Hola! Me he atrasado un poco, pero aquí estoy con una nueva actualización. De todos los capítulos que he subido hasta ahora, este es el más largo e importante. Por eso, a modo de recomendación, les sugiero que por favor lo lean con el mapa de Slayers que figura en la web de Eterno Poder. Eso ayudará mucho a entender las explicaciones que dará cierto personaje ;)


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Capítulo 5: Preludio

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Lina observó con un dejo de preocupación hacia la silenciosa ciudad más allá de la ventana. La oscuridad de una noche fría y nublada caía sobre la capital de Saillune, siendo apenas atenuada por las antorchas ardiendo en los puestos de vigilancia de las calles y las murallas. Los soldados del ejército se movían lentamente por las aceras y las avenidas, vigilando exhaustivamente cada rincón de la ciudad, tal como el firme toque de queda ordenaba.

Lina suspiró, apoyando su codo sobre el marco de la ventana y dejando descansar su rostro contra la palma abierta de su mano. Vestía únicamente la fina camisa amarilla de su pijama, la cual le llegaba hasta los muslos, dejando sus delgadas y torneadas piernas al descubierto. La habitación en la que se encontraba era un enorme dormitorio, asignado a ella y a Gourry por el príncipe Philionel. Se trataba de un amplio espacio muy acorde a los lujos del resto del palacio real, con un suelo perfectamente alfombrado y altas paredes tapizadas en madera pulida. Un fino ropero, una cómoda y una pequeña mesa con varias sillas integraban el mobiliario de la habitación, en cuyo centro se ubicaba una gran cama con dosel y sábanas de seda. Gourry, apenas vestido con los pantalones de su pijama, dormía plácidamente sobre el amplio colchón de la cama.

Lina observó de reojo a su compañero, intentando sonreír. Sin embargo, la perspectiva de lo que debían hacer al día siguiente congeló su seria expresión. Incómoda, desvió nuevamente la mirada hacia la ventana, contemplando las oscuras calles de la ciudad. Supuso que, en esos momentos, el mensajero con la carta que ella misma había escrito debía estar atravesando los muros de la ciudad, rumbo al Imperio de Elmekia. La verdad oculta tras los misteriosos sucesos acontecidos en los últimos meses se encontraba explicada, con todo detalle, en aquella misiva. Lina no pudo evitar pensar que en verdad le habría gustado poder enviar mejores noticias a la Corte Imperial, pero…desgraciadamente, esa era la realidad.

La hechicera sacudió levemente la cabeza, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño. ¿Acaso estaba asustada? No, claro que no. Ella era Lina Inverse, la más grande hechicera de los últimos tiempos, aquella que había sido capaz de derrotar a los más poderosos demonios que el mundo conocía. El miedo era algo ajeno a ella. Suyas eran la victoria, las riquezas y la fuerza. El miedo era algo desconocido para su valiente y orgullosa persona.

Sin embargo…

Volvió a suspirar. Tal vez había pasado tanto tiempo alejada de los caminos; tal vez se había acostumbrado tanto a su tranquila vida en Elmekia, que la perspectiva de lo que ahora debía hacer ya no le provocaba aquella adrenalina de antaño, sino una profunda incertidumbre. Pero, de todos modos, al igual que Ameria y Zelgadiss, sabía que había tomado la decisión correcta.

Amel tenía razón. Sería inútil esconderse o alejarse hacia el Mundo Exterior. Tarde o temprano (más temprano que tarde teniendo en cuenta los últimos acontecimientos…) aquella oscuridad terminaría extendiéndose por todo el planeta, hundiendo hasta el último de sus rincones en las sombras. Ella era una de las pocas personas que, al igual que en tantas otras ocasiones frente a tantos otros peligros, podía hacer algo para evitarlo. Y lo haría. No iba a hacerse a un lado. Iba a proteger a toda costa la vida que había empezado a construir junto a su amado Gourry.

De repente, con una suavidad que contrastaba mucho con su marcada musculatura, unos fuertes brazos la rodearon por la cintura, abrazándola por detrás. Lina cerró los ojos y sonrió, acariciando con sus dedos las grandes manos entrelazadas a la altura de su estómago.

¿Problemas para dormir? – preguntó dulcemente Gourry.

Lina negó con la cabeza.

No. Solo pensaba…

Te entiendo. Es difícil no hacerlo después de todo lo que Xellos nos contó.

Lina giró un poco hacia atrás, observando a su compañero por encima del hombro.

¿Qué…piensas de todo esto?

Gourry aumentó la fuerza de su abrazo, inclinándose y apoyando su mentón sobre el hombro de Lina.

Sabes que nunca me separaré de ti – le susurró al oído – Sé que saldremos adelante, como siempre lo hacemos. Superaremos esto.

Lina ensanchó aún más su sonrisa, sintiendo en el fondo de su alma la hermosa paz que solo la presencia de Gourry era capaz de darle. Lentamente levantó una de sus manos, apoyándola con ternura en el rostro del rubio espadachín.

¿Hasta el final? – preguntó en tono calmo, consciente de que Gourry sabía muy bien a qué se refería.

El espadachín asintió con la cabeza, sin deshacer su abrazo.

Si – dijo – Juntos hasta el final.

Lina se dio vuelta y abrazó de frente a su amado guardaespaldas, hundiendo el rostro contra su pecho desnudo. Eso era todo lo que necesitaba; eso era todo lo que siempre había necesitado, aún en los lejanos días en que su orgullo se negaba a reconocerlo. Y por eso lucharía.

Ocultando sus ojos de la mirada azul de Gourry, el cual la abrazaba suavemente, acariciando sus rojos cabellos, Lina no pudo evitar pensar, una vez más, en los oscuros acontecimientos que habían tenido lugar aquella tarde.

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Todos en el gran auditorio, a excepción de Amel, quien permaneció prácticamente petrificado sobre el suelo, giraron sus cabezas hacia el centro de la habitación.

¡Hola a todos! Tiempo sin vernos ¿verdad? – exclamó alegremente Xellos, saludando a los presentes con un gesto de la mano.

¡Xellos! – casi gritaron al mismo tiempo Lina y Ameria.

El mazoku se encontraba sentado, con las piernas cruzadas, en el borde de la gran mesa rectangular en el centro del auditorio. Vestía una larga túnica blanca con detalles bordados en oro, la cual se ajustaba a su cintura con una ancha cinta del mismo color, anudada a un costado. Los pantalones debajo de la túnica, también blancos, ostentaban los mismos detalles dorados.

Frunciendo marcadamente el entrecejo, Lina distinguió de inmediato el emblema imperial de Elmekia bordado en las ropas de Xellos. ¡Aquel era el uniforme de los miembros de la corte!

¿Qué demonios haces aquí? – exclamó Zelgadiss, avanzando unos pasos hacia él con una expresión que reflejaba una peculiar mezcla entre asombro y desprecio.

El mazoku lo miró abriendo levemente uno de sus ojos, dejando ver una pupila rasgada y violácea.

Hola Zelgadiss, ¿cómo has estado? A mí también me da gusto verte – respondió amablemente Xellos, apenas dejando percibir el dejo de sarcasmo en su voz.

El joven oficial de Saillune lo observó furioso, dispuesto a contestarle y mandarlo a los mil infiernos, pero Lina se le adelantó.

¿Qué haces vestido así? – preguntó la hechicera, con un tono que reflejaba más sospecha que curiosidad.

Xellos bajó ligeramente la vista, como si recién en ese momento notara las ropas que llevaba puestas. Sonrió ampliamente, abriendo sus viperinos ojos violetas, los cuales clavó en Lina con una escalofriante expresión.

Oh, acabo de venir de Elmekia. Tuve que ingresar a la Corte Imperial para recabar cierta información.

Lina se cruzó de brazos, sosteniéndole firmemente la mirada al mazoku. Estaba mintiendo. Podía decirlo con total seguridad.

Xellos amplió su sonrisa y, ensombreciendo aún más su maligna expresión, clavó su mirada en el extremo opuesto de la habitación, más allá de Lina y los demás. Todos giraron levemente la cabeza, notando alarmados aquello que había llamado la atención del demonio.

Amel, de pie e inmóvil, observaba a Xellos con una expresión que no revelaba ni el más leve atisbo de emoción, como si se hubiera transformado en una congelada estatua de sí mismo.

Un muy tenso silencio se formó en el auditorio. Durante varios segundos nadie dijo absolutamente nada, mirando nerviosos de un extremo al otro de la habitación; del joven de cabellos negros al sacerdote de la Señora de las Bestias. Todos recordaban a la perfección las circunstancias en las cuales ambos se habían visto por última vez; y todos eran conscientes del terrible y titánico combate que aquellos dos habían librado en el oasis del Templo Blanco, tras el cual Xellos había resultado gravemente herido y Amel dado por muerto.

Xellos cerró nuevamente los ojos, recuperando su habitual y alegre expresión.

Hola Amel, ¿qué tal has estado? Te ves bien – canturreó amablemente, como si fueran amigos de toda la vida.

Amel no dijo nada. Permaneció absolutamente inmóvil, mirando fijamente al mazoku, sin siquiera variar la expresión de su rostro. Xellos no pudo evitar volver a sonreír descaradamente. A pesar de que Amel permanecía sin mover un solo músculo, con ambos brazos extendidos a cada lado del cuerpo, el sacerdote-general pudo sentir claramente como su antiguo rival concentraba de a poco toda su enorme energía, dispuesto a atacarlo en cualquier segundo sin importarle en lo más mínimo las consecuencias.

Ameria, Lina y Zelgadiss voltearon casi al mismo tiempo hacia Amel. Ellos también lo habían sentido. Alarmados, vieron como el suelo alrededor del ex-general mazoku se agrietaba levemente, como si estuviera soportando un enorme peso, a medida que un muy tenue temblor, casi imperceptible, comenzaba a sacudir toda la habitación. Amel se encontraba en un total estado de alerta, y no parecía tener la menor intención de ocultarlo. Todo su gran poder comenzaba a reunirse en un solo punto, en una forma terriblemente concentrada; de modo que incluso Gourry y Philionel fueron capaces de percibirlo, sintiendo ambos una especie de perturbación en el aire, algo que los puso inexplicablemente en guardia.

No obstante, Xellos ni se inmutó ante esto. Se quedó sentado sobre la mesa, con las piernas cruzadas y con la misma expresión tonta de siempre adornando su rostro. Lentamente alzó ambas manos, sonriendo aún más ampliamente.

Vamos, vamos, cálmate un poco – dijo en tono paciente – Supongo que no serás tan poco sagaz como para creer que no sabíamos que seguías con vida. Si te hemos dejado vivir estos dos años es porque ya no te consideramos una amenaza. No estoy aquí para hacerte daño, Amel, ni a ti…ni a esa hermosa muchacha – agregó abriendo ambos ojos y levantando el dedo índice, mientras su semblante se oscurecía macabramente.

Amel disminuyó bruscamente la energía que había comenzado a concentrar en sus manos, cambiando su inmutable expresión por una de cautela. Aradhel…aquel maldito lo sabía. Se maldijo internamente a sí mismo por su imprudencia. Lo habían estado vigilando durante un lapso de casi dos años y él no se había percatado… ¡No podía permitirse bajar la guardia ni un segundo cuando se trataba de Xellos!

Muy lentamente, Amel relajó su tensa postura, calmando la alta concentración de energía que a punto estuvo de hacer colapsar el auditorio. Todos los presentes suspiraron con cierto alivio al sentir que aquella terrible presión disminuía considerablemente su intensidad. Lo último que deseaban era verse envueltos en un combate entre dos enfurecidos demonios… Sin embargo, pese a haber calmado su inminente espíritu de lucha, Amel no descuidó en lo más mínimo su guardia, observando atentamente cada uno de los movimientos de Xellos. No se dejaría sorprender por ese maldito.

Así está mejor – acotó Xellos, cerrando nuevamente sus ojos.

¿Qué…demonios quieres? – preguntó Amel en tono cortante, intentando contener el intenso odio que la sola visión del mazoku le provocaba.

Todos los presentes volcaron su atención en Xellos. Sabían muy bien que su presencia allí solo podía deberse a motivos no del todo buenos, siendo imposible no intentar relacionarlo con los oscuros acontecimientos de los últimos meses.

Xellos estiró la cabeza hacia atrás, mirando hacia el techo, como si aspirara un muy agradable aroma. Como siempre, el tremendo odio de Amel hacia él era…reconfortante. Con un rápido movimiento, bajó nuevamente la cabeza, clavando su maligna mirada en el ex-general mazoku.

¿Qué no es obvio? – preguntó en tono burlón – Estoy aquí para revelarles a todos aquello que tú te niegas a explicar.

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¡A partir de mañana, las garras del mal que oprimen a los pueblos libres serán definitivamente destruidas por el irrefrenable puño de la justicia! – exclamó, a los gritos, Ameria, subiéndose de un salto a la pequeña mesa en el centro de la habitación y apuntando hacia el infinito con su dedo índice.

Zelgadiss bajó la cabeza, un tanto avergonzado por la entusiasta perorata de la joven hechicera.

¿Quieres bajar un poco la voz? – murmuró, cruzándose de brazos y mirándola con los ojos entrecerrados – Se supone que no debe haber nadie contigo en tu habitación a estas horas de la noche.

Ameria lo observó con una marcada gota de sudor resbalando por su frente, y luego bajó dando un pequeño brinco de la mesa de té, llevándose una mano detrás de la cabeza.

Tienes razón, lo siento – se excusó en tono divertido.

Zelgadiss suspiró, desviando su mirada hacia la puerta, por si acaso. Se encontraban en el palacio real, más precisamente en los aposentos privados de Ameria, un amplio juego de habitaciones compuesto por un gran dormitorio, un pequeño estudio y un muy fino cuarto de baño.

En esos instantes, ambos se hallaban en el dormitorio, una inmensa habitación con grandes ventanales que se extendían desde suelo hasta el techo, cubiertos por suaves cortinas de terciopelo rojo, al igual que la elegante alfombra que cubría el suelo. Contra la pared opuesta a la entrada, el cuarto poseía una gran cama de dos plazas, coronada por un dosel con cortinas de seda y columnas de ébano. A ambos lados de la cama se distribuía el mobiliario, integrado por toda una seria de roperos, un escritorio, una cómoda y la pequeña mesa de té, con sillas a juego, sobre la cual Ameria había pronunciado su pomposo discurso.

La princesa se sentó al borde de la cama, juntando las piernas y colocando ambas manos a un costado del cuerpo, apoyando las palmas sobre el mullido colchón. Aún llevaba puestas las ropas blancas de hechicera que había utilizado durante toda la tarde en el hospital-templo del centro de la ciudad. Sonrió alegremente a Zelgadiss, el cual la observó con cierto reproche, de pie en el centro de la habitación. El joven hechicero se había despojado de la elegante capa y la túnica azul del uniforme, vistiendo solamente la camisa blanca que llevaba debajo y los pantalones negros reglamentarios, junto con las botas cortas de cuero.

De frente ante la hermosa sonrisa de la princesa, Zelgadiss no pudo evitar desviar la mirada hacia un costado, dubitativo. Recién a esas horas de la noche tenía tiempo de hablar en privado con Ameria, luego de la particular reunión que habían tenido aquella tarde… Y, obviamente, el temor que él y el príncipe Philionel compartían había sido confirmado.

En verdad…estaría mucho más tranquilo si te quedaras aquí – murmuró el joven.

Ameria se cruzó de brazos, cambiando su sonrisa por una muy seria expresión.

No volveré a caer en esa discusión, Zel.

Sabes lo mucho que me preocupo por ti – replicó tajante Zelgadiss – En esas circunstancias, no podría cuidar de…

¡Deja de ser tan egoísta! – lo interrumpió Ameria, cruzándose de brazos y mirándolo con algo de cansancio – Se que te preocupas, y lo aprecio, pero… ¡Recuerda también lo mucho que yo me preocupo por ti! ¿Crees que puedo quedarme aquí sin hacer nada sabiendo que tú te encaminarás en una misión tan peligrosa? ¡Jamás! Iré contigo Zel. Te amo demasiado como para no hacerlo… – concluyó la princesa, bajando la vista algo avergonzada.

Zelgadiss suspiró sonoramente, llevándose una mano a la cabeza. A paso lento se acercó hacia Ameria, sentándose a su lado en el borde de la cama, con una expresión muy pensativa enmarcando su rostro.

Es increíble verte tan llena de energía, tan decidida y optimista como siempre – murmuró, mirando hacia el suelo y entrelazando ambas manos – Pero…tú estuviste ahí esta tarde; escuchaste muy bien todo lo que Xellos dijo. ¿Acaso…no tienes miedo?

Ameria le sonrió dulcemente, entrecerrando los ojos.

Claro que siento miedo Zel; sería una inconsciente si no lo sintiera. Pero…tengo una obligación para con Saillune, mi reino, mi hogar… Y además…sé que no estaré sola en esto – la chica amplió aun más su sonrisa – Lina y Gourry vuelven a estar con nosotros, y…aunque me cueste mucho admitirlo, que Amel haya decidido emprender también esta travesía, supone cierto alivio. Pero, lo más importante – agregó aproximando su rostro hacia Zelgadiss – es que te tengo a ti, Zel… Y si te tengo a ti conmigo, el miedo jamás podrá dominarme.

Ameria abrazó fuertemente a su compañero, cerrando los ojos y acurrucando su rostro contra su pecho. Zelgadiss suspiró nuevamente, devolviéndole el abrazo, mientras acariciaba con suavidad los negros cabellos de la chica.

¿Y si te dejara inconsciente con algún hechizo y me marchara antes de que despertaras? – preguntó en tono inocente.

Ameria soltó una leve carcajada, levantando un poco el rostro para quedar cara a cara con él, mirándolo con expresión traviesa.

Entonces te seguiría el rastro por todo el continente hasta encontrarte.

Zelgadiss sonrió con ganas. Sabía que la chica no mentía.

Obviamente, estás hablando en ser…

El cálido y efusivo beso que Ameria plantó sobre sus labios, interrumpió la frase que el joven apenas acababa de formular en su cabeza. Zelgadiss se quedó perfectamente inmóvil durante unos segundos, sorprendido por la repentina acción de la chica. No obstante, no tardó en alzar lentamente ambas manos, tomando a la joven hechicera por los hombros para corresponder, ansioso, el impetuoso beso que ella le obsequiaba.

Los dos se dejaron caer suavemente sobre la cama, profundizando aún más aquel íntimo gesto. Ahora, que sabían bien que era lo que estaba sucediendo y que era lo que debían hacer, ambos eran muy conscientes de que aquella bien podía ser su última noche juntos.

Y aún faltaban varias horas para el amanecer.

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¿QUÉ? – exclamaron Zelgadiss y Philionel a la vez.

Lo que acaban de oír – replicó Xellos, encogiéndose ligeramente de hombros.

Lina y Gourry intercambiaron serias miradas, consternados por las palabras del mazoku. Amel chasqueó la lengua, cruzándose de brazos y mirando hacia un costado, como si acabara de confirmar algo para nada agradable.

¿Treinta…mil hombres? – murmuró, mortalmente pálida, Ameria.

Así es – confirmó Xellos, como si fuera la gran cosa – En este momento, una fuerza de treinta mil hombres se encuentra agrupada en la Alianza de los Pueblos Costeros, justo en la frontera con Saillune. Y si a eso le sumamos los veinte mil soldados esperando al norte, en la frontera con Kalmart… – continuó el mazoku, haciendo cuentas con los dedos en gesto inocente – Tenemos a cincuenta mil guerreros que atacarán al reino de Saillune, desde dos frentes, dentro de exactamente veinte días.

Todos permanecieron en el más absoluto de los silencios. Xellos sonrió amistosamente a Amel, el cual lo miraba, directo a los ojos, con la expresión propia de un asesino.

Papá… – susurró Ameria – ¿Estamos en condiciones de hacer frente a semejante ejército?

Philionel bajó la cabeza, visiblemente contrariado.

Si en verdad logran atravesar las murallas desde dos frentes distintos, entonces nada les impedirá cercarnos hacia el centro de nuestro propio reino. Sería una posición sumamente desventajosa…

Oh vamos, su excelencia, no hay por qué alarmarse tanto – exclamó jovialmente Xellos, alzando el dedo índice.

Todos torcieron la cabeza hacia él nuevamente.

¿A qué te refieres? – preguntó Ameria, recuperando las esperanzas.

Esta fuerza de cincuenta mil hombres fue la que atacó y conquistó en tan solo dos días al reino vecino de Ralteague – explicó tranquilamente el sacerdote mazoku – Luego, el ejército se dividió en dos partes: treinta mil soldados marcharon hacia la Alianza de los Pueblos Costeros, derrotando a sus tropas en pocos días. Los veinte mil restantes, liderados por Gádriel Béliar, se dirigieron hacia Kalmart, el último país en caer. Y he aquí el punto a tener en cuenta. Todo este movimiento de tropas indica que casi no quedan guerreros ubicados en el reino de Ralteague en estos momentos, puesto que la mayoría se ha dirigido hacia la Alianza y hacia Kalmart, preparándose para golpear a Saillune desde dos direcciones diferentes.

¿Y de qué nos sirve saber las circunstancias en que estos hombres llegaron hasta nuestras fronteras? – preguntó confundido Philionel.

Simple, su alteza – contestó el mazoku, alzando nuevamente el índice – Esta enorme fuerza no atacará Saillune hasta dentro de veinte días, se los puedo asegurar. Y, por otro lado, casi no quedan soldados aguardando en Ralteague. Todo esto quiere decir que tienen un espacio de más de dos semanas para atravesar el reino de Ralteague, ahora un corredor libre, y llegar hasta…

Lyzeille – lo interrumpió una voz cortante y agresiva.

Todos miraron atentamente hacia Amel, el cual no apartó sus amenazantes ojos azules de Xellos. El mazoku le sonrió malignamente, con una expresión que congelaba la sangre en las venas.

Exacto, Lyzeille.

¿Qué hay allí? – preguntó Ameria, intentando, en vano, atar los muchos cabos sueltos.

Lyzeille… – murmuraron Lina y Zelgadiss, casi al mismo tiempo.

El oeste. Todo había comenzado allí. Los extraños rumores, las muertes, la pérdida de contacto con los demás países; todo había iniciado desde el oeste hacia el centro del continente. Y el Imperio de Lyzeille era el país ubicado en el extremo más occidental de toda aquella parte del mundo. ¡De allí provenían los ejércitos! Pero, ¿qué sentido tenía ahora ir hacia allá?, más cuando sabían que cincuenta mil hombres estaban a punto de caer sobre Saillune…

Dime Xellos – murmuró Lina, cruzándose de brazos y observando inquisitivamente al mazoku – Zelgadiss, Gourry y yo teníamos planeado, en un principio, infiltrarnos en los reinos vecinos para averiguar a qué nos enfrentamos y de donde provienen los ataques. Pero ahora, que nos has dicho donde se encuentran exactamente ubicadas las tropas enemigas, su número, y que éstas provienen de Lyzeille… ¿Por qué deberíamos, sí o sí, partir hacia allí en los próximos veinte días?

Por el influjo, naturalmente – contestó Xellos.

Amel miró hacia un costado, torciendo la boca en una mueca despectiva. Obviamente, él había pensado en eso. Pero si el origen de todo en verdad se encontraba en Lyzeille, y él creía que así era, había algo que no cuadraba…

¿Qué influjo? – preguntaron todos al mismo tiempo, a excepción de Zelgadiss, quien permaneció tan pensativo como el mismo Amel.

Quienes hayan estado cerca de los soldados de este inmenso ejército, – explicó Xellos, observando risueño a Zelgadiss – habrán notado un odio sobrenatural emanando de sus cuerpos, así como también una oscura y extraña energía, algo difícil de clasificar ¿o me equivoco?

No hizo falta que nadie contestara aquella pregunta. Todos sabían, de un modo u otro, que los guerreros negros de esas enormes tropas se encontraban impregnados de una muy extraña aura, algo que helaba los corazones y despertaba el más profundo de los temores.

Ameria – prosiguió Xellos, señalando a la princesa – Tú sabes mejor que nadie que existen seres humanos cuyos sentimientos positivos prevalecen sobre los negativos, lo cual, básicamente, los convierte en buenas personas ¿verdad?

Ameria se irguió orgullosa, señalando hacia el frente con su dedo índice, en pose soberbia.

¡Por supuesto que sí! – exclamó con convicción – El sentido de justicia, el honor y el amor, prevalecen en los valientes corazones de los hombres justos, ¡las fuerzas del mal jamás podr…!

A lo que voy, – prosiguió Xellos, ignorando totalmente a Ameria, al igual que el resto de los presentes, los cuales volcaron toda su atención en el mazoku – es a que, del mismo modo que tenemos personas en las cuales las emociones positivas definen su esencia y rigen sus vidas, también existen otras cuyos corazones se encuentran dominados por los sentimientos negativos. Estas personas son las más peligrosas, ya que su maldad y su crueldad innatas las hacen sumamente susceptibles al influjo externo de energías superiores. Energías capaces de…nublar la voluntad.

Amel clavó su helada mirada en Xellos, sin decir una sola palabra.

¿A qué…te refieres con todo esto? – preguntó Lina, temiendo saber cuál podría ser la respuesta.

Los ojos de Xellos se abrieron totalmente, curvando sus labios en una macabra sonrisa, lo cual le dio a su rostro el más cruel y sombrío de los aspectos.

A que el origen de esta maligna energía, la persona de la cual toda esta oscuridad proviene, se encuentra en Lyzeille en estos momentos, y…

Y desde allí extiende su influencia por todo el continente, desde allí corrompe los corazones de los hombres malvados, dominándolos a su voluntad y nutriendo con ellos a su monstruoso ejército – agregó Amel, como si supiera de memoria lo que el mazoku iba a decir.

Xellos torció levemente la cabeza, clavando su gélida y burlona mirada en el joven de la cicatriz.

Exacto.

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En uno de los tantos barrios residenciales ubicado en las inmediaciones del palacio real de Saillune, Amel abandonó silenciosamente la casa de dos pisos en la cual él, Aradhel y su familia se habían alojado. Luego de retirar todo el dinero depositado a nombre de uno de sus muchos alias en la banca del reino, Amel había procedido a alquilar aquella bonita casa casi inmediatamente después de la reunión llevada a cabo en el palacio real. Ahora que Aradhel se encontraba segura y cómoda allí, disponiendo del resto de los fondos que él mismo había retirado, y faltando menos de una hora para el amanecer, ya nada le impedía partir rumbo hacia el Imperio de Lyzeille, el origen del mal que consumía el continente.

Con suma cautela, Amel cerró las puertas de entrada de la casa, saliendo hacia la oscura y silenciosa calle. Había reemplazado sus simples ropas por un traje absolutamente blanco, más propio de un hechicero. Llevaba una fina chaqueta del color de la nieve, larga hasta los muslos, ajustada a la cintura con un grueso cinto de cuero negro. Un par de botas cortas de igual color adornaban sus pies, cubiertas hasta los tobillos por un pantalón del mismo blanco inmaculado. La larga capa, también en el invariable tono blanco, cubría sus espaldas extendiéndose casi hasta los talones. Finalmente, la peculiar espada, delgada y curva, descansaba envainada en su funda de color negro, colgando sujeta a un costado del cinturón.

Amel avanzó unos cuantos pasos, deteniéndose de repente. Su impasible rostro no reflejó el asombro que en realidad sintió al ver a Aradhel sentada en uno de los muchos bancos que se extendían a lo largo de toda la acera, como si la chica lo hubiese estado esperando allí. Amel frunció el ceño ¿Cómo no se había percatado de que había salido antes que él de la casa?

Aradhel, ataviada con un corto vestido de un amarillo muy claro, giró la cabeza hacia él, observándolo, y luego apartó la mirada hacia el suelo.

Entonces…te vas ¿no es así?

El joven no contestó. Se acercó lentamente hacia el banco, parándose a solo unos pocos pasos de ella. Sin decir nada, clavó sus ojos en el pequeño moño blanco que la chica siempre llevaba en la parte posterior de la cabeza, adornando su cabellera castaña, como si intentara distraerse en aquel simple detalle. Aradhel sonrió con algo de amargura.

No sé como lo supe – prosiguió – Solo sé que, luego de que volvieras del palacio real esta tarde, algo en mi interior me advirtió que te marcharías…

Amel cerró los ojos, prolongando aún más su tan característico silencio.

¿Sabes por qué hago esto? – preguntó finalmente, en un tono neutro y despojado de emoción, el cual sonó más brusco de lo que había procurado.

La chica se levantó repentinamente del banco, acercándose a grandes zancadas hasta quedar cara a cara con él. Su rostro se veía extrañamente enfadado, algo que sorprendió un poco a Amel ¿Le había visto alguna vez antes esa expresión?

¡No! – exclamó la chica, como si respondiera a sus pensamientos, levantando la voz pero sin llegar a gritar – ¡No lo sé! ¡No sé por qué te vas! Nunca sé que es lo que pasa por tu cabeza, tú… ¡jamás me dices nada! – el tono de voz de Aradhel bajó bruscamente, volviéndose tembloroso – ¿Qué es lo que sucede que te marchas sin siquiera decírmelo?

Amel no respondió de inmediato. Durante unos segundos la observó directo a los ojos con una expresión difícil de descifrar. Aradhel parpadeó confundida, olvidando momentáneamente su enfado. Amel se veía… ¿indeciso? ¿Justamente él, que era la encarnación de la frialdad y la determinación? ¿Era eso posible?

Lo siento – dijo finalmente, bajando la vista al suelo y provocando una sorpresa aún mayor en la chica – No me sentía del todo preparado para enfrentar esta…situación. No sabía cómo. Por eso decidí partir sin decirte nada, explicándole los motivos a tu padre. Se suponía que él iba a decírtelo hoy en la mañana.

Aradhel lo miró más confundida que antes, sin entender qué demonios era lo que estaba sucediendo.

¿Eh? ¿Por qué? – balbuceó – Amel, tú no eres así... ¿Qué está pasando?

El joven miró hacia un costado, profundizando aún más aquella extraña expresión, para nada común en él. A Aradhel le dio la impresión de que Amel estaba haciendo un verdadero esfuerzo en pensar que era lo que debía decir. Finalmente, los ojos azules del muchacho se clavaron en ella, recuperando la frialdad que tanto los caracterizaba.

Quiero que me escuches con atención – pidió seriamente Amel – El ejército que atacó Kalmart hace poco…caerá sobre Saillune dentro de exactamente veinte días – Aradhel abrió enormemente los ojos, aterrada, apenas dando crédito a lo que acababa de oír – Le he dejado a tu padre el dinero y las indicaciones pertinentes para que, de ser necesario, marchen hacia Elmekia y de allí hacia el Mundo Exterior – Amel miró hacia el suelo con expresión pensativa, como si meditara profundamente en algo – Si antes de que se cumplan veinte días no regreso…deberán marcharse inmediatamente de Saillune y del continente.

Aradhel intentó calmarse y ordenar sus confusos y asustados pensamientos, pero no pudo hacerlo. Aquello era sumamente grave.

Amel… ¿de qué estás hablando? ¿Qué demonios es lo que sucede? – preguntó atemorizada.

El joven hechicero la sujetó firmemente por los hombros, mirándola a los ojos con una expresión que, a pesar de su frialdad, denotaba una muy seria franqueza.

Lo que quiero decir, es que el avance de este ejército nunca se detendrá – aseguró, tajante – No lo hará al menos que… al menos que la fuerza que lo manipula sea destruida. Yo sé donde se encuentra esa fuerza, Aradhel, y allí es hacia donde me dirijo – Amel guardó silencio durante varios segundos, mirando de nuevo hacia el suelo – Debes creerme cuando te digo que este poder se encuentra más allá de las posibilidades del mejor de los ejércitos. Pero…yo puedo hacerle frente… ¡Yo puedo detenerlo! – exclamó con firmeza, levantando la mirada con los ojos encendidos.

¡Estás loco! – casi gritó Aradhel, al borde de las lágrimas – ¿Hablas de un poder que ni siquiera la mejor de las tropas podría derrotar? ¿Qué diablos podrías hacer tú entonces? – Aradhel lo sujetó por las ropas del cuello con ambas manos, sacudiéndolo, mirándolo furiosa, implorante – ¡No vayas! Quédate aquí…quédate conmigo y, si tenemos que huir, hagámoslo juntos. ¡No te atrevas a abandonarme así! ¡No…!

Aradhel se calló en forma repentina, abriendo enormemente los ojos. Su cuerpo temblaba involuntariamente, intentando en vano asimilar lo que estaba sucediendo. Amel acababa de hacer algo que jamás había siquiera intentado antes. Él…la estaba abrazando.

Sintiendo claramente los brazos del joven alrededor de su cuerpo, con una mano apoyada suavemente en su nuca y la otra en su cintura, Aradhel permaneció absolutamente quieta, sin atreverse del todo a moverse. Podía sentir un enorme nudo en la garganta que le impedía hablar, así como las lágrimas acumuladas en sus ojos, las cuales amenazaban con comenzar a caer en cualquier segundo.

Jamás antes, en toda mi larga existencia, había conocido el temor – susurró Amel con voz vacua, como si hablara consigo mismo – Pero lo experimenté en Kalmart, cuando esos malditos atacaron nuestra ciudad. Temí que ellos…pudieran hacerte daño.

Aradhel abrió todavía más los ojos al escuchar estas palabras. No podía recordar prácticamente ninguna otra vez en la cual Amel se hubiera mostrado así de abierto. Quiso hablar, quiso decirle que estaban a salvo ahora, que se encontraba con él, a su lado, pero Amel no la dejó; continuó hablando como si se estuviera haciendo más una confesión a sí mismo que a ella.

Por eso es que no puedo quedarme contigo. Tarde o temprano, esa enorme fuerza se extenderá por todo el mundo. No habrá un solo rincón donde estar a salvo. Si eso ocurre, inevitablemente volveremos a vernos en la misma situación que en Kalmart… Si no los detengo, tú nunca estarás a salvo de esta oscuridad que se extiende devorando todo a su paso. No puedo permitirlo ¡No voy a permitirlo!

Amel se separó ligeramente de Aradhel, sujetándola por los hombros. La chica lo observó muy fijamente, con los ojos vidriosos y la boca semi abierta, como si quisiera decir algo y no pudiera hacerlo. Un leve rubor cubría sus mejillas pecosas, dándole un aspecto inocente. Amel continuó su explicación, ensombreciendo su rostro en una seria expresión que contrastó notablemente con sus palabras.

Yo...no soporto la idea de que algo malo te pueda pasar. ¿Lo entiendes Aradhel? No hago esto por un capricho personal. Lo hago…por ti. Así que espérame, porque regresaré.

Las palabras de Amel hicieron eco una y otra vez en la mente de Aradhel, rehusándose a desaparecer "Por ti… Por ti"

La chica intentó esbozar una sonrisa, mientras las rebeldes lágrimas comenzaban a deslizarse por su rostro.

¿Me lo prometes? – preguntó, consciente ahora de que ya no había nada que pudiera hacer para detenerlo. Después de todo, ese era el Amel que conocía…

Te doy mi palabra, y yo nunca falto a ella.

Muy lentamente, Amel retiró sus manos de los hombros de la joven, dedicándole una última mirada que, por un segundo, brilló con algo distinto de su tan habitual frialdad.

Sin decir más, Amel se dio vuelta, dispuesto a marchar rumbo hacia uno de los más grandes peligros con los que jamás se había cruzado antes. Pero algo se lo impidió. Aradhel lo sujetó fuertemente por la muñeca, reteniéndolo.

El joven miró hacia atrás, por encima del hombro, sin decir nada. La chica lo sostenía firmemente, sin soltarlo, con la cabeza inclinada hacia abajo y la vista clavada en el suelo. Los castaños cabellos le caían sobre el rostro, impidiéndole al joven ver sus grandes ojos celestes. De repente, con un lento movimiento, como si lo hubiera calculado, Aradhel se llevó la mano libre hacia el cabello, retirando el pequeño moño blanco que siempre llevaba a modo de ornamento.

Amel observó, silencioso, como la muchacha deshacía rápidamente el moño, atando la cinta blanca alrededor de su muñeca. El joven levantó su mano a la altura del rostro, estudiando con atención la improvisada pulsera que Aradhel acababa de hacerle.

Solo te la estoy prestando – murmuró la chica, algo avergonzada – Debes prometerme que volverás y me la devolverás.

Amel asintió con la cabeza, sosteniendo la huidiza mirada de Aradhel, la cual se veía un tanto inquieta, como si se esforzara en decir algo sumamente importante. El muchacho aguardó pacientemente durante unos segundos, esperando a que ella se decidiera a hablar. Pero Aradhel permaneció en un silencio inamovible, con la vista clavada nuevamente en el suelo.

Sintiendo que, de momento, había excedido las limitadas capacidades de interacción social que tanto le costaba utilizar, Amel se dio vuelta y comenzó a alejarse a paso decidido. En breve amanecería. Si en verdad solo tenía veinte días para lograr semejante hazaña, entonces no tenía ni un segundo que perder. Ya casi había llegado a la acera opuesta cuando la escuchó.

¡Amel!

El joven se detuvo, sin darse vuelta, escuchando atentamente.

¡Te estaré esperando! – exclamó la chica – Regresa a mí, porque yo…yo… – una dulce sonrisa se formó en el rostro de Aradhel, opacando las lágrimas que tan persistentemente había dejado caer – Yo te amo.

Amel se dio vuelta totalmente, observándola con una media sonrisa y con aquel brillo diferente iluminando sus ojos azules.

Lo sé.

. . .

Lina, Gourry, Zelgadiss, Ameria y Philionel se dejaron caer, aturdidos, sobre las sillas que rodeaban la gran mesa rectangular del auditorio. Sus rostros reflejaban el asombro, la incertidumbre, el temor… A un costado de la habitación, apoyado contra la pared, Amel mantenía su fría mirada sobre Xellos, quien aún seguía sentado al borde de la mesa, observando tranquilamente a todos.

Lina entrelazó ambas manos por delante del rostro, apoyando la frente sobre ellas. Frunciendo el entrecejo, miró de reojo a Xellos, el eternamente engañoso y terriblemente poderoso sacerdote de La Señora de las Bestias.

¿Por qué…por qué nos cuentas todo esto? – preguntó consternada la hechicera – ¿No se supone que ustedes los demonios son aliados en pos de un mismo objetivo?

Xellos se encogió ligeramente de hombros, sin variar su expresión.

Ya se los había dicho antes. Luego de que Phibrizzo fuera destruido, los sub lords sobrevivientes enfriaron totalmente sus vínculos, intentando cada uno imponerse como el nuevo líder mazoku. Sin embargo, jamás se enfrentaron directamente, ni movilizaron sus tropas demoníacas para someter a los demás. Se concentraron en mover influencias, en tratar de engrosar sus filas e incrementar sus ya inmensos poderes. Por eso…

Xellos hizo una pausa, cruzándose de brazos y abriendo sus fríos ojos violáceos. Con una seriedad poco usual en él, el mazoku paseó la vista por todos los presentes, los cuales escuchaban, expectantes y abatidos por lo que ahora sabían.

Por eso – prosiguió Xellos – no logro explicarme por qué Deep Sea Dolphin, la Señora de los Mares, ha iniciado esta destrucción sistemática de las ciudades mortales, sometiendo a las naciones bajo su poder.

Deep Sea Dolphin.

Uno de los cinco sub lords creados directamente por Ojo de Rubí Shabranigudú. Una mazoku de altísimo nivel, poseedora de un poder descomunal, algo que iba más allá de la imaginación de los simples mortales.

Ahora tenía sentido que todo hubiera comenzado en el oeste. Ahora resultaba lógico que la Señora de los Mares hubiera optado por apoderarse primero de Lyzeille, imperio ubicado en las costas occidentales, junto al Mar del Demonio. Esas oscuras aguas mantenían oculto en sus profundidades el sello de la Barrera Mazoku perteneciente a la sub lord, siendo todo el mar parte de sus dominios. Lyzeille era el país más cercano a sus territorios, y a la vez un gran imperio. Un imperio que no había tenido la más mínima oportunidad desde el principio...

El silencio que se hizo en la habitación fue tan profundo que los presentes casi pudieron sentirlo como algo palpable. Sin embargo, una breve e irónica carcajada rompió el mutismo que las palabras de Xellos habían creado.

¿No logras explicarte por qué Dolphin está haciendo todo esto? Por favor… – comentó sarcásticamente Amel, el único que no había mostrado sorpresa ante la increíble revelación – Es obvio que sabes el por qué. Tú siempre sabes. Pero, por alguna razón, la infeliz de tu señora considera que no es necesario que nosotros conozcamos todos los detalles – los ojos de Amel atravesaron al mazoku como si fueran un par de afiladas espadas – Seguramente, ahora que las relaciones entre los grandes demonios se han vuelto tan tensas, Zellas Metallium ha decidido sacar del camino a Dolphin, la cual ha comenzado por su propia cuenta esta maldita y peligrosa campaña de conquistas. Y la mejor manera de empezar a hacerlo, sin siquiera mover un dedo, es recurriendo a nosotros ¿O acaso estoy equivocado…Xellos?

Lina y Zelgadiss observaron seriamente al sacerdote, conscientes de que aquello que Amel decía muy posiblemente se encontraba a un paso de la verdad. Después de todo, no sería la primera vez que el mazoku intentara utilizarlos como simples peones en un tablero de ajedrez, urdiendo sus retorcidos planes desde las sombras.

Ya en el pasado has hecho cosas semejantes, Xellos – dijo en tono serio la hechicera, cruzándose de brazos – ¿Quieres utilizarnos nuevamente como carne de cañón en beneficio de tus planes?

Xellos sonrió con ganas, entreabriendo levemente sus fríos ojos de serpiente.

Lo que yo quiera o no es irrelevante, mis estimados amigos. La realidad es que dentro de veinte días cincuenta mil hombres caerán sobre Saillune. Y no importa que logren repeler este ataque, las fuerzas de Dolphin jamás se detendrán, continuarán viniendo una y otra vez… Al menos que ella misma sea detenida – el mazoku amplió aún más su sonrisa, adoptando una estremecedora expresión – La simple verdad es que, más allá de sus pobres sospechas, si no quieren ver a este reino y al resto del mundo hechos pedazos, entonces deberán marchar hacia Lyzeille y poner fin a los planes de la Señora de los Mares. Eso es todo.

Zelgadiss se reclinó contra el respaldo de su silla, soltando un bufido de desprecio, visiblemente irritado.

De acuerdo, tienes razón en eso. Pero, como bien dices, tenemos cincuenta mil hombres aguardando en nuestras fronteras ¿Debo interpretar que con solo derrotar a Dolphin será suficiente para automáticamente detener a toda esa masa de soldados y evitar que caigan sobre Saillune? – preguntó en tono sarcástico.

Xellos alzó una ceja, cruzándose de brazos, como si Zelgadiss hubiera preguntado algo obvio y estúpido.

Este inmenso ejército funciona como una unidad coordinada solo por el control que la energía demoníaca de La Señora de los Mares ejerce sobre ellos – explicó con gesto aburrido – Derrótenla y entonces esa energía se disipará, dejando al ejército reducido a lo que en realidad es: una panda de delincuentes, mercenarios, asesinos, y psicópatas, hombres malvados y crueles que solo se preocupan por sí mismos. Sin el control de Dolphin sobre sus malignos corazones, no continuarán actuando coordinadamente en pos de un mismo objetivo como han hecho hasta ahora. Se desbandarán. Y si no lo hacen, serán solo un grupo desorganizado de bandidos intentando trepar las murallas del reino, algo que el experimentado ejército de Saillune podrá repeler fácilmente.

Zelgadiss volvió a bufar con desprecio, cruzándose de brazos y observando furibundo al sacerdote mazoku. Muy a su pesar, los argumentos dados por Xellos, de una forma u otra, sonaban lógicos y convincentes. Irritado, paseó la vista por los demás. Todos permanecían en silencio, meditando profundamente las palabras que acababan de oír. ¿Acaso no tenían más opción que intentar detener a Deep Sea Dolphin si querían salvar a Saillune, y a todo el continente, de sus garras?

Supongo que lo que Xellos dice tiene algo de sentido – reflexionó Ameria en voz alta, apretando los puños por la ansiedad que sentía – ¿Pero…por qué deberíamos atravesar Ralteague para llegar hasta Lyzeille? ¿No sería más rápido y sencillo llegar hasta allí en barco, bordeando la costa sur y oeste?

No lo creo – contestó seriamente Lina, observando el suelo con pesar – Si en verdad Dolphin ha tomado Kalmart y la Alianza de los Pueblos Costeros, entonces los puertos de partida más cercanos, ubicados en esos países, ya deben haber sido destruidos junto con sus flotas… – alzó lentamente la vista – Además, no olviden cual es el nombre del mar que baña las costas… Nos estaríamos metiendo directamente en sus dominios. ¿No es así, Xellos? – agregó en tono cortante, clavando sus ojos rojizos en el mazoku.

Xellos se limitó a sonreírle burlonamente como toda respuesta, con el rostro cubierto de sombras.

¿Y bien? – preguntó amablemente, ignorando a Lina y recobrando a medias su risueño semblante.

Los presentes se observaron entre si durante unos segundos, intercambiando serias miradas de preocupación y resignación. Lina y Zelgadiss asintieron con la cabeza, mientras que Philionel observaba a su hija, preocupado, para luego bajar la vista hacia el suelo. La expresión de Ameria reflejaba una determinación y un coraje sorprendentes. Ya no había nada que el monarca pudiera hacer… El destino estaba decidido, y sería uno sumamente peligroso.

De acuerdo… Si solo tenemos veinte días para revertir esta situación…entonces mañana mismo nos pondremos en marcha – afirmó, decidido, Zelgadiss.

Lina y Gourry asintieron sus palabras, al igual que Ameria, la cual, para el pesar de su padre, dejó entrever un firme brillo de desafío atravesando sus ojos azules.

¡Hacia Lyzeille! – exclamaron a la vez.

Xellos sonrió complacido, con una expresión tan inocente que habría podido engañar al más desconfiado de los hombres.

Bien, yo solo vine hasta aquí para brindarles desinteresadamente esta información tan valiosa – dijo en forma amable, con un tono que no dejaba entrever ni el más leve dejo de sarcasmo – Por favor no me agradezcan, es un placer poder ayudar – agregó divertido.

Zelgadiss negó con la cabeza despectivamente, mientras que Amel alzaba una de sus finas cejas negras, con una pequeña vena latiendo con fuerza en su sien. Xellos les sonrió amigablemente a ambos, como si fueran amigos de toda la vida.

Ahora debo irme, mis estimados. Les deseo mucha suerte en esta difícil empresa ¡Hasta la vista! – exclamó contento, llevándose una mano a la frente en señal de saludo.

Los presentes observaron en silencio como el mazoku se desmaterializaba súbitamente en el aire, desapareciendo por completo. Sin duda Xellos disfrutaba a sobremanera el molestarlos tan descaradamente.

Ignorando las engañosas palabras del demonio, Zelgadiss se puso repentinamente de pie, acercándose a paso lento hacia Amel hasta quedar cara a cara con él. Ahora que Xellos se había marchado, había alguien más con quien se debía aclarar ciertas cuestiones…

¿Qué piensas hacer? – preguntó Zelgadiss, intentando sonar neutral, pero no pudiendo ocultar del todo la obvia aversión en su voz.

Amel lo observó indiferente, apoyado contra la pared con los brazos cruzados.

Ya lo dije antes. Partiré de inmediato hacia Lyzeille y acabaré con todo esto – explicó con voz tranquila.

Tras estas palabras, Amel guardó silencio unos instantes, observando fijamente a Lina.

Me imagino que habrás notado que hay algo en la explicación de Xellos que no cuadra del todo, ¿no es así, Lina Inverse?

La hechicera pelirroja se acomodó en su asiento, devolviéndole seriamente la mirada, mientras todos los demás volcaban su atención en ella.

Creo saber a qué te refieres… – murmuró Lina – Pero antes, hay algo que me gustaría preguntarte. Dime, ¿piensas que Xellos ha dicho la verdad al asegurar que Deep Sea Dolphin es la responsable de todas estas catástrofes?

Amel asintió inmediatamente.

Si, no hay duda de que se trata de ella. Conozco a Dolphin, y puedo asegurar sin temor a equivocarme que es su energía la que rodea a los hombres de este enorme ejército. Y precisamente es allí donde se halla el problema…

¿A qué se refieren exactamente? – preguntó confundida Ameria.

A que es imposible, incluso para un sub lord mazoku, lograr extender semejante distancia su energía maligna – explicó Lina, con una muy pensativa expresión en el rostro.

Amel volvió a asentir, mientras desviaba distraídamente la vista hacia los amplios ventanales en las paredes.

Dolphin no se ha movido de Lyzeille desde que los ataques a los diferentes países comenzaron. Sin embargo, sin acercarse a los puntos de batalla, ha logrado extender su influencia maligna por prácticamente todo el continente. Son cientos de kilómetros desde la costa oeste hasta aquí… – reflexionó Amel, centrando nuevamente su helada mirada azul – Dada la extraña aura oscura que los envuelve, puedo darme cuenta de que no ha arrojado un hechizo a los soldados del ejército para mantenerlos bajo su control…simplemente ha utilizado su energía demoníaca sobre ellos para corromperlos y dominarlos, teniendo esta energía su punto de origen en Lyzeille – Amel bajó la vista al suelo, desenfocando la mirada – Incluso el mismísimo Shabranigudú tendría dificultades si intentara extender tantos kilómetros su influencia. No obstante, todo parece indicar que Dolphin lo ha logrado… No me explico cómo…

Por eso es que no podemos ignorar el hecho de que Xellos haya pasado por alto un detalle tan importante – murmuró Lina en voz muy baja, como si hablara consigo misma.

Un tenso silencio se formó en la habitación tras la explicación de Amel y Lina. Era de esperarse esa clase de cosas tratándose de Xellos. Medias verdades, incertidumbres, hilos en las sombras… ¿Cuánto era lo que sabían en realidad?

Sé muy bien que no podemos confiar del todo en el maldito de Xellos, y también lo sumamente extraño que es todo lo que acaban de explicar – intervino Zelgadiss – No obstante, sabemos con seguridad que se trata de Deep Sea Dolphin, y que ella se encuentra en Lyzeille en estos momentos. Ignoro cuales sean los verdaderos motivos por los cuales está haciendo todo esto, pero debemos actuar antes de que lleve adelante su ofensiva sobre Saillune.

Todos intercambiaron serias miradas tras escuchar las palabras de Zelgadiss, conscientes de que los días de incertidumbre, de no saber qué ocurría más allá de los muros del reino, habían llegado a su fin. El momento de actuar se encontraba cerca.

Lina bajó la vista pensativa, clavando sus ojos rojizos sobre la brillante madera de la mesa. Algo la perturbaba profundamente. Y Ameria y Gourry sabían bien de que se trataba…

Deep Sea Dolphin… – susurró, absorta, como si aún intentara hacerse a la idea de a quien debían enfrentar – Otra vez…

Muy probablemente Zelgadiss no lo supiera aún, pero ella, Lina, se había visto envuelta en el pasado en los oscuros planes de La Señora de los Mares. En las tierras más allá del Demon Sea, tiempo después de la aventura vivida en Tahforasia y antes de que Zelgadiss consiguiera recuperar su forma humana, ella y Gourry se habían enfrentado a los poderosos mazokus al servicio de Dolphin, apenas logrando salir con vida de tan peligrosa aventura. La casualidad había querido que Ameria fuera testigo de aquellos acontecimientos, pues había estado ejerciendo la diplomacia en aquel lado del mundo cuando todo comenzó.

Deep Sea Dolphin…

Aún recordaba el increíble poder de su general y de sus demonios, contra quienes apenas habían logrado salir victoriosos luego de un esfuerzo sobrehumano. Y ahora, luego de años de no saber nada de la terrible sub-lord, ésta volvía a emerger desde las sombras, hundiendo a todo el continente en un peligro aún mayor. ¿Se encontraba ella, una de las más grandes hechiceras de todos los tiempos, y sus valientes amigos en condiciones de hacer frente a uno de los más poderosos mazokus sobre la faz de la tierra?

Una fuerte mano apoyándose con firmeza sobre su hombro la enderezó, trayéndola de nuevo a la realidad. Gourry la observó directo a los ojos con confianza, sonriéndole y asintiendo con la cabeza. Lina le devolvió la sonrisa, reponiéndose de inmediato.

Con seguridad, paseó la vista por todos los presentes. Philionel, el noble y valiente monarca de Saillune; Ameria, su mejor amiga, aquella con la más indestructible de las voluntades; Zelgadiss, uno de los hechiceros y espadachines más hábiles y poderosos que jamás había conocido; y, finalmente…Amel, el antiguo general del Amo de los Infiernos, sin duda una de las personas más peligrosas que había conocido en toda su vida.

Podían lograrlo.

Bien, solo tenemos veinte días para revertir esta situación – exclamó con convicción la hechicera pelirroja, poniéndose de pie y apoyando las manos sobre la mesa – ¡A partir de mañana iniciaremos la liberación del continente!

Si, podían lograrlo.

. . .

Los primeros y tibios rayos del amanecer se filtraban a través de las nubes que cubrían el cielo, iluminando tenuemente las solitarias calles del reino de Saillune, en cuyas puertas de entrada un pequeño grupo de personas se encontraba reunido.

Al parecer ya se ha marchado, señor Zelgadiss – exclamó el joven soldado de la Guardia Personal del Príncipe.

Era de esperarse… – comentó Lina, observando de reojo a Gourry, el cual asintió seriamente.

El soldado, enviado por Zelgadiss, acababa de volver de la casa en el barrio residencial donde la familia de Aradhel se había hospedado. Todo parecía indicar que Amel había partido antes de que el sol comenzara a despuntar por el horizonte, sin ser detectado por ninguno de los muchos guardias que imponían el toque de queda.

Mejor así… – murmuró Zelgadiss, quien no se sentía nada a gusto con la idea de compartir el camino con el antiguo general de Phibrizzo – De todos modos, ya sabemos que se dirige hacia el mismo lugar que nosotros.

El joven hechicero, vestido nuevamente con sus antaño típicas ropas color hueso, hizo una pausa, observando de reojo a Ameria, la cual se encontraba de pie a su lado, lista para partir. Zelgadiss soltó un leve suspiro de resignación. No estaba para nada de acuerdo con la idea de que ella estuviera ahí. Habría preferido mil veces que se quedara en Saillune, en la seguridad que, al menos durante los siguientes veinte días, el palacio le ofrecería. No obstante, a regañadientes y muy en el fondo de su corazón, Zelgadiss era consciente de que las habilidades de Ameria como hechicera, las cuales habían mejorado considerablemente en el transcurso de los últimos dos años, serían de gran ayuda a la hora de hacer frente a los múltiples peligros que se presentarían en su difícil misión.

Sacudiendo levemente la cabeza, Zelgadiss clavó sus ojos azules en el corpulento hombre de barbas y cabellos negros frente a él.

Señor, cuento con usted – dijo en tono respetuoso – Por favor cuide del reino y de su majestad en nuestra ausencia.

Hárek, el enorme líder al mando de la Guardia Personal del Príncipe y superior directo de Zelgadiss, soltó una jovial carcajada, colocando una de sus grandes manos en el hombro del muchacho.

Marcha tranquilo, Graywords, nosotros nos encargaremos de proteger Saillune de cualquier peligro ¿Verdad Igvin? – exclamó mirando hacia un costado.

Igvin, el comandante en jefe del ejército real, un hombre de edad madura, serio y fornido, asintió firmemente con la cabeza.

No deben preocuparse. El ejército real estará más preparado que nunca para repeler cualquier amenaza. Defenderemos a muerte hasta el último rincón del reino.

Zelgadiss sonrió amistosamente a los dos oficiales. Sabía muy bien que podía contar con ellos. – Confiamos en ustedes, Graywords – dijo de repente Hárek, como si estuviera correspondiendo a sus pensamientos – Acaba con ese maldito demonio y vuelve a salvo con la princesa. Saillune, tu hogar, aguardará tu regreso.

Zelgadiss abrió grandemente los ojos al escuchar estas simples palabras, siendo invadido por un asombro que, hasta ese momento, jamás habría imaginado poder sentir. No lo había pensado así. Nunca antes hubiera podido pensarlo así. Durante los eternos viajes que consumieron su alma en busca de una cura, a lo largo de los miles de caminos que lo apartaron del resto del mundo, él jamás había tenido un lugar al cual regresar; jamás había tenido a alguien que aguardara su retorno. Pero ahora, que estaba a punto de emprender el más peligroso de sus viajes…ahora…

El tacto suave de alguien tomándolo por la mano lo arrancó de su repentino asombro, trayéndolo de vuelta a la realidad. Ameria, a su lado, lo observó con una infinita ternura, apretando delicadamente su mano. Zelgadiss sonrió sinceramente, sintiendo una dulce melancolía en su interior.

Si… – murmuró – Superaremos esto y volveremos aquí. A nuestro…hogar.

Entonces, al igual que Ameria, Zelgadiss también ahogó una leve carcajada al sentir como Lina caía de un salto entre ambos, colgándose de sus hombros y abrazándolos. Gourry se acercó sonriendo hacia los tres, sujetándose el mentón con la mano derecha. La hechicera pelirroja miró sonriente hacia ambos lados, de Ameria a Zelgadiss, y luego hacia el rubio espadachín, ya junto a ellos.

¡En marcha! – exclamaron Lina y Ameria a la vez, señalando hacia el horizonte más allá de las puertas del reino.

. . .

Ralteague.

Reino ubicado en la zona central del continente, limitando al este con Saillune y al oeste con Lyzeille. Las calles de la alguna vez próspera Selentia, ciudad situada en el corazón de Ralteague, se encontraban en el más absoluto de los silencios, mientras los primeros rayos del sol iluminaban tenuemente los derruidos edificios, ennegrecidos por las llamas que los habían consumido parcialmente. Las calles y aceras, desiertas, aún ostentaban los rastros de la sangre que recientemente había sido derramada sobre ellas.

El sepulcral silencio que se extendía como si fuera un velo sobre la ciudad, era roto de vez en cuando por los casi imperceptibles pasos de los pequeños escuadrones de guerreros que aún permanecían en la metrópoli, vigilando las destruidas casas que, por ser las más grandes, se habían convertido en los centros de detención de los pocos y aterrorizados sobrevivientes.

De pie sobre el tejado del gran templo dedicado a Ceiphied, una alta silueta femenina envuelta en una capa oscura, observaba atentamente el horizonte teñido de naranja, como si esperara algo. Tal como su excelencia lo había anticipado, un reducido grupo de mortales avanzaba a paso lento pero seguro hacia allí. La mujer cubierta por la capa negra sabía bien quiénes eran. Había tenido el placer de conocerlos hacía unos cuantos años, en las tierras más allá del Mar del Demonio, y sabía a la perfección de lo que eran capaces. Sin duda alguna, se trataba de los humanos que mayores peligros podrían llegar a suponer para los planes de su excelencia.

El rostro de la mujer, cubierto hasta la boca por la sombra de la capucha, se inclinó ligeramente mientras cruzaba sus brazos, reflexionando. Ellos no cometerían el error que Gaav e incluso Phibrizzo habían cometido. No. No otra vez. Ellos no los subestimarían… Tenían motivos de sobra para no hacerlo. Y además…Amel también se dirigía hacia allí. Alguien que alguna vez había sido el más poderoso de los subordinados de los sub lords, solo superado por el terrible Xellos, no debía ser tomado a la ligera, sin importar que ahora se encontrara en un cuerpo humano.

De modo que ya se han encaminado hacia aquí ¿verdad? – murmuró de repente una suave y melodiosa voz femenina.

La fornida silueta encapuchada volteó ligeramente, observando por encima del hombro. Una segunda figura, también cubierta de pies a cabeza por una larga túnica negra, había aparecido sobre el tejado del templo, avanzando lentamente hacia ella. Se trataba de alguien de menor estatura y de movimientos gráciles, y la forma en que la tela holgada de la túnica se adhería a los contornos de su cuerpo delataba la inconfundible figura de una mujer.

Llegas tarde – dijo con voz áspera la más alta de las siluetas negras, clavando su mirada nuevamente en el horizonte.

La recién llegada soltó una leve carcajada, llevándose una mano a la boca, divertida.

Qué carácter el tuyo; siempre tan seria y disciplinada… ¿Por qué no te alegras un poco? En breve la basura será eliminada y los últimos posibles obstáculos a los planes de su excelencia desaparecerán.

La mujer alta chasqueó la lengua, ladeando despectivamente la cabeza.

No caigas en el error de subestimarlos. Sabes muy bien de lo que son capaces… No podemos poner en riesgo la victoria de su excelencia cometiendo un error tan tonto nuevamente.

La silueta más pequeña guardó silencio, bajando la vista hacia el suelo del tejado, como si meditara aquellas palabras. Entonces, muy lentamente, comenzó a alzar ambos brazos hacia los lados, extendiéndolos a un costado del cuerpo, con las palmas de las manos abiertas.

Como si fuera una especie de bruma, una oscura y fría aura comenzó a formarse en torno a ella, despidiendo pequeños rayos eléctricos de una energía negra. Todo el edificio comenzó a temblar en forma violenta, sacudido en sus propios cimientos, mientras el techo sobre el cual se encontraban se agrietaba profundamente. La mujer delante de ella permaneció de pie en el borde del tejado, con los brazos cruzados, indiferente al enorme poder que crecía a sus espaldas.

De improviso, a una increíble velocidad, la oscura aura se extendió violentamente en todas direcciones, como si fuera una especie de esfera de viento helado y cortante, con la menuda silueta en su centro. Las altas casas de varios pisos que rodeaban el templo explotaron en mil pedazos, atravesadas por aquella terrible energía, la cual se extendió más allá de las casas hacia el mismo suelo, arrojando múltiples y poderosos rayos negros que abrieron profundos surcos en las calles. En pocos segundos, toda la zona adyacente al templo quedó reducida a humeantes escombros, como si un enorme círculo de destrucción se hubiera extendido a su alrededor.

La mujer de menor estatura bajó lentamente los brazos, mientras los últimos restos de aquella terrible energía se disipaban, dejando leves rastros relampagueantes en el aire a su alrededor. Su rostro, cubierto por la sombra de la capucha, esbozó una malvada sonrisa, observando divertida a su compañera, la cual continuaba de pie delante de ella, dándole la espalda, ajena a la increíble destrucción que las rodeaba.

Sé muy bien de lo que esos miserables mortales son capaces. Pero…por favor…tú no cometas el error de subestimarme a mí – dijo la recién llegada, con un tono cristalino y melodioso que no fue capaz de ocultar la crueldad de su voz.

Fin del Capítulo 5

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Glosario de términos y aclaraciones:

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- Knight of the Aqualord: existe un manga de Slayers llamado así en el cual Lina, Gourry y Ameria viven una particular aventura en el continente ubicado más allá del Mar del Demonio. Allí conocen a Lyos, el Caballero del Rey Dragon de Agua. Los Caballeros Shynzoku son mortales que nacen con un pequeño fragmento del alma de un dios muerto en su interior, lo cual los hace muy poderosos (por ejemplo; es sabido que Luna, la hermana mayor de Lina, es el Caballero de Ceiphied) Pues bien, Deep Sea Dolphin (la cual no llega a aparecer nunca en el manga) maquina un plan con el cual pretende hacerse del poder Del Rey Dragón de Agua dormido en el joven Lyos. De este modo, Lina, Gourry y Ameria, que andaba por esos lares representado a Saillune, terminan enfrentando a toda una horda de demonios enfurecidos, entre los cuales se cuentan el general y el sacerdote de Dolphin.

Si bien este manga nunca fue adaptado al animé, decidí tomarlo como trasfondo para esta historia, ubicándolo cronológicamente antes de los sucesos de El Cazador de Sombras, cuando Zel aún vagaba alrededor del mundo en busca de una cura.

- Mar del Demonio (Demon's Ocean): también llamado Océano del Oeste, este mar rodea la península antes sellada por la gran Barrera Mazoku, bañando las costas de todos los países de dicha península, el Desierto de la Destrucción y las Montañas de Kataart. En algún punto indeterminado de este mar (no necesariamente en tierra firme) se encuentra el lugar donde Deep Sea Dolphin colocó el sello para la creación de su parte de la Barrera Mazoku.

- Selentia: una gran ciudad de Ralteague conocida como la Ciudad de los Templos, ya que tiene cinco de ellos: cuatro para los Reyes Dragón del Agua, Fuego, Tierra y Aire, en el norte, este, sur y oeste respectivamente, y uno en el centro para Ceiphied.