¿Trunks? Casi ni había pensado en él y, cuando se detuvo en ello...

—Pues... —la interrumpió su abuelo, poniendo punto final a su larga meditación—. Pan, no es mala idea. ¡Digo! —sonrió efusivamente—. Si lo necesitas está perfecto. Yo cambié de maestro varias veces. —La sonrisa se volvió nostálgica y dulce—. Entrené con mi abuelito, con el maestro Roshi, con el anterior Kamisama, con Kaiohsama... ¡Vaya! —Se impresionó—. ¡Cuántos maestros tuve! —Y estalló en risas desenfadadas.

—Sí... Son muchos —profirió la ahora sonrojada muchacha—. Yo sólo te tuve a ti...

—Exacto. —Gokuh condimentó a su eterna sonrisa con ese atisbo de seguridad que mostraba en momentos serios—. Creo que eso realmente me ayudó, si lo pienso bien. —Se puso de pie y se acercó a su nieta para depositar las manos en sus hombros—. Entrenes con quien entrenes, estoy seguro de que te hará sentir mejor. ¡Y cuando quieras puedes volver conmigo! Más te vale venir a mostrarme lo que aprendiste una vez termines con tu nuevo entrenamiento.

La sonrisa... Tan hermosa, tan valiosa y tan especial...

Asintió casi percibiendo lágrimas en sus ojos pero sin permitirse que éstas cayeran por sus mejillas. Simplemente lo abrazó, orgullosa de él y con el pecho inflado de amor hacia él, el maestro y el abuelo, el referente número uno de su vida.

—Gracias, abuelo... —murmuró sin soltarlo—. Te adoro...

—¡De nada, Pan! —afirmó entre risas—. Yo también... ¡Aunque, si no como, creo que ya no podré adorar a nadie! ¡ME MUERO DE HAMBRE!

Y el aire se llenó de risas, las más honestas del universo.


—Si quieres, puedes tomar un baño en mi ducha —le avisó entre besos delicados, depositados en puntos estratégicos del cuello femenino.

Aún en sus brazos, aún en el sofá y aún con ese disco de fondo, ese que tenía la canción que más amaba en el mundo. El disco había corrido, había pasado de canción a canción mientras ellos se entregaban al goce de los cuerpos, completamente decididos a disfrutar el uno del otro. En el cielo, por su parte, ya brillaba el sol que acababa de despertar, y Marron poco pudo hacer para ignorar aquella vista espectacular: el cielo de la mañana, la música erótica que endulzaba sus oídos y la mismísima perfección antropomorfa sobre ella, a segundos del final de un nuevo encuentro apasionado, de una nueva fusión con la perfección.

Trunks llenó sus ojos con los suyos y eso le dio a la pauta de que aquello era demasiado hermoso y demasiado real, ¡todo al mismo tiempo! Al unísono con la música del disco y la respiración de ese hombre maravilloso.

—Gracias, realmente me gustaría... —admitió con mejillas rojas—. Tengo un poco de calor...

Trunks rió jovialmente al escucharla.

—Yo también —comentó—. Pero no te preocupes —aseguró mientras se separaba de Marron y tapaba su desnudez con su ropa interior y el pantalón negro estilo deportivo que traía cuando se encontraron—, te dejaré hacerlo primero.

La rubia se decepcionó por ese comentario.

«No me quiero separar ni un minuto de ti...».

Después de todo, poca idea tenía de si alguna vez volvería a pasar una noche así. Debía disfrutarlo lo más posible y estaba decidida a hacerlo a como diera lugar.

—No es necesario... —mencionó tímidamente, poniéndose nuevamente la camisa gris del hombre que la acompañaba—. Si quieres... yo...

Lo vio de espaldas y no pudo detener el impulso: recostó su rostro en ésta y con sus brazos rodeó la cintura desnuda del amor de su vida. El mejor colchón de mundo, se dijo.

No quería irse de allí ni separarse de él.

Jamás.

Trunks volteó su rostro hacia ella.

—¿Decías? —inquirió con incógnita en su mirada, producto ésta de la frase que la rubia no había terminado de pronunciar.

Marron se sintió algo intimidada por los ojos del demonio, pero los evadió y, con sus brazos aún rodeando la cintura, bajó la mirada para para terminar con su idea.

«Vamos, Marron... No creo que te diga que no...».

¡Debía aprovechar cada momento!

«Ahora o nunca...».

—Po-podríamos ducharnos... juntos.

El rostro le ardió y necesitó abandonar la cintura para tapar la vergüenza con sus manos. En medio de la oscuridad, hermoso para ella fue captar la dulce risilla de Trunks.

—Qué buena idea —afirmó el hombre, peinando el cabello rubio con sus dedos—. Vamos.

Sin destaparse por decisión sino por movimiento ajeno, la mujer se encontró en los brazos de la perfección de un instante al otro. Asombrada por lo que él hacía, llevarla a la ducha en sus brazos, se asió del pecho masculino sintiéndose ligera e, increíblemente, hermosa.

La más hermosa...

Minutos después estaban bajo el agua, dentro del reducido espacio de la ducha personal de Trunks. Era un momento mágico para Marron, pues verlo allí, y verse a ella junto a él, era algo demasiado emotivo. Quiso llorar de alegría pero lo impidió con fuerza abismal. Ambos rieron como dos adolescentes, hasta que Trunks, empapado, pareció notar algo en ella. Marron mucho se sorprendió al ver cierta preocupación en sus orbes perfectos y necesitó preguntar qué sucedía.

—Creo que se me fue la mano... —exclamó estudiando detenidamente la piel de quien lo acompañaba.

Marron tenía varios moretones a lo largo de su cuerpo, agregados a un chupón en su hombro izquierdo y otro cerca de su escote. La rubia estudió su piel y vio algunas de las marcas que Trunks miraba sin perder detalle. Increíblemente, poco se preocupó por los vestigios de la noche de los desesperados.

—No pasa nada... —susurró con dificultad debido al agua que le caía constantemente en la cabeza y el cuerpo—. En serio, Trunks. —Lo miró a los ojos y volvió a sonrojarse—. No te preocupes...

Justo después de las últimas palabras, ella finalmente notó un inmenso y enrojecido chupón en la unión de su cuello y su hombro derecho, descubrimiento que la avergonzó furiosamente.

—Yo... lo siento —profirió.

Acto seguido, lo invitó a voltear para poder vislumbrar su espalda, en la que, como lo había sospechado, encontró algunos rasguños enrojecidos en toda la extensión de la piel.

Trunks, al verla perturbada por lo que atisbaban los ojos celestes, la animó a no preocuparse.

—No importa —le dijo—. Creo que valió la pena...

Realmente había sido así: pocas veces había tenido un encuentro de esas características con una mujer. La pasión de Marron estaba tan bien mezclada con su dulzura que era imposible no desesperar en sus brazos. El sexo lejos había estado de ser frío, más bien había sido de lo más cálido que recordaba. La preciosidad que tenía enfrente se había mostrado tan desesperada por él que poco había podido hacer Trunks por alejar el salvajismo al que ella lo inducía. ¡Por supuesto que quedarían marcas de tanta locura! Pero no podía culparla por rasguñarlo y besarlo con exagerada intensidad. ¿Cómo culparla? Creía entender el instinto que había viajado por las venas de la rubia al provocar esas huellas en su piel. Claro que estaba tratando de no pensar en detalle en las miradas, en los besos en los párpados y en los mutuos pedidos de humillación: esa parte no era prudente repasarla. En sus recuerdos, aquello se sentía fabuloso, mas en frío todo se veía extraño, perverso en extremo.

No se reconocía al recordarse sobre ella. No podía reconocerse por más que lo intentaba. La otredad había triunfado, pero ahora sólo quedaba Trunks, ese hombre que poco y nada creía encontrar en sí mismo de lo que había sucedido la noche anterior.

¿Por qué humillarse? ¿Por qué besar los párpados? ¿Por qué mirarla así, con tanta obsesión, mientras ella gozaba sin perderle detalle a sus ojos?

¿Por qué la desnudez del alma, por qué la humillación del ser?

Se sentía más satisfecho que nunca, esa era la realidad. Al mismo tiempo, se sentía más necesitado que nunca. Pero no, se dijo: era mejor dejar las cosas así por ese momento. Ya le pediría su teléfono para poder volver a invitarla a su cama. Se moría por hacerlo, una y otra vez...

Le agradaba la idea, lo hacía en demasía.

Ser otro de nuevo... Dejar de ser Trunks un rato más.

Ambos rieron y bromearon juntos sobre cómo tapar las marcas que más estaban a la vista. Llegaron a la conclusión, entre carcajadas, de que estar en invierno sería de ayuda con prácticamente todas. Pocos minutos después, abandonaron la ducha.

Pasaron a su cuarto y se secaron el uno al otro, jugando con el cuerpo que deseaban enfrente. Marron se mostraba tímida, retraída, pero también se mostraba feliz, así que Trunks dio rienda suelta a la dulzura que no muy seguido expresaba atendiendo tiernamente a la mujer que le hacía compañía aquella mañana de sábado.

Era imposible no ser dulce con una criatura tan angelical como esa.

Se pusieron su respectiva ropa interior y Marron empezó a apenarse sin remedio: la utopía seguía en pie pero empezaba, lentamente, a desdibujarse frente a sus ojos. El final se acercaba...

La certeza arruinó el momento.

Trunks volvió sus ojos hacia ella y, para sorpresa de Marron, encontró en él la misma incertidumbre que ella sentía propia.

—¿Tienes... —empezó a inquirir él— algo que hacer hoy?

Y el final llegó.

Apesadumbrada, la rubia asintió. Esa tarde, desgraciadamente, había quedado con su madre.

—¿Quieres que te lleve a tu casa? —necesitó preguntar un Trunks que se mostraba sutilmente decepcionado, tan sutilmente que ni Marron llegaba a notarlo—. Lamento si te estoy quitando el tiempo o algo...

—¡No! Eso no —se apresuró a responder la rubia—. Y lo de llevarme no es necesario —dijo apenada, con la mirada fija en el suelo y sus brazos tapando sus pechos—. Puedo tomar un taxi... Yo... —Carraspeó, al borde del ataque de nervios—. Yo no quisiera causarte una molestia...

Trunks, impulsado por un algo irracional que no logró comprender, la abrazó fuertemente.

—No es molestia, tonta —aseguró con suavidad—. Pero, si te parece bien, primero permíteme prepararte un desayuno.

Los ojos de Marron se llenaron de lágrimas.

—Sería muy lindo de tu parte... —sollozó aferrándose a él con las pocas fuerzas que tenía en su, en comparación con quien la acompañaba, débil cuerpo.

Dejándose llevar, entonces, se dedicó a derramar algunas lágrimas, las que realmente conmovieron a Trunks, quien no pudo evitar sorprenderse enormemente por verla llorar en aquella situación. El sentimiento de soledad volvió a llenar los ojos celestes de la mujer y él, conmovido por ello y sintiendo inmensa empatía, limpió rápidamente las lágrimas, lejos de estar molesto por la aparición repentina de éstas. Delicadísima, así era Marron. Era una criatura realmente frágil, esto se palpaba con imperiosa facilidad en ella.

De alguna forma retorcida, le recordó a sí mismo.

—¿Café? ¿Té?... ¿Tequila? —indagó entre risas.

Marron rió en medio del llanto.

—Té...

—Como gustes.


Después de un contundente almuerzo preparado con dedicación y amor por su abuela Chichi, Pan se despidió de su familia y se marchó a la Capital del Oeste, más específicamente a la casa de su eterna compañera Bra. Al llegar, por supuesto tocó timbre y su amiga no tardó en abrirle. Ésta le dio un dulce beso en la mejilla para recibir a la visita y, sin nada más por hacer allí, la condujo hacia su habitación. Finalmente en el cuarto, Bra puso música en su notebook y se sentó en su cama king size junto a su mejor amiga.

—¿Hablaste con Oob? —dijo. Fue la primera pregunta de la hija del poderoso guerrero de Clase Alta.

Pan se sonrojó.

—No. —Al apreciar un gesto reprobatorio en la princesita, se apuró a decir algo más—. No puedo, Bra... ¡No me sale! —Y cerró sus ojos, apenada y frustrada.

—Amiga, sé que no quieres herirlo, pero será peor a la larga si sigues así... —aconsejó la de cabellos azulados—. Debes hablar con él cuanto antes.

La pena embargó del todo a Pan y la sumergió en un silencio sepulcral. Bra notó la sumisión de su amiga y se apuró a sonreír con la única intención de darle ánimo.

—¡Tonta! —dijo al abrazarla—. No te sientas mal... Entiendo que te cuesta, pero debes decidirte para así no lastimarlo y no lastimarte a ti misma... —La obligó a mirarla poniendo sus manos sobre sus mejillas—. Pregúntate, Pan, si realmente te desagrada estar con él; plantéate la posibilidad de continuar con esto... ¡Piensa si realmente sería tan desagradable! Sé que le tienes cierto rencor por tus celos, pero no seas tan severa contigo misma...

Pan hizo un puchero infantil y, de un momento al otro, estalló en risas apenadas.

—¡No hay manera de aceptarlo! —sentenció—. Si me entrego a él traicionaré mi propia alma, Bra... ¡Si me entrego a él, yo...!

—¡¿Entregarte? —y la menor de ambas rió audiblemente—. Nadie dijo que te entregues... ¡¿O acaso él...? —Se puso de pie y se encaminó hacia la puerta cerrada de su cuarto—. ¡LO MATO!

Pan fue tras su amiga y la detuvo con un abrazo por la espalda.

—¡NO! ¡No me hizo nada, te lo juro! Pero sugirió sentir deseos de que pasara algo y me dijo que me esperaría todo lo que fuera necesario...

Bra volteó lentamente y su rostro, ennegrecido por las sombras de su flequillo despeinado, pareció mutar a una enorme sorpresa.

La felicidad se apoderó de las perfectas facciones.

—¡Qué dulce de su parte! No cualquier chico te diría algo así. —Invitó a su amiga a sentarse nuevamente en la cama y, una vez allí, la tomó de las manos—. Te ama, Pan... ¡Eso es tan dulce! Y ya va siendo hora de que pierdas esa maldita virginidad, ¿no? —El chiste, típico de Bra en los últimos años, no le hizo gracia a la de cabello negro. Viendo el fastidio, la hija de Vegeta sacudió sus brazos, intentando alejar aquel enojo de su amiga. Cuando Pan logró sonreír, se puso seria nuevamente—. Piénsalo, en serio... Quizá, al conocerlo más encuentres en él algo lindo.

—No, Bra. —Pan se alejó de todos los sentimientos que experimentaba para turbarse suavemente—. No puedo...

Su orgullo no se lo permitía bajo ningún aspecto.

Era muy simple para ella por más complicado que resultara para Bra comprenderlo: Oob personificaba todo lo que ella no era, es decir el poder que jamás tendría. ¡Su abuelo estaba un poco equivocado! Ella no podía llegar a tanto poder: su sangre saiyan estaba demasiado dispersa en sus venas y esto, evidentemente, la estaba estancando en un nivel insuperable. Había llegado a Súper Saiyan Fase 2 hacía poco, no más de dos años. Había practicado toda la meditación y control de poder que su abuelo le recomendó para intentar llegar a un nivel superior, mas era imposible... ¡Era frustrante! No podía mejorar y se sentía atrapada en un tope horroroso que le hería invariablemente el orgullo.

Y el desplante que Gokuh hacía cuando él aparecía...

No importaba cuán bueno y cuán dulce fuera Oob, no importaba cuán enamorado estuviera de ella... ¡No soportaba la idea de que fuera él! Ya se había ganado a su abuelo y ya le había ganado en poder... ¡Las dos cosas que más le importaban! Por supuesto que no podría soportar la idea de que él, para colmo, se la ganara a ella...

No, no podía...

Si lo hacía, el corazón le dolería demasiado. El corazón de la 1/4 saiyan se apagaría para siempre y ni todo el amor del mundo lograría despertarlo de un letargo eterno a manos de lo que entregarse a su rival significaba.

—Pan... —Bra vislumbró en los ojos apagados de la muchacha de cabello negro la enorme frustración que sentía acerca de demasiadas cosas y no pudo más que sentirse un poco culpable, por haber sacado el tema y haberlo llevado obstinadamente hasta un punto de aparente no retorno.

—Cambiemos de tema. —Y la idea de su amiga sorprendió a la princesita—. No quiero pensar en eso ahora, Bra...

Se sonrieron suavemente la una a la otra y todo estuvo dicho: no más Oob aquella tarde de amigas. Mientras guiaban su conversación hacia otros asuntos más triviales y dignos de dos adolescentes, Pan se despidió del tema anterior con un último pensamiento:

«Mejor lo dejo para otro día... Sí, mañana en el cumpleaños de Bulma será más fácil».

Su visita, si bien estaba principalmente destinada a pasar el rato con su mejor amiga, también tenía un motivo que se disfrazaba entre las sombras, pasando por ausente cuando realmente estaba más presente que nunca en el pecho de la muchachita.

Pedirle a Vegeta que la entrenara... Sí, ése era el motivo.

«Mañana, no pasará de mañana...».

Y aterrizó finalmente en la vivida conversación de amigas llenas de juventud.


—Espérame un segundo aquí, linda. Ya vengo —avisó Trunks, tapado por una nueva pañoleta y una nueva gorra, en medio de su sala de estar, a una Marron que escondía sus ojos bajo el gorro negro de ala ancha que siempre tenía a mano en su cartera.

Ya estaba lista para irse y una enorme tristeza se había apoderado de su pecho, pues debía hacerlo porque esa tarde había quedado con su madre en ir al centro comercial; a pesar de todo, no deseaba hacerlo bajo ningún punto de vista. No se quería ir: quería atornillarse a ese suelo y permanecer cerca de la perfección, sumirse para siempre en ésta y olvidar la vida alejada de ese hombre que tanto amaba.

Sin poder evitar la curiosidad que le carcomía el cerebro cuando de Trunks se trataba, Marron hizo viajar a sus ojos a través del pasillo por el que el hombre se había aventurado hacía segundos, encontrándolo al final de éste, en la última puerta. Desde la distancia le costó un poco atisbar qué hacía él, pero claramente notó un panel electrónico de seguridad sobre el picaporte de la última puerta, panel del que carecían todas las demás entradas del pasillo, incluida la del cuarto del dueño de casa.

«¿Por qué un panel justo allí?».

Trunks marcó algunos números, una clave más larga que la de su departamento al juzgar por los ruidos de cada marcado, esos que había contado la noche anterior por puro atrevimiento. Era extraño que pusiera TANTA seguridad a una puerta que parecía idéntica al resto; era, mínimo, curioso. Su amante no tardó en entrar allí y cerrar la puerta tras él, y pasaron por lo menos cinco o diez minutos antes de su salida. En el tiempo que la rubia esperó, escuchó un ruido sumamente similar al que hacían los objetos al comprimirlos en cápsulas, otro hecho curioso que se dio justo antes de que él saliera con una expresión bastante particular en el rostro, la que la rubia no supo leer adecuadamente.

—Lo siento —dijo al verla sonrojada y quietita sobre el mismo lugar donde la había abandonado—. Ahora mismo te llevo.

Marron asintió tímidamente y ambos salieron del departamento.

Luego de ducharse y con ropas ligeras en ambos cuerpos, disfrutaron un riquísimo desayuno que la mujer amó al venir de él, junto con una charla trivial acerca de trabajo. Trunks se había mostrado muy interesado por su actividad e incluso le había pedido que le recomendara algunos libros, cosa que emocionó muchísimo a la profesora de literatura. Claro que poco y nada había logrado recomendarle puesto que los nervios y la ansiedad le jugaron en contra y la memoria se le puso en blanco de allí en más. Casi en forma de súplica para volver a verlo, Marron prefirió decirle, entre risitas que intentaban disimular una relajación que no sentía, que cuando quisiera le recomendaría todos los que él necesitara. Trunks había mencionado que le gustaban los cuentos de terror —esto a pesar de no ser un gran aficionado a la literatura—, y ella, amante de ese género, se ordenó a sí misma revisar su vasta biblioteca al llegar a su departamento para así poder refrescar la memoria atrofiada que la acompañaba.

Mientras bajaban, encantados por el silencio, por el ascensor que conducía al estacionamiento del edificio, Marron siguió pensando en él y recordando la noche de su vida, su hermosa utopía. Coqueteó con la idea de escribir todo tal cual lo recordaba en alguna parte, para guardar de la mejor forma posible los recuerdos más hermosos del alma que llenaba ese cuerpo. Sonrió levemente al pensar en ello y Trunks, atento como pocas personas, notó el cambio en su boca.

—Te ves más bonita así —aseguró sin quitarle los ojos de encima, a lo cual Marron asintió con nuevas mejillas rosadas.

Ella quiso, entonces, ser besada por él, mas Trunks, al parecer, había levantado entre ellos una pared de respeto implícito que la rubia no comprendía del todo. Era cálido, dulce y atento, pero no apasionado...

«¿Por qué, Trunks? No es necesario, no soy la clase de mujer que deseé frialdad...».

Menos viniendo de él.

Lo que Marron no sabía era que el híbrido había levantado esa pared con motivos más que específicos y lejanos a lo que ella siquiera llegara a imaginar. ¡Se estaba conteniendo! Estaba envenenado por esa hermosa rubia y mucho le estaba costando evadir el deseo que se manifestaba en su piel cuando la de ella estaba cerca. El motivo para mantener un halo de lejanía era otro además de ese: las lágrimas de Marron. Le dolía un poco, mitad en el orgullo y mitad en el corazón, que ella llorara... Claro que el detalle le había parecido adorable viniendo de ella; sin embargo, creía saber de dónde venían las lágrimas: allí hacía aparición su orgullo heredado de Vegeta.

«Está pensando en él, está imaginándolo a él...».

Al demonio de ojos azules sobre el que ella escribía sus relatos eróticos. Se moría por ser él y saber con cuánto ímpetu le drogaba la mente. Saberlo le dolía por todas partes: especialmente, aunque él no lo sospechaba, en el corazón. Lo extraño era que en ningún momento desde el sexo hasta allí había pensado en Isabelle: desde que había bajado el cuadro de ella para ocultarlo de la vista de Marron que la había alejado de su mente y su pecho, lo que suscitaba un milagro viniendo del joven viudo, ese al que mucho le costaba tomar a esa palabra, viudo, como su estado civil verdadero. Eran demasiado joven al morir Isabelle... ¡Tan sólo 29 años al enviudar! Mas eso decía la ley y le costaba adoptar esa palabra, tan lejana de su diccionario que le parecía casi desconocida. Trunks ni siquiera había reparado en ella al entrar a ese cuarto de su departamento. Simplemente, al verse allí, se había limitado a tomar sus cosas y encapsularlas para cuando dejara a Marron en su casa.

Había mucho por hacer a partir de ese momento...

Al llegar al subsuelo del edificio y tomándola de la mano, Trunks condujo a Marron a un auto de sencillo modelo, de color negro éste, que el hombre tenía estacionado allí. Después de entrar en el mismo, el híbrido arrancó no sin antes preguntarle a Marron a dónde vivía, sintiéndose un idiota por no saberlo.

—Distrito 7 —respondió ella en un susurro—. Pero no es necesario que me lleves hasta ahí, no quiero causarte una molestia... Yo... —Bajó su gorro sintiéndose cada vez más avergonzada—. Si quieres déjame en el Distrito 2 y tomaré un taxi...

Trunks, acto seguido a las palabras femeninas, derrumbó el muro que los separaba sin pudor y con felicidad, para besarla profundamente. Lo necesitó, pues la belleza de las mejillas rojas era demasiado poderosa como para ser evadida.

Esa dulzura tenía que ser manchada por su imperfección.

—No es molestia... —aseguró seductoramente al soltar un segundo sus dulces labios—. En serio, es un placer...

Se besaron por algunos minutos y Marron, increíblemente, mantuvo la calma. Disfrutó el beso como el agua que cura la sed más poderosa y se dedicó a prestar atención a cada movimiento de la lengua masculina dentro de su boca. Se dedicó, con ahínco inédito, a explorar la perfección con sus labios, intentando memorizar todo de la boca que la hacía suya. Trunks, por su parte, se contenía con aplastante convicción, hasta que llegó al punto donde el ritmo de un beso implora aumentar y las lenguas necesitan volverse demasiado profundas, ese donde se detuvo al saber demasiado cercana, incluso presente, a la excitación de sus cuerpos.

—Distrito 7... —resolló tomando el volante, renuente a abandonar la boca de Marron, pero ordenándose a sí mismo hacerlo—. Vamos...

El auto arrancó y ambos se mantuvieron en silencio durante el trayecto. Lo único que lo anuló fue la música que Trunks puso en el estéreo, demasiado baja para captarla en verdadero detalle, y las indicaciones que ella le dio para que no se perdieran. El viaje fue largo en tiempo y trayecto pero corto para Marron, quien sintió que duró solamente un instante. Y allí estaban: en la esquina de la manzana donde estaba su edificio.

—¿Aquí está bien? —inquirió Trunks, respetuoso mientras estacionaba.

—Sí...

El hombre, en un impulso, soltó la palanca de cambio y tomó la mano de Marron con la única intención de acercarla a él. Los ojos de ambos chocaron y la emoción giró en torno a ellos.

Ninguno de los dos quería despedirse y ninguno de los dos, al mismo tiempo, quería reconocerlo.

Las almas querían desnudarse hasta el fin de los tiempos. Ambos, sin saberlo, se sentían más inspirados que nunca por causa del otro. La necesidad de expresarse lo que encerraban en sus corazones marchitos por la soledad era imperiosa: no querían separarse; querían desesperarse por horas, estar desnudos días enteros, uno con el otro. El deseo de los amantes que se desean con verdad: gozarse hasta que sus cuerpos se deshagan en cansancio, hasta lo que la mente les permita estar despiertos.

Gozarse de la forma más perversa y cruda posible.

—Yo... —Trunks, enigmáticamente, se mostró tímido—. Revisé mi celular esta mañana y me di cuenta de que no tengo tu teléfono...

Los ojos de Marron no quisieron, mas lo hicieron: brillaron terriblemente producto de la felicidad que el pedido desprolijo le generó en el corazón.

—Si-si quieres... —tartamudeó como la noche anterior— puedo... pasártelo...

Trunks asintió con una sonrisa y todo estuvo dicho. Tomó su celular del bolsillo y anotó los números que ella cantó lenta y modestamente. Sin mucho más por hacer allí, se besaron en los labios unos cortos segundos y se despidieron.

—¿Irás mañana? —preguntó él, feliz por haber calado en ese detalle a tiempo, justo antes de que ella bajara del auto.

—¿A dónde? —no pudo evitar inquirir la joven en respuesta, con el cerebro imposibilitado de pensar.

—Es el cumpleaños de mi madre —comentó él, encogiéndose de hombros.

La rubia se sonrojó.

—¡Es cierto! Si ya le había comprado su obsequio... —Una sonrisa apenada escapó de sus labios.

Trunks no tardó en mostrarle también una sonrisa, una realmente sincera, dotada de la belleza más magnífica. Marron necesitó volver a decírselo a sí misma por última vez: ese hombre era una completa obra de arte.

—Nos vemos mañana, linda...

—Sí...

No voltear hacia el auto le costó, pero supo que si lo hacía correría hacia él, por lo cual mantuvo su resistencia en alto y se alejó con pasos impulsivos por la vereda hasta su edificio. Una vez allí, subió al ascensor y bajó en su piso, el tercero. Entró en el departamento A y cerró la puerta con llave a la velocidad de la luz para dirigirse apresuradamente a su cuarto. Encerrada en su lugar más íntimo, la rubia se despojó de parte de sus ropas y se sentó en el suelo justo al lado de su cama. Metió la mano bajo ésta y sacó su preciada caja del tesoro, de donde tomó las fotos que tanto atesoraba...

¡Y era real! ¡ERA REAL!

Y casi todas las horas que le quedaban entre la presente y la de encontrarse con su madre en el centro comercial, las dedicó a llorar con todas sus fuerzas, aferrada con nula razón a las fotos de Trunks.

La utopía ya no era tal y, al parecer, podía extenderse más de lo pensado.

Podría volver allí, al paraíso...

Las puertas estaban abiertas para ella.


Caminó lentamente, llenando sus pulmones del aire más puro del planeta. Ese lugar siempre le había encantado, por eso estaba allí: para hacerse uno con la tierra y sentirse libre como el viento, para poder liberar todos los sentimientos que mojaban su alma a través del máximo desahogo de su vida: el arte.

Las afueras de las Montañas Paoz, ese era el lugar que había elegido Trunks para pasar aquella dulce tarde de sábado. Se trataba de un inmenso risco que, en tan bello día, permitía ver lo mejor de la Tierra y lo que la rodeaba: el cielo era más azul que nunca pasado el mediodía y pocas eran las nubes que intentaban ensuciarlo, esas que, a pesar de ello, lo embellecían aún más. El sol brillaba con pasión, eterno en lo más profundo del azul que llenaba los ojos del hombre que miraba motivado esa escena maravillosa, hija de la naturaleza como nada en el mundo. Lo que había bajo el cielo, eso sí, no se quedaba atrás: estar parado en la cima del risco le permitía vislumbrar el esplendoroso verde que inundaba cada rincón del suelo. Plantas, rocas, pequeños escapes de agua, árboles inmensos decorando bellamente el panorama, presumiendo al cielo que nada tenía la tierra que envidiarle. Sonrió ampliamente y se recordó de niño, parado allí mismo con Goten, su hermano del alma. Jugaban ahí como los niños que eran durante tardes enteras, lejos de la escuela y sus familias, aferrados a la necesidad de volar por los cielos y divertir a sus corazones, necesitando sentirse parte del paisaje con cada partícula de sus cuerpos.

Les encantaba ir a ese lugar y cada muy tanto volvían para visitar al querido risco de la infancia. Estar allí significaba volver a soñar, volver a creer y volver, por sobretodo, a la inocencia de la niñez.

Olvidar los traumas, las tragedias y todo tipo de sufrimiento...

En ese risco todo se iba, y él, Trunks, volvía a ser el díscolo niño necesitado de aventuras y diversión.

El, quizá, verdadero Trunks.

Sin miedo, resbaló por el risco cuesta abajo y, a mitad de camino, dio un brinco espectacular para internarse entre unos árboles que estaban al este de su posición. Al borde de este grupo, buscó asiento en una enorme roca, feliz de que hubiera un árbol cerca de ésta que le hiciera un poco de sombra, pues el sol estaba más despiadado que nunca. Sin más, sacó de su bolsillo una cápsula y la lanzó al cielo no sin antes accionarla. En segundos, cayó sobre él una mochila negra.

Buscó el ángulo indicado girando sobre la roca y, al toparse con la mejor vista del risco, allí mismo se detuvo, emocionado.

Tanto tiempo sin hacer algo así...

Su alma, por primera vez en mucho tiempo, estaba lo suficientemente en paz como para poder afrontar aquella hermosa labor, aquel desahogo y goce sentimental que con tanta vehemencia imploraba lo que había dentro de su cuerpo: el más sensible corazón.

Sonrió, todavía emocionado, y poco tardó en prepararse para la empresa.

Sacó una caja y una carpeta de hojas A3, dispuestas a ser llenadas por sus sentimientos. Abrió la caja y allí había una gran cantidad de crayones al pastel en variopintos colores. Revolvió y finalmente encontró un color amarronado, ideal para empezar su ilustración. Usando la carpeta como apoyo y luego de sentarse en el suelo y usar la roca como respaldo para estar más cómodo, se recostó levemente en ésta y fijó su vista mientras buscaba una de las hojas, la que puso sobre la superficie de la carpeta. La hoja era de un material especial, no una hoja cualquiera: era ideal para el tipo de crayón que iba a utilizar puesto que era de un grosor bastante pronunciado; la hacía semejante al cartón.

Encantado con el paisaje, inició su dibujo.

Su mano derecha viajó por toda la extensión de la hoja durante un tiempo prolongado y la danza sólo fue interrumpida por el cambio de crayón cada vez que necesitaba de otro color para plasmar lo que percibía del espacio. Sus dedos empezaban a mancharse por su herramienta de dibujo y se detuvo a mirarlos unos instantes, sonriendo inevitablemente al hacerlo. Las manos sucias por los colores de su obra le generaban un sentimiento realmente hermoso, uno de los más sentidos de su vida. La emoción era extrema y poco se quedó en la contemplación de sus dedos; volvió a su trabajo y siguió dando forma a los esbozos que pronto darían un retrato de lo que sus ojos veían en ese preciso instante: uno de los paisajes que más le gustaban de la Tierra.

Dibujar, expresarse...

Su salvación.

Desde niño que lo amaba pero no fue hasta conocer a Isabelle que se dio cuenta de cuánto lo hacía. Durante años lo había hecho a escondidas y no se lo había contado absolutamente a nadie; sin embargo, más lo ocultaba y más lo necesitaba, más lo añoraba al llegar de la escuela, la primaria y luego la secundaria, incluso ya en esos tres años de universidad antes de asumir la presidencia de la empresa familiar lo había hecho.

Había empezado, tal vez, como cualquier artista: garabatos al costado de sus hojas en la escuela, en el banco donde se sentaba en clases...

Simples garabatos...

Y le daba tanta paz hacerlos que a través de su clase de Plástica en la primaria había podido empezar a convertirlos en dibujos. Era ahí donde había sucedido el suceso, la revelación: era feliz al hacerlo... Era feliz y nada importaba. Lejos quedaban los entrenamientos que tenía de mala gana con su padre y las clases de electrónica que le gustaban un poco más, pero no tanto, a manos de su madre... Lejos quedaba el futuro digitado del heredero de dos imperios demasiado inmensos para sus hombros: el saiyan y el de la Capsule Corp.

Sonrió mientras dibujaba sin cansancio, dándose cuenta de cuánta falta le había hecho sincerarse consigo mismo de la forma más pura... ¡Casi un año había pasado! Casi un año pero allí estaba el sentimiento, allí estaban las emociones y la necesidad: intactas. Invariables con el tiempo, las sensaciones que llenaban su corazón como nada en el mundo...

Eso que le daba sentido a su vida: expresarse.

Y cuánto, sabía, había luchado por ello...

Al entrar en la secundaria y a escondidas de sus padres e incluso de Goten, iba al taller de arte que había en el prestigioso Instituto Secundario de la Capital del Oeste, el colegio más caro y exclusivo de la ciudad, al que asistía junto a su amigo de siempre gracias a una beca que éste logró obtener, ya que los gastos eran lejanos a lo que podía afrontar la familia Son. Si bien no estaban en el mismo año por la ínfima diferencia de un año entre el nacimiento de uno y de otro, eso de ir juntos había sido genial para los dos amigos, pero no... Goten no sabía NADA de su afición. Nunca había podido contárselo, ya que más importante parecía salir con chicas y competir por la cantidad de conquistas semanales de los dos jóvenes más rompecorazones de la escuela.

Ni las chicas, tan entregadas algunas y tan difíciles otras, habían logrado aplacar su sentir.

Nada lo distraía al llegar a su cuarto dentro del gigantesco imperio donde vivía de entregarse a las hojas y el material que tuviera a mano para realizar alguna obra. Era demasiado importante para él y, si bien le parecía lo mejor ocultarlo de sus seres queridos, sentirse tan solo con su arte era un poco difícil para él.

E Isabelle apareció...

Y el motivo por el cual se había enamorado tanto de ella...

A mí no tienes por qué ocultármelo —le susurró en el oído después de abrazarlo—. Yo jamás te juzgaría y no entiendo muy bien por qué piensas que tus padres lo harían, pero te respeto... Es tu secreto, tu tesoro... —Lo miró a los ojos y se permitió absorber la emoción que llenaba a éstos—. La salvación de tu alma.

Sí... —farfulló él en sus brazos—. La salvación...

Frente a ellos, en el escritorio del cuarto de Isabelle, había unas diez obras que Trunks había hecho, esas que él, después de meditarlo con detalle, finalmente había decidido enseñarle a ella.

Isabelle tomó una específica entre sus manos; se trataba de una pintura al óleo hecha en un cuadro rectangular y de medidas importantes. Era el cuadro que más llamaba la atención, por lo menos desde su perspectiva. La pelirroja llenó sus ojos con los colores anaranjados que decoraban la superficie y se enamoró de lo que vislumbraban éstos. Era un paisaje sencillo, pero plagado de emociones, las que saltaban por doquier y se apoderaban del corazón de la fotógrafa, quien no podía abandonar el embelesado estudio de los colores. Unos árboles secos en una zona más bien desértica con un impactante amanecer de fondo. Todo hecho en detalle minucioso, con una dedicación que ella, gracias a su amiga pintora Susu y su propio gusto por las artes plásticas, creía saber apreciar en una obra.

Cuánta belleza... —murmuró sin abandonar la exploración de la obra—. Es precioso... ¿Yo puedo...?

Él sonrió dulcemente.

Sí, quédatelo.

Gracias. —Le dio un corto pero emotivo beso—. Trunks, yo...

Volvió sus orbes celestes al cuadro y allí vio frustración, una muy grande. Las sombras estaban hechas con particular salvajismo y opacaban levemente a la luz, aunque el amanecer de fondo era otro tema: ese cielo decía que en algún lugar había esperanza, que en alguna parte existían los sentimientos y la libertad.

Bienvenido a mi mundo... —Tomó la mano del muchachito de 23 años con el que se acostaba desde hacía unos cinco meses.

Los ojos de Trunks se llenaron de incógnita.

¿A qué te refieres...? —inquirió.

Al mundo... —Dudó unos instantes y terminó riendo levemente—. No importa qué mundo, algún día te lo explicaré... Simplemente, déjame decirte esto: bienvenido a mi mundo, Trunks.

La sonrisa radiante de Isabelle dejó todo dicho; no había motivos para aclarar sus palabras y ella poco deseaba hacerlo: darle la bienvenida al mundo del que se sentía parte era demasiado siendo Isabelle tan solitario ser desde su más tierna infancia hasta esos días.

Y el sentimiento, poderoso y eterno, floreció en su corazón.

Primero se impresionó, mas no tardó en asimilar aquella dulce puntada en el fondo de su pecho: no había motivos para temerle ni para huirle...

No había motivos para no sentir lo que sentía.

Trunks era especial; lo que resultaba realmente increíble era que él no tenía idea de cuánto lo era, de con cuánto corazón aplastaba a la humanidad con sus sentimientos. Tenía 23 años y ella 29, eran unos años de diferencia interesantes pero no por ello daban miedo, al contrario. Quizá, ella era lo que él necesitaba para dar rienda suelta a ese maravilloso ser que había en su interior.

Quizá necesitaba, por primera vez, que le reconocieran el talento que tenía innato.

Y la puntada volvió a repetirse.

Bebé... —Se aferró a la ropa que tapaba el pecho masculino y lo miró fijamente a los ojos, sabiendo que éstos eran lo más hermoso que había visto en su vida, la musa que salvaría su alma—. Yo...

«He sido tan egoísta», pensó. «He deseado tanto enamorarte, con motivos tan desprovistos de nobleza...». Sonrió y desorbitó más los ojos azules que la miraban sin perder detalle. «He deseado tanto atarte a mí... Tanto...».

Para tener a los ojos lo más cerca posible, a esos ojos azules que la inspiraban más que nada en el mundo.

«Y al final siento esto... Siento algo que quizá él no sienta y me ato a algo que no sé si tiene bases lo suficientemente firmes».

Se ataba al sentimiento que acababa de florecer en su corazón.

«Nunca te voy a merecer lo suficiente, bebé...».

Pero lucharía por ello. Ahora que finalmente discernía lo que sucedía, ahora que entendía lo que había en su corazón, jamás podría dejarlo ir.

El muchacho quedó petrificado por la contemplación llena de amor que ella regaba sobre sus pupilas: ¡había allí tanto sentimiento! ¡Tanta admiración!

¿La merecía?

Mereces todo lo mejor que pueda darte —farfulló ella de un instante al otro, haciendo que Trunks abriera los ojos lo más posible, impresionado por las palabras que contestaban sus pensamientos—. Y si yo no lo merezco, entonces me lo voy a ganar...

Isa... —susurró.

Y lo supo: no era una más. No, no, no... Isabelle Cort no era una más.

Muchas se habían acostado con él, pero ella no era una amante. No la sentía así, pues al estar frente a ella lo llenaba algo demasiado inmenso: un sentimiento tan grande que era capaz de destruir todo lo horrible del mundo, capaz de sacar hasta la última gota de amor de su corazón.

No era su amante por más que así se hubieran definido en esos cinco meses que tenían de conocerse...

No eran amantes, no eran una aventura...

Te amo, Isa... —susurró por fin.

Los ojos celestes brillaron. Primero con sorpresa, luego con alegría.

Yo también. —La sonrisa de Isabelle dijo todo lo demás.

Estaban genuinamente enamorados.

Poco tardaron en besarse y, por primera vez, hacerse el amor sabiendo que era eso y no simple sexo lo que deseaban del otro.

Mientras se aferraban con fuerza el uno al otro, desperdigados en el suelo y con sus cuerpos necesitados de la unión más profunda que pudiera haber entre dos seres, Isabelle observó los ojos envenenados de amor y placer de quien le entregaba su corazón en bandeja esa noche, maravillada por todo lo que éstos mostraban, por toda la verdad que decían...

Por todo el significado que transmitían.

Lo abrazó y necesitó rememorar, de forma borrosa, el verdadero instante en que se había enamorado de él:

El de la foto de la corbata tironeada, el traje desprolijo y la lámpara de luz tenue para Z News.

Rió al recordar y le cantó su amor en forma de jadeos vehementes, unida a él como jamás volvería a sentirse unida a otro hombre.

No era su plan enamorarse, pero había sucedido: él, con la sencillez y la complejidad de su alma, se había metido en su corazón.

El dibujo, luego de unas horas de trabajo, finalmente estuvo terminado. Frente a él, el risco decoraba la hoja, aunque éste no se veía del todo parecido al original. Dos cosas eran distintas...

La primera diferencia era la luz: la había exagerado enormemente con mucho blanco.

La segunda era la sombra: ésta también era demasiado pronunciada.

Lo del medio quedaba opacado entre la luz y la sombra y sabía que eso le restaba detalle a su dibujo, mas le encantaba el resultado de éste y de su tarde de sábado: ese trabajo simbolizaba lo que sentía en ese momento.

La luz y la oscuridad... A simple vista, el dibujo parecía hecho en escala de grises. No era perfecto, pero al juzgar por lo oxidado que se sentía y lamentaba estar, era un buen comienzo para retomar su vicio predilecto.

Sin nada más por hacer en ese inhóspito lugar, guardó sus cosas, las encapsuló y se fue a toda velocidad. Su mente, durante el viaje, estaba tranquila, más cercana a la luz que a la sombra: no se sentía triste ni frustrado; se sentía libre como el viento que despeinaba sus cabellos mientras volaba por los cielos de la Tierra.

En su mente, increíblemente, no había nada. No había Isabelle ni sentimiento de aburrimiento; ni siquiera había Marron y/o Alice Raven...

Sólo la luz, la que iluminaba las sombras más oscuras de su alma con la imperiosa necesidad de paz que tanto pedía su sensibilidad.


—¿No vas a probarte nada? —indagó su madre con explícita antipatía.

Marron parpadeó repetidas veces antes de responder.

—Eh... —suspiró, deseando esconderse para evitar tanta vergüenza—. N-no mamá... Hoy vine con más ganas de comprar... —Giró sus ojos por todo el local de ropa y cierta sección le dio una idea—... Eh... ¡Accesorios! —Y hacia la parte dedicada a éstos se dirigió con paso ligero—. ¡Sí! Quiero un buen cinturón de esos que están de moda...

Detuvo sus palabras por pensar que su madre no la había seguido, sin embargo no fue así: 18 estaba justo tras ella, examinándola minuciosamente.

—¿Accesorios? —bufó la mujer androide—. Espero realmente vayas a comprar un cinturón y no compres otro gorro... ¡Ya tienes tantos!

Marron se fastidió ante el comentario de su madre, pero lo ignoró con maestría: nada ni nadie le amargaría el mejor día de su vida.

Sí: estaba demasiado feliz para fastidiarse. Pensar en Trunks y todo lo que había sucedido entre ellos era más importante y tenía más peso que cualquier otra cosa que sucediera a su alrededor.

El humor de su madre ni incidiría en ella aquel día, Marron se juró a sí misma que así sería.

—¿Y por qué no aquel vestido? —18 señaló un precioso vestido turquesa que estaba de muestra en un maniquí—. Ese color se vería muy bien en ti, hija.

Marron miró el vestido mientras sus manos albergaban tres cinturones distintos que le habían gustado y la mirada, pronto, se volvió demandante. ¡Qué vestido tan bello! Strapless turquesa con una hebilla del mismo color que marcaba la cintura y cuya forma iba muy ceñida al cuerpo. No le gustaban los vestidos tan apretados, pero esto era distinto cuando era strapless; esos sí le quedaban bien.

Quiso probárselo y su madre la animó a hacerlo, pero la joven tuvo que resistirse con todas sus fuerzas.

—No, mami... Creo que no me quedaría bien —mintió.

18 le dedicó una nueva mirada llena de antipatía y ahí la dejó, sola en la sección de accesorios; la hija vio a la madre, entonces, dirigirse a donde los pantalones eran lo más llamativo. Al verla lejos y mirando sin mirar los cinturones, apretó sus manos intentando liberar frustración.

«No puedo... Mamá no me deja salir del probador si no le muestro antes cómo me queda la ropa... ¡Si me pongo ese vestido, quedarán a la vista los moretones!».

Se frustró más pero poco tardó en abandonar aquel absurdo sentimiento: recordar a Trunks y el placer dibujado hermosamente en sus ojos era suficiente para sonreír airosamente a todo el local de ropa.

No tardó, milagrosamente, en elegir dos cinturones de cuero negro.

Pagó en la caja y fue hacia el exterior del local para encontrarse en el medio del centro comercial. Sintiendo un poco de sueño, se aproximó a una cafetería que estaba a la derecha del local donde había comprado y ocupó una pequeña mesa de dos, donde no tardó en pedir un té con una porción de pastel de frutillas. Con la infusión humeando frente a ella, mandó un mensaje de texto a su madre para darle aviso de dónde se encontraba; 18 no tardó en ir hacia ella.

—¡Ay, Marron! Había muchas de esas blusas que te gustan, las corte princesa... ¡¿Por qué no quisiste probarte nada? Qué vergonzosa, no sé a quién saliste.

Marron rió para sus adentros.

«Qué buena pregunta».

¿A quién había salido tan tímida, reservada y casi hasta antipática para quien no la conociera?

«En lo antipática, segurísimo que a ti, madre...».

De eso no tenía dudas.

—Lo siento —musitó, levemente irritada por tanto reclamo—. Hoy no tenía ganas, eso es todo.

Mentira, pero era mejor decirlo así.

18 rió.

—Parece que hoy no es tu día.

¡Todo lo contrario! Era EL día.

—Empecé a leer un libro que me tiene muy emocionada. —Sacó de su cartera una novela que, en realidad, no era de lo mejor que había leído, mas servía de genial excusa en ese momento—. Sabes cómo soy cuando me cuesta soltar un libro.

—Ah, era eso... —La mujer recibió el café que había pedido y, luego de agradecerlo secamente, volvió a su hija—. ¿Ya le compraste un regalo a Bulma?

—Sí... —Marron sonrió ante la mención de la madre de Trunks—. Le compré un libro de un autor que ya le he regalado varias veces... Claro que le pregunté por mail hace unos días; temía que ya tuviera el que pensaba regalarle.

Linda costumbre se había vuelto en los últimos años regalar libros: era el regalo que todos debían esperar de ella. A Chichi le habían encantado los dos libros de cocina de los últimos dos cumpleaños, a Videl le habían fascinado las novelas policiales... ¡Incluso Bra le agradeció efusivamente cuando le obsequió el best-seller del momento, ese condenado libro de vampiros adolescentes! Lo había amado tanto que incluso había puesto la portada del libro en su foto de perfil de la red social más usada del planeta; claro que no tardó en volver a ponerse a sí misma...

No le regalaba libros a todos, lo hacía con quienes sabía que apreciarían el regalo: ¡jamás iba a regalarle un libro a Gokuh o Vegeta! O Woolong, o su tío Yamcha, entre otros...

Había intentado con varios, eso sí: con Tenshinhan por ejemplo, pero no logró encontrar un libro adecuado a él. Con Gohan, por otro lado, le había costado un poco menos, y siempre le consultaba antes, al igual que con la propia Bulma: eran los dos más cultos del grupo y tenían tantos libros que era imposible regalarles uno sin que éste ya estuviera en sus respectivas bibliotecas; pero había tenido éxito: un libro de filosofía, otro de medicina alternativa, otro de historia... ¡Todos le encantaron!

A Goten jamás le había regalado algo, a Pares menos, aunque sospechaba que una novela romántica iría perfecta con ella. A Pan nunca se le había ocurrido qué regalarle...

Y Trunks... Jamás se había atrevido.

«Cuentos de terror», se recordó a sí misma revisar su biblioteca personal al llegar a su casa.

Había estado demasiado ocupada llorando de felicidad como para hacerlo antes.

—¡Eh! ¡Marron! ¿No me escuchas? —espetó su madre con una blusa en sus manos—. Te estaba enseñando lo que compré para Bulma... ¿Dónde estabas? Te fuiste para jamás volver...

—En los libros —aseguró con una sonrisa—. Lo siento... —Miró la blusa color fucsia que su madre traía en manos—. Es sumamente delicada, me agrada para ella.

Quería irse en ese preciso instante, volver a su casa para poder pensar en Trunks sin estar pendiente de tener que socializar. Tener a su madre en frente, como siempre, la frustraba por la belleza y la personalidad aplastantes, mas no quería pensar en ello. No ESE día, no el día más hermoso de su vida.

—Mami, debo irme. —Dejó unos billetes sobre la mesa, los que pagaban el consumo de ambas—. Tengo trabajo que terminar...

Más mentiras y 18 bien sabía que Marron no decía la verdad; sin embargo, la dejó ir sin peros, con una sonrisa orgullosa, esas que tan bien le salían.

—Mañana a las 12 pasamos por ti —le avisó antes de que la muchacha se marchara.

—Sí.

Mientras se iba, la madre pensó en la hija y cierto dolor bien conocido volvió a manifestarse en su pecho: la estaba perdiendo por algún motivo, lo sabía.

Llegar a Marron, a un alma tan compleja y delicada, parecía imposible...

¿Cómo llegarle a la hija que a veces creía conocer y al siguiente minuto desconocía?

Sacudió su cabeza en gesto de negación y quitó esa dolencia de su pecho, ofuscada por la situación en la que madre e hija se encontraban desde hacía años.

Los gustos en común ya no arreglaban nada: para Marron, 18 era una desconocida...

Y, admitió con pesar, era lo mismo al viceversa.


Sentada frente a su preciada netbook, Marron miró el pendrive que tenía en su mano, ese que había buscado durante más de 20 minutos en su escritorio de trabajo, dispuesto frente a la ventana de su cuarto. ¿Por qué tanto ahínco en buscarlo? Simple: en ese pendrive había un viejo proyecto literario, el primero que realmente se había tomado en serio. Era una novela romántico-histórica, ambientada en las últimas décadas del 400, es decir casi cuatro siglos anteriores al actual. En esa época había tenido lugar una guerra, donde muchos soldados habían muerto por culpa de la disputa de la región más al sur del planeta, hogar de la ahora Capital del Sur y sus pueblos aledaños.

Allí se ambientaba su historia de amor.

Alice —de este proyecto, más tarde, sacaría el nombre para el nick que usaba en internet— era una enfermera que atendía heridos en las afueras del territorio en disputa. Era una muchacha dulce e inocente que no pasaba los 20 años, oriunda de un pequeño pueblo del suroeste. En medio de la guerra y la sangre, un soldado la había encandilado con su belleza sin igual y, especialmente, con sus perfectos ojos azules. Cedían ante la pasión pero ponían fin a ésta sabiendo que poco futuro tenían en medio de la terrorífica situación.

Jamás se arriesgaban, hasta que un día unos malvivientes intentaron asesinar a Alice, quien fue protegida por el soldado, que no dudó en dar la vida por ella. Un broche de oro realmente desgraciado.

Marron había trabajado en esa historia durante casi cinco años, hasta el día más triste de su vida: el del casamiento de Trunks e Isabelle.

Se recordó, entonces, a ella misma, sentada junto a sus padres en un pequeño espacio dispuesto por los novios en la profundidad de las Montañas Paoz, lugar que enigmáticamente habían elegido para casarse. Sólo estaba la familia inmensa en la que se había convertido ese grupo de los Guerreros Z, además de la afamada artista plástica Susu, mujer a la que Marron admiraba enormemente y a quien jamás se había atrevido a hablar a pesar de haberla visto muchísimas veces en fiestas y cumpleaños de Trunks. Nadie más. Delante de ella, Chichi lloraba emocionadísima con la vista fija en el sencillo altar donde Trunks e Isabelle se miraban románticamente a los ojos. Marron observó a Chichi durante casi toda la ceremonia, renuente a observar a los felices novios.

No podía mirarlos, o, mejor dicho, no podía mirarla a ella...

Isabelle Cort, la mujer que le había arrebatado la perfección de ese hombre divino llamado Trunks Brief. La odiaba, lo hacía con cada partícula de su cuerpo, con cada gota de sangre bombeada por su corazón.

¡La odiaba!

Y las lágrimas cayeron hasta el fin de la ceremonia.

Sintía que moría por verla a ella, allí, con él...

¡No! ¡¿Por qué no estaba ella allí? ¡¿Por qué tenía que estar Isabelle y no ella?

«Por jamás haber luchado por él...».

Pero eso, ahora lo sabía, se había terminado, pues lucharía por Trunks a partir de ese momento, sabiendo que valía la pena arriesgarse, por saber que eso de mejor mañana no daba resultado y no le hacía justicia al amor profundo y desquiciado que sentía por él.

Tenía que luchar por él...

Así como Alice tenía que luchar por su soldado...

Sonrió y finalmente tuvo la determinación necesaria. Decidida, enchufó el pendrive a la netbook y abrió el primer capítulo de su historia, junto con otro documento en blanco, ese donde haría anotaciones que le sirvieran a modificar su trabajo.

¡Sí! Cambiarlo, pulirlo...

¡Iba a mejorarlo! Iba a luchar por el sueño que el blog erótico le hizo abandonar: dedicarse profesionalmente a la escritura. Ese había sido el verdadero motivo para estudiar Letras, no el ser profesora. Amaba enseñar, pero amaba mucho más escribir.

Escribir era su salvación.

Alice iba a luchar por ese hombre al que siempre esquivó por miedo, se dijo mirando fijamente la pantalla de su netbook. Y Marron, la antigua niña enamorada y soñadora, iba a luchar por Trunks.

Al leer el título del libro que aparecía en el documento abierto anteriormente, arrojó una risotada sobre la pantalla. Allí decía, como título del libro, La crueldad del destino.

—Ninguna crueldad... ¡Ninguna crueldad! —gritó poseída por la inspiración.

Con un botón, borró el título y allí escribió otro, el que le daba valor a afrontar la difícil lucha que se le venía encima a partir de la unión de su cuerpo y el de su demonio.

Carpe diem... —dijo y escribió.

Ahora o nunca...

¡La oportunidad de su vida! La aprovecharía.

Triste era que no hablaba del libro ni de la historia que éste encerraba; ni siquiera hablaba de luchar para publicar su escrito...

Únicamente de Trunks hablaba.

Una sonrisa emocionada asomó por su rostro y, rememorando cada detalle de la noche anterior, dio inicio a la lectura que le diera pie a poder encontrar todos los errores de su historia.

Todos los errores de su vida...

Carpe diem... —repitió enceguecida por la necesidad de escribir y de, sobretodo, luchar por el corazón de su caballero.

El aguerrido caballero del reino del paraíso, el demonio del más crudo infierno...

Trunks Brief.


Nota Final del Capítulo VI:

¡Hola! Gracias por leer. =)

Ante todo: Chibi, te dedico ya sabés qué escena. XD ¡Besos, hermosa! A vos y a toda la comunidad fiquera de Facebook. =D

¡Gracias por la buena onda de siempre!

Contarles que cuando el cursor del Bloc de Notas empezó a titilar una y otra vez, esperando a que yo saliera de mi trance y escribiera algo, no sé por qué recordé "Stairway to heaven" de Led Zeppelin... No tenía idea de cómo empezar el capítulo, estaba en blanco. Esa canción me ayudó con la primera escena... Qué obra de arte hecha canción. Hace relativamente poco (más de un año) que escucho Zeppelin; es una GRAN banda. Lo grandioso de la música (y de otras cosas también) es que es infinita y siempre aparecerá algo que te llegue al alma.

Temazo, lo recomiendo. Robert Plant es, quizá, el dueño de una de las voces más hermosas de la historia. Imaginarme a Trunks desafinando me dio risa (?).

Ninguna canción da la sensación de estar en el paraíso como esta.

Ya tendré que agregar a "Kashmir" (mi tema favorito de la banda) en algún capítulo. XD

"Carpe diem": para quien no lo sepa, es una locución latina que significa algo así como "aprovechá el momento". Simboliza el típico "no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy". n.n

Las tildes españolas («»): ¡bienvenidas! XD No voy a poder corregir todos mis fics para aplicarlas, pero sí voy a corregir los capítulos anteriores de este para normalizar el formato. También voy a corregir "Tres formas de unión" y quizá algún oneshot... Pero de acá en más voy a usarlas en lugar de las inglesas (es decir estas simpáticas amiguitas: "").

Se recomienda, en español, el uso de las tildes españolas en lugar de las inglesas. Así que bueno, todo es parte de editar de una forma prolija. =)

"Chupón": lo busqué en la RAE e increíblemente lo encontré... XD No sé si se usa en otros países de habla hispana, pero acá en Argentina se refiere a esas marquitas de pasión que se dejan en la piel que se chupa intensamente... O.O

Nunca la había usado pero como en la RAE aparece, no me parece incoherente agregarla. n.n

O sea... ¡Existe! Eso me sorprendió, pues siempre pensé que era algo demasiado coloquial de mi adorado español rioplatense. XD

El risco de Trunks (?): busqué imágenes para poder imaginarlo mejor y me encontré con una preciosa galería de riscos españoles que realmente me encantaron. Quizá los riscos no son una de las cosas más vistosas (yo misma prefiero otro tipo de paisajes), pero no quería que lo fuera: quería que Trunks rescatara la belleza y el alma de un lugar sencillo y que el sentimiento estuviera fijo en lo que ese lugar le genera a él.

Los crayones al pastel: encontré unos dibujos bellísimos hechos con crayón al pastel cuando no estaba segura de qué hacerle usar a Trunks. Uno en particular, que retrataba a una hermosa mujer, me terminó de convencer.

Investigué bastante sobre la superficie ideal para estos crayones y encontré cosas muy técnicas, en las cuales preferí no profundizar para no volver al texto sobrecargado de detalles que no hacían a la esencia de la escena.

El dibujo a crayón de Trunks: casi sin darme cuenta estaba pensando en algo "pseudo-Barroco", más específicamente algo cercano al Tenebrismo. Igual es medio raro (¿medio? XD) que haya una obra que esté cerca de eso hecha a crayón y sobre un risco (?), pero más que nada quería rescatar el tema de las luces y la sombras, las cuales pueden exagerarse en cualquier momento de la vida, en absolutamente cualquier paisaje que no se retrate con máxima fidelidad. También, por el tema del énfasis en la luz se puede pensar en algo más parecido al Impresionismo.

El cuadro que Trunks le muestra a Isabelle: me hago cargo, me basé en un cuadro que vi una vez. Es muy loca la historia (?): tuve que ir a un cirujano para operarme una hernia a los 15 años (?) y en el consultorio del doctor había un imponente cuadro que JAMÁS olvidé. Más o menos describí lo que recordé de éste. Siempre quise hacer algo parecido y nunca me salió. XD

Em, sí... Yo también pinto, aunque tengo mi actividad un poquito abandonada por culpa de la escritura. XD

Y soy horrible... Mi última pintura fue titulada por mi papá como "el ojo reventado". XD

Volviendo al cuadro, me causó dos sensaciones tan grandes que nunca pude olvidarlo... Parecía muy triste por un lado, las sombras eran muy pronunciadas y se veía muy oscuro a simple vista, pero ese amanecer de fondo alegraba demasiado. Era una especie de camino hacia la luz...

Perdón si sueno un poco drogada (?) diciendo esto.

También, debo admitir, al describir el cuadro de los recuerdos de Trunks estaba pensando en una de mis obras favoritas de Caspar David Friedrich: "Abadía en el robledal". Es una pintura HERMOSA y muy representativa del Romanticismo. El cuadro del consultorio, descubrí un día, era bastante similar a esta obra. Aunque el cuadro del consultorio era más colorido; el de Friedrich es más oscuro, incluso me da la sensación de ser un poco más tenebroso.

Pan: ¡basta! La espera llega a su fin: en el capítulo que viene, la niña Son (?) llegará al medio de la extraña y enfermiza relación entre Trunks y Marron. Lo que voy a plantear con Pan va a ser polémico, retorcido y, al mismo tiempo, idealista. Quiero crear un inmenso contraste entre ellos y ella, que sean dos mundos diferentes tocándose de alguna manera; creo que ya está presente en el fic, pero ahora se va a notar mucho más. Si bien parece, por lo que pasó en este capítulo, que el acercamiento va a ser medio "clicheroso" (?), prometo explicarlo en el momento adecuado...

Intento que la historia vaya tomando su rumbo de a poco, que todo sea a su tiempo. Ya habrá épocas donde Marron o incluso Trunks estén más apagados. Cada personaje va a tener su momento. Aunque creo que el que menos va a estar apagado es Trunks... En un par de capítulos, por ejemplo, solamente va a aparecer él. =)

Y en el capítulo anterior a ese no va a aparecer en ningún momento. XD

Tengo ganas de hacer experimentos con algunos capítulos. Esos dos capítulos (que van a ser parte I y parte II) serán un ejemplo de algo que tengo planeado hacia el final de la historia, el capítulo que más me muero por escribir... ¡Todavía no llegué! Pero lo tengo totalmente dibujado en mi cabeza: ese va a ser EL capítulo.

Uy, qué presión. XD

El primer "te amo": siempre vi al primer "te amo" de una relación como un momento místico y profundo. Pueden decirme que me fui al diablo en cursi, pero al escribir esa escena entre Trunks e Isabelle estaba pensando en los nervios y en el entender qué estaba flotando en el aire cuando mi novio y yo nos lo dijimos por primera vez. Éramos muy chicos los dos (teníamos 20, ambos) y quizá estoy un poco contaminada por lo que se siente decir algo así en ese momento de inmadurez. No sé cómo sería decirlo ahora y espero jamás saberlo (?), pero el "yo también" un poco frío de Isabelle con sonrisa de por medio intentó ser una forma más "madura" de decirlo, debido a que en esa escena ella tenía sus 29 años.

En fin... XD

La novela de Marron: la trama es sumamente ESTÚPIDA, lo sé. XD Me rompí el coco (?) durante meses, hice consultas, leí, pensé, volví a leer, volví a pensar... ¡Y nada! Recién recién, en la corrección final antes de subir el capítulo, simplifiqué todo. ¿Por qué? Porque me parece que no era lo relevante: el asunto es que quiere reescribir una obra que ella bien sabía que era mala. En próximos capítulos se va a volver a tocar el tema, así que me dejo las aclaraciones para esos momentos. Por lo pronto, simplemente decir que poco se sabe de la historia del Dragon World. La cronología nos habla de los personajes y razas que conocemos, no tanto de cómo era la vida de los humanos. Ahí hay un vacío que sería interesante "llenar" un poquito. Si la trama hoy sonó tonta, en cada nueva mención va a ir tomando un poco más de sentido.

Eso. XD

Y un par de agradecimientos:

Gracias a mi preciosa mujer-enciclopedia (?) Esplandian por darme una manito con su enorme conocimiento de la serie a la hora de darle un poco de forma a la historia que escribe Marron. ¡Gracias linda! Salió horrible y se va a ir poniendo peor (?), pero todo lo que me dijiste me sirvió enormenete. =)

En sí, gracias por todo lo que me permitiste contarte sobre este fic antes de publicarlo, por las ideas que me hiciste pensar mejor y los detalles en los que me hiciste caer. Me voy al diablo con lo emotivo y me olvido de cosas que gracias a vos día a día intento reforzar más. ¡Graciaaaas! n.n

Algunas cosas que te conté sobre el fic, hermosa, no sé si están tan fijas como cuando te las dije hace tantos meses... Creo que lo que te conté de Pan ya quedó atrás (?), así que espero sorprenderte. XD

=)

Y a Liartemisa. A los fans del Trunks x Pan que ronden por DeviantArt y/o a quienes escuchen Dragon Ball Lady's Talk seguramente les suene el nick. Lia es una amiga de la matrix (como le llamo al mundo real XD), la conocí por medio de su novio (quien era mi amigo desde hacía tiempo) y con los años nos fuimos haciendo grandes amigas. Tiene TANTO talento y sabe TANTO de arte que no pude evitar hacerle consultas sobre técnicas y demás al empezar a escribir. Sus consejos me ayudaron en demasía... ¡Gracias, preciosa! n.n

El lemon que dije que iba a subir a mi blog: decidí no subirlo por ahora... ¡Como que me dio vergüenza! XD Veremos más adelante. u.u

¡Besotes y nos leemos!

¡GRACIAS POR LEER, POR FIRMAR Y POR TANTAS PALABRAS GENIALES! Mil millones de gracias.=)


Dragon Ball (C) Akira Toriyama, Bird Studio, Shueisha, Toei Animation.