Capítulo 6: No te pertenezco

No le había gustado nada esa mirada que le había lanzado. ¿Acaso pretendía lo que ella estaba pensando?, ¿iba a violarla?, ¿de verdad iba a forzarla el último hombre que pensaba que lo haría?

Kagome miró demasiado impresionada para su gusto el tórax desnudo de Inuyasha.

Los hombros anchos, los pectorales duros y fuertes sin un solo gramo de grasa, los abdominales bien marcados por el ejercicio, y sus brazos que eran del tamaño de sus muslos. Parecía demasiado fuerte, lo suficiente como para forzarla a hacer lo que quisiera sin tener la más mínima oportunidad de defenderse. Aunque por otra parte, le resultaba realmente excitante observar el cuerpo estilizado y musculado de Inuyasha y le resultaba excitante la idea de que él la tocara como un hombre tocaba a una mujer.

Inuyasha llevó sus manos hacia la bragueta de sus pantalones para bajarla mientras disfrutaba de la mirada asustada de Kagome. Por un momento había visto el brillo del deseo en sus ojos, pero en un instante se había convertido en pánico y luego en confusión. Iba a tomarla quisiera o no porque no pensaba permitir que nadie más tomara lo que le pertenecía y aún así, deseaba que ella lo volviera a mirar de aquella forma. Quería ella que le deseara tanto como él la deseaba a ella.

Dejó caer los pantalones hasta sus tobillos quedando sólo con el bóxer y se acercó a la cama. No se quitaría lo que le quedaba hasta que llegara el momento de penetrarla o de obligarla a darle placer. Tampoco iba a aterrarla de forma innecesaria.

- ¿Inuyasha?

- Tranquila, pequeña- gateó sobre la cama acercándose a ella- si te portas bien y no intentas oponer resistencia, te haré gozar mucho…

Kagome no estaba dispuesta a dejar que Inuyasha tomara su cuerpo por la fuerza, pero ¿qué podía hacer? Él era más fuerte y encima la puerta estaba cerrada con llave. La única manera de escapar sería esquivarlo y llegar hasta el baño para encerrarse dentro.

Cuando Inuyasha estaba prácticamente encima de ella, Kagome se mostró complaciente a él abriendo las piernas y dejando que él introdujera sus rodillas entre ellas.

- Así me gusta Kagome- murmuró a su oído- se obediente…

Pero lo que Inuyasha no sabía era que estaba equivocado. Kagome era muchas cosas, pero entre ellas no se encontraba el ser obediente. La mujer flexionó un poco la rodilla que estaba bajo el miembro erecto de Inuyasha y cogió impulso.

- ¡Ahhh!

Inuyasha se apartó rápidamente al recibir la increíble patada justo en los testículos, donde más le dolía. Jamás hubiera esperado que Kagome se comportara de una forma violenta y menos aún atacando a esa zona tan sensible. No sabía si matarla o si arrancarle la ropa por su atrevimiento.

Kagome sintió algo de miedo por las consecuencias de aquel acto pero en seguida decidió que eso no era lo más importante en ese momento. Lo que tenía que hacer era apartarse de él y de esa cama y correr lejos. Se levantó de la cama para salir corriendo al baño tal y como había planeado. Lamentablemente, no contó con que Inuyasha pudiera soportar tan bien el dolor. Le había pasado el brazo alrededor de la cintura y tiraba de ella hacía atrás impidiéndole marchar.

- ¡Suéltame, idiota!

- Yo que tú dejaría de insultarme- pegó la espalda de Kagome a su tórax- tendrás suerte si no te doy una paliza después de hacerte el amor.

Eso fue suficiente para asustarla del todo. ¿Iba a pegarle?

Se había tirado un farol, no sería capaz de darle una paliza a Kagome, jamás podría golpearla y mucho menos disfrutar con aquello. Iría lo más despacio posible para no asustarla y la terminaría convenciendo para mostrarse complaciente. Le daría tanto placer que lo desearía con locura.

- Esta vez, estate quieta de verdad… tengo el mismo derecho a disfrutar de lo que querías darle a Bankotsu…

- ¿Qué?

Inuyasha sin dejarle tan siquiera un instante para pensar en lo que acababa de decirle le arrancó el vestido haciéndolo jirones. Sus senos quedaron al descubierto al no haberle dado tiempo a ponerse el sujetador cuando él se la llevó a rastras.

Las manos de Inuyasha dedicaron al principio caricias bruscas y desesperadas a sus senos pero después se volvieron suaves, delicadas y muy placenteras. Le gustaría pedirle que parara, que la dejara en paz, que se marchara pero la humedad entre sus piernas le indicaba que no se resistía tanto como imaginaba. Su mente le decía que gritara, pegara y arañara, cualquier cosa que la librara de él pero su cuerpo, parecía tener vida propia y hacía lo que se le antojaba.

Cerró los ojos contrariada por lo que estaba sintiendo y sintió que era empujada hasta caer de espaldas sobre la cama. Inuyasha continuaba acariciándole los senos y ella seguía sin atreverse a mirarle. Le daba tanto pánico que él descubriera lo que estaba sintiendo en ese momento.

- No cierres los ojos, Kagome- le pidió- mírame…

Se sintió tentada a desobedecerle y continuar con los ojos cerrados hasta que se marchara. Sin embargo, abrió los ojos y tuvo que parpadear al notar que todo se veía borroso. Quiso pensar que era por el esfuerzo de tenerlos cerrados pero algo le decía que su vista se estaba nublando por el puro y carnal deseo que sentía hacia aquel hombre. No podía estar violándola, si una mujer se sintiera así de bien al ser violada, no denunciaría.

Él se inclinó complacido porque hubiera abierto los ojos y lamió un sendero desde su garganta hasta el valle entre los senos. No le dejó tiempo a coger aire cuando sus labios se apoderaron de uno de sus pezones y gritó excitada y complacida. Nunca se había sentido de esa forma, ni siquiera se imaginó que alguien pudiera sentirse así. Arqueó su espalda sin poder evitarlo para ofrecerse en bandeja a sus manos, su lengua y sus labios. Quería que la devorara entera y ese hecho la hizo temblar de pies a cabeza. ¿Es que había perdido el juicio?

Inuyasha se percató de que ella temblaba, de que se estaba asustando otra vez y se apresuró a darle un tierno beso en la frente.

- Tranquila, todo va a estar bien… te lo prometo…

Kagome asintió con la cabeza dándole a entender que le creía o que al menos aceptaba sus palabras por verdaderas.

Inuyasha sonrió satisfecho por lo complaciente que se mostraba Kagome y luego puso su cabeza en el hueco del cuello de Kagome. Mordió con fuerza la carne cerca de la yugular, perforando con sus colmillos y haciendo que saliera un hilo de sangre que descendía hacía su pecho. Ella gritó del dolor y él no pudo menos que acariciarla con exquisita ternura mientras lamía la zona dañada con ímpetu. Quería marcarla para que todo ser masculino que poblara el universo supiera que ella ya le pertenecía a alguien, que era intocable.

Kagome no supo bien cómo pudo soportar el dolor que sintió en el cuello aunque la sospecha de que aquellas tiernas manos que le acariciaban tuvieran algo que ver le asaltó. Mientras el hombre seguía mimando su dañado cuello, una mano se aventuró hacia sus caderas y comenzó a bajarle lenta y suavemente las bragas. Sintió el impulso de detenerle pero no fue capaz de moverse hasta que él ya se las había deslizado hasta los tobillos. Entonces, la tuve atrapado y a su merced. Su lengua jugueteaba con su cuello y el lóbulo de su oreja mientras que una de sus manos acariciaba aquella zona tan privada que nunca nadie había osado ver o tocar. No pensó que fuera a gustarle aquello hasta que empezó a gemir y a mover las caderas contra su mano. Inuyasha sabía dónde tocar, cómo y cuándo y también parecía conocer todos sus puntos débiles. Se estaba derritiendo entre sus brazos y se sentía cada vez más húmeda y pecaminosa.

Inuyasha dejó de tocarla por lo que emitió una queja pero entonces, él se acomodó entre sus piernas y se percató de que su ropa interior también había desaparecido. Sintió la dureza de su sexo apretándose contra ella y la besó. Fue en mitad del beso cuando la penetró de una larga y potente embestida y ella le mordió sin poder controlarse.

- Ahhhhhhhh… - se quejó- duele…

- Shhhhhhhh… -intentó calmarla- el dolor pasará…

Estuvo a punto de retirarse puesto que Kagome no lograba dejar de sentir dolor cuando ella jadeó, se sonrojó y movió las caderas contra las suyas. Ésa era la señal, quería que continuara. La embistió una y otra y otra vez hasta que ambos alcanzaron la cumbre del placer y se dejaron caer agotados sobre las sábanas.

- Eres mía… - murmuró contra sus labios.

Kagome no respondió al beso, estaba demasiado aturdida para hacerlo. ¿Suya? Le había gustado más de lo que quisiera admitir lo que acababan de hacer pero nada más. Ella no pertenecía a ningún hombre y menos a uno celoso y primitivo que tenía la poca vergüenza de afirmar amarla y calentar su cama con otra.

- No, no soy tuya… - le empujó- márchate…

Inuyasha se apartó impresionado por el repentino ataque de ira de la mujer. ¿Acaso no le había gustado lo que acababan de compartir?, ¿había hecho algo que le molestara? Al mirarla a los ojos supo que no bromeaba y sintiendo él mismo la rabia por lo que acababa de decirle, se levantó y empezó a vestirse de forma apresurada. Estaba a punto de salir de la habitación con la camisa a medio abotonar cuando se percató de que a lo mejor necesitaba algo. Era la primera vez de Kagome y estaría muy delicada, a lo mejor necesitaba que le comprara algo, que la consolara o le hiciera compañía. No sabía muy bien cómo tratar a una chica después de su primera vez.

- Kagome, ¿quieres que te traiga algo?

Kagome sacó las piernas de la cama y miró su espalda sorprendida. No se esperaba que Inuyasha le hiciera esa oferta y estaba claramente preocupado. Ahora bien, la rabia que sentía por dentro la carcomía. Él tenía una amante a pesar de decir que la amaba, era celoso, primitivo, egoísta y posesivo. Ella nunca le pertenecería y si hacía falta se lo demostraría aunque también le doliera a ella.

- La verdad es que sí…

Inuyasha se detuvo de nuevo ya que al no obtener respuesta había vuelto a andar hacia la puerta.

- Me harías un favor si me trajeras alguna píldora o algo para evitar que engendre un sucio bastardo tuyo.

Eso le dolió en el alma. Sabía que se merecía eso y mucho más, pero esas palabras cargadas de odio por parte de Kagome le causaron un profundo dolor en el corazón.

- Como quieras… - murmuró mientras abría la puerta- me pasaré por una farmacia.

Kagome se apresuró a levantarse de la cama cuando se cerró la puerta y corrió como pudo hacía el baño debido al escozor que sentía entre las piernas. Abrió a tope el grifo de la ducha y se puso bajo el chorro dejando que la sangre de su intimidad y su cuello se deslizara a lo largo de su cuerpo hasta llegar al suelo y perderse por el conducto. ¿Qué había hecho? Nunca en su vida había sentido un placer físico tan carnal, tan sumamente delicioso. Pero entre los dos lo habían estropeado todo. Él por comportarse como si fuera un objeto y ella por dirigirle aquellas palabras tan crueles. No pensaba de verdad que un hijo de Inuyasha fuera un sucio bastardo y si le traía la píldora del día después no la tomaría.

- Te odio… - sollozó llevándose las manos a la cara.

Y sabía que estaba mintiendo porque en verdad, estaba total y perdidamente enamorada de Inuyasha.

Continuará…