Capítulo 7: Aquellos días


Orihime estaba barriendo el patio de la tienda de Urahara cuando vio a Sora. Lo primero que notó fue que vestía un traje formal, algo que, recordaba, solía hacer cada vez que salía en busca de un trabajo. Intentó llamar su atención llamándolo por su nombre y agitando sus manos. En cuanto lo hizo dejó su escoba de lado y se dirigió corriendo a su encuentro.

—Para la buena suerte —le dijo Orihime mientras colocaba una pequeña grulla de papel, la había hecho especialmente para su hermano y planeaba entregársela después del trabajo —, sé que faltan 999 para que se cumpla un deseo pero sí llevas una contigo y te esfuerzas por lo que deseas encontraras una luz en tu camino. Podemos hacer más, si quieres.

—Gracias —le dijo Sora, algo confundido por el gesto de Orihime pero también enternecido por ese detalle, la leyenda de las 1000 grullas de papel era una de sus favoritas —. Te veo luego —agregó al ver su reloj, tenía tiempo para su entrevista pero no quería correr.

Había pasado dos semanas desde que Orihime había hecho el trato con Urahara. Sora no había vuelto a intentar quitarse la vida y eso la había hecho sentirse más tranquila pero tampoco había hecho nada por intentar continuar con su vida y eso era lo que más le preocupaba, temía que en cualquier momento recayera.

Los primeros días se dedicó a buscar ofertas de trabajo, quería encontrar un lugar donde Sora pudiera sentirse tranquilo y empezar una nueva vida. Ella sabía lo mucho que le había afectado perder su empleo, su hermano no se lo había dicho pero lo había notado, cada vez que regresaba de su trabajo, aunque cansado, Sora lucía feliz. En cuanto la encontró dejó una hoja con la información en la casa de su hermano. Al no ser un ángel tuvo que preocuparse por no ser descubierta. Entregárselo personalmente hubiera sido más sencillo pero Urahara le había dicho que podía tomarse a mal el que una "desconocida" se preocupara tanto por él, sabía que tenía razón.

Orihime quería pensar que las cosas estaban mejorando y que todo saldría bien pero tenía un mal presentimiento. En ocasiones sentía como si alguien la estuviera observando pero no encontraba ninguna energía espiritual que debiera preocuparle. Incluso había utilizado algunos artículos de Urahara para compensar lo limitada de su energía espiritual pero no encontró nada que confirmara sus temores. Se dijo que lo que experimentaba era la culpa que le producía el haber roto una de las principales reglas de los ángeles, eso solo la hizo sentir un poco mejor.


Rukia llegó a la casa en donde había detectado la presencia del alma. Aunque mentalmente se había preparado para lo que estaba por encontrar ver la cabeza destrozada por una bala la impresionó fuertemente. El alma se encontraba a un lado, parecía esperarla, en su rostro no había ningún indicio de arrepentimiento.

—No tengo miedo de ir al infierno —le dijo —, dudo que exista algo en ese lugar que me pueda torturar tanto como el ente que me ha estado torturando.

Aunque no había dicho el nombre del ente, Rukia sabía de quién se trataba, no era la primera vez que acosaba a un humano y sabía que no sería la última, que por más que los ángeles lucharan por alejarlos de los humanos estos seguirían torturándolos y alimentándose de su sufrimiento.

Se apresuró a realizar el exorcismo, no sabía cuál sería el destino de esa alma pero había algo de lo que estaba segura, el ente al que tanto temía no se detendría al saber que se había suicidado y volvería para alimentarse de su alma. En cuanto terminó reportó la situación a los ángeles.

"El tercero en esta semana, es triste que en un lugar tan pequeño este tipo de cosas ocurran con tanta frecuencia", se dijo Rukia antes de abandonar la casa.

Eventos extraños ocurrían en Karakura. El atentado en la escuela solo había sido el inicio de una era de violencia. La gente normal no podía percibirlo, se enteraban de las muertes, en un lugar pequeño era difícil que algo pasara inadvertido, pero para ellos solo eran hechos aislados y trágicos momentos en la historia del lugar, ninguno era capaz de ver a las criaturas que los acechaban o a los ángeles que los protegían, ignoraban que participaban en una batalla de nunca acabar.


A pesar de que las piernas le dolían y que respirar resultaba doloroso, Ichigo no se detuvo hasta que pudo ver a Yuzu y aun cuando la encontró no se sintió del todo tranquilo. La revisó con la mirada buscando alguna herida y la encontró, sus rodillas estaban raspadas, probablemente se había caído. La mayoría de las veces su poder solo se había causado problemas pero en ese momento se sintió feliz de tenerlo porque de ese modo podía estar seguro de que su hermana no estaba en peligro.

—Lamento haberme demorado —le dijo Yuzu con una mirada culpable —, Me distraje con unas ofertas y cuando venía de camino me he tropezado.

—Estás bien, eso es todo lo que importa —quiso agregar que no lo preocupara de ese modo de nuevo pero al final desistió de la idea, Yuzu lucía culpable y lo último que deseaba era preocuparla por algo que podía no tener importancia. Luego se dirigió a Orihime —, gracias por cuidar de mi hermana.

—No es nada —respondió Orihime —, es lo menos que podía hacer.

—La he invitado a almorzar —agregó Yuzu.

Aunque Ichigo pensó que era una buena idea cuando llegaron a su casa cambió de opinión. No fue por Orihime, aunque había hablado con ella pocas veces había la imagen que tenía de ella era buena, el problema era su padre y lo poco discreto que podía ser, varias veces lo hizo desear ser tragado por la tierra.

—¿Ella es tu novia, Ichigo? —le había dicho a modo de saludo para luego dirigirse al retrato de su madre, comenzó a murmurar y a llorar, lo único que pudo entender fue novia e imposible.

—Se golpeó en la cabeza, se golpeó muy fuerte —le dijo Karin antes de estirar las orejas de su padre —. Deberías dejar de hablar con el retrato de mamá.

—Es una amiga —se apresuró a agregar Ichigo, no quería que su familia hiciera que Orihime pasara un mal momento —, ha ayudado a Yuzu.

—Tu madre es muy bonita —comentó Orihime mirando la fotografía —, me gustaría conocerla.

—Ella murió —agregó Ichigo, más que molesto lucía afligido, desde que Masaki había desaparecido nada había vuelto a ser igual.

—Yo… de verdad lo siento… no quise ser imprudente —se apresuró a responder Orihime.

—Suele pasar, el viejo suele dar esa sensación cuando habla de ella —agregó Ichigo, no quería que Orihime se sintiera culpable por algo que no era su culpa.

En esa ocasión Ichigo sospechó que Orihime ocultaba algo pues había actuado del mismo modo en que lo hizo cuando le preguntó por el lugar en donde vivía antes de mudarse a Karakura. Rápidamente descartó ese pensamiento, no solo porque consideró natural el que reaccionara de ese modo después de haber hecho un comentario inapropiado sin querer, también porque resultaba doloroso pensar en la última vez que vio a su madre. No estaba del todo equivocado.

—¿De dónde conoces a mi hijo? —preguntó Isshin y por primera vez en esa noche, Ichigo agradeció el que interrumpiera.

—En el… fue hace unos días, cuando me mude a Karakura —respondió Orihime un tanto nerviosa —, hoy conocí a Yuzu cuando salí a hacer algunas compras.

—Gracias por cuidar de mi hija —agregó Isshin con una seriedad que parecía poco propia en él.

El resto de la cena transcurrió con tranquilidad, ocasionalmente siendo interrumpida por Isshin quien con sus comentarios hicieron pasar más de una vergüenza a sus hijos, en especial al menor de sus hijos.

—Ichigo, acompáñala a su casa —le ordenó Isshin cuando Orihime se despidió —, no es correcto que un caballero deje a una dama caminar sola.

—No es necesario —agregó Orihime, la forma en que agitaba sus manos denotaba timidez —, no queda muy lejos de aquí.