POST GUARDIA

CAPITULO 7: CONGRESO

Cuando despertaba eran exactamente las 5 am. Era una costumbre, aunque no tuviera que ir a trabajar era lo mismo, no podía dormir más allá de esa hora; ni siquiera tenía la necesidad de un reloj despertador, por lo general abría los ojos unos minutos antes de que sonara. Pero ahora hubiera deseado seguir dormido, de verdad, puesto que todas las noches era lo mismo, me sumergía en un mundo alucinado dónde sucedían cosas muy diferentes a mi realidad.

Claro, el primer sueño había sido el de Hamish y Violet pero después había venido incontables sueños sobre muy diversos temas y estaba decidido a recordarlos todos. Así que había comprado una libreta de pasta gruesa y me había comprometido a escribirlos de puño y letra, no dejando pasar ningún detalle por mínimo que pareciera.

Pero antes de que me pudiera levantar los brazos de Sherlock me rodearon y literalmente me inmovilizaron, no podía verlo pero sentía sus labios cálidos que me besaban en la cara hasta poco a poco llegar a mi boca. Me perdí en aquel beso y me dejé llevar de nuevo por el sueño.

Desperté porque mi celular comenzó a vibrar como loco y tuve que lanzarme fuera de la cama para callarlo. Por fortuna Sherlock estaba dormido dándome la espalda y no pareció alterarse por el ruido. Eran las 6 am pero el recordatorio que hizo que la alarma sonara cuando la había desactivado previamente decía: CURSO PRE CONGRESO

-Demonios –dije sin poderlo creer. Lo había olvidado. Llevaba 10 días de incapacidad en mi nueva casa, el departamento de Sherlock en la calle Baker y no había hecho otra cosa que pensar en los diferentes sabores del té que iba a comprar y en las marcas de mermelada que había en el súper ubicado a dos calles del lugar. Todas las tardes Sherlock llegaba un poco después de las 4 y comía conmigo. Aunque comía era como un eufemismo en este caso puesto que si le daba dos probadas a la sopa era mucho y no más de dos bocados del guisado. Aunque casi siempre traía un postre, un pastel, helado o algo que pudiéramos compartir y casi siempre se lo acababa comiendo él.

Así había sido de tranquila la vida los últimos días.

Por eso había olvidado el estúpido congreso que empezaba en dos días y en el que tenía que presentar una ponencia sobre las infecciones adquiridas en la comunidad que se atendían en el servicio de urgencias. Abrí la laptop y de manera rápida fui pasando sobre los archivos de powerpoint que había revisado los días previos a mi intoxicación casi fatal. Encontré la presentación que estaba haciendo.

-No puede ser –murmuré con desesperación. Sólo había hecho 5 diapositivas. Seguramente mi intención era ahogarme en el teclado porque me quede con la cara aplastada sobre las teclas, incapaz de pensar en nada.

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Poco después de mediodía salimos en el coche que Sherlock guardaba en un garaje fuera del centro de Londres. No podía siquiera creer que tuviera un coche si era alguien que no dejaba de pedir taxis para ir a cualquier lugar. Antes de preguntarle sobre este hecho me miró como sabiendo qué era lo que iba a decir, aunque claro, debo suponer que sabe exactamente qué iba a decir. Y su expresión dejaba en claro que no quería escuchar una preguntaba tan obvia. Pagar dos o tres taxis diarios es mucho más barato que pagar el permiso para circular dentro del centro de Londres.

Cuando tomamos la carretera hacía el condado de Kent con dirección final en Carterbury hice todo menos que prestar atención al camino o a la técnica de manejo de Sherlock. Íbamos en un coche negro, que bien podía ser un Audi o un Mazda, ni siquiera preste atención a eso, sólo sabía que la velocidad a la que circulábamos era mucho más alta de la permitida. Pero yo estaba concentrado en mi presentación de powerpoint y trataba de poner junto algo más o menos decente que no me dejara en ridículo puesto que cuando Sherlock me entregó el programa del congreso, sentí que me dio algo, un evento isquémico cardíaco seguramente.

El congreso iba a parecer sucursal del hospital con Irene Adler hablando del regreso triunfal de la fiebre puerperal como causa de muerte por una mala técnica aséptica durante el parto normal. Después tendría el disgusto de soportar a James Moriarty pavonearse sobre la baja tasa de infecciones en catéteres colocados en su terapia intensiva comparado con los reportados en otros hospitales gracias a su sistema de monitoreo y técnica de lavado de manos.

Lo único bueno es que iban a tener hablando como primera ponencia del primer día al director de su hospital, el mismísimo Victor Trevor, ilustre infectólogo, con la actualización sobre VIH. Aquel hombre podía hablar del clima si quisiera y tendría a todo mundo comiendo de su mano. Tal grado de atracción provocaba en cualquier que lo viera o escuchara, además parecía supermodelo y era demasiado joven para ser director de un hospital.

Sentí demasiado calor por un segundo. Sherlock prendió el aire acondicionado y entonces supe que debí haberme sonrojado al evocar la imagen de Victor Trevor. Aunque aquello no debía avergonzarme, del que se hablaba que había tenido algo que ver con él era de Sherlock. Decían las malas lenguas que por eso había venido a trabajar a este hospital, para ver de nuevo a Sherlock.

No era un tema del que quisiera hablar.

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Llegamos en un tiempo récord a Canterbury y encontramos el hotel donde sería en congreso sin gran problema. Nos acercamos a la recepción y Sherlock consiguió registrarnos antes del resto de las demás personas que también esperaban. Era un beneficio que tenía él al ser tan endemoniadamente hermoso y verse tan perfectamente bien en aquellos trajes hechos a la medida. Sin embargo, aquel trato preferencial nos ganó muchas miradas de disgusto. Me importó muy poco.

La habitación era normal, nada del otro mundo, amplia lo cual era ya una ganancia, no estaríamos chocando el uno con el otro durante días. Y la cama, era gigantesca. Me debí haber quedado con la mirada perdida en el vacío porque no supe en que momento Sherlock se colocó detrás de mí y se recargó sobre mi espalda.

-Sherlock –dije en un tono que trataba de comunicarle que sentía aún frustración porque no había terminado la presentación a pesar del tiempo que tuve en el camino y que además me sentía completamente cansado por la posición en la que tuve que viajar para ver la laptop y mis cuatro libretas donde acumulaba mis ideas.

-Tienes que relajarte, es sólo un congreso, la mitad de la audiencia estará roncando para cuando salgas a hablar y la otra mitad estará pensando en que darán de comer –dijo y me sentí un poco ofendido.

-Vaya, tan poco interés generaré –dije dejando que mi voz sonara con algo de afectación por lo que había dicho. Pero antes de que pudiera responder él comenzó a mover sus manos sobre mi pecho, bajando hasta mi cintura, entrando en mis jeans y encontrando un camino hacía mis boxers. Con sólo el toque de sus dedos fríos me bastó para sentirme listo para lo que fuera.

-Por mi podrías hablar del clima si quisieras y sería lo más interesante que podría escuchar en la vida pero John, es un congreso; todos los médicos se convierten en turistas y nadie hace el mínimo caso a lo que se habla.

Tras decir aquello comenzó a besarme el cuello, morderlo y a dejarme marcado con sus labios succionando con intensidad. Eso se vería morado casi negro pero si mi cerebro quiso protestar fue acallado con prontitud por la ola de sensaciones que venía de mi entrepierna. Sus dedos habían logrado deshacerse de pantalones y ropa interior que ahora estaba alrededor de mis tobillos y yo sentía que había perdido un momento en el tiempo porque no recordaba cuándo había pasado aquello y su mano subía y bajaba rítmicamente sobre mi miembro erecto. Dios, aquello era cruel. Por un lado me estaba marcando para que medio mundo viera que me había divertido la tarde previa y por otro lado me derretía en una avalancha de placer y estaba a punto de pedir más.

Más de aquella tortura por favor.

Entonces se detuvo y sentí como sacaba algo del bolsillo de su pantalón, para cuando me di cuenta de lo que sucedía era porque ya estaba sucediendo. Estaba seguro de que la falta de oxigenación correcta por el uso del respirador durante las horas que estuve en urgencias había hecho que mi cerebro se tardara en registrar las cosas porque como era posible que no hubiera sabido que Sherlock estaba metiendo sus dedos en mi trasero hasta que ya los tenía dentro.

La cantidad de sonidos que deje escapar fueron algo obsceno. Terrible, jamás pensé que todo aquello pudiera salir de mi boca. Sentía un calor tremendo que provenía de los dedos de Sherlock y sentía que al ser maravillosamente largos podían tocar y otra vez mi próstata provocándome una sensación de explosión que podía ser repetida hasta el cansancio. Ay por dios con razón me había dejado proclamarlo mío en esa ocasión después de que me dieran de alta, la sensación era lo más intenso de mi vida y sólo era sus dedos.

Sólo sus dedos.

De repente sus dedos se habían ido de dentro de mí y la expectación me hizo caer sobre la cama sintiendo mis brazos perder sus fuerzas.

¿Confías en mí? –preguntó y se me hizo que aquel que odia las preguntas absurdas estaba haciendo la más absurda del mundo. ¿Acaso se debe preguntar eso a quién esta despatarrado enfrente de ti esperando ser penetrado?

-Sí –conseguí decir y entonces lo sentí, adentro de mí y dolió más que otra cosa pero la sensación de dolor y placer se mezcló de manera tan instantánea que me sorprendió mi propio cuerpo al moverse por instinto adelante y atrás para lograr que de nuevo mi próstata fuera atendida y yo pudiera sentir que mi mundo se deshacía una y otra vez.

Fue como si le diera permiso de penetrarme con fuerza y los orgasmos no se hicieron esperar, dejando un hermoso estropicio sobre la cama y sobre mí. Se quedó jadeando sin poderse mover, su peso sobre mi cuerpo. Yo trataba de recuperar la respiración pues sentía que me faltaba el aire. El primer pensamiento post coital que tuve fue la cosa más ridícula. "Estamos en un congreso de infectología y acabamos de tener el sexo menos seguro del mundo".

Me hubiera reído pero eso implicaba mucho esfuerzo.

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Cuando bajamos a cenar tuvimos que pasar por recepción para llegar al restaurant del hotel. El lugar era un caos. La gran mayoría de congresistas estaba llegando y el personal no se daba abasto para atenderlos. Escuché una voz familiar gritando improperios bastante conocidos.

-¡No puede ser que sean tan incompetentes!

Mary estaba roja, su cara blanca parecía un tomate y estaba gritando más de lo que era humanamente posible. A su lado, estaba parada la siempre serena Irene Adler quien parecía estar esperando que se terminara aquella oleada de gritos.

-Lo sentimos señorita pero el sistema revolvió las reservaciones y aceptó más de las que debería. Su habitación individual se convirtió en una doble y aparece con la señorita Adler.

-Doctora –corrigió al instante Irene al empleado de la recepción que con un tartamudeo dijo al instante "Doctora Adler".

-No, no voy a compartir habitación con esta loca del sado –dijo en un tono menos estruendoso pero la alcancé a escuchar con claridad. Irene me sonrió al verme tan interesado en la plática.

-No soy una loca del sado –dijo Irene y Mary la miró con toda la indignación de la que fue capaz.

-Tienes una fusta en tu bolsa, la acabo de ver, no lo puedes negar –dijo ella con los ojos abiertos como platos y un siseó de voz.

-Eso no me hace una loca del sado, tal vez tengo un caballo –contestó Irene y el empleado de la recepción tuvo que ahogar una risa.

-No podemos ofrecerle otra cosa señorita Morstan –dijo el empleado entrechocando las palabras por la rapidez con la que las dijo.

-Jefa de enfermeras –dijo Irene y el chico se corrigió al instante, "Jefa de enfermeras Morstan" pronunció tan rápido que pareció una sola palabra.

-¡Bien! –gritó Mary- ¡Si no tengo otra opción!

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-¡John! –gritó alguien y al instante sentí que me abrazaban. Sherlock se había adelantado unos pasos pero volteó para ver aquella escena, cuando mis ojos se cruzaron con los suyos sentí el fuego. Si alguien se hubiera podido incendiar con aquella mirada era el hombre que me estaba abrazando.

Pero aquella persona era un viejo conocido del ejército, aunque de viejo no tenía nada porque era diez años más joven que yo. Había sido mi protección, aquella persona que permanece junto al equipo médico mientras este hace su trabajo y evita que sean atacados.

-¡Sebastian! –dije y me sorprendió gratamente verlo. Era el mismo que hacía años, cuando era un cadete de 20 años que había tenido la mala suerte de acabar en una guerra tan sólo unos meses después de terminar el entrenamiento militar.- ¿Qué haces aquí?

-John, tal vez te sorprendas pero fuiste una gran inspiración para mí –dijo y sentí una emoción inmensa contenida dentro de mí. Sebastian me había sacado de aquel lugar, me había defendido impidiendo que me hirieran una segunda vez y luego me había llevado a un lugar seguro dónde pude ser evacuado en un helicóptero.- Vimos tantos niños morir John, así que ahora soy Pediatra.

La sorpresa mi hizo volverlo a abrazar.

Entonces la mano de Sherlock estuvo en mi brazo y me jaló para que lo soltara. Sólo necesite un instante para saber que estaba a punto de proclamar de nuevo su posesión sobre mi persona y a poner límites para el contacto físico entre Sebastian y yo. Así que mejor di un paso atrás, no quería una escena frente a la comunidad médica.

-Nos veremos por aquí –dijo él sintiendo la tensión y la mirada pesada de Sherlock clavada en su persona.- Me toca compartir con un tal Moriarty, error del sistema dicen, pero creo que el que tenía que compartir con él dijo que prefería dormir en el cuarto de escobas.

Sebastian se alejó riéndose y Sherlock no dejo de verlo hasta que las puertas del elevador se cerraron y ya no estuvo más en el lobby.

-Compañero de guerra –dije a modo de explicación pero sentí que los dedos de Sherlock apretaban con más fuerza mi brazo. Vaya, ¿qué necesitaba hacer? ¿Tatuarme "propiedad de Sherlock Holmes" en la frente?

-Sería apropiado –dijo y de nuevo iba a hacer una pregunta estúpida pero me la ahorré. Había aceptado como normal que él supiera en qué estaba pensando y pudiera responderme aunque yo no llegara a externar jamás esos pensamientos.

Sin necesitar hablarlo decidimos que no queríamos cenar entre aquel relajo de gente quejándose por las reservaciones incorrectas y por la incomodidad de tener que compartir su habitación extraños o peor aún, conocidos. Salimos a las calles estrechas y pintorescas de Canterbury y nos perdimos en un pequeño restaurant donde los gabinetes que separaban una mesa de otra daban privacidad suficiente para que nos permitiéramos robarnos besos entre bocados de comida.

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El doctor Mycroft Holmes, cirujano cardio-vascular y médico personal de la reina, vio el mensaje que Anthea había mandado a su celular. El caos en el hotel había sido logrado con éxito y todos estaban siendo registrados en habitaciones dobles o triples. Era literalmente eso o nada porque no había cupo en ningún otro hotel de la ciudad. De eso se había asegurado él. No personalmente, sino a través de Anthea.

Un segundo mensaje le confirmaba que había llegado a la recepción el médico forense Gregory Lestrade y con visible molestia había aceptado que debía compartir la habitación con alguien. Pero como compensación se le ofrecía compartir la suite presidencial. Eso lo había calmado.

Por supuesto que había prohibido que se le informara el nombre de la persona con la que tendría que compartir la suite presidencial.

Eso sería una sorpresa.


Gracias por seguir leyendo.

A mis queridas amigas Merenwen, Sunny, torredemarfil14 y Elennhith les agradezco el apoyo continuo, de verdad, no sé qué haría sin ustedes!

Dianaj2w: precisamente, qué más terrorífico que ese par como jefes de cualquier cosa! Jejejeje, muchas gracias por tu comentario.

JabbyYorkDeacon: muchas gracias, me siento halagada por lo que dices.

simsfans: Moriarty siempre tiene que ver con todo jejejeje ...

Y a quien escribió el comentario anónimo, mil gracias =.D

Ahora.

He comenzado a enloquecer y he introducido a más personajes. Victor Trevor, Sebastian Moran, Mycroft Holmes, Gregory Lestrade y hasta a Anthea! Ejem... a ver cómo les va en este universo. Para empezar Sebastian no parece ser un chico malo pero ... nunca se sabe.

Así que como siempre, les reitero el hecho de que todos sus comentarios son bienvenidos. Recuerden que esto es al final de todo, un experimento, nunca había escrito nada ni remotamente parecido así que todo lo que me puedan decir será para bien.

En el siguiente capítulo sigue el congreso... es tan divertido ver a los médicos en uno, son sensacionales... como niños chiquitos jejeje.. son? Ejem, somos. Jajajajaja

Gracias!

P.D. Like Fuck Yeah Sherlock en Facebook.