Junko no tuvo complicaciones en salir del hospital el día previsto, pero encontró a las Rozenmaiden algo intranquilas… e incompletas.

—Rozenmaiden–san —llamó una chica menuda a Shinku a la hora de entrada, en el área de guetabakos —¿Sabes… si Suigintou–kun piensa venir hoy?

La rubia negó con la cabeza, arqueando una ceja.

—Es que… Hoy le tocaba la limpieza del salón conmigo —se explicó la chica menuda —Bueno, gracias de todas formas, Rozenmaiden–san.

La joven se inclinó brevemente y se retiró. Shinku, terminando de cambiarse los zapatos, se volvió hacia Junko, que a su lado, había escuchado aquello con interés.

—Es extraño —comentó la castaña —Cuando Suigintou–san fue a visitarme al hospital no le noté nada raro.

—No vale la pena preocuparse por Suigintou —aseguró Shinku, cerrando los ojos —Siempre ha sido la más impredecible. Seguramente de buenas a primeras, decidió no venir.

—Pero Suigintou–san no parece de esa clase de personas —rebatió Junko, extrañada.

Recién lo dijo cuando oyó un sonido curioso, como un gemido de dolor. Sin darle importancia, se acomodó la mochila a la espalda y estaba por seguir a Shinku cuando algo más llegó a sus oídos, algo que no podía ser posible, dadas las circunstancias.

—¡Maldición! Ahora… no…

Lo que Junko escuchó fue una queja baja y malhumorada en voz de Suigintou, seguido del sonido de algo dando tumbos, como si rodara escalera abajo.

¿Nosotros, Inservibles?

—Imposible.

Eso fue lo que Shinku dijo cuando Junko le contó lo que había oído.

Estaban en los jardines, sentadas sobre una manta extendida en el césped, almorzando con las demás Rozenmaiden. Mientras que de fondo se distinguían las voces molestas de Hinaichigo y Suiseiseki acerca de un panecillo de fresa, Shinku, miró a Junko con ojo crítico.

—Ahora que dices eso, recordé algo —comentó la rubia —Tu padre no parecía sorprendido de ver algo que yo no podía. El día que entraste al hospital —aclaró, al ver la cara de incomprensión de Junko —¿Ustedes dos de dónde salieron? —preguntó finalmente.

Ante eso, Junko no pudo evitar reír.

—¡De donde salen todos, Shinku–san! —contestó, para luego calmarse y seguir —Supongo que es raro encontrarse gente como nosotros, ¿no?

—Pues sí, es raro —confirmó la rubia ojiazul —Y ustedes lo manejan muy bien.

—Bueno, lo normal —musitó Junko, alicaída —Si puedes hacer algo fuera de lo ordinario, ¿qué remedio te queda? Callarte, si es que no quieres ir a dar a una casa de locos.

Shinku compuso una expresión ligeramente apenada. Se olvidaba por completo que la gente normal no hacía lo mismo que ella y sus medias hermanas; eso se debía a que la mayoría del tiempo estaba sola y no entraba en contacto con muchas personas. Sin embargo, ahora que veía que Junko y su padre no formaban parte de la gente normal, aunque lo pareciera. Quizá por eso el señor Sakurada no se mostró muy sorprendido cuando le contó de qué se trataba todo eso del Campo N y sus implicaciones, cuando esperaban en el hospital noticias de Junko.

—Sabía que un día de estos, Junko se metería en algo raro —había dicho el hombre con una sonrisa melancólica.

Le caló hondo esa sonrisa, pero Shinku no lo dejó ver. Ya era suficiente en ese momento la preocupación del señor Saturada por Junko como para agregarle algo más.

Y ahora, viendo cómo Junko intentaba calmar a una histérica Suiseiseki por la pérdida de su panecillo de fresa, se le ocurrió pensar que su médium era "idéntica" a su padre, a excepción del cabello castaño y claro, que era una chica. Se preguntó hasta qué punto eran capaces de entenderse los Sakurada, con lo de su don y demás…

No sabía que pronto, ya no serían tan parecidos como creía.

&

Suigintou no tenía la menor idea de dónde estaba, ni porqué le dolían varias partes del cuerpo. Lo único que recordaba era que esa mañana había salido temprano de su departamento, a toda prisa porque tenía que llegar temprano a la escuela, pero un dolor agudo en el estómago la hizo doblarse a mitad de una escalera. Soltó un ligero gemido.

—¡Maldición! Ahora… no…

Acto seguido, sintió que soltó el portafolios, que tocó el piso, que rodaba… Y después nada. El dolor era tan insoportable que no le daba cabida a nada más en su mente.

Lentamente se llevó una mano a la frente, apartándose el fleco de los ojos. Lo inmaculado de la habitación, además del tipo de cama en la que estaba, le confirmó su sospecha: se hallaba en un hospital. Maldijo por lo bajo.

—No te andes quejando.

La orden vino de algún sitio a su izquierda. Allí, en una cama como la suya, yacía un pálido joven de cabellos castaños casi rubios y ojos castaños con inusuales matices anaranjados.

—¿Y tú quién eres? —inquirió Suigintou de mal genio, enderezándose un poco.

—¿Te importa? —preguntó el chico a su vez.

—Sí. Quiero saber a quién voy a romperle la cara.

—¡No me hagas reír, niña! No creo que puedas siquiera levantarte. Pero por otra parte, si me pegas lo suficiente, tal vez me muera de una vez.

En tanto el joven se ponía a reflexionar, Suigintou lo miró entre atónita y enojada.

—Si tanto quieres morirte… —comenzó a decir de manera lenta —¿Qué haces aquí?

—Me trajeron —respondió el muchacho distraídamente —No paraban de decirme que moriría si no me atendía. Yo no quería venir, porque al morir, pararía de sufrir. Pero hasta la fecha, no ha pasado nada —apretó los puños con fuerza —Ahora solo espero la muerte.

—Eres patético.

La aseveración de Suigintou hizo que el chico la viera como si no creyera lo que oía.

—Por más defectuosa que esté una persona, tiene instinto de supervivencia —se explicó ella, con una mano en el estómago —No se quiere morir e intenta de todo para salvarse —frunció el ceño, apretando los dientes —No me cabe en la cabeza que alguien no tenga instinto de supervivencia. El maldito instinto te salva de cometer estupideces, por favor. ¡No me digas que esperas la muerte cuando muchos queremos no encontrarla todavía! —desvió los ojos hacia la ventana —O al menos lo estamos intentando —añadió en un susurro.

Con semejante discurso, ¿de verdad estaba mal que deseara tanto morir?

—Si estuvieras en mi lugar, también habrías tirado ese famoso instinto a la basura desde hace tiempo —explicó pausadamente —Siempre fui inservible, pero no quise darme cuenta y eso casi me mata. Ahora, tanto tiempo diciéndome que moriré y me libraré de todo… Es sólo otra promesa rota. Y estoy harto de las cosas rotas.

Suigintou entrecerró los ojos y volverse hacia el muchacho, que había girado la cabeza prácticamente dándole la espalda. Y por el temblor de sus hombros, parecía que…

Soltando un suspiro, a la chica le nació lo que hizo a continuación: levantarse de la cama e ir a la del chico, sentándose en una de las orillas y también dándole la espalda.

—Te comprendo —aseguró de pronto —Porque yo llegué a pensar así. A mí también me hicieron promesas que terminaron rotas, entre ellas la de una salida sencilla a mi dolor —una solitaria lágrima salió de su ojo derecho antes de que la chica siguiera —También soy inservible, pero sigo viviendo porque tengo una meta que quiero cumplir antes. Y sé que si no lucho ahora por ella, después ya no podré hacerlo.

Como no volteaba a verlo, Suigintou desconocía que el joven había girado el rostro hacia ella justo cuando derramaba aquella única lágrima. Como la gota quedó prendida en la mejilla de la chica, destellaba un poco con la luz del sol que entraba por la ventana. Él nunca había visto a alguien como ella; mucho menos le había hablado. Si en el hospital médicos y enfermeras se asombraban de oír su voz, era porque casi no la sacaba. No le veía la necesidad. Y en ese preciso momento, él era el sorprendido. Había iniciado una conversación que lo había llevado a preguntarse, por primera vez en mucho tiempo, si de verdad deseaba la muerte.

Sin pensarlo mucho, se irguió y comprobando que Suigintou no siquiera se daba cuenta, acercó su rostro al de ella y besó la lágrima en su mejilla.

Solamente entonces la joven de melena blanca volvió a la realidad, pero se quedó tan sorprendida que ni se movió. Sus mejillas se tornaron de un ligero tono rosado y apenas fue conciente de cuando el muchacho se separó, observándola con otros ojos.

—Sabes a soledad —le dijo él al oído, provocándole un involuntario estremecimiento —Sabes a rabia, a dolor, a nostalgia… y también a amabilidad.

Suigintou se apartó y lo miró, ofendida.

—¿Quién te crees que eres? —espetó de mal talante —¿Acaso supones que puedes hacerme lo que quieras? ¿Quién te dio permiso para…? ¡Ah, olvídalo!

Se levantó y regresó a su cama, donde se acostó dándole la espalda. El joven, en tanto, hizo algo que dejó boquiabierta a la enfermera que entró a llevarles la comida a ambos.

—Shimichi–kun, ¿estás sonriendo?

Suigintou sintió un escalofrío al escuchar eso y se volteó con discreción hacia la cama de su compañero de habitación, quedándose intrigada.

Sí, el chico sonreía. No de manera irónica o enfadada, como el carácter que había mostrado minutos antes: era una sonrisa pequeña, tierna y cálida que la chica de ojos magentas nunca había visto en ninguna otra persona. Fue eso, más el recuerdo del beso en la mejilla que él le había dado, lo que la hizo enrojecer y refugiarse bajo las mantas por el resto del día.

&

Shinku salía exhausta de su trabajo de medio tiempo cuando recibió la llamada.

Tenía el empleo desde la segunda semana de clases, consistente en atender mesas en una elegante cafetería cercana a su departamento, de nombre Shojotani. El trabajar le daba una increíble sensación de independencia, por eso lo había buscado. Y además, el sueldo era lo que usaba para pagar sus gastos básicos.

Su celular, de modelo ligero y esmaltado en color rojo, vibró con insistencia cuando tardó en contestar. ¿Quién demonios le llamaría a semejante hora?

—¿Diga?

—¿Rozen… Rozenmaiden–san? Llamamos del Hospital Principal, ¿es usted pariente de Rozen… Rozenmaiden Suigintou–san? —inquirió una nerviosa voz femenina.

Shinku, pasando por alto el hecho de que la dueña de la voz no pudiera pronunciar su apellido de corrido, sintió un vago presentimiento.

—Sí, es mi pariente —respondió finalmente —¿Qué pasa con ella?

—Fue internada esta mañana. La encontraron en su edificio, al parecer una úlcera presentó complicaciones y la dejó inconsciente, rodando un tramo de escalera. Es grave, pero…

Shinku no escuchó lo último, porque su cerebro se quedó atascado en el dato referente a la caída de Suigintou. ¡Es que era imposible lo que se le estaba ocurriendo!

—¿Señorita? —por lo visto, la fémina del hospital ya no había querido pronunciar el apellido de Shinku —¿Sigue ahí?

—Ah, sí —contestó la rubia con vaguedad —¿Cómo está Suigintou ahora?

—Bien, tendrá que ser alimentada mayoritariamente por vía intravenosa unos días, hasta que la úlcera se cure lo suficiente. Estará hospitalizada varias semanas, por lo que necesitamos saber si tiene parientes mayores de edad que se hagan cargo del papeleo.

Shinku suspiró.

—No, no tiene ningún pariente mayor de edad —aclaró.

—En ese caso, el hospital se encargará. Buenas noches, señorita, y disculpe la molestia.

Shinku cortó la comunicación, se guardó el celular y miró alrededor. No sabía porqué, pero no le agradaba la idea de que Suigintou estuviera en el hospital con las cosas como andaban últimamente. Sin apartar de su mente un vago presentimiento, caminó lo más rápido posible a su departamento, pensando que tendría una larga charla con Junko al día siguiente.

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—Uy, ¿qué cosa?

Suiseiseki no se distinguía por discreta cuando recibía noticias impactantes. Aunque en aquella ocasión, no fue la única que reaccionó así.

—¿Suigintou está enferma? —soltó Kanaria, con los verdes ojos muy abiertos —¿Quién lo hubiera pensado de ella, eh?

Las otras la vieron con expresión asesina.

—Perdón —se disculpó Kanaria por lo bajo.

—Hey, ¿y qué tiene? —se interesó Hinaichigo.

—Algo de una úlcera —respondió Shinku sin mucho interés.

—¿Porqué no vamos a verla? —propuso Souseiseki.

—Uy, hermanita, no creo que nos reciba con los brazos abiertos —se burló Suiseiseki.

—Eh… Yo sí voy —afirmó Junko tímidamente.

Las Rozenmaiden la miraron con asombro.

—Es que… Suigintou–san… Me visitó en el hospital —se excusó la castaña.

Nadie puso reparos ante eso.

—Oigan, ¿qué es una úlcera? —quiso saber Hinaichigo.

Souseiseki se lo explicó con sencillez en menos de dos minutos.

—¿Y eso duele?

—Hinaichigo, es lógico que duele —espetó Shinku, un tanto desesperada.

—No me refiero a eso —la rubia ojiverde ladeó la cabeza, pensativa —Es que… ¿Eso de la úlcera no es algo que te da después de mucho tiempo? —se volvió hacia Souseiseki.

—Normalmente, sí —contestó la gemela de cabello corto —Eso y descuido al comer.

—Entonces, hace mucho que Suigintou está enferma, ¿no?

Todas se quedaron en silencio.

—Seguramente —concedió Shinku al cabo de un minuto —No me extrañaría nada de Suigintou. En ese sentido, es igual que Akira–san.

—Yo sólo vi a Akira–san una vez —recordó Kanaria —¡Vaya facha la suya! Mi madre dijo que ya no servía para nada, aunque nunca me explicó porqué.

—Lo mismo pensaba nuestra madre —reconoció Souseiseki, en tanto Suiseiseki asentía a su lado —Y eso que casi es vencida por Akira–san.

—¿Y eso cómo fue, por cierto? —quiso saber Shinku.

Mientras Souseiseki narraba los sucesos, Junko se quedó sumamente pensativa. ¿Acaso lo que había escuchado el día anterior era una especie de… eco, de lo que le había pasado a Suigintou? Eso le resultaba casi imposible, ¡se suponía que ella veía cosas raras, no las oía! Aunque… Sí, bien pensado, eso podía explicar porqué las apariciones que captaba le hablaban y ella podía escuchar lo que decían.

—Junko —la llamó Shinku entonces —Vamos a clases.

La castaña asintió y echó a andar.

Lo único bueno de relacionarte con las Rozenmaiden, reflexionó Junko, era tener que llegar temprano a clases: si no lo hacía, no podía conversar con todas juntas y podía perderse charlas como aquélla.

—Junko —llamó Shinku de nuevo —Lo que… escuchaste ayer… ¿Exactamente qué era?

Luego de un titubeo, la castaña se lo describió, para luego preguntar.

—Shinku–san, ¿crees que estoy loca?

—No —sentenció la rubia con rotundidad, clavándole los ojos a Junko —Que nada ni nadie te convenza de lo contrario, ¿entendido? Que seas distinta no quiere decir que estés loca.

La castaña, acomodándose un poco los anteojos, observó a Shinku con confusión.

—¿Estás bien? —le preguntó en un susurro —Shinku–san, no es que… Bueno, no es que no agradezca el gesto, pero… ¿porqué te preocupas por mí?

La aludida sintió que era una pregunta propia de Junko, aunque no la comprendía.

—No puedo creerlo —espetó Shinku al darse cuenta del problema —¿En serio te parece tan raro que la gente se preocupe por ti? ¿Pues qué tienes en la cabeza?

—¡Lo mismo que todo el mundo! —contestó Junko, riendo —A veces preguntas cosas muy raras, Shinku–san. Y eso que no eres yo.

El cambio de tema era evidente y la rubia estaba a punto de replicar cuando detectó cierta mueca triste en su médium. Prefirió no insistir, aunque de una forma u otra, averiguaría qué ocultaba tras esa mueca.

&

Mamoru Shimichi estaba sorprendiendo a las enfermeras ese día. Empezando porque las saludó desde temprana hora

—Buenas —dijo simplemente, cuando una enfermera llegó a revisar su expediente.

La mujer lo observó con la boca abierta, cerró el expediente y salió de la habitación para entrar poco después con un carrito lleno de charolas con comida.

—Si estás de buen humor, ¿comerás algo, Shimichi–kun?

El muchacho vio cómo le acomodaba una charola frente a él, en una mesita especial de la cama, y se encogió de hombros.

—Tal vez —respondió —Tengo algo de hambre.

La enfermera, entre alegre y asustada, fue a repetir la operación con Suigintou.

—Provecho —deseó la enfermera antes de irse.

Suigintou miró la comida, hizo una mueca de desagrado ante una especie de papilla y mejor tomó la pequeña botella de leche, dándole un sorbo.

—Es mejor que nada —masculló.

—¿Eso es todo lo que vas a comer? —preguntó Mamoru, intrigado, sosteniendo un tazón de arroz y unos palillos.

—Supongo que es todo lo que pueden darme mientras tenga esto —se quejó Suigintou, alzando el brazo donde una jeringa la conectaba al suero intravenoso, para luego darle otro trago a la leche —Aunque ni sueñen en que me comeré eso —señaló la papilla con un ademán —Nada más de verlo, me dan ganas de vomitar.

Y aunque no quería, sintió el estómago revuelto. Posando la leche en la charola, se levantó de la cama como pudo y fue al baño de la habitación.

Mamoru observó eso con una ceja arqueada. No sabía qué tenía ella exactamente, pues cuando la llevaron al cuarto, él estaba dormido. De pronto, el sonido de objetos cayéndose lo sobresaltó y se enderezó en la cama.

—¡Oye! —gritó, en dirección al baño —¿Estás bien?

—Sí, sí —rezongó Suigintou en voz alta.

Poco después, dejó el baño a paso tambaleante.

—¿De verdad estás bien? —inquirió Mamoru, incrédulo.

Suigintou asintió, acostándose de nuevo, no sin antes apartar la charola de ella.

—Esa asquerosidad me mareó —explicó con voz entrecortada, mirando la supuesta papilla de forma asesina.

Mamoru soltó una carcajada.

—¡Eres única! —exclamó.

Rió tan fuerte que una enfermera se asomó para ver qué pasaba.

—No están acostumbrados a que te andes carcajeando, ¿verdad? —supuso Suigintou en cuanto la enfermera se fue.

Mamoru negó con la cabeza.

—Touché —musitó con nostalgia.

—¿Tienes un complejo con el esgrima o qué?

La pregunta hizo que Mamoru saliera de sus pensamientos de golpe.

—¿Porqué lo dices? —quiso saber.

—No paras de decir touché —Suigintou se encogió de hombros —Eso es de esgrima.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Estoy en el club de la escuela y aparte… Mi madre, antes de morir, me enseñó algo.

—Muéstrame.

Suigintou lo miró como si se hubiera vuelto loco y acto seguido, sonrió maliciosamente.

—Sí, claro, ¿cómo se supone que lo haga ahora?

Y la cuestión le saló con su tono de voz acostumbrado, falsamente dulce y con un dejo de burla tal, que Mamoru frunció el ceño.

—Oye, ¡tú viniste hace poco! —exclamó el muchacho —Y trataste muy mal a Sakurada.

—¿Te refieres a la chiquilla cuatro–ojos?

Mamoru, visiblemente molesto, asintió.

—¡Entonces aquí estuvo la chiquilla! —se escandalizó Suigintou —¡Y tú estabas despierto! —agregó, al darse cuenta de lo que eso significaba.

—Bueno, descansaba los ojos —Mamoru se encogió de hombros con una sonrisa burlona —Y ya hablando sin rodeos, quisiera saber qué es un Campo N, qué es una Rosa Mística… Absolutamente todo.

—¿Porqué?

—Me dio curiosidad.

Suigintou lo observó con una ceja arqueada, interrogante.

—No tengo la obligación de satisfacer tu curiosidad —sentenció la chica, bebiendo el último trago de leche de golpe.

—Pues entonces, ¿te importa que me acerque, a ver si puedo obligarte?

La joven esbozó una media sonrisa, a punto de preguntar qué conseguiría con ello, cuando lo vio levantarse con increíble lentitud. Iba a indagar qué se proponía cuando él, al bajar de la cama, dio un traspié y cayó de rodillas.

—¿Se puede saber qué haces? —espetó la chica, yendo rápidamente hacia Mamoru.

—Debería caminar más seguido —se reprendió él en un susurro, sonriendo apenas.

La muchacha, indiferente al comentario, se acercó y lo tomó de un brazo, ayudándolo a incorporarse. Con lo que no contó fue con dos cosas: que el joven fuera varios centímetros más alto que ella y que volviera a tambalearse, posando su cabeza en uno de los hombros de ella y llevándose una mano al pecho.

—Anda, enderézate —le ordenó Suigintou —Te ayudaré a ir a la cama, pero estás pesado.

Mamoru no habló, pero asintió con la cabeza, la cual fue alzando poco a poco. Sólo hasta entonces Suigintou notó lo pálido que estaba y la mano con la que se estrujaba la bata de hospital a la altura del corazón.

—¿Te duele algo? —inquirió, intentando no sonar preocupada —¿Llamo a alguien?

Pero Mamoru le tomó un brazo con fuerza.

—No —respondió —Vamos a ver… si me muero de una vez.

Llegaron a la cama del muchacho y él volvió a recostarse, respirado profundamente.

—¿Sigues pensando en esa estupidez? —se exasperó Suigintou.

Mamoru la miró con gesto lánguido.

—Sí —fue su firme y escueta respuesta.

Suigintou intentó retirarse, pero Mamoru no la soltaba.

—Lo único que lamento… es haber esperado la muerte aquí —comentó de pronto el joven —Hubiera preferido que fuera en otra parte o haciendo lo que me gusta. No aquí, donde casi no me puedo mover. Quisiera… haber esperado la muerte… probando que sirvo de algo…

Suigintou sintió que el agarre de su brazo se aflojaba, pero no retiró la mirada del rostro de Mamoru, que se iba contrayendo de dolor a ratos. Sus ojos castaños, antes de cerrarlos por completo, lanzaron algunos destellos anaranjados que si la vista y la cordura no le fallaban, se estaban apagando. Sin miramientos, se alejó de la cama y alcanzó un cable con un botón blanco, el cual presionó con insistencia.

Unos segundos después, una enfermera entró precipitadamente a la habitación.

—¿Shimichi–kun? —se extrañó.

—Oiga, si no le importa, revíselo —espetó Suigintou de mala gana, dejando el botón y regresando a su propia cama —¡No se quede ahí parada!

La enfermera, que se había quedado un tanto aturdida, reaccionó y dedicándole una mirada asesina a Suigintou, se apuró a dejar el cuarto, llamando a voces a un doctor. La joven Rozenmaiden, suspirando con resignación, miró atentamente a Mamoru, que ahora yacía en si cama en completo silencio, sin asomo de sonrisa o frases sarcásticas, preguntándose qué enfermedad tendría el pobre.

Obtuvo una pista poco después, cuando la enfermera volvió con algunas colegas, un par de médicos y un aparato que solamente había visto en televisión: un resucitador. Alzó las cejas con sorpresa, ¿tan grave era el asunto?

Pues tal parecía que sí. Tuvieron que usar el aparato un par de veces, combinado con medicamento por vía intravenosa, para que los doctores presentes revisaran los signos vitales del chico y respiraran aliviados.

—Situación controlada —anunció uno de los galenos al demás personal —No olviden anotar los detalles en el expediente, para el reporte mensual a sus padres.

—¿No deberíamos apresurar su cirugía? —inquirió el otro doctor —A este paso, si seguimos esperando, no la resistirá.

—Los padres siguen fuera del país —informó el primer médico a modo de respuesta —Además, aunque estuvieran aquí, el muchacho se niega rotundamente —miró despectivamente a Mamoru antes de añadir —Pacientes como éste quebrantan mi ética. Ojalá se le cumpla su deseo de una buena vez —concluyó con fastidio.

Acto seguido, los médicos y las enfermeras abandonaron la estancia, dejando a Suigintou pasmada. ¿De verdad había entendido bien? ¿Ese doctor quería que Mamoru muriera? No sabía porqué, pero de pronto sintió coraje. Se levantó, caminó lentamente a la cama de su compañero de cuarto y lo observó largo rato de manera crítica.

—Tú sirves de algo —musitó, con los puños apretados —Pero no sé cómo probártelo.

Pronto sabría cómo hacerlo, pero de haberse enterado en ese instante del método, Suigitou hubiera querido evitarlo a toda costa.

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—Aún no comprendo.

Junko y Shinku, luego de informarse en la recepción del hospital, caminaban por un largo pasillo hacia la habitación de Suigintou. La frase de la rubia captó la atención de la castaña.

—¿Qué es lo que no comprendes, Shinku–san?

—Esto —Shinku señaló a su médium —No creo que Suigintou viniera a visitarte porque le importaras y ahora tú vienes a devolverle el gesto —bufó —No lo comprendo.

Junko, por toda respuesta, sonrió.

—Es lindo que la gente se preocupe por ti, ¿no? —comentó.

Ahí estaba de nuevo el tema. Shinku pensó en saber de una buena vez ese asunto de Junko y la preocupación de los demás hacia ella, pero se contuvo. Si la castaña no le hablaba del asunto por su voluntad, menos lo haría a fuerza de interrogarla. Suspirando, la rubia se puso a pensar en quién podría informarle sobre aquello y tan ensimismada estaba que dio un fuerte respingo cuando Junko la tomó con brusquedad de una mano y la hizo correr por el pasillo.

—¿Qué te pasa? —le espetó.

—El viento —susurró Junko por toda respuesta —Se ve sin la luz de siempre. Viene de allá —señaló al frente —Se parece a…

—Un Campo N —completó Shinku al sentir un fuerte aire frío —Ay, no, ¿porqué aquí?

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—¿Un Campo N aquí?

Suigintou, sentada en su cama con la charola de la comida frente a ella (y habiendo apartado la nauseabunda papilla enseguida), arqueó una ceja. Había percibido el cambio en la atmósfera como una brisa gélida, pero no sabía de dónde procedía exactamente. Se levantó con cuidado, se arrancó del brazo izquierdo la aguja que le suministraba suero y revolviendo el cajón de la cómoda colocada entre su cama y la de Mamoru, encontró su guardapelo negro. Se lo puso, observando su entorno, hasta que por fin localizó la dirección de la brisa.

—El pasillo —musitó, extrañada.

No era para menos. A últimas fechas, el Campo N se formaba con las Rozenmaiden ya en su interior. Pero entonces recordó su otra teoría y soltó un bufido.

—La chiquilla está aquí —masculló, abriendo su guardapelo —¡MeiMei!

La lucecita magenta se apresuró a salir y rodearla de manera lenta. Pronto la bata de hospital desapareció, dando paso a su habitual indumentaria negra. La joven, luego de llevarse una mano al estómago, reprimió una mueca de dolor.

—Ahora no… —jadeó, suplicante.

Pero el cuerpo no le obedeció, debiendo doblarse un poco, antes que el dolor remitiera.

—Vamos a ver qué encontramos —musitó.

Sus alas negras se desplegaron un poco cuando caminaba hacia la puerta. En el instante en que tocaba la perilla, oyó movimiento a su espalda, lo que la hizo girarse. Su sorpresa fue mayúscula al darse cuenta que Mamoru había despertado e intentaba incorporarse.

—¿Pero a ti qué te pasa? —se sobresaltó Suigintou, frunciendo el ceño —No puedes levantarte, ¡no debes…! ¿De verdad te quieres morir pronto? —inquirió, sin rastro de furia en la voz. Más bien sonaba… decepcionada. Decepcionada y triste.

—Quiero morir, sí —respondió él con dificultad, llevándose una mano al pecho —Pero ya no voy a esperar a la muerte cruzado de brazos. Voy… voy a vivir mientras tanto.

Suigintou compuso una sonrisa irónica.

—¿Te das cuenta que lo que acabas de decir es una paradoja? —preguntó con curiosidad.

Mamoru asintió, logrando sostenerse en pie. Acto seguido, pudo apreciar cabalmente el aspecto de su compañera de cuarto y solamente se le ocurrió una cosa qué decir.

—Eres como el ángel de la muerte que tanto he estado llamando.

Suigintou desvió la vista, apenada.

—No digas tonterías —espetó —Yo, menos que nadie, podría ser un ángel. Además…

Una nueva punzada de dolor le impidió continuar. Se llevó las dos manos al abdomen, reprimiendo un gemido, sin hacer caso de nada hasta que sintió cómo la tomaban de un brazo.

—¿Pero qué intentas hacer? —miró a Mamoru, que la jalaba de vuelta su sitio —Tengo que salir, afuera hay un…

Se calló al ver la mueca del chico, mezcla de cansancio y concentración. Parecía que lo que hacía lo estaba agotando, pero que no pensaba rendirse. Finalmente, Suigintou sintió que la obligaba a sentarse en la cama y reaccionó.

—No tomas en cuenta la opinión de los demás, ¿verdad? —quiso saber —Sólo te preocupas por ti mismo.

—No —fue la rotunda respuesta de Mamoru, quien se sentó a su lado —Si así fuera, te hubiera dejado marchar.

—¿Y porqué no lo hiciste?

—Porque si te pasa algo, de verdad ya no servirás de nada. No te das cuenta, pero eres mejor que yo. Yo ya no espero nada de la vida. Tú tampoco, pero estás luchando por algo que quieres y eso ya es mucho.

Suigintou no supo qué decir a eso, salvo abrir su guardapelo con lentitud.

—MeiMei —llamó en voz baja.

El espíritu artificial obedeció y regresó a su lugar, haciendo que el aspecto de su dueña volviera a la normalidad. La chica de melena blanca estaba por quitarse el guardapelo cuando una mano de Mamoru la detuvo.

—Cuéntamelo —pidió con total seriedad —Quiero saberlo todo de ti.

—¿Y para qué, si de todas formas te vas a morir?

—Para así llevarme un hermoso recuerdo.

Suigintou desvió la mirada, haciendo una mueca. No sabía porqué, pero Mamoru la hacía sentirse bien e incómoda a un tiempo. Era una combinación de sensaciones mucho más problemática que su enfermedad y la prueba de ello estuvo en lo que hizo a continuación: extendió el brazo izquierdo.

—Tú… ¿aceptas… compartir conmigo… el peso de una Rosa Mística?

Había pronunciado la frase del contrato, por lo que en el anular de la mano izquierda, con un destello, apareció un anillo con una rosa negra.

—¿Qué rayos…? —masculló Mamoru, estupefacto.

—Usar esto… me quita la vida —Suigintou se llevó la diestra al guardapelo —Y si no quiero morir pronto, debo hacer un contrato con alguien que me preste energía, a cambio de mi protección —suspiró —Si llego a realizar el contrato, el otro se convierte en mi médium y si las cosas salieran demasiado mal… Mi médium será el primero en morir.

Hubo un momento de silencio que la joven interpretó como negativa, por lo que empezó a bajar la mano izquierda. Pero justo abrió la boca para desaparecer el anillo y Mamoru le tomó la zurda, deteniéndola.

—Morir ayudando a alguien… será mejor que simplemente morir —sentenció con voz extrañamente firme—Ah… acepto.

Suigintou lo miró con asombre y Mamoru, por un instante, pensó que su corazón estaría físicamente inservible, pero que emocionalmente no. Todo porque sintió varias cosas agradables al contemplar a aquella chica sin señal alguna de su habitual burla y frialdad.

—Besa la rosa —ordenó ella.

Mamoru asintió, se llevó la mano izquierda a los labios y besó el anillo con suavidad.

Un destello magenta jaló su mano izquierda al frente en el preciso instante en que la puerta de la habitación se abría de golpe, revelando a una sofocada Shinku y a una pálida Junko. Ambas recién llegadas se quedaron atónitas ante la escena.

Suigintou ya había conseguido médium.

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25 de octubre de 2008. 4:40 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México)

Ah… En primer lugar, ¡hola a todo el mundo! Sí, lo sé, tengo agallas en saludar cuando he tardado… ¿Qué, meses? Lo lamento con el alma, pero supongo que el capi no ayudaba mucho.

Es decir, darle protagonismo a una chica que no fuera Junko o Shinku me costaba trabajo al principio, ¡y eso que el borrador lo tengo desde no sé cuándo! Y por increíble que parezca, Suigintou no se me dificultó, sobre todo cuando decidí que le pasara todo esto, de lo cual sacó un médium bastante pintoresco. Si no me creen, en el transcurso de los capítulos verán cómo es el carácter de Mamoru, que en ocasiones, le gana al de Kogane en rarezas, jajaja.

Y Junko sí que no sale de una para meterse en otra. Nada más va al hospital a visitar a Suigintou y termina en un Campo N con Shinku. Las dos chicas lograron llegar con Suigintou, pero por sus caras, no les fue muy bien que digamos. Es decir, ¿cuándo les ha ido bien en un Campo N? Sin comentarios.

Y por cierto, antes de despedirme… Publiqué en Fanfiction una historia que tengo desde hace tiempo en otras páginas, pero como éstas han tenido unos problemitas (vamos, que una se extinguió y en la otra se entra un día sí y cinco no). Es una especie de crossover muy raro, ¡hasta salgo yo! Y se titula Encuentros y Entrevistas con… (el sistema quita los puntos suspensivos, pero el título es así, cuando lo lean, sabrán de qué hablo). En uno de los capítulos, hago referencia a un personaje de este fic, que por cierto, aparece en el siguiente capi… Sólo que el borrador aún no lo paso en limpio. En cuanto esté, seguramente lo reconocerán. Siempre y cuando lean el mencionado crossover, claro.

Muy bien, de momento me paso a retirar. Cuídense mucho, nos leemos pronto y por la tardanza, no me quieran asesinar.