Disclaimer: Los personajes no nos pertenecen; son de la autoría de J. K. Rowling. Nosotras solamente creamos la historia.

N/A: Debido a mi falta de inspiración para continuar con esta historia, he decidido continuarla con la ayuda de Serena Princesita Hale. Algunos de los capítulos serán de ella y otros míos.

CAPÍTULO VII

RECUERDOS (Serena Princesita Hale)

La castaña sé había dormido por fin después de las bastas lagrimas qué había derramado y de recuerdos qué la habían atormentado. Parecía qué el mundo conspiraba en su contra. Sabía de ante mano, y aunque sé hubiese engañado a si misma durante tanto tiempo, que no era completamente feliz con Ronald, aunque ella así lo aparentaba, pero también sabía que si había tomado aquella decisión de estar a su lado, la respetaría hasta el final. Después de todo, había sido ella misma quien había elegido el deber ser y no al amor de su vida. Porque, al final del día eso había venido a ser Draco Malfoy en su vida. Su verdadero y único amor.

Irónicamente, el reconocer por fin qué lo amaba más allá de cualquier cosa no la molestaba, -aunque en algún punto, se sintió terriblemente mal- pues parecía qué una parte de su vida, de sus recuerdos estaba oculta tras un velo intraspasable. Era como si le hubiesen arrancado una parte de sus recuerdos. Pero, por años, jamás le dio importancia. Hasta ahora, que él había entrado intempestivamente en su vida de nueva cuenta.

Aquella habitación, tan gélida, tan sombría le acercaba a pensar el verdadero daño qué le había hecho a Draco al elegir a Ron –y pese a qué una parte de ella no sé arrepentía de haberlo elegido- siempre había otra, algo qué le decía qué aquello no estaba bien. Que debía haberse quedado con Draco. Una parte –la más egoísta, quizás- le decía qué nunca debió dejar ir la vida que pudo haber tenido al lado de Draco. Con sus altas y sus bajas. Con sus encuentros y desencuentros. Con sus alegrías y sus sinsabores.

Pero el tiempo es cruel y no perdona. Los errores que ella había cometido al elegir pasar su vida al lado de Ronald y dándole gusto al mundo qué tenía sus ojos fijos sobre ella la habían vuelto una cobarde y ya no quedaba ni rastro del valor Gryffindor que alguna vez poseyó.

Ya ni siquiera pensó en lo qué Draco le había dicho antes de salir de aquella habitación. Sabía que no había vuelta atrás. Blaise le había advertido qué Draco como enemigo era muy peligroso –y hasta vengativo-. Sin embargo, ella se negaba a creer aquello. Pues aún recordaba aquella mirada llena de amor y ternura qué más de una vez le había dedicado a ella.

Ella sabía qué Draco no era ningún maldito ogro. Qué era un humano como cualquier otro. Con dudas, sentimientos, temores…. Aunque estos últimos no era algo qué mostrara muy frecuentemente. Aquel qué tanto daño les hizo le había arrebatado parte de ellos. Lo había obligado a enterrar sus miedos y sus debilidades, de modo qué nadie pudiera lastimarlo.

Además, habían pasado ya años desde qué ella le había dejado a él. Nunca pensó qué el pudiese albergar sentimientos de venganza hacía ella. Pues, después de todo, si él hubiese querido vengarse lo habría hecho tiempo atrás.

Sé levanto de aquella cama y comenzó a recorrer aquella habitación. Era como volver a su torre de premio anual. No había colores de casas, pues ella y Draco habían cambiado el decorado (lo habían hecho a conciencia, pues afortunadamente, nadie entraba a su torre, solamente ellos). Querían qué fuese un lugar en el qué sé sintiesen cómodos ambos, sin necesidad de recordar su naturaleza o aquello de lo qué formaban parte. Aunque cada mañana vestían sus uniformes habituales y mostraban ese aparente rencor ante el mundo.

Después de lo ocurrido aquella navidad, habían decidido ser solo Draco y Hermione, sin casas, sin apellidos, ni familia.

La cama adoselada en un tono azul oscuro le recordaba a la de su dormitorio. –Nadie lo supo, pero desde aquella noche, su dormitorio y cama fueron uno- había incluso una cajonera y un closet compartidos. Las cortinas de terciopelo, incluso el pequeño rayo de luz qué sé filtraba aluzando su silueta en aquella oscuridad. Todo era tan idéntico. Tan idílico.

Las lámparas sobre los buros eran las mismas. Incluso aquel librero en ébano era similar a aquel en el qué tenían a la mano sus lecturas predilectas.

Sé acerco al armario. Su aroma la lleno de inmediato. Menta y sándalo. Ese era el aroma qué Draco siempre desprendía.

No pudo evitarlo. Fue un impulso más grande qué su capacidad de raciocinio. Después de todo, ya no tenía nada qué perder. Estaba segura, qué desde el momento en el qué Blaise salió con sus recuerdos, qué su matrimonio con Ron había terminado.

Contra todo pronóstico, ella ni siquiera sé sentía mal por ese hecho en sí mismo. –Para ella, el final de su matrimonio representaba cosas muy distintas a lo qué cualquiera sé pudiese imaginar-. Sino más bien, porque le dolería volver a ver a sus hijos a la cara. Sabía qué era un daño irreversible, pues Rose y Hugo adoraban a su padre. En todo caso, era lo único lamentable de qué su matrimonio sé fuese a pique. El dolor qué no les podría evitar a ellos. Además de saber qué su madre había sido la amante de Draco Malfoy. El hombre qué más odiaba su padre, pues aún recordaba cómo incluso llego aquel primero de septiembre a decirle a su pequeña Rose qué debía superar al hijo de Malfoy en cualquier asignatura, pues era tan inteligente como su madre.

Por inercia, siguió recorriendo aquella ropa, hasta encontrarse con una camisa de Draco.

Volvió a sentir qué una corriente eléctrica envolvía todo su cuerpo con el simple roce de aquello qué le pertenecía a él.

Comenzó a desnudarse. No quería llevar más la ropa qué tenía puesta. La habitación oscura le hacía sentir un poco de calor. Quería sentirse libre.

Tomo una de sus camisas y sé la coloco.

Noto qué Draco había crecido un poco más. La camisa le llegaba a medio muslo y cubría sus pantis. Abotono lentamente la camisa. Quería disfrutar del tacto y el olor que desprendía todo lo qué alguna vez había tocado el.

Un sentimiento de auto torturación la invadió. ¿Le habría hecho Draco el amor en ese lugar a Astoria? ¿Le habría dicho te amo como a ella?

-¿Qué sé sentiría qué de nuevo recorriera cada milímetro de su piel? ¿Sentiría lo mismo o sé habrían incrementado las sensaciones? Eran tantos años desde aquella última vez qué él había recorrido su cuerpo y la había llevado al éxtasis. Al cielo y al infierno de una sola vez.

No pudo evitar derramar sendas lagrimas qué de a poco caían sobre sus mejillas y qué atraían cada vez más los recuerdos de aquellos momentos qué ella había querido olvidar.

Quería olvidar lo qué era amar en plenitud. Quería olvidar todos aquellos momentos, aquellas risas y aquellas lágrimas. Quería olvidar los momentos robados y las caricias dadas.

Quería olvidar el dolor de recordar verlo feliz.

Pero no podía.

Los recuerdos taladraban su mente una y otra vez.

Su miedo y su cobardía habían roto sus ilusiones y sus sueños. Tenía consciencia de qué no podía llorar por algo a lo qué ella misma había renunciado. Tenía qué afrontar las consecuencias de aquello por lo qué no había podido tener el valor suficiente para luchar.

Porque sabía que el recordar no la haría volver en el tiempo. Solo la lastimaría.

Pero no podía dejar de hacerlo. Simplemente no podía olvidar todo aquello qué dejo de vivir. No podía, ni mucho menos quería dejar de recordar. Incluso, una parte de ella –aún siendo la racional y templaría mujer en la qué sé había convertido en los últimos doce años-, había llevado con ella una parte de él para acompañarla en esa vida.

La túnica qué había hurtado poco antes de navidad e incluso unos pocos de los regalos más significativos qué él le había obsequiado estaban bajo llave en un compartimento secreto de su escritorio en el ministerio.

Recordaba qué nunca se había sentido de aquella manera. Con Draco había sido libre y desinhibida. Con Ron sé había tenido qué contener muchas veces.

Con Draco había roto varias normas sin importarle las consecuencias, mientras qué con Ron nunca había traspasado el umbral de sentirse en peligro por miedo a qué los descubrieran. Aún más, con Ron ni siquiera había pasado de dos castos besos.

Mientras qué con Draco descubría lo qué era entregarse por completo, sin tapujos, medias tintas, medidas o reservas. Con Ron sé convertía en una amante pasiva y era él quien llevaba la voz cantante a la hora de tener sexo.

Con Draco había realizado algunas fantasías, mientras qué con Ron lo más excitante había sido hacerlo en la sala de su hogar.

Ninguno sé comparaba con el otro. Incluso ella misma era diferente, aunque con igual apariencia.

Draco tenía el cabello rubio platinado con unos ojos de gris tormenta qué la llevaban a perderse en su misterio y esos mismos ojos adquirían un matiz más claro cuando llegaba al climax. Mientras qué ella sé perdía en los confines de su cabello revuelto qué sé volvía entre sus dedos. Cuando él le hacía el amor.

Mientras qué con Ron sus ojos azules le hacían pensar en el infinito del cielo. Pero nunca habían logrado traspasarla como los de él; y su cabello rojo fuego incluso era más áspero, comparado con la sedosidad de los mechones rubios.

Incluso ella misma. Su diferencia era abismal.

Con Draco era fuego y pasión. Sé dejaba llevar algunas veces, mientras qué otras era ella lo llevaba a perder el equilibrio.

Con Ron era como una tarde previsible llena de calor y energía reprimida. Incluso el sexo parecía obligación, por mucho qué ella se negase a admitirlo.

Dejo qué las lagrimas siguieran fluyendo. Había llegado al punto de quiebre en el qué ya nada le importaba. Ni siquiera sus hijos. Los hijos qué debieron ser de él. Eran sus hijos los qué debían haber llenado su vientre. Sus hijos debían ser rubios y no pelirrojos. Debían tener ojos grises y no ojos azules.

Lamentablemente eso era algo qué jamás iba a poder ser.

Los recuerdos seguían atormentándola. Hacía mucho tiempo qué no era realmente feliz. El sé la había llevado hacía muchos años ya con él.

Una punzada de dolor la invadió al recordar el momento más agónico de su vida.

En otras circunstancias diría qué había sido el dejarlo y decir: Sí, acepto ante el ministro de magia cuando sé caso con Ron.

Pero eso era seguir engañándose a sí misma, como lo había venido haciendo hace ya bastante tiempo.

Dada la situación en la qué estaba envuelta ahora, sabía qué era el momento de llorar por lo qué había perdido.

Recordó aquellas páginas en el profeta. Su recuerdo era como fuego qué la consumía lentamente.

En primera pagina sé anunciaba el compromiso del heredero de la fortuna de los Malfoy con la menor de las hermanas Greengrass.

Ese anuncio no le hubiese importado –de hecho hubiese agradecido qué el encontrara a alguien con quien compartir su vida y su tiempo-. Ella hubiese agradecido qué alguien lo quisiera.

Pero la verdad era qué esa imagen había logrado desequilibrarla.

Había visto la felicidad en los ojos de Draco. Vio esa chispa de amor y ternura qué le dedicaba solamente a ella. Solo qué está vez ella no era la dueña de esa mirada. Era aquella chica rubia y de elegantes facciones, la misma qué encuadraba perfectamente en su mundo de cuento de hadas. Astoria Greengrass era quien había logrado hacerse con el corazón de Draco Malfoy. Y eso dolía. Dolía porque sabía qué había sido reemplazada por alguien qué si encajaba realmente en su mundo.

Recordó incluso como su vena masoquista –y una parte de ella, la misma qué sé aferraba a qué esa mirada era falsa- aunque ni por asomo ella misma lo creía, la llevo a presentarse en aquella iglesia y evitar la boda. Aunque Zabini lo había evitado.

Recordaba lo doloroso qué resultaba ver aquellos ojos llenos de amor y alegría.

Fue también cuando comprendió qué ella era su pasado. Y lloro. Recuerda qué incluso sé fue a un bar muggle a ahogar sus penas en alcohol para olvidarse de esa imagen de idílica felicidad qué él había implantado en su mente. Era masoquista, pero no tanto como para….

Ya no quería recordar. Solo quería olvidar.

Olvidar porque sabía qué todo el dolor y sufrimiento –qué sé daba cuenta el había vivido- era por su culpa. Solo por su culpa y su cobardía.

Era satírico pensar qué había sido ella quien no sé había atrevido a enfrentar las consecuencias de esa relación. Era ella quien no sé había atrevido a ser feliz.

Sé acerco al estante donde estaban los libros y comenzó a buscar algún título interesante para dejar pasar el tiempo. Ella no podía flaquear ni ser débil. Sabía qué en cuanto Draco volviese por esa puerta no podía volver a llorar y mostrar su debilidad ante él. Él no le mostraría ni un poco de compasión por su dolor, ni su sufrimiento. No cuando él había sufrido su misma agonía a lo largo de esos años.

No cuando él jamás había aceptado la explicación tan lógica qué ella le había dado de porque no debían estar juntos.

Se detuvo en un titulo un tanto empolvado y gastado. Orgullo y prejuicio. Si. De hecho, si había un libro qué los describía como pareja era precisamente ese. Ella era como Lizzy Bennett. Mientras qué él era un tanto como el señor Darcy. Solo qué su vida no era una novela. Era la realidad y lo cierto es que ella no sé había atrevido a ir en contra de su realidad como lo había hecho Isabel Bennett.

Lo más absurdo era qué ahora ella era su prisionera. Y él había vuelto a aquel mundo en el qué tantos tormentos vivió y del qué deseaba salir.

-¿Por qué ahora era la cabeza de los mortífagos? ¿Qué obligaba a Draco a volver? ¿Y a Blaise?

Aunque la verdad, sabía qué este último estaría siempre al lado de Draco. Sabía qué de cualquier manera y cualquiera que fuese la decisión de Draco, el siempre lo apoyaría. Como el gran amigo qué era.

Con unas pocas lágrimas más volvió a recostarse.

Ya no lucharía. Era absurdo pensar qué él la podría lastimar más de lo qué sé había lastimado ella misma.

De hecho, era un alivio por fin compartir la verdad –aunque indirectamente- con Ron.

Por fin seria libre. Ya no tendría qué fingir una felicidad qué a base de práctica y tiempo había construido a su alrededor, obligándose a sí misma incluso a creer qué esa era su autentica realidad. Obligándose a sí misma, con el paso del tiempo a obligarse a creer qué ella era muy feliz con Ron.

Sin saberlo, Draco la libraría de sus ataduras autoimpuestas. Sabía qué Ron no le perdonaría jamás qué ella sé hubiese enamorado de Draco. Y eso le daba cierto alivio. Ya no tendría qué compartir su lecho ni volver a estar a su lado.

Amar y querer. Hace ya bastante tiempo qué había aprendido incluso la diferencia.

A Ron lo había querido como a nadie en el mundo. ¿Cómo no hacerlo? Si después de todo, antes de haber sido su novio había sido su mejor amigo, junto a Harry. Ella no olvidaba qué incluso antes de qué ellos dos hubiesen llegado a su vida ella había estado completamente sola en un mundo completamente desconocido para ella.

Su relación había sido costumbre y fuerza. Tantos veranos y navidades compartidas.

Tantas aventuras y tantos riesgos.

Tanto de todo y de nada a la vez.

En cambio con Draco, todo había llegado a ser incluso pasión y desasosiego.

El no saber incluso qué esperar del otro.

Con él había sido una guerrera, una luchadora.

Con él jamás hubo paz o cariño fingido.

De él se había enamorado como jamás pensó amar.

Con el no solo había sido la costumbre de estar cerca. No. Era algo más fuerte lo qué los ataba. Tampoco era la costumbre, ni la soledad.

Con Draco disfrutaba incluso de los momentos de silencio en su compañía.

Siguió leyendo su libro de orgullo y prejuicio. No podía seguir comparándose a sí misma con Elizabeth y a Ron y a Draco con Witkham y el señor Darcy respectivamente.

Incluso le pareció gracioso el hecho de lo bien qué encajaba su realidad a la de ellos. A la de aquellos personajes de ficción. De no saberlo, juraría qué esa había sido su historia, solo qué con un final completamente distinto.

Con Ron había experimentado los falsos celos, esos qué te hacen sentir la frustración y el rencor porque él no sé fije en ti. –como sucedió en quinto grado cuando Ron prefirió a La-La sobre ella-. Ahora incluso sabía qué esa horda de canarios qué había lanzado sobre el solo eran producto de un coraje mal enfocado.

En cambio con Draco había vivido lo qué eran los verdaderos celos. Esa lava qué te recorre desde el interior y qué no eres capaz de disimular.

Recordaba muy bien lo qué sintió aquella tarde cuando él decía si, acepto y su mirada.

No podía olvidar qué el fuego la había consumido y qué de no ser por Blaise, juraba qué incluso en ese arranque de furia la hubiese matado. La hubiese matado a ella por ser una maldita ladrona al llevarse el amor de él. Era una maldita usurpadora en el corazón del rubio. Porque sabía qué el jamás la querría la mitad de lo qué a ella la había amado.

Porque Draco Malfoy la había amado a ella. A una simple sangre sucia.

A su lado, tenía la comparación con ella. Con Elizabeth Bennett. Ella había defendido al coronel Witkham con uñas y dientes contra la maldad del señor Darcy.

Y había enfrentado los celos como Elizabeth cuando lo vio feliz, sonriéndole a la odiosa señorita Caroline Bingley.

Incluso Blaise parecía el mismo Fritzwilliam qué siempre acompañaba al señor Darcy.

Pero su vida no era una novela y debía dejar de pensar en ello.

Sé recostó sobre la mullida cama y sé perdió en sus recuerdos, no sin antes pensar en su último recuerdo y deseando poder volver en el tiempo para esta vez elegir correctamente y estar al lado de Draco por siempre.

Deseaba no haberse equivocado y haber elegido enfrentar a todo y a todos por estar al lado del hombre al que verdaderamente amaba. Draco Malfoy.

Ojala hubiese una poción para olvidar. Porque eso era lo qué necesitaba. Olvidar y recomenzar.

Recomenzar una vida plena al lado de Draco Malfoy y lo qué implicase todo aquello.

Enfrentar a todo y a todos por no hacer lo qué sé espera de ti.

Ojala hubiera una poción qué le permitiese vivir una vida al lado de Draco como siempre debió haber sido.

Pero ya no sé engañaba.

Dieciséis años era mucho tiempo para reconocer un error y querer enfrentarlo.

Dieciséis años era una vida qué había dejado ir por construir un mundo idílico para otros, excepto para ella misma.

Así qué no.

Debía dejar de engañarse, porque jamás volvería a estar junto a él de aquella manera.

Solo la amnesia, el bendito olvido, la muerte y el renacer en una época distinta era lo qué les haría volver a estar juntos.

Solo en una nueva vida el volvería a recorrer cada centímetro de su cuerpo y perdonaría sus errores.

Porque solo en una nueva vida ellos volverían a estar juntos como un solo ser. Un solo ente.

Por eso, mientras tanto. Mientras el decidía hasta qué punto prolongar su tortura disfrutaría de su compañía y de volverse a soñar nuevamente entre sus brazos.

Mientras tanto, tal y como hacía en esos momentos, sé imaginaria qué aún estaban en Hogwarts, compartiendo una habitación y una vida.

Disfrutaría de ilusionarse leyendo un libro y dormirse hasta caer en la inconsciencia mientras el tardaba en regresar, para después reprocharle por su tardanza durante su ronda nocturna y a modo de castigo para él usaba una de sus camisas a modo de pijama. Ya qué ese gesto siempre solía volverlo loco y lograba qué él le hiciera el amor hasta convertirse en uno solo….

Porque los sueños eran solamente eso. Sueños. Un mundo idílico en donde puedes alcanzar la felicidad qué añoras sin temor a recriminación alguna. Y porque eran esos mismos sueños los qué le permitirían soportar cualquier duda, reclamo o arrebato de parte de él.

Porque al caer la noche, ella volvería a repetir la rutina y viviría en un cuento de hadas sin fin.

Pero lo qué no sabía Hermione, era qué aquella tarde, en el cielo brillaba una estrella y solo a aquellos con el más puro corazón y el deseo más sincero sé les concedería su petición. Pues aunque volver el tiempo atrás era imposible. La magia más antigua sé activaría para conocer la verdad de lo sucedido y reunir nuevamente a los amantes. Sin mentiras, engaños, ni desencuentros….