Capítulo 7: Crudo.

1—

Sirius tropezó, resbaló y cayó al suelo, enredándose en sus túnicas. Gritó de dolor cuando se golpeó la cabeza contra la pata de una mesa y, a los pocos segundos, ya se había formado en la casa una tremenda algarabía. Tenía la cara tapada por el bajo de su túnica abierta, así que no pudo percibir nada con claridad. Escuchó varios gritos de los pisos de arriba y una voz pidiendo que se quedaran arriba. Pasos, más pasos, y luego todo se quedó en silencio, hasta que alguien dijo:

— ¡Sirius, eres idiota! — gritó la señora Weasley. Sirius consiguió zafarse lo suficiente de su túnica para poder mirar a su alrededor y luego sonrió, mirando los rostros congestionados de los señores Weasley.

— Lo siento, señora Weasley, me olvidé de comunicaros que iba a venir. — Sirius se levantó y se frotó la nuca, un poco sonrojado por su patética llegada. — ¿Está Harry despierto?

— Sí, cómo no va a estarlo si nos has despertado a todos. — le acusó Arthur, sentándose en una silla. Sirius sonrió travieso y volvió a disculparse antes de mirar detrás de los señores Weasley. Los niños se apiñaban allí, de forma que la cabeza morena de Harry resaltaba el doble de lo normal entre la familia de pelirrojos. Sirius sonrió y corrió hacia allí, abrazando a su ahijado como si fuera el fin del mundo.

— ¡Harry! ¿Estás bien, no? — cuando dejó de abrazarle, Harry Potter estaba sonrojado furiosamente. Le sonrió de todas formas y Sirius le despeinó el pelo, que el muchacho se afanó en aplastar contra su cráneo mientras se sentaban en el destartalado sillón bohemio de los Weasley. Ginny les miró durante unos segundos mientras los demás se despedían y subían a acostarse de nuevo; finalmente, ella también se fue a la cama, después de guiñarle un ojo a Harry, que se sonrojó un poco más. — La tienes en el bote, Harry. — comentó Sirius, aliviando la tensión. Rió en voz baja mientras Harry bajaba la vista, azorado, y preguntaba:

— ¿Qué ha pasado? Lupin vino hace unos días para decirnos lo de Alemania y luego no me llamaste ni nada y Lupin volvió a venir para preguntar por si yo podía quedarme aquí más tiempo del que quedamos y para decirme que tú me contactarías cuando lo considerases oportuno.

— Harry, Harry, Harry, para. — le frenó Sirius, viendo que su ahijado había empezado a sacar conclusiones erradas. — Escucha: en Alemania nos atacaron unos tipos y Snape resultó herido: he tenido que estar velando por él hasta esta noche. Siento no haber podido venir antes, pero de verdad, no he podido.

— No pasa nada: con que estés bien tú… — dijo Harry, haciendo alarde de la nobleza de su padre y la compasión de su madre. Sirius sonrió con orgullo, le abrazó y dijo:

— Ahora en serio: quiero que te quedes en la Madriguera, que te portes bien y sobre todo, que no salgas nunca de casa sin alguien más y sabiéndolo los señores Weasley. — Harry le miró con rareza y Sirius añadió en tono confidencial. — Están pasando cosas y puede ser peligroso para ti el andar solo. Nunca, bajo ningún concepto, desobedezcas lo que te digan los señores Weasley.

— ¿Qué ha pasado, Sirius?

— No puedo decírtelo por ahora, pero quiero que sepas que esto puede ser grave. Si pudiera, te lo diría, Harry, — le insistió al ver la mirada de Harry. — pero esto ya no depende de mí.

— ¿Es sobre Voldemort? — Sirius negó con la cabeza, apesadumbrado. No podía contarle nada más y, en cierta forma, no quería: sabía que si le contaba Harry querría unirse a la lucha, y Sirius deseaba contar con su ahijado y luchar codo con codo con él, pero también sabía que Remus se opondría y, para Sirius, lo mejor era escuchar a Remus. Él no tenía el suficiente sentimiento de padre ultraprotector, a pesar de ver a Harry como su hijo casi; por el contrario, Remus era todo lo que una madre espera del padre: atento, sensible, afable, estricto cuando se necesita, haciendo de mamá gallina las veces que haga falta… Sí, debía seguir el consejo de Remus.

—2—

Sirius llegó a Grimmauld Place, dos semanas después de hablar con Harry, cerró la puerta de un portazo que despertó a la señora Black y bajó corriendo a la cocina, alterado. Había estado en el callejón Diagon más tiempo del que debería, ayudando a llevar a los heridos al hospital después del brutal y fortuito ataque. Como había esperado, los criminales aparecieron, desenfundaron las varitas, destrozaron unos edificios, atacaron y mataron al azar a cuanta persona se encontraba en su rango de visión, y luego desaparecieron, sin dejar ni rastro ni pistas para identificarlos.

Sirius no había estado en el ataque; de hecho, en el momento en que ocurría el incidente él estaba en Grimmauld Place, 12, en la cocina viendo cómo Snape se preparaba el desayuno. Desde que el horror había empezado a instalarse de nuevo en las calles y todo había empezado a descontrolarse y destruirse en la vorágine que estaba creando Malfoy, Severus parecía cada vez más consumido. Y las palabras de Remus, tan lejanas pasadas las dos semanas, volvían a aparecer en su mente: Malfoy estaba atacando directamente al punto fuerte y débil de Snape: ¿pretendía hacer que sus cimientos se tambalearan, o simplemente quería volverlo contra Dumbledore?

Se sacudió la cabeza, entrando en la cocina. La reunión ya había empezado y sólo faltaba él, Sirius. Se sentó en su lugar habitual, por el centro de la larga mesa, frente a Remus, al lado de Tonks y Dung. Como había esperado, Snape también estaba, a la derecha de Dumbledore. Lo que más le sobresaltó, sin embargo, fue encontrar a la señora Weasley allí, puesto que de parte de los Weasley solía venir uno de los hermanos mayores, para que los padres pudieran cuidar de los demás hijos y Harry. Sirius volvió la cabeza hacia Dumbledore, que comenzó a hablar:

— ¿Cómo está la situación en el callejón Diagon ahora?

— Todo está más calmado, señor. — dijo Sirius, sabiendo que la pregunta se dirigía a él por acabar de llegar del callejón Diagon. — Están desalojando a la gente, buscando pistas y… Bueno, hay muchos heridos, además de los muertos, y la gente está empezando a ponerse histérica pensando en otro posible alzamiento de un mago oscuro.

— Aparecieron de repente, Albus, — continuó Moody, frunciendo el ceño, — y tenían todo perfectamente planeado. Si era parte de un plan, que estoy seguro de que así era, no cometieron ni un solo error. — y aquello volvía a ser una indirecta para Snape, que no había informado de nada de esto a la Orden. El aludido se quedó en silencio, mirando al frente con mirada gélida: Sirius, después de años de peleas contra él, le conocía lo suficiente para saber que no contestaría, pero por dentro estaría cociéndose a fuego lento.

— Comportémonos, por favor. — lanzó Albus una mirada a la Orden en general y a Alastor en particular. Moody volvió a reclinarse en el asiento, frunciendo el ceño, dando varias vueltas a su ojo mágico y gruñendo en voz baja. Dumbledore sonrió al verle enfurruñado y luego preguntó. — Kingsley, ¿cómo está el Ministro?

— Dimitirá mañana oficialmente, o al menos esos son los rumores casi confirmados. Lo que sí es cierto es que se está hablando mucho de la incompetencia de Fudge y se están empezando a proponer candidatos para sustituirlo en el cargo. Scrimgeour parece interesado en entrar el gabinete.

— ¿Scrimgeour? — preguntó Moody. Se mesó el poco pelo que tenía y después de unos segundos dijo. — Sí, ese tipo tiene ambición y capacidad de mando. No estaría mal en el poder.

— Deberíamos adelantarnos a las elecciones. — sugirió Snape, al lado de Dumbledore. — Malfoy ya ha contactado con la mayoría de las familias Slytherin, con los antiguos mortífagos y piensa reunirse con otros más, como el redactor jefe del Profeta.

— ¿Algún movimiento más de Malfoy?

— No por el momento. No creo que él vaya a decirme nada sobre algún ataque planeado. — concluyó Snape. Los gruñidos desilusionados se escucharon perfectamente en la mesa y, después de que Dumbledore escaneara la arquitectura de la sala por unos segundos, dijo:

— No quiero alarmaros sin fundamentos, pero deberíamos establecer una base de la Orden. Dudo que Malfoy se rinda fácilmente, así que esto tomará tiempo. — todos tragaron duro de sólo pensar que la situación podía prolongarse y, finalmente, convertirse en otra Guerra Mágica. Sería horrible pensar en un nuevo Voldemort, en una nueva Marca Tenebrosa flotando encima de las casas atacadas mientras los aurores entraban a confirmar lo que no necesitaba siquiera confirmación: la muerte de todo aquel que se encontraba en el lugar.

— Podemos usar Grimmauld Place, si os parece bien. — propuso Sirius: llevaban reuniéndose en su casa, en su cocina, desde que había surgido el problema en Alemania y todo se había acabado desbordando. Sirius miró a su alrededor para ver cabeceos, murmullos de aprobación y la mirada brillante de Dumbledore.

— Muchas gracias por el ofrecimiento, Sirius. ¿Me das tu permiso para proteger la casa?

—3—

Y así, sin comerlo ni beberlo, Sirius vio su casa desbordada por la gente que, o estaba de paso, o se quedaba a comer, o tenía noticias del Ministerio, o simplemente se estaba alojando en la casa. La parte buena, pensó Sirius, era que al menos Harry estaba en Grimmauld Place, lo que suponía que podía vigilarlo las casi veinticuatro horas del días y sabía siempre si estaba bien o mal. La parte mala, por el contrario, era el afluente de gente entrando y saliendo por la casa: la familia Weasley se había quedado en Grimmauld Place, Remus continuaba allí, Snape también pululaba por allí y, entre todos ellos, Sirius no podía dejar de rezongar en una esquina y pensar que sus planes para conquistar a su enemigo se habían ido al traste.

Y es que la presencia de tanta gente en la casa había afectado a todos: Sirius se sentía contento y triste a la vez, un tanto estresado de vez en cuando, y feliz la mayor parte del tiempo. Remus sólo podía describirse como una persona estresada y estresante, puesto que los pequeños de los Weasley dejaban todo sucio y a Lupin la suciedad le horrorizaba. Y Snape, el tercer habitante permanente de esa peculiar casa, se había convertido en un ermitaño: Sirius sólo lo veía cuando iba de propio a su habitación, pues ni comía ni desayunaba ni cenaba con ellos. De hecho, pensó Sirius, parecía un importante hombre de negocios, pues entre semana no dejaba de ir y venir por la casa.

— Snape… — murmuró Sirius, mirando la penetrante oscuridad del cuarto. Snape estaba a su lado, tumbado de lado y dándole la espalda, tan desnudo como Sirius. — ¿Estás dormido?

— Es obvio que no. Si no te callas, ¿cómo piensas que voy a dormir? — fue su respuesta mordaz. Sirius gruñó, pensando en lo poco amable que era Snivellus con él, y luego se giró para mirarle la espalda, pues no podía ver más de él. Su mano bajó hasta la sábana y la subió, tapándolos a ambos con un gesto mimoso. Sirius se acercó un poco más y entonces, Snape gruñó, intentando mantener las distancias.

— No me gusta que vayas con Malfoy. — susurró Sirius, sin hacerle caso. Sin embargo, no se movió más, esperando que Snape dijera algo. Después de unos segundos de silencio, añadió. — Cada vez que te vas, tengo la sensación de que te van a matar por la espalda.

— Lo hará cuando deje de reportarle beneficios, Black. Todavía le soy útil, por tanto, todavía puedo vivir. — murmuró con simpleza. Le vio encogerse de hombros y, entonces, Sirius dijo:

— Te hace daño el ir con él.

— ¿Y eso qué más te da, chucho? — contraatacó rápidamente, sin girarse. Sirius puso una cara herida mientras Snape terminaba. — ¿No deberías estar celebrándolo? Estoy entre mis congéneres, a fin de cuentas.

— Tú no eres como ellos, Snape. No deberías rebajarte a su nivel. — Sirius volvió a tumbarse boca arriba, sin esperar respuesta de Snape. Por supuesto, éste no contestó y Sirius se levantó, buscando por la habitación sus pantalones. Cuando los encontró, sacó del bolsillo derecho un colgante. Constaba de una sencilla cuerda de cuero en la cual Sirius había atado un metal con forma de runa. Sirius suspiró, inspiró fuertemente y se tumbó, acercándose de nuevo a Snape y dejando el colgante frente a la cara de éste. — Tómalo.

— ¿Qué es esto, Black? No necesito baratijas. — respondió de malos modos Snape. Sin embargo, se traicionó a sí mismo recogiendo el colgante y guardándolo en el primer cajón de la mesilla. Sirius sonrió, viendo difícilmente lo que Snape hacía, y luego dijo:

— Estuve hablando con Dumbledore sobre la caja con la runa. Es bastante ingenioso eso de tallar una runa, decir su representación fonética y que la caja se abra. Luego, — prosiguió. — estuve estudiando las runas, al menos lo básico, e hice ese colgante. Remus me ayudó; según averiguamos ésa es la runa de la defensa: Ehwaz.

— Ésa es la de la asociación, Black. La de la defensa es Eihwaz. — le corrigió Snape con retintín y un poco de sarcasmo. Sirius frunció el ceño, bufó y continuó:

— Lo que sea. A lo que quiero llegar es que esa runa es un traslador: si la tocas con la mano y dices la palabra rúnica, el traslador se activará y te llevará de vuelta a Grimmauld Place. Llévatelo; no me gustaría que te murieras en una cuneta por culpa del idiota de Malfoy y su secta.

— ¡Oh, qué adorable por tu parte! — comentó con retintín Snape. Sirius rió, tomándoselo a broma, se acercó totalmente a Snape y le abrazó, haciendo caso omiso a sus gruñidos. Al menos así tenía un seguro de que, pasara lo que pasara, Snape llegaría a Grimmauld Place. Apoyó la frente contra la espalda del otro y cerró los ojos, sintiéndose aliviado.