Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo

Hola a todos, gracias por entrar en este ichiruki! Por fin me salió un capítulo largo, estoy contenta con eso n.n (yo soy de contentura fácil n.ñU) No puedo decir mucho más, creo que el título lo dice todo.

Espero que les agrade :D


Capítulo VII: Lluvia


Las primeras luces del alba apenas se filtraban a través del espeso manto de nubes que cubría el firmamento. Esporádicamente, aislados relámpagos destellaban en diversas franjas del cielo y se hacían oír pocos segundos después, confundiéndose en la lejanía. La atmósfera estaba cargada de una agobiante espera, como si en cualquier momento fuera a desatarse una hecatombe fatal.

Kumagai tuvo que alejarse de su compañera de viaje para buscar con qué alimentarse por ese día. También rastreó un breve arroyuelo donde pudo llenar con agua el viejo odre que llevaba consigo, sin entretenerse mucho más. Quería evitar vanas demoras, por eso se abstuvo de inspeccionar el terreno y de examinar el paisaje como hubiese debido en una situación de fuga, solo se limitó a escudriñar los alrededores al mismo tiempo que realizaba aquellas faenas. Ni bien se abasteció de lo necesario para ésa y para las próximas jornadas emprendió el regreso al sitio donde había pasado la noche con Taguchi, a quien había dejado dormida.

Apresuró la marcha cuando divisó desde lejos que la muchacha ya se había despertado y que comenzaba a vestirse. Después, poco a poco, fue desacelerando el paso de modo inconciente. La contemplación de la belleza de la joven le colmó de arrobamiento, era la primera vez que asistía a semejante ritual tratándose de una mujer. Era demasiado íntimo, quizá tanto como lo que habían hecho durante la noche. Procuró conservar en su memoria la imagen de su pelo negro rozando la espalda blanca, mientras se envolvía metódicamente con el kimono.

El embeleso vaciló cuando distinguió las marcas de los pasados latigazos. Las heridas recién empezaban a cicatrizar, su ceño se arrugó al comprobarlo… y al recordar. No pudo evitar que esas imágenes lo frenaran a pocos metros de distancia, ni pudo evadirse de la culpa y de la repentina sensación de que no tenía derecho a permanecer cerca de ella otra vez.

Cuando por fin la joven terminó de cubrirse, incidentalmente giró la cabeza y lo vio allí de pie, observándola con el fruncido talante que lo caracteriza. Al notarlo, el sobresalto no fue tan elocuente como el leve rubor que se esparció en su rostro.

-¿Qué haces?

-¿Eh? –Solo al ser abordado de aquella manera imperativa tan propia de la chica Kumagai pudo retornar de su culposo ensimismamiento. Él también se ruborizó y miró para otro lado, llevándose una mano a la nuca-. Oh… mmm… solo esperaba que termines de vestirte.

-Y mientras tanto espiabas.

-¡Claro que no! –repuso él, más rojo que antes.

-¿Crees que soy tonta, estúpido?

-Maldita sea, ¡no te estaba espiando! Además, ni que nunca te hubiese visto así… digo… si ya te vi… -Kumagai se cortó. Los amenazantes gestos que contraían la fisonomía de Taguchi le dieron a entender que era mejor callarse. ¡Mujeres!- ¡Qué diablos, solo estaba de regreso! Por si no lo has notado, fui a buscar provisiones.

La muchacha pareció satisfecha con ese oportuno cambio de tema. Sea lo que sea que haya pasado entre ellos, ahora transitaban un nuevo día y debían comportase como era debido.

-¿Qué rumbo seguiremos? –preguntó.

El joven samurai volvió a la seriedad. Le impresionó darse cuenta de la facilidad con la que se había adaptado a esos intempestivos saltos de humor en sus conversaciones.

-Nos adentraremos en la isla todo lo posible hasta encontrar algún refugio, no hay alternativa. Conozco a Benkei y estoy seguro de que intentará atraparnos.

-Yo creo que irá tras los Taira.

-Sí, pero mi… mi traición no es el tipo de asuntos que él deje de lado, ni siquiera en medio de una guerra a punto de concluir.

-Kumagai…

El guerrero se acercó y la tomó de los hombros.

-O morimos o vivimos, Taguchi, no tenemos más tiempo ni más opciones.

-Lo sé, tonto.

-Entonces deja de mirarme de esa forma. Por primera vez en mi vida he elegido por mí mismo, por primera vez en mi vida nadie me indica el camino a seguir, solo mi propia voluntad.

-Está bien, pero me enerva que te empeñes en seguirme hasta un lugar del que tal vez no haya regreso. A veces creo que ya lo vivimos… Es como un presentimiento.

-Ahora la tonta eres tú, enana.

Un contundente golpe seco fue descargado sobre la cabeza del muchacho. De inmediato éste comenzó a gemir de dolor, mirándola ceñudamente mientras se masajeaba la zona maltratada.

-¡Deja de llamarme de esa forma, idiota! –le reprochó Taguchi, ofendida.

Cuando el otro se repuso de la agresión, la encaró con incontenible irritación.

-¡Y tú deja de golpearme como si nada, maldita sea!

-¡Ni siquiera sabes cómo tratar a una mujer!

-¡Pues anoche no decías lo mismo!

Taguchi enrojeció hasta las raíces del cabello. No podía creer que fuese tan desvergonzado… ¡y tan desubicado! Un indignado tic nervioso se manifestó en su rostro, un tembloroso puño cerrado sediento de sangre se alzó frente a él, amenazante.

Al darse cuenta de lo que había dicho, Kumagai se sobresaltó. Después, al ver tal reacción, entró en pánico. De todas formas lo primero que se le vino a la mente no fue disculparse (jamás estaría dispuesto a hacer una cosa así con ella, sería humillante, incluso en esas circunstancias), tampoco intentó huir para salvarse ni cambiar de tema para distraerla. No era muy ducho en asuntos amorosos ni estaba muy seguro de la forma como debería tratarla, pero sus fieles instintos le indicaron que el aturdimiento era una ventajosa abertura para superar ese trance. Sin pensarlo mucho más, la atrajo hacia sí y la besó.

La repentina maniobra dio resultado. Taguchi se maldijo por dejarse vencer de esa forma, pero no pudo sustraerse a la embriaguez de tan íntimo contacto. Kumagai, por su parte, se asombró de su propia audacia y no se privó de un solo instante de goce.

El acalorado apremio del comienzo fue demasiado perturbador, por lo que poco a poco cedieron hasta alcanzar el disfrute calmo, el beso de labios que se recorren y se muerden hasta aprenderse todas las posibilidades, los relieves y los sabores. Ni siquiera los eventuales truenos que se hacían oír en la lejanía pudieron irrumpir en el deleite de esa exploración insistente y posesiva. La boca de él apresaba y envolvía, los labios de ella se amoldaban y pujaban al mismo tiempo, extasiándolo. El arrebato de esa lucha denodada y voluptuosa casi los distrae por completo de la realidad.

El ingrato reflejo de un relámpago cercano los obligó a detenerse. Con ojos brillantes, sostenían la mirada del otro a milímetros de distancia, esforzándose para normalizar la respiración. Luego Kumagai tanteó los labios de ella con roces esporádicos, dándole y dándose tiempo. Su corazón se había calmado por fin, aunque seguía latiendo más rápido de lo normal. Finalmente se apartó un poco.

-Dime tu nombre –pidió a media voz.

La muchacha apenas había logrado reponerse del embeleso anterior. Durante toda su vida había prescindido de contactos amorosos de ese tipo, nunca los había precisado para subsistir, sin embargo ahora le parecían imprescindibles. Pero no se trataba solo de eso, se trataba de él, él era lo que más necesitaba, era hacia él adonde siempre iría regida por vaya a saber qué clase de misterioso designio. Con besos o sin besos, con caricias o sin caricias, el lazo que los unía era tan sólido que jamás podría romperse, ni siquiera con los avatares del tiempo.

-Dime primero el tuyo –replicó.

-Yo pregunté primero.

-Kumagai…

-Mira, enana –la interrumpió él con serenidad-, estamos en el medio de la nada huyendo de un samurai experimentado cuyos hombres nos encontrarán en cualquier momento si permanecemos otra media hora aquí –argumentó. Taguchi compuso una semisonrisa de entendimiento-. Para ninguno de los dos hay retorno, solo un largo camino por delante, así que me gustaría comenzar a transitarlo sabiendo quién eres. Luego será tu turno.

La joven lo miró en silencio. Barrida por esas palabras, la vacilación se esfumó para siempre de su corazón y quiso responderle. Nunca le había gustado su nombre, no tenía ningún significado en particular, no obstante le pareció que eso ya no importaba y que era justo que se lo dijera. Sería su último acto de entrega, una especie de voto de confianza. A fin de cuentas era cierto, ellos ya no tenían tiempo.

-Me llamo R…

Kumagai no escuchó. Taguchi le hablaba con esa inusual sonrisa en los labios, pero él no podía escucharla. Quemaba, su cuerpo quemaba. ¿O eran escalofríos? Lo invadió una sensación tan ambigua y asfixiante que durante algunos confusos instantes su mente no logró acomodarse ni entender qué ocurría a su alrededor. Era como si una anómala sobrecarga de energía lo sacudiese. Y, de repente, lo oyó. Buscó con la mirada el origen de ese sonido desgarrador, entonces también lo vio. El terror atenazó su garganta.

La joven lo miraba con extrañamiento, lo llamó insistentemente pero él no respondía. Turbada, pasó de la extrañeza a la preocupación cuando advirtió que Kumagai abría los ojos con espanto, fijándolos en un punto a sus espaldas. Por instinto miró hacia atrás, pero no logró ver nada. Fue entonces que comprendió que estaba siendo acometido por una nueva visión.

Sin embargo, aunque no pudiese verlo, Taguchi advirtió que algo malo se avecinaba. Un viento sorpresivo se levantó violentamente entre los árboles que los rodeaban, un temblor súbito del suelo bajo sus pies la llenó de incertidumbre y de asombro y volvió a mirar a Kumagai, buscando una explicación para el inusitado fenómeno.

Corre! –gritó él, cuando por fin recuperó el habla. La tomó de la mano y la obligó a lanzarse a la carrera, huyendo de algo que ella aún no entendía.

Sí, Kumagai había oído antes esos alaridos bestiales. Fue durante la noche, mientras hacía la primera guardia. En ese entonces no había podido identificarlos, Taguchi ni siquiera los oía, por lo cual tenía que tratarse de algo que solo él percibía. Ese chillido infernal había sonado con tal estridencia que tapó por completo la voz de Taguchi y vino acompañado de aquel desagradable estremecimiento que desequilibró su sistema.

Y cuando siguió la dirección del alarido, la divisó detrás de ella: la más espantosa y espeluznante criatura que haya visto jamás. Gigantesca, deforme, con una cabeza siniestramente similar a una calavera humana, se erguía sobre sus extremidades trasegando el aire de modo tal que hasta Taguchi lo percibió. Aullaba como lo hace un animal al reclamar la potestad sobre su presa, y Kumagai tuvo la desconcertante sensación de que ambos lo eran. Se forzó a regresar de la estupefacción para tomar la mano de la joven y conminarla a huir.

-¡¿Pero qué demonios? –vociferó Taguchi.

-¡Tú solo corre! –respondió el otro sin más. ¿Qué clase de explicación podría darle, si ni siquiera él entendía lo que estaba pasando?

Corrieron como pudieron sobre la tierra oscilante. La criatura los perseguía con paso tan pesado y rápido que todo alrededor se sacudía, derribando varios árboles en el camino. Era inconcebible, Kumagai nunca había visto tal despliegue destructivo.

Avanzaron con desesperación a través de la espesura del bosque, hasta que llegaron a una zona de vegetación enmarañada e impenetrable. No pudieron avanzar más. Con la respiración agitada se volvieron hacia la criatura, visible para él, tan solo percibida en el aire para ella.

-¡Sigamos! –exclamó Taguchi.

-¡No podemos, si lo hacemos nos quedaremos atrapados entre las matas!

-¡Entonces volvamos por donde hemos venido!

-¡Dices eso porque no puedes ver lo que yo veo! –refunfuñó Kumagai, sin sacarle los ojos de encima a la bestia por si se decidía a atacarlos. Sus ojos huecos y, a la vez, luminosos, le producían una inquietud nunca antes experimentada, sobre todo porque los observaba con detenimiento, como si entendiese quiénes eran. Parecía un demonio.

-¡Dime qué es, Kumagai!

El interpelado se humedeció los labios con la lengua y tragó saliva con dificultad.

-No lo sé –murmuró.

De pronto, de la nada, una figura humana se alzó entre ellos y la criatura. Kumagai al principio no logró verlo bien, pero cuando pudo enfocarse distinguió que se trataba de un hombre, un samurai. ¿Acaso era uno de sus compañeros? ¿Los habrían encontrado?... Un momento… ¡Ese sujeto también podía ver al monstruo!

Del obi de su kimono completamente negro pendía la funda de una única katana. No, no era uno de los suyos. Además, se encaraba con esa asquerosa criatura con determinación, como si supiera a qué se estaba enfrentando. Tampoco se trataba del alma de un muerto, ya que no se veía ninguna cadena colgando de su pecho.

-¿Qué está pasando? –le preguntó Taguchi, sin comprender tanta quietud repentina.

-No tengo idea –replicó Kumagai, sin perder detalle de la fantástica escena.

A continuación, todo se desarrolló con prodigiosa rapidez. El sujeto desenfundó su espada, de un brinco se elevó a una altura inverosímil y, sujetando el arma con ambas manos, la asestó en medio del cráneo de su aberrante oponente. Se dejó caer mientras segaba limpiamente el cuerpo, rebanándolo como si se tratase de un pedazo de pan. La criatura se disolvió de inmediato, luego de transfigurarse en un oscuro manto de partículas que se esfumaron en el aire.

Kumagai no cabía en sí del estupor. Parecía un sueño, o una alucinación, eso que había ocurrido no podía ser real. Taguchi sujetaba su brazo y le hablaba para hacerlo volver del pasmo pero él no podía, solo tenía sentidos para lo que acontecía frente a sí.

El extraño samurai envainó su katana indolentemente. Solo en ese momento se dignó a girar su rostro hacia ellos. Sus ojos eran arrogantes, aunque nada en su aspecto denotaba violencia o amenaza. Pareció vivamente interesado al cruzarse con la mirada de Kumagai. No pronunció palabra, solo emitió un leve chasquido de lengua al comprobar algo que el joven no logró percibir. Después pareció que iba a marcharse.

-¡Espera! –intentó Kumagai, pero al instante siguiente el sujeto había desaparecido.

-¡Kumagai! –exclamó Taguchi, que no se había apartado de su lado.

Él la tomó de los hombros.

-Escucha, Taguchi, no creo tener mucho tiempo para alcanzarlo –anunció. La confusa impresión del principio aún persistía en su cuerpo, la había experimentado también con ese hombre, por lo cual no debía haber ido muy lejos. Lo seguiría, tenía que averiguar de quién se trataba.

-¿Alcanzar a quién? ¡Y explícame de una vez qué diablos sucedió aquí!

-Ahora no puedo –le dijo con firmeza el joven, mirándola ceñudamente-. Escucha, necesito que me esperes aquí un momento, prométeme que lo harás.

-Pero…

-Sé que no entiendes nada de lo que ha pasado. Maldita sea, ¡ni siquiera yo lo entiendo! Pero creo que encontré una pista y debo ir tras él. Te juro que regresaré lo más pronto que pueda.

-¿Quién es él?

-No lo sé, pero lo averiguaré.

-Kumagai…

-Por favor, Taguchi, necesito ir, ¡necesito saber! ¿Acaso no lo entiendes?

Ella también lo encaraba con el ceño fruncido, completamente perdida, y no le gustaba nada que la dejara afuera de sus planes. Todo había ocurrido demasiado rápido, fue demasiado extraño y demasiado aterrador. En todo momento tuvo la certeza de que sus vidas corrían peligro, pero no sabía de qué diablos huían y eso la irritaba. Hubiera querido propinarle un puntapié en el trasero por proceder con tanta desconsideración y por dejarla en ascuas, pero el extraño brillo de sus ojos la contuvo. Se soltó de sus brazos, cruzó los suyos con indignación y bufó.

-¡Haz lo que quieras!

Kumagai estaba muy ansioso por ir detrás de aquel misterioso sujeto, aunque no por eso dejó de notar el fastidio de su compañera.

-Lo siento –musitó. Y pensar que había creído que nunca le diría tal cosa… Sin embargo, de algún modo, esas breves palabras la alcanzaron, porque al instante la muchacha se destensó y lo miró con preocupación. Intercambiaron en silencio durante algunos instantes, mientras comenzaba a caer una fina llovizna sobre ellos-. Te lo contaré todo cuando regrese, enana –prometió Kumagai-. Juro que volveré y seguiremos nuestro viaje.

La muchacha se resignó. Alguna vez le habían dicho que los sentimientos, si son honestos, crean lazos fieles e irrompibles que nos unen unos a otros más allá del tiempo, más allá del destino. Ese chico era un cabeza dura, de nuevo la dejaba sola, pero aun así confiaba en él y en lo que los unía.

-Está bien, aquí estaré, idiota.

Se dirigieron una última mirada y luego Kumagai echó a correr en una dirección determinada. Su corazón latía con fuerza. Pensó que era por la carrera, o por la ansiedad de encontrar al samurai. Ella estaría bien, ella lo esperaría.

-o-

La llovizna persistía sobre Shikoku. Los relámpagos habían amainado, pero el clima agobiante no se disipaba y eso la ponía más frenética. Caminando en círculos, de brazos cruzados y víctima de una progresiva ansiedad, Taguchi iba y venía nerviosamente por aquí y por allá, tratando de no alejarse mucho del lugar convenido para el reencuentro.

Podría haberse cobijado debajo de un árbol pero no quiso, estaba tan intranquila que ni siquiera registraba la humedad de su ropa, la de su cara y la de su pelo. ¿Hasta dónde habrá llegado en esa absurda búsqueda el tonto de Kumagai? ¿Y por qué se tardaba tanto? En ese estado de cosas, su preocupación competía reñidamente con la irritación que le provocaba el desconocer detrás de quién se había lanzado el muy insensato y por qué sin ella. Entendía muy bien la necesidad del chico, lo que la alteraba era que justo en ese momento tuviese que ir detrás de la verdad.

Se llevó una mano a las katanas, para verificar que estuviesen bien sujetas. Después se pasó el brazo por la cara para secársela con la manga del kimono, inútilmente, pues la ropa estaba igual de humedecida. Después se sacudió un poco el hakama para eliminar el relente, también en vano. No sabía qué más hacer, el tiempo pasaba y Kumagai no daba indicios de aparecer. Su desazón crecía a cada minuto.

Una súbita vacilación en el ambiente la inquietó y de repente tuvo la certeza de que ya no estaba sola. Al principio no pudo definir qué ocurría, luego tuvo la impresión de que el guerrero por fin había regresado. Sin embargo, casi no demoró en percibir con mayor seguridad que no se trataba de él sino de varias personas. La estaban rodeando.

Al instante desenvainó su katana con la mano derecha y con la izquierda empuñó su kaiken, conciente del peligro en el que se hallaba. A un lado sonó el ruido característico de pisadas acercándose, y en pocos segundos se materializó la figura de Benkei frente a ella.

-Ha pasado tiempo –manifestó el monje. Ambos sabían que no era un saludo sino un mero acto de formalidad, apenas había transcurrido más de una semana desde que la joven se inmiscuyera en el campamento para tratar de matarlo. Pero en épocas de guerra un año entero puede valer un minuto y un minuto puede durar una eternidad.

Taguchi no dijo nada, simplemente aguardó en posición defensiva. Benkei la medía con ojos entrecerrados, su digna e impasible postura denotaba su superioridad. Por momentos su mirada recorría sus rasgos como buscando comprobar algo, aunque la joven no adivinaba qué podría ser. Tampoco le importaba, no bajaría la guardia por ningún motivo.

El guerrero desenvainó. En ese preciso instante, el pequeño grupo de hombres que lo había acompañado emergió de entre los árboles donde se ocultaban. A una señal suya se detuvieron, guardando la distancia.

Sí, Benkei quería verificar algo…

-Admito que tienes valor –le dijo.

-No me servirá de mucho si no sobrevivo –repuso la mujer.

-Entonces veamos hasta dónde te alcanza.

El monje se lanzó sobre ella sin más preámbulos, solo por reflejo Taguchi pudo contener la embestida interponiendo su katana transversalmente. El ruido metálico de las hojas al chocar dio por iniciada la contienda.

No solo era valiente, Benkei tuvo que reconocer que su oponente era dueña de una habilidad pocas veces vista en el campo de batalla. Ese samurai peleaba con denuedo, con destreza, con instintos y con inteligencia, no cualquiera podía alcanzar semejante equilibrio. Pero no se trataba solo de eso, su rival poseía también un gran espíritu.

Los movimientos de ambos fueron certeros en el ataque y, al mismo tiempo, precisos en la defensa, por eso durante un buen rato ninguno consiguió infligir una herida. Avanzaban y retrocedían regularmente, por momentos se imponía uno, por momentos el otro. El único sonido del ambiente era el de las hojas al hacer contacto y el de sus pisadas impetuosas sobre el barro al desplazarse.

Pero Benkei era superior. Poco a poco el intercambio adquirió otro ritmo, el ritmo que el monje, satisfecho ya del encuentro, impuso sobre su contrincante. Taguchi no era ninguna tonta, sabía muy bien que él era el más experimentado de los dos, que ni siquiera con la asistencia de su puñal podría ocasionarle algún daño. Le estaba ganando.

En algún momento llegó a pensar que podría haberse echado atrás, que podría haber huido. Sin embargo, una contienda de tal envergadura le recordó quién era, de qué estaba hecha, quién había sido su maestro y con quiénes estaba su lealtad. La imagen de Kumagai fluctuó en su mente, quizás algún día tendría que agradecerle a ese tonto por haberle regalado semejante oportunidad. Cuando la hoja de su katana rozó apenas el cuello de su oponente y éste encontró por fin la abertura para dañarla, supo que había valido la pena.

La sangre comenzó a emanar por el costado izquierdo, a la altura de sus costillas. Soltó su kaiken y contuvo inútilmente la hemorragia con la mano. Su rostro se había contraído en un gesto de dolor, pero eso no sería suficiente para matarla, mucho menos para que se rindiera.

-Eres persistente –reconoció Benkei al ver que se erguía con gran esfuerzo para volver a adoptar una posición defensiva.

-Aún no me he rendido –aseveró Taguchi, con orgullo contenido.

-Jamás pensé que lo harías –dijo él, acercándose hasta ella de un salto.

La chica no tuvo tiempo para evadirse. El general la tomó del cuello con una de sus grandes manos, apretó tanto que, por instinto, Taguchi tuvo que soltar su katana para tratar de zafarse. Vano intento, pues el hombre la sujetaba con fuerza.

Benkei examinó su fisonomía con detenimiento. En apenas algunos segundos comprobó por fin lo que le habían dicho. Kumagai había caído muy bajo, aunque debía reconocer que la muchachita, de haber nacido hombre, se hubiese convertido en un gran samurai.

-Ya veo –murmuró.

Taguchi no comprendió sus palabras. Tampoco pudo explicarse por qué de repente se veía correr por el bosque donde había jugado de niña, donde había pasado tantas tardes soñando con ser un guerrero mientras su abuela conversaba alegremente con unos seres invisibles. Un frío la traspasó de golpe, o un fuego. No sabía de dónde venía, la realidad se había desdibujado y solo podía verse corriendo entre los árboles.

Había alguien allí. ¿Kumagai? No podía estar segura, pues el sujeto le daba la espalda. Como estaba oscuro no distinguía ni el color de su cabello, aunque por su complexión lo parecía. Al final resultó ser que era él quien la esperaba y no ella, en el fondo siempre había sido así, ¿verdad? Intentó alcanzarlo para que supiera que estaba ahí. Estiró su brazo para tocarlo pero no lo logró, quiso llamarlo pero la voz le falló.

Después de que Benkei retirara su katana del cuerpo, Taguchi cayó al suelo y quedó reposando boca arriba, con los ojos fijos en el cielo. Entonces la joven por fin comprendió, la fina lluvia que rociaba su rostro la ayudó a despertar. Todo fue un sueño, uno donde había sido una guerrera, uno donde había conocido el amor. Y en ese sueño luchado, celebrado, apasionante y sufrido, él había sido como el sol.

La muerte era justa. Nada le dolía, porque a donde iba no se sentía dolor. Nada le molestaba, porque no tenía de qué arrepentirse. Para ella el mundo fue cubriéndose poco a poco de una densa oscuridad, mientras se dejaba envolver por el olvido.

-o-

Kumagai avanzó a través de la espesura del bosque, corriendo sin tregua. Todavía lo acuciaba esa desconcertante conmoción que lo acometiera cuando aquella criatura se apareció, y era igual cuando se presentó aquel extraño sujeto que la aniquiló. Estaba seguro de que no se había evaporado, que estaba cerca, que quizá podría encontrarlo y preguntar.

Sin embargo, no dejaba de inquietarle el hecho de haber dejado sola a Taguchi. La imperiosa necesidad que tenía de saber de qué se trataba todo aquello y de entender sus capacidades lo instaba a buscarlo, a pesar de que no se hallaba en la mejor de las situaciones.

Continuó su pesquisa lo más rápido que pudo, aunque llevaba tanto tiempo en esa tarea que sus energías comenzaron a abandonarlo. En cierto punto de su camino tuvo que detenerse para tomar aire, llevaba una carrera demasiado imprudente, tal vez incluso absurda. Apoyó una mano sobre un tronco para poder sostenerse mientras sus vapuleados pulmones se reponían. De pronto, tuvo el impulso de observar hacia arriba.

En lo alto de un árbol cercano, de pie sobre una rama, el hombre que tanto persiguiera lo miraba con indisimulable fastidio.

El joven, más repuesto, se aproximó con lentitud, pero su adusto talante lo frenó. Era evidente que el sujeto sabía que lo había seguido y quería deshacerse de él. A Kumagai no le importó.

-¿Quién eres? –le preguntó, con la obstinación pintada en el rostro. Descubrió, para su sorpresa, que ver las almas de los muertos ya no lo amedrentaban, si es que el tipo era una-. ¿Por qué solo yo puedo verte? ¿De dónde vienes?

Tenía tantas preguntas que no podía formularlas en orden. El otro lo observaba en inalterable silencio, ninguna de sus palabras parecía afectarlo. Kumagai no sabía qué más hacer. Lo abordó con nuevos cuestionamientos y nada recibió como respuesta. Hasta que de pronto, cuando el joven comenzó a desanimarse, el samurai suspiró con resignación.

-Creo que tienes asuntos más importantes que atender –dijo simplemente, y, al igual que antes, pareció tomar impulso y desapareció.

El muchacho se quedó boquiabierto. Otra vez se le había escapado, ¡maldita sea! ¿Qué clase de maniobra era ésa? Ya no le quedaba tiempo para volver a perseguirlo por todo el bosque, ¡qué condenado espíritu! Con rabia apenas contenida, resoplando, se tragó su frustración y dio la vuelta para emprender el regreso.

De seguro Taguchi lo mataría, debería estar como loca sin saber de él. "Asuntos más importantes que atender…". Mierda, ¡Taguchi!

Olvidando su desgaste físico, inició una carrera desesperada para volver con ella. Por su mente desfilaba una retahíla de insultos y recriminaciones dirigidos a sí mismo: ¿cómo había sido tan idiota?, ¿qué esperaba conseguir al lanzarse a la torpe búsqueda de un fantasma?, ¿en qué demonios estaba pensando?

Corrió con una opresión cada vez más evidente sobre su corazón. ¡Cuánto había andado, cuánto se había alejado de ella! Si algo llegase a pasarle jamás se lo perdonaría, ni en un millón de años. Actuó como un necio, todavía no estaban a salvo del acecho de su general y él se comportaba como un niño caprichoso. ¿No era él el que decía que quería salvarla, que se tenían el uno al otro, que ambos vivirían o morirían juntos? A las palabras se las lleva el viento, Kumagai, junto con las intenciones. En cambio, nuestras acciones nos definen, son las que revelan quiénes somos.

Nunca pudo determinar cuánto tiempo le llevó retornar al punto de partida donde Taguchi lo estaría esperando, pero hasta el final de sus días lo atormentaría el recuerdo del dolor, del cansancio y del desasosiego que su pecho experimentó al llegar y no hallarla, al llegar y toparse solo con su general.

No le importó su presencia, fue de un lado a otro llamándola, buscándola. Benkei lo miraba con ojos impenetrables, aguardando con paciencia que se tranquilizara.

Kumagai no pudo más de la incertidumbre.

-¡¿Dónde está? –vociferó, encarándose con él.

Las facciones del interpelado no se perturbaron.

-Fue ejecutada.

El vacío. Un abismo inmenso se abrió ante sus pies, un agujero oscuro que lo hizo tambalear, que lo llamaba. Luchó por comprender, luchó por creer que era mentira, luchó por aceptar que era verdad, luchó para que su conciencia no estallara en mil pedazos. Pero su conciencia ya no sentía igual, ya nada volvería a ser lo mismo, la realidad se había alterado para siempre.

-La ejecutaste –musitó. Su voz sonó extraña, se oía desde muy lejos.

-Kumagai, has cometido un acto de traición imperdonable hacia tu señor y hacia los tuyos…

El joven tenía la vista fija en el suelo. La lucha persistía dentro de él, la lucha de su espíritu para no sucumbir al dolor. No escuchaba nada de lo que le decían, el otro era una entidad borrosa que pronunciaba palabras incomprensibles. Pujaba para no desarmarse, pujaba por su autodominio. De forma mecánica extrajo su katana de la funda y la sostuvo sin apuntar a ninguna parte, apretando con fuerza la empuñadura.

-…eras como un hijo para mí –decía el monje-, podrías haberte convertido en un samurai mejor, uno legendario, el más poderoso de todos…

Cuánto sinsentido lo rodeaba: la llovizna que no cesaba, el frío que sentía, ese hombre que decía que tenía que matarlo, la katana en su mano, la ausencia irreparable del único ser al que había jurado proteger por mandato propio, porque así lo había dictaminado su corazón. Su fidelidad anterior era como un sueño, a la única persona que le había fallado realmente era a ella.

"Perdóname, Taguchi."

Ella era lo imposible, siempre lo había sido.

Se irguió frente al monje en posición de ataque. Éste entendió lo que quería y desenvainó. Otra pelea absurda… Las katanas se entreveraron sin pérdida de tiempo.

El grito había sido de Kumagai. Los dos combatieron con un ritmo monótono y lúgubre: el más joven porque quería que el otro entendiera lo que había hecho, quería que viera la magnitud de su dolor y de su soledad; Benkei, en cambio, porque a pesar de su deslealtad todavía lo admiraba y le haría el honor de matarlo en batalla.

Cuando la estocada fatídica atravesó el pecho del joven, un intenso aguacero se abatió sobre ellos. Kumagai se dejó caer de rodillas sobre el barro sintiendo que la lluvia lo ahogaba, que lo oprimía, que inundaba tanto su cuerpo como su alma. Quién sabe si algún día cesaría.

El monje se arrodilló junto a él y lo sostuvo entre sus brazos. Kumagai no lo veía, no veía nada. Solo fue capaz de sentir el frío de la lluvia que se le colaba en los huesos y pensó, absurdamente otra vez, que en algunos momentos más ya no lo sentiría.


T.T

Bueno, esto no termina acá, todavía falta un capítulo. Gracias a todos por su paciente lectura y sepan disculpar los posibles fallos, fue un episodio difícil.

Saludos para Mei Fanel y Candy-chan, me alegra que les haya gustado el capi anterior y muchas gracias por todas sus afectuosas palabras n.n Saludos también para Anahis, tanto tiempo linda! No estabas logueada y no estaba segura de mandarte un pm, así que te agradezco desde acá por tus reviews y me pone muy contenta que este ichiruki también te guste. Besos!

Nos vemos en el final!