A/N: Death Note no es de mi propiedad. ¿Pensaron que sí? Pues no, no lo es. No lo había comentado antes, pero tengo un problema leve de dislexia, por lo que aunque he revisado este y los otros capítulos, puede haber algunos errores que parecen de dedo. Lo siento. Acepto quejas y sugerencias. Por cierto, que el cabello castaño está más que justificado gracias al anime. Ya verán de qué hablo. Por cierto... ¿las A/N están bien aquí, o mejor al final? O.o
¡Gracias Sta Fantasia por los reviews! ¡También a sayuri uchicha! (no sé por qué tengo problemas con los docs en el sitio, de ahí el agradecimiento partido). Último edit: corrección de un error garrafal. Disculpas totales. xD
Raito caminaba por la calle con su carrito de las compras. Dado que no tenía un vehículo, había comprado el artilugio para no hacer el ridículo tirando sus bolsas de la compra por llevarlas en las manos. Pese a que avanzaba a pasos decididos, temía ligeramente lo que ocurriría al cruzar la puerta de su casa.
Ryuk había sido medianamente útil. El chico le había preguntado generalidades sobre las reglas a las que se atienen los Shinigami y había obtenido información general en torno al uso de las Death Note. Ahora conocía algunas de las normas básicas sobre la libreta que Ryuk custodiaba y que, a ojos del shinigami, no le servirían de nada porque no volvería a tener semejante objeto mortal en sus manos. No obstante, su suerte acabó cuando trató de sobornarlo con manzanas para saber qué pasaría con los sueños y con la voz que lo defendía ahora que ya había encontrado a una persona con la que debería enmendarse. El shinigami se había reído muchísimo de él.
— No puedo decirte nada, Raito. Son las reglas… Aunque lo supiera no te lo diría, pues sólo soy un observador. Puedo considerar el mencionarte algo de interés más adelante, pero dependerá del caso y de si el Viejo lo tiene permitido. Ahora dime: ¿cómo esperas que L te ayude si no le explicas de qué se trata todo esto? ¿Temes que te tome por loco? Cualquier humano lo haría, hyuk hyuk.
— Ryuuzaki no es cualquier humano, Ryuk, ambos lo sabemos. Dejé la libreta en el escondite habitual porque quiero ponerlo a prueba. Si es tan listo y paranoico como parece, es sólo cuestión de tiempo para que la encuentre. Si es capaz de atar cabos en una historia tan inusual, tendré la prueba concreta de que su intuición será invaluable para ayudarme. Además…
Raito no terminó de expresar su idea, pero tenía un nudo en el estómago que se intensificaba con cada paso que daba en dirección a su casa. Si había permeado en la personalidad de Ryuuzaki lo suficientemente bien, estaba seguro de que ya había encontrado la libreta y descifrado su contenido. No era algo tan complicado. Como ya tenía conocimiento sobre su familia, probablemente ya había determinado a quiénes se refería en las notas, pero Raito veía improbable que Ryuuzaki hubiera sido capaz de esclarecer por qué se limitaban a ser una inicial, pues no había dado mayores indicios de ello.
Su madre y su hermano estaban ahí, orbitando como personajes secundarios en la trama de su vida. Había un nexo sanguíneo y social que los conectaba permanentemente… Pero al mismo tiempo, estaban completamente alejados de él. ¿Por qué gastaría tinta adicional en escribir sus nombres o referirlos como madre y hermano si no se comportaban como tales? Fumiko parecía una adolescente más que él mismo, y Teru era tan cálido y solidario como un muro gris. Era invertir demasiado esfuerzo físico en letras que, al final, no tenían tanta importancia para los propósitos de su cuaderno. El objetivo desde que puso la primera letra en el papel era tener una bitácora que le permitiera monitorear su situación y encontrar elementos que le ayudaran a sobrellevar las circunstancias. No era un diario íntimo ni un recuento sentimental. Por lo tanto, los nombres eran innecesarios.
Había escondido a Ryuk por razones menos prácticas y más de estilo: le había parecido que hacía juego con las iniciales de sus familiares. Además, era necesario guardar registro de su presencia, pero no de explicar completamente su identidad. Después de todo, se suponía que el registro iba a ser sólo para sus ojos. No hay tal cosa como demasiada cautela.
No obstante…
Había escrito el nombre de Ryuuzaki.
Al principio había sido algo obvio. Durante la madrugada había decidido que lo mejor para su caso era dejar que Ryuuzaki indagara por cuenta propia y sacara sus propias conclusiones. Era infinitamente más sencillo que explicarle directamente. ¿Quién en su sano juicio le diría a nadie "estoy tratando de resarcir mi karma porque en una vida pasada fui un asesino serial"? No, no, no. Él ya no era esa persona y si había tomado el nombre era sólo para recordarse que no podía escapar a las consecuencias de sus acciones, ya fueran de éste u otro plano de la existencia. Le repugnaba el daño que había causado, sobre todo porque ya lo había experimentado en carne propia cientos de veces y su asco de sí mismo había llegado al punto de omitir completamente el hecho principal en toda su bitácora: que había matado a muchas personas por razones que todavía no conocía. Para Raito revelar directamente tal información era impensable. Lo más cómodo era permitir que Ryuuzaki atara cabos y actuar con base en la información que el chico pudiera deducir. Ni más, ni menos.
Si ya estaba claro que el apunte estaría en manos del pálido muchacho, ¿por qué ocultar su nombre? Sería completamente estúpido usar una inicial o un seudónimo para hablar de la única persona que había dormido en su casa la noche anterior. No era lógico ocultarle a Ryuuzaki su propia presencia cuando era algo más que evidente y de conocimiento mutuo. De ahí que hubiera decidido anotarlo sin tapujos. Aunque…
Se había sobrepasado. Por mucho. No sólo había escrito que temía por el bienestar de Ryuuzaki mientras dormía, sino que también había anotado que quizás su propia rareza lo convertía en la persona más indicada para salvarlo de las pesadillas. No se había detenido ahí. Escribió sobre el escalofrío que lo invadió al tocar su mano por única vez y cómo el universo pareció difuminarse en cuanto escuchó su voz fuera de los sueños. Anotó que si hubiera tenido oportunidad, habría llorado de alegría expresando el alivio que surgía de su interior al darse cuenta de que la voz era real y su portador estaba ahí, junto a él, como si se tratase de un enviado del destino. Escribió que no podía sentirse más intrigado por este ser que escapaba a convencionalismos y que apenas podía esperar a ver que sus ojos volvieran a brillar con esa lucidez en cuanto despertase para descubrir qué sorpresas le tendría aguardadas.
Poseído por un fervor que jamás había experimentado, Raito había anotado ideas que no habría creído posible que emanaran de su cabeza. Cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde. Si arrancaba la hoja, tendría que reescribir varias notas de la página previa, por lo que tendría que utilizar corrector y…
— ¡Satoshi, ya estoy en casa! ¡Sé cuánto extrañaste a mamá y por eso te traje cupcakes! ¿No es fantástico?
Fumiko no podía haber llegado en un momento más inoportuno. Sus pasos se acercaban peligrosamente al pasillo. No había tiempo que perder. Casi despedazó la hoja tachando por ambos lados sus palabras inverosímiles — "¿En qué diantres estaba pensando? ¿Por qué escribí estas tonterías?", pensaba mientras tanto — y se apresuró a dejar la libreta en su sitio. Una vez que cerró el cajón con el fondo falso, se apresuró a salir del cuarto antes de que su madre se acercara a la puerta.
Una mano sudorosa se resbalaba en el picaporte al tratar abrir la puerta. "Contrólate, quizás no la encontró hoy", se repetía Raito mientras limpiaba su mano contra el pantalón. Estaba por volver a intentar cuando la puerta se abrió repentinamente.
— Bienvenido, Raito-kun. ¿Tus compras fueron satisfactorias?
Ryuuzaki estaba de pie frente a él, mordiendo levemente su pulgar. Su expresión neutral era la misma de siempre, pero Raito ya había aprendido que no podía confiarse enteramente del lenguaje no verbal del chico.
— Sí, creo que te gustará lo que traje, — entró y comenzó a sacar las bolsas de su carrito — ¿cómo supiste que estaba en la puerta?
— Había un 75% de probabilidades de que llegarías en el plazo exacto que mencionaste antes de partir… y el pomo de tu puerta es un poco ruidoso cuando no puedes abrirlo. Alguien tan experimentado en su propio hogar no tendría problemas para girar un picaporte, a menos que tus manos estuvieran ocupadas o muy sudadas. Estás nervioso porque te preocupa lo que haya encontrado dentro de tu cuarto, ¿cierto?
Raito se congeló al escuchar a Ryuuzaki. Sí, era casi seguro que Ryuuzaki ya hubiera encontrado y diseccionado su cuaderno. Él ya había contemplado esa posibilidad desde el momento que salió de casa, de hecho lo esperaba. Pero ni siquiera su predisposición racional lo hacía sentirse preparado emocionalmente para esa conversación. ¿Qué tal si Ryuuzaki creía que estaba loco, como habían hecho sus compañeros? ¿O si pensaba que todo era un juego absurdo? O peor… podría darse el escenario en el que Ryuuzaki hubiera deducido la razón de sus pesadillas.
— ¿Puedes ayudarme a acomodar las compras? Podemos hablar de… lo que quieras más tarde. ¿Por qué no vamos a Shinjuku? Hay un evento en un café de allá al que estoy invitado y no quisiera faltar. Podrás comer todo el pastel que quieras…
Ryuuzaki se sorprendió por la reticencia del adolescente. En el breve tiempo de haberse conocido había encontrado que ambos tenían algo en común: no les gustaba expresarse sobre sí mismos. Cuestiones factuales tal vez, pero ninguno de los dos abriría una conversación expresando sus propios sentimientos, emociones o temores. Por tanto, había comprendido la señal que Raito había enviado esta mañana: el estudiante esperaba que él encontrara el cuaderno y que supiera por cuenta propia lo que lo había llevado a una situación tan… peculiar. No obstante, sin importan cuán racional fuera el chico, sus emociones seguirían ahí y en esta ocasión parecía que el asunto lo sobrepasaba al punto de no poder actuar con indiferencia. A diferencia de Ryuuzaki, le faltaba experiencia para esconderse bajo una fachada de neutralidad. No era conveniente presionar sobre el tema… no inmediatamente.
— De acuerdo, Raito-kun — la cara de Ryuuzaki se iluminó por un instante mientras desempacaba, pero rápidamente volvió a su expresión neutral — Veo que trajiste fresas. Muy considerado de tu parte.
— Estaban en oferta — Raito se apresuró a responder mientras un shinigami se reía a sus espaldas.
— ¿Qué no avanzaste cuatro calles más de lo necesario sólo para comprar esas fresas? ¡Así que eran para L, hyuk hyuk!
Raito se crispó levemente ante el comentario de Ryuk sin percatarse de que su reacción no fue tan sutil como había creído. Ese shinigami lo sacaría de quicio si seguía con esos comentarios.
— ¿Qué fue eso, Raito-kun?
— ¿Qué fue qué, Ryuuzaki? — Raito rogaba en su mente que Ryuuzaki no pudiera ver al shinigami.
— Lo que te hizo estremecer ligeramente de coraje, Raito-kun. ¿Estás bien?
— Estoy bien, sólo fue un calambre. No importa.
Un calambre, claro. Ryuuzaki no pudo resistirse a confrontar al estudiante.
— ¿Sabes algo, Raito-kun? No deberías enojarte si la voz que te protege está interrumpiéndote en un momento tan mundano como este…
¡Bum!
Las manzanas que Raito estaba colocando se escaparon de sus manos y rodaban por el piso. Por mucho que se hubiera preparado mentalmente, no estaba listo para escuchar cuáles habían sido los hallazgos de Ryuuzaki. Por lo menos había utilizado su franqueza eficientemente: con una sola oración le hizo saber que ya había encontrado y leído su diario. No supo cómo responder, así que se limitó a agacharse para recoger las frutas.
Ryuk no podía sino reírse estrepitosamente. La única vez que había visto a Raito fuera de su zona de confort había sido hace mucho tiempo, cuando volvía de la ceremonia de ingreso a la universidad. Parecía que L estaba destinado a atrapar a Raito cada vez sin importar las circunstancias.
— Despreocúpate, Raito-kun. No quiero generarte ansiedad — dijo Ryuuzaki mientras le ayudaba a recoger las manzanas. — Dije que trabajaría contigo y lo haré, pues te di mi palabra. No obstante, tenemos que compartir información para tener el mismo panorama y que lleguemos a algo concreto, por lo que tendrás que responder mis dudas. Por hoy sólo tengo una y no volveré a tocar el tema a menos que tú lo hagas, ¿te parece razonable?
Una pregunta. Sólo una y Raito podría olvidarse de dar más información a Ryuuzaki por el momento. Era una opción tentadora, pero… ¿Qué podría preguntarle? Si Ryuuzaki se conformaba con una sola pregunta y se comportaba con tacto ante su evidente ansiedad, seguramente era un tiro de gracia presentado de tal forma que generara confianza. ¿Valdría la pena el riesgo?
Pero si no accedía a esa única pregunta, Ryuuzaki no le daría descanso y seguramente lo interrogaría hasta el cansancio. Desconfiaría de él y de sus intenciones, lo que generaría fricción entre ellos. O peor aún, lo abandonaría. No podía dejar que Ryuuzaki se marchara, eso estaba fuera de discusión. Entonces…
— Está bien. ¿Qué es?
Ryuuzaki quitó la manzana que Raito tenía en sus manos y lo tomó de la mano para levantarse mutuamente. En cuanto estuvieron parados frente a frente, soltó la mano sudada y emitió la temida pregunta.
— ¿Cuánto tiempo tomaste lecciones de ballet?
…
— E-es-estuve dos meses. Tenía 14 años. Dicen que un bailarín debe empezar a practicar desde la infancia y… tienen razón. — La pregunta no había sido lo que esperaba, pero eso no había evitado que Raito se pusiera rojo como un tomate. Sus intentos por incursionar en el ballet habían sido un fracaso rotundo, probablemente el único en el recuento de sus actividades extracurriculares.
— Oh, lamento escuchar eso. Bien, ¿cuál es el evento al que iremos más tarde?
Raito no podía sino agradecer mentalmente por su buena suerte… o por la misericordia de su huésped, mejor dicho. Una situación que lo tuviera acorralado de forma tan evidente era algo que no podía repetirse de nuevo, por lo que la prioridad de la tarde era prepararse psicológicamente para enfrentar las preguntas que Ryuuzaki no había formulado hoy. No obstante, la invitación a Shinjuku no podía declinarse: unas compañeras de la escuela lo habían invitado y era una excelente oportunidad para reivindicarse como el estudiante modelo, el chico perfecto que siempre había sido.
El 8bit café era uno de esos sitios dedicados a explotar el lado nostálgico de los amantes de los videojuegos. Pese a ser un local pequeño en comparación a otros lugares populares de la zona, tenía suficiente espacio para que los clientes dispusieran de las consolas de 8 y 16 bits disponibles con comodidad. Había muchas vitrinas atestadas de objetos alusivos al mundo de los videojuegos: figuras, tarjetas, consolas, empaques, llaveros, etcétera.
— No creí que fueras aficionado a los videojuegos, Raito-kun.
— En realidad no lo soy. Va a haber un torneo de Mario kart organizado por mis compañeros de grupo y no podía faltar…
—… Porque entonces te perderías de un escenario perfecto para reivindicar tu perfección frente al grupo. Ya veo.
"Me alegro que Ryuk se haya quedado en casa para comer sus manzanas en paz. De lo contrario sus carcajadas no me dejarían escuchar nada", pensó Raito mientras se aproximaron al sitio donde estaban varios de los compañeros de clase.
— No voy a jugar, Ryuuzaki. Sólo vine porque me pidieron que llevara el registro de los resultados. Mis compañeros pueden ser un poco… ineficientes. Ahora, sé que va a costarte trabajo, pero compórtate como alguien normal y no olvides llamarme por… el otro nombre, ¿de acuerdo?
—Desde luego, Satoshi-kun. Claro que mi normalidad podría disiparse si no hay un pastel para mí en los próximos 10 minutos.
Luego de dos horas, Ryuuzaki moría de aburrimiento. El carrito de postres especiales que Raito había comprado sólo para él no había sido suficiente distracción y mientras el estudiante garabateaba distraídamente los resultados de sus compañeros, él no tenía nada que hacer. ¿Cómo era posible que personas tan infantiles y tontas tuvieran la misma edad que Raito? Parecían niños de escuela elemental: reían estrepitosamente, hacían bromas dignas de preescolar y algunos hacían pucheros al perder en el juego.
Al principio había pensado que sería interesante explorar el comportamiento de Raito con otras personas y que podría sacar información útil para él y para la supuesta misión del chico. Hasta el momento había llegado a la conclusión de que Raito era un magnífico actor, porque convivía perfectamente con sus compañeros sin traicionar su propia personalidad. Incluso, durante su segunda sesión de postres ya había detectado a tres adolescentes parecían embelesadas y hacían lo posible por llamar la atención del perfecto ejemplar de estudiante de preparatoria que tenían enfrente. Tristemente para ellas, Raito no se esmeraba en seguir las señales que enviaban.
Raito no se hallaba en mejores condiciones. Había tenido que presentar a Ryuuzaki como "un estudiante de intercambio para el próximo semestre" y procuró que la atención no se centrara en tan peculiar acompañante. Invirtió más del presupuesto que tenía programado en un carrito de postres con tal de que Ryuuzaki no se enfocara en él y el grupo. Mantenía su sonrisa y convivía con sus compañeros como si fuera uno de ellos, pero sabía que Ryuuzaki no creería en esa actuación. Para colmo, el grupo había comenzado a exaltarse al punto de que los demás clientes del local manifestaban su incomodidad con el personal.
— Disculpen — llegó una de las meseras a interrumpir — pero tendrán que retirarse. Varios de nuestros clientes amenazan con marcharse sin pagar si no se marchan ahora mismo.
— ¡Pero sólo estamos jugando! ¡Kobayashi-kun, habla con ella! ¡Dile que nos portaremos bien!
Raito no tenía la menor intención de abogar por el grupo a sabiendas de que las quejas eran fundamentadas. Parecía que el ambiente vacacional les había hecho olvidarse de guardar la compostura. No obstante, varios de sus compañeros habían aplicado a la misma universidad que él y era probable que volviera a tener contacto con ellos en el futuro, por lo que más valía reforzar su buena imagen. Claro que quedaba la opción de permanecer en un término medio: negociar con la mesera sin que consiguiera la permanencia del grupo. De esta manera habría cumplido con ambas partes sin comprometerse realmente con ninguna de ellas y se habría librado de un compromiso social tan poco estimulante como este. Dirigió la más cautivadora de sus miradas a la mesera:
— ¿Podemos hablar un momento en privado?
La chica aceptó y lo llevó a la salida del personal. A Raito le parecía una persona cualquiera: uno o dos años mayor que él, quizás. Su cabello largo y castaño estaba acomodado con dos pequeñas coletas y, aunque llevaba un atuendo acorde al sitio de trabajo, portaba un collar y varias pulseras de usanza gótica. Sus ojos azules demostraban que seguramente usaba lentes de contacto. Su sonrisa le daba un aire de ternura que incomodaba al muchacho. Cualquiera de sus compañeros la habrían encontrado encantadora, pero no él, que valoraba a las personas de acuerdo a la inteligencia que demostraran poseer.
— Tus amigos no pueden quedarse, disculpa. Han causado mucho alboroto y no podemos dejar que nuestros clientes más leales se vayan con una mala experiencia y….
— Sé que hemos causado problemas y lo siento muchísimo, pero… — Raito rozó accidentalmente la mano de la chica, era un truco burdo que generalmente le funcionaba — trajimos a un estudiante de intercambio y supongo que mis amigos querían esforzarse para que se sintiera a gusto.
— Oh… entiendo, pero…
— ¿Qué te parece si nos das diez minutos para que nuestro compañero pueda terminar su postre y después nos marchamos? Sería muy amable de tu parte y no daríamos más molestias. Habla con tu jefe y dile que no tardaremos. Dejaré una propina generosa para subsanar los inconvenientes.
— Es muy amable de tu parte, pero…
Raito sabía que tenía que dar cierre a esta situación.
— ¿Sabes algo? Podría compensar este inconveniente contigo invitándote a salir a un mejor sitio que este. ¿Qué te parece si vamos mañana a Kozue?
Si esta mesera tenía la cabeza tan hueca como él suponía, la invitación la haría convencerse. Acudir al restaurante más exclusivo de Tokio no era una oferta que se escuchara todos los días. Vio que ella se sonrojaba y lo miraba entusiasmada.
— ¡Me encantaría! Pero… ¿qué no las reservaciones se piden con dos meses de anticipación? He escuchado que ese lugar es muy caro y si eres un estudiante de preparatoria como ellos, dudo que tengas dinero…
De acuerdo, no era tan tonta. Ni sutil. Definitivamente no le simpatizaba.
— Tengo mis contactos y la exclusividad del lugar no es problema para mí. — Había llegado el momento de pulir su interpretación, así que bajó levemente la mirada como si estuviera avergonzado y emitió una sonrisa tímida — No quería decirlo frente a mis amigos, pero desde que llegamos quedé atónito ante tu presencia y pasé toda la tarde buscando una forma de invitarte a salir, ¿qué dices?
— ¡De acuerdo! ¡Puedes contar con Misa-Misa! ¡Va a ser espectacular! Tendremos una cena y luego baile y después…
La chica siguió con su perorata sobre la cita perfecta que estaba en planes. Su vocecita aguda – ¿Misa, había dicho que se llama? — estaba calando en los nervios de Raito. Su plan era mantenerla contenta como para que no hubiera más quejas en el café y darle al grupo el tiempo para terminar su torneo y marcharse. En el momento, invitarla a salir había parecido la opción más simple para cumplir con ambos objetivos pero definitivamente no quería cumplir con una cita.
— Muy bien, dame tu teléfono. Yo te marcaré más tarde para que nos pongamos de acuerdo.
Cuando Raito volvió a las mesas, vio que sus compañeros ya se habían marchado. Sólo quedaba Ryuuzaki, mientras comía su última rebanada de pastel.
— Tienen muy buenos postres, Raito-kun. Qué lástima que no quisiste ninguno.
— ¿Dónde están todos?
— Supongo que en el tren para volver a sus casas. Por lo visto nadie usa automóvil o tiene medios propios para transportarse…
— ¿Qué les hiciste? ¡No tardé ni cinco minutos!
Ryuuzaki sonrió antes de seguir relamiendo la cucharilla del pastel.
— Supuse que estabas tan aburrido como yo y querías terminar esta reunión sin quedar mal con tus apreciables compañeros, por lo que me encargué de que ellos quisieran marcharse. Descuida, dejaron pagada la cuenta. ¿Nos vamos?
Estaban a punto de salir del local cuando una voz estrepitosa interrumpió su avance.
— ¡Espera… no me dijiste tu nombre! ¿Cómo vamos a ir a nuestra cita si ni siquiera sabré cómo decirte, cariño?
"¿Cariño? ¿Pero qué le pasa a esta mujer?". Raito volteó para ver que la mesera le hacía saludos exagerados con la mano. Estaba a menos de tres metros, ¿cómo es que se figuraba que no podía verla? Resultaba más fastidiosa que los clientes a los que quería expulsar del sitio. Vaya peste.
— Me llamo Yagami Raito, Misa. Nos vemos mañana.
El metro avanzaba a toda velocidad. Faltaban diez minutos para bajar en la terminal de Ikebukuro, que era la más cercana al departamento. Raito estaba levemente preocupado: esa chica podría ser un fastidio si volvía a contactarse con ella. Naturalmente, le había dado el nombre con el que ella no sería capaz de encontrarlo y no le había proporcionado teléfono alguno. Podría dejar la supuesta invitación a cenar a un lado y ella no tendría forma de rastrearlo por sus propios medios. Esperaba no tener que escuchar esa voz tan descuidada y estrepitosa de nuevo.
— Entonces, Raito-kun, ¿vas a utilizar tu nombre falso para presentarte con la gente, como un artista de televisión? Misa estará decepcionada si no la llevas a cenar mañana. Se veía muy entusiasmada.
— Cierra la boca. ¿Sabes por qué le di ese nombre, no es así?
— Para que no te encuentre, eso es obvio. Sin embargo, las probabilidades de que te rastreé correctamente utilizando tu nombre real son mínimas. No eres el único Kobayashi Satoshi en Tokio.
— Pero no hay nadie que se llame "Yagami Raito" en todo el país. Lo mejor es que la probabilidad sea de cero.
— Ya veo…
Ryuuzaki divagaba mientras mordía su pulgar. Había una tesis en su mente que se había formulado gracias a los eventos del día. "Raito-kun no tiene amigos ni se preocupa por el bienestar de los demás. Sus interacciones sociales se sustentan principalmente en otorgarse a sí mismo un puesto de superioridad dentro del grupo. Tiene dominadas las pautas de comportamiento que reflejan experiencia de muchos años. Es probable que, en realidad, jamás haya considerado a ninguno de sus coetáneos como amigo suyo".
Si ese era el caso, Ryuuzaki podía comprender un poco mejor que Raito tratara de mantenerlo cerca y que haya hablado torpemente de hacerse amigos: había sido la única persona que veía como un igual, pero no tenía experiencia en manejar sus interacciones con sinceridad. Es más, parecía que Raito jamás se había planteado formar una amistad real hasta haberlo conocido. Esto halagaba a Ryuuzaki, pero también sentía un poco de lástima por el adolescente, pues de ser cierto reafirmaba que Raito – al igual que él – era una persona en extremo solitaria.
Distraídos por sus propios pensamientos, ninguno de los dos genios advirtió que alguien los observaba desde el extremo del vagón. Cubriéndose con un periódico, una chica de coletas con gafas negras los inspeccionaba a la distancia.
