Fuente:
s/10147078/14/The-miner-s-wife
/works/428730
/works/744052
/works/960816.
Siento el calor y la tensión de la semana en los hombros. Pero a medida que me alejo de la alambrada y el olor y el aire del bosque penetra mis pulmones siento que mis músculos se van relajando. A mi lado está Peeta. El plan es simple y no me costó mucho convencerlo. Nuestra relación cambió un poco desde el último invierno y necesitamos tiempo de calidad juntos.
Hacía unas semanas que venía rumiando todo, pero recién se lo dije el lunes. Ésta era la última semana de clases antes de las vacaciones de verano. Como todos los días Peeta nos acompañó a Prim y a mí a casa después de la escuela. Mi mamá no estaba, había salido a atender un paciente y, mientras Prim se escabullía a nuestro cuarto, nosotros nos apoderamos del sillón de la sala.
Después que volvimos de la casa del lago en invierno, Peeta había propuesto que bajáramos un poco el tenor de nuestra relación. En ése momento, no me quejé, porque no me sentía ni con fuerza ni con ganas para retomar nuestras exploraciones sexuales.
Cuando comencé a sentirme un poco mejor y con más confianza, creo que el miedo a quedar embarazada nuevamente se apoderó de los dos. Nuestros encuentros los domingos se habían centrado más en la práctica de tiro y en la búsqueda de mejores animales para poder venderlos. Ya habíamos juntado bastante dinero extra que Peeta guardaba para cuando nos casemos. A veces pienso que está bromeando conmigo, ya que no creo que lleguemos a eso, no mientras su madre tenga tanto control sobre la economía de los Mellark. Pero igual seguíamos juntando dinero.
Para mi cumpleaños número dieciséis, Peeta volvió a armar la tienda y pasamos la noche juntos, pero no fuimos más allá de lo que pasó aquella vez en mi casa cuando mi madre y Prim quedaron atascadas por la tormenta de nieve. Sin embargo, yo quería que todo volviera a la normalidad, no quería sentir más miedo. Además, extrañaba la intimidad a la que habíamos llegado el año pasado.
Entonces, mientras seguíamos abrazados en el sillón, aún con la respiración agitada y cierta frustración por no poder avanzar en nuestro juego, le conté lo que quería hacer.
- Peeta ¿qué te parece si éste fin de semana nos escapamos juntos hasta el lunes por la mañana?
- ¿A dónde vamos a ir, Katniss?- me pregunta.
- Qué te parece a la cabañita del lago. Ahora, que casi es verano, te puedo enseñar a nadar.
- No estoy seguro que sea una buena idea- me dice.
Lo miro a los ojos.
- ¿ Por qué?
- Porque me voy a hundir como un saco de harina y no vas a poder reflotarme.
- ¿ Por qué te hundirías? Mi padre decía que todos flotamos en el agua.
- Yo podría hacerme daño o hacerte daño a ti en una maniobra brusca.
- ¿Estas buscando alguna excusa?
- ¡No, Katniss! En realidad no sé si realmente nos sentiríamos cómodos allí después de …
- Creo saber a qué te refieres, pero ya te dije que no tengo malos recuerdos. Más allá de lo triste de nuestra situación en ese momento, creo que ambos pudimos avanzar en otros aspectos de nuestra relación. A lo mejor, éste fin de semana podemos seguir avanzando otro poco más.
Mi estrategia surtió efecto. Después de pensar durante unos minutos, Peeta contesta.
- Está bien, pero no quiero que aceleremos nada si no estamos listos todavía.
- Trato. En caso que no podamos ponernos de acuerdo durante el resto de la semana, nos encontramos en el hueco más cercano al camino a la cabaña una hora después de salir de la escuela. Trae toallas y sábanas.
Después de unos besos más, un poco más apasionados que los anteriores, Peeta se despidió antes de que mi madre volviera.
La semana se pasó rapidísimo. Me levanté todos los días más temprano para incrementar la cantidad de presas que cazaba. Siempre procuro no ir a la zona del bosque que utilizo para cazar con Peeta. Con Gale, cubrimos otro sector. Antes de irme, le quería dejar a Prim una buena ración de carne y panes para que no tuviera problemas durante mi ausencia. A Gale le llamó la atención la voracidad que tenía por cazar. Le dije que necesitaba dinero para comprarle un vestido nuevo a mi hermana y dejó de preguntarme.
En realidad, use un poco del dinero extra para comprar en El Quemador un traje de baño de dos piezas color naranja, el color preferido de Peeta. Podría haberme conformado con la vieja ropa interior con la que nadaba siempre, pero quería sorprenderlo con algo distinto. Para nuestro distrito era una excentricidad, pero nadie se sorprendió que lo comprara.
Aunque todavía no era verano, los días ya eran calurosos. Eso hizo que los últimos días de escuela se hicieran insoportables. Por eso, cuando llegó el viernes, busqué a Prim y salimos prácticamente corriendo para casa. Me cambié el pantalón y la camiseta por un vestido de algodón y busqué una mochila que había empacado la noche anterior con lo que necesitaba para el fin de semana, sábanas y toallas, entre otras cosas. Prim sabía que no me quedaría y me dijo que buscaría una excusa para despistar a mi madre.
Me encuentro con Peeta cerca de la alambrada. Estaba también con una mochila y un saco grande que siempre usa para llenarlo de comestibles. Sin pronunciar palabra, nos deslizamos debajo de la alambrada. Juntos, recuperamos nuestros arcos y flechas de uno de los escondites.
- ¿Qué hiciste ésta vez para no trabajar el fin de semana?- le pregunto mientras camino.
- Naan volvió a tomar mi turno. Pero ésta vez no me pidió nada a cambio. Está muy contento con nuestra tienda, aunque la traje más cerca de la alambrada para que no descubra nuestro claro del bosque. Además le compré preservativos.
- Por lo menos ésta vez no te va a explotar durante las vacaciones.
- Ya sabemos quién lo hará- me dice refiriéndose tácitamente a su madre.
- Peeta, hace mucho calor. Tratemos de ir más rápido así llegamos a mojarnos un poco. Por suerte, el sol se pone cerca de las nueve, podremos ver el atardecer.
Apuramos un poco el paso por el bosque hasta llegar al lago. Como aquella vez, no puedo ocultar la sonrisa que se me forma en el rostro cuando Peeta se enfrenta el ese gran espejo de agua.
- Es impresionante cómo cambia de una estación a otra- dice Peeta al verla explosión de verdes y frutos delante de nuestros ojos.
Cuando entramos a la casita, preparamos una cama con las mantas, limpiamos un poco el ventanal con un trapo húmedo y acomodamos el viejo sillón con una tela nueva que traje. Luego salgo a armar algunas trampas alrededor de la línea de árboles.
Cuando vuelvo a la casita, Peeta ya tiene prendido el fuego, no muy fuerte, porque no hace frío. Sin embargo, ya está calentando algunos bollos de queso al lado de la pequeña chimenea. Peeta me sonríe satisfecho mientras me siento frente a él junto al fuego. Comemos un poco como para saciar un poco el hambre. Casi no había almorzado por el apuro. Me levando para ir a buscar agua y cuando me doy vuelta, Peeta me atrapa contra una de las paredes de la cabaña.
Primero, me besa, despacio, mientras sus manos hacen el camino hacia los botones de mi vestido. El modelo que elegí no fue casual. Mi vestido llega a la rodilla, el algodón es bien finito y se cierra al frente por una sucesión de botoncitos. Tampoco llevo ropa interior, pero quiero que él lo descubra solo. Muy despacio, desabrocha los primeros botones, para descubrir mis pechos. Cuando se da cuenta que no llevo sostén, siento que se le corta la respiración. Instantáneamente, sus pulgares están sobre mis pezones.
La suave fricción contra mis pezones crea una corriente eléctrica directamente hacia mi entrepierna y apreto ambas piernas instintivamente. De pronto, me doy cuenta la poca tela que significa mi vestidito y cuán desnuda estoy debajo de él. Mis ojos se cierran anticipando el contacto de sus labios contra los míos mientras mi corazón parece salirse fuera de mí. No és la primera vez que estamos juntos, pero creo que el deseo contenido durante éstos meses está aflorando en nuestra piel como una inundación.
Mi mano aterriza en medio de su pecho y puedo sentir su corazón que golpea con tanta ferocidad como el mío bajo las yemas de mis dedos. Mi mano se aprieta sobre su camiseta y me lo acerco. Mis labios aterrizan sobre su cuello y puedo sentir latir su pulso bajo la suave piel, obligándome a besarlo en ése mismo lugar.
Peeta toma aire en el mismo momento en que mis labios lo tocan y me hociquea en el nacimiento de mi pelo debajo de mi oído. De repente, siento que su lengua mojada me lame hasta que su boca aterriza sobre mi oreja. Cada pelo de mi cuerpo está erizado y siento que un temblor de deseo me traspasa. Sus manos agarran mi cintura, aunque lentamente empieza a separarse de mí. Sin dudarlo, lo agarro por el cuello y golpeo mis labios con los suyos aspirando su labio inferior.
Peeta me presiona más fuerte contra la pared. Pronto su boca se mueve desesperadamente contra la mía en un movimiento que imita al de sus caderas. Sus manos se aflojan y se mueven hacia abajo clavando sus dedos en mi carne causándome un poco de dolor, subiéndome y apretándome contra él. Mi lengua prueba el borde de sus labios. Rápidamente me abre su boca y nuestras lenguas comienzan a enredarse. Cualquier resto de cordura que me queda ya se voló por la ventana y sólo sé que quiero poseer al muchacho que tengo delante mío.
De repente, respirar se convierte en un problema. Peeta se separa y apoya su frente contra la mía, nuestros alientos entrecortados mientras nos miramos fijamente el uno en el otro.
- Kat que me has hecho. Ya no puedo pensar más, te deseo demasiado.
Nuestras bocas se mueven rudas y apresuradas una contra la otra y apenas nos damos tiempo para respirar. Sus labios son como una droga y yo soy adicta a ellos. Su lengua entra precipitadamente mi boca, explorando cada grieta. Cuando él se retira un poco para respirar, chupo su labio inferior y lo raspo ligeramente con mis dientes hasta que él suelta un gemido.
Peeta comienza a crear un camino de besos calientes por mi cuello. Con cada beso que él coloca, sigue su lengua, probándome, excitándome. Él se mueve más abajo y ligeramente chupa sobre mi clavícula antes de parar directamente encima de mi pecho. Me da un beso suave al medio de mi pecho y luego coloca su mano derecha encima de mi corazón.
Ahora se arrodilla delante mío fijando sus brillantes ojos azules a los míos. Su mano izquierda hace un camino por mi cintura para unirse a su otra mano para terminar de desabotonar mi vestido. Él juega con la tela hasta que termina de deslizar el suave algodón de mi cuerpo. Hociquea entre mis pechos y besa la extensión entre ellos.
- Nunca he visto nada más hermoso que tú. Nunca conocí a nadie más hermoso que tú, por dentro y por fuera. Quiero que confíes en mí.
Y yo no puedo imaginarme nadie más hermoso que él en éste momento. Paso mis manos por su suave pelo despeinado. Luego las llevo a sus mejillas acaloradas y paso mis pulgares a lo largo de sus pómulos antes de cabecear y contestar.
- Siempre.
Una sonrisa alumbra sus facciones. No puedo contener la risa que se escapa de mis labios antes de que me incline y le dé otro beso que nos deja nuevamente sin aliento. Cuando suelto sus labios, vuelve a dejar suaves besos debajo de cada uno de mis pechos antes de escoger un pezón y comenzar a hacer remolinos suaves con su lengua alrededor de mi aerola. Mi risa se convierte en un gemido y echo hacia atrás mi cabeza para acercar mi pecho a su boca.
Su lengua es la magia pura mientras lame y besa mi pezón. Su boca se siente tan bien y me hace querer tanto más pero no tengo la capacidad de entonar ninguna palabra ya que los únicos sonidos que salen de mi boca son gemidos y quejidos. Después de una eternidad de labios y lengua, Peeta coloca su boca completamente sobre mi pezón y chupa con fuerza. Pensé que él usaría su mano para ocupar mi otro pecho, pero de repente aprieta mi clítoris en conjunción, que junto con otra succión en mi pezón, produce una corriente eléctrica en todo mi cuerpo. No pensé que podría tener un orgasmo con tan poca estimulación, pero realmente estaba equivocada.
Mientras sigo vibrando, mis rodillas comienzan a bambolearse y estoy completamente segura de que en cualquier momento voy a derrumbarme en el suelo, pero Peeta me sostiene firmemente por mis glúteos y logro mantenerme de pie. Sus dedos no paran sus movimientos y siguen jugando y manipulándome mientras la cabeza de Peeta comienza a bajar por mi cuerpo dejando besos suaves a lo largo del camino. Cada beso es lento y sensual como si cada pedazo de mi piel fuese precioso.
Cuando él alcanza la coyuntura entre mis piernas, sus ojos parecen desenfocados mientras siguen el movimiento de su dedo. Él me habla sin parar el movimiento de su dedo.
- Tú no sabes lo hermosa que eres, cada parte tuya.
Sin vacilar, él saca su lengua y me da un lamido largo y lento. Yo no puedo menos de soltar un gemido mientras dejo caer mi cabeza. Luego levanta mi pierna izquierda sobre su hombro y me abre más a su cara.
- Apóyate contra la pared y agárrate- me dice con voz ronca.
Peeta Mellark tiene una lengua muy talentosa. Él explora cada parte de mí y, a medida que pasan los minutos, cada vez me siento más deshecha, especialmente cuando él me mira mientras está girando su lengua entre mis labios, su cara me dice no hay otro placer mejor para él en el mundo.
Sus dedos se unen a su boca y su capacidad de hacer muchas cosas al mismo tiempo me asombra. En pocos segundos ya ha creado una combinación de lamidos y chupadas junto a dos de sus dedos que siguen bombeándome. No puedo evitar ondular mis caderas mientras mis muslos se aprietan y mientras él trata de sostenerme. Estoy temblando como una hoja y la tensión que se construye dentro mío me hace pensar que en cualquier momento voy a quedar completamente consumida. Peeta gira sus dedos dentro de mío, encorvándolos y presionando contra la pared de mi vagina de una forma que me hace explotar. Me siento ingrávida, flotando y no creo que pueda recuperar mi aliento ya que siento como si hubiera abandonado mi cuerpo.
Estoy tan perdida en las sensaciones que cursan por mi cuerpo que no me doy cuenta que estoy tirada en el suelo hasta que abro mis ojos. Él debe haberme dejado deslizar hacia abajo contra la pared porque parezco a una marioneta rota con todos los miembros desparramados. Mi pierna derecha está estirada hacia un lado y la izquierda ligeramente apoyada y mi centro totalmente abierto hacia él. Lentamente voy enfocándome en Peeta que está recostado sobre sus ancas con una sonrisa de oreja a oreja que enciende su cara.
-¡Ah! No parezcas tan satisfecho- logro resoplar hacia fuera cuando logro recuperar el aliento.- Creo que me has roto.
Nos miramos desafiantes durante un momento antes de empezar a reírnos. Él gatea lentamente hacia mí, avanzando lentamente, me tira en su regazo y roza nuestras narices, como un beso de esquimal. Mi corazón dá un golpe en mi pecho debido a la dulzura del gesto y trato no sentirme abrumada.
Peeta me besa el cuello cerca de mi oído izquierdo. Luego comienza a hacer un camino de besos a lo largo de mi mejilla y cuello mientras me acaricia a lo largo de mi pierna. Con una mano agarra mi cintura y con la otra gravita hasta uno de mis pecho y comienza a amasarlo, completamente hipnotizado. Yo estoy totalmente desnuda, él tiene toda su ropa encima.
- No he terminado contigo todavía- me dice con ironía- Tengo mis necesidades y pienso hacer estragos contigo y a ti te va a gustar.
Veo la determinación en su cara y antes de poder protestar, siento que me levanta en sus brazos y me deposita en el viejo sillón que mira a la ventana.
- Desde luego, sólo si tú estás de acuerdo con ello- sigue él con vergüenza mientras sus mejillas se tiñen de rojo.
- Por favor, proceda a hacer estragos conmigo Sr. Mellark- le digo mientras no puedo evitar una risita.
Antes de que pueda seguir hablando, Peeta suelta un chillido mientras hace un salto volador hacia mí que me hace gritar de sorpresa y estremecerme. De algún modo aterriza seguro sobre mí en el silloncito sin causarnos daños corporales y comienza a chupar, besar y hacerme cosquillas tontas que me dejan riendo tontamente. Aunque podría estar así todo el día, de algún modo consigo tomar el control de mis miembros y lo aparto de mí.
-Tengo una condición Sr. Mellark- le digo casi sin aliento.
Sus labios tratan de alcanzar los míos desesperadamente, pero aunque lo deseo mucho, de algún modo logro poner mis manos sobre su pecho para mantenerlo alejado de mí. Él deja de menearse, pero hace un puchero tan adorable que pronto me inclino hasta aspirar su labio inferior con mi boca. Trato de componerme nuevamente, pero él sigue apoyándose hacia adelante en busca de más.
- Necesito que me escuches. Si puedes desnudarte en menos de 10 segundos, entonces, y sólo entonces te dejaré hacer estragos conmigo. De lo contrario, me iré a dormir sola y veremos que pasa mañana. Ahora, comienzo a contar.
Peeta cumple con mi demanda y antes de comenzar la cuenta regresiva, comienza a lanzar su ropa en todas las direcciones. En menos de 4 segundos él está completamente desnudo. Estoy tan distraída admirándolo que no me doy cuenta que él da otra vez un salto sobre mí y se me escapa un chillido de miedo. Debo confesar que, antes de comenzar a salir con Peeta, no tenía ni idea el sexo podría ser tan alegre. Mi risa tonta rápidamente se convierten en gemidos cuando sus manos hermosas comienzan a trabajar mi cuerpo tan hábilmente como él trabaja el pan en la panadería de su padre. Él se inclina otra vez y, esta vez, no lo detengo cuando sus labios tocan los míos. Su lengua moja mis labios y nuestro beso se hace más acalorado y frenético. Mis manos encuentran su cuello y me agarro con más fuerza como para no dejarlo ir. Cuando nos separamos para tomar aire, sus besos comienzan a recorrer mi cuello y estoy segura que tendré marcas por la mañana.
Antes de darme cuenta, él ha cambiado nuestras posiciones. Él está con su espalda sobre el sillón y yo estoy encima de él. Él desliza sus manos de arriba a abajo por mi espalda hasta llegar a mi trasero, dándole un firme apretón a cada uno de mis cachetes, empujándome hacia arriba y golpeándome exactamente en el punto justo que me hace tirar mi cabeza hacia atrás y soltar un gemido suave.
- Sip- dice el haciendo reventar la p.- Realmente me gusta a dónde estamos yendo.
- ¡Ojo señor!, soy yo la que te va a devorar ahora, necesito que te quedes tranquilo.
- ¡Sí señora!- contesta con una sonrisa atrevida.
Me siento completamente sobre su estómago y su pene queda contra mis glúteos. Luego tomo sus manos y las llevo hacia arriba, al lado de su cabeza, mientras tanto, trato de pensar que quiero hacer después. Mis manos son las que toman la iniciativa, ya que antes de decidir qué hacer, ellas comienzan a deslizarse suavemente arriba y abajo y alrededor de su cuerpo. Mientras disfruto explorando su cuerpo, me maravillo de su perfección. Estoy segura que algunos lo encontrarían demasiado flaco o quizás demasiado voluminoso, pero para mí, él es perfecto. Me gusta sentir la ondulación de músculos firmes debajo de mis manos mientras las hago rodar a través de su abdomen, acción que lo hacen temblar. Yo, mientras, disfruto de la suavidad de su piel.
Con el dorso de mis manos acaricio el suave pelo, escaso todavía, de su pecho y luego me inclino para besarlo en la nuez de Adán. Mi lengua sigue trazando caminos a través de su piel salada tratando de saborear su gusto. Mis ojos sostienen su mirada fija y el calor que sus ojos emanan va directamente a todas partes de mi cuerpo y siento cómo aumenta la humedad en mi entrepierna. Sé, sin ninguna duda, que nunca dejaré de desear a este hombre.
Con cada rastro que hace mi mano, dejo un beso en la estela, tratando de memorizar cada pulgada y cada pedazo de su cuerpo. Ahora es su turno de tirar su cabeza hacia atrás y emitir un gemido en el placer. Muy despacio empujo hacia abajo mi cuerpo hasta rozar con su erección un momento antes de sentarme sobre sus muslos. Ondulo mi cuerpo sobre el suyo por un momento, tratando de aliviar la presión que siento. Me detengo a contemplar su virilidad y, con mi manos, comienzo a frotarlo de arriba a abajo de su eje, nunca con mucha presión, solo sintiendo y memorizando.
- Katniss, tú vas a matarme- gime presionando su pelvis contra mi mano.
- Sssh, es mi turno ahora- contesto con una sonrisa satisfecha.
Me deslizo hacia atrás despacio, dejando que su pene roce levemente contra mi entrepierna antes de dejarlo en frente mío. Deslizo mi dedo índice sobre su miembro erecto, tomo un poco del líquido que chorrea por la punta y lo llevo a mi boca para probarlo, cerrando mis ojos mientras contemplo la esencia de Peeta. Al parecer, la acción de chupar mi dedo con mi lengua excita a Peeta porque me tira hacia él y empuja su lengua en mi boca.
Nuestro beso rápidamente se sale de control y nuestras caderas comienzan a moverse la una hacia la otra. No puedo esperar más para tenerlo dentro mío. Me levanto y Peeta suelta un quejido como de decepción que se convierte en un gemido más profundo cuando lo agarro firmemente con mi mano derecha mientras levanto mis caderas y planeo encima de él. Le tiendo mi mano izquierda y él de algún modo sabe lo que quiero porque la agarra y nuestros dedos se entrelazan. Muevo la punta de su pene a lo largo de mis labios durante un momento antes de darme cuenta y exclamar.
-¿ Trajiste preservativos?
Me había olvidado durante un momento y me estaba dejando llevar por el momento. Al parecer Peeta también se había olvidado porque sus ojos se ensanchan y emite una mala palabra. Con un suave empujoncito, él me mueve del sillón y se dirige hasta las mochilas para buscar algo. Yo me tomo un momento para disfrutar de la vista hermosa de su trasero firme y no puedo parar la risa tonta que se escapa.
Él se da vuelta rápidamente con un sobrecito de metal en la mano y él rápidamente me sube sobre su cuerpo para volver a ocupar la posición que tenía antes. Mi risa tonta se convierte en una risa fuerte y él pronto me acompaña. Él me abraza y me tira a su pecho mientras nuestras risas se desvanecen.
- Ese no fue nuestro momento más sensual- me dice Peeta, maniobrando debajo de mio otra vez.
Mis labios forman un pucherito mientras sacudo mi cabeza, al tiempo que me inclino para apoyar mi frente contra la suya. Él junta nuestros labios nuevamente y me da el beso más dulce que me haya dado. Me recuesto encima suyo otra vez, tomo el sobre de metal de su mano y con cuidado lo abro. Pellizcando la punta, lo llevo a la punta se su erección y lo hago rodar suavemente hacia abajo. Peeta arquea su espalda por la sensación.
Lo beso nuevamente antes de levantarme para poder alinearme y muy despacio voy bajando sobre su erección. Él toma mi mano otra vez y la lleva hacia sus labios, dejando un beso que quema sobre mis nudillos. Finalmente, su pelvis se alínea con mi centro y ambos gemimos al unísono. Comienzo a moverme, primero de arriba hacia abajo y luego da adelante hacia atrás. Experimento con los movimientos, tratando de maximizar las sensaciones.
Pronto encuentro un ritmo que hace a mi cuerpo cantar y él comienza a pujar hacia arriba acoplándose. Nuestros ojos se unen y él agarra mi otra mano, ahora estamos unidos de todas formas. El aire está lleno de nuestro sexo al tiempo que nuestros movimientos y los gemidos se aceleran. Siento que quiero estar en este momento para siempre. Pronto todo se hace mucho y mi cuerpo se tensa con la anticipación. De repente, Peeta se incorpora a una posición sentada y coloca mis piernas alrededor de su torso. Luego lleva sus manos hacia atrás de su espalda presionando sus palmas en el sillón haciendo palanca para fortificar sus pujos.
Mis manos caen también atrás, reflejando la posición de Peeta incrementando el poder de mis propios empujes. Juntos chocamos casi en un frenesí y sé que no duraremos mucho más. Durante todo éste tiempo, nuestras miradas están fijas mostrando cada emoción que sentimos.. Me doy cuenta que el orgasmo de Peeta es inminente antes de que me lo diga y cuando él gime mi nombre, sus movimientos pierden ritmo y se hacen más erráticos antes de que él se libere en mí. Esto es suficiente para hacerme pulsar y temblar mientras mi propio orgasmo se desencadena.
Me siento como si estuviera irreparablemente rota. Estoy convencida de ello porque mis miembros inferiores me son completamente inútiles. Me caigo sobre el sillón, pero Peeta me coloca sobre pecho y me sostiene apretada, frotando sus manos a lo largo de mi espalda. Él tararea contra mi cuello, lamiendo el sudor. Le doy un beso sobre su hombro. De algún modo soy capaz de recuperar el movimiento en mis brazos y llevo mis manos hasta su cuello tratando de apretarlo contra mí. Todavía estamos unidos y sólo quiero disfrutar de este momento mientras puedo. Al unísono, nuestras bocas se encuentran y nos damos besos apacibles.
- Katniss, estoy tan enamorado de tí. Cada parte mía es tuya- me susurra Peeta al oído.
Siento que una risa estira mi boca y llevo mis manos a su cara. Suspiro, tratando de que lea en mi mirada los sentimientos que tengo pero que no soy capaz de admitir. Sé que él no espera que lo diga y yo tengo mucho miedo de admitirlo. En vez de decirle que lo amo, le doy un lánguido beso. Permanecemos abrazados durante un largo rato, observando el atardecer. La luz naranja que se cuela por la ventana nos tiñe de rojo y parecemos en llamas.
- Deberíamos vestirnos y preparara la cena. Fue un día muy largo y ya me siento cansado- me dice Peeta.- Además tu piel ya está muy fría.
- Fue una semana muy dura, aunque debo confesarte que podría quedarme así, abrazada a ti, por los próximos dos día.
- Preparamos todo y nos metemos juntos en la cama ¿qué te parece?
- El mejor de los programas.
En silencio, desenredamos nuestros cuerpos. Peeta se limpia y tira el preservativo en un tacho, mientras yo avivo un poco el fuego. Luego, mientras Peeta prepara la cena, yo acomodo un poco la improvisada cama y la ropa que hemos traído. La cama está orientada a la ventana, de manera que podamos ver las estrellas y la salida del sol mientras estamos acostados.
Cuando las primeras estrellas están pintando el oscuro cielo y ya se puede ver la luna, Peeta y yo nos sentamos en la cama con dos tazas de té de manzanilla y unos sándwiches hechos con bollos de queso calientes, jamón y más queso derretido. Para el postre, Peeta preparó unos brownies de chocolates que me dejan sin aliento. Nos metemos a la cama cuando la luna no ha recorrido ni la mitad de su camino. Ya bajo el cobertor, vuelvo a sacarme la ropa. Peeta está en calzoncillos.
- ¿Te desnudaste?- me pregunta.
-¡ Sí! No quiero perder la oportunidad de dormir desnuda con mi hombre- le digo en forma pícara.
- Yo no sé si voy a poder controlarme si te quedas así.
- Quizás no quiero que lo hagas.
Peeta no me contesta, pero nos acomodamos como un rompecabezas en la improvisada cama. Ambos de costado, yo apoyo toda mi espalda contra el pecho y frente de su cuerpo. Él me abraza y yo siento electricidad por todo mi cuerpo. La sensación de sus manos sobre mi cuerpo desnudo es demasiado placentera y si no fuera por el fuerte cansancio que tengo, creo que le haría el amor toda la noche. Así, en el calor de sus brazos, me quedo dormida antes de poder decirle buenas noches.
En un instante, abro mis ojos, no fue un sueño, no fue una pesadilla. La cabaña está oscura, pero no es de noche. Se nota la claridad del amanecer, aunque el sol no ha salido todavía. Los pájaros cantan insistentemente. Estoy acostumbrada, porque en mi casa de La Veta los puedo escuchar. Pero acá, con tantos árboles, es un sonido envolvente.
A medida que recobro la conciencia trato de determinar que és lo que me ha despertado. Primero siento los brazos de Peeta, que me rodean y me tienen aprisionada. Nuestras piernas están entrelazadas. Y ahora lo sé. Ya lo había experimentado la mañana en que despertamos juntos cuando él se quedó en mi casa durante la tormenta de nieve. En éste momento, su erección presiona contra uno de mis glúteos y la reacción de mi cuerpo no la deja pasar inadvertida. Mi respiración es un poco agitada y la humedad que se acumula entre mis piernas es considerable. Definitivamente estoy excitada, pero Peeta está plácidamente dormido a mis espaldas y no voy a despertarlo, no hasta que todo esté más avanzado.
Acomodo mi cuerpo de manera de dejar su pene erecto aprisionado entre mis glúteos, presiono un poco contra él y siento que se pone aún más rígido. Tomo la mano de Peeta que descansa sobre mi abdomen y lentamente la llevo hasta mi entrepierna. Él no ofrece resistencia y cuando la coloco cerca de mis labios, siento como presiona y me roza el clítoris. Instintivamente mis caderas se mueven presionando aún más sobre su pene y su mano recobra vida. Lentamente su dedo comienza a rozar en círculos el pequeño manojo de nervios y no puedo evitar emitir un gemido. Ya no estoy mojada, estoy chorreando. La idea de que Peeta me está masturbando dormido me está volviendo loca y sé que no pasará mucho hasta llegar al climax.
Mientras mis caderas se ondulan buscando más presión sobre su dedo y contra su erección, siento que la otra mano de Peeta se dirige a uno de mis pechos y me agarra un pezón. Su respiración ahora es más agitada y realmente dudo que esté dormido.
- Buenos días- le digo con voz ronca y agitada.
- Realmente muy buenos- me dice todavía entre sueños y comienza a besarme el cuello.- Tengo todo listo mi amor.
La mano que estimulaba mi pecho desaparece debajo de la almohada y siento como rompe el envoltorio de un preservativo con los dientes. Es evidente que está tan excitado como yo y no puede esperar mucho más. Su cuerpo se separa levemente del mío y puedo sentir como desenrolla el preservativo sobre su erección. La mano que está en mi entrepierna separa mis muslos y colca esa rodilla sobre la suya para abrirme aún más a él. Acto seguido, me penetra. Y la sensación de sentirlo dentro mío es tan abrumadora que un suspiro sale de mi boca.
- Te amo- me dice al oído mientras comienza a empujar adentro mío al tiempo que su dedo sigue trabajando mi clítoris.
- Quisiera despertar así todos los días- digo casi en un suspiro abrumada por todas las sensaciones.
Nuestros movimientos son suaves, aunque los míos son más restringidos que los de Peeta. Él es más grande que yo y me tiene aprisionada entre sus brazos. Entre tanto, me besa el cuello y mordisquea el lóbulo de mi oreja. Yo estoy ardiendo. Son muchas sensaciones juntas y aunque el ritmo de Peeta es suave, mi orgasmo sobreviene inesperadamente rápido. La ondulación de mi cadera se vuelve errática y tengo que presionarme contra su cuerpo para evitar moverme espásticamente. Los sonidos que salen de mi boca parecen hechos por animales.
Pero Peeta ni se inmuta. Sigue moviéndose dentro mío y acariciando mi clítoris como si nada hubiera pasado. Y unos minutos después, cuando estoy comenzando mi segundo orgasmo, siento como él también alcanza su climax y comienza a pulsar dentro mío. Me agarra fuerte y nuestros movimientos se sincronizan para hacerlo durar lo más posible.
- Eres increíble, Katniss. El día que cumplas dieciocho años me voy a casar contigo y voy a despertarte todas las mañanas haciéndote el amor.- me dice con voz agitada.
- Creo que puedo permitir que hagas eso- le contesto mientras mi estómago comienza a rugir del hambre.
- ¡Uy! Yo también tengo mucha hambre, vamos a desayunar.
Para cuando tenemos el té listo y el pan tostado, los colores del amanecer comienzan a filtrarse por el ventanal que da al lago. Peeta y yo estamos sentados sobre la cama frente al imponente paisaje, el en calzoncillos y yo en una remera vieja suya. Peeta parece que estuviera en llamas por cómo se refleja la luz sobre su piel pálida. De sólo mirarlo, se me corta la respiración.
- Nunca había visto un amanecer, siempre estoy trabajando en la panadería a esta hora. Es tan hermoso como el atardecer. Gracias
-¿ Por qué me estás agradeciendo?
- Por permitirme compartirlo contigo.
- El placer es mío Peeta Mellark. ¿Qué te parece si salimos a cazar un rato hasta que caliente el sol? Luego podríamos ir al lago para tu clase de natación.
- Me parece bien. Voy a cambiarme.
- Espera, tengo un regalo para ti.
- ¿Un regalo? Katniss, bien sabes que no tienes que ponerte en gasto, así nunca nos vamos a poder casar- me dice en tono de broma.
- No es nada importante. Hay una señora en El Quemador que vende ropa de segunda mano de otros distritos y encontré un traje de baño del Distrito Cuatro que te quedará perfecto. Voy a traerlo.
Con cuidado me levanto de la cama para no tirar la comida y busco en mi mochila un bermuda de baño color verde oscuro que conseguí para Peeta. Lo que no le voy a mostrar todavía es la bikini naranja que compré junto a su regalo.
-Toma, puedes usarlo debajo de tus bermudas, en lugar de tus calzoncillos, así podrás nadar más cómodo sin arruinar tu ropa interior.
-¡Katniss! No deberías haber gastado.
- Fueron sólo un par de ardillas.
- Gracias. Terminemos de cambiarnos y vamos a cazar antes de que se vayan todas las presas.
La cabaña es muy chica como para esconderme mientras me cambio. No es que me de vergüenza estar desnuda o cambiarme delante de él después de todo este tiempo y de que él haya visto todo de mí, es que se hace difícil poder sorprenderlo Por suerte, la remera de algodón vieja de Peeta me queda bastante grande y puedo ponerme las dos piezas de la bikini sin que él se dé cuenta. Arriba, me pongo un short de jean que he hecho con un pantalón viejo y una musculosa de algodón color verde oscuro. Agrego mis botas, me trenzo el pelo y estoy lista.
- Vamos- le digo a Peeta.
Cuando se da vuelta para mirarme, se queda boquiabierto.
- Estas preciosa- me dice.
- Es toda ropa vieja.
- No me importa, nunca te había visto con unos pantalones tan cortitos, me gustan como se ven tus piernas.
- Pero si ya las has visto.¡ Peeta, me has visto completamente desnuda!
- Es diferente. Bueno, vámonos.
El frío de la mañana choca con nuestros cuerpos calientes apenas salimos de la cabaña. Nuestros arcos y las bolsas para las presas están a un costado. Luego de colgarnos las flechas, iniciamos el camino rodeando el lago, pero a trescientos o cuatrocientos metros de la orilla.
Por suerte y con el tiempo, Peeta aprendió a caminar sigilosamente. No es tan cuidadoso como Gale, pero ha mejorado mucho. Después de todos estos meses, puedo decir que disfruto cazar con ambos, aunque no es lo mismo. Mis incursiones con Gale están marcadas por la supervivencia, por la necesidad de sobrevivir al hambre y la miseria. Mis paseos con Peeta son más una excusa para estar juntos, aunque me he dado cuenta que a él le gusta cazar tanto como a mí. Al ser más tranquilo y paciente, hemos podido encontrar mejores presas y más grandes. Y las hemos podido vender mejor. Peeta junta el dinero, me dijo que lo tiene escondido en su dormitorio detrás de un cuadro en la pared. Cree que de acá a dos años será suficiente para que nos podamos casar sin necesidad de que yo tenga que ir a trabajar a las minas junto con él. La idea de verlo entrar a las minas me aterra, pero sin el apoyo de su madre no creo que pueda seguir trabajando en la panadería y él no quiere que yo entre a las minas, dice que me moriría como los canarios. Prefiere que siga cazando.
Después de dos horas de caminar, tenemos cuatro patos, tres gansos salvajes, cuatro conejos y cinco ardillas. Ya está empezando a hacer calor y no veo la hora de tirarme al agua fría.
- Antes de ir al lago, deberíamos poner las presas en un lugar oscuro y frio para que no se echen a perder.- le comento a Peeta.
- Me parece que debajo de la cabaña estarán bien, podemos preparar algo para almorzar. ¿Qué prefieres?
- Contigo, no dudo en asar un par de ardillas. Sé que te gustan mucho.
- Creo que es una de las mejores cosas que heredé de mi padre, el gusto por las ardillas y por la señorita que las caza.- me guiña el ojo.
Al pasar por la cabaña, busco una toalla, una lona, una botella de agua, dejamos las presas y llevamos dos ardillas y los fósforos. Luego me echo a correr hacia la orilla. Antes de llegar a la arena, pongo la lona en el suelo a un paso de la orilla, acomodo la toalla yo comienzo a sacarme la ropa. Si la cara de Peeta cuando me vio en los shorts me había llamado la atención, la que pone cuando me ve en la biquini es impagable. Parece como si hubiera perdido el habla.
- Katniss- es casi un suspiro.
-¿Te gusta? La encontré junto a tu traje de baño, nadie sabía para que servía. Es tu color favorito.
Peeta no me contesta. Simplemente se acerca a mí y me aplasta contra su cuerpo mientras me besa. No tenía ni idea el efecto que podía causarle, pero no estoy decepcionada. Así, abrazados, empiezo a moverme hacia la orilla hasta tocar el agua.
-¿ Crees que podré concentrarme en la natación teniéndote así a mi lado?- me pregunta con voz ronca.
- Vas a nadar porque el premio es sacarme la biquini. Pero no voy a dejar que me toques hasta que lo hagas. ¿Entendido Mellark?
- Si profesora Everdeen.
El agua está helada y poco a poco tengo la piel de gallina. Pero debo confesar que extrañaba el contraste entre el calor del clima casi veraniego y las cristalinas aguas del lago. Por otra parte, servirá para calmar un poco a Peeta y me dará tiempo para poder enseñarle antes de que se ponga un poco más cariñoso. Porque quiera o no, somos adolescentes y nos cuesta sacarnos las manos de encima. Cuando el agua me llega a las axilas me detengo y me coloco frente a Peeta.
- Si quieres puedes hacer un par de pasos más hacia adentro así puedes flotar mejor.- le digo.- Lo que quiero que hagas es que flotes, quiero que veas que no te vas a hundir. Mira como hago.
Entonces levanto mis piernas y dejo que floten hasta la superficie del agua para quedar horizontal con todo mi pelo sumergido. Luego de un minuto, vuelvo a mi posición de parada.
- Katniss, viéndote parece muy fácil, pero creo que me voy a hundir.
- Mira, primero no tienes que tener miedo, porque yo te voy a cuidar. Lo importante es que hagas fuerza con tus abdominales y con los músculos de tu espalda para mantener la posición acostado. Pueba que yo te sostengo.
Peeta da un paso más hacia lo hondo y suelta las piernas del suelo para dejarlas flotar. Yo me acerco y pongo una mano en la zona lumbar de su espalda para que sienta el lugar dónde tiene que centrar su fuerza.
-¿ Sientes dónde está mi mano? Es ahí donde tienes que concentrarte. Respira suave y profundamente y déjate llevar por la tranquilidad.
Luego de los primeros minutos, que lo noto un poco tenso, su respiración se calma y noto que entra en confianza. Saco mi mano. En cuanto aprende a flotar sobre su espalda, parece muy contento al estar sólo con la mirada fija en el cielo. Cuando ya han pasado uno quince o veinte minutos, vuelve a pararse.
- Es una sensación increíble- me dice con una sonrisa de oreja a oreja.
- Me alegro que te guste, te va a gustar más cuando puedas ver debajo del agua. Ahora quiero enseñarte cómo respirar.
Le muestro metiendo mi cara en el agua, tomando aire antes de sumergirme, sacando burbujas y moviendo la cara de un lado al otro para poder sacar la boca para inspirar aire. Después que me lo mostrado un par de veces y asegurarme que está cómodo, le propongo flotar boca abajo tomado de la mano.
- Ahora quiero que hagamos un pequeño juego. Nos vamos a agarrar de las manos, nos vamos a sumergir juntos y vamos a abrir los ojos y tratar de decirnos algo bajo el agua. Tienes que adivinar.
- Bueno- contesta como un niño.
- A la una, a las dos y a las tres.
Cuando estamos bajo el agua y abro los ojos le apretó la mano para que abra los suyos. La cara de asombro parece la de un niño y juntos empezamos al lanzar burbujas. Nos estamos riendo como locos bajo el agua. Cuando no hay más burbujas, mi boca gesticula un te amo. En el momento que salimos del agua, Peeta me abraza y me besa muy suavemente. Cuando se separa, me habla al oído.
- Yo también te amo, Katniss.
- ¿Te animas a hacer algunas brazadas?- digo como para cambiar de tema- Primero lo podemos hacer de espaldas y luego podemos practicarlo panza abajo.
- Si señorita Everdeen- sigue bromeando.
Entonces me pongo de espaldas y empiezo a hacer brazadas tratando de ir hacia la parte honda del lago, cerca hay una plataforma de madera a donde mi padre me llevaba para tirarme. Nado unos cincuenta metros y me doy vuelta para mirarlo.
- ¡Ves Peeta, acá no hago pie, pero puedo flotar si muevo mis piernas como si fueran tijeras!- le grito.
Vuelvo nadando estilo pecho hasta quedar a centímetros suyo. Lo abrazo y lo beso. Su piel está fría como la mía, pero siento el sabor del lago en su boca. Nuestras lenguas se tocan y empiezan una danza bastante conocida para los dos. De a poco, la fina capa de agua que separa nuestros cuerpos empieza a calentarse e instintivamente me agarro de su cuello y abrazo con mis piernas su cadera. Gemimos al únisono. De repente, Peeta dobla sus piernas y estamos los dos bajo el agua unidos por nuestras bocas. Pero cuando mis pulmones empiezan a quemar por falta de aire, pega un salto y salimos a la superficie. Los dos empezamos a reírnos.
- Me gustan tus clases de natación. Me gusta la sensación del agua alrededor de nuestros cuerpos. Me gustas mucho, pero mucho Katniss Everdeen.
- Tu también me gustas mucho Peeta Mellark, a veces me cuesta creer que te hayas fijado en mí- le digo casi como un susurro.
- Nunca te das el valor que mereces Katniss. Eres increíble. Ahora, puedo probar unas brazadas y luego podemos ir a comer, ¿qué te parece?
- Me parece bien, porque si seguimos así, vamos a cansarnos haciendo otras cosas y realmente quiero que aprendas a nadar.
Nos separamos y Peeta vuelve a una posición horizontal para volver a flotar. Unos minutos después, cuando se lo ve más confiado, empieza a hacer unas brazadas y patadas. Comienza a desplazarse hacia un lado y después, prueba mover sólo el brazo y la pierna de un lado, de manera de poder hacer un giro. Entonces vuelve. Y se va. La rutina se prolonga por unos veinte minutos. Luego, lo veo nadar hacia mí y pasarse. Me mira con una sonrisa de orgullo.
- ¡Gracias!- me dice contento.
- Estoy muy orgullosa de ti. ¿Qué te parece si vamos a buscar unas fresas para el postre.
- ¡Me parece perfecto!
Nadamos juntos un poco hasta la orilla y nos ponemos de pie cuando ya es poco profundo. De la mano salimos del agua y nos dirigimos hacia unos matorrales llenos de fresas y frambuesas. Juntamos unas cuantas y las lavamos en el lago. Después vamos a la cabaña a buscar pan, queso y unos tomates secos. Acto seguido, nos sentamos en la lona que está cerca de la orilla. Comemos en silencio, apreciando el paisaje y el canto de los pájaros. Todo huele maravilloso.
- Éste es el único lugar donde me siento yo misma- le confieso.
- Se nota en tu cara que te sientes feliz.
- No es sólo por esta acá, también estar contigo me hace feliz.- lo miro.
- Yo también estoy feliz de estar aquí contigo.
- A veces me pregunto cómo serían nuestras vidas si pudiéramos ir de un lugar a otro sin que nos controlaran, sin rejas electrificadas, sin Juegos del Hambre, sin diferencias entre La Veta y el pueblo.
- A veces también lo pienso. Sería más fácil para nosotros, por ejemplo.
- Puede ser, aunque yo sería igualmente pobre. Quizás mi padre no hubiera muerto en las minas
- Ven acá.- me dice Peeta abriendo los brazos para que me acomode en ellos.- No quiero que te pongas triste. ¿Qué quieres hacer ahora?
- La verdad, tengo ganas de dormir la siesta acá. ¿Qué te parece?
- Me encanta la idea.
Nos acostamos abrazados en la manta y el ruido de la respiración de Peeta y el canto de los pájaros me arrullaron. A la sombra no hace tanto calor y el calor del cuerpo de Peeta contrasta con la brisa que corre entre nuestros cuerpos.
Me despierta el canto de los pájaros aproximadamente una hora después, de acuerdo a la altura del sol, no hemos dormido mucho, pero me siento descansada. Nuestros cuerpos están enredados, siempre nos pasa cuando dormimos juntos.
De repente, Peeta comienza a tocarme. Sus toques son cautelosos. La brisa cosquillea mi piel semi húmeda. Las manos de Peeta están ahora sobre mis mejillas, acariciándolas, su tono es una corriente suave que pasa por mí. No puedo resistirme a tocarlo, mis dedos comienzan a trazar la forma del hueso de la cadera. Él captura el interior de mi muñeca y la besa. Sus ojos viajan de mi cara a mis pies y su intensa mirada hace retorcer a mi cuerpo. Ansío sus gemidos graves contra mi piel, nuestras piernas unidas y sólo quiero que me bese.
Y él lo hace. Su boca cepilla mi pómulo, se mueve a través de mi piel hasta picotear el lóbulo de mi oreja, entonces bajo, sí, más abajo, sus besos siguen por mi mandíbula, donde él suspira y suspiro con él. Ahora sus besos suaves cursan a través de mi cuello, marcando un camino a lo largo de mi hombro. Él besa mi nariz, mis cejas. Inclino mi cabeza para más y veo sus ojos abiertos sobre mí. Inhalamos juntos, más cerca, sí más cerca, de modo que nuestros labios inferiores se rocen. El contacto nos hace estremecer.
- Bésame- susurro.
Él enmarca mi cara, fijando su mirada con la mía hasta que me atrapa en su boca. Nos elevamos sobre nuestras rodillas, abrazados mientras nuestros labios se mueven con dulzor. Su lengua me busca y con cada movimiento rápido, me quemo. No es la primera vez que estoy con Peeta y siento que quiero vivir en este beso y nunca parar. Me disuelvo en su beso, mientras él acaricia mi paladar con su lengua. Me tomo de sus hombros y me abro para él. Gimoteo contra su lengua, mis dedos se zambullen donde su pelo encuentra su nuca.
Él aparta su boca y estiro el cuello hacia atrás mientras él aspira por mi cuello, descendiendo hasta la curva donde encuentra mi hombro. Con cada movimiento me hago más vocal. Él vira atrás y me mira con deseo. Mis ojos se detienen en sus labios, silenciosamente pidiendo más. Su respuesta es un gemido afirmativo. Él mide mis caderas, y sus labios se juntan con los míos otra vez, nuestras lenguas se azotan con impaciencia mientras volvemos a caernos sobre la manta.
Siento las pequeñas olas del lago salpican en nuestros pies y cómo la brisa nos envuelve. Estamos impacientes y jadeando. Él me tira en su regazo y mis piernas se abren y lo abrazan a la cintura. El contacto contra su erección y el frotamiento envía un destello de calor por mi cuerpo. Peeta toma un pechos con una mano mientras con la otra toma mis glúteos para levantarme hacia arriba de modo que mi pecho quede al nivel de su boca. Mientras le agarro la nuca y arrojo mi cabeza hacia atrás, corre la tela de la biquini que cubre mi pezón derecho y lo pone su boca para lamerlo.
- Peeta- canto- Peeta.
En cuanto comienzo, su misión se convierte en hacerme cantar chupándome hasta casi hacerme desmayar, como buscando las diferentes formas de jadear su nombre. Es imposible soportar la fricción en la parte inferior de nuestros cuerpos, la intimidad de estar retorciéndome contra su abdomen. En el segundo que él me libera, nos tuerce para dejarme de espaldas sobre la manta y los pedazos de tela de mi biquini desaparecen de mi cuerpo. Estoy apresurada. Lo necesito mucho, mucho más cerca. Pero Peeta tiene otra cosa en mente. Todos sus dedos y su labios están sobre mi clavícula, mi estómago, el arco de mis pies. Él fluctúa entre concentrase completamente en la tarea de besarme y comprobar mis reacciones.
Experimentalmente, forma como una taza con sus mano y recoge agua, para luego dejar caer gotitas frías entre las partes de mí cuerpo que están más necesitadas. Algunas aterrizan sobre mis pezones, otras gotean entre mis piernas, en el pico donde todos mis nervios se juntan. Peeta concentra en mi clítoris dejando caer una gota, dos gotas, todas sobre dónde estoy palpitando. Lloriqueo cuando otra gota de agua se disuelve en mí, otras caen de sus dedos y se pierden abajo en mi centro. Esto es la cosa más erótica que alguna vez he experimentado. Pero ... pero...
- No puedo esperar- digo- por favor. Ahora.
Sonriendo, Peeta se recuesta un poco sobre mi y saca un preservativo de entre las toallas. Luego se baja el traje de baño y se lo pone. Tengo sentimientos encontrados, entre la decepción porque no está besándome y la ansiedad por la anticipación de lo que pasará en unos instantes. Pero ahora me besa y se coloca encima mío. Los quejidos que salen de nuestras bocas cuando lo agarro y lo dirijo hacia mí, mientras acomodamos el ángulo nuestras caderas y observamos juntos como él desaparece dentro de mío son guturales.
De la boca de Peeta sale como un grito estrangulado. Él trata de hablar, pero todo lo que sale es una incoherencia tras otra. Agarro su cara y hago que me mire, sus ojos son los de un depredador. Así permanecemos, fijados el uno sobre el otro. Quiero devorarlo, pero lucho para controlarme. Una vez que él se coloca bien, aplano mis pies sobre la lona y levanto mi pelvis hacia él, moviéndome hacia arriba y hacia abajo para sugerir un ritmo sinuoso. Mientras me muevo, su boca se abre y comienza a emitir gemidos agudos, suaves pero laboriosos.
-¿ Lo sientes?- gimo.
Él cabecea desesperadamente y se pierde entre mis miembros, su cabeza aterriza sobre mi hombro. Yo le estoy haciendo ésto. Soy yo. Nadie más. Éste pensamiento me excita aún más. Luego de unos momentos, él se levanta en sus codos, inclinándose sobre mí un nuevo ángulo que manda electricidad por toda mi espalda. Él se retira y vuelve a lanzarse hacia adelante, una vez y otra vez, y sí, otra vez. Y luego, de repente, la punta golpea un punto dentro mío. Nuestros cuerpos se vuelven salvajes, acelerándose y tratando de tocar ese punto diminuto.
- Ah ... ah- maullo- Ah... Peeta.
No sé cuanto más podremos tolerar. Nos miramos fijamente el uno en el otro y sentimos la necesidad de más, más, más. Él se cae sobre mí y estamos gritando sobre el sonido de las olas. Hago un empuje final con mis caderas y lo logro. Peeta se paraliza, su boca se abre un gemido silencioso y me agarro de sus labios y lengua. Eso es lo que me termina mí, el gusto de él sucumbiendo a mí y me uno a él en mi orgasmo.
Nos derrumbamos. Su cabeza aterriza sobre mi pecho, sus labios descansan en lo alto de mi pecho. Podría hacer esto con él siempre. No fue largo, sin embargo siento como si hubiera durado una eternidad. Peeta se eleva para mirarme, para ver como estoy, si disfruté. Está colorado, como drogado. La sonrisa que me devuelve es enceguecedora.
Nos quedamos abrazados sobre la manta mientras tratamos de recuperar el aliento. Siento el agua que me toca las puntitas de los pies y la brisa que de a poco baja la temperatura de nuestros cuerpos. Es increíble la sensación de paz y protección que siento siempre que estoy en los brazo de Peeta. Más después de hacer el amor. Porque yo sé que no es sólo sexo, que hay muchos sentimientos involucrados que yo no puedo expresar. La única forma de expresarme es ésta y espero que, por ahora, sea suficiente.
- ¿ Es posible que cada vez sea mejor?- me pregunta con la voz todavía ronca y jadeante.
- ¿A qué te refieres?- contesto haciéndome la distraída, aunque se perfectamente de qué habla.
- A nosotros, cuando estamos juntos, al sexo. No, mejor dicho, no es sólo sexo para mí, es algo más.
- Si, ya lo sé, a mi me pasa lo mismo, sólo que ….- le contesto, un poco incómoda y tratando de aflojar un poco su abrazo para poder esquivar su mirada.
- … no lo puedes expresar. Te conozco Katniss, más de lo que tú crees.
- Si. Y es verdad, cada vez es mejor, pero eso es lo que más miedo me da- le digo tratando de relajar la charla.
- ¿Miedo? ¿Por qué?- me pregunta mientras trata de acomodar nuestros cuerpos sobre la manta para poder recostarnos más cómodamente.
- Bueno, sobre lo que pueda pasar… entre nosotros, en un par de años. Creo que mi mamá está convencida de que terminaré casada con Gale y a ti creo que ya te consiguieron candidata.
- ¿A quién te refieres?- me dice poniendo una mueca en su cara.
- A Delly, creo que les arreglaron el casamiento desde que nacieron!
- ¡No! ¡Ya te dije que Delly es como Prim para mí! Ella está interesada en otro Mellark desde que yo estoy interesado en una Everdeen- contesta apretando un poco el abrazo.
- ¿En quien?- lo miro sorprendida.
- En Naan. Ella siempre le gustó mi hermano del medio y el parecía que no estaba interesado, pero últimamente se han cruzado algunas miradas que me hacen pensar que cambió de opinión. Pero, con respecto a Gale, ¿tu mamá te ha dicho específicamente algo? ¿ Gale te ha dicho algo?- ahora es él el que frunce las cejas.
- ¡No!, pero tampoco me cuestiona nuestras incursiones al bosque, creo que piensa que como soy hija de un minero, transitivamente tenga que casarme con uno.
- Bueno, al fin y al cabo terminarás casada con uno cuando cumplamos 18 años.
- Ya sabes que no me gusta la idea de que vayas a trabajar a las minas- le digo con un puchero.
- Y tu sabes que no me quedará otra opción. Volviendo a Gale, ¿ no ha hecho ningún movimiento?
- ¿Qué tipo de movimiento?- pregunto sorprendida, aunque creo hacia dónde va su pregunta.
- Katniss, sé cómo te mira y no lo digo por celos, porque estoy muy seguro de lo nuestro, pero en estos últimos meses te mira diferente y, te lo aseguro, conozco ese tipo de mirada.
- ¿ Qué mirada?
- La que yo usaba y uso para mirarte a lo lejos, de deseo, de anhelo- me dice con un dejo de tristeza.
- No, no me ha dicho nada. Y no sé cómo reaccionaría si intentara algo, porque no quiero perder su amistad- ahora es mi turno de poner la mirada triste.
- Te entiendo, creo que él tampoco querría. Ya sé que él no estará de acuerdo con lo nuestro, pero yo valoro todo lo que ha hecho para ayudarte.
- Gracias, es importante para mí que entiendas eso. Su amistad es importante para mí, como también lo es la tuya, porque, si tengo que ser honesta, eres mi confidente. Eres el único que sabe todo de mí.
- Y tú también eres mi confidente. Sabes cosas que ni mis hermanos conocen- y despacio se acerca para besarme. No es un beso apasionado, es dulce, como para calmarme.- Hace bastante calor,¿ vamos a nadar otro rato?
- Bueno- le digo sin sonar muy sorprendida por el cambio repentino de tema- ¿Desnudos o con traje de baño?
- ¡ Desnudos! Nadie nos puede ver- me dice con una mueca pícara.
Nos desenredamos y despacio entramos al agua. Con el correr de la tarde el aire se ha puesto más caliente y el sol está más fuerte. El contraste con el agua fría del lago es deliciosa y es una clara invitación para nadar. Peeta reanuda sus intentos y de a poco sus movimientos son más fluidos. Mientras él nada por la superficie, yo voy buceando por debajo del agua para controlar sus movimientos. El agua es cristalina y me permite admirarlo sin que se de cuenta. Muchas veces me pregunto qué puede haber visto en mí, porque, a veces, el es tan hermoso que parece irreal.
Después de aproximadamente una hora de práctica, Peeta me propone hacer carreras. Entonces tratamos de nadar distancias más largas, como hasta la plataforma de madera que está en el medio. Cuando llegamos, nos sentamos un rato a descansar.
- Es raro estar en el agua y no tocar el fondo- me dice y mientras habla parece un niño que acaba de descubrir el sol.
- Si, pero me gusta la sensación. Me gusta flotar, pienso que debe ser como volar.
- Es verdad, nunca lo había pensado así. Sabe, pensé que me iba a dar miedo el agua, pero me encanta nadar. Gracias otra vez por traerme y enseñarme a nadar.
- De nada señor Mellark- le digo y le doy un pico en la boca- Ahora, si quieres, podemos aprender a tirarnos al agua. Es muy divertido y podemos hacerlo de diferentes formas. Podemos empezar con bomba, así- le digo mientras me paro, pego un salto y me sumerjo en el agua con las piernas abrazadas.
- ¡¿Qué fue eso?!- exclama cuando salgo a la superficie.
- Lo llamo tirarse como bomba. Y hay otras formas- le digo mientras me empujo con los brazo para subirme nuevamente a la plataforma- Ahora palito- y pego un salto y trato de entrar al agua con los brazos y piernas juntos y estirados.
- Ahora voy a probar yo, con estilo bomba- dice Peeta con una sonrisa pícara.
Me siento en el borde de la plataforma mientras veo que el se prepara para zambullirse. Pega un salto y se enrosca en sí mismo para caer al agua con un gran estruendo. Al ser más grande y pesado que yo, la cantidad de agua que sale expelida es considerable y comienzan a formarse olas que hace que la plataforma se mueva considerablemente. Yo comienzo a reírme descontroladamente al tiempo que veo que emerge y me mira con esos enormes ojos azules.
-¡Guau! Eso fue increíble- me dice mientras se sube nuevamente a la plataforma- ahora voy aprobar haciendo una maniobra de lucha libre. Mira bien.
Entonces se para y da una vuelta en el aire sobre su cabeza y cae casi de espaldas. Sospecho que le debe haber dolido porque sale del agua con la cara fruncida. La siguiente hora, nos la pasamos zambulléndonos desde la plataforma de diferentes formas, imitando a personas conocidas y hasta de la mano o abrazados. Me siento un poco cansado pero, puedo decir que, pocas veces en mi vida me he divertido tanto.
- Katniss, esto es genial. Nunca pensé que me divertiría tanto nadando- me dice casi como leyendo mi pensamiento- Ahora, mira cómo están mis manos.
- Tus dedos están arrugados porque hemos estado mucho tiempo dentro del agua. A Prim le pasa los mismo cuando está más de una hora haciendo un baño de inmersión.
-¿Pero se queda así para siempre?
- ¡No! Cuando se seca vuelve todo a la normalidad. ¿Qué te parece si salimos y aprovechamos las últimas hora de sol para secarnos y chequear las tramas?
- Me parece bien. ¿Estás cansada?
- Un poco y también tengo algo de hambre.
- Bueno, después de secarnos calentamos unos bollos de queso y preparamos té.
Nadamos relajadamente hasta la orilla y nos tiramos sobre la manta. A esta hora el sol no está tan fuerte, pero calienta. Nos sentamos abrazados viendo como los colores del cielo se van tornando de celeste a rosa y naranja. Es increíble cómo me he acostumbrado a estar desnuda cerca de Peeta, no siento más vergüenza como tenía al principio y me ha ayudado a hacer las paces con mi cuerpo. Yo sigo siendo huesuda y poco curvilínea, pero a él parece no importarle. En cambio, él, gracias al trabajo duro en la panadería y el entrenamiento de lucha tienen los músculos bien definidos. Sé que todavía tiene un dejo de niño en su cuerpo, pero no dejo de electrizarme cuando me imagino cómo será en un par de años, más teniendo en cuenta que, si nuestros planes se concretan, podrá disfrutar de su hermosura todos los días. Cuando todavía queda un poco de luz, la voz de Peeta me saca de mis pensamientos.
- Kat, deberíamos ir a chequear las trampas antes de que no podamos verlas. Vamos, pongámonos la ropa y volvamos a la cabaña.- me dice mientras me levanta suavemente.
Tomados de la mano levantamos nuestro pequeño campamento y vamos a chequear las trampas. Para nuestra suerte hay dos ardillas bien regordetas y un gran conejo. Ya en la cabaña nos sentamos en la improvisada mesita que hemos hecho con una tabla de madera y unos ladrillos viejos para empezar a preparar la cena. Mientras tanto, Peeta prepara té y calienta unos bollos de queso para aplacar el ruido que emite mi estómago vacío.
- Para ser tan chiquita, es increíble la cantidad de comida que puedes ingerir- me dice en broma.
- Debe ser el hambre atrasado- le digo un poco en serio, un poco en broma.
- Perdón, no quería sonar como un cretino.
- No te preocupes, no lo dije con mala intensión y debo admitir que desde hace un par de años no he experimentado el hambre extremo de los primeros meses tras la muerte de mi padre- Peeta se mueve se su lugar y me abraza.
- Nunca, pero nunca, mientras pueda estar cerca de ti, va a suceder lo mismo, ni a ti, ni a tu familia. ¿Está claro?
- Si- le digo casi como un suspiro tratando de contener las lágrimas.
En silencio preparamos un estofado de conejo con una ensalada de verdes. Como todavía no es verano, cuando el sol se pone, el ambiente baja de temperatura. Por eso, decidimos avivar un poco el fuego de la chimenea. Antes de ir a dormir, saco una crema que hace mi madre para evitar que la piel se caiga por las quemaduras del sol.
- Peeta, antes de acostarnos, deberíamos untarnos con esta crema que hace mi madre con manzanilla para que la piel no se caiga por las quemaduras de sol.
- ¿Cómo es eso?
- Bueno, yo pensaba que tu me podrías untar la crema y yo te la podría esparcir, así llegamos a la espalda y a todos lados. ¿ Te parece?
- Me encanta la idea- la sonrisa pícara le ilumina la cara.
- Primero a ti- le digo guiñándole un ojo.
Meto las manos en el pote y junto un poco de crema. Empiezo por su cara, suavemente, después con su orejas, que está un poco coloradas, y empiezo a bajar por el cuello y un poco los hombros. Vuelvo a buscar más de la emulsión que prepara mi madre y empiezo a untarle los brazos. Son tan anchos que tengo que usar mis dos manos. En todo este tiempo juntos, nunca me había tomado el tiempo para memorizar las forma de su cuerpo y, mientras amaso sus brazos, me sorprendo por la blancura y suavidad de su piel.
- Nunca nadie me había acariciado hasta que empezamos a salir- me dice Peeta con voz triste- Mi madre nunca fue afectiva conmigo y mi padre me abraza o me despeina, pero nunca me ha acariciado así.
- Creo que no podría cansarme de hacer lo que estoy haciendo. Creo que no eres consciente de lo bello que eres- le digo mientras esparzo crema por su torneado abdomen- Ahora date vuelta así unto tu espalda.
Es interesante la tarea porque me obliga a estirarme un poco, ya que Peeta me sobrepasa en altura en poco más de una cabeza. Además su espalda es bastante ancha, lo que me obliga a untar mis manos un par de veces con la crema de manzanilla. No puedo evitar la excitación cuando llego a la parte baja de su espalda, casi al comienzo de sus turgentes glúteos. Tiene unos bóxer de algodón puestos y me obliga o a pasar la crema por debajo o a sacárselos. Opto por la última opción y , en un solo movimiento, meto mis manos por debajo del elástico, lo ensancho y dejo caer la prenda al piso.
Inmediatamente Peeta suspira. Creo que ambos estamos pensando en lo mismo. Aunque estoy bastante excitada, no voy a dejar que el deseo me gane y me voy a dedicar a Peeta. Masajeo un poco más su glúteos y decido arrodillarme para untar sus piernas. Meto las manos en el pote y sin mirar hacia arriba le digo:
- Ahora puedes darte vuelta, así unto tus piernas. A pesar de que estuvimos mucho en el agua, tu piel es tan blanca que enseguida se pone colorada.
Peeta no me contesta, sólo siento su respiración acelerada. Sin embargo, se queda quieto, deja que siga con mi tarea. Uso las dos manos para masajear y emulsionar su pierna izquierda empezando desde el tobillo. Voy subiendo de a poco y me detengo en sus muslos y masajeo un poco el glúteo izquierdo nuevamente.
Si quiero hacer lo que quiero hacer, no debo dejar que se adelante. Vuelvo a untar mis manos y agarro su tobillo derecho. Sigo subiendo de a poco y cuando estoy terminando de masajear el muslo, apoyo mi mano derecha en el glúteo derecho para sostenerlo y con la izquierda agarro su pene con fuerza, que no está totalmente erecto. El gemido que exhala cuando poso mis labios sobre la punta de su miembro me da ánimo para seguir. Disfrutando de la suave textura, de apoco voy abriendo mi boca hasta logar cubrir la mayor candidad de su erección. De a poco siento como se tensa en mi boca y, un momento después, las manos de Peeta toman suavemente mi cabeza.
En esta posición, Peeta empieza a empujar y a salir de mi boca con movimientos suaves. Por mi parte, mi lengua comienza a enroscarse alrededor de su pene, mientras mis manos se colocan en ambos glúteos acompañando el movimiento de sus caderas y amansándolos suavemente. La mezcla del olor de la manzanilla, su clásico olor a canela y el sabor de las primeras gotitas de semen que empiezas a salir de su pene empiezan a inundar mis sentidos. Es intoxicante y me excita aún más.
Estoy tentada a tocarme el clítoris, pero no quiero desconcéntrame en mi tarea. Aumento la velocidad de las vueltas de mi lengua al tiempo que la respiración de Peeta se vuelve errática. Sé que está muy cerca del climax y me siento orgullo de poder causarle esto. Unos minutos después se queda como paralizado. Es la señal.
- Katnisssss
Me encanta cómo dice mi nombre. Me encanta saber que sólo yo puedo hacerle esto. Porque nunca he dudado que sólo está conmigo. Me encanta tenerlo en mi boca. Hace un par de años, me hubiera parecido una atrocidad. Sin embargo, ahora extraño cuando no puedo estar con Peeta en una forma tan íntima como estoy ahora. Agrego a los movimientos de mi lengua los de mi boca y empiezo a deslizarme sobre su erección para maximizar su orgasmo. Lo sostengo de los glúteos para que no se caiga mientras su cuerpo se sacude delante de mí.
Es impresionante ver como pareciera que se deshace entre mis manos y su cara se relaja por el placer. Trago su semen y chupo su pene hasta que queda totalmente limpio y él deja de sacudirse. De a poco sus rodillas se aflojan y empieza a deslizarse por el respaldo del silloncito dónde estaba apoyado. Ahora estamos los dos sentados en el piso, él jadeando y yo admirándolo. Toma con sus manos mi cara y me besa. Es un beso lánguido pero exploratorio. Su lengua pasa por toda la cavidad de mi boca, como buscándose. Parece que me quisiera limpiar.
Cuando ya estamos casi sin aire, corta el beso y conectamos nuestras miradas. La pupilas de Peeta están tan dilatadas que casi no se ve el azul de sus ojos, pero siento que puedo ver su alma.
- Te amo Katniss Everdeen- me dice suavemente.
- Yo también Peeta Mellark- me sorprendo diciendo pero trato de no agregar nada más. Él se da cuenta, pero no me presiona.
- Ahora me toca a mí encremarte. ¿ Me pasas el pote de crema?- dice como cambiando de tema y yo estoy secretamente agradecida.
Nos ponemos de pie nuevamente y el me coloca apoyada sobre el respaldo del silloncito. Le alcanzo el pote de crema de manzanilla y el introduce sus dos grandes manos. Aunque el primer contacto es frío, el calor que emanan sus palmas poco a poco van despertando cada terminación nerviosa de mi piel. Es increíble como semejantes manos puedan ser tan delicadas a la hora de pintar, decorar o tocarme. Peeta decide empezar por mi cuello.
- Me fascina lo largo que es tu cuello- me dice casi al oído mientras sus manos esparcen la emulsión- Eres muy hermosa, ya sé que no me crees cuando lo digo.
- Creo que no soy nada fuera de lo común, muy flacucha- le contesto mientras él busca el ruedo de mi camisón y de un solo movimiento lo saca por mi cabeza.
- Tu cuerpo es perfecto, tonificado, bien formado. Pero también eres hermosa por dentro y sé que muy pocos lo sabemos- me contesta mientras con dos manos amasa y unta uno de mis brazos- Tú no sabes el efecto que tienes sobre la gente.
- No, sólo me interesan las personas que amo, y no son muchas. Me interesa el efecto que tengo sobre ti.
- ¡Sí que lo tienes! Lo acabas de comprobar- me contesta con una carcajada.
Ahora está masajeando mi otro brazo. Busca más emulsión y pone sus manos sobre mis dos pechos. Gimo por la sensación, los está amasando muy delicadamente. Casi no puedo contener la necesidad de aliviar la tensión que se viene acumulando entre mis piernas desde que empezamos la tarea de humectarnos. Peeta me mira pícaramente, pero sigue con su tarea, bajando de a poco por mi tórax. Vuelve a impregnar sus manos y me rodea con sus brazos para untar mi espalda sin darme la vuelta. Cuando llega a la parte baja de mi espalda, saca sus manos, se agacha y se concentra en mi pierna izquierda. Como hice yo hace un rato, con las manos húmedas comienza desde el tobillo hacia arriba, cuidando no tocar mi entrepierna al llegar a mi muslo. Esto hace que exhale y suspiro de frustración.
- Paciencia- me dice con voz ronca.
Yo cierro los ojos y me dejo llevar por las sensaciones que esparcen sus manos sobre mi pierna derecha. Va subiendo de a poco y de detiene justo arriba de la rodilla. Siento que una mano deja la pierna, pero no abro mis ojos para ver qué pasa. Oigo ruiditos, pero no puedo precisar qué es lo que está haciendo Peeta. Luego, su mano está nuevamente sobre mi pierna, con más crema. Empieza el camino ascendente nuevamente. Y de pronto, todo pasa al unísono. Cuando su mano llega a la altura de mi entrepierna, un dedo comienza a presionar mi clítoris mientras el pulgar de la otra mano empieza a rozar uno de mis pezones. Al mismo tiempo, su lengua entra en mi boca que está abierta por la sorpresa de sus movimientos.
Segundos después y contra todo pronóstico, sobreviene mi orgasmo. Ya estoy tan excitada que Peeta no necesita casi nada para tenerme entre sus brazos sacudiéndome. Casi no me doy cuenta que me ha rotado sobre el respaldo y con sus manos me agarra los glúteos, los masajea un poco y de un empujón en seco me penetra. Si me quedaba aire, acaba de salir por mi boca, no de dolor, sino por el intenso placer que estoy sintiendo. Estoy tan mojada y el está tan duro que entra y sale de mi cuerpo con una facilidad impensada. Cada vez que vuelve a pujar dentro mío nuestros cuerpos se chocan sumando ruido a nuestros gemidos.
- Te amo, te amo- recita Peeta mientras lo único que yo puedo hacer es pensar en lo que me está haciendo.
- Si, asi- son las únicas palabras que puedo formular.
Peeta toma coraje, pero lo hace suavemente. Sigue en su ritmo y yo siento que no voy a durar mucho tiempo así. La fricción es deliciosa y siento que me gustaría estar así todo el día. Una de su mano izquierda deja mi glúteo y se posa sobre mi pecho izquierdo y lo empieza a estrujar. Hace un poco más de fuerza y endereza mi torso hasta que nuestras caras se alinean y nuestras bocas se conectan. El beso es suave pero apasionado lleno de lenguas y saliva. Ahora su lengua baja por mi cuello y vuelve a subir. Se detiene debajo de mi oreja y comienza a chupar la piel. Es el toque que faltaba para hacerme convulsionar de placer. Su orgasmo sobreviene segundos después y ambos comenzamos a movernos descontroladamente.
Cuando recupero la cordura estoy con todo mi cuerpo apoyado sobre el respaldo del silloncito y Peeta tiene todo su cuerpo apoyado sobre el mío. De a poco, siento como su pene se retrae y sale de mi vagina y de a poco comienza a moverse. Ahí me doy cuenta que el ruido que sentí era Peeta poniéndose un preservativo. En el fervor del momento, no me había dado cuenta de eso. Peeta descarta el preservativo en una bolsa de basura que hay a un costado y vuelve a buscarme al sillón. Me toma en sus brazos y me lleva hasta la cama. Nos colocamos juntos, desnudos bajo las mantas y me abraza.
- Nunca pensé que ponerte crema podría ser tan agradable- me dice abrazándome.
- Me imaginaba que nos iba a excitar, pero no tanto. ¿ Nos vas a ponerte los bóxer?
- No, me gusta dormir desnudo cuando estoy contigo.
- ¿ No te parece que descansaremos mejor si me pongo el camisón? No creo que puedas controlarte, te conozco.
- No me voy a controlar, pero tenemos los preservativos a mano. Además, no me trajiste hasta acá para que me controlara, ¿ o si?
- En realidad, no quiero que te controles. Lo de recién fue impresionante, pero no quiero que nos quedemos todo el día de mañana en la cama haciendo ….
- ¿… haciendo el amor?¡ No! Podemos ir afuera, como hoy a la tarde. No te preocupes, tengo mucha energía para seguir con todo lo que tienes planificado para mí.
- Ya lo creo que tienes mucha energía- le contesto mientras bostezo.
- Descansemos un rato, ya es de noche. Nos espera un largo día mañana.
- Si- le digo casi en un suspiro mientras siento que mis ojos se cierran.
Dormimos sin interrupción hasta antes del amanecer. Nunca deja de sorprenderme cómo la cercanía del cuerpo de Peeta aleja mis pesadillas. No puedo descartar que entre todo lo que nadamos y las otras actividades de ayer, estaba realmente cansada. No sé si es el insistente canto de los pájaros o la costumbre de despertarnos temprano, pero cuando abro mis ojos, los hermosos ojos de Peeta ya están fijos sobre mí.
- Buen día. ¿ Dormiste bien?- me pregunta mientras acaricia mi cara y la despeja de los pelos que está sueltos de la tradicional trenza.
- Si, gracias. Al parecer estaba bastante cansada.
- Bien. ¿ Viste que exageraste? No te desperté en toda la noche, a pesar de que dormimos desnudos.
- Si, te portaste bien- le digo mientras le acaricio la espalda. Instintivamente se acerca a mí y lo siento. Sonrío.
- Pero ahora que estás despierta ….- dice despacio mientras comienza a besar el cuello.
- Podríamos quedarnos un rato más en la cama…- agrego mientras comienzo a acariciar su pene suavemente.
Hacemos el amor entre sueños y nos volvemos a despertar cerca de las nueve de la mañana por el ruido de mi estómago.
- Creo que alguien necesita desayunar- dice Peeta mientras se estira para buscar sus bóxer.
- Son muchas horas de ayuno y actividad física- le contesto mientras saco mi biquini de la soga dónde la había dejado para que se seque.
-¿ Vamos a nadar después de desayunar?
- Si, pensé que querías perfeccionar un poco los movimientos. Si lo logras, tengo un lugar para mostrarte.
- Me parece bien. ¿ Qué quieres con el té? Quedan rollos de canela y dos bollos de queso.
- Podríamos omer los rollos de canela y dejar los bollos de queso para el almuerzo. ¿Qué te parece?
- Perfecto.
Desayunamos en silencio sentados en el porche de la cabaña disfrutando del canto de los pájaros y del paisaje del lago. Mientras esperamos que caliente un poco más el sol, Peeta busca su cuaderno y unos lápices y empieza a dibujar. Me quedo fascinada morando cómo se concentra en la tarea. Él mueve sus manos en forma experta mientras bajo el movimiento de los lápices comienzan a aparecer las escenas. El atardecer en el lago, nosotros nadando (en ésta se ven las gotitas de agua salpicando la superficie del lago), las trampas con algunas presas en ella, nosotros dos sobre la cama desnudos y abrazados. Todas son vívidas y coloridas. Cuando termina, me mira como si no hubiera pasado nada.
- ¿Te gustan?- pregunta con suavidad.
- Son hermosos. Es increíble lo que puedes crear en tan poco tiempo.
- Puedes quedarte con el que quieras.
- El que me gusta debería esconderlo para que nadie lo vea. ¿Tú que haces con ellos?
- ¿Con tus dibujos?- se le escapa.
- ¿Tienes hechos dibujos de mí?- se pone colorado.
- La verdad, sí. Muchos- baja la mirada.
- ¿Estoy desnuda, siempre?- es mi turno de ponerme colorada.
- Al principio, no. Pero desde que … si. Están escondidos, mi madre no los podría encontrar, te lo aseguro.
- Mientras que sólo tu los veas, no tengo problema. Me daría mucha vergüenza de que tus hermanos o tu padre los vieran.
- Mis hermanos me han pedido que les haga dibujos de mujeres desnudas, pero nunca los he hecho inspirado en ti. Me sentiría incómodo sabiendo que ellos los usan para … y están mirando tu imagen.
- ¿ Para qué los usan?- pregunto y me doy cuenta que sueno muy inocente.
- Kat, los usan para, diría yo, para inspirarse, tocarse.
- Ah- estoy segura que mi cara está de un color rojo tomate- Entonces, … los míos, … también.
- Si, yo también, pero sólo con los tuyos- contesta mientras le toca a él colorearse furiosamente.
Extrañamente no me siento molesta, más bien alagada. Pienso que aún cuando no estamos juntos necesita sentirse cerca. No puedo resistir la tentación de acercarme y besarlo más apasionadamente de lo que pretendo. Nos besamos durante un rato hasta que le propongo retomar las clases de natación. Corremos juntos hasta el lago y dedico parte de la mañana a tratar de mejorar sus movimientos, para que sean más dinámicos y efectivos.
Cerca del mediodía cortamos la clase para comer lo que quedó del estofado de conejo con los bollos de queso. No nos demoramos mucho. Ahora que Peeta tiene dominado el arte de natación, quiero llevarlo a un acantilado desde dónde nos podemos tirar al lago. Tenemos que saltar desde allí. Es un lugar a dónde mi padre me llevo sólo una vez y hace una par de años lo redescubrí. Luego de chequear las trampas y guardar las presas en la cabaña iniciamos el camino. Tenemos que caminar descalzos, pero el sendero no está lejos y va rodeando el lago. Cuando llegamos al acantilado, veo que Peeta mira con dudas hacia abajo.
- Yo no clasificaría ésta caída como mortal desde ésta altura, pero es bastante para mí. No sé si podré …- tartamudea.
- No es peligrosa, ya lo he hecho, me trajo mi padre.
- ¿ No hay otro más bajo? ¿ En otro lado?
- Hay, pero es aburrido.¡ Desde acá es más divertido!
- Pero ¿ podríamos resbalar cuando saltamos o podríamos tropezar con la roca camino abajo, podríamos golpear nuestras cabezas con una roca? ¡ Deja de sonreír!
- ¡ Sí, señor!- le digo mientras me pongo en posición para tirarme.
- Lo digo en serio.
- Sí, señor - Entonces tomo su mano, entrelazando mis dedos con los suyos- No nos va a pasar nada Peeta, nos protegeremos el uno al otro.
Es entonces cuando retrocedo un poco, empujándolo hacia atrás conmigo, tomamos una breve carrera y saltamos desde el borde. Estamos en borroso caída libre, nuestros sentidos se agudizan, la sensación de ingravidez es increíble y siento como Peeta se aferra a mi mano.
- ¡ Ohhh, estoy volandoooo- lo oigo gritar a mi lado.
De repente, golpeamos el agua. Oigo un chapoteo rugiente y luego nada. Estamos sumergidos durante unos segundos y luego nos estrellamos contra la superficie. Ahora estamos los dos flotando de la mano. Y de repente, ambos gritamos de alegría.
- Kat, me has sorprendido nuevamente. No voy a negar que estaba temeroso, pero esto fue increíble. ¿ Podemos ir de nuevo?
- Por supuesto, nademos hasta la orilla y volvamos a tirarnos, quizá podemos probar algunas de las formas que hicimos ayer en la plataforma.
- Dale- me dice con la intensidad de n niño de primaria.
Pasamos buena parte de la tarde haciendo el camino hasta el acantilado, saltando al agua y nadando hasta la orilla. Cuando el sol está llegando a su punto más alto, ambos estamos todavía en el lago. Entre subidas y bajadas, hemos pasado el tiempo rozándonos y la tensión se ha ido acumulando. Ninguno ha dicho nada todavía, pero cuando estamos nadando hasta la orilla y el agua aún nos llega hasta la cintura, Peeta se para y me abraza.
Primero le beso el hombro y voy bajando con mi lengua por uno de sus brazos. Es todo que él necesita para entender hacia dónde van mis pensamientos. Sus manos viajan encima de mi torso y se meten por debajo de los triángulos del sostén de mi biquini. Sus pulgares comienzas a rozar mis pezones y haciéndolos endurecer. Un suspiro escapa de mi boca mientras acerco mi pecho contra el suyo, demostrándole que quiero más. Mi novio disfruta masajeándome ya haciéndome relajar y cada vez estoy más mojada. Él está en las tempranas etapas de una erección y necesito liberarme. Peeta me sostiene con un brazo y mete su mano libre por el frente de la parte inferior de mi biquini.
- ¡Um!- los dos decimos al unísono.
Siento que me estoy derritiendo. Enredo mis dedos en su pelo húmedo tratando de buscar apoyo. Sé a dónde estamos yendo y sé que no seré capaz de sostenerme por mucho tiempo. Un dedo roza mi clítoris suavemente y a pesar del frío del agua, mi pulso empieza a acelerarse y siento como el deseo comienza a expandirse por mi cuerpo, desde los pies hasta mi ombligo. Me está calentando muy despacio. Me retuerzo y él pellizca mi lóbulo.
- Con paciencia- me dice con voz ronca.
Tiro de su pelo y él responde. Con la punta de su meñique apenas remonta mis labios. Apreta un poco más mi clítoris y mi cuerpo responde, me apretó más contra su mano, un movimiento ávido que es recompensado por un gemido de Peeta. Y ahora explora, un poco más atrevido, un poco más áspero hasta que él está allí. Sus dedos se deslizan y yo los monto ardientemente con el movimiento de mis caderas.
- Así Kat- me dice- Ábrete para mí.
Le hago caso, abro más mis piernas y siento que me prendo fuego. Los pantalones de mi novio se inflan por su erección. Peeta retira su dedo, me hace girar hacia él y engancha mis piernas alrededor de su cintura. Hay gotitas se sudor en su torso y sus pupilas brillan. Con su mano aparta la tela del calzón de mi bikini y me acaricia con la punta de su pene.
- Eres tan hermosa- me dice y cuando me mofo, captura mi barbilla, impidiéndome mirar hacia otro lado- Lo eres- insiste.
Entonces empuja dentro mío. Mis dientes se clavan en mi labio inferior, conteniendo un gemido. Me siento ingrávido y él aprovecha, agarrando mis caderas subiéndome y bajándo a lo largo de su miembro y exponiendo mi torso sobre el agua. Cada vez que bajo, él gira su pelvis hacia arriba de modo que nuestras caderas chocan. Nuestros alientos se mezclan. Su frente cae sobre mi hombro y redobla sus esfuerzos, azotando su cuerpo con el mío y sacudiéndome repetidamente en el aire. Con mis manos tomo su cara para poder fijar nuestras miradas. El azul me rodea, se empapa en mí, invade mi mente. Así fija en él es cuando me reviento, mi placer sale disparado en un millón de direcciones. Mi boca se abre por el orgasmo.
- Peeta- suspiro alarmada porque sé que no tenemos protección.
- Perdón, ya lo saco- contesta mientras una sensación de vacío me invade y siento el semen caliente que comienza a correr entre nuestros cuerpos mientras acaba sobre mí.
Estamos abrazados en el agua tratando de recuperar el aliento. Nos miramos y sonreímos. Nos besamos. Yo sigo colgada de Peeta mientras él sigue caminando por el agua hacia la orilla. Estamos irradiando calor en un lago lleno de agua fría. No puedo dejar de acariciarlo y besarlo. En un punto me doy cuenta que hemos salido del agua porque ya no me siento ingrávida, pero él me sigue cargando en sus brazos hasta depositarme en la arena. Pero no me suelta. No seguimos besando. En estos momentos me pregunto por qué no podemos parar. Al fin y al cabo somos adolescentes, somos un torbellino de hormonas y acá, en el lago, no hay nada ni nadie que nos detenga.
Seguimos acostados cerca de la orilla por un largo rato, nuestros cuerpos entrelazados. Es hermoso estar así al calor del sol. Es hermoso cómo se reflejan los rayos en la piel de Peeta, ya que hacen resaltar el color dorado de todo su vello corporal. Así como está ahora, parece hecho de oro. A medida que nuestros cuerpos se secan, la arena que está adherida se va cayendo. De repente, Peeta me saca del ensueño.
- Sabes, podríamos vivir acá, los dos, sin que nadie nos molestara.
- ¿ A qué te refieres?
Podríamos agrandar la cabaña, construir una cocina y un baño. Con el correr de los años podríamos hacer dos o tres habitaciones, de acuerdo a cuántos seamos.
- ¿Peeta?
- Ya sé que no quieres tener hijos por los juegos, pero si nacieran acá, del otro lado de la alambrada, nadie sabría de su existencia. Nadie nos miraría mal porque yo soy del pueblo y tú eres de La Veta.
- ¿Te refieres de escaparnos para vivir acá?
- Si, más o menos. Podríamos fingir nuestra muerte para que nadie nos busque.
- ¿Y nuestras familias?
- Si quieres podría venir tu mamá y tu hermana, habría que construir una habitación más.
- ¿Y con qué construiríamos?
- Estaba pensando que mi hermano Naan, que sabe construir, nos podría ayudar. En el cobertizo del fondo de casa hay un montón de materiales que podríamos usar. Con l dinero que tenemos ahorrado podríamos comprar los materiales para empezar.
- ¿ Cuando comenzaríamos? ¿Cómo haríamos?
- Te parece después de la cosecha. Con mi hermano, empezaríamos a traer los materiales y sólo podríamos construir hasta que empiece a nevar, durante los fines de semana. Tendría que hablar con mi padre y mi hermano mayor para que reacomode los turnos. No estoy pensando en venir este año, creo que deberíamos esperar hasta cumplir dieciocho para venir, para no despertar sospechas los días de la cosecha.
- Si decidimos que venga Prim, deberíamos esperar hasta sus dieciocho años.
- Es verdad, pero podríamos juntar más dinero, aunque nos tendríamos que casar y yo debería trabajar en las minas por cuatro años.
- Igualmente, después que cumpla dieciocho no voy a poder ayudar a Prim en la cosecha.
- ¿ A qué te refieres?
- Si Prim saliera elegida, yo me ofrecería como voluntaria. Por eso me esfuerzo para que ella no tenga que pedir las teselas.
- Katniss…
- Peeta, por supuesto que iría yo en su lugar, jamás dejaría que una niña de doce, trece o catorce años entrara a la arena.
- Si tú te ofrecieras como voluntaria, yo me ofrecería contigo.-
Peeta, es diferente…
- ¿ Cuál es la diferencia? De cualquier manera yo no voy a heredar la panadería, sólo sirvo para decorar tortas y magdalenas. Si viviésemos acá, podría cazar y venderle al padre de Delly las pieles. Podríamos comprar una pareja de cabras y otra de cerdos y hasta podríamos organizar las hierbas medicinales en una pequeña huerta para vender todo a escondidas en El Quemador.
- Todo si llegamos a los dieciocho años…
- Ya lo sé. La verdad, es que no tengo ganas de pensar en eso ahora. Me repugna la idea de loa Juegos del Hambre, del circo que hacen con los tributos y el miedo con el que manejan. La próxima cosecha es la última de Naan y después sólo quedo yo. Igual, si fuera cosecha, estoy seguro que él no se ofrecería de voluntario por mí.
- Peeta…- le digo acercándome más y acariciándole la mejilla.
Peeta me agarra la mano y la besa. Tienen la mirada triste. Es como si la realidad hubiera chocado contra sus planes. Nos quedamos sentados y abrazados mientras miramos el atardecer sobre las montañas. El la hora preferida de Peeta y la luz naranja del sol comienza a teñirnos. No me animo a hablar por miedo a seguir desilusionándolo. La idea no es mala, pero no es fácil de llevar a cabo. No podemos dejar rastros de nuestra huída. Creo que necesitamos planear con más detalle todo. Cuando el sol se ha puesto pero todavía hay algo de luz, me desenredo de sus brazos.
- Voy a ir a nadar un rato, necesito despedirme hasta la próxima vez que vengamos.
- Está bien, yo voy a ir a la cabaña prender el fuego para preparar la cena.
- Toma, ponla a secar- le digo mientras le alcanzo la biquini. Doy media vuelta y recorro los pazos hasta la orilla.
Cierro mis ojos y doy un paso adelante, sintiendo como el agua fresca sube alrededor de mis piernas a medida que me interno en el lago. Pronto, soy capaz de sumergirme completamente y siento que mi pelo se eleva alrededor mío. Me abro camino en la superficie y floto sobre mi espalda, moviendo mis brazos despacio para mantenerme a flote. El sol ya se ha hundido detrás de las colinas y el cielo ha pasado de un cobalto a un azul oscuro que se refleja en la superficie alrededor mío. No hay nada como estar a la deriva, el sentimiento ingrávido.
Me doy vuelta en el agua y floto sobre mi estómago, retrasando salir a la superficie para tomar aire lo más posible. Cuando no puedo aguantar más, saco la cabeza y tomo una bocanada de aire, dejando que el aire fresco de la noche llene mis pulmones. Mi corazón golpea con fuerza en mi pecho, pero esto me hace sentir viva. Descubro la plataforma de madera y nado hacia allá. Cuando me subo a la madera sólida, una brisa me envuelve haciéndome temblar. Una a una, las estrellas comienzan a asomarse en el cielo que se oscurece, entonces comienzo a contarlas.
Estoy a punto de zambullirme nuevamente en el agua para volver a la orilla cuando veo la puerta de la cabaña abierta en la distancia. La tenue luz que brilla dentro de la cabaña dibuja la figura tridimensional de Peeta antes de verlo moviéndose hacia mí. Me recuesto sobre la madera, enrollando las piernas sobre mi pecho y abrazándolas para esperarlo que llege hasta acá. A Peeta le toma un momento descubrirme en la oscuridad, pero cuando lo hace, no vacila en zambullirse en el agua y nadar rápidamente hasta la plataforma con brazadas seguras. Un momento después, está al mi lado sobre la madera. Mi corazón parece saltar cuando veo el agua hacer caminos por las duras líneas de su hermoso cuerpo. Peeta se sienta a mi lado, apenas tocándome e imita la posición de mi cuerpo. El silencio se estira entre nosotros casi torpemente, como esperando que el otro hable primero. Eventualmente es Peeta el que habla.
- No quería sacar ese tema y que termináramos el fin de semana así, tristes.
- Fue mi culpa, a veces no puedo evitar tener esos pensamientos negativos, la realidad a veces es tan dura que no puedo bajar la guardia.
- Sí, es verdad. Y yo encima vengo con planes descabellados. ¡ Perdón!
- ¡ No!, no tienes que disculparte. Y tu plan no es descabellado. Creo que hasta puede funcionar. Pero no será tan fácil.
- No, no será fácil.
- Si no te moleta, también podríamos decirle a los Hawthorne. Si somos más, podríamos ayudarnos entre todos.
- Es verdad, pero deberíamos ser más cuidadosos a la hora de desaparece, para no despertar sospecha.
- Sí, tienen razón.
- Entonces, ¿ te parece ponernos en marcha después de la cosecha?
- Si, tenemos dos años para dejar todo listo- le digo mientras lo miro a los ojos para que vea que estoy siendo sincera.
Peeta me mira y se acerca más. Sus dedos están todavía calientes a pesar del aire fresco cuando se posan en mi cuello, haciendo zumbar a mi piel. Los arrastra por mi espalda dejando una estela caliente. Cuando llegan a mi cintura, me doy cuenta de lo lejos que los siento. Entonces agarro sus manos con las mías y pongo sus brazos a mi alrededor, sosteniéndolo fuerte. Pronto estoy acurrucada en su pecho y él comienza a hociquear un lado de mi cuello, respirándome hasta poner un beso detrás de mi oreja.
Peeta se aprieta alrededor mío, casi como teniendo miedo de que yo desaparezca en cualquier momento. Quiero aflojar un poco su agarre, pero me aprieta más en sus brazos. Él se siente tan bien que termino por derretirme más en su abrazo. Él pone besos suaves a lo largo de mi cuello. Nunca me he sentido tan amada y tan segura como cuando estoy en sus brazos.
Rápidamente giro, moviendo mis piernas para dejarlas cruzadas en la parte baja de su espalda. Mis manos naturalmente se mueven hacia su cuello, mis dedos encuentran el suave pelo que crece en su nuca. Con cuidado sostengo su cara entre mis manos y la muevo para poder mirarlo a los ojos. Sus ojos se enfocan bruscamente sobre mí y me miran con una intensidad que quema, como congelándome en el lugar. Su frente se apoya en la mía y nuestras narices se rozan ligeramente una contra la otra. Mis manos en su cuello lo traen aún más cerca. Me inclino hacia adelante y mis labios tocan los suyos suavemente. Su boca se abre ligeramente, encontrando el ritmo en un beso.
Cierro la distancia minúscula que nos separa y mis labios cubren el movimiento de los suyos con eficacia. Él aspira mis labios y parece que tomara mi alma dentro suyo. Nuestros labios juegan el uno con el otro con cuidado, tomo su labio superior entre los míos y luego él hace lo mismo. Nuestras lenguas juegan, degustándonos, nada demasiado profundo. Es como si trazamos un mapa del uno del otro, tomándonos el tiempo para disfrutar. Una mano grande sostiene mi cara mientras la otra viaja a mi cintura, acercándome más.
Él se separa y nuestros ojos se abren perezosamente. Los suyos están pesados, reflejan lujuria y estoy bastante segura que son el espejo de mi propia mirada. De repente, él se ríe en silencio mientras me mira, como si recién descubriera que estoy desnuda.. Sus dedos comienzan a jugar con mi piel juguetonamente. Siento cosquillas, pero su acción deja mis pezones erectos. Se inclina hacia delante y vuelve a chupar mi labio inferior entre los suyos. Mi boca se abre, pero él apenas mete su lengua antes de sacarla nuevamente.
Parece que va a besarme otra vez, pero, en cambio, se inclina y su boca se posa en mi nuca, donde alterna entre besos y lamidas. Sus manos viajan alrededor de mis pechos, moviéndolas en círculos más apretados hasta que llegas a mis pezones, a los cuales pellizca. Un gemido sale de mi boca al tiempo que mi cabeza se cae hacia atrás, acción que inadvertidamente empuja mi pecho más cerca de su boca, la cual cierra sobre mi pecho derecho, mientras su lengua que sale para lamerme.
Una mano pellizca mi otro pezón descuidado y sin perder tiempo en moverse hacia abajo hasta agarrar mi sexo para que luego su dedo su índice comience a jugar con mi clítoris. Rápidamente el calor está viajando por todo mi cuerpo y, antes de darme cuenta, estoy ondulando sobre su regazo, buscando más. Siento que él está duro y listo y sé podría tomarme mi tiempo, pero solo quiero que él esté dentro mío. Me es difícil mover cualquiera de mis miembros en forma coordinada con lo que él me está haciendo, pero de algún modo logro agarrarme de su cabeza y tirarlo encima mío. Presiono mi boca contra la suya y, esta vez, nuestro beso no es nada lento.
Quiero todo que él tiene para darme y sé que él quiere lo mismo de mí, es evidente en las forma que nuestras lenguas ondulan una contra la otra. No me doy cuenta que él me está recostando sobre la plataforma hasta mis espalda toca la madera.
- Peeta, por favor- susurro contra sus labios, aunque no sé por qué estoy suplicando, solamente sé que necesito a más de él, más de esto, más de todo.
Muevo una mano hacia abajo a lo largo de su pecho y llego a sus abdominales, que se contraen y se alejan de mi mano como anticipando mis movimientos. Trazo con mi mano el contorno de su pene. Él empuja en mi mano y mi centro late con anticipación. Antes de que pueda hacer algo más, él agarra mi mano y frena cualquier exploración.
- Espera, déjeme asegurarme de que estás lista- dice contra mi oído y un temblor se descarga en mi cuerpo.
No sé si quiero esperar, solo sé que quiero sentirlo, pero estos pensamientos desaparecen el momento en que dos dedos se abren camino dentro de mí, entrando y saliendo. Su pulgar presiona firmemente en mi clítoris y mi cuerpo comienza a saltar a medida que las oleadas de placer empiezan a surcar mi cuerpo. Pronto se une su boca y su lengua comienza a girar alrededor, extendiendo la humedad y haciendo que mi corazón lata aún más rápido en mi pecho. Siento que voy a explotar. No importa lo bueno que se sienta este momento, esperar no es más una opción, entonces mis manos agarran sus rizos rubios y le doy un tirón para acercarlos a mi cuerpo
- ¡ Guau, Katniss, eso duele!- me dice mientras se frota la cima de su cabeza, al tiempo que una sonrisa su dibuja en sus labios indicando que en realidad no le preocupa, aunque no evita que me ponga colorada.
- Perdón, yo solo, solo quiero estar ... contigo. Lo lento puede esperar más tarde- tartamudeo con mis palabras y sé que no soy clara, pero cuando miro a sus ojos, que brillan en la oscuridad, sé que él siente exactamente lo mismo. Solo necesitamos estar juntos y sentir que esto es verdadero.
Él me besa profundamente mientras cada centímetro de su cuerpo me presiona contra la madera debajo mío antes de que se pare y se levanta ligeramente sobre mí mirándome fijamente como si fuera a desaparecer en cualquier momento. Él toma su erección en su mano y se alinea, pero pausa justo en mi entrada, como pidiendo permiso. Pero yo estoy demasiado impaciente, entonces lo agarro y le ayudo a empujar dentro mí. Solo la punta está dentro y la deja allí durante un momento antes de que empuje con sus caderas. Un gemido sale de mis labios, mientras mi cabeza se cae hacia atrás golpeando la madera con fuerza. Sólo siento su pene llenando cada centímetro de mi.
Miro hacia abajo en donde estamos unidos, sintiendo que el aliento de Peeta acaricia mi cara. En éste momento comprendo en dónde estoy. La madera dura debajo mío. El fuerte cuerpo que se mueve encima mío. Sus músculos ondulantes bajo las puntas de mis dedos. Su pene grueso que se mueve dentro y fuera mío. El sonido del agua debajo de la plataforma. Mis pies que descansan en su trasero musculoso. Mis pezones que rozan contra su pecho desnudo. Sus gruñidos en mi oído. Sus testículos golpeando contra mi piel mojada. Las estrellas brillando encima nuestro. Y todo es demasiado. Todos pone brillante en el momento en que sobreviene mi orgasmo, con tanta fuerza que siento como si el aire hubiera abandonado mi cuerpo y no quiere volver.
Cuando finalmente recupero la respiración, Peeta todavía se mueve dentro mío, sus ojos azules están brillando de asombro. Agarro su cabeza y lo derribo, necesito tener sus labios sobre los míos cuando él se viene. Y cuando ellos me tocan, él comienza a perder el control y sus pujos se hacen rápidos y erráticos. Entonces miro su cara y veo como sus ojos se ponen en blanco cuando comienza su orgasmos y expulsa su semen con fuerza dentro mío. No puedo menos que pensar en lo hermoso que es él cuando la luz de la luna juega con su mandíbula apretada. Él cae hacia abajo pesadamente sobre mí mientras trata de recuperar su aliento. Yo apretó mis brazos alrededor suyo, sosteniéndolo bien cerca antes de que rodemos sobre nuestros lados.
Suavemente, acaricio con mis dedos su frente mientras él sigue dándome besos suaves por toda mi cara una y otra vez. Siento que podría vivir en este momento siempre.
- Te amo tanto Katniss- susurra entre besos y no sé si mi corazón puede soportar el sentimiento tan intenso que esas palabras generan en mí.
- Yo también- le contesto y sus ojos se abren tanto por la alegría como si le hubiera dado el mundo, aún sin haber dicho esas palabras que él tanto se merece.
Nos quedamos un momento más sobre la plataforma recuperando la frecuencia cardíaca antes de sumergirnos en el agua y nadar hasta la rodilla. Salimos caminando tomados de la mano y recorremos el camino hasta la cabaña corriendo por el frío. Al entrar, el calor de la chimenea es como un golpe, bienvenido, ya que los dos estamos con la piel erizada. Nos secamos y nos ponemos el pijama y nos sentamos a comer las sobras.
No pasa mucho tiempo antes que sienta el cansancio del día y de nuestras actividades amorosas. Un bostezo es la señal para que decidamos acostarnos, no sin antes preparar los bolsos para salir temprano. Sabemos que tenemos que salir antes de que amanezca para que no nos vean pasar por la reja. Cuando estamos juntos bajo las mantas, abrazados para conservar bien el calor, me doy vuelta y le digo:
- Está bien, comencemos a comprar lo necesario como para mudarnos en dos años.
Peeta me aprieta entre sus brazos y me besa la frente. Minutos después, ambos caemos un sueño tranquilo, sabiendo que podemos pensar en un futuro juntos sin tantas complicaciones.
