La saga The Legend of Zelda y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Nintendo.
Capítulo 7
La marca secreta y lecciones nocturnas
Por fin esa noche sería luna nueva de nuevo. Link y Zelda estaban encerrados en la habitación de ella esperando a que se pusiera el sol. Zelda lo había cubierto con una sábana para evitar un incidente como el de la última vez.
Link podía percibir nerviosismo e impaciencia en ella, al fin y al cabo le había dicho reiteradas veces que tenía muchas cosas que preguntarle, cosas que no era posible responder cuando era un lobo. Él también estaba impaciente, siempre lo estaba cada vez que se acercaba aquel momento. Poder articular palabras, caminar sobre dos piernas, coger cosas con sus manos, etc., deseaba poder hacer de nuevo todo aquello. Pero, probablemente, lo que más echaba de menos era sentir el tacto de una espada entre sus manos.
Desde bien pequeño, su padre lo había adiestrado en el manejo de la espada. Éste solía decirle que tenía gran talento en el arte de la esgrima, que podría llegar a ser un gran espadachín. Link siempre había admirado a su padre, era fuerte, amable y respetado y admirado por todos, Link quería ser como él y entrar algún día en el ejército de Hyrule. Ese sueño no había disminuido ni lo más mínimo durante esos últimos años, más bien todo lo contrario, pues esperaba así poder honrar la memoria de su padre. Por ese motivo no había dejado de entrenar, aunque solo fuera las noches de luna nueva. Esperaba poder realizar aquel sueño cuando volviera a la normalidad.
Debía reconocer también que el hecho de que Zelda estuviera allí lo hacía estar más impaciente que otras veces. Quería hablar con ella, sostener sus manos y notar la calidez de éstas en las suyas propias, y, ¿por qué no?, acariciar sus cabellos. Farone le había dicho que estaba prendado de ella, probablemente fuera así. Desde que se había convertido en lobo, había pasado muchos días observando a la gente desde la distancia, conociéndolos, pero ninguno de ellos había sido como Zelda. No solo su belleza la hacía destacar por encima de las demás jóvenes que había visto, también era una chica fuerte, inteligente, curiosa y dulce. Desde el momento en que la había salvado de los perros, Link había notado una conexión especial con ella, no solo por la marca que compartían, era como si la conociera de antes, pero estaba completamente seguro de que aquella había sido la primera vez que la veía.
Ya quedaba poco, lo notaba. Un hormigueo comenzó a recorrerle todo el cuerpo para, seguidamente, dar paso al dolor. Pese a que ya se había acostumbrado a ello, no podía evitar retorcerse. Notaba como sus músculos cambiaban, como algunos de sus huesos se estiraban y otros se encogían, como sus extremidades se deformaban y se formaban sus manos y pies. Respiró hondo y observó sus manos grandes y callosas a través de los mechones rubios que caían sobre sus ojos. Llevó las manos hasta su rostro, palpándolo, su verdadero rostro. Se incorporó, poniendo la sábana por encima de sus hombros para cubrirse, y se giró hacia Zelda esbozando una pequeña sonrisa.
La princesa estaba sentada sobre la alfombra, a poca distancia de él. Parecía algo nerviosa y su rostro había adoptado un ligero tono rojizo.
— ¿Ocurre algo? —preguntó Link, curioso.
Zelda negó con la cabeza enérgicamente y le pasó varias prendas de ropa, una camisa blanca y unos pantalones de color verde oscuro. Link sacó el brazo derecho de la sábana y las cogió, dándole las gracias en el proceso. Tras eso, ella se apresuró a girarse para que él pudiera cambiarse. Cogió las ropas y se apresuró a ponérselas. Le venían algo grandes, pues habían pertenecido a su padre, pero no tanto como las que Zelda le había prestado la vez anterior. Dio las gracias mentalmente a que las mangas de la camisa fueran lo suficientemente largas como para tapar la marca de su mano izquierda.
— Ya está —dijo él.
Zelda se acercó con el ceño fruncido y la vista fija en su camisa, alzó sus manos y las llevó al cuello de la camisa, colocándolo bien.
— ¡Perfecto! —exclamó ella con una sonrisa.
Link observó como ella alzaba la vista hacia su rostro, para enseguida apartarla de nuevo, sonrojada.
— ¿Estás segura de que no ocurre nada?
— Sí, no te preocupes —se apresuró a contestar—. Vamos, ahora tienes que mostrarme cómo manejas la espada. Me dijiste que lo harías.
Zelda se acercó al armario y sacó de él la espada que habían traído de la cueva. Dicha espada había pertenecido al padre de Link, era uno de los pocos recuerdos que tenía de él.
— ¿Ahora? —preguntó Link mirando hacia la puerta—. ¿Y si viene alguien? ¿No sería mejor esperar a que todos durmieran?
— No te preocupes —respondió con una gran sonrisa—. No creo que venga nadie de momento y si lo hace, antes llamará a la puerta.
— Está bien.
Se acercó a ella y cogió la espada de entre sus manos. La colocó en su espalda y abrochó las correas enganchadas a la vaina sobre su pecho. Apartó a Zelda para no hacerle daño y se colocó en el centro de la habitación. Ésta era lo suficientemente espaciosa para poder hacer algunos movimientos sin peligro de darle a algo.
Llevó su mano izquierda a la empuñadura de la espada y la desenvainó con un movimiento rápido, dando un tajo en diagonal en el aire. Oyó como Zelda emitía una pequeña exclamación de sorpresa, no se había esperado aquel movimiento tan rápido y brusco. Acto seguido, Link dio un rápido paso al frente mientras su brazo, con gran velocidad, se movió hacia delante, dando una estocada.
Estuvo varios minutos así, haciendo un movimiento tras otro sin pausa. Cuando por fin se detuvo, se irguió de nuevo, envainó la espada y miró a Zelda, quien parecía impresionada. Tenía los ojos abiertos como platos y sus labios formaban una gran sonrisa.
— ¡Ha sido increíble! —dijo la princesa acercándose rápidamente hasta él—. Nunca había visto a nadie moverse tan rápido y con tanta agilidad. Y no solo eso, tus movimientos estaban llenos de fuerza. Ha sido algo impresionante.
— No ha sido para tanto —contestó Link avergonzado, rascándose el cuello con la mano izquierda—. Cualquiera puede hacer algo así, cuando tienes un oponente de verdad la cosa cambia.
— Te equivocas —replicó Zelda—. Yo soy incapaz de hacer algo así…
La voz de Zelda fue bajando de tono hasta que se apagó por completo. Link observó cómo su mirada estaba fija en un punto de su cuello, en concreto en su mano izquierda que aún seguía apoyada sobre él. Link palideció, había cometido un gran error. No se había percatado de que la manga de la camisa había bajado hasta su codo y ahora mostraba la marca de la mano. Rápidamente, bajó la mano y la tapó de nuevo con la manga, pero ya era demasiado tarde. Zelda cogió su mano izquierda, la destapó y lo miró sorprendida.
— Esta marca… ¿por qué la tienes? —preguntó Zelda sin dejar de mirar la marca—. ¿Por qué tienes la marca de la Trifuerza?
¿La marca de la Trifuerza? Él no tenía ni idea de qué era esa marca, siempre había estado ahí, pero nunca nadie le había explicado qué era, solo sabía que había sido la causa de que aquel hombre fuera tras él.
Zelda soltó su mano y se quitó el guante de la mano derecha, mostrándole su propia marca.
— Yo también la tengo —dijo con una gran sonrisa—. Mi padre dice que no debo enseñársela a nadie, pero como tú también la tienes no creo que pase nada, ¿verdad?
No, sí que pasaba, esa marca era muy peligrosa. Link la cogió con fuerza por los hombros, sorprendiéndola, y la miró con gravedad.
— Escucha, Zelda —dijo con tono alarmante—. Jamás, me oyes, jamás vuelvas a mostrarla. Aunque otra persona te la muestre, tú jamás lo hagas. Es peligrosa. Prométeme que no lo harás.
Zelda lo miró con una mezcla de miedo y sorpresa. Permaneció un rato así, mirándolo a los ojos fijamente.
— ¿Es por esa marca que Farone tuvo que convertirte en un lobo? —preguntó ella—. Dijiste que lo hizo para protegerte.
Link la soltó y apartó la mirada de ella. ¿Qué debía hacer? ¿Contarle la verdad? Se pasó la mano izquierda por el pelo, echándolo hacia atrás, y suspiró.
— Así es —contestó sin mirarla—. Hay una persona que me busca por culpa de esta marca. No sé qué es lo que pretende exactamente, solo sé que es capaz de cualquier cosa con tal de atraparme —hizo una pequeña pausa—, incluso matar a mis padres por interponerse.
Zelda se llevó las manos a la boca, ahogando un pequeño grito de horror.
— Prométemelo, Zelda —rogó—, por favor.
— Te lo prometo.
Link se acercó a ella y la rodeó con sus brazos, atrayéndola hacia él.
— Gracias —murmuró abrazándola con fuerza.
Al principio Zelda permaneció inmóvil, pero pronto reaccionó y respondió a su abrazo, rodeándolo con sus propios brazos.
Tras aquello, estuvieron varias horas sentados en la alfombra, hablando. Todos en la casa ya dormían. Zelda había insistido en que quería permanecer despierta todo el tiempo que pudiera. Hablaron de muchas cosas, cómo habían sido sus respectivas infancias, qué les gustaba, etc.
Zelda le mostró la maceta con los tallos del rosal, estos parecían haber echado raíces, aunque no habían crecido mucho. Link le contó que aquel rosal había pertenecido a su madre. El día que murió, ella llevaba consigo varios tallos para poder plantarlos, así que él los había cogido y los plantado junto a la cueva con la esperanza de que crecieran.
— Hay una cosa que llevo tiempo preguntándome —dijo Link—. ¿Qué hace una princesa como tú en un lugar tan alejado del castillo? He escuchado decir a los sirvientes que padecías de estrés o algo así. ¿Qué lo provocó?
— Bueno… creo que hubo varios factores —respondió pensativa—. Para empezar, mis estudios siempre han sido muy duros, mis profesores me exigían mucho y prácticamente no tenía tiempo para nada más. Después estaba el asunto de los pretendientes entre otras cosas.
— ¿Pretendientes?
A Link comenzaba a no gustarle por dónde iba la conversación. A parte de ser todavía bastante joven, la veía como una chica bastante despreocupada y ansiosa por libertad como para estar buscando marido. El hecho de imaginársela rodeada de posibles candidatos hacía que tuviera una sensación muy desagradable en el estómago.
— Así es —contestó ella apenada—. Mi padre insiste en que he de encontrar marido lo antes posible, por lo que pueda pasar. No es que me agrade mucho, pero es mi deber como princesa de Hyrule.
Link comenzaba a sentirse molesto, enfadado incluso.
— Cuando era pequeña estuve prometida —prosiguió—, pero él murió. Nunca llegué a conocerlo, ni siquiera supe su nombre ni las circunstancias de su muerte, mi padre no quiso decírmelo, decía que le entristecía mucho recordarlo. Lo único que sé de él es que era el hijo de un buen amigo de mi padre.
Reinó un silencio incómodo. Notaba que aquello no era algo de lo que ha Zelda le gustara hablar, así que intentó cambiar de asunto.
— Has dicho que también había otras cosas.
— Sí, la guerra con el Pueblo del Desierto.
¿Guerra? Link maldijo entre dientes, aquello tampoco era un tema muy agradable, precisamente.
— Todavía no estamos en guerra realmente, pero la cosa no pinta muy bien —explicó—. El líder de ese pueblo parece empeñado en comenzar un conflicto y, haga lo que haga, mi padre no consigue disuadirlo. Si al menos supiéramos qué es lo que quiere…
— ¿No conocéis la razón de por qué lo hace? —preguntó él sorprendido.
Zelda negó con la cabeza.
— Tampoco sabemos gran cosa de él, es todo un misterio —continuó explicando—. Solo sabemos que era el rey de la tribu gerudo y que consiguió unir a las diferentes tribus del desierto en muy poco tiempo. Impuso su gran poder sobre ellos y ahora los gobierna con mano dura. Su gente lo llama Ganondorf, el Rey del Desierto.
Ganondorf. A Link se le heló la sangre solo de escuchar aquel nombre. Un nombre maldito, un nombre que hacía que recordara aquel fatídico día una y otra vez. Se levantó sin perder ni un instante y se acercó a la ventana que daba al balcón.
— Espera aquí —dijo mientras abría la ventana—. Enseguida vuelvo.
— ¿Link?
Antes de que ella pudiera decir nada más, Link salió al balcón y saltó. Sus pies descalzos tocaron el suelo sin apenas hacer ruido y dobló las rodillas para amortiguar cualquier posible daño. Corrió todo lo rápido que pudo a través del bosque. Pese a que sus sentidos no eran tan agudos como cuando era un lobo, lo eran más de lo normal, podía ver lo suficientemente bien como para saber por dónde iba, además de que conocía aquel bosque como la palma de su mano. Sus piernas tampoco eran tan rápidas, pero su destino no estaba demasiado lejos.
— ¡Farone! —gritó Link al llegar a la fuente del espíritu—. ¡Necesito hablar contigo!
Como otras veces, una esfera de luz salió del estanque y comenzó a formarse la figura de un mono a su alrededor.
— ¿Qué hacéis aquí? —preguntó en tono grave—. Es luna nueva, deberíais estar escondido.
— Él no está aquí, no lo noto cerca —replicó Link—. Hace años que no pisa este bosque.
— Pero podría tener espías por aquí.
Al ver que Link no respondía y lo miraba con mucha seriedad, el espíritu decidió dejar aquel tema.
— ¿De qué queréis hablar?
Link se remangó la manga izquierda y le mostró la marca del dorso de su mano.
— ¿Qué es exactamente esta marca? Necesito que me lo digas, Farone —insistió.
Pese a la urgencia en la voz de Link, Farone permaneció en silencio.
— Ese hombre quiere invadir Hyrule y nadie sabe por qué —prosiguió al ver la falta de respuesta por parte del espíritu—. Quiere a Zelda, ¿verdad? Ella tiene esta misma marca y él ya vino a por mí por ella. ¿Qué tiene de especial? ¿Qué significa? —Farone continuó sin decir nada—. ¡Farone!
El espíritu suspiró, derrotado.
— Está bien, os lo contaré. Supongo que ha llegado el momento de que sepáis la verdad —el espíritu de luz hizo una pausa—. Esa es la marca que llevan los elegidos por la Trifuerza —comenzó a explicar—. La Trifuerza, también llamada Poder Dorado, es un objeto creado por las diosas que concede un deseo a aquel que la posea. Hace mucho tiempo, la Trifuerza fue dividida en los tres fragmentos que la compone: poder, sabiduría y valor. Los tres fragmentos eligen a aquellos que mejor representan esos atributos y se introducen en ellos. Aquellos que tienen la marca de la Trifuerza sobre el dorso de la mano son esos elegidos. El objetivo de ese hombre es hacerse con la Trifuerza. Él ya tiene en su poder uno de los fragmentos y necesita el de la princesa y el tuyo para poder conseguirla.
— ¿Qué es lo que quiere conseguir con la Trifuerza? —preguntó Link tras unos momentos de reflexión.
— Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero puesto que parece agradarle subyugar a otros pueblos, probablemente su deseo vaya por ese camino —respondió Farone. Tras ver que Link no decía nada más, continuó hablando—. Es importante que ese hombre no se haga con la Trifuerza. Él es capaz de cualquier cosa, incluso de derramar la sangre de cualquiera que se interponga en su camino con tal de conseguirla. Por ello, vuestro deber es proteger a la princesa.
— Mi deber…
No necesitaba que le dijeran que tenía que protegerla, lo iba a hacer de todos modos, no porque fuera su deber, sino porque lo deseaba. Sin decir nada más, Link se marchó.
Permaneció pensativo durante todo el camino. La situación era más grave de lo que jamás se había llegado a imaginar. No solo su vida y la de Zelda estaban en peligro, sino la de todos en aquel reino. Y todo por culpa de un loco con ansias de poder.
Cuando le faltaba poco para salir del bosque, vio una pequeña luz a lo lejos. A medida que se acercaba, vio que Zelda lo esperaba con un pequeño farol en la mano.
— ¡Link! —exclamó Zelda y corrió hacia él—. Te has ido tan de repente que me has dejado preocupada.
— Lo siento —se disculpó apenado—. Necesitaba hablar con Farone.
Zelda alargó el brazo hacia él, poniendo la mano sobre su rostro, apartándole el flequillo de los ojos.
— ¿Estás bien? —preguntó ella, visiblemente preocupada.
Cogiendo la mano que Zelda tenía sobre su rostro, Link afirmó con la cabeza y esbozó una pequeña sonrisa.
La capacidad de concentración de Zelda se había vuelto nula ese día. Después de los sucesos de la noche anterior, no podía evitar que su mente se distrajera rememorándolos. Una pila de libros y ejercicios se acumulaban frente a ella a la espera de ser atendidos, pero habían sucedido cosas más importantes que requerían su atención.
Para empezar, cuando vio a Link asomando la cabeza a través de la sábana y sonriéndole, había notado como su corazón se aceleraba, no solo eso, también se había sonrojado. ¡Por todas las diosas, ni que hubiese sido la primera vez que veía a un chico guapo! Aunque debía reconocer que la palabra 'guapo' se quedaba corta. Poco después lo había hecho de nuevo, tras arreglarle el cuello de la camisa lo había mirado a los ojos, en ese momento había vuelto a notar como todo el calor subía hasta sus mejillas. Como colofón, tras haberle prometido que no le enseñaría a nadie la marca de su mano, Link la había abrazado. Se había sentido tan bien entre sus brazos…, tanto que la sangre volvía a subir de nuevo hasta sus mejillas solo de recordarlo. Zelda sabía que, estando junto a Link, comenzaba a caminar por un sendero peligroso, un camino que a ella como princesa no se le estaba permitido recorrer. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Cuando estaba junto a él se sentía bien, se sentía relajada y feliz.
Otro hecho importante fue el descubrimiento de la marca de la Trifuerza en la mano de Link. Él no le había dicho el porqué de aquella marca, no le había querido explicar gran cosa, solo que era la razón por la cual Farone lo protegía. Después estaba el hecho que, de repente, Link había decidido ir al bosque saltando por el balcón.
También había sacado cosas buenas de aquella noche. Habían estado hablando hasta bien entrada la madrugada y él había respondido a muchas de sus preguntas, saciando su curiosidad. Por no decir que había sido testigo de sus grandes habilidades físicas. La forma en que había manejado la espada había sido magnífica, sus movimientos habían sido fluidos y perfectamente calculados. Pero lo que más había impresionado a Zelda fue el hecho de que había saltado desde el balcón, aterrizando silenciosamente y sin hacerse ni un rasguño.
— ¿Me estás escuchando, Zelda? —oyó a Impa gritar.
Zelda se sobresaltó. Estaba tan metida en sus propios pensamientos que no se había percatado de que Impa había entrado en la sala y de que le estaba hablando.
— ¿Qué te ocurre hoy? Estás en las nubes.
Zelda miró a Link, quien estaba sentado en el suelo junto a ella mirándola, para después desviar la vista, sonrojada.
— Nada —respondió—. Hoy no he dormido muy bien, así que no tengo la cabeza muy centrada.
Aquello no era del todo mentira. Al estar hablando con Link hasta tan tarde, Zelda había dormido muy poco esa noche.
— Pues date prisa en acabar. Hasta que no lo hagas, no saldrás de esta sala. Últimamente te estás relajando mucho con tus estudios.
Zelda gruñó para sus adentros y fijó la vista en el libro que tenía delante. Miró a Link de reojo, quien le devolvía la mirada mientras movía la cola enérgicamente.
— Es culpa tuya —murmuró de manera casi inaudible.
Link ladró dos veces. Zelda se sonrojó, avergonzada. No había tenido en cuenta de que él, en su forma de lobo, tenía un oído muy fino.
Las siguientes semanas transcurrieron con normalidad. La princesa iba combinando sus días de descanso y paseos por el bosque con los de estudio y práctica. Por desgracia, cada día se sentía más frustrada. Desde que había visto a Link, alguien mucho más ligero y con menos fuerza bruta que Impa, usando la espada, había pensado que ella también podría llegar a un nivel parecido, pero no, le era imposible. Había intentado alguna vez imitar sus movimientos, pero no conseguía que fueran tan precisos y efectivos como los de él. Para colmo, también se había atascado en sus lecciones de tiro con arco, pese a que Impa le había insistido más de una vez que tenía talento en ese campo. Estaba frustrada, muy frustrada.
Hacía rato que Impa había dado por finalizada la lección, pero Zelda había decidido continuar practicando con su arco. Por mucho que lo intentaba, no conseguía darle en el centro de la diana. Lo peor de todo era que, cuanto más lo intentaba, peor era el resultado. Bajó el arco y suspiró resignada y enfadada consigo misma. En ese momento oyó a Link bostezar a su lado.
— Siento aburrirte y hacerte perder el tiempo con esto —dijo con sarcasmo—. ¿Crees que podrías hacerlo mejor que yo?
Link ladró una vez. Zelda frunció el ceño.
— ¿Ah, sí? Ya me gustaría verlo. Esta noche es luna nueva. A ver de lo que eres capaz de hacer.
Dicho eso, y tras esperar a que anocheciera y a que todos durmieran, ambos se encaminaron silenciosamente hasta el bosque con un par de faroles. Zelda llevaba su arco y Link su espada, por si acaso.
Cuando llegaron a un claro lo suficientemente alejado de la casa como para que no les oyeran, con una tiza, Link marcó una diana en un árbol.
— No sé por qué estás tan molesta, Zelda —dijo él cuando ella le pasó el arco—. Todos nos encallamos de vez en cuando.
— Calla y dispara —imperó Zelda.
Link suspiró y se posicionó a cierta distancia del blanco. Con su mano derecha sostuvo el arco frente a él y con la izquierda sujetó la flecha. Gracias a los faroles que habían traído, había la suficiente luz para ver la diana a lo lejos. Tensó la cuerda del arco y disparó, todo en un movimiento rápido y fluido. Dio justo en el centro. Pero aquello solo sirvió para alimentar la frustración de la princesa.
— ¿Por qué? —dijo cabizbaja—. ¿Por qué no consigo hacerlo bien? Hace tiempo que sé que la espada no es lo mío, pero pensaba que con el arco tenía talento, Impa me lo ha dicho muchas veces.
Cerró los puños con fuerza, clavándose las uñas en las palmas. Link suspiró y se acercó a ella. Colocó sus manos a ambos lados del rostro de ella, alzándolo y obligándola a mirarle.
— No creo que tu problema sea por falta de talento —respondió con voz calmada y tranquilizadora, ella lo miró de manera interrogativa—. Yo también creo que tienes talento, si sigues practicando creo que podrás ponerte al mismo nivel que los mejores arqueros.
— ¿Entonces por qué? —preguntó Zelda desesperada—. ¿Por qué no lo consigo?
Link esbozó una débil sonrisa y la condujo hasta el mismo lugar donde él había disparado y le entregó el arco.
— Prueba a disparar —sugirió.
Zelda obedeció y disparó una flecha, pero ésta se desvió un poco a la derecha. Suspiró.
— Coge otra flecha y prepárate para disparar, pero no tenses el arco.
Volvió a obedecer y se colocó preparada para disparar.
— Relájate —oyó decir a Link a su lado—. Tu problema es que estás muy tensa. A la vez que tensas la cuerda del arco, lo haces tú también. Respira hondo. Tienes que estar totalmente relajada y concentrada. Tu vista y tu mente tienen que estar completamente fijas en el punto en el que quieres disparar. No mires nada más, olvídate de todo lo demás. Vamos, respira hondo.
Zelda cogió una gran cantidad de aire y la soltó. A medida que oía las palabras de Link, éstas cada vez parecían más lejanas, estaba poniendo toda su concentración en la diana.
— Ahora, sin perder de vista tu objetivo, tensa, apunta y dispara.
Esta vez dio justo en el centro de la diana, justo al lado de la flecha que antes había disparado Link. Zelda sonrió.
— ¿Ves como no era tan difícil?
Zelda se abalanzó sobre él, abrazándolo por el cuello.
— ¡Gracias! ¡Muchas gracias!
— No es para tanto —dijo él algo avergonzado—. Creo que podría también ayudarte un poco con la esgrima.
— ¡¿De verdad?! —exclamó ella apartándose un poco, pero sin soltarlo.
Link afirmó con un gesto de cabeza.
— Es muy probable, tal y como has dicho antes, que no tengas tanto talento en el manejo de la espada como en el del arco, pero, por lo que he podido observar estos días, creo que tu principal problema es en realidad tu maestra.
— ¿Impa?
— Sí, aunque más que ella es su estilo.
Link hizo un gesto para que Zelda se apartara un poco y se situó en el centro del claro, sosteniendo su espada con la mano izquierda.
— Me dijiste una vez que Impa te aconsejó que te centraras en la velocidad, lo cual es completamente cierto —prosiguió explicando Link mientras hacía varios movimientos con su espada—. El problema radica en que su estilo es todo lo contrario, radica en imponer su fuerza ante su adversario, por lo que le es imposible mostrarte cómo debes hacerlo. Tú estilo debe ser rápido y muy preciso, centrado en los puntos vitales de tu contrincante.
— ¿Tú podrías enseñarme? —rogó Zelda con ojos brillantes y suplicantes.
— Creo que sí —contestó él tras meditarlo un poco—. Mi estilo es un poco mezcla de los dos, así que podré darte algunos consejos.
— ¡Gracias de nuevo!
Zelda volvió a abalanzarse sobre él, contenta.
Comentarios: Por fin tenemos algunas respuestas, aunque supongo que muchos ya os lo imaginabais. Sé que la historia está tardando un poco en arrancar, pero os prometo que a partir del siguiente capítulo habrá más acción.
Gracias de nuevo a todos por seguir y/o comentar esta historia y a Alfax por sus correcciones y sus consejos.
NOTA IMPORTANTE: Desde que empecé a publicar estos fics, tenía pensado algún día publicarlos también en inglés, cuando mi nivel en dicho idioma me permitiera traducirlos correctamente. Pero a raíz de una petición para hacerlo, estoy buscando un traductor para ello. Así que cualquier persona con buenos conocimientos en español e inglés que esté interesado en hacerlo, por favor, que se ponga en contacto conmigo por privado. Gracias.
¡Hasta pronto!
