La saga The Legend of Zelda y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Nintendo.


Capítulo 7
La fuente del Gran Hada

Los rayos del sol la despertaron pronto, pero se negó a abrir los ojos todavía. Aún tenía sueño y se sentía envuelta por una calidez muy reconfortante. Quiso darse la vuelta, huir de la luz del sol, pero se encontró con que le era difícil moverse, algo se lo impedía. Abrió a regañadientes los ojos. Un brazo la sujetaba desde atrás a la altura del abdomen. ¿Pero qué diantres…?

Como pudo, apartó aquel brazo de encima de ella y se incorporó ligeramente. Al darse la vuelta vio a Link durmiendo profundamente a su lado. ¿Qué hacía él ahí? Intentó hacer memoria sobre lo ocurrido la noche anterior y pudo recordar vagamente haberle pedido que no se separara de ella esa noche. Se sonrojó hasta las orejas. No se podía creer que ella misma hubiese tenido el descaro y el valor para pedirle algo así. Por suerte parecía ser que no había pasado nada entre ellos, ella estaba completamente vestida y él… bueno, él llevaba su pantalón de dormir, como siempre.

Se llevó las manos a la cara, avergonzada. ¿Qué podía hacer? Suerte que Impa no estaba allí para verlo, de lo contrario podría darse por muerta. Al recordar a Impa también recordó la discusión que había tenido con ella el día anterior. Zelda había dejado muy claro que no lucharía, que no lideraría aquel ejército que Impa estaba formando, pero después de hablar con Link ya no estaba muy segura de qué hacer. Si luchaba, sería responsable de enviar a un gran número de hombres a una batalla de la que, probablemente, no volverían con vida; si no luchaba, cientos de personas morirían porque ella no había hecho nada por evitarlo.

Zelda sabía que Impa no les llevaría a la batalla si no estaba segura de que tenían posibilidades de vencer, al fin y al cabo, como buena sheikah, era una mujer inteligente, astuta y con gran experiencia en la batalla. Además, Link le había asegurado que él también participaría en la lucha y ella misma había sido testigo de su gran destreza en combate, superior a la de la mayoría de los soldados del castillo, y de sus habilidades atléticas. Gracias a aquellos dos factores, comenzaba a tener la esperanza de que todo acabara finalmente bien.

Observó a Link, quien aún dormía. Alargó la mano hacia él y le apartó algunos mechones de la cara. Era la primera vez que lo veía dormir. Él siempre era el último en irse a la cama y el primero en levantarse. Aquella expresión tan relajada que tenía en aquel momento le hacía parecer más joven, parecía un niño. Su mirada bajó hasta su cuello. Una piedra de color verde en forma de pirámide anudada a un fino cordón negro colgaba de él. Era la primera vez que la veía, nunca antes se había percatado de que la llevara.

Los párpados de Link comenzaron a temblar ligeramente y, segundos después, comenzaron a abrirse lentamente. Zelda se apresuró a apartar la mano que aún continuaba sobre su rostro, avergonzada, pero Link la cogió antes de que pudiera hacerlo y la apoyó contra su mejilla.

— Tienes las manos suaves y calientes —dijo con una sonrisa—, son muy agradables.

— ¡Link! —exclamó Zelda muy sonrojada.

Link rió y se incorporó en la cama, sentándose, pero no soltó la mano de Zelda.

— Es un alivio que ya no le des importancia a lo que piense la gente de ti, pero veo que sigue dándote vergüenza ciertas cosas —dijo con una sonrisa burlona.

— Siento mucho no poder cambiar eso —respondió Zelda con tono sarcástico pero aún sonrojada—, es algo que no puedo evitar.

— No te preocupes —dijo volviendo a reír—, la verdad es que me gusta eso de ti.

Zelda sintió cómo todo su rostro y sus orejas ardían y cómo su pulso se aceleraba. Tras un pequeño apretón, Link le soltó la mano y se levantó de la cama. Sin poder moverse de donde estaba, lo vio moverse por la habitación, cogiendo su ropa, yendo hasta detrás de la mampara para cambiarse, dirigirse a las escaleras y bajar al piso de abajo, todo como cualquier otra mañana. A veces odiaba aquella actitud tan natural y despreocupada que él poseía en situaciones como aquella.


No hablaron mucho durante gran parte de la mañana, Link estaba ocupado con sus tareas diarias y Zelda meditando en lo que hacer de ahora en adelante. Tras sopesar todas las opciones y debatir los pros y los contras, por fin, a media mañana, tomó una decisión. No sabía si aquella era realmente la decisión correcta, probablemente no lo sabría hasta que todo terminara, pero en aquel momento era la que le pareció mejor para todos.

Cuando salió de la casa, Link estaba de espaldas a ella sentado sobre un taburete de madera cerca del establo, afilando puntas de flecha sobre una piedra de color gris amarillento.

— ¿Qué ocurre? —preguntó Link cuando Zelda se colocó a su espalda.

Ni tan siquiera se había girado, pero había sabido en seguida que ella se encontraba detrás de él. Link sopló una de las flechas, quitándole los residuos, y continuó con su trabajo.

Zelda permaneció unos minutos en silencio, reuniendo el valor necesario para comunicarle su decisión. Tomó una bocanada de aire y luego exhaló, calmándose.

— He decidido que finalmente lucharé —informó—. Partiré a Kakariko, donde me pondré al frente del ejército que Impa está formando, tal y como ella me ha pedido.

Sin decir nada, Link se levantó y, con las flechas en la mano, entró en el establo.

— ¿Link? —lo llamó Zelda, confusa por su falta de reacción.

Unos minutos después volvió a salir cargando con un arco y un carcaj lleno de flechas. Le ofreció el arco a Zelda, quien lo aceptó y lo observó. No era el arco que él siempre llevaba consigo, era algo diferente, un poco más pequeño y parecía nuevo.

— Prueba a ver que tal te va —sugirió Link.

Zelda, algo confusa, cogió una de las flechas del carcaj y la cargó en el arco. Su mano izquierda se cerró alrededor, amoldándose a la perfección, y tensó la cuerda. Apuntó hacia uno de los árboles que había en un extremo del claro y disparó. La flecha se clavó en el centro del tronco, en el punto justo en el que ella había apuntado. Estaba sorprendida con la precisión de aquel arco, le era mucho más manejable y fácil de tensar que el de Link.

— Es todo tuyo —dijo Link—. Lo he hecho especialmente para ti. Últimamente he visto que has mejorado mucho, por lo pensé que sería mucho más práctico que tuvieras el tuyo propio. Es más preciso, pero menos potente, creo que para ti será mejor que el mío. ¿Te gusta?

Una gran sonrisa se dibujó en los labios de Zelda. Por supuesto que le gustaba, es más, le encantaba aquel regalo. Siempre había recibido brillantes joyas y caros vestidos, pero aquel arco hecho a mano, en el que se podía ver que Link había puesto gran esfuerzo y dedicación, era el regalo más valioso que podía haber recibido jamás.

— ¡Muchas gracias! —agradeció emocionada, sujetando aquel arco con fuerza—. Es el mejor regalo que me han hecho nunca.

— No será para tanto —dijo él algo avergonzado, quitándole importancia—. Seguro que has recibido cientos de regalos mejores y más caros.

Zelda negó con la cabeza con efusividad.

— Bueno, dejémoslo —dijo Link rascándose tímidamente la nuca—, tengo algo más para ti.

Link le entregó una daga. Era pequeña y sencilla, sin ningún tipo de adorno.

— Puede que te sea útil en algún momento —explicó Link—. Es fácil de esconder, puedes incluso llevarla metida en la bota.

Sacó la daga de su funda y observó la hoja. Se notaba que era completamente nueva, sin usar, ambos filos estaban perfectamente afilados. Link cogió la daga de sus manos y la volvió a enfundar. De improvisto, se colocó detrás de ella, le agarró la muñeca derecha y le torció el brazo hacia atrás, inmovilizándolo. Un instante después, Zelda sintió la daga en su cuello, o más bien la funda de ésta, justo encima de la vena. Aunque sabía que en realidad no había nada afilado junto a su cuello, Zelda, por instinto, no se movió ni un pelo e intentó con toda sus fuerzas no tragar saliva.

— Espero que no tengas nunca que recurrir a esto —oyó a Link decir junto a su oreja—, pero si alguna vez necesitas matar a alguien con la daga, ésta es la mejor manera de usarla.

Link deslizó el "filo" de la daga por su cuello, mostrándole el gesto que debía hacer para degollar a alguien. Finalmente la soltó y se colocó de nuevo frente a ella. Zelda se llevó la mano al cuello.

— Supongo que eso no ha sido muy agradable y puede que te haya hecho daño en el brazo —dijo Link con una sonrisa avergonzada—. Creí que era la mejor forma de enseñarte.

Ciertamente no había sido lo más agradable del mundo, precisamente, pero sí que había sido muy educativo.

— No te preocupes, solo que me has cogido un poco de improvisto.

— Lo siento —se disculpó Link, pero ella negó con la cabeza, quitándole importancia al asunto—. ¿Quieres probar?

Se puso de espaldas a ella y esperó. Zelda intentó imitar los movimientos de él, pero no supo muy bien como proceder. Finalmente, siguiendo las indicaciones de Link, consiguió inmovilizarle el brazo y poner la daga contra su garganta.

— Tendrás que practicar un poco —dijo él mientras ella lo soltaba—. Tienes que inmovilizar con más fuerza, no querrás que tu enemigo se suelte y te ataque.

— Tenía miedo de hacerte daño si apretaba más —respondió ella algo avergonzada.

Link simplemente le sonrió.

— Bueno, será mejor que vayas a cambiarte mientras yo preparo la comida. Saldremos en un rato.

— ¿Salir? ¿A dónde?

— Ya lo verás —respondió Link con una gran sonrisa.


Un par de horas más tarde, ambos se encontraban atravesando el bosque por una zona por la que Zelda no había estado nunca antes. Iba armada con su arco nuevo, un carcaj lleno de flechas y el estoque que Link le había prestado. Él por su parte llevaba también su arco, flechas, su espada y una bolsa con la comida y el agua.

Desde que habían comenzado la marcha, Zelda había intentado sacar el tema de su partida a Kakariko, pero Link o bien la ignoraba o bien cambiaba de tema, frustrándola. También había intentado sonsacarle el lugar al que se dirigían, pero él no soltaba prenda. Una de aquellas veces, la princesa había resoplado ante la falta de cooperación por parte de él, a lo que Link se había limitado a reír, molestándola aún más.

Atravesar aquella parte del bosque era una tarea bastante difícil para la princesa. Hasta el momento había explorado muchas zonas del bosque junto a Link, pero ninguna de ellas había sido tan irregular como aquella. El terreno estaba lleno de rocas resbaladizas, matorrales y zarzas, así como un innumerable número de desniveles. Más de una vez Link la había tenido que ayudar a subir o bajar alguna de aquellas cuestas, aún le faltaba mucho entrenamiento para poder moverse por allí con la misma facilidad que él.

— ¿Queda mucho? —preguntó Zelda cuando pararon para comer.

— Al ritmo que llevamos puede que una hora más aproximadamente —respondió pensativo.

Zelda suspiró, estaba cansada y le dolían los pies.

— No te preocupes, en cuanto lleguemos te sentirás mucho mejor —aseguró Link.

— ¿Piensas decirme a dónde vamos?

— Lo verás en cuanto lleguemos.

Siguieron adentrándose en el bosque. Tal y como Link había dicho, estuvieron casi otra hora más caminando. Era increíble lo enorme que podía llegar a ser el Bosque Perdido y, tal y como indicaba su nombre, era un lugar en el que podías perderte con facilidad si no lo conocías bien.

Llegaron a una zona muy lúgubre, en la que las copas de los árboles estaban cubiertas por lo que parecía una enorme telaraña. Link se detuvo, obligando a Zelda a que detenerse también, indicándole que permaneciera detrás de él.

— ¿Qué ocurre? —preguntó la princesa.

Pero Link no respondió, permaneció observando aquellas telarañas. Zelda las observó también. Durante el tiempo que llevaba en el bosque había visto y había tenido que aprender a convivir con un sinnúmero de bichos, arañas incluidas, pero nunca había visto telarañas como aquella. Tenía varias decenas de metros, y eso solo lo que estaba a la vista. Tragó saliva. Comenzaba a no gustarle nada aquel lugar.

Oyó un ruido, un pequeño crujido a su espalda. Al darse la vuelta para ver de dónde provenía, vio a pocos metros de distancia una especie de araña gigantesca colgada por un hilo, boca abajo, casi tocando el suelo. La araña era más grande que ella y su cuerpo parecía estar cubierto por una coraza o un caparazón con forma de cara. Dio un chillido e intentó retroceder, pero tropezó con Link, quien aún permanecía tras ella, y ambos cayeron al suelo. La araña tocó suelo y se abalanzó sobre ellos con gran rapidez. Antes de que Zelda pudiera reaccionar, Link la cogió y la apartó de un empujón de la trayectoria de la araña. Zelda rodó varios metros por el suelo. Cuando se detuvo, vio que la araña estaba sobre Link, atrapándolo entre el suelo y sus patas.

El joven intentaba inútilmente empujar a aquella criatura, pero ésta era muy fuerte y pesada. La araña intentaba atacarlo con las pinzas situadas en su boca, dirigiéndolas hacia su cabeza, pero él consiguió evitarlas. Mientras seguía empujando con una de sus rodillas y una de sus manos, llevó la otra mano a su cinturón, del cual sacó su cuchillo. Lo empuñó con fuerza y lo clavó en el abdomen de la araña. Tras un fuerte chillido, ésta retrocedió, liberando a Link de su agarre. Con rapidez, se levantó del suelo y desenvainó su espada, listo para rematar a la criatura. La araña volvió a arremeter contra él, pero Link asestó una fuerte estocada, clavándole su espada en la boca. La araña volvió a chillar, para luego desplomarse en el suelo. El cuerpo de la criatura se convulsionó varias veces hasta que finalmente permaneció inmóvil, sin vida.

— ¿Qué era eso? —preguntó Zelda acercándose a Link.

— Una skulltula —respondió Link—. Las skulltulas habitan aquí, en el bosque, pero no en esta parte.

Link permaneció unos instantes pensativo.

— Puede que los monstruos que llevan todo este tiempo entrando en el bosque hayan causado más problemas de los que yo pensaba —dijo de forma ausente.

— ¿Qué quieres decir?

Link la miró fijamente con una expresión en su rostro llena de preocupación.

— No estoy muy seguro —respondió—, pero creo que algo ha tenido que obligar a esa skulltula a huir de su hábitat —hizo una larga pausa—. Sigamos. No es muy recomendable que nos quedemos aquí.

Siguieron caminando durante varios minutos, hasta que, finalmente, llegaron a destino. Ante ellos se alzaban enormes rocas del tamaño de un establo, apiladas unas sobre otras. En la base, entre dos de aquellas rocas, había una abertura.

— Vamos, ya casi hemos llegado —indicó Link—. Solo nos queda entrar por aquí.

— ¿Eh?

¿Tenían que meterse ahí? Parecía lo suficientemente grande como para que una persona de tamaño medio cupiera a gatas por ella, pero estaba segura de que no sería una tarea nada fácil.

Link fue el primero en entrar y Zelda no tardó en seguirlo. Aunque la entrada era estrecha, pronto la cueva comenzó a ensancharse hasta que finalmente pudieron ponerse en pie. Las paredes de la cueva, y parte del suelo, estaban cubiertas por una especie de musgo luminoso, gracias al cual podían intuir por donde caminaban.

No tardaron en comenzar a vislumbrar una pequeña luz verdosa al fondo. Cuando llegaron al origen de aquel resplandor, vieron que la cueva se ensanchaba de forma abrupta, formando una sala circular. Las paredes de roca estaban salpicadas de pequeñas gemas brillantes y por ellas corría una fina película de agua, la cual se colaba por unas grietas en el suelo. En el centro de la sala, había una pequeña laguna de agua cristalina que desprendía aquella luz verde. La laguna estaba rodeada por un anillo de piedra, el cual estaba sostenido por seis pilares, y unos pequeños seres luminiscentes revoloteaban sobre su superficie como si fueran luciérnagas. Aquellos seres estaban rodeados por una débil luz rosada.

— ¡¿Son hadas?! —exclamó Zelda.

Miró sorprendida a Link, quien le devolvía la mirada con una sonrisa en los labios. Sin decir ni una palabra, Link caminó hasta la laguna, donde las hadas comenzaron a rodearle.

— ¡Link! —exclamó un hada.

— Link —dijo otra.

— Link.

— Link.

Pronto se vio rodeado por aquellas diminutas criaturas, las cuales lo saludaban, lo tocaban y algunas incluso se sentaban sobre sus hombros o brazos.

Zelda contemplaba estupefacta la escena frente a ella. No solo aquellas hadas parecían conocer a Link, también parecían muy contentas de verle. Link se giró hacia ella y le indicó con la mano que se acercara. Desde lejos, aquellas hadas parecían puntos de luz con alas, pero, al acercarse, pudo distinguir sus pequeños cuerpos. Cuando estuvo junto a ellos, las hadas se giraron hacia ella y la miraron con curiosidad. Una de ellas, una que estaba sentada sobre la cabeza de Link, se acercó a Zelda y se puso a la altura de sus ojos, a pocos centímetros de distancia.

— ¿Quién eres? —preguntó el hada muy seria—. ¿Eres amiga de Link?

Zelda miró a Link, quien afirmaba con un pequeño gesto de cabeza.

— Sí, así es —respondió Zelda algo nerviosa—. Me llamo Zelda.

El hada esbozó una gran sonrisa para luego posarse sobre la cabeza de Zelda, al igual que había hecho antes con Link. Otras hadas no tardaron en unirse a la primera, sentándose sobre ella o simplemente revoloteando a su alrededor. Ante el contacto de aquellas hadas, comenzó a notar como el cansancio y las molestias comenzaban a desvanecerse. Zelda alzó uno de sus dedos y una de aquellas hadas se posó sobre él. La princesa la observó atentamente. Era muy bonita, al igual que las otras, y su pelo era de un color turquesa muy chillón. Todas ellas tenían colores de pelo muy llamativos y poco naturales, rosas, verdes, azules, rojos y un sinfín de colores más.

— Hacía mucho tiempo que no venías, Link —se oyó a alguien decir.

El agua de la laguna comenzó a iluminarse con una intensa luz blanca. Cuando volvió a la normalidad, una figura apareció flotando en el centro, a pocos centímetros por encima de su superficie. Era una mujer alta y muy delgada, con hermosos rasgos, el cabello largo hasta las rodillas de color verdoso y un par de alas translúcidas, parecidas a las de una mariposa, en su espalda. Su único atuendo consistía en un pañuelo atado a la cadera y un par de mechones de pelo cubriéndola ligeramente por delante, no dejando gran cosa a la imaginación.

Zelda apartó la mirada de aquella mujer, algo avergonzada. En cambio Link la miraba sin inmutarse, sin un atisbo de vergüenza, como si aquella visión no fuera nueva para él, cosa más que probable.

La mujer se acercó a Link lentamente, caminando sobre el agua, con movimientos gráciles y elegantes, moviendo las caderas de forma sinuosa. Posó con suavidad su mano sobre la mejilla de él y ladeó un poco la cabeza, en actitud coqueta.

— ¿Por qué no has venido a verme antes, Link? —dijo con voz seductora para luego depositar un suave beso en los labios de él—. Te he echado de menos.

Zelda no pudo evitar sonrojarse ante aquella muestra de afecto.

— Lo siento mucho, he estado ocupado —se disculpó.

— Lo entiendo —respondió ella arrimándose a él y acariciándole con un dedo la mandíbula—, has estado cuidando de la princesa de Hyrule, ¿verdad?

Aquella mujer giró la cabeza hacia Zelda y sonrió. Se apartó de Link y se acercó a la princesa con la misma gracilidad de antes. Una vez que estuvo frente a ella, la miró de arriba abajo con curiosidad. Finalmente, al igual que había hecho con Link, posó su mano sobre la mejilla de Zelda.

— Soy el Gran Hada del Valor —dijo la mujer—. Es un placer conoceros, Alteza.

Entonces, sin que Zelda pudiera siquiera verlo venir, el Gran Hada le dio a ella también un beso en los labios. Si antes se había sonrojado al verla besar a Link, ahora estaba completamente avergonzada.

— ¡Qué mona! —dijo el Gran Hada con una gran sonrisa—. Es la primera vez que veo a alguien tan avergonzado por algo así.

— Zelda no está acostumbrada a ese tipo de muestras de afecto —dijo Link—, es normal que reaccione así.

El Gran Hada soltó una risita.

— No puedo evitarlo —respondió acariciando levemente el rostro de Zelda—, me gustan las cosas bonitas, y ella lo es mucho.

Zelda lo oyó soltar una pequeña risa, por lo que le lanzó una mirada de enfado por burlarse de ella, pero él se limitó a sonreír. Aquello solo la enfureció más, a veces sentía envidia de la poca importancia que él le daba a aquellas situaciones.

— Dime, ¿a qué habéis venido? —preguntó el Gran Hada girándose hacia Link.

— Quería pedirte prestadas un par de tus hadas —respondió él—. Tenemos que dejar el bosque por una temporada y nos serían muy útiles.

— Eso significa que participarás en la guerra —afirmó el hada.

Link hizo un gesto de afirmación con la cabeza. El Gran Hada exhaló un gran suspiró.

— Vas a enfrentarte a un hombre muy peligroso, Link, deberás tener mucho cuidado.

— ¿Sabéis lo que está ocurriendo? —preguntó Zelda de forma cortés.

— Yo sé todo lo que ocurre en este reino —respondió el Gran Hada con orgullo—. El poder de las Tres Grandes Hadas abarca todo Hyrule, no es difícil para nosotras saber lo que pasa en todos y cada uno de sus rincones.

— ¿Qué sabes sobre el ejército que ha invadido la Ciudadela? —preguntó Link—. Me gustaría saber a qué nos enfrentamos.

El Gran Hada permaneció unos segundos en silencio, pensativa, poniendo mentalmente en orden toda la información de que disponía.

— El ejército está compuesto principalmente por monstruos y demonios —informó la mujer—, pero también hay un buen número de gerudos en él. Su líder es un hombre llamado Ganondorf, un hombre venido del desierto, al igual que las mujeres gerudo, pues es su rey. Es un hombre muy poderoso, posee una fuerza sobrehumana y un poder mágico que supera al de cualquier otro mortal. Si vas a enfrentarte a él, que sé que lo harás, necesitarás aumentar el tuyo.

— Bueno, puede que no llegue a verme las caras directamente con él —dijo Link con una sonrisa tímida—, en una guerra pueden pasar muchas cosas.

El Gran Hada negó con la cabeza.

— Te enfrentarás a él, Link —auguró—. Vuestro encuentro está predestinado, lo supe en el mismo momento en el que salvaste a la princesa de las garras de sus secuaces. ¿Cuál será el resultado de dicho enfrentamiento? Solo las diosas lo saben.

El silencio reinó en el lugar. El resto de hadas, que habían permanecido revoloteando por el lugar mientras ellos hablaban, se habían quedado quietas y en silencio, conscientes de la seriedad de la situación.

Zelda tragó saliva. ¿Link tenía que enfrentarse a Ganondorf cara a cara? ¿Al hombre que había arrasado la Ciudadela y había asesinado al rey? En ese momento volvió a sentir el mismo miedo que había sentido aquella fatídica noche. Ganondorf era monstruosamente fuerte, ella había sido testigo de su enorme poder. Link no tenía ninguna posibilidad de salir con vida de un enfrentamiento directo.

Imágenes de aquella noche volvieron a inundar su mente, las llamas, los gritos, la sangre derramada… Comenzó a temblar. No quería que Link corriera la misma suerte que toda aquella gente, no podía permitirlo. Se acercó a él y tiró de su túnica.

— No lo hagas, Link —suplicó—, no te enfrentes a él, te matará.

Link frunció el ceño.

— Eso no lo sabemos todavía, Zelda —respondió él.

Zelda negó con fuerza con la cabeza.

— Te he visto luchar, Link —insistió—. Eres fuerte, muy fuerte, pero Ganondorf lo es más. Posee un poder monstruoso.

— Ella tiene razón —dijo el Gran Hada—. Con tu poder actual no estás a la altura, necesitas hacerte más fuerte.

— ¿Cómo? —preguntó Link—. Uno no puede hacerse más fuerte de la noche a la mañana.

— No es tu físico lo que tiene que hacerse más fuerte, sino tu espíritu —informó el hada—. Debes fortalecer tu poder mágico. Yo fui quien lo despertó cuando aún lo tenías latente, por lo que sé cuán grande es el poder que posees, solo tienes que hacerlo salir. Para ello puedes practicar o pedirles a otras Grandes Hadas que te ayuden.

Link permaneció en silencio, pensativo.

— ¿Por qué debe pedírselo a otras Grandes Hadas? —preguntó Zelda—. ¿No podéis hacerlo vos?

El Gran Hada del Valor negó con la cabeza.

— Yo solo puedo conceder un don por persona —respondió—. Años atrás desperté su poder mágico, por lo que ya no puedo hacer nada más por él…

— Entiendo…

Link dejó la bolsa que llevaba en el suelo y de ella sacó un par de botellas vacías. Eran de cristal y ambas tenían un tapón de corcho con varios agujeros. Destapó ambas botellas y le pasó una a Zelda.

— Esta es para ti —dijo.

La princesa lo miró de forma inquisitiva. ¿Para qué quería ella una botella vacía? Vio que también sacaba de la bolsa un par de terrones de azúcar e introdujo cada uno en una de las botellas. Zelda cada vez estaba más confusa. El hada que antes se había sentado en su cabeza se acercó a la botella y se introdujo, sentándose junto al terrón y comenzando a comer de él. Otra hada se introdujo en la botella que Link sostenía e imitó a la primera. Sin perder un instante, Link cerró ambas botellas y una se la colocó colgada del cinturón.

— Guárdate esa —indicó Link—. Son hadas curativas, nos serán útiles en caso de que alguien resulte herido.

Había oído hablar de aquel tipo de hadas, a diferencia de las hadas normales, las cuales vivían en algunos bosques, las hadas curativas eran difíciles de encontrar, se decía que solo un puñado de aventureros habían encontrado alguna vez uno de sus escondites.

Observó al hada que había en su botella. Se la veía feliz, comiendo de aquel enorme, en proporción al hada, terrón de azúcar.

— ¿Por qué las llevamos en botellas? —preguntó Zelda si dejar de mirarla—. Podrían ir a nuestro lado.

— El exterior de esta cueva es muy peligroso para ellas —respondió el Gran Hada—. A los animales salvajes les encanta cazarlas. Además, mientras tengan algo dulce para comer ya son felices —añadió con una sonrisa.

Zelda rió ante el comentario del Gran Hada.

— Creo que va siendo hora que nos marchemos —interrumpió Link—. Se está haciendo tarde.

— ¿Tan pronto? —dijo el Gran Hada del Valor apenada.

El hada se acercó a él y le apartó suavemente unos mechones de pelo de la frente.

— Eres un hombre muy cruel, Link —dijo haciendo un pequeño puchero—. No solo no vienes a visitarme casi nunca, sino que además te quedas muy poco tiempo.

— Lo siento —se disculpó con una sonrisa apenada—, intentaré quedarme más la próxima vez.

— No te creo.

Le rodeó el cuello con los brazos y los besó de nuevo, pero esta vez fue más intenso y largo. Cuando se separó de él, se giró hacia Zelda. La princesa se sonrojó, sabía que era lo que pretendía el Gran Hada. Sujetándole la barbilla, el hada depositó un pequeño beso en la mejilla de Zelda y luego le sonrió.

— ¿Te parece mejor así? —preguntó el Gran Hada.

Zelda afirmó con la cabeza, avergonzada.

El Gran Hada la rodeó con los brazos en un cálido abrazo. Zelda sintió algo que hacía tiempo que no sentía. Estar entre los brazos de aquella hada le recordó los abrazos de su madre.

— No dejes que muera —oyó al Gran Hada susurrándole al oído.

Cuando se separó, el Gran Hada del Valor la miró unos instantes con preocupación evidente en su rostro, para luego girarse y dirigirse hacia el centro de la laguna. Una vez allí, desapareció.

Zelda se quedó pensativa. ¿Qué había querido decir el Gran Hada? ¿Qué de alguna manera Link estaba en peligro? ¿Tendría algo que ver con su futuro encuentro con Ganondorf? Si realmente fuera así, si a Link le ocurriera algo por ello, todo sería culpa suya, por haberlo metido en todo aquello. Pero no dejaría que a él le ocurriera nada malo, le prometió mentalmente al Gran Hada del Valor que haría todo lo que estuviera en su mano para protegerlo de aquel hombre, Link no correría la misma suerte que su padre.


Comentarios: Otra vez por poco se me olvida subir el capítulo, suerte que me he acordado ^^U

Habréis visto que me he basado en la Gran Hada que sale en el Twillight Princess para la de esta historia. En realidad hay elementos de varios juegos, por ejemplo para algunos enemigos me he basado en el Skyward Sword y para los lugares en el Ocarina of Time. Espero que no sea muy lioso.

Muchas gracias a todos por vuestros reviews, follows, favoritos y/o simplemente por leer esta historia. Y como siempre a Alfax por ser mi beta reader.

¡Hasta la próxima!