Mi mirada está perdida en algún rincón de la discoteca por donde lo he visto salir hace escasos minutos. Los ojos me arden y me llevo una mano a ellos, descubriendo que han comenzando a descargar todo aquello que me he negado a dejar aflorar. Me siento mareada, hastiada, lo que hace que me apoye en uno de los sofás para evitar caerme. Escucho pasos a mi espalda pero no me siento con fuerzas como para encarar a nadie, así que continuo mirando al frente.
- Kate.. - escucho su voz detrás de mi y puedo notar que está muy cerca - ¿Estás bien? - intento hablar pero el shock ha sido tan fuerte que soy incapaz de pronunciar nada - ¿Quién era ese hombre?
- Mi prometido – consigo decir sin girarme aun, tratando de mantenerme en pie.
Robert me rodea y se coloca frente a mí.
- ¿Tu prometido? - me pregunta incrédulo - ¿Por qué no me lo dijiste antes? Kate, no hubiese hecho nada si llego a saberlo ¿Por qué me lo ocultaste?
- Yo... no lo oculte – balbuceo, tratando de comprender por qué no se lo dije - Simplemente no te dije nada.
- Que viene a ser lo mismo. ¿Es que os habéis peleado? ¿Has querido vengarte de él usándome a mi y por eso no me dijiste nada?
- No, no es eso. Es... es complicado de explicar.
- Ven – me tiende su mano y yo rehuyo de él, temerosa de volver a caer en sus redes – No te voy a hacer nada – me dice como si me hubiese leído la mente – Podemos sentarnos y hablar de esto.
- Me gustaría irme a casa – le digo por toda respuesta, incapaz de pasar ni un segundo más en esa discoteca.
- Está bien, quizá otro día – se intenta consolar a si mismo – Te llevaré con tu amiga. No quiero que te vayas sola a estas horas de la noche, y deduzco que no te apetecerá mi compañía.
- Robert, lo siento – me disculpo mientras caminamos hacia el grupo.
- ¿Que sientes qué, Kate? - se para y se gira hacia mí.
- Haberte hecho creer que estaba sola. No era mi intención lastimarte ni mentirte.
- No tienes que disculparte. Debí haberte preguntado – sentencia, poniendo punto y final a la conversación.
Está enfadado y no puedo reprochárselo. Lo que ha sucedido ha sido cosa de los dos y ambos hemos tenido nuestra parte de culpa.
Permanecemos en silencio, algo que me resulta incómodo, pero no hago nada por romperlo. Solo quiero cerrar los ojos y que al abrirlos esté en mi habitación, el único lugar en el que en este momento me apetece estar.
Veo una figura acercarse hacia mi. Tras unos segundos logro discernir que se trata de Lanie.
- ¿Dónde te habías metido? Llevo un rato buscándote – al ver a Robert a mi lado, esboza una pícara sonrisa – Ah, ya veo. Podrías haber avisado, pillina.
- Lanie, ¿podrías acompañar a Kate a casa? No se encuentra bien y no quiero que se vaya sola – le dice por toda explicación y mentalmente lo agradezco. No estoy para volver a revivir lo que acaba de suceder.
- ¿Qué te ocurre Kate? - me pregunta preocupada.
- Ha debido ser la cena – le miento pues ni tiempo he tenido para prepararme un simple sándwich – No quiero fastidiarte la noche. Tomaré un taxi y me meteré en la cama.
- De eso nada. No voy a dejarte sola – su firmeza no deja lugar a réplica y yo me abstengo de negarme, porque sé que no habría mejor compañía que la de ella – Robert, ha sido un placer – se acerca a él y esta vez es ella quien le planta dos sonoros besos en la mejilla – Despídeme de tus amigos. Espero que nos volvamos a ver.
- Algún día – responde Robert sin dejar de observarme, estudiando cada movimiento o gesto mio – Kate, me ha encantado conocerte – se acerca a mí pero en lugar de repetir el gesto de Lanie, me da un abrazo. Mi reticencia no pasa desapercibida para él, por lo que se acerca a mi oído para que solo yo lo pueda oír – Lo siento. Espero no haberte causado muchos problemas. Créeme que no era mi intención, Kate.
Se separa de mí y me deja aturdida, como si hubiese pasado un huracán a mi alrededor que ha puesto el mundo del revés.
- Hasta la próxima – se despide Lanie y comienza a caminar. Me cuesta unos segundos reaccionar y cuando lo hago, le doy la espalda a Robert y sigo el rumbo de mi amiga sin decirle ni una palabra de despedida al italiano.
Lanie consigue parar un taxi libre, un proeza a esas horas de la noche. Tras entrar en él, vuelvo a sumirme en aquel mutismo del que he hecho gala minutos antes. No me apetece hablar, no me siento con fuerzas para ello, así que decido contemplar el paisaje de Nueva York envuelto por la oscura noche.
- Kate, ¿qué te ocurre? - me pregunta Lanie cuando llegamos a mi apartamento – Llevas callada desde que salimos de la discoteca ¿Qué te ha pasado con Robert?
- ¿Cómo sabes que estoy así...
- por algo que te ha sucedido con él? - termina mi pregunta – Beckett, te conozco. He visto tu reacción cuando se despidió de ti y he notado lo incómodo que estaba él.
- Es largo de explicar – le digo con desgana - ¿Quieres una copa de vino?
He llegado a la conclusión de que no puedo seguir callándome más. Necesito hablar con alguien de lo sucedido y todos los sentimientos encontrados que se han adueñado de mi, y Lanie es la persona adecuada para ello.
- No estaría mal – contesta mientras camina hacia el sofá y se sienta.
Hay demasiado confianza entre ella y yo como para que se encuentre como en su propia casa, moviéndose sin ningún pudor por ella.
Me dirijo hacia la cocina y lleno dos copas de vino. Lanie está esperándome cómodamente en el sofá.
- ¿Me vas a contar ya que te ha pasado con Robert? Me tienes en ascuas.
No soy capaz de contenerme más. Siento que voy a estallar y rompo a llorar sin que nada me pueda frenar.
- Lanie, lo vi.
- ¿Que viste a quién cariño? Me estás asustando ¿Qué te ocurre?
Como puedo le hago participe de todo lo que ha sucedido desde que salimos del taxi, hace algunas horas, con la idea de pasar una noche de chicas. Lanie no me interrumpe y con sus gestos me anima a continuar. Poco a poco voy sintiéndome más cómoda, como si me hubiese quitado un gran lastre de encima que me arrastraba hacia el fondo.
- Me preocupé mucho cuando te fuiste. Vi como Robert no te quitaba ojo y temí que hicieses algo de lo que luego te pudiese arrepentir.
- No debí haberle seguido el juego.
- ¿Y por qué lo hiciste? Nuestros actos tienen consecuencias. Deberías saberlo – me reprende - A mi no me puedes engañar. Sé que sigues enamorada de Castle. Lo que no entiendo es por qué tratas de negártelo.
- No lo sé. Hace mucho que nadie se comporta conmigo del modo en que lo hizo Robert. El año que estuve en Washington con Castle no nos fue muy bien y echaba de menos sentirme importante para alguien. Quería alejarlo de mi mente, seguir con mi vida, porque suponía que no querría saber nada de mi a juzgar por el poco o nulo interés que ha mostrado estos dos meses que llevamos sin saber el uno del otro. Pero me equivoqué. Pude ver su dolor cuando me vio besando a Robert. Lanie, creo que aun siente algo por mi. Pero dudo que ahora quiera volver a verme – las lágrimas vuelven a correr libres por mi mejillas como si fuese un río después de un día de intensa lluvia.
Lanie, compungida por mi estado, me abraza.
- Le he perdido – digo entre lágrimas rodeada aun por los brazos de mi amiga.
- No tires la toalla aun, Kate. Ahora Castle debe estar dolido y no querrá atender a explicaciones, pero eso pasará. Aléjate de Robert si no quieres volver a tener problemas y ve a por el chico escritor – su modo de llamarlo hace que sonría – Eso está mejor. Kate, por favor, no dejes que desaparezca de tu vida. No lo alejes de ti como has hecho en tus anteriores relaciones. Te conozco; sé que aunque Castle casi lo consigue, el muro aun sigue en pie. Se tambalea pero tú le pones frenos para que no se derrumbe. Por favor, deja de esconderte tras él.
Me quedo en silencio, pensando en lo que acaba de decirme. Sé que tiene razón pero no es sencillo. Inevitablemente siento miedo de abrirme completamente a él, de exponerme al 100% sin protección alguna, de ser un blanco fácil y acabar herida. Pero no quiero perderlo. No puedo perderlo. Y con esa idea me digo a mi misma que tengo que hacer algo para arreglar lo que yo misma he estropeado.
- Piensa en lo que te he dicho y descansa – Lanie se levanta del sofá y deja la copa vacía sobre la mesa del salón – Mañana tenemos mucho trabajo que hacer.
Camino con ella hacia la puerta de la casa y la abro. Lanie cruza el dintel y antes de que se vaya, la llamo.
- Lanie – se gira – Sé que no te lo digo nunca y debería hacerlo más. Gracias.
Mi amiga esboza una sonrisa que pronto me contagia.
- ¿Para qué estamos las amigas si no es para ayudarnos? Anda, entre en casa y métete en la cama. Hasta mañana Kate.
- Hasta mañana Lanie.
He perdido la noción del tiempo. Me parece que llevo horas andando aunque no podría saberlo con exactitud. No me he dado cuenta que he caminado por Nueva York más que en toda mi vida. La noche comienza a cederle protagonismo al sol, que se abre paso lentamente, lo que me avisa que es tarde, muy tarde. Me he debido pasar toda la noche recorriendo Nueva York sin ser consciente de ello. Sigo caminando ya que estoy a diez escasos minutos del loft y no me apetece tomar un taxi.
Cuando llego a casa, entro con sigilo y me dirijo a la cocina. No me da tiempo a reaccionar cuando me doy de bruces con ella.
- ¡Madre! Que susto.
- Buenos días querido ¿Acabas de llegar? - me pregunta al verme con la misma ropa con la que me vio salir anoche - ¿Qué tal lo pasaste?
- Estoy cansado. Me he acercado a por un vaso de agua antes de irme a descansar – le digo para no entrar en detalles y tener que explicarle todo lo ocurrido. Aunque de nada me sirve.
- ¿Qué pasa Richard? Te noto preocupado.
Giro sobre mis talones y me vuelvo hacia ella.
- Es.. Kate.
- ¿Has hablado con ella? ¿Cómo está? - me pregunta como una metralleta sin darme tiempo a explicarme. Yo, que no tengo ganas de hablar, la dejo que continúe - ¿Sigue trabajando para el FBI? Cuéntamelo todo.
- Madre la... la he visto.
- ¿Cómo? ¿Ha vuelto?
Suspiro y me armo de paciencia. Voy a necesitar mucha. Me espera un largo día.
- ¿Quieres una taza de café, madre? Lo que tengo que contarte es un poco largo.
- Claro Richard.
Me acerco a la cafetera y con delicadeza preparo dos cafés. Inevitablemente el olor me recuerda a ella, algo que me tortura aun más. Y es que no lo puedo evitar. Está metida en mi mente, en mis recuerdos, en cada poro de mi piel. Está metida en mi vida y es imposible que la olvide.
- Ten – le digo dándole su taza de café.
- Gracias. ¿Qué ha ocurrido con Kate?
Con calma le voy contando todo lo que ha sucedido aquella noche. Veo su expresión de sorpresa e incluso de incredulidad cuando llego a la parte más dolorosa. Continuo sin pararme en ningún momento, temeroso que de hacerlo, sea incapaz de seguir.
- ¿Estás seguro de lo que has visto hijo?
- Si madre. No tengo ninguna duda.
- Querido, de ser así no puedes reprocharle nada. Hace algo más de dos meses que hacéis vida de solteros pese a que sigáis comprometidos. Tú no te has preocupado por saber nada de ella, igual que ella tampoco ha intentado saber de ti.
- ¡Pero es mi prometida! - exclamo ofuscado.
- ¿Y qué? ¿Qué significa eso exactamente si no os habéis hablado en meses? Hijo, que es Kate de quien estamos hablando, no de una monja. ¿Te hubieses preocupado de llamarla o saber de ella si no la llegas a ver esta noche?
- Madre, yo...
- No Richard, no puede culparla porque haga su vida – me interrumpe - Que tú hayas decidido no hacerla no quiere decir que ella tenga que imitarte si nunca lo hablasteis. Nunca decidisteis mantener esa conversación después de que Kate quisiese seguir en el FBI, y debisteis hacerlo.
- Lo sé. Sé que debimos mantener esa conversación para no hacernos daño en el futuro, pero ninguno dimos el paso. Yo pensé que si lo hacía, de algún modo estaría rompiendo nuestra relación y no quise. Sé que no puedo reprocharle nada, pero eso no hace que me duela menos. La quiero. No he dejado de quererla ni creo que pueda. Quise hacerme creer a mi mismo que podría sacarla de mi cabeza, pero no puedo. Me importa demasiado.
- ¿Y por qué no se lo dices? Richard, Kate no va a estar esperándote eternamente. Es una mujer dura y, por lo que he podido comprobar, pocas veces sincera sobre sus sentimientos. ¿Quién te dice que no siente por ti lo mismo que tú por ella?
- No lo creo madre. Si sintiese lo mismo que yo no hubiese continuado en el FBI sabiendo como acabaría nuestra relación.
- Me parece mentira que no la conozcas todavía. Hijo, su trabajo ha sido siempre su vida. No puedes pedirle de un día para otro que deje un gran puesto como el que tiene en DC. Le diste a elegir y la pusiste en una encrucijada. Decidió seguir por el camino fácil, el que conocía, antes de arriesgarme por un camino que desconocía y del que no sabía si habría salida posible.
- ¿Quieres decir que debí seguir con ella en Washington pese a que nuestra relación cayese empicado por su dedicación al trabajo?
- No querido. Digo que quizá no fue la opción más acertada el seguirla a DC. La conoces muy bien y, aunque te lo negases a ti mismo, sabías que esto podía pasar.
- ¿Y ahora que hago madre? - le pregunto confuso, sin saber cómo seguir después de lo ocurrido.
- Eso solo lo puedes decir tú. Pero yo te aconsejo que trates de hablar con ella, aunque solo sea para saber si ha vuelto definitivamente a Nueva York. Tenéis una conversación pendiente y creo que es hora de que os sentéis y habléis tranquilamente.
- Gracias madre – me acerco a ella y le doy un beso en la mejilla, algo que pocas veces hago y que la deja sorprendida – Ahora me voy a descansar. Ha sido una larga noche y necesito dejar la mente en blanco durante algunas horas.
- Ve a dormir un poco, te vendrá bien. Yo me marcho a la escuela. No sé a que hora llegaré. Hoy tenemos ensayo general antes del estreno de la obra de mañana – me dice ilusionada cual niño en navidad.
Con el vaso de agua entre mis manos camino hacia mi habitación y cierro la puerta.
Coloco el recipiente sobre la mesita de noche y observo la foto que hay en ella.
Aquel caso, hace algo más de un año, casi le cuesta la vida. En el registro de la casa del sospechoso de causar la explosión de un piso en el centro de Nueva York, Kate pisó una bomba que había colocada en ella y su vida pendió de un hilo durante varias horas.
Recuerdo la angustia y el dolor que sentía al pensar que pudiese perderla, y como me impuse a mi mismo aparcar ese sentimiento para que ella no lo notase.
Cuando la pesadilla acabó, no quería hacer otra cosa que besarla y no separarme de Kate. Fue entonces cuando Gates nos confesó que sabía que llevábamos un tiempo juntos. Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando no se negó a que continuásemos trabajando juntos. Yo no podía dejar de besarle y, ajenos a todos y a todo, Ryan aprovechó para hacernos una foto con su iPhone. Días después nos la llevó a la comisaría para que tuviésemos un recuerdo de aquel día. Desde entonces aquella foto había estado en mi loft, en la que fue nuestra habitación.
Deslizo mi mano por la foto, como si a través de ella pudiera acariciar a mi musa, la persona que se ha convertido en mi todo. La foto se va haciendo borrosa a mis ojos y se va empañando de lágrimas que corren libres por mi mejilla para acabar estampadas en aquel recuerdo de un tiempo feliz.
Atraigo la foto entre mis brazos, reteniéndola con fuerza, y me dejo caer en la cama, dando vía libre a mis sentimientos, dejando que todo aquello que luchaba por salir, lo haga de golpe, sin control, haciendo que me sienta diminuto en un mundo gigante.
Poco a poco mi cuerpo se va relajando hasta que mis párpados comienzan a cerrarse, haciendo que la luz que me llegue sea cada vez mejor. Lentamente me voy sumiendo en un profundo y reparador sueño.
