Capítulo 7: Tempestad

Tres días. Llevaba tres días sin saber absolutamente nada de Inuyasha. Fue como si hubiera desaparecido por completo del mapa. Aquel día no la recogió en el trabajo. Lo llamó por teléfono una y otra vez, cerca de cuarenta veces, pero no le contestó. Al final, se hartó, se marchó a casa y lloró desconsolada por el plantón y por la terrible sospecha de que él en verdad fuera un mafioso. ¿Cómo podía tener tan mala suerte?

Estuvo llorando hasta que la preocupación la venció. ¿Y si le había sucedido algo? Volvió llamar varias veces sin obtener ninguna respuesta. Decidida, se puso una chaqueta, se calzó los zapatos y cogió un taxi hasta el apartamento de Inuyasha. El portero le dijo que el señor Taisho había salido por la mañana y que todavía no había regresado. Aun así, por si al portero se le había pasado por alto, subió y estuvo llamando al timbre por largo rato. Nadie le contestó. Ni un ruido, ni el menor atisbo de que hubiera alguien dentro.

De vuelta a casa, tenía ganas de tirarse de los pelos. Lo que menos podía soportar era no tener noticia alguna de Inuyasha. Eso era mucho peor que pensar en todo lo que le dijo Ayumi en la oficina. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no le avisó? ¿Por qué no tenía noticias de él? ¿Le habría sucedido algo grave? Necesitaba respuestas y se le cruzó por la cabeza la idea de que hubiera ido a buscarla a su apartamento en ese lapso de tiempo. Al llegar, sin embargo, no encontró a nadie esperándola, ninguna nota o una carta. Nadie había estado allí; empezaba a sentirse asfixiada.

Se dio un baño relajante o eso intentó. Al salir de la bañera, seguía sintiéndose exactamente igual y su móvil continuaba sin sonar. Tuvo que ponerlo a cargar al comprobar que había consumido gran parte de la batería llamando a Inuyasha. Estuvo muy intranquila durante el resto del día, durmió mal y el fin de semana no fue mejor. Inuyasha continuaba sin cogerle el teléfono el sábado; el domingo sucedió algo que casi la mató. Cuando lo llamó por primera vez el domingo por la mañana, el móvil no daba señal, como si se hubiera averiado. ¿Qué estaba sucediendo?

Después de pasar el peor fin de semana de toda su vida desde que sus padres murieron, fue a trabajar con el ánimo por los suelos. Ni siquiera se arregló en condiciones esa mañana. Se puso un traje de chaqueta y falda azul cielo, una camisa de seda y los zapatos. La melena se la cepilló y no se hizo nada en especial en el pelo, ni se maquilló. Cara lavada y camisa blanca. ¿Transmitiría eso su estado nefasto de ánimo?

En el hall de la empresa se encontró frente a frente con Ayumi. Estaba hablando con unos empleados; se calló nada más verla. Durante unos instantes, intercambiaron miradas sin decir una sola palabra. Entonces, Ayumi hizo amago de acercarse para hablar, pero ella lo rechazó. Giró la cabeza con el ceño fruncido y pasó de largo a su lado para entrar en el ascensor. No recordaba haber estado enfadada con Ayumi nunca. Sí que se enfadó muchas veces con Yuka y Eri para luego arreglarse rápidamente, pero nunca con Ayumi. Ella era tan buena… ¡Hasta que le dijo aquellas cosas tan horribles sobre el hombre al que amaba!

No tenía su mayor apoyo en el mundo de su lado. Quería mucho a Eri y Yuka, pero no era lo mismo. Ellas no eran tan comprensivas y se les daba fatal consolar. No sabía ni cómo consolarse a sí misma. Rechazaba la idea de ponerse a comer helado de forma compulsiva y no quería preocupar a sus tíos. De hecho, no fue a comer el domingo con ellos para evitar que notaran su evidente depresión. No sabía si los había preocupado más diciéndoles que estaba resfriada.

Quizás con el trabajo lograba distraerse. Decían que el trabajo era la droga perfecta para una persona en estado profundo de depresión. ¿Sería ese su caso? Iba siendo hora de comprobarlo. Se bajó en su planta y se dirigió directamente a la mesa de su secretaria.

― ¿He recibido alguna llamada? ― le preguntó ― ¿Algún paquete o carta?

― Le he dejado su correspondencia sobre el escritorio, como siempre. No ha recibido ninguna llamada.

― Vaya…

En el fondo, tenía la esperanza de que le diera un mensaje inesperado de Inuyasha del viernes a última hora en el que le informaba de que tenía trabajo lejos y que volvería el lunes.

― ¿Esperaba algo señorita Higurashi?

― No estoy segura… ― musitó.

― A lo mejor lo encuentra en su despacho.

Algo le estaba ocultando su secretaria. Se dirigió hacia la puerta de la oficina con ella siguiéndola de cerca y abrió las puertas de par en par. Todo su despacho estaba lleno de enormes ramos y coronas de flores. Había tulipanes, rosas, claveles, orquídeas y margaritas por todas partes. Estaba precioso y olía de maravilla.

― No quería estropearle la sorpresa. ― dijo la secretaria a su espalda ― Lo han traído para usted de la mejor floristería de la ciudad esta misma mañana, muy temprano.

Todo eso era de parte de Inuyasha, seguro. De hecho, detectó una nota en uno de los ramos sobre el escritorio. Seguro que era una explicación, una muy buena explicación.

― Gracias. ― se dirigió hacia el escritorio ― Estaré trabajando, que no me molesten.

Cuando escuchó la puerta cerrarse a su espalda, supo que estaba sola. Tomó la nota del ramo de rosas y las olió antes de echarle un vistazo. Aparecía el nombre de Inuyasha y un número de móvil diferente al que ella tenía. ¿Se lo habría cambiado? ¿Se le averió? ¡Qué importaba! La cuestión era que Inuyasha no la había plantado.

Contenta, tomó el teléfono móvil y estaba marcando el número cuando se abrió la puerta de su despacho. Se volvió, enojada porque pidió que no la molestaran, y frunció el ceño al ver a Ayumi. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué miraba las flores de esa forma? Creía que había quedado bastante claro que estaba enfadada con ella. ¿A qué iba a su despacho? ¿A estropearle aquel maravilloso momento?

― Kagome… ¿qué es todo esto?

― La prueba de que mi novio no se ha olvidado de mí. ― dijo con clara supremacía.

― Yo nunca he dicho eso…

Era verdad. Ayumi nunca puso en duda que él la amara o fuera a dejarla.

― ¿Quieres algo o solo vienes a contar más mentiras? ― le reprochó ― Ya has manchado bastante el nombre de un hombre estupendo, como puedes ver.

― ¿Vas a dejarlo pasar porque te ha comprado flores? ― le recriminó ― Kagome, tú eres más inteligente que eso…

― ¿A qué has venido? ― le dio la espalda ― Nadie te ha invitado.

― No podemos seguir enfadadas por una tontería. Nosotras…

― ¿Te parece esto una tontería? ― la interrumpió ― Aún no me puedo creer lo que has dicho del hombre al que amo; más aún, sabiendo que mis padres…

Se le hizo un nudo en la garganta al recordarlo. Por un momento, visualizó la mancha de sangre en forma de mariposa en la pared del salón de su casa familiar. Había intentado apartar esa imagen de su mente por todos los medios. ¡Odiaba las mariposas!

― Ojalá no lo amaras… ― se atrevió a decir ― Todo sería más sencillo si…

― Vete.

Escuchó suspirar a Ayumi a su espalda. Poco después, oyó sus pasos alejándose y el ruido de la puerta al cerrarse. Ayumi había conseguido estropearle un momento estupendo después del mal fin de semana que había pasado. Rodeó su escritorio y se sentó en su sillón de cuero. Ayumi estaba equivocada y pensaba demostrárselo. Tal vez hubiera perdido a una amiga, pero no perdería a Inuyasha. ¿Qué tenía que hacer la amistad contra el amor?

Marcó de nuevo el número de móvil escrito en la nota y se llevó el auricular al oído. Escuchó los tonos de llamada que claramente indicaban que esa línea funcionaba. Poco después, cogieron el teléfono.

― ¿Señorita Higurashi?

Esa era la voz del chófer de Inuyasha.

― Sí, soy yo. ¿Puedo hablar con Inuyasha?

― Por supuesto. ¿Ha recibido las flores correctamente?

― Sí, todo está correcto.

Notó que el móvil era movido tras contestar a esa pregunta y esperó.

― ¿Kagome?

― ¡Inuyasha!

Notó que el corazón se le iba a salir del pecho por la emoción al escuchar la voz de Inuyasha. Una voz que, por otra parte, encontró más débil de lo normal. Parecía enfermo.

― ¿Estás bien?

― Lo siento, Kagome. ― se disculpó ― Debí recogerte el viernes y ni siquiera te llamé…

― Dime qué sucedió.

Estaba segura de que algo grave había sucedido, se lo notaba en la voz.

― No debes preocuparte. Me operaron de apendicitis, nada más.

¿Apendicitis? Sí, eso se operaba. El pobre debía haber pasado un fin de semana horroroso mientras que ella se cuestionaba su amor… ¡Qué tonta!

― Se me rompió el móvil cuando perdí el conocimiento… ― le explicó ― Por eso no te llamé antes.

¿Perdió el conocimiento? Podría haberse abierto la cabeza al caer al suelo. No, claro que no. Seguro que sus escoltas y su chófer estaban cerca de él, como de costumbre. Lo llevarían lo más rápido posible a un hospital. Ninguno tuvo tiempo de avisarla. Seguro que estaban preocupadísimos por su jefe. Además, no actuaban sin órdenes e Inuyasha no estaba en condiciones de darlas. Necesitaba verlo.

― ¿Dónde estás ingresado? ― le preguntó ― Iré a verte.

Tomó un post‐it y cogió su pluma, preparada para tomar nota.

― Me dieron el alta ayer por la tarde…

― Entonces, iré a verte a tu apartamento. ― dedujo.

― No, no estoy en mi apartamento… estoy en otro sitio…

― ¿Dónde? ― volvió a preguntar extrañada.

Inuyasha le dio la dirección de un apartamento que estaba casi a las afueras de la ciudad. Nunca había estado allí. Tendría que tomar un taxi para ir a ese sitio. Se despidió de Inuyasha con un beso y con la promesa de que pronto estaría a su lado de nuevo, y corrió hacia el despacho del director. Bankotsu no tuvo ningún problema en permitir que ella se tomara ese día libre, pero debía pasar por Recursos Humanos y decírselo a Ayumi. Por Inuyasha, estaba dispuesta a hacerlo.

Pidió a su secretaria que recogiera todos los mensajes y le dio permiso para marcharse a la hora de comer. Después, tomó sus cosas y bajó al piso de Recursos Humanos. Todos la miraban y cuchicheaban. No era ningún secreto que Ayumi y ella tuvieron una pelea la semana anterior, pero nadie sabía el verdadero motivo.

Se detuvo para pedirle a la secretaria de Ayumi que la anunciara y entró con su permiso. En cuanto cerró la puerta, Ayumi empezó a hablar.

― Me alegro tanto de que hayas recapacitado. No puedes…

― No vengo por eso. Mi visita es por motivos laborales.

Ayumi se fijó por primera vez en que llevaba puesta la chaqueta y su cartera con documentos.

― ¿Vas a alguna parte?

― El director me ha dado el día libre. Necesito que me firmes el permiso y lo selles.

― Tengo que comprobar eso primero. Ya sabes… el protocolo…

¡Y un cuerno el protocolo! Ayumi nunca le había pedido comprobación a ella por nada, se fiaba de su palabra. Últimamente, al parecer, ninguna podía fiarse de la otra. Frunció el ceño y esperó ansiosa a que Ayumi hablara por teléfono con el director. Le pareció que tardaron una eternidad. Al colgar, le escuchó suspirar.

― Ahora mismo te firmo el permiso…

Asintió con la cabeza y se acercó al escritorio cuando tuvo que firmar ella también. Le llegó a las fosas nasales el olor del perfume de Ayumi y se percató de que era el que ella le regaló por su último cumpleaños. ¿Por qué tenían que estar enfadadas?

― Gracias… ― musitó.

Cogió la copia del permiso antes de que Ayumi pudiera decir una sola palabra y salió de su despacho. Si Ayumi se disculpaba por todo lo que había dicho sobre Inuyasha, estaba dispuesta a perdonarla para que volvieran a ser amigas. Le daría un tiempo para que recapacitase y, luego, podrían hablar. Sería una pena que tuviera que elegir entre ella e Inuyasha, pues la respuesta era clara.

Tomó un taxi en la parada y le dio la dirección. No podía dejar de pensar en Inuyasha y en la voz tan débil que tenía al hablar por teléfono. Parecía que estuviera muy debilitado y, probablemente, con fiebre. Pobrecito. Seguro que había pasado un fin de semana terrible. Hoy día, se podía intervenir rápido y quitar el apéndice sin riesgos; no obstante, en la edad media, la gente se moría de eso mismo. Era una enfermedad muy seria que atacaba sin motivo aparentemente y, además, parecía ser realmente dolorosa.

Ella pasó un fin de semana horroroso, pero nada en comparación con lo que pasó Inuyasha. Lo peor era que él estuvo preocupado por ella también. Seguro que, cada vez que despertaba, o incluso en sueños cuando estuvo anestesiado, no hacía más que pensar en que tenía que llamarla. ¡Era un encanto! Tuvo un detalle precioso con las flores teniendo en cuenta que quien estaba enfermo era él.

Pediría los días de vacaciones que tenía pendientes ese año para pasar la semana entera cuidando de él. Le prepararía la comida, lo bañaría, le mulliría la almohada y le daría el cariño que necesitaba en esos momentos. Seguro que a Inuyasha le gustaba la idea. Tendría que preparar una maleta porque ese piso estaba muy lejos de su apartamento como para estar yendo a diario a coger ropa nueva. ¿Por qué no estaba en su propio apartamento? Eso era lo que más le extrañaba de todo. ¿Tendría algo que ver con su padre? A lo mejor querían evitar a la prensa. Aunque, ¿qué prensa? Si prácticamente parecían invisibles para ellos…

Sacudió la cabeza enojada. Se había prometido no volver a pensar en ello nunca más, olvidarse del tema. Inuyasha no era ningún maldito mafioso, nada de eso. Debía dejar de imaginar cosas extrañas. Seguro que había una buena explicación para que alguien tan importante, siendo un personaje público, no apareciera en los medios de comunicación. Ahora bien, podía dejar ese tema para otro día. En ese momento, lo importante era la salud de Inuyasha.

Pagó el taxi y se dirigió a la carrera hacia el edificio. Estaba por completo vigilado por los escoltas de Inuyasha. Pudo reconocer a algunos, pero la mayoría eran unos completos desconocidos. Parecía como si se hubiera triplicado el dispositivo de seguridad que lo rodeaba. Estaba enfermo, nada más. No hacía falta todo aquello, ¿no?

Uno de los escoltas desconocidos intentó prohibirle el paso cuando llamó al ascensor. Otro de los que ya la conocía intervino, asegurando que tenía carta blanca para pasearse por todo el edificio, incluso hasta el mismísimo dormitorio de Inuyasha. Eso le indicó que el edificio pertenecía por completo a los Taisho. Por eso parecía tan poco transitado, porque no tenía vecinos. ¿Para qué usarían ese edificio?

Tomó el ascensor hasta la sexta planta, donde le indicó que estaría; el chófer la esperaba en el vestíbulo. La saludó amablemente y le dirigió unas palabras realmente tranquilizadoras sobre el estado de Inuyasha. Además, le aseguró que intentó ir a buscarla en cuanto Inuyasha cayó enfermo, pero que el padre prohibió visitas hasta que Inuyasha despertara tras la operación. Podía comprender la postura de su padre aunque le hubiera perjudicado.

Lo siguió por el corredor hacia la puerta del fondo, desde donde entraron en una estancia bien iluminada con decoración sencilla y minimalista. El padre de Inuyasha estaba de espaldas a ella hablando por teléfono.

― ¿Cómo se os ha podido escapar? ― decía al teléfono ― ¡Quiero que lo encontréis! No voy a detenerme hasta que pague por lo que ha hecho. Lo quiero muer…

― ¡Señor!

Inu No Taisho se calló abruptamente al ser silenciado, y se volvió con el auricular aún pegado a la oreja. Al verla, su cara pasó de fastidio a sorpresa. Luego, se volvió tan amable como lo recordaba. A ella no la engañaba. Había escuchado… ¿En verdad había escuchado eso?

― ¡Kagome! ― exclamó ― ¡Qué alegría tenerte aquí! Seguro que Inuyasha se recuperará más de prisa si tú estás a su lado.

― ¿Có‐Cómo está?

― Agotado y muy dolorido. Le encantará tenerte a su lado.

A ella no le encantaba estar cerca de ese hombre. ¿Por qué le volvían los sudores fríos? ¿Por qué esa sensación de incertidumbre? Se prometió no pensar en ello y menos cuando Inuyasha estaba en un estado de salud tan delicado, pero no le estaban dejando opción alguna. La voz de Ayumi no dejaba de repetir las mismas frases de aquella odiosa conversación en su cabeza. Deseaba con todas sus fuerzas que fueran mentiras.

― ¿Tú eres Kagome?

Se volvió al escuchar aquella voz tan armoniosa. Entonces, vio salir por un corredor que debía dar a los dormitorios a la que era la mujer más hermosa que había visto en toda su vida. Si solo lograba envejecer la mitad de bien que esa mujer, estaría estupenda a su edad. ¿Sería esa la madre de Inuyasha? Le vio darle un suave apretón tranquilizador en el brazo al padre que le confirmó sus sospechas.

― No debes preocuparte, mi amor. ― acarició su brazo sobre la americana del traje con cariño ― Inuyasha está bien. Cada vez mejor.

Inu No Taisho soltó aire como si llevara días conteniéndolo. Ella se sentía exactamente igual en ese instante.

― Inuyasha se quedó corto cuando me dijo que eras preciosa. ― se sonrojó al escucharla ― ¿Has estado muy preocupada?

― Yo… sí… ― admitió ― No he sabido nada de él desde el viernes…

― Espero que no creyeras que mi hijo te había dado plantón. ― bromeó ― Él te adora.

Y ella a él. La madre de Inuyasha rompió la distancia entre las dos y le dio un cariñoso abrazo y un beso en la mejilla.

― Yo soy Izayoi. ― se presentó ― No hace falta formalismos conmigo. Seguro que seremos grandes amigas.

Izayoi tomó sus manos entre las suyas y le dio un cálido apretón. Vista de cerca era más perfecta incluso que antes. Le sacaba casi diez centímetros de estatura y era tan esbelta y tan perfecta que se planteó seriamente hacer dieta. Su cabellera negra era preciosa y aparentaba ser muy sedosa. ¿Cómo podía mantener tan perfecta una melena que le llegaba hasta las rodillas? Su piel era blanca y totalmente libre de impurezas y sus ojos eran maravillosos. Tan azules y tan intensos. Si bien Inuyasha había heredado el color de ojos de su padre, heredó, por otro lado, la mirada de su madre.

― Estarás deseando ver a Inuyasha, ¿no? ― sonrió ― No te entretengo más. La última puerta del fondo del pasillo.

Asintió con la cabeza y, tras una breve despedida, se dirigió hacia esa puerta. Decidió que se olvidaría de nuevo de todas esas estúpidas sospechas antes de entrar en el dormitorio. Con eso en mente, tomó el pomo de la puerta y lo giró. Fue abriendo poco a poco la puerta mientras que, ante su mirada, se presentaba el cuerpo de Inuyasha, cubierto por una sábana, yaciendo sobre la cama. Llevaba una mascarilla de oxígeno, tenía suero conectado y algunas máquinas de hospital alrededor que no auguraban nada bueno.

Olvidar todas sus tontas preocupaciones estuvo cantando al verlo de esa forma. Inuyasha giró la cabeza al sentir que la puerta se abría y la contempló desde la cama en la que estaba postrado, enfermo. Estaba tan pálido que casi había perdido por completo su perfecto bronceado. Su mirada se parecía más a la de un moribundo que a la de un hombre que se encontraba bien. Acariciaba distraídamente a Buyo, el cual se había apostado hecho una bola junto a su costado.

― ¡Dios mío!

Dejó caer todas sus cosas al suelo, cerró la puerta de golpe a su espalda y corrió hacia la cama. Se descalzó los zapatos, se subió y se puso a cuatro patas para llenarle la cara de cariñosos besos.

― ¿Qué te ha sucedido? ¿Cómo te sientes?

Intentó contestarle, sintió como su nuez se movía en la garganta, pero no escuchó nada. Entonces, Inuyasha apartó la mascarilla de su rostro.

― Estoy bien… ahora sí…

Por eso notaba su voz tan débil.

― ¡No, no lo estás! ― lo contradijo ― ¿Qué es todo esto? ¿Por qué pareces tan grave?

― Te aseguro que es menos de lo que parece… Mis padres exageran…

― ¿Por qué no estás en el hospital? ― le preguntó ― No deberías estar en casa en ese estado. Tú…

― Hay un médico. Es el médico de la familia… — le explicó — Él me atenderá aquí y cuenta con todo el instrumental necesario.

No era nada descabellado. Las familias reales tenían médicos privados que los atendían en la intimidad de sus hogares. Bueno, en ese caso, en alguna propiedad de la familia. Aun así, había algo que no le cuadraba por ninguna parte.

― Dime la verdad, Inuyasha. ¿Qué te ha sucedido? ― le preguntó ― Esto es más que una operación de apendicitis.

― No, te aseguro que…

― ¡No me mientas! ― le suplicó ― No lo hagas, por favor… Me he peleado con mi mejor amiga porque dijo unas cosas horribles sobre ti. No me mientas tú también…

Inuyasha no dijo nada en respuesta. Se quedó en completo silencio, contemplándola con mirada preocupada. Pensó que no iba a contestarle hasta que volvió a mover los labios.

― ¿Qué te dijo exactamente tu amiga?

― ¿Acaso importa eso? ― se arrodilló y lo miró desde arriba ― Solo me importas tú…

― Dímelo, por favor. ― le pidió ― Yo, a cambio, te diré lo que quieres saber.

Lo que suponía que, efectivamente, le había mentido. ¿Se enfadaría con ella si le contaba lo que dijo Ayumi? ¿Quién sabe lo que podría ofender a un príncipe?

― Dijo que tu familia no era una familia real sino que una mafia, la más importante de Japón. — trató de que pareciera una tontería comentándolo con tono casual — Que tu padre era el líder y tú el segundo al mando… que por eso no aparecéis en los periódicos, las revistas o en internet…

― ¿Me has buscado en internet? ― preguntó consternado.

― A veces te comportas de un modo extraño…

Inuyasha cerró los ojos y respiró hondo, apoyando la cabeza contra la almohada mientras arqueaba el cuello. Parecía como si se estuviera intentado estirar un poco para liberar tensiones. Se sintió terriblemente preocupada por su estado de debilidad. Como no era suficiente que estuviera postrado en una cama, ella le daba más motivos para preocuparse. No necesitaba que lo molestaran con tonterías como aquella.

Volvió la cabeza hacia ella y la miró como si creyera que estaba a punto de perderla para siempre. ¿A qué venía esa mirada?

― Me han disparado, Kagome.

― ¿Disparado? ― repitió sin entender ― ¿Quién? ¿Cómo? Se supone que tú eres… ¿Quién se atrevería? ― no lograba entenderlo ― ¿Un terrorista?

― Un mafioso. ― contestó ― Naraku Tatewaki, el hombre que salí a saludar cuando fuimos a aquel restaurante, ¿lo recuerdas? ― claro que lo recordaba ― No lo fui a saludar, fui a echarlo de mi territorio.

Esto no le podía estar pasando a ella. Se levantó de la cama y, sin atreverse a mirarlo tan siquiera, se dirigió hacia la ventana desde donde contempló el paisaje de las afueras de la ciudad. ¿Inuyasha acababa de admitir lo que ella creía? ¿Acababa de declararse un mafioso? ¿Ayumi le decía la verdad, y ella la trató tan injustamente? ¡No! Eso tenía que ser una pesadilla de la que quería despertar inmediatamente…

― Mientes…

― No miento. El viernes pasado casi consiguió matarme… — le explicó — Quería dejar a mi padre sin su único heredero.

― Tú…

― Soy un príncipe… de la mafia.

El mundo dio vueltas a su alrededor en ese instante. Tuvo que apoyarse en la pared para no caer desmayada. Escuchó a su espalda el sonido de algo moverse e, inmediatamente después, un quejido por parte de Inuyasha, quien tuvo que rendirse en su intento de correr a socorrerla. Un príncipe de la mafia… él era un príncipe de la mafia… se había enamorado de un príncipe de la mafia… salía con un príncipe de la mafia… se había acostado con un príncipe de la mafia. ¡Era una estúpida!

― Kagome…

― ¿Pensabas contármelo algún día? ― fue lo único que pudo preguntar.

― Cuando pudieras entender…

Se rio al escuchar su respuesta. Más bien, se carcajeó porque Inuyasha no comprendía que ella jamás entendería. No a un mafioso. Se volvió hacia él, cuya incertidumbre ante su extraña reacción era más que evidente en su rostro.

― ¿Entender? ― sintió el odio corriéndole por las venas ― Mi padre tuvo que pedir un préstamo a una mafia para que no nos desahuciaran. No teníamos a donde ir y te aseguro que trabajó muy duro para devolver el dinero. Día y noche durante tres años y mi madre también. Destinaban cada céntimo a pagar la deuda y nos alimentábamos y vestíamos de la caridad. Aun así, no pudo pagar la deuda. ¿Sabes cuál fue el precio?

En su rostro leyó que sabía muy bien de qué estaba hablando. ¿A cuántos habría matado él por eso mismo? ¿Y su padre?

― Vinieron a por nosotros. Me escondieron dentro de un armario y me hicieron jurar que pasara lo que pasase, no saldría de ahí adentro. Sin importar lo que les hicieran a ellos… ― el solo recuerdo le provocaba arcadas que tuvo que contener ― A mi padre le dieron una terrible paliza; a mi madre… ― las lágrimas resbalaron por sus mejillas al recordarlo ― ¡La violaron! Pude ver desde dentro del armario cómo la violaban y cómo mi padre lo presenciaba impotente. Después, los colocaron frente a la pared y les volaron la cabeza… ― la mariposa escarlata surcó su mente en ese instante ― ¿Y sabes lo mejor de todo? ¡Ni siquiera querían la casa! La incendiaron… yo escapé saltando por la ventana a otro tejado… ― sollozó ― Después de eso, pasé un año entero sin poder pronunciar una sola palabra, aterrada…

Nunca le había contado a nadie lo que sucedió ahí adentro. Puede que muchos lo supusieran, pero, al estar los cuerpos quemados, nadie pudo deducir nada con evidencias. Ella era la única que sabía toda la verdad de lo que sucedió en esa casa y ni siquiera fue capaz de contárselo a sus tíos, ni al psicólogo o a la policía. Nadie lo había sabido hasta ese instante. ¿Por qué le había dado tanta confianza, tanto de sí misma, a un hombre que la engañó desde el principio?

― No quiero tu compasión, ni que me digas que tú no harías algo así… ―le advirtió ― No te lo he contado por eso. Te lo he contado para que comprendas por qué de repente me repugnas…

Así era. De repente, le parecía el ser más horrible del mundo. ¿Cómo podían existir personas que vivían de la desgracia de otras? Ahora sabía de dónde salía el dinero, los lujos extravagantes y los escoltas. Había estado cenando la comida pagada por la miseria de una familia como la suya.

― Te amo…

Escuchar aquello la enfureció.

― ¡No mientas más! ― le gritó ― Si de verdad me amas, jamás volverás a verme, ni a intentar comunicarte conmigo de ninguna forma. Desaparecerás y será como si nunca hubieras existido…

Aunque eso le rompiera el corazón.

― Kagome…

― ¡Desaparece de mi vida!

Y con esas palabras, tomó sus cosas y salió del dormitorio. Atravesó el pasillo, ignoró por completo a los padres de Inuyasha, cabecillas de esa mafia, y continuó su camino para marcharse del edificio. Nadie se lo impidió. Había escuchado cosas horribles que les habían sucedido a mujeres que se relacionaron con hombres de la mafia. No quería ser una más. No quería ser la mujer de un mafioso, del líder de una mafia.

Pidió un taxi y se detuvo con la puerta abierta, contemplando el edificio, antes de entrar. Recordó a Inuyasha postrado en la cama, acariciando débilmente al gato que encontraron en su primera cita, y lloró desconsoladamente, ¡Lo amaba tanto! ¿Por qué la vida tenía que ser tan injusta?

Continuará…


Próximo capítulo: El teatro de la vida