Capítulo 7: Sangre

Los estruendos de los truenos era música para los oídos al lado de aquello. El insoportable ruido despertó sobresaltado a Alec. Parecía que la fortaleza de piedra se derrumbaría de un momento a otro: el polvo saltaba de las juntas, el suelo temblaba y el tubo de lava estaba a punto de estrellarse contra el suelo.

Alec fue lo suficientemente rápido como para cogerlo al vuelo y se lo guardó en el bolsillo del pantalón, ya lleno de polvo. Aún era incapaz de contar los días en aquél lugar, pero ya debía ser el sexto. Sabía que irían a buscarlo, por lo que no podía arriesgarse a ponerse en contacto con Jace y los demás de nuevo, y tan solo unos segundos más tarde su puerta se abrió, aunque no había nadie para guiarlo. Tampoco lo necesitaba.

Recorrió los conocidos pasillos mientras el pelo negro se le llenaba de polvo grisáceo y hacía que le picasen los ojos. Los siete estaban en la sala de la reuniones, de pie, rodeando el círculo de fuego. Tras las ventanas Alec divisó hordas de demonios, negros, rojos y azules, con bocas de más y ojos en sitios imposibles dentro de su grotesca figura. Era miles; lo que su vista alcanzaba cubierto por ellos. Y había muchos volando.

—¿Impresionado, Alec? —El chico miró a Lucifer con el ceño fruncido. El demonio sonreía en ese momento más que nunca—. Oh, Asmodeo me ha comentado que prefieres ese nombre.

—Así que ya es el día —suspiró. Intentó camuflar su preocupación, pero no lo consiguió.

—Y todo por tu culpa —remató Lucifer.

—Nada de esto es culpa mía.

Se sentía culpable, pero jamás dejaría que lo supiesen. Lucifer soltó una amarga risotada y se volvió hacia el fuego, que ondeaba y lanzaba llamaradas al exterior. Alec se alejó unos prudentes pasos. Quizás durante la guerra podía buscar la forma de salir de allí y ver a Jace, a Magnus y a Izzy una última vez. Sus esperanzas de que los ángeles ganasen mermaban con cada demonio nuevo que sus ojos divisaban.

—Quizás nos esperen.

—No hay manera de que se hayan enterado —rebatió Lucifer—. De todas formas, enviaremos un seguro. Si vuelve muerto, nos retiramos.

Antes de que Alec fuese consciente de la conversación que estaba teniendo lugar, Lucifer lo había cogido del brazo sin mano y lo arrastraba ante el resto de demonios. El ejército de fuera tronó y Alec tuvo por primera vez verdadero miedo, un miedo que consumió lo poco que quedaba de su alma y encendió la llama de la desesperación. Sólo si vivía podría volver a ver a su familia. A Magnus.

—¿Y si me capturan? —apuntó. Lucifer paró en seco y lo miró con una ceja alzada—. Sabrán que vais pero vosotros no sabréis que os esperan.

—Ingenuo. —Lucifer rió con ganas y el resto de príncipes infernales lo hizo con él—. Los ángeles no son misericordiosos. Y mucho menos con los que ya no son de su sangre.

Y dicho eso, arrojó a Alexander al fuego. Su piel no ardió como el papel; el fuego no lo quemó. Dentro de la columna, Alec fue capaz de distinguir el olor de la sangre, el icor y su propia carne. La elevada temperatura no lo hacía sudar, pero el ambiente era sofocante. El icor escarlata que formaba el pentagrama bajo sus pies echaba chispas que se volvieron más intensas. La columna fue estrechándose cada vez más, arrinconándolo y envolviéndolo y, al final, desapareció con Alec dentro.

Durante un momento todo lo que vio fue negro, luego fuego y después un blanco brillante, pero su cuerpo no le dejó averiguar dónde estaba. Fue como si millones de pequeñas agujas al rojo vivo lo perforasen en cada centímetro de su piel. Se llevó la mano al pecho y gritó, apretó, intentando calmar el sufrimiento. No sabía dónde estaba, pero el dolor era demasiado agudo e incesante como para abrir los ojos e intentar pensar con claridad. Sintió sus piernas ardientes caer contra un suelo duro y se acurrucó allí. Parecía mármol blanco y estaba frío como el hielo, pero no disminuía su dolor.

También había voces. Eran voces distantes, frías y parecían ampliadas por megáfonos. Tras sus párpados todo era blanco y luces. El dolor había empezado a nublarle la vista y estaba a punto de perder el sentido. Imaginó que aquello debía ser el Cielo, pero no se sentía para nada como debería. Alguien, algo, lo alzó. Su contacto fue todavía peor. Alec sintió como si la piel aprisionada bajo el desconocido estuviese resbalando de sus huesos y gritó aún más alto.


—¡Allí!

Isabelle estaba en la ventana que daba al sur, con las piernas acabadas en tacón de aguja colgando fuera y el equipo completo de cazadora de sombras, como Jace y Clary. Magnus casi parecía uno más de ellos, últimamente había desarrollado un nunca visto gusto por el negro. Incluso su pelo había dejado de brillar con purpurina de colores.

Lejos del apartamento de Magnus, más allá del río, una columna de fuego ascendió desde la tierra y se internó en las nubes que habían cubierto Nueva York desde hacía días, dejando en ellas su resplandor anaranjado. Fue estrechándose cada vez más hasta desaparecer tan repentinamente como había surgido.

—Hay que ir al instituto.

Siguiendo las indicaciones de Magnus, todos se pusieron en marcha. En la verja negra Maryse Lightwood y Jocelyn Garroway también se habían equipado en lo que habían tardado en llegar.

—¿Estáis bien? —preguntó Maryse. Los chicos asintieron—. ¿Vosotros lo sabíais?

—No podrían decirlo —se adelantó Jocelyn, mirando fijamente a su hija—. Los demonios se habrían enterado.

—Hacía miles de años que no estallaba una guerra en los Cielos —suspiró Maryse—. La última vez, Raziel nos creó.

—Quizás el final de esta sea destruiros —dijo Magnus—. ¿Y Luke?

—Está con los vampiros en casa —respondió Jocelyn—. Dudo que las hadas hayan venido.

—¿Crees que saben lo que pasa? —preguntó Maryse, mirando hacia donde hacía poco la columna de fuego había desaparecido—. ¿Crees que eso era una primera horda?

—Es muy posible —asintió Magnus—. Y habrá más.

No se equivocaba. De camino a casa de Jocelyn y Luke, la noche se iluminó otras dos veces, y apenas pisaron el césped de la entrada el cielo estalló. Luz como la del sol iluminó la noche con un resplandor etéreo y desapareció en un parpadeo. Los ángeles comenzaban a contraatacar, y el cielo no dejaría de batallar con su luz hasta que uno de los dos bandos perdiese.

Magnus pensó en Alexander. Quizás aquél sería el único momento apropiado para poder rescatarlo, cuando todos los demonios estaban luchando y muriendo, y Edom estaba sin vigilancia. Pero era imposible acceder al mundo de los demonios sin uno que los llevase y él en el Infierno perdía todo poder que resultase útil. En el rescate de Alec sería una carga más que cualquier otra cosa.

Supo que Jace también pensaba en él; lo había hecho desde que Alec se fue por segunda vez. En su mirada era constante la necesidad de encontrarlo y la decepción por no poder hacerlo. La culpa inmerecida se reflejaba en su mirada, como si creyese que todo lo que le pasara a su parabatai era únicamente su responsabilidad. Magnus se sentía tan culpable como él, y posiblemente más, pero no entraría en discusiones por aquello, no en ese momento.

Otra columna de fuego ascendió, y unos segundos después la siguiente, y a partir de ese momento fueron incesantes. ¿Cuántos demonios podían ir en cada columna? Magnus no tenía ni idea, ninguno de sus libros sobre demonología hablaba de algo así.

—Iremos hasta allí. —Luke salió de la casa, seguido de cerca por Lily y Maia, la verdadera líder de la manada—. Magnus, ¿qué...?

—No sé nada —bufó, cansado y desesperado. Alexander estaba en peligro, estuviese donde estuviese—. Sé tan poco como vosotros, así que bien, vayamos allí.

Sintió las miradas fijas en su espalda mientras se volvía hacia una pared y comenzaba a dibujar las runas. Un portal hacia un sitio tan cercano era mucho más rápido que intentar llegar en coche, sobre todo porque uniendo a licántropos y vampiros eran más de cien.

—¿Y el resto? —gruñó, girándose de repente—. ¿Dónde están todos los vampiros? ¿Y los hombres lobo?

—Con sus familias —respondió Luke con naturalidad—. Asustados y protegiéndolos. No puedes culparlos por eso.

Podía, pero no lo haría. Magnus apretó los puños y siguió con su trabajo. Inútiles; no podían protegerlos si el Infierno ganaba, no quedaría nada que proteger poco después. Los que aceptasen subordinarse vivirían y el resto serían masacrados. Y, ¿quién protegía a Alexander? ¿Por qué Alec siempre tenía que protegerlos a todos?

La última runa quebró la pared con un sonoro crujido, pero el portal se abrió con perfecta fluidez. El primero en pasar fue Jace, sin un atisbo de duda, y le siguieron el resto de cazadores. Algunos licántropos y vampiros dudaron, pero finalmente cruzaron la viscosidad líquida y, Magnus el último, llegó frente al círculo de suelo quemado.

El diámetro rondaría los tres metros y aún humeaba por la última columna ígnea. En el centro se veía un pentagrama quemado y restos de algo rojo escarlata que no era ni sangre humana ni icor demoníaco.

—El resto de cazadores llegará en portales desde todos los rincones del mundo —anunció Maryse, colgando su teléfono móvil—. Ya les he comunicado la ubicación.

—Deberíamos entrar en la siguiente columna —dijo Jace.

—Morirías —respondió Magnus, atrayendo la atención de todos—. Sólo los que poseen sangre demoníaca pueden atravesar fuego demoníaco.

—Entonces podríamos ir nosotros. —Maia se adelantó, zafándose del brazo de Bat—. Podríamos ayudar a los ángeles y...

—Sólo os tomarían como una amenaza. A los ángeles no les gusta que invadan su territorio. Saben que tienen aliados; si se ven en la necesidad traerán la guerra a la Tierra.

—Son muy orgullosos... —murmuró Clary, casi con miedo de estar insultando. En algunas cosas todavía parecía una mundana.

—Entonces —Magnus alzó la voz, a él sí quería que lo escuchasen— veréis si os aprecian lo mismo que vosotros a ellos.

La espera pareció eterna. Poco a poco, cazadores de sombras de muy diversos países y ciudades acudieron a Nueva York, aunque Magnus sabía que no eran ni dos terceras parte del total. "Con sus familias. Asustados y protegiéndolos", recordó. Muchos nefilim se habrían refugiado en Alacante con los niños pequeños, aunque eso no serviría de nada si los ángeles perdían.

No supo cuántas horas pasaron, pero el amanecer aún no estaba cerca cuando las nubes se abrieron. Hacía bastante rato que la columna de fuego no subía de nuevo y, por un momento, la guerra pareció haber terminado. El hueco que el cielo había dejado se oscureció un momento y dos figuras oscuras aparecieron recortadas. Caían a velocidad vertiginosa directamente sobre ellos, uno por delante de otro. El círculo que formaban se amplió, sin saber exactamente dónde sería la colisión.

Ocurrió unos cincuenta metros más allá. El primer cuerpo cayó con todo su peso y levantó el pavimento, arrastrándose por la fuerza del impacto y ocultándose entre las nubes de polvo. El siguiente se posó con fuerza y firmeza, pero de pie. No levantó ni un poco de humo y su figura fue reconocida por todos.

—Asmodeo —musitó Magnus.

El traje blanco de su padre estaba manchado de polvo, sangre e icor. Tenía heridas abiertas en zonas poco arriesgadas que no habían sanado, posiblemente hechas por ángeles. Alrededor de su boca había sangre, sangre dorada que contrastaba con el negro de su pelo. Se giró con tranquilidad cuando fue llamado; en sus manos también había sangre de oro que manchaba de igual forma su puñal.

—Magnus —casi tarareó, pero no estaba contento. Sus ojos refulgían ira y apenas lo miró antes de girarse hacia la nube de humo que se iba disipando—. ¡Vamos, Alexander, levántate! ¡Hasta tenemos público!

Una exclamación mezcla de sorpresa y angustia se extendió por todos los presentes, que curiosos y morbosos se acercaron un poco más, destruyendo el círculo y amontonándose en una forma desigual. Asmodeo extendió una sonrisa cruel y derrotada; el Infierno estaba perdiendo, pero, ¿a qué precio?

De entre el ligero humo blanquecino que restaba surgió Alec, o aquello que quedaba de él. Isabelle lanzó un grito horrorizado cuando vio que le faltaba una mano. Tenía la ropa desagarrada por todas partes y estaba lleno de sangre, con inmensas cicatrices que ya habían sanado y habían dejado su reguero escarlata. Los agudos colmillos estaban fuera y sus labios sangraban de manera constante.

—¡Tú los avisaste! —acusó Asmodeo, alzando una mano que se llevó a Alec con ella. El chico se llevó la mano a la garganta, donde una fuerza invisible lo ahogaba—. Quizás perdamos esta guerra, Alexander, pero tú no vivirás para contarla.

Los movimientos de Jace y Magnus, con sus respectivas diferencias, fueron casi sincronizados. Los dos se lanzaron hacia delante de forma veloz y con los dientes apretados. En la mano del cazador refulgía un cuchillo serafín y en las del brujo el fuego morado que poco a poco se extendió por sus brazos. Asmodeo lanzó una risotada seca y los encaró. Ambos salieron disparados hacia atrás, la brillante daga saltó de la mano de Jace y el fuego desapareció.

—¿Crees que puedes usar mi sangre contra mí, hijo mío? —Magnus escuchó los murmullos entre el resto de los presentes, pero se incorporó sin mirarlos. Catarina estaba ya a su lado.

—Aléjate —le pidió—. No quiero que te haga daño.

—No voy a irme a ningún lado. He perdido a Ragnor, no te perderé a ti también.

—Panda de mocosos —escupió Asmodeo. Su mirada pasaba de Jace a Magnus y Catarina, y luego a Clary, Isabelle y Simon—. ¿Vais a venir vosotros a por mí? ¿Quién más os va a ayudar? ¿Cuántos cazadores de sombras y licántropos arriesgarán su vida por un vampiro? ¿Y cuántos vampiros arriesgarán la suya por un diurno?

El silencio se extendió en la noche y pareció que los sonidos de una batalla celestial descendían a la Tierra. Magnus y Jace se reencontraron con los otros, mirando hacia donde Alec seguía sostenido en el aire.

—¿Ves, querido Alec? No tienes amigos.

Abrió la mano y Alec cayó con un estrépito sobre el cemento. Asmodeo se acercó a él, mirándolo con superioridad. Alec permanecía de rodillas, incapaz de sacar fuerzas. Su cuerpo aún resentía el dolor del Cielo y los golpes que se había llevado hacía que le costase moverse sin sentir cómo cada uno de sus músculos se quebraba.

—¿Cuánto has comido, Alexander? —rió Asmodeo, y una fuerte patada fue descargada sobre su estómago—. ¿Cuánta hambre tienes que tener para atacar a tus amigos?

A esa le siguieron más, interminables y con una fuerza mayor. Asmodeo despachaba a todo el que se acercaba con un simple movimiento de muñeca, y muchos ni siquiera hacían el amago de ir. Escuchaba a Jace gritar que eran unos cobardes, pero aquello no tenía mayor repercusión. Su estómago se agitó y, después de demasiados golpes como para contarlos, al final sintió al sangre ascendiendo por su garganta.

Rojo vino tiñó el oscuro cemento, una y otra vez mientras su cuerpo se convulsionaba y sus dientes se hacían más largos. El hambre se apoderó de él, sus ojos se oscurecieron a un azul mar de tormenta. De repente, su alrededor dejó de tener forma: todo eran sonidos y olores; el sonido de los corazones latiendo y el olor de la sangre fluyendo con rapidez. Todos los corazones estaban acelerados y había más una herida abierta. El olor de la sangre de Jace, angelical y brillante, se mezcló con el de la de Magnus, oscurecida y demoníaca, ambas atrayentes.

La sangre de Asmodeo era la más desagradable, sin llegar al olor de un verdadero demonio. Aquella dorada que lo cubría, en cambio, olía mejor que ninguna de la que Alec hubiese disfrutado. Sangre de ángel; se preguntó cómo sería beber de uno. Su estómago rugió y sus instintos lo hicieron ponerse en pie, esquivando la nueva patada que iba hacia su abdomen. Su visión sólo veía rojo, negro y dorado. La sangre de Jace parecía dorada.

Tenia hambre. Hambre como jamás había tenido, como nunca se había permitido tener. Todo lo que había ante él en ese momento parecía comida, todo menos aquél que debía matar. Frenó sus pies, que le decían que se lanzase a por Jace, a por Magnus, a por Isabelle. Necesitaba sangre.

Asmodeo lo atacó, haciendo alarde de velocidad, con un cuchillo manchado de dorado, pero Alec lo esquivó con facilidad. Sentía que su cuerpo estaba en sus últimas, que estaba llevándolo al extremo para que se alimentase antes de desfallecer totalmente. ¿Cuánto tiempo tenía? ¿Podía buscar alimento fuera de aquellos que estaban tan cerca antes de caer al suelo y ser incapaz de moverse más?

El demonio volvió a lanzarse contra el y Alec saltó de nuevo, más cerca de la sangre, y luego otra vez. Los demás apenas retrocedían y el olor era insoportable, le nublaba el juicio y movía sus músculos. Respiró hondo, alimentándose de él, pero fue incapaz de controlarse.

No supo a quién atacó, a quién tiró contra el suelo con todas sus fuerzas ni de quién era el cuello en el que clavó sus colmillos. Sólo sabía que la sangre era caliente y que sus fuerzas volvían. Sentía que tiraban de él, tratando de apartarlo sin éxito, hasta que algo lo golpeó de frente, haciéndole desgarrar la carne de la que bebía, y lo tiró al suelo. Su vista se enfocó de nuevo, Simon lo sujetaba con los colmillos también fuera y lo miraba espantado.

—¡Vuelve en ti, Alec! —gritaba, una y otra vez—. ¡Alec, Alec!

Magnus apareció a un lado y el cuerpo de Alexander se relajó. Simon lo soltó con cautela mientras Magnus lo ayudaba a alzarse. Alec tembló, aferrándose a los hombros del brujo. Vio que Magnus lo miraba con tristeza, pasando los ojos de gato de una herida a otra y, finalmente, a su perdida mano derecha. Se sacudió, incapaz de controlar las lágrimas que comenzaron a descender por su rostro, dejando líneas blancas contra la suciedad de su cara.

—Mátame —suplicó—, mátame, Magnus.

—No —replicó el otro horrizado—. Alexander, esa no es...

—¡Es la única solución! —gritó—. ¡Mátame, Magnus!

—¡No! —Jace se había puesto a su izquierda, y de repente el olor de la sangre se incrementó—. Alec, no...

El hombro, el pecho y el cuello de Jace estaban completamente ensangrentados, y una fea herida abierta en el cuello le dijo a Alec lo que había pasado. Arrastrándose hacia atrás puso distancia entre su parabatai y él, mirándolo con horror.

—Aléjate de mí —ordenó—. ¡Aléjate, Jace!

—No vas a hacerme daño...

—¡Ya lo he hecho, ¿es que no lo ves!?

Alec se llevó una mano al rostro y ocultó sus lágrimas. La situación lo superaba. Había intentado salvar a sus amigos haciendo un trato con Asmodeo y por su propio egoísmo todo había acabado así, con una guerra celestial, Jace siendo su comida y Asmodeo a punto de matarlos a todos. Pensó en cómo habría sido todo si no hubiese decidido romper el pacto, si hubiese vivido débil y enfermizo, pero en paz, y se odió más que nunca.

Había intentando protegerlos y sólo había conseguido llevar al mundo al borde del abismo, a los nefilim y subterráneos a una guerra que no habría ocurrido si él no hubiese sido tan egoísta. Se preguntó qué movía aún a Magnus y a Jace a ponerse entre una flecha y él, a protegerlo y defenderlo después de todo lo que había provocado.

—No tienes demasiado aguante, ¿eh, Alexander? —se burló Asmodeo—. Matarte me corresponde a mí, pero no va a ser ahora. Oh, no. Primero los verás morir a todos, y luego caerás tú.

—Mátame —musitó de nuevo, mirando a Magnus con intensidad—. Hazlo, Magnus, acaba con esto.

—No voy a matarte, Alexander —le susurró él de nuevo. Alec escuchó algo en su voz, quizás la razón por la que seguía protegiéndolo. Amor—. Vamos a salir de esta, todos, con vida.

—¿Qué te parece... —interrumpió Asmodeo, acercándose con pasos ágiles— si comenzamos con el que ha vivido más tiempo?

Retorció una de sus manos, apretó los dedos como si estuviese sujetando un muñeco y quisiera hacerlo explotar. Sobre Alec, Magnus se dobló, agarrándose el estómago, y vomitó a su lado. Al principio fue comida, de color verde amarillento, pero Magnus se sacudía cada vez con más intesidad, hasta que tuvo que apoyarse sobre las palmas de las manos para no caer. Alec gritó su nombre y se puso detrás, tumbándolo sobre su pecho, y pocos segundos después Magnus tosió, vomitándose sangre sobre el pecho, manchando la negra camiseta de rojo, oscureciéndola y pegándola a la piel.

El olor subió a la sensible nariz de Alec, el estómago le rugió de hambre. Pudo sentir de nuevo la sangre de Jace alrededor de su boca ensangrentada y los colmillos volvieron a aflorar, deseando morder en el expuesto cuello del brujo.

—¡Déjalo en paz! —gritó, aferrándose al cuerpo casi inconsciente de Magnus con la única mano que le quedaba.

—¿Qué vas a ofrecerme, Alexander? ¡Tú palabra ya no vale nada!

No podía quedarse allí, llorando, junto a Magnus, lamentándose de sus decisiones mientras sus amigos y su familia morían. Apretó por última vez la mano de Magnus con la suya, agachó la cabeza y depositó un beso que fue apenas un roce en la frente perlada de sudor del brujo. Quizás no estaba vivo para cuando aquello acabase. Quizás él mismo no salía con vida de aquello, lo cual era mucho más probable.

La poca sangre que había ingerido de Jace le había dado fuerzas. Sus heridas habían sanado hacía rato y sus músculos ya no resentían el dolor del cielo. Dejó a Magnus con suavidad sobre el cemento y se levantó, enfrentando a Asmodeo. ¿Cuánto tiempo podía ganar para ellos? ¿Cuánto tardaría en ser derrotado por aquél demonio mayor?

Asmodeo le había dicho que lo mataría el último. Eso podía darle ventaja.

Corrió hacia él, haciendo alarde de toda su velocidad y agilidad. Esquivó las primeras dos cuchilladas; Asmodeo se había quedado sin magia, al menos por el momento. A Magnus le pasaba, tenía una cantidad limitada de energía que necesitaba tiempo para recuperarse y seguir haciendo magia, y Asmodeo no parecía funcionar de forma muy diferente.

No sabía cuánto tiempo tenía hasta que pudiese enviarlo volando a cualquier sitio lejos de allí, o retenerlo mientras intentaba asesinar a todos los demás. ¿Podía un demonio mayor contra centenares de cazadores de sombras, vampiros y licántropos? Muchos de ellos eran unos cobardes, Alec lo sabía, y era probable que se uniesen a él antes que morir.

Escoria.

Consiguió alcanzarlo. Fue un roce suave, pero lo suficiente como para que Alec se aferrase a la ropa de Asmodeo y lo tirase al suelo boca abajo, cayendo sobre él. El hedor del excepcional icor del ángel caído ascendía a su nariz, pero lo ignoró antes de desgarrarle el cuello y comenzar a beber. Sabía a petróleo mezclado con sangre, no como los demonios habituales. Se había visto obligado a morder a alguno durante su estancia en Edom y su sabor era parecido al de un cadáver entre basura. Quizás por cuestiones puramente psicológicas, la de Asmodeo era mucho peor.

El demonio lanzó una maldición y se lo quitó de encima de un manotazo. Alec rodó por el suelo, sin aliento y con la boca manchada de sangre roja y granate. Sus fuerzas descendieron en picado, la sombra de Asmodeo se alzó ante él.

—No voy a dejar que los mates —gruñó, escupiendo algo de la sangre que acaba de consumir en los destrozados zapatos blancos del demonio—. Antes tendrás que matarme a mí.

La carcajada del demonio resonó en Nueva York, y luego todo fue silencio.

—Que así sea, entonces.

Lo alzó del suelo con una mano y Alec sintió un impulso en el pecho. Salió disparado hacia atrás hasta que su espalda chocó contra un cristal que cedió bajo su peso. Cayó en el suelo de una tienda cerrada hacía meses. Apenas quedaban dos o tres estantes con objetos abandonados. Asmodeo estaba lejos, todos estaban lejos. Jace corrió hacia él, seguido de Isabelle; Magnus seguía tendido en el suelo. Puede que estuviese muerto. Quizás, ahora que iba a morir como vampiro, fuese al mismo sitio que Magnus y, después de todo, estarían juntos para siempre.

Las llamas lamieron los muros de piedra, ennegreciéndolos. Los estantes de madera prendieron rápido y el fuego alcanzó donde él estaba. Las llamas naranjas ocultaron rápidamente la visión de la ventana y, con ella, a Jace e Isabelle gritando su nombre.

El edificio estalló cuando ellos estaban lo suficientemente cerca como para que un trozo de cristal se incrustase en el brazo de Isabelle. Jace la cubrió con su cuerpo y sintió algo chocar contra su espalda y la sangre manar de una herida no demasiado grave. La cicatriz que había sido su runa de parabatai le dio un latigazo de dolor que le llenó los ojos de lágrimas.

—¡Alec! —Isabelle seguía gritando, pero él había callado—. ¡Alec, Alec!

—Bien, ya no tenemos molestias —dijo Asmodeo, mirando con parsimonia el incendio—. Oh, hijo mío, no mueras aún. —Con otro golpe de muñeca, Magnus recuperó algo de color, comenzando a toser. Simon lo incorporó un poco—. Ahora que tu chico está en el Infierno, déjalo disfrutar de su soledad antes de reunirte con él.

—¡Maldito hijo de puta! —gritó Isabelle. Jace la sujetó, pero ella tenía fuerza y él estaba destrozado, y al final consiguió soltarse y corrió hacia Asmodeo—. ¡Tú has matado a mi hermano!

—Eso es incorrecto. —Asmodeo esquivó con facilidad el látigo de Isabelle y lo utilizó para acercarla a él—. Tu hermano se condenó solito.

Isabelle cayó a un lado. La ira la dirigía, no pensaba, y era fácilmente predecible. Sus movimientos eran erráticos y lentos, y cuando cayó por quinta vez no se levantó. La sangre que manaba de su cabeza se extendió con rapidez por el pavimento.

—¡Isabelle! —gritó Simon, corriendo hacia ella. Maryse también se acuclilló junto a su hija.

—¿Quién viene ahora? ¿El chico ángel o la chica de las runas? ¿O quizás los dos a la vez? ¿El otro diurno? —rió—. Puede que un incendio mate a dos en lugar de uno.

Jace apretó los dedos de todas sus extremidades, sus músculos estaban tensos. Veía a Isabelle desangrándose, a Magnus débil y a Clary, con el pelo al viento como una llama. Iban a morir, al menos hasta que los ángeles detuviesen a Asmodeo, y no sabía cuánto podía pasar hasta que eso pasase. Pero lo que tenía claro era que tenía que salvarla a ella. No había podido salvar a Alec ni a Isabelle, pero ella no moriría.

Atacó con rapidez, pero se retiró antes de que Asmodeo lo alcanzase, y rebotó unos pasos más atrás, alejando al demonio del cúmulo de personas y llevándolo hasta el incendio. Sentía el calor de las llamas a su espalda y el sudor de todo su cuerpo evaporarse antes de volver a salir. No atacaba, esquivaba. No quería matar, sólo alejarlo y ganar tiempo para los ángeles, para Clary y, quizás, todavía para Isabelle.

Rebotó unos pasos más atrás, hasta donde ya veía restos del local que había explotado. Las sirenas del camión de bomberos se escuchaban a lo lejos. Asmodeo se preparó para saltar y él para retroceder, pero de repente las piernas tensas del demonio perdieron su fuerza y su mirada se enfocó tras Jace. El cazador no miró, no cayó en la trampa. Un despiste sería su fin.

Pero Asmodeo no se movía, y tras él se oyó el estrépito de las vigas de madera ardientes cayendo unas sobre otras. Jace terminó arriesgando su vida en una tontería y giró el cuello, mirando por encima de hombro. Entre las llamas se encontraban las vigas que había escuchado y una figura, humana, que caminaba entre las llamas. El espectro de Alec, fue lo primero que pensó.

Pero lo que salió de entre las llamas no era ningún espectro, era sólido y sus pasos resonaban astillados contra las cenizas, el vidrio reventado de los cristales y las brasas que había esparcidas por el suelo. La gran mayoría de la ropa de Alec había sido calcinada y apenas quedaban jirones de una camiseta negra. Los pantalones se habían reducido hasta debajo de la rodilla y tenía quemaduras en los muslos que dejaban ver su piel blanca; su pelo negro lanzaba llamaradas que se iban consumiendo poco a poco, pero él estaba ileso. Debería haber ardido por completo al mínimo contacto, pero parecía inmune al fuego.

Asmodeo lo miraba como si fuese la última cosa que deseaba ver en el mundo, y dio un paso atrás cuando Alec prácticamente alcanzó a Jace, que todavía lo miraba con la mandíbula colgando y los ojos muy abiertos.

—¿Qué eres? —musitó Asmodeo con los dientes apretados.

Jace supo que Alec estaba igual de confuso que todos, que también había esperado desaparecer de la Tierra bajo el fuego y que no entendía lo que pasaba. Antes de que pudiese responder cualquier cosa un rayo de luz iluminó el cielo. El grito espantado de los vampiros llegó hasta ellos, pero ninguno pereció: el amanecer no había acontecido por el momento y la luz dejó el cielo para iluminar el camino a la tierra hasta posarse entre Asmodeo y Alec y Jace. Cuando el brillo dorado dejó de cegarlos, la luz tomó forma propia y Raziel se alzó sobre el pavimento abrasado, más alto que cualquiera, desprendiendo una pulsante luz dorada.

Alec no sintió aquél impulso que hizo que todos los cazadores de sombras se postraran de rodillas ante el ángel, que ni siquiera los miró. Sus ojos dorados estaban clavados en Asmodeo y Alec se dio cuenta de que tenía varias heridas que sanaban rápido rezumando humo de oro. Se acercó con pasos de plomo al demonio, que no retrocedió.

—Has sido tú —escupió, mirando a Alec de reojo—. ¿Ahora te dedicas a salvar vampiros, Raziel?

—Prometí protegerlo si la guerra se daba. —Giró la cabeza un momento para mirar a Jace, que alzó la suya aún de rodillas—. El Cielo no olvidará lo que has hecho, Jace Herondale.

Quizás, para cuando Asmodeo comprendió, ya era demasiado tarde. Alec no lo supo, nadie lo supo. La luz de Raziel cegó a cada uno de los presentes, haciendo día la noche, y cuando la oscuridad volvió allí no había nada más que sangre, fuego y destrucción. Las sirenas de los bomberos estaban más cerca y, con ayuda de Jace, Alec consiguió mantenerse en pie.

—¿Se ha ido? —escuchó que preguntaba su parabatai—. ¡Alec! ¡Alec!

Luego todo se volvió negro, mientras sus fuerzas lo abandonaban y se dejaba caer en un profundo sueño.


Primero que nada, siento mucho el retraso. La semana pasada estuve de viaje y completamente ocupada, y en el portátil no tengo todos los capítulos, así que no pude actualizar. Pero finalmente está aquí.

¿Qué os ha parecido? Fue difícil escribir este capítulo, porque se me hacía muy largo y no terminaba de ver que todo quedase bien. Pero espero que os haya gustado.

Reviews anónimos:

Youna, me alegro de que te guste tanto, y de que la trama te parezca interesante. ¡Alec también es mi favorito! Creo que lleva dentro mucho más de lo que parece y eso me encanta. ¡Gracias por el review! :D

Como ya dije, este capítulo es el final de este fanfic. El siguiente es un pequeño epílogo que, ya os adelante, está narrado unos años después. Así que hasta aquí, podríamos decir, el final alternativo que yo inventé a Ciudad de Fuego Celestial.

Espero que os guste y que me dejéis vuestra opinión con un no-hace-falta-que-sea-muy-largo review. ¡Besos! Nos vemos la semana que viene con el final definitivo :D