Disclaimer: No es mío, y después de este episodio, quién sabe si merezca ser su dueña.
A/N: Este ha sido uno de los capítulos más difícil que me ha tocado escribir desde que empecé con esto de los fanfictions. También debo confesar que he deseado escribirlo desde entonces. Gracias a Andrea (Lucyyh) por betearlo.
Agradezco también a 1001fanfic, a Uchiha, a Jada (desde FTV) y a Tevima (desde The Mentalist Foro en Español) quienes han estado comentando los recientes episodios y quienes me animan a seguir escribiendo. Abrazos chicas.
Sin más, les dejo con el capítulo, espero les guste; comentarios y críticas constructivas son bienvenidas.
"De las lunas, la de octubre es más hermosa porque en ella, se refleja la quietud de dos almas que han querido ser dichosas a la luz de su eterna juventud"
Pedro Infante (Artista mexicano).
7. Fresas con crema
Los siete pilares de la sabiduría aparecen mencionados por primera vez en la Biblia en Proverbios, IX, 1: "La sabiduría se ha edificado una casa. Ha labrado sus siete pilares".
Acaricia las hojas del libro, como se acaricia la espalda de una amante, con suavidad y firmeza a la vez. Sin las prisas de lo cotidiano, se toma su tiempo para deleitarse con cada palabra, con cada oración, con cada párrafo. Conversa con el autor, debate sus ideas, y entonces, se pierde y se reencuentra en los misterios de la historia. Si hay una cosa que le gusta más que asesinar, es leer.
A veces piensa que si no fuese por sus amados libros, sería un animal salvaje, un sediento perenne por la sangre de sus víctimas; pero las innumerables páginas de las obras que se posan entre sus manos, se desnudan frente a sus ojos, lo seducen con su aroma, le hacen el amor, lo reconfortan, …lo apaciguan.
Octubre es su mes preferido, sin dudas; sus noches cálidas, despejadas y de lunas llenas, le invitan a enclavarse en su preciada soledad. Es así, como ha decidido refugiarse en el interior de su biblioteca personal, aquella morada de largos pasillos y escaleras subterráneas que lo apartan del mundo. Disfruta de la velada, gracias al relato de Thomas Edward Lawrence, quien le cuenta sobre su participación no sólo en la guerra que sostuvo contra los turcos y alemanes; sino también, sobre esas batallas personales que intentaba librar en su paso desde la península arábiga hasta las orillas del Mediterráneo.
El vino y la música clásica de fondo, le otorgaban un marco perfecto ensalzando su lectura.
Minutos después de comenzar el libro, su deleite se vio interrumpido por unos pasos acercándose. Sabía que era ella, era la única persona que se atrevería a interrumpirlo y aún así, terminar en ventaja ante él.
Volteó y se encontró con esos ojos azules, la cabellera pelirroja alborotada y esos labios que le sonreían con picardía. Ella se sentó en uno de los brazos del sillón que él ocupaba y le acercó una bandeja con variedad de quesos.
John tomó uno de ellos, lo introdujo en su boca, luego la tomó por el cuello y la acercó con suavidad para besarla.
- Debe haber una buena razón por la que estés aquí –le dijo en un susurro sin dejar de mirarla, ella le sonrió, se levantó y caminó hacia uno de los muebles que había cerca-.
- Por supuesto, yo sólo soy motivo de buenas razones –él al escucharla sonrió ampliamente; ahora sí que tenía toda su atención-.
La mujer tomó el control de la televisión y se lo acercó a él.
- Deberías ver el canal 10, hay alguien presentándose que quizás te interese.
John dejó salir un suspiro de fastidio. Aún así tomó el mando y se quedó mirando a su acompañante.
- No hay nada peor para un sábado por la noche, que una televisión encendida.
- ¿Vas a desconfiar de mi criterio? –Le preguntó ella mientras cruzaba los brazos sobre su pecho y alzaba las cejas- ¡Vamos, te lo estás perdiendo!
Tenía que admitirlo, la mujer era convincente, por lo que sin ninguna otra objeción, encendió el aparato y cambió de canal.
"- Dice que lo siente por todo el dolor que le ha causado a usted y a su madre, lo siente mucho, pide que le perdone".
Entonces, a través de la pantalla, pudo ver a aquel rubio carismático vestido en un traje brillante y con un peinado perfecto; interpretando magistralmente su papel. John recargó su espalda en el sillón, y dejó escapar, sin que pudiera evitarlo, una pequeña sonrisa.
"- ¿Puede hacerlo Jenny? –decía el hombre en la televisión, quien parecía estar en un trance, contactando a un alma en el más allá; mientras que la mujer objeto de su burla, se emocionaba y entre lágrimas asentía-.
- ¡Necesita oírlo! –Le dijo aquel hombre quien jugaba a ser psíquico-.
- Te perdono papá –respondió como pudo Jenny-.
- Oh sí, está sonriendo –agregaba con júbilo la estrella del show, mientras alzaba su mano en dirección a la nada-, llora de alegría. Pide que Dios la proteja.
Y ante una audiencia en el plato, que lo miraba con asombro y admiración, él hombre finalizaba su sesión espiritual.
- Se ha ido –dijo mientras volvía en sí-.
La música y los aplausos no se hicieron esperar, y entonces el psíquico se acercó al centro del escenario, en donde un par de presentadores lo recibían impresionados".
- Patrick Jane –dijo John mientras meneaba su cabeza un tanto divertido-.
- Debo de reconocérselo –agregó la mujer-, es bueno en lo que hace.
- ¡Por favor! –Exclamó él-. Tú puedes hacerlo mejor.
Ella le sonrió mientras tomaba asiento en otro sillón cercano.
- Ha estado ganando mucha fama últimamente –comentó John-.
- Así es, especialmente desde que aceptó ayudar a la policía de Sacramento con tu caso, hace unos 11 meses. ¿Sabes cómo le llaman?
Ella no necesitó continuar hablando, el presentador del show le dio su respuesta…
"- Y bien Patrick, tengo entendido que es usted algo así como un detective paranormal, ¿es así?
- Intento ayudar a la policía cuando puedo.
- ¿Está ayudándole a cazar a ese aterrador asesino en serie… cómo, cómo se llama?"
John el Rojo vio el programa hasta que finalizó, no había vuelto a emitir palabra alguna; cuando empezó a ver la televisión lo hacía con actitud jocosa, e incluso con lástima hacia el hombre que intentaba engañar tan sutilmente a la audiencia; pero a medida de que éste iba hablando, sintió el hervor en la sangre y una especie de indignación se fue apoderando de él.
Ella vio como apretaba con fuerza el control remoto, como su mandíbula se endurecía y las venas se remarcaban en sus sienes. Si había algo que odiaba John, era que lo desacreditaran en público.
- ¿Qué piensas hacer? –Preguntó ella-.
- ¿Es un programa en vivo? –Respondió él con otra pregunta, intentando mantener la calma-.
- Así es, lo transmiten desde Sacramento.
John apagó el televisor y se levantó de su sillón. Quedó mirando el aparato por unos instantes y luego miró a la mujer de cabello rizado.
- Que me preparen el Jet –le ordenó-, voy a Malibú; eso me dará al menos unas 5 horas de ventaja.
-A-
"- ¿John el Rojo?
- Así es, John el Rojo, ha… ha asesinado al menos a 8 mujeres que sepamos. La policía me pidió que intentara conectar mentalmente con él para ver si percibía su identidad.
- ¿Cómo lo hace exactamente? ¿Cómo conecta con alguien mentalmente?".
- Es una hermosa mansión –dijo John el Rojo, mientras miraba desde la limusina la casa iluminada sobre lo alto de una colina-.
- Así es señor –respondió el joven desde el asiento del frente-. Tiene un código de seguridad para la alarma, y un par de cámaras de vigilancia en la entrada; todo desactivado –agregó el chico quien monitoreaba desde su laptop-.
John escuchaba atentamente, mientras se colocaba unos guantes de látex, y sobre éstos, unos guantes de cuero negro.
- No hay vigilantes, ni perros –seguía informando el joven-, la niña de 5 años, Charlotte, está jugando en su habitación, en la planta alta. La esposa, Ángela, está en la cocina, prepara la cena. Sólo están ellas dos en la casa.
John envolvió el cuchillo en un trapo blanco y lo guardó en el interior de su saco. Se tomó un tiempo para mirar hacia el recinto de los Jane, él podía percibir en el interior, la quietud de dos almas queriendo ser dichosas a la luz de la noche; ellas no tenían la culpa, pero él sabía, que si quería lastimar profundamente a aquel hombre, tenía que hacerlo a través de su familia.
"…el auténtico mal arde como el fuego, arde con una horrible llama fría y oscura".
Atravesó el salón, vio a la mujer de espalda vertiendo algunos condimentos en la olla sobre la estufa; subió las escaleras contando cada peldaño, convenciéndose a sí mismo del próximo paso. Caminó por el pasillo superior, se acercó a una de las habitaciones, hasta que quedó bajo el umbral de la puerta.
La imagen frente a él solo podía inspirar ternura. Ella llevaba un vestido de pijama con estampado de flores violetas y osos por doquier. Traía el cabello suelto, por lo que aquellos rizos dorados y ensortijados cubrían parte de su rostro. Estaba sentada delante de una pequeña mesa, al lado de una jirafa y un elefante de peluche, a quienes les servía en pequeñas tazas celestes un té imaginario; sonreía con inocencia y les hablada del lluvioso día y el hermoso arcoíris sobre el cielo.
El corazón le latía con fuerza mirando la estampa, respiró profundamente y avanzó un par de pasos hacia el interior del recinto.
- Hola Charlotte –le dijo con una cálida sonrisa-.
- ¿Quién eres? –Contestó la niña con desconfianza-.
- Mi nombre es John, soy un amigo de tu papá.
- ¿Mi papá viene contigo?
- No, pero no tarda en llegar del programa de televisión.
La niña sonrió.
- ¡Sí! Mi papá es un artista.
- ¡Claro que lo es! Es uno muy bueno. Hoy me ha invitado a cenar; acabo de saludar a tu mamá, ella me ha dicho que estabas aquí; tenía muchas ganas de conocerte.
- ¿Te gusta el té? –Preguntó sonriendo-.
- ¡No tienes ni idea; es mi bebida favorita! –Contestó entusiasmado- ¿Me invitas una taza?
Charlotte asintió, quitó al elefante de la silla e invitó al hombre a sentarse, le encantaba tener nuevos invitados.
- Lo he preparado yo misma, es un té chai, el favorito de mi papá.
- Mmm, huele delicioso, ¿sabes? Tengo algo que irá muy bien con el té; mira…
Entonces sacó de uno de sus bolsillos, un pequeño panecillo de chocolate envuelto en una servilleta. Charlotte sonrió al verlo.
- ¿Te gustaría compartirlo conmigo? –Le preguntó John mientras le extendía el pan. Ella tomó la mitad y comenzó a comerlo.
- Es el postre más delicioso que he comido en toda mi vida –le dijo al cabo de un rato-, ¿Tú lo hiciste?
- Así es; lo traje especialmente para ti, me alegra que te haya gustado.
- Si, ¡mucho! –Luego de darle una nueva mordida, un suave mareo se apoderó de ella, por lo que entrecerró los ojos, soltó el pan y frotó con ambas manos su rostro-, ¡está muy rico, gracias! –pudo balbucear, mientras su pequeño cuerpo se desvanecía-.
Él logró sostenerla, la llevó hasta su regazo y la acunó entre sus brazos como si se tratase de su hija amada, aquel retoño que nunca tendría. Posó su mejilla sobre la frente de la niña, y entonces aspiró el aroma que brotaba de su cabello; olía a fresas con crema; por el resto de su existencia, John llevaría consigo las sensaciones que les generó Charlotte esa noche; como un credo sentiría por siempre la calidez de su cuerpo, su voz melodiosa, los ojos azules que lo miraron con ternura, los latidos que se fueron apagando lentamente y ese olor, ese olor que nunca más podría desvanecer por más que quisiera, y que lo acompañaría hasta las mismísimas entrañas de los infiernos.
Estaba acostumbrado a arrebatar la vida, pero nunca había tomado una existencia inocente, una que no sabía de maldades ni de peligros; él estaba convencido de su papel en este mundo, de que el dilema del bien y el mal era algo relativo; sin embargo, desde el momento en que el pulso de Charlotte cesó por completo, sabía que estaría maldito eternamente.
Abrazó con fuerzas el cuerpo inerte, besó con delicadeza su frente, la cargó y la llevó hasta la habitación principal; se quitó los guantes de cuero, sacó el cuchillo y se dispuso a crear su obra sobre el pequeño lienzo.
- Lo siento mi amor –alcanzó a decir antes de comenzar-.
"Me obligo a mirar en el interior de esa llama y veo una imagen del malhechor, en este caso, John el Rojo, es un hombrecillo feo y atormentado, un alma en pena y triste, muy triste".
-A-
Las lunas de octubre son sus favoritas, piensa Jane mientras conduce colina arriba por los senderos de Malibú. En su lujoso vehículo plateado, deja a sus espaldas la grandeza del mar pacífico, y entre las curvas del camino, el iluminado satélite juega con él.
Otro día en que llega después de las dos de la madrugada; Ángela probablemente estará enojada. El último año no ha sido fácil, desde que tomó la decisión de utilizar sus "poderes psíquicos" para propósitos más variados, su esposa ha estado cada vez más distante. Jane tiene la esperanza de que con el tiempo ella termine aceptando todo el asunto.
Estaciona el auto en el portal de su casa, apaga el motor, y sonríe al recordar las palabras del productor del programa en el que acababa de presentarse, "Patrick amigo mío, eres un fenómeno, al parecer fuimos los dueños del rating"; se siente especialmente feliz esa noche, sabe que eso significa más prestigio para él, y por ende, más clientes.
Camina por el salón, aparta el triciclo de su hija y luego sube las escaleras, "seguramente Ángela le gustará saber lo del rating" llega al último escalón con ese pensamiento en la mente y con una pequeña sonrisa en el rostro, la cual dura poco, ya que un papel pegado en la puerta de la habitación principal lo llena de incertidumbres.
Se detiene; entonces descubre que se trata de una carta dirigida a él…
"Querido señor Jane,
No me gusta que me calumnien en los medios, especialmente por un sucio farsante codicioso.
Si fuera un vidente de verdad, en lugar de un gusano mentiroso, no necesitaría abrir la puerta para ver lo que le he hecho a su encantadora mujer e hija".
Y entonces el terror se apodera de él, las piernas le flaquean y un frío le recorre el cuerpo; inmediatamente recuerda las palabras que pocas horas antes salieron de su boca, aquellas que insultaron premeditadamente a un asesino en serie y entonces se niega a creer que algo así le esté pasando a él y a su familia. Respira temblorosamente y lleva su mano hacia la perrilla de la puerta, esperando que todo sea una broma de mal gusto, deseando con todas su fuerzas estar dormido en medio de una pesadilla.
Abre la puerta lentamente y un rostro sonriente le da la bienvenida, Jane se apoya en el marco y queda sin aire. Es un rostro familiar, lo ha visto en algunas fotos que la policía le ha mostrado y sabe lo que eso significa. Cae de rodillas y explota en un llanto incontrolable, aún no ha visto los cuerpos, no tiene fuerzas para abrir por completo la puerta; de pronto se levanta con la ilusión de que puedan estar aún vivas; pero al entrar de lleno a la habitación, la imagen ensordecedora le arrebata las esperanzas por completo.
Lo desposee asimismo de sus pretensiones y las ínfulas de superioridad, pero también lo despoja de lo único bueno que tenía: el amor y la familia.
Horas después, en medio de un charco de sangre, aún abraza contra su pecho los cuerpos sin vidas de sus mujeres. Ya no le quedan lágrimas, ni emociones, ni pensamientos; tan solo un nombre repitiéndose una y otra vez en el vacío de su mente…
"Red John".
Próximo: Nada. Absolutamente nada se sabía del caso; tomaría las riendas de quizás la investigación policial más importante de California y empezaría prácticamente
desde 0. Un montón de cajas con expedientes se acumulan en su oficina sin que la lleven a ningún sitio, ¿cómo es posible que luego de 6 años y 10 víctimas, John el Rojo siga impune? Mira las fotos una y otra vez, cada escena es peor que la otra, sin embargo, es un caso en especial el que logra generarle un vacío en el cuerpo, una tristeza que se extiende más allá de lo saludable para alguien con su profesión.
