A las barricadas
Capítulo 7 - Escudo
Aquella mañana, Francis se había levantado pronto y tras orientarse y recordar dónde se encontraba, miró a su alrededor para ver si todos seguían durmiendo. Suspiró inaudiblemente cuando encontró que la cama de Antonio estaba vacía. Su preocupación vino a que habían caminado mucho el día anterior y llevaban unas jornadas muy cansadas (entre peleas, huídas por campo y horas y horas de caminar). Lo normal sería caer comatoso sobre la cama y Antonio aún tenía tiempo para tener más pesadillas que lo desvelaban o noches en las que el insomnio le jugaba una mala pasada. No sintió inquietud al pensar que se podía haber levantado, afectado tras uno de esos horribles sueños que ni podía llegarse a imaginar y se había ido a llorar solo, como hubiese hecho antaño. Francis había comprobado con sorpresa que el español se había tomado en serio aquella promesa y supuso que debía serle de ayuda, ya que desde entonces dormía mejor. Y hablando de dormir...
La puerta de la sala se abrió. Él se encontraba sentado en un sofá de lado y apoyaba una libreta en la que garabateaba alguna imagen que le venía a la mente. Levantó la mirada y en el marco de madera vio que Antonio le observaba durante unos segundos. Finalmente se aproximó y se puso a su espalda.
- ¿Qué haces?
- Dibujo. -respondió Francis y acto seguido le mostró la libreta.
- Vaya, es bastante bueno. No me imaginaba que dibujases tan bien.
- Es un pasatiempo al que me aficioné cuando era adolescente. ¿Y a ti qué te ha pasado esta noche? Cuando me desperté ya no estabas.
- Lo normal. No podía dormir, así que al final me fui a dar una vuelta y he regresado hace unos minutos.
- ¿Estás cansado? -preguntó Francis.
- Algo así. No me dejes caer, por favor.
Entendió qué significaba eso. Llevaba cosa de dos semanas que Antonio había dado un paso más y había empezado a buscar su compañía. Al parecer le había agarrado confianza suficiente para dormir a su lado. Además, cuando lo hacía, no se despertaba y tampoco tenía sueños extraños. Con esa frase le decía que iba a dormir y que cuidara de él. Notó, al rato, que su respiración era más pesada. Le sorprendía la rapidez con la que se quedaba frito. Según los minutos pasaban, Francis sintió que el peso sobre su espalda se iba escurriendo hacia el lado en el que se encontraba el respaldo del asiento. Antonio acabó cayendo entre éste y una de sus piernas, cruzadas sobre el sofá. Le miró de soslayo. Tenía una expresión agradable cuando dormía de forma pacífica. Suspiró, resignado y con cuidado le hizo apoyar su cabeza sobre la pierna. No sería la primera vez tampoco. Continuó dibujando y como en otras ocasiones, acabó acariciando los cabellos castaños. Es que eran graciosos y se posicionaban a su antojo, como si tuviesen vida propia.
Horas más tarde, cuando ya casi empezaba a entrar la noche, Antonio se despertó. Estaba tumbado y su cabeza descansaba sobre algo no demasiado blando ni tampoco demasiado duro. Levantó la mirada y se fijó en que su "almohada" era el muslo derecho del francés, que se encontraba también tumbado, con un brazo sobre el estómago, dormitando. La curiosidad le pudo. Se sentó en el sofá y se aproximó al galo. Estaba tan callado cuando dormía... Bueno, vale, aquello era obvio. Pero se le hacía raro ya que, quisiera o no, Francis le daba conversación siempre que podía. Le dio un golpecito no muy fuerte con el dedo y se fijó en la graciosa mueca que hizo. Ladeó la mirada y se llevó una mano delante de la boca. Era bastante divertido y no quería despertarle riendo. Volvió a repetir el proceso unas cuantas veces más. La última, dio un golpecito en ambas mejillas y el aire se escapó por la boca de Francis, provocando un gracioso sonido. Ese mismo hizo que el galo se sobresaltara, pegase un brinco y mirara a los lados.
- ¿Qué ha sido eso? ¡¿Qué?!
Antonio se había apartado hasta el otro lado del sofá y ante esa frase ya no pudo aguantarlo más. Estalló en una sonora carcajada al mismo tiempo que se llevaba las manos al estómago. Dedujo Francis que el culpable de ese accidentado despertar había sido el español que no dejaba de reírse. Eso mismo era, ya de por sí, extraordinario.
- ¿Encima que te vigilo mientras duermes, te diviertes a mi costa y vas molestándome mientras yo también lo hago?
- Es que ponías unas caras muy graciosas. -dijo Antonio entre risas.
- Eso no justifica nada, hombre. -dijo haciendo ver que estaba indignado. Ya se le había pasado cualquier enfado y sentía más curiosidad por el simple hecho de que Antonio reía, durante un montón de rato seguido, tanto que sus ojos estaban acuosos y parecía que lloraría de la risa y todo. Acabó por sonreír, contagiado- Te pega más estar así.
- ¿Eh? -dijo el hispano mirándole con ligera confusión- ¿Así cómo?
- Riendo, por supuesto. Es la primera vez que te veo hacerlo de esta forma y puedo decir que te pega más que estar de mal humor todo el rato y con el ceño fruncido.
Antonio se sentía algo avergonzado pero no lo demostró. Por algún motivo, mantuvo en su rostro una sonrisa que se tornó hasta socarrona. Se levantó y se dirigió hacia la puerta.
- Muchas confianzas te tomas tú, Bonnefoy.
- Y lo dice el que se dedica a dormir contra mi espalda o en mi regazo. -dijo Francis acomodándose en el sofá y mirándole con descaro- Que sepas que eres afortunado. Normalmente, a la gente que se duerme en mi regazo le hago cosas muy sucias.
Antonio puso cara de póquer y se echó a reír de nuevo. Si es que era todo un payaso. Cuando se hubo ido, Francis apoyó la cabeza contra el respaldo y miró hacia el techo. Rió brevemente.
- Eso no era ninguna broma... -murmuró.
Atrás dejaban Barcelona después de pasar dos semanas allí. Francis no había estado muy pendiente de lo que él llamaba "temas de la guerra". Carlos había estado yendo y viniendo, averiguando lo que había ocurrido y que todo el mundo llamaba Los Sucesos de Barcelona. Había escuchado una versión reducida de boca del hermano gemelo de Antonio. En medio de una lucha los anarquistas se habían apoderado de un edificio importante y se habían atrincherado. Eso había hecho que el bando que luchaba contra los sublevados se dividiera en dos y que entre ellos mismos empezaran las hostilidades. Por suerte o desgracia, según quisiera mirarse, se había podido controlar la situación después de largos días y se había desalojado el edificio. Ellos habían llegado cuando todo había terminado. Las cosas estaban más o menos calmadas y se habían alojado en casa de unos conocidos.
Esos días, Antonio y Francis habían pasado más tiempo juntos. Se pasaban el rato tirados, sin hacer nada, vistiendo sus uniformes. El español había ido cambiando progresivamente. Pasaba menos tiempo con el ceño fruncido y a veces sonreía un poco, casi con timidez. En el fondo, Antonio estaba un poco asustado. No se había sentido cercano a nadie en mucho tiempo, ni tan siquiera a su hermano. Se había apartado del mundo y de repente Francis le estaba cambiando los esquemas. Si sonreía de aquel modo era porque no estaba seguro de si aquello estaba bien o no. ¿Se reiría si lo hacía? En cambio, el galo no había mencionado apenas aquel hecho. Sólo le había dicho, puntualmente, que le pegaba más sonreír y eso le estaba animando. Había olvidado cómo se tensaban los músculos de la cara cuando dibujaba una sonrisa, ni recordaba lo bien que se sentía al sonreír de verdad, de corazón, no aquella burda imitación que a veces había representado. Antonio estaba realmente agotado tras tanto sufrimiento. Todo este tiempo había buscado una mano que le ayudase a ir saliendo. Carlos lo intentaba pero la manera no era del todo la correcta. Le tendía la mano y cuando parecía que le iba a sacar, le hundía de nuevo en esos recuerdos que no deseaba rememorar. Sabía que no lo hacía a propósito, pero ese comportamiento había logrado que se apartara. Francis, por otro lado, no le preguntaba y si lo hacía y no obtenía respuesta, no insistía una y otra vez. Y quizás por esto mismo, Antonio había sentido que era alguien en quien merecía la pena confiar. Le había contado alguna historia de cuando era pequeño, por el simple hecho de complementar una historia contada por Francis. El galo no había podido sentirse más sorprendido al comprobar que hablaba de sí mismo. Mientras escuchaba, empezó a preguntarse qué era lo que debía de estar sintiendo mientras contaba esa historia de cuando era pequeño en la que aparecían sus padres.
Aquello les había servido para acabar de establecer una amistad. Aunque era el galo el único que lo admitía. Antonio se limitaba a mantener el silencio y evitar responder.
Era de noche y ambos estaban echados en un saco de dormir. El español observaba atentamente a Francis, que miraba al cielo antes de empezar su historia. No recordaba bien por dónde se había quedado la última vez.
- Ni idea, no me acuerdo. -dijo con cara de póquer. Antonio hizo un mohín ante esa declaración. Era fascinante lo expresivo que se había vuelto con el paso de las semanas.
- Pero si estuvimos hablando ayer. ¿Cómo es posible que no te acuerdes? Me contabas lo de las novias que habías tenido y de cómo te las camelabas con regalos que tus padres pagaban porque te daban todo.
- Bueno, ya te lo dije una vez. -se encogió de hombros- Soy un superficial.
- No lo pareces. -dijo Antonio arqueando una ceja.
- Vaya, eso me halaga. Aunque tampoco hubiese dicho de ti que pudieses estar así y mírate: puedes poner más caras que ese ceño fruncido. Es bastante agradable.
- No sé si pegarte o tomármelo como un cumplido... -dijo el español sonriendo forzadamente.
- Era un cumplido~ ¿Por qué tienes que pensar siempre en la peor opción? Soy superficial, menos que cuando era joven, pero lo sigo siendo. -se fijó en la cara de Antonio, claramente confundido. Se rió un poco. En serio, adoraba sus muchas expresiones, eran graciosas- Está bien... Me explicaré. Como siempre había tenido lo que quería, pensaba que también podía tener a quien quisiera. Claro, a las mujeres no les gusta eso de que se les acerque un tipo y les diga: a partir de ahora eres mía, vamos a acostarnos. Y más si les miras de una forma en la que queda bien patente lo poco que te importan. Salí con una chica cuando era adolescente. Aunque cuando le dije eso la primera vez, me pegó un buen tortazo. Hasta se me saltaron las lágrimas.
- Estabas muy malcriado, ¿no? -dijo el hispano cruzando los brazos sobre la cama mientras estaba echado bocabajo. A continuación apoyó su mentón sobre éstos.
- Bueno, lo que me habían enseñado: nada. Ella me enseñó a querer. Pero luego la cosa cambió. Ella tenía muchas ganas de recorrer Francia, yo no quería irme de mi amada París... Y ante la idea de dejar atrás mis pertenencias y la facilidad con la que vivía, la dejé ir. Fui superficial y abandoné el amor por lo tangible. Eso, sin embargo, me hizo ser más fuerte a la hora de conquistar a quien fuera. Me volví ambicioso y empecé a engatusar a toda persona que me llamaba la atención. No he tenido ninguna historia romántica profunda. Bueno, Amanda me gustaba. Pero ya lo viste, era todo una mentira. Supongo que el destino me ha castigado por todo lo que hice pasar a esa gente.
- Tuviste mala suerte, eso es todo. No voy a justificar el que jugases con los sentimientos de todas esas personas, eso no me parece bien. Pero tampoco puedo decir que seas un monstruo o que te merecieses lo de esa mujer. Mira, en todo caso el más raro de los dos soy yo. Sólo he estado enamorado una vez. El resto ha sido ligues esporádicos. Y después de lo de Andrea, aún menos.
Se hizo un silencio absoluto. Francis le había mirado sorprendido. Era la primera vez que Antonio le mencionaba a Andrea. No esperaba que lo fuese a hacer nunca y su gesto de estupefacción no pudo ser disimulado. Pero el hispano no se había dado cuenta ya que estaba demasiado sumido en su propia sorpresa. Se le había escapado. No había sido consciente hasta que había escuchado sus propias palabras.
- ¿Quién es Andrea? -preguntó Francis ya recuperando su semblante normal.
- Nadie. -se apresuró a responder Antonio. Ya se notaba afectado. Su sonrisa se había desvanecido y sus labios estaban fruncidos en una mueca de disgusto. Seguramente era el reflejo de la frustración que sentía al ver que había hablado de más.
- Qué injusticia... Yo te he contado eso y es muy personal. Sólo te he hecho una preguntita y me contestas con evasivas.
Presionó un poco aunque no era su estilo. Tenía que intentarlo. Últimamente se tenían confianza. Si veía que se enfadaba mucho, le pediría perdón y dejaría de insistir. Antonio suspiró pesadamente.
- Está bien. Pero sólo te voy a contestar a eso. No quiero que me preguntes nada más.
- ¡Vale! -dijo Francis emocionado. No podía creerlo. Le iba a contestar. ¡Le iba a decir quién era Andrea! Menudos logros, en serio- Prometo no preguntar nada más.
Los labios de Antonio se entreabrieron y dejó escapar un suspiro. Sus ojos se apartaron del francés y las manos se aferraron con más fuerza al saco de dormir. Francis se arrepintió por un momento de haberle preguntado.
- Andrea era mi hermana.
El corazón de Antonio latía violentamente contra su pecho. Esperaba que ocurriera lo que en realidad no deseaba que pasara. El rubio escucharía el "era" y le preguntaría por qué hablaba en pasado. Entonces él tendría que decirle que no quería profundizar en el tema y quizás Francis se enfadaría con él y Antonio no podría disculparse porque él se sentiría molesto y herido por sus propios recuerdos.
Entonces sintió una mano revolverle los cabellos. Era una costumbre que Francis había cogido y que, aunque al principio le había incomodado, ahora cada vez le resultaba menos molesta. Era algo típico, una situación casi hasta familiar la manera en que la palma de la mano se ponía sobre su cabeza y los dedos se movían y removían sus cabellos. Levantó la mirada tímidamente y se encontró con los ojos azules del francés. Le sonrió de una manera cariñosa, como el que mira a su hermano pequeño.
- Gracias, Antonio. -le dijo con un tono de voz suave y amistoso.
- ¿Gracias por qué? -inquirió el hispano en apenas un hilito de voz. No comprendía el comportamiento del galo pero le hacía sentirse bien muchas veces.
- Por responder a mi pregunta. Se nota que no te gusta hablar de esto y aún así te has esforzado por contestarme. Por eso te doy las gracias, por confiar en mí.
- No hay de qué. -dijo aún más cohibido.
En ese momento, el hispano se percató de algo: Francis se había vuelto una parte indispensable en su vida. Era un amigo, ciertamente, uno de los mejores que había tenido nunca. Confiaba en él muchísimo. Sabía que si volvía a estar más o menos estable era gracias a él. Se le dibujó una sonrisa sincera, agradable, sin pensar en qué podría pensar si lo hacía.
- Parece ser que, después de todo, sí que somos amigos. -confesó.
- ¿Lo ves? -dijo sonriendo triunfalmente- Te lo llevo diciendo un montón de tiempo.
- Está bien, gabacho. Esta es tu victoria. -se rió brevemente- ¡Ahora a dormir!
- Podrías al menos dejar de llamarme gabacho... -dijo con expresión resignada.
- Buenas noches, Francis.
El rubio dibujó una sonrisa de oreja a oreja mientras cerraba los ojos. Aquel cambio en sus vidas era agradable.
- Buenas noches, Antonio.
Las semanas de tranquilidad le habían jugado una mala pasada a Francis. Sumido en un día a día tranquilo, había olvidado el horror de la guerra. Eso duró hasta que empezaron a llegar a Huesca. La ciudad, situada cerca de Zaragoza, se encontraba en poder de los sublevados desde que el alzamiento se había trasladado del mismo modo a la península. El ejército republicano deseaba recuperar ese territorio por unos cuantos motivos que Carlos les había explicado en detalle. La versión resumida del asunto era que querían rebajar la presión. El norte estaba muy asediado por las tropas nacionales y se temía que cayera en cualquier momento. Por eso, si recuperaban Huesca, quizás serían capaces de relajar la presión y lograr que parte de los efectivos al norte se retiraran.
Todo había parecido fácil de lejos. Sin embargo, cuando estuvieron lo suficientemente cerca como para intercambiar los primeros tiros, aquello se convirtió en un infierno. Francis se vio abrumado por todo aquello que su mente había puesto en un segundo plano. El problema de esa reacción era que sus reflejos estaban lentos y un tiro le había pasado silbando a pocos centímetros de su cabeza. Se quemó la mejilla derecha y poco más. Entonces Antonio se acercó, apoyando hombro contra hombro para apuntar en direcciones contrarias y le dedicó unas hermosas palabras.
- ¡Hostia puta, Francis! ¡O despiertas y luchas como toca, o te dispararé yo mismo y terminaré tu miseria! ¡Sé que eres capaz de más!
- Merde, Antonio! ¡Cómo no dejes de echarme bronca, quizás el que te dispare sea yo!
Aquel escenario de caos empezó a serle desfavorable. Los hombres, aún heridos, seguían luchando ya que la otra opción era morir. Las oleadas de polvo, seco ya que se encontraban a principios de verano, se les metía en los ojos y les molestaba. El ruido de las balas rompía la quietud de las afueras de Huesca y ellos no cedían en su empeño. Seguían vaciando las armas, cartucho tras cartucho.
Francis empezaba a estar agotado. Su rostro estaba manchado de tierra, sudor y algo de sangre. Había tenido que ir a dejar a David hacia atrás, en la retaguardia, gravemente herido. Miró a su derecha cuando escuchó la tierra levantarse, por culpa de un disparo. Apuntó y descargó otra bala. Entonces algo lo abatió desde la izquierda. Una vez cayó al suelo, sintió el abrasador dolor de un disparo contra su brazo que, aunque no fue directo, le pasó rozando. Gritó y se llevó la otra mano para detener la hemorragia. Escuchó a un hombre reírse. Abrió los ojos, temblorosos, y vio a un varón de unos treinta años, pelo corto y negro. Su uniforme era italiano y se reía, burlándose de él. Con el pie barrió la pistola de Francis lejos de él y se apartó unos pasos. Después empezó a hablarle en inglés.
- Estúpido francés rojo... No sé qué pretendías viniendo aquí, pero ahora ya es tarde para ti.
Antonio perdió la concentración cuando escuchó a una voz familiar gritar. No se trataba de Carlos, no. Él no había acudido a esa batalla, los dirigía a todos desde la retaguardia, aunque no muy contento por ello. No era su hermano, era Francis. Francis en el suelo, herido, y un italiano delante de él riéndose, dejándole indefenso. Ese mismo italiano le apuntaba de repente con una pistola. Levantó la propia y apretó el gatillo. Nada, no tenía balas. No pudo pensar.
- ¡Francis! -gritó mientras echaba a correr.
El tiempo parecía que iba lento a más no poder. Dejó de escuchar todo a su alrededor. Lo único que oía eran sus latidos tronando en sus tímpanos. Bum-bum... Una y otra vez. También su respiración desbocada, sus labios que, entreabiertos, murmuraban un frenético y constante: "No". Francis miraba con temor a ese italiano, pero eso no fue nada comparado con el que sintió cuando de repente alguien se interpuso entre ellos y comprobó que ese alguien era Antonio.
Se escucharon dos tiros. El primero vino de lo lejos, golpeó en la pistola del italiano y desvió el arma antes de que descargara el tiro, que impactó en el suelo. El soldado italiano se quedó desconcertado y en vista de que los refuerzos de esos dos tipos se aproximaban, salió corriendo y huyó.
Francis temblaba mientras seguía viendo la espalda de Antonio, con los brazos extendidos, con gesto desencajado. Se había interpuesto entre ambos, dispuesto a llevarse él un tiro que no le estaba destinado. De repente lo agarró, hizo que se girara y lo zarandeó con violencia.
- ¿¡Se puede saber qué demonios es lo que pretendías haciendo eso!? ¡Podrías haber muerto! ¡¿Por qué cojones creías que podías hacer esto?! ¡No te lo había pedido! ¡No lo quería! ¡¿Qué hubiese pasado si tú...?! ¿¡Es que eres tan idiota!?
Antonio se apartó empujándole con fuerza y se llevó las manos a la cara. Su gesto era uno lleno de cosas negativas: frustración, ira, horror, pena... Lágrimas asomaban por la comisura de los ojos. Aquello hizo que el enfado de Francis se calmara casi por completo.
- ¿Q-qué he hecho...? Yo... ¡No debería haber hecho esto! ¡Quería salvarte pero esta no era la manera! Lo siento. Dios... -pegó un golpe contra su propia cadera- Lo siento tantísimo... N-no quería... Lo siento...
- ¡Hay que marcharse de aquí! -gritó Eusebio al llegar junto a ellos- ¿Estáis bien?
Francis miró a Antonio con semblante serio. No lo sabía. ¿Estaba el español bien? Desde que había empezado a llorar que no dejaba de disculparse una y otra vez. Miraba al suelo aunque no lo veía realmente y de vez en cuando descargaba algún golpe contra su propio muslo.
- No lo sé... -murmuró Francis finalmente.
Agarró el brazo de Antonio a la altura del codo y tiró de él. Seguía sin reaccionar. No se calmó hasta que llegaron a la retaguardia. Tenía un rastro de piel limpia en sus mejillas, por donde las lágrimas habían resbalado. Los ojos estaban ligeramente rojos y seguía teniendo la mirada perdida. No hablaba, no pronunciaba ni un solo ruido. Deducía que respiraba porque aparentemente estaba vivo. Al regresar a su escondite, encontraron un cuerpo cubierto con una manta. Carlos, afligido, miraba la tela.
- ¿Quién...? -no sabía. Había cuantiosos heridos y no sabía quién había sido el desafortunado.
- David. La herida era muy grave y no hemos podido hacer nada por él.
El galo bajó la vista, apenado. Aquella había sido una de las peores batallas, sólo superada por esa en la que perdió a todos sus compañeros. Sintió un leve escalofrío al recordar a Antonio interponiéndose entre él y su atacante. Ladeó la vista para comprobar cómo estaba él y de nuevo nada. No parecía afectado por la muerte de David. Seguía ausente, sumido en sus pensamientos, infranqueables tras el muro que era su cuerpo.
No se marchó cuando Matías empezó a curarle la herida. Miraba a las telas y luego a él, con algo similar a la culpabilidad. Francis empezó a estar atacado de los nervios.
- No hace falta que me mires así, la herida no me la has hecho tú. -dijo con un tono un poco brusco.
Eso hizo que el hispano desviara la vista hacia su derecha. Aún así no se fue. Permaneció allí, en una silla, mirando otra vez ido al suelo. Cuando terminó de vendarle el brazo, Matías se marchó y les dejó a solas.
- Eh. -llamó Francis. Antonio levantó la mirada, interrogante. Le hizo un gesto con la mano para que se acercara. El de ojos verdes parecía indeciso- Ven.
El hispano se levantó y se sentó a su lado en la camilla. De repente le llovió un capón. Ni se quejó, sólo se llevó las manos a la cabeza y frunció ligeramente el ceño.
- No me asustes de ese modo, maldita sea... -dijo en tono suave pero con reproche- Suficientemente asustado estaba como para que encima vinieras a hacer tonterías...
No contestó. Francis miró al frente y sin esperanza de escuchar una sola palabra de él.
- ¿Puedo contarte algo? Pero... No lo comentes. Con que lo escuches me vale.
- Claro que puedes. -dijo curiosamente, mirándole de soslayo. Luego devolvió la vista al frente- No diré nada, ni preguntaré.
Se hizo un silencio muy largo, tanto que Francis empezó a pensar que Antonio al final había decidido no explicar lo que fuese que tuviese intención de decir. No le importaba que no se lo contara. Eso no quería decir que no le importara, pero Francis había aprendido a tomárselo con filosofía. No quería decir que no confiara en él, sabía que no era eso, se lo había demostrado.
- La herida de mi cadera y la herida de mi hermano nos la hizo mi padre.
Era un inicio repentino y demoledor. No tuvo ni que fingir la sorpresa con la que le miró. Si Francis esperaba historias, definitivamente aquella no era una. Le daba miedo hasta parpadear. ¿Qué ocurriría si lo hacía y paraba? Que Antonio estuviese hablándole de ese tema era algo que ni él ni Carlos hubieran imaginado que pasaría. Devolvió la vista al frente y siguió en ese silencio que había prometido.
- Entonces se había producido el levantamiento hacía poco. La gente temía que se propagaría por todas partes y mi hermano y yo hablábamos bastante, a solas con Andrea, de defender la República y de impedir que los sublevados se saliesen con la suya. Nosotros sabíamos que a nuestro padre la República no le gustaba, aunque lo simulara de cara a la calle. Yo ese día había salido a comprar con mi hermana. Cuando volvimos, mi padre estaba a mitad del camino del jardín. Le saludamos como si nada y él me dijo que quería hablar conmigo de un tema. A Andrea le dijo que esperara en casa. Ella siguió hasta que nos oyó empezar a discutir...
En este punto de la historia, su tono de voz sonaba atormentado. Ahora venía la parte fea, esa que desearía que no hubiese ocurrido. Escuchó que Antonio suspiraba y notó un peso echarse sobre su espalda. El hispano necesitaba apoyo en ese momento. Era difícil revivir ese momento de este modo. Aunque lo hiciera en pesadillas, no era lo mismo. Esta vez tenía audiencia y una de las cosas que temía era que él le juzgase.
- No recuerdo bien el contenido de la pelea. Sé que me dijo que no permitiría que peleara por la República. Yo le dije que no podía impedirlo. Es curioso... Cuando era un crío, éramos inseparables, pero después siempre peleábamos. No me gustaba lo que le hacía a mi madre. No lo toleraba. Entonces parecía que la cosa se calmaba de repente. Mi padre se vino hacia mí y yo pensé que iba a abrazarme, así que no estaba preparado. En ese momento sentí un fuerte dolor en la cintura. Me fui unos pasos hacia atrás y vi el arma y después la sangre. Me abatió de una patada contra el suelo tras decir que no lo permitiría. Escuché a Andrea pelear con él. Le decía que si se había vuelto loco. Mi padre le instaba a que se apartara. La empujó bruscamente y estaba a un par de pasos de mí... M-me miraba... Aún creo que no sé lo que sentí.
Sintió un ligero temblor y supo que Antonio lloraba. Tuvo que reprimir el deseo de girarse y darle un abrazo. Tenía que terminar, debía librarse de eso. Contarlo no le haría sanar pero al menos le quitaría un peso de encima. El hispano se llevó una mano al rostro y se secó las lágrimas. Debía ser fuerte.
- Entonces mi hermana se metió en medio. Fue tan rápido que tanto mi padre como yo nos sobresaltamos. Lo malo es que él iba armado y su acto reflejo fue dar una puñalada que le atravesó el pecho y le dio en el corazón. Creo recordar que ni gritó. Algún jadeo ahogado. Y luego también recuerdo a mi padre... Mi padre diciendo que ella era a la única que no deseaba matar. Aún así la echó a un lado y se agachó a por mí. Grité... Llamaba a mi hermana. Creo que también lloraba. Y volvió a apuñalarme, con todas sus fuerzas. Rajó bien, para que me desangrara. Perdí las ganas hasta de resistirme. No sabía si Carlos había corrido la misma suerte. Sólo sentía que la sangre brotaba y todo se volvió negro. Matías nos encontró, le debo la vida.
Volvió el silencio. Antonio suspiró un par de veces, tratando de calmarse. Curiosamente, ahora se sentía mejor: triste pero más calmado.
- No fue tu culpa. -dijo de repente Francis- Sé que debes sentirte culpable por lo que le ocurrió a tu hermana, pero ella seguro que no querría veros tal y como estáis. Es duro, pero no debes sentirte el responsable. Fue un accidente y si hay un culpable ese es tu padre.
Otro silencio que duró minutos en el que ambos estuvieron quietos.
- Lo siento. No debería haberme interpuesto. Por descontado que quería ir a ayudarte. Sin embargo, esa no era la manera. Si me hubiese muerto, te hubiese hecho pasar por algo similar a lo que yo estoy pasando. No puedo soportar esa idea. Cuando me di cuenta, me acordé de ella y me horroricé al pensar en cómo había actuado. Pero no podía dejar que nadie más muriese delante de mí...
Francis ya no pudo aguantar. Ese hombre que tenía ahí, a su lado, había aguantado todo aquello durante mucho tiempo. No entendía cómo lo hacía. Seguramente, si algo así le hubiese pasado a Francis, no podría pasar tanto tiempo viviendo con mal humor diario y pesadillas por la noche. Seguramente sería un manojo de nervios que hubiese terminado por perder la chaveta. Se giró y le dio un abrazo. Antonio abrió los ojos con sorpresa durante un par de segundos. Luego bajó la mirada y sus manos subieron hasta agarrarse a su ropa.
Aunque estaba bastante horrorizado ante un nuevo descubrimiento, no se apartó. Se dejó envolver por esa calidez y la sensación de bienestar que le propiciaba. ¿Qué iba a hacer ahora que sabía, con certeza, que lo que sentía por Francis iba más allá de una simple amistad?
ovo... Don't kill me please. XDDDD
Bueno, feliz reyes y todas esas cosas XD La verdad es que como ya estoy trabajando ni me acuerdo de esa festividad xD Aunque sí que os puedo felicitar el año ovo Feliz año nuevo~
Pueees sí, Antonio ha descubierto que le gusta François~ xDDDDD Y ya por fin le ha contado la historia de su hermana =u=Sobre David... si habéis leído el fanfic de Mi Odiado Vecino entenderéis la referencia 8D Tenía que hacerle pagar! xDDDDD No sé qué más comentar del capítulo realmente... Así que sigo a los reviews o3o
Nanda18, siiii lo he vistooo dasdkfads lo he visto mucho y me mata su cara es monosa y dios santo está tan tan tan guapoooo *delira * ok ù.ú *se pone seria para los comentarios* Antonio tiene problemitas pero poco a poco se le irán pasando. Se le irá un poco el trauma uvu Bueno es que no puedo imaginar una relación entre los hermanos 100% cordial. El puteo debe existir XD Aw, espero que el miedo a dormir se te haya pasado ó.o Feliz año a ti también ovo (de momento voy escribiendo xD)
Izumi G, No va a estar mal eternamente la relación u.ú Los dos tienen problemas y heridas y entonces es difícil que se puedan ayudar por completo. Por suerte Francis media un poco en todo esto y lo está suavizando por ambas partes. Necesitan ayuda lo que pasa es que son muy torpes para pedirla.
Misao Kurosaki, awn, siempre me gusta ver que pueda alegrarte el inicio de semana algo que haya escrito ovo. Awww bueno al menos Santa te trajo un ticket de cambio xDDDD Es algo. Feliz año nuevo a ti también y todos mis mejores deseos para ti :) Explotaste con ese fin? Ay pues no me quiero imaginar cómo te vas a quedar con este ovo''' Perdón? Bueno intentaba asustar un poco con el título xD lo hice con la intención. Si ponía algo que no diera la impresión de que se iba, no daría estrés XDD. Muchos saludos~ ovo
Guest, bueno habrá porque para eso son hermanos y tal. Pero que no te extrañe que la relación se centre en Francis y Antonio porque es el tema principal del fic xD
Y eso es todo por esta vez,
Un saludo~
Miruru.
