Ya entrada la noche, Peeta comienza a preparar la cena. Escucho el sonido metálico de los cacharros de la cocina y el quiebre de la verduras cuando las roza el cuchillo. Desde la sala, sentada en el sillón, me dedico a contarle a Peeta mi encuentro con Gale. Él me felicita y se alegra de que las cosas se hayan arreglado al fin y en tan pocas horas. También me dice que deberíamos invitarlo a cenar a menudo, junto a su familia y la nuestra- con nuestra me refiero a él, Haymitch nuestro bebé y yo- para que se sienta aún más aceptado en mi vida, en nuestras vidas.
No sé qué me esperaba. Al parecer había olvidado de que le diría estas cosas a Peeta porque cuando pensaba en contárselo solo me preocupaba que reaccionara celoso y posesivo, como cualquier hombre común. Se me había pasado por alto que Peeta no es un hombre común. Peeta es Peeta, es perfecto, es el hombre que todas quieren y el que pocas merecen. El que yo no mereceré jamás ni aunque viva cien vidas.
Acomodo y desacomodo a mi antojo la pila de sobres llena de las fotos de mi hija de cinco meses ya que no tengo nada que hacer. Haymitch, mi madre, Effie, Venia, Flavius, Octavia, Annie, Johanna, bla, bla, bla. Mi vida se ha vuelto un poco más monótona y aburrida debido a la niña. Antes, por la noche, me dedicaba a despellejar las presas que cazaba durante el día. Ahora ya no puedo cazar, ahora… acomodo sobres.
Un ruido, procedente de la ventana, me sobresalta y rápidamente tomo el cuchillo de adorno que hay sobre la mesa del velador de luz mezquina. Lo lanzo en dirección a la abertura y choca contra las cortinas. Escucho como se clava en la pared, luego oigo un bufido y lo veo reaparecer nuevamente en mi vida. ¡Miren quien está aquí! Luego de un año vuelve el gato más feo del mundo.
-Ya te creía muerto, gato estúpido- digo con el ceño asqueado y él bufa.
-¿Me hablaste, Katniss?- indaga mi diente de león desde la cocina.
-No- respondo- es que tenemos visitas.
Aparece al instante, con un repasador en mano, igual que cada vez que prepara la comida. Su sonrisa se ensancha al ver nuestra visita.
-Has vuelto, Buttercup- dice. Él es el único que lo llama por su nombre desde la muerte de Prim- Bienvenido- se le acerca y lo acaricia. El gato se restriega en su mano y ronronea, luego me ve y suelta otro bufido- No seas maleducado, Buttercup, Katniss te quiere. No le bufes- reprende mi chico del pan. Ay, si, lo amo más que a mi vida. Gato idiota. Ahora hasta tiene la atención de Peeta.- Bien- dice mi rubio ceniza levantando al gato del suelo para luego sentarlo a mi lado en el sillón- será mejor que continúe con la cena. No se maten.
Se aleja riendo y yo me quedo con el gato. Me observa detenidamente como si quisiera notar que es lo que ha cambiado en mí. Me rio discretamente y le señalo mi vientre un poco abultado. Su reacción es inmediata y, francamente, no me la esperaba. Buttercup salta a mi regazo y restriega su cabeza contra mi vientre una y otra vez. Acaricio su lomo y lo dejo continuar. El tacto de su asqueroso pelaje me relaja poco a poco. Definitivamente este gato es listo, tiene una inteligencia sobrenatural.
Lo siento. Siento una leve presión contra mi vientre y solo puedo atribuirla a una de las mullidas patas del animal.
-¡Gato, tonto!- grito mientras lo empujo al suelo y me acaricio el vientre pensando en que me ha hecho daño. Sin embrago, la presión vuelve a aparecer. Me contemplo perpleja el bandullo y acaricio la zona donde he sentido el movimiento. Comienzo a jadear sin poder creérmelo. Se mueve. Ella se mueve. Mantengo mis manos a un lado del cuerpo, absolutamente rígida y asustada. Me invade un terror antiguo y me entran ganas de llorar. Tango miedo, mucho miedo. No sé qué hacer, por lo cual me dedico a observar mi vientre. Ahí está otra vez, se mueve para mí. Buttercup mira mi cara ensombrecida por el pánico desde la alfombra del living y se pone a maullar. Llama a Peeta. Yo debería llamar a Peeta.
-Pe… Peeta…- musito tan bajo que no me oiría nadie ni a diez centímetros de distancia. Intento de nuevo- Peeta…-nada, mi voz no fluye. Reúno aire y me dedico a recordar esa vez en la cual se paró su corazón, en el vasallaje de los veinticinco. Grité su nombre tan fuerte… -¡Peeta!- exclamo alarmada, en parte por los recuerdos, en parte por una nueva patadita de mi hija.
Escucho como caen varias cosas en la cocina y pocos segundos más tardes, mi chico del pan ya está arrodillado a mi lado, secando las lágrimas de terror fugitivas, preguntando por el motivo de ellas, acariciándome las manos, hablándome rápido en voz baja y tranquilizadora.
Las pataditas no cesan y poco a poco, con la suave voz de Peeta de fondo, las comienzo a apreciar de verdad. Se parecen al maíz que revienta en una olla de aceite, mientras se hacen las palomitas clásicas del Capitolio. Se parecen a el aleteo de las mariposas cuando las encierras en tus manos. Se parecen a los murmullos de los sinsajos.
-Katniss, Katniss, ya no llores. Dime que te pasa… - las palabras de mi diente de león llegan a mi cerebro y todo vuelve en si para mí. Me rio y tomo sus manos llenas de harina para luego posarlas en mi vientre. Pasa un minuto y luego la siento moverse otra vez.
-Hola papá…- susurro con miedo y alegría y me dedico a ver el efecto del suave movimiento en el rostro de mi esposo. Peeta parece absorto en mi bandullo. Su rostro esta perplejo, sus pestañas doradas parecen enredarse por una vez en la vida, su boca entreabierta lo vuelve enternecedor. Al final comprende lo que está pasando bajo su mano y bajo mi piel.
-Hola, hola, hola- dice rápidamente y ríe con histeria- Hola, bebé…- Como si pudiese oírlo, la niña suelta otra pequeña patadita y ambos reímos con fuerza para luego besarnos y sentir el sabor salado de nuestras lágrimas. Acerca su boca a mi pancita y vuelve a hablarle– Hola… te quiero, te queremos…- su voz se quiebra y Buttercup me bufa, de seguro piensa que le he hecho daño.
-Peeta tengo miedo…-admito.
-Shh… no, no tengas miedo- se sienta a mi lado y me abraza. Lo que hace luego sí que no me lo esperaba. Él comienza a cantar-:
En lo más profundo del prado, allí, bajo el sauce,
Hay un lecho de hierba, una almohada verde suave,
Recuéstate en ella, cierra los ojos sin miedo
Y, cuando los abras, el sol estará en el cielo.
Este sol te protege y te da calor,
Las margaritas te cuidan y te dan amor,
Tus sueños son dulces y se harán realidad
Y mi amor por ti aquí perdurará.
La voz de Peeta es encantadora, está claro que no es un buen cantante, pero sin embargo la paz que despide cada palabra de la canción junto con el melodioso sonido que liberan sus labios me hacen sentir libre, fuerte, valiente, sin miedo.
Me dejo calmar con las palabras enternecedoras de mi chico del pan y voy sintiendo como la niña disminuye el número de pataditas. ¿Se habrá dormido? ¿O algo anda mal? Creo en la primera opción.
Peeta permanece a mi lado y, luego de un momento, me carga en brazos y me sube hasta nuestro cuarto. Me deposita en la cama y besa mi frente para luego sonreírme.
-Traeré aquí la comida, Katniss- me informa- Enseguida subo.
Cuando se marcha siento un vacío enorme y sin final, debe de ser por el embarazo. Yo y mis hormonas. Tras un momento la puerta se abre levemente y da paso a Buttercup.
-¿Qué quieres?- el animal salta a la cama y se acuesta a mi lado. Me protege. – Estúpido gato- musito y le acaricio el pelaje apestoso.- Sí sigues vivo para cuando ella nazca… más te vale no bufarle igual que a mí. Ah, y lamento haberte empujado…- El gato hace caso omiso a todas mis palabras y se duerme.
Cuando Peeta aparece, deposita una enorme bandeja llena de comida sobre la cama: verduras asadas, champiñón ahumado, Pollo en su jugo relleno de miel y naranja, conejo en estofado, zumos de durazno y pudin de crema y almendras.
Comemos entre risas y le pasamos parte de la cena al gato que, al parecer, no tiene intenciones de marcharse. Al cabo de dos horas Peeta vuelve a bajar con la bandeja vacía y se queda abajo lavando los platos, luego regresa a mi lado.
Antes de dormir, la siento moverse de nuevo. Me dejo mecer por los fuertes y protectores brazos de Peeta que nos cuida a ambas. Además, Buttercup duerme con nosotros, en el hueco que forman nuestras piernas entrelazadas, nos custodia y sé que no va a dejarnos por un largo periodo. No sé porque pero eso me hace feliz. Me imagino que si la niña llegara a ser una pequeña rubiecita de ojos azules, jamás volverá a dejarnos.
Mañana deberé entregar todas las cartas y además daré de comer a los gansos de Haymitch. Hace unos días que no lo veo y eso solo puede significar que esta ebrio en algún lugar de la casa.
Contemplo a mi familia en el oscuro por última vez cuando empiezo a dormirme y juro que los protegeré siempre, sin importar lo que pasé. No dejaré que me vuelvan a arrebatar mi pequeña ración de felicidad.
Buenas noches, Peeta. Buenas noches, Gato estúpido. Buenas noches, niña. Los protegeré a todos, y sé que ustedes van a protegerme. Siempre.
