"Día de Lluvia"
Tercera parte
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- ¡Creí que dijiste que no le tenías miedo a las agujas! – suelta una carcajada el doctor, mientras tiraba en el tacho de basura la jeringa utilizada.
Un rubio alterado, algo mareado y tratando de recuperar el aliento, se encontraba sentado en el sillón que le correspondía en verdad al doctor.
- E-es que… ¡Hace mucho q-que no me ponían una! – respiraba agitadamente.
¡Se le había bajado la presión!
- A-demás… U-usted… ¡¡Usted me mintió!! ¡No se sintió para nada como la picadura de un mosquito! – acusa señalándolo, sintiéndose indignado por la cruel mentira de parte del mayor.
- Yo dije "Como si fuera…". En realidad, no afirmé nada – sonríe sin poder contener la risa.
Edward se sonroja a más no poder, aún con "INDIGNACIÓN" escrito en la frente.
Lleva su mano derecha hacia su brazo, sin poder evitar tocar el algodoncito que cubría la "picadura".
- ¿No le habrás agarrado algún tipo de trauma a las--- ..?
- ¡¡Que no!! ¡¡No les tengo miedo!! – interrumpe negando rápidamente con su cabeza.
- ¿Y por qué se te ha bajado la presión, eh? – sonríe malicioso el mayor.
- ¡¿Así tratas a todos los pacientes?! ¡No te recomendaré a nadie!
El doc estaba que no podía más de la risa, varias lagrimitas de tentación se notaban al borde de sus ojos.
- No.. sólo que tú eres especial.
Se acerca al niño y apoya su mano en su cabeza, acariciando su rubia cabellera, despeinándola un poco.
Él joven se sorprende por el acto. El rubor y el "enojo" desaparecen inmediatamente al sentir el tacto del hombre.
Éste sonríe comprensivo. Sabía que algo no andaba bien en el pequeño…y no era necesariamente por su "temor" a las agujas.
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- Sé feliz… Edward – menciona con tranquilidad – Disfruta cada segundo del milagro de la vida.
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Esas palabras hicieron eco en su mente.
Realmente… ¿Podría llegar a tener una posibilidad de apreciar su realidad?
- Te espero mañana para los resultados – finaliza dejándolo y abriéndole la puerta de la oficina, brindándole el paso de salida.
Ya descubriría qué escondía el niño.
Pero para eso…
Había tiempo…
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Los análisis estarían listos en veinticuatro horas, según le había dicho el doctor.
Caminaba tranquilo por las veredas de piedra de uno de los más lindos parques del pueblo, aspirando el dulce y fresco aroma del rocío de la hojas.
El aire gélido lograba relajarlo.
La sola idea de que el otoño se acercaba lo encantaba totalmente.
Amaba esa estación.
¿Por qué?
Porque no llovía.
¡Qué irónico!
Deja escapar una leve risita.
Al menos , por ese día, tenía toda la tarde dedicada para él.
Tiempo para descansar…
Para relajarse…
Para pensar…
Para…
Esperen… Algo se lo olvidaba…
Pero… ¿qué?
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Dios… ¿Por qué cuando uno se encuentra en paz consigo mismo la llamada "conciencia" ataca sin piedad?
A ver, a ver…
Su privilegio, que era salir inmediatamente del "hotel", ya estaba por de más de hecho.
Ya había ido a ver al doctor…
Y…
Oh…
Cielos…
- ¡¡El restaurante!! – grita en medio del camino, llamando la atención de varias personas.
Se maldice en mente ¡Hoy debía confirmar su asistencia para su primer día de trabajo MAñANA! ¡¿Cómo pudo olvidar eso?!
Observa su reloj.
Las tres y cuarto de la tarde.
Si corría a todo lo que podía tendría la posibilidad de llegar en… media hora.
Suda una gotita.
Pero bueno… como dicen: "¡¡Patitas para qué las quiero!!"
Aunque tenía una idea errónea de en qué tipo de situación se usaba esa frase.
Y así… comienza su carrera por las resbaladizas calles de piedra.
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Realmente… resbaladizas.
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A los cuatro pasos que hace no puede evitar tropezarse con una piedra media salida de su lugar y caer estampado en el suelo.
- "Ay ay ay ay!!" – se queja interiormente sobándose la mejilla, sonrojado por la situación.
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A su lado, ve pasar a un niño de, suponía, alrededor de los seis años manejando una mini bicicletita ya sin rueditas adicionales.
El pequeño se detiene al lado de Ed, mirándolo curioso.
- Mh? – suelta confuso el muchacho, aún "tirado" en el suelo.
El niño no despegaba sus grandes ojos cafés de él, observándolo con cierto interés.
Luego, de la pura e inocente cara del niño, se escapa una sonrisa burlona con cierta maldad enviada directo al rubio en el suelo.
Mientras dejaba escapar una risita en tono burlón, entretanto tomaba nuevamente el manubrio de la bici y se alejaba del joven, dejándolo totalmente confundido en el piso.
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Unos segundos se tardó en caer en lo que había sucedido.
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- ¡¡QUÉ SIGNIFICÓ ESO!! – grita nuevamente indignado - ¡YA mismo te me vuelves y te disculpas! ¡¡Regresa inmediatamente!!
Sonrojado, saca fuerzas desconocidas por él mismo, y continúa su carrera…
Pero persiguiendo a un niño de seis años en su bicicletita por todo el parque, llamando la atención de más personas por la … inexplicable escena.
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- ¡Lo siento, lo siento, lo siento! – exclamaba un rubio apenado, haciendo miles de inclinaciones ante el hombre de proporciones descomunales.
- ¡Jaja! ¡No te disculpes! Si llegaste tarde fue por algo, ¿no? – responde amablemente Armstrong, divertido por la situación.
Edward deja escapar una risa forzada.
No pensaba explicarle el motivo por el cual llegó tarde. Definitivamente NO lo haría.
El restaurante seguía abierto. Ahora con sus bellas luces de decoración encendidas por haber oscurecido en la ciudad, y se sentía un leve calor por la calefacción encendida en todo el salón.
El propietario del lugar se aclara la garganta y le sonríe al joven – No tienes por qué preocuparte. Además…
Se voltea y comienza a buscar algo en los cajones de su fino escritorio. Edward observa curioso.
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La espera se le hacía eterna, sintiendo una gran indagación de qué estaría buscando el hombre.
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Finalmente saca de uno de los cajones, un paquete de plástico transparente, desvelando el contenido de éste…
- ¡Felicidades! De los jóvenes que han venido en busca de trabajo ¡Tú te has quedado con el puesto! – exclama sonriente en tono festivo.
Le entrega el paquete a Edward, quien lo toma entre sus manos, encontrándose totalmente perplejo.
Dentro del envoltorio se hallaba bien doblado cuidadosamente, un hermoso y elegante traje de mesero color negro, con todos sus accesorios adjuntos, combinados en tela y color.
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Ed observa en detalle y con suma ilusión el traje en sus manos.
No era lo mismo que obtener un banco en alguna universidad prestigiosa… pero…
Sentía… un curioso cosquilleo en su estómago.
Eso… era…
¿Felicidad?
- E-es… en serio? – pregunta encantado, sin poder creerlo aún.
- ¡Pues claro, muchacho! Y… ya te lo he dicho anteriormente ¡Bienvenido a la tripulación! – ríe con cierta alegría invadirlo por la reacción del niño, se lo veía tan sorprendido.
Sólo era un simple trabajo como camarero…
Pero…No…
No era sólo eso…
Ese uniforme que ahora mismo sostenía significaba mucho…
Sentía…
Que había hecho…
un gran logro en su vida…
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Un primer escalón…
En la escalera de la felicidad…
