Capítulo 7:

A la mañana siguiente Castle y Beckett decidieron que, para no levantar más sospechas, lo mejor es que él fuese primero a comisaría mientras ella se quedaba un rato más en casa para ordenarla un poco, ya que hacía dos días que no la pisaba.

- ¿Qué pasa chicos? – Dijo Castle acercándose a Ryan y Esposito mientras llevaba en la mano un par de cafés. - ¿No ha llegado Beckett aún? – Miró hacia el escritorio de ella.

- Ha llamado hace un rato para decir que iba a llegar algo tarde.- Le contestó Esposito.

- Bien bien… y, ¿alguna novedad? – Se acercó al ordenador, metiendo la cabeza entre la de Esposito y Ryan.

- Un par de cosas que podrían dar un giro a la investigación... – Dijo Ryan mirándole de reojo, molesto por esa invasión del espacio vital. – En cuanto llegue Beckett os ponemos al corriente.

- Oye bro… - Esposito aspiró el aroma del escritor. – Hueles a cerezas. – Se le quedó mirando con el ceño fruncido.

- ¿Qué? – Castle se apartó de pronto. – No es cierto…

- Es verdad, hueles a cerezas. – Contesto Ryan mientras olía al escritor.

- ¿Y sabes quién más huele así? – Le preguntó Esposito.

- Beckett… - Respondieron Ryan y Esposito a la vez.

Justo en ése momento las puertas del ascensor se abrieron y por ellas entró Kate. Los tres se la quedaron mirando.

- ¿Qué pasa chicos? ¿Es que tengo algo raro? – Preguntó cuando se acercó, al ver la forma en la que la miraban.

- Nada… - Respondieron los tres hombres a la vez, mirando cada uno hacia un lado distinto.

- Eh… Vale… - Miró a los tres con el ceño fruncido algo dudosa.

- Por cierto, he hablado con un primo lejano del señor Leeds y me ha dicho algo bastante interesante. – Esposito leyó lo que tenía apuntado en su libreta mientras Ryan hablaba por teléfono. – Anne Leeds, la mujer de la víctima, hizo un testamento que no favorecía demasiado a su hijo. Al parecer dejó todos sus bienes al señor Leeds y hasta que éste no muriese, su hijo no vería ni un centavo.

- Podría ser el móvil del asesinato. – Puntualizó Beckett.

- Eso sí que es una herencia de muerte. – Dijo Castle con una sonrisa pícara.

- Si, muy bien, gracias. – Ryan colgó el teléfono. – Me acaban de llamar los de la compañía de seguros y me han confirmado lo que dijo Rebecca Baker, la alarma fue conectada a las ocho de la tarde y se desconectó a las siete de la mañana. – Releyó sus notas por si se olvidaba de algo. – Parece buena su coartada.

- Pero podría haber contratado a alguien y, como sabía que sospecharíamos de él, se fabricó ésa coartada. – Contestó Castle.

- Hay que revisar sus cuentas, a ver si ha habido movimientos extraños de dinero. – Dijo Beckett quitándose la chaqueta para ponerse manos a la obra.

Unas horas después estaban en la sala de reuniones, con la mesa llena de papeles.

- Aquí no hay nada extraño. – Beckett dejó el papel que tenía en las manos sobre la mesa. Se apoyó en el respaldo de la silla algo cansada.

- Según parece es una familia de lo más normal. – Castle apoyó el codo sobre la mesa. – Aunque no sé cómo llegan a fin de mes con éstos ingresos.

- Si no es el hijo estamos como al principio. – Esposito tiró los papeles de mala gana sobre la mesa. – Quien quiera que haya hecho esto se ha cubierto muy bien las espaldas.

- De momento no existe el asesinato perfecto Espo. – Kate resopló. – Tiene que haber algo que no hayamos visto aún.

- Y así es. – Dijo Ryan entrando en la sala portando más papeles. – Estábamos mirando en el sitio equivocado. – Todos se le quedaron mirando con curiosidad. – Al parecer él tiene otra cuenta a espaldas de su mujer, y aquí sí que hay cosas jugosas. – Les tendió copias a sus compañeros.

- ¡Guau! ¡Éstos sí que son unos grandes ingresos! – Castle levantó las cejas sorprendido.

- La pregunta es, ¿de dónde sale éste dinero si sólo es un vendedor de enciclopedias a domicilio? ¿Y por qué se lo está ocultando a su mujer? – Kate se pasó una mano por el pelo.

- Quizá trafique con droga. – Respondió Esposito.

- Es posible… - Beckett observó las cuentas. – Hace cinco días saco 50.000 dólares…

- ¿Para pagar un sicario? - Ésta vez habló Ryan.

- No lo sé… - Ella frunció el ceño. – Traédmelo. Creo que tiene que aclararnos unas cuantas cosas.

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