Capítulo 7

Tia estaba encantada de que no le hubiesen atado las manos, ni le hubiesen sujetado de algún otro modo, porque esperaba que eso le diese la oportunidad de escapar. Estaba sentada en una de las bancadas laterales del camión, entre dos soldados, y tenía a otro sentado enfrente, apuntándole con su pistola. A través de la parte trasera del camión, que era un modelo abierto al exterior, podía ver el jeep que les seguía, con el coronel Shu en el asiento del pasajero. Los dos americanos yacían inconscientes en medio del camión, tirados a sus pies. Los soldados no se habían preocupado de volver a vestir a Fénix, y simplemente habían dejado su camisa y su chaqueta a su lado, arrebulladas, formando un pequeño montículo. Tras los golpes y la angustiosa experiencia en el fregadero, y ahora con el torso desnudo en contacto con el frío y sucio suelo metálico del camión, Fénix estaba en shock, sufriendo temblores de hipotermia.

—¿No vais a ponerle la ropa? —preguntó Tia en vietnamita.

—No —dijo el soldado que tenía en frente.

—¿Puedo ponérsela yo?

—¿Por qué?

—Porque se está quedando frío. Mírale como tiembla.

—¿Y a ti que te importa?

—Quizá no debería importarme, pero este bastardo me da pena, porque está herido. Y además, no os va a durar mucho para serle útil a tu coronel si coge una neumonía. Piénsalo.

—Está bien. Ponle la ropa. Sin trucos —dijo el soldado, que no quería arriesgarse a sufrir la furia del coronel si ese hombre se moría demasiado pronto. Tensó el dedo en el gatillo entonces, siguiendo todos los movimientos de la chica.

Tia se agachó al lado de Fénix, intentando conservar el equilibrio mientras le ponía la camisa, porque el camión se agitaba violentamente mientras avanzaban por esa carretera de tierra llena de baches. A mitad de tarea, mientras le metía los brazos en las mangas de la chaqueta, de repente dio un salto, con un movimiento totalmente inesperado. Antes de que ninguno de los soldados pudiese reaccionar, se agarró al borde superior de la parte de atrás del camión con ambas manos, y tomando impulso con los pies sobre el canto de la plegada rampa trasera, se subió arriba dando una voltereta hacia atrás, aterrizando en el techo de lona. Cuando el soldado reaccionó, disparando su pistola, ya se había esfumado.

AAA

El coronel Shu no podía dar crédito a sus ojos. Esa mujer se había subido al techo del camión sin ningún esfuerzo aparente, en un momento. Columpiándose como una habilidosa mona, había aterrizado de pie en la lona del techo, y entonces había saltado, rodando sobre el suelo, y había desaparecido en la jungla. Le dio tanta rabia que cogió su pistola y desde el jeep disparó todas las balas a la maleza de la selva, a ciegas, en el punto por donde había desaparecido. Todos los vehículos del convoy se detuvieron, y el coronel ordenó a sus hombres que la encontraran, pero tras una rápida búsqueda, lo dejaron. No la encontraban por ninguna parte, y no había dejado ninguna huella que pudiesen seguir. Se la había tragado la selva.

—¿Quién es el responsable de esto? —gritó el coronel, blandiendo la pistola.

—Lo siento mucho, coronel —dijo el sargento que había estado apuntando a Tia con su arma, tartamudeando, acobardado por la mirada severa y enojada que le echó su superior—. Fue muy rápida. No tuve tiempo de…

De repente, el coronel Shu levantó la pistola y le apuntó a la cara, cortándole la palabra. El soldado se quedó pálido como una sábana, y cerró los ojos con una mueca aterrorizada, hasta que oyó el chasquido de un arma descargada al disparar, y una risa perversa. No le encontró la maldita gracia.

—¡Deberías poner más atención, idiota! ¡Tienes suerte de que no me quedasen más balas, pero tú ya deberías de haberlo sabido antes de cagarte en los pantalones! Aunque no me malinterpretes con esta broma, sargento, porque no te vas a librar: te haré pagar por esto, puedes estar seguro— dijo el coronel, dándose la vuelta para volver al jeep—. Venga, vámonos. Si esa mona vuelve al pueblo, ya la cogerán. Ya hemos perdido demasiado tiempo con esto.

Los otros soldados enviaron miradas de simpatía al soldado todavía en shock, antes de volver a sus puestos. El sargento volvió a subir al camión lentamente, caminando como si fuese un hombre condenado a muerte. ¿Cómo era posible que ese hombre tan vil pudiese abusar de todo el mundo a su alrededor, incluidas sus propias tropas, sin consecuencias? Escapaba a su comprensión. Podría estar ahora mismo tirado en el suelo con una bala en la cabeza y a nadie le importaría una mierda.

AAA

Murdock empezó a recuperar la consciencia mientras los soldados le arrastraban por un pasillo largo y oscuro. La primera cosa que registró fue el dolor en su hombro malherido mientras le estiraban de los brazos. Entonces, cuando intentaba abrir los ojos para ver lo que le rodeaba, se pararon abruptamente. Oyó el familiar sonido de unas llaves y el chirrido de una puerta de metal al abrirse, y de repente, se dio un leñazo contra el duro suelo cuando le arrojaron dentro de una celda, gimiendo de dolor al estrellarse contra su hombro izquierdo. Poco después, oyó el ruido que hizo otro cuerpo al caer al suelo a su lado. Como no oyó a nadie quejarse, asumió que ese ruido sordo lo había hecho el cuerpo de su amigo, todavía inconsciente, pero no pudo abrir los ojos del todo para echarle un vistazo, todavía luchando para salir de su propia zona oscura y despejar su embotada cabeza.

—Joder, mirad que mala pinta tienen estos dos —dijo una voz distante.

—¿Quiénes son? Parecen americanos.

—No lo sé. ¿Soldados? ¿Están todavía capturando soldados?

—No llevan uniforme.

Murdock sitió el tacto de unas manos dándole la vuelta y reaccionó defendiéndose como un loco, soltando furiosos puñetazos a ciegas.

—¡Hey, hey, hey! Por Dios, cálmate, hombre. ¡Sólo tratamos de ayudarte!

Más manos se unieron al primer par para sujetarle, inmovilizándole en el suelo, y entonces el enfurecido piloto abrió sus hinchados ojos.

—Hey, ¿estás ya del todo con nosotros? —dijo el hombre que se inclinaba sobre él, sentado a horcajadas sobre sus piernas, mientras le sacudía una suave bofetada para despertarle del todo—. Estamos tratando de ayudarte, tío. Relájate.

—¿Quién eres? —dijo Murdock, dejando de luchar y retorcerse, y los otros aflojaron un poco la presión de sus agarres sobre él, pero sin soltarle del todo.

—Capitán J.K Harlow, Fuerzas Aéreas Estadounidenses. ¿Y tú?

—Capitán H.M Murdock, del ejército de tierra, División Aérea.

—¿Un águila de la 101? —dijo Harlow, bastante excitado.

—Sí —dijo Murdock, parpadeando. Le soltaron entonces, y se llevó una mano a su dolorida nariz fracturada, gruñendo cuando se la tocó—. Arrgh. Joder, como duele esto.

—¡Genial! Yo también soy piloto. Estos son el Teniente R.P Scott y el Mayor J.D Conley, del ejército de tierra. Mirad esto, chicos: ¡un águila de la 101! Eran los mejores.

—Sí, un aguilucho con un ala y un pico rotos… Jack, deberías arreglarle la nariz —dijo uno de los hombres que estaban detrás de él, en segundo plano. Murdock le miró, preguntándose qué habría pasado con su ojo izquierdo, que estaba cubierto por un parche.

—Sí. Por favor, déjame que te la arregle. Te va a doler un montón, pero luego te encontrarás mucho mejor, te lo prometo. No te preocupes, he hecho esto un montón de veces, ya soy un experto —dijo Harlow. Ayudó a Murdock a sentarse, y los otros se encargaron de sostenerle en esa posición erguida—. Sujetadle bien. Que no se mueva.

Uno de los hombres le sujetó los brazos mientras el otro le inmovilizó la cabeza mirando al frente, sosteniéndole desde atrás. Antes de que pudiera negarse, Harlow le agarró la rota nariz y la desplazó hacia la izquierda, trayéndola de vuelta al centro con un fuerte crujido, recolocando el hueso nasal fracturado en su sitio. Murdock gritó entonces, intentando liberarse, pero le sujetaron hasta que paró de forcejear, cuando se dio cuenta de que ese hombre tenía razón: le había dolido mucho inicialmente, pero ahora se sentía mejor, y ya no le dolía tanto.

—Gracias, supongo.

—No hay de qué. Ese labio partido podría arreglártelo con un par de puntos, pero no tengo nada con qué dártelos.

Los hombres soltaron a Murdock otra vez, y uno de ellos se acercó a echarle un vistazo a Fénix.

—Este tío guaperas no parece que esté muy bien.

—A juzgar por el estado de tu cara, supongo que has tenido tu primer asalto con el coronel Shu —dijo Harlow, preocupado por lo hinchada y amoratada que estaba la cara de Murdock, y por toda la sangre seca en su ropa—. Y has perdido.

—Sí. Ese hijo de puta me ha roto la nariz.

—¿Y qué pasa con tu hombro? ¿Un disparo?

—Sí. Un agujero, nada más. Sangró un montón, pero ahora está bien. Bueno, a no ser que ese cabrón se dedique a meterme un dedo dentro.

—Échame una mano, James. Llevemos al guapito a esa cama —dijo Scott.

—Se llama Fénix.

—¿Fénix? Sí, supongo que le pega, pero, ¿no tiene otro nombre? —dijo Scott.

—Teniente Templeton Peck, Fuerzas Especiales, también de la División 101. Tened cuidado cuando le mováis. Tiene unas cuantas costillas rotas, un brazo roto, y heridas en el abdomen.

—Vaya, ese psicópata ha estado ocupado —dijo Harlow, tendiéndole la mano a Murdock para ayudarle a levantarse.

—Nos estrellamos con un helicóptero. Sus heridas no tienen nada que ver con ese maníaco. Pero casi le ahoga en un fregadero.

—Sí, eso le pega, lo suele hacer.

Fénix se quejó cuando le levantaron, gimoteando.

—Se está despertando —dijo Murdock, tomando la mano de Harlow para levantarse. Una vez arriba trastabilló, sintiéndose débil y mareado después de perder tanta sangre otra vez, y Harlow le cogió antes de que se cayese.

—Hey, cuidado. No te preocupes, te tengo.

—¿Cuánto tiempo hace que estáis aquí?

—Yo, desde octubre de 1972. El mayor ha estado aquí más tiempo, desde enero de 1971.

—¿De verdad?

—¿Qué día es hoy?

—5 de junio de 1986.

—¿Qué? ¡No puede ser! ¡No puede hacer tanto tiempo! ¡Me estás mintiendo!

—No. Lo siento, esa es la fecha.

—¡Joder! Tengo una niña pequeña en casa. ¡Debe de ser ya una adolescente! —dijo Harlow, soltando a Murdock, paseándose como un demente con las manos a la cabeza y lágrimas en los ojos—. Mierda. Hemos perdido la noción del tiempo completamente. ¡Pensaba que habrían pasado ocho o nueve años como mucho, no catorce!

Mientras Murdock avanzaba tambaleándose hacia su amigo, la puerta se abrió de repente y el coronel Shu entró en la celda, seguido de cuatro soldados armados que se abrieron en abanico, vigilando a los prisioneros, apuntándoles directamente con sus armas.

Murdock se paró a mitad de camino, y al instante pudo percibir el pánico en la cara de los tres prisioneros de guerra americanos, que tenían una expresión similar a la de Fénix en aquella bodega. Los tres se arrodillaron en el sitio rápidamente, con las cabezas gachas, sin hacer contacto visual con el coronel, totalmente sometidos.

¿Pero qué…?

—¡A cuatro patas! —gritó el coronel, y los tres soldados americanos obedecieron inmediatamente, dejándose caer en su manos y rodillas, al momento.

Murdock no podía creerlo. Miró a los prisioneros con la boca abierta, alucinado. Se comportaban como perros maltratados y apaleados, temblando en una esquina con los rabos entre las piernas, meándose de miedo al ver a su abusivo dueño. Y estaba claro que esa malvada figura que se cernía sobre ellos blandiendo una caña, esa minúscula excusa de ser humano, era su amo y señor.

¿Dónde está vuestra dignidad, tíos? ¡Levantaos!

—¿Por qué estás todavía levantado? —rugió el coronel Shu, parándose enfrente de Murdock—. A cuatro patas. ¡Ahora!

Murdock miró a esa rabiosa cara desde arriba, porque era mucho más alto que el coronel, paralizado en el sitio por esa desconcertante situación, pero reacio a seguir sus instrucciones. Mientras vacilaba, Shu le asestó un fuerte bastonazo con la caña, y cuando se dobló hacia adelante por el intenso dolor en su abdomen, le arreó seguidamente un duro golpe en la espalda usando las dos manos juntas como una maza, con una fuerza descomunal, una fuerza que era difícil creer que alguien con un cuerpo tan pequeño y delgado pudiese ejercer. Murdock se desplomó, cayendo al suelo sobre sus manos y rodillas, a cuatro patas, como el malvado coronel había ordenado, con la respiración cortada, teniendo dificultades para tomar aire. Entonces, el diabólico coronel caminó entre los prisioneros de guerra para llegar hasta Fénix, pateando a dos de ellos en el estómago, golpeando al tercero con la caña en la espalda, dejando tras de sí una estela de cuerpos retorciéndose de dolor en el suelo, conforme avanzaba.

—¿Y qué pasa contigo, guapito?

Fénix le miró, parpadeando, todavía despertándose, aún no plenamente consciente de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Cuando volvió en sí y reconoció a ese hombre trató de controlar su miedo visceral, pero no pudo reprimir un destello de horror en sus ahora ultra-abiertos ojos azules.

—Medio muerto, ¿eh? —dijo el coronel, agarrándole de la solapa para arrastrarle fuera de la desvencijada cama, levantándole para después dejarle caer en el suelo, donde colapsó, boca abajo, golpeándose otra vez el lastimado torso y el brazo roto. Aparte del gruñido inicial, no tuvo mucho tiempo para quejarse, porque el ruin comandante le pateó el flanco derecho, golpeando el hígado que ya había machacado previamente. Ese tremendo golpe contundente a su víscera ya inflamada hizo que Fénix se desmayase inmediatamente por el shock traumático, y que no sintiese el siguiente golpe, el azote de la hiriente caña al fustigar su espalda.

El coronel Shu estaba decepcionado por la ausencia de los esperados gemidos, gritos, y revolcones de dolor, así que agarró a Fénix del pelo y estiró de su cabeza hacia atrás para verle la cara. Al darse cuenta de que estaba otra vez inconsciente, dejó escapar un decepcionado gruñido y le soltó la cabeza, que se estampó en el suelo como si fuera un ladrillo.

—Debiluchos americanos blandengues —dijo por segunda vez, negando con la cabeza. Entonces apuntó con la caña a los prisioneros de guerra—. Ahora, vosotros tres les vais a contar las reglas a los nuevos. Decidles que pronto aprenderán todo lo que vosotros ya habéis aprendido: que cada hombre tiene un límite y que yo encontraré el suyo, como encontré el vuestro. Y entonces serán míos. Decidles que yo doy órdenes y vosotros obedecéis al instante, como los perros que sois. Decidles que la resistencia es inútil, así que será mejor que no pongan a prueba mi paciencia, porque no tengo ninguna. Volveré más tarde, y espero total cooperación por su parte.

Tan rápido como había aparecido, salió de la celda. Los soldados le siguieron, cerrando la puerta detrás de ellos. Los tres magullados soldados americanos y Murdock se levantaron del suelo lentamente, todos quejándose de dolor.

—¿Qué demonios ha sido eso? —dijo Murdock, sujetando su lastimado estómago, bamboleándose a los lados de camino hacia Fénix—. La resistencia es inútil… ¿Qué es? ¿Un fan de Star Trek?

—Ese psicópata se ha adueñado de nosotros. Y tiene razón: es nuestro dueño, y somos sus malditos perros —dijo el teniente Scott, ayudando a Murdock a subir a Fénix de vuelta a la cama.

—Pero ¿por qué habéis…? Venga, tíos… ¿a cuatro patas? ¿De verdad?

—Seguro que piensas que deberíamos avergonzarnos de nuestro cobarde comportamiento ovejuno, pero mira, ya estuvimos avergonzados, de verdad. Durante mucho tiempo. Hace ya mucho de eso —dijo el mayor Conley—. No puedo creer que haga quince años ya para mí, pero como ha dicho ese psicópata: él encontró el límite de nuestra resistencia, hace años, nuestro punto de ruptura, y nos quebró a todos. Ahora estamos rotos, y en modo supervivencia. Es más fácil hacer lo que dice. Si no, es peor, mucho peor. Nosotros ya estuvimos donde tú te encuentras ahora, muchas veces, sintiéndote demasiado orgulloso para humillarte y hacer lo que te manda, pero rebelarse no merece la pena, créeme. Te puedo enseñar un montón de cicatrices que son la prueba. Ese hijo de puta no sólo me jodió el ojo.

El mayor se levantó la raída camisa, y Murdock se quedó boquiabierto al contemplar su estado, lo primero porque estaba tan delgado y emaciado que sus marcadas costillas destacaban bajo la piel como palos; y lo segundo, por la inmensa cantidad de horribles marcas que lucía, nuevas y viejas, sobre todo su torso y espalda, desde quemaduras a cortes, moratones, marcas de latigazos, y algunas otras cicatrices que vete a saber cómo habían llegado allí y qué las había producido.

—Me gustaría que todavía pudiese mostrarle algún gesto de desafío, algo de rebeldía, pero lo que ha dicho es verdad: resistirse es de idiotas. Y hace mucho que aprendí a no resistirme.

—Inútil. Ha dicho "resistirse es inútil", como dicen los Borgs.

—¿Qué? ¿Quién?

—Es igual, no importa. Entonces, habéis estado encerrados aquí desde la guerra. ¿Por qué no os liberaron cuando se terminó, en 1973?

—¿Lo veis? Ya os había dicho que la guerra habría terminado —dijo Scott—. Era absurdo pensar que Charlie pudiese seguir luchando contra los Estados Unidos, no durante tanto tiempo. Absurdo.

—¿Qué quieres decir con "no os liberaron"? —dijo Conley.

—Todos los prisioneros de guerra fueron liberados y volvieron a los Estados Unidos durante la Operación Vuelta a Casa, en 1973. Pero muchos soldados no aparecieron, y no se supo que pasó con ellos. Hubo muchos desaparecidos en combate. Y muchos declarados muertos en cautividad, pero nunca se recuperaron los cuerpos.

—¿Quieres decir que teníamos que haber vuelto a casa hace trece años, y en vez de eso nos dejaron pudriéndonos aquí, en este agujero de mierda, abusados por un maníaco? ¿Es eso lo que quieres decir? —dijo Harlow, a punto de perder la cabeza, otra vez deambulando arriba y abajo por la celda—. ¿Por qué no intervino el Gobierno para exigir nuestro regreso? ¿Cuáles fueron las condiciones impuestas a la República Democrática de Vietnam y al Viet Cong?

—Bueno… es que no se puede decir exactamente que "ganásemos" la guerra, así que los Estados Unidos no impusieron demasiadas condiciones, me temo.

—¿Qué? —gritaron los tres hombres al unísono—. ¿Perdimos?

Joder, esto me va a llevar un montón de tiempo en explicaciones, pensó Murdock. ¿Cuánto tiempo tenemos antes de que ese maníaco vuelva?

AAA

Tia se torció el tobillo al saltar del camión, pero se levantó rápidamente, ignorando el dolor, y se refugió corriendo en la jungla. Las balas pasaron zumbando a su alrededor, pero ninguna le alcanzó, y siguió corriendo hasta que trepó a un árbol muy alto, con tanta facilidad como se había subido por aquella tubería cuando Murdock le persiguió en Hanoi. Entonces esperó. Desde allí arriba podía ver a los soldados yendo y viniendo, mientras la buscaban, a ella y a cualquier rastro que pudiesen seguir, pero no encontraron nada. Afortunadamente, ninguno de ellos levantó la cabeza para mirar hacia arriba ni una sola vez, o de lo contrario le habrían podido ver.

Cuando se fueron, se bajó del árbol y empezó la larga caminata de vuelta al poblado, cojeando sobre el lastimado tobillo, pero tratando de cubrir la distancia lo más rápido que pudo, andando tan cerca de la carretera como le fue posible. Tenía que ver cuanto antes qué había pasado con Quang, y avisar a Aníbal y M.A antes de que les tendieran una emboscada y les llevaran prisioneros con los otros.

AAA

Mientras los tres soldados prisioneros digerían las malas noticias sobre la guerra, y cómo su gobierno y el ejército les habían abandonado a su suerte, Murdock los miró desde la distancia, preguntándose cómo era posible que pareciesen tan cuerdos tras quince años en un campo de prisioneros como ese. Él había estado en uno similar solamente durante diez días, en la guerra, y nunca se había recuperado de tan amarga experiencia, que había contribuido en gran manera a su locura y a su disociación con la realidad.

Estaba alucinado por la manera en que los soldados se habían arrodillado antes, humillados, pero entendía que no era más que una estrategia de supervivencia. Y no podía reprochárselo a esos pobres diablos. Habían hecho lo mejor que habían podido para adaptarse a seguir viviendo en esas condiciones tan terribles, y por tanto tiempo. Pero no creía que él pudiese llegar a hacerlo nunca. O Fénix.

Suspiró profundamente. Si Aníbal no se daba prisa en venir a rescatarles mucho antes esta vez, iba a perder la cabeza completamente, y ya no regresaría de la tierra de nunca jamás, pasado el arcoíris. Fénix siempre había sido su anclaje al mundo real, y de momento, como estaba tan malherido, Murdock estaba haciendo un gran esfuerzo para mantener su atención enfocada en la realidad, con los pies firmemente en la tierra, porque quería cuidar de su amigo, pero en cualquier momento podría volver a refugiarse en su mundo paralelo y perderse allí, con el hombre de las magdalenas y el hombre-galleta hecho de pan de jengibre, y con el resto de sus amigos, incluido su perro invisible, Billy.

Estaba sentado enfrente de Fénix, en la litera opuesta, y cuando este empezó a agitarse al despertar, enseguida estuvo a su lado.

—Hey, Fénix, ¿cómo lo llevas?

Fénix le miró, parpadeando, reventado y hecho polvo, volviendo de la zona oscura donde se había refugiado una vez más para combatir el dolor; esa gloriosa, acogedora, e indolora nube negra que adoraba tanto.

—Bien, estoy bien —dijo, de manera muy poco convincente—. ¿Y tú?

—Bueno, podemos hacer la comedia del "yo estoy bien, tú estás bien" si quieres, Fénix, pero la verdad es que los dos estamos hechos una mierda —dijo Murdock, apartándole el flequillo de la cara, encantando de sentir una temperatura más normal en su frente, que estaba casi fría ahora en vez de ardiendo. Sus palabras pusieron una sonrisa en la boca de su amigo.

—Una mierda pulverizada, además —dijo Fénix, riéndose, pero enseguida truncó la sonrisa por una mueca de dolor, resintiendo su propia risa—. ¿Dónde está Aníbal? ¿Cuánto tiempo va a tardar esta vez? ¿Otros diez días?

—Deben de estar todavía de camino al otro pueblo para encontrar un coche. Es una larga caminata hasta allí. Ni siquiera sabrán todavía que nos han capturado.

—De cojón. Lo que necesitaba oír.

Fénix se lamió los resecos labios entonces, quejándose cuando se movió un poco en la cama.

—¿Me puedes dar agua, por favor? Y otro chute de morfina, o mejor aún, que Quang use sus manos mágicas conmigo otra vez. Eso estuvo muy bien.

—A Quang también le apalearon hoy, ¿no te acuerdas? Ni siquiera sé si aún estará vivo. Tenía muy mala pinta.

—Sí, es verdad, tienes razón. ¿Y Tia? ¿Dónde está Tia?

—No tengo ni idea de lo que ha pasado con ella. Lo siento.

—Mierda.

Fénix no quería pensar en las turbias e inquietantes posibilidades de lo que le podría estar pasando a una mujer en esas circunstancias, rodeada de soldados. Como no podía hacer nada por ella, apartó esas imágenes de su mente. Era más fácil.

Mientras Murdock fue a buscar el agua, Fénix echó un rápido vistazo alrededor.

—¿Dónde estamos? —preguntó cuando su amigo volvió con un vaso lleno.

—En una especie de prisión militar, o campo de prisioneros, o algo. El patio de recreo del coronel Shu.

—Mierda.

Murdock le ayudó a beber mientras seguía hablando.

—Mierda de la buena. Y no te vas a creer esto: la excusa del General Fulbright para traernos de vuelta a Vietnam es verdad. Aún quedan prisioneros americanos de la guerra encerrados aquí. El mito es real.

—¿Qué? No, no es posible.

—Sí, míralos.

Fénix miró a los tres hombres que estaban en el lado opuesto de la celda. Parecían en shock, absortos y ensimismados, y no le prestaban ninguna atención, perdidos en sus propios pensamientos.

—Les acabo de contar que nos retiramos de Vietnam en 1973, y que el gobierno ha estado ignorando las quejas de las familias que exigen una investigación sobre el paradero de todos esos soldados que han desaparecido misteriosamente en el sistema, y también les conté cómo el asunto de los prisioneros de guerra se ha convertido en una trampa-bomba que nadie quiere tocar para que no les explote en la cara.

—Entonces no me extraña que tengan esa pinta de atontados, los pobres. A ellos sí que parece que les acabe de explotar una bomba en plena cara. Eso es mucho para digerirlo de golpe. ¿De verdad que han estado aquí trece años desde que acabó la guerra y ni siquiera lo sabían?

—Incluso un poquito más. Y ni siquiera sabían que día es hoy, no. Y no te digo todo lo que ha pasado en el mundo desde 1973. No tienen ni idea. Como si hubiesen vivido en marte.

De repente, oyeron una llave en la cerradura. Cuando el coronel Shu reapareció en la celda, los cinco hombres tenían una expresión muy parecida en la cara: puro terror.

AAAAA