No tenía ni idea de qué estaba pasando. Al ver a aquel tipo pistola en mano me llevé un buen susto, pero Rachel y Chloe parecían estar bastante menos sorprendidas, como si lo que acababa de pasar les ocurriera a menudo. Chloe se cruzó de brazos.
—Vale. A mi mierdastro ya se le ha terminado de ir la olla del todo. ¿Qué cojones estás haciendo aquí, y encima apuntándonos con un arma, David? Baja ahora mismo esa pistola.
Así que ese era el padrastro de Chloe… Qué gran presentación, oye. De verdad que si tengo que conocer a alguien más hoy, me encantaría que fuera con un clásico "hola, ¿qué tal?" y no con las formas tan estrambóticas a las que acostumbro últimamente…
—Chloe, esta vez has traspasado la raya —el padrastro de Chloe puso un tono de voz muy severo, y seguía sin dejar de apuntarla con el arma. Tronco, ¿de qué vas? ¡Que es tu hijastra! —. Esto ya no es una pelea entre chavales o un poco de hierba. ¿Qué cojones estuviste haciendo anoche en el granero de los Prescott? ¡Habla, ahora!
—David, se te está pirando la pinza muchísimo —Chloe, empezando a asustarse, levantó ligeramente las palmas de las manos—. Esta es la gota que colma el vaso. ¿Estás tratando de acusarme de los crímenes de los Prescott? ¿Tú estás bien de la puta cabeza?
—Al contrario. La familia Prescott son mis clientes, y los damnificados son ellos. Te acuso de cómplice de la desaparición de su primogénito Nathan Prescott. Tus huellas están junto con las suyas en el último lugar donde fue visto: el granero. También he identificado restos de sangre de Nathan en el suelo. No puedes negarlo, Chloe. Estás metida en un buen lío.
Así que el padrastro de Chloe es una especie de investigador privado que trabaja para los Prescott. Eso explica que tuviera armas en su casa... y su actitud también explica que se ganase el apodo de "mierdastro". A ver, puedo entender que si ha investigado el granero, considere la posibilidad de Chloe haya podido tener algo que ver. Pero de ahí a venir como un psicópata pistola en mano contra tu propia familia… Por ahí no, tronco.
—¡Esto es una puta locura! —Chloe, visiblemente indignada, era incapaz de contener la frustración y lo demostraba con los gestos que hacía con los brazos al hablar— ¡Ayer ni siquiera vi a Nathan! Y no… tenía ni idea de que hubiera desaparecido…
—Señor Madsen, tiene que haber un error —intervino Rachel con un hilillo de voz—. Es imposible que Chloe haya hecho nada malo…
—Entonces, ¿por qué hay testigos que aseguran que ayer le estabas buscando? ¿Y por qué hay huellas de neumático del coche de Nathan y del tuyo que se dirigen hacia el granero? Explícalo, Chloe.
Chloe bajó los brazos y desvió la mirada. No supo qué contestar. Rachel observaba toda la escena con cara de animalillo asustado, y yo estaba flipando tanto que no sabía cómo reaccionar.
—Escúchame, David —Chloe contestó al fin—. No estás dando ni una. Estuve anoche en el granero para ayudar a una amiga, que ha sido secuestrada, junto con otro montón de chicas más, por tus idolatrados clientes. Te estás equivocando de enemigo. ¡Son los Prescott quienes están metidos en asuntos turbios, no yo!
—¡Te faltan cinco vidas para que tú puedas darme lecciones a mí, Chloe! ¡Yo he estado en el campo de batalla, yo he visto los horrores de la guerra cuando tú apenas estabas en pañales! ¡Sé perfectamente cuando llevo razón, y te lo voy a demostrar!
Sin dejar de apuntar, el padrastro detective —y por lo visto, también exmilitar— se acercó a Chloe sin dejar de apuntarla, agarró un lateral de su chaqueta y se la abrió, para descubrir que llevaba en el bolsillo interior la misma pistola de ayer. Tragué saliva. Muy mal, Chloe. ¿Qué estás haciendo hoy también con eso? Nos vas a meter a todas en un buen lío.
—Ya hablaremos luego del hecho de cogerme prestadas mis herramientas de trabajo —continuó vehemente el padrastro a la vez que recuperaba el arma de Chloe—. Ajá, a la pistola le falta una bala en la recámara. Estarás de acuerdo conmigo en que ya tengo motivos de sobra para llevarte a la comisaría. Será mejor que me acompañes y no te resistas, Chloe.
—¡Que te jodan, David! ¡A lo único que disparo es a las botellas del vertedero! —la peliazul hizo un corte de mangas a su padrastro— Yo me voy al Two Whales. Ahí te quedas con tu complejo de Robocop. Vámonos, Rachel.
Chloe se dio la vuelta y sin más empezó a caminar a paso veloz.
—¡Quieta ahí!
Mientras Rachel y yo mirábamos atónitas, David persiguió a su hijastra para finalmente inmovilizarla. Rápidamente, guardó su pistola en su funda y apresó a Chloe por la espalda agarrándola por las muñecas.
—¡Señor Madsen, no! —Rachel sonaba muy alarmada.
—¡Puto mierdastro de los cojones! ¡Te voy a denunciar! ¡Max, haz algo! —Chloe me miró con desesperación mientras trataba inútilmente de zafarse. Con toda probabilidad quería que usara mis poderes para liberarla.
No es tan sencillo, Chloe. No solo basta con rebobinar: Se me tiene que ocurrir algo que haga que cambien los acontecimientos. Pero, ¿el qué? Piensa, Max. Siento mi cabeza embotada y no puedo discurrir nada con claridad. Sin duda no fue la mejor ocasión para decidir probar la hierba de Rachel... Lo que estaba claro es que tenía que rebobinar sí o sí: no podía permitir bajo ningún concepto que el padrastro flipado se llevase a Chloe a comisaría por la fuerza. Tal como están las cosas en este pueblo, la pobre tendría todas las de perder.
Vamos a ello. Rebobiné todo lo que pude hasta que la cabeza me pegó el latigazo que me indicaba que no podía retroceder más, dejándome en el momento que Chloe aparecía a lo lejos y su padrastro aún no había hecho acto de presencia. ¿Qué hacemos? Si huimos de ahí sin más, sólo empeoraríamos la situación. De alguna forma, tenemos que encararnos con David, pero ¿cómo? Por lo pronto, me dirigí a Chloe, la cual, como ya sabía, tenía cara de muy pocos amigos.
—¡Chloe, tienes que darme tu pistola ahora! ¡Es muy importante!
Se me ocurrió que sin la pistola presente en la ecuación, nuestro querido detective podría tener una actitud algo más flexible con su hijastra.
—Me ha parecido oír un ruido molesto. ¡Ah, no! Sólo es una traidora que dice que mi mejor amiga es una zorra. Vámonos, Rach. Tengo hambre.
—No lo entiendes, Chloe, esto es muy serio. ¡Cómo no me des la pistola ahora mismo, algo muy malo va a ocurrir!
Chloe me miró de soslayo con un gesto que albergaba rencor y desconfianza a partes iguales. Rachel nos miraba a ambas con una divertida cara de no entender nada de nada.
—¿Eso es una amenaza? ¿Y tú cómo cojones sabes que llevo una pistola? ¿Ya has estado jugando con tus poderes frikis del tiempo, o qué? Es igual. Ignórame, Max. No te doy mi pistola ni jarta de vino.
—¡Chloe, por Dios, deja de hacer el imbécil y escúchame! —me desesperé un poco y elevé el tono de voz. No teníamos tiempo— ¡Va a venir tu padrastro y por culpa de esa pistola vas a acabar en la comisaría! ¡Tienes que dármela ya!
—¿Mi mierdastro? Pero, ¿por qué…?
Chloe parecía prestarme algo de atención por fin, pero ya era tarde. David apareció de nuevo de entre la maleza y toda esta conversación no sirvió para nada. Puta vida. Tendría que probar algo diferente.
Rebobinar de nuevo me iba costando cada vez un poco más. Además, era incapaz de retroceder más allá del punto en el que Chloe hacía acto de presencia. Apenas tenía tiempo ni capacidad cerebral como para elaborar ningún plan, pero decidí cambiar la táctica. Con dolor de cabeza y cierto cansancio mental, me dirigí en esta ocasión a Rachel.
—Rachel, esto te va a sonar raro que te cagas, pero tienes que confiar en mí por un momento. ¿Lo harás?
La chica rubia, sorprendida de mi repentino cambio de tono y mi mirada penetrante, puso una mona cara de extrañeza. No la culpo: para ella, hace tan sólo unos segundos estábamos hablando de risas sobre cualquier cotilleo banal de Arcadia Bay.
—Eh… claro, Max. Dime.
—Tienes que hacer que Chloe te dé la pistola que lleva ahora mismo. Aunque no entiendas por qué, es muy importante. ¿Lo harás?
—Si tú dices que es muy importante, seguro que lo es —Rachel asintió con fervor—. Lo haré, Max. Además, odio que Chloe lleve armas encima.
A la vez que terminaba la frase, Chloe llegaba a nuestra posición. Suerte que me dio el tiempo justo para contarle el plan a Rachel, si no, estaríamos bien jodidas.
—Vámonos, Rachel.
—¡Chloe, te he echado de menos! —repentinamente, Rachel se lanzó a su amiga para abrazarla, rodeándola bien con sus brazos.
—¡Hey…! ¿Rach? ¿Qué bicho te ha picado de repente? —Chloe se quedó petrificada ante la impulsiva reacción de su amiga, pero se dejó hacer. Vi como Rachel hurgaba en los bolsillos de Chloe durante el abrazo.
Entendí perfectamente el plan, pero aun así no pude evitar que me viniera una sensación amarga cuando las chicas se abrazaron tan efusivamente. ¿Pudieran ser… celos? Pero, ¿celos de Chloe, o de Rachel? ¿Qué es lo que quieres exactamente, Max? Estás hecha un lío…
—¿Me has… quitado la pistola mientras me abrazabas, canalla? —la expresión de Chloe oscilaba entre la risa y la extrañeza.
—Sip. ¡Ji, ji! ¡Ahora es mía! ¿A que no me la coges?
Rachel, después de guardarse la pistola metiéndose el cañón por un lateral del pantalón, me miró disimuladamente como queriendo preguntarme si lo estaba haciendo bien. La contesté levantando el pulgar: su plan me valía perfectamente. ¡Muy bien, Rachel! Al menos has actuado de forma mucho más cabal que tu rencorosa amiga punki. Eso nos daría tiempo suficiente hasta que apareciese el padrastro de Chloe, el cual calculaba que ya estaría a punto de hacer acto de presencia. No me equivoqué.
Mientras Chloe hacía amago de perseguir a Rachel para recuperar su pistola, salió David de entre la maleza. Era la tercera vez ya que veía la escenita y me daban ganas de hacer burla con la frase inicial. "¡Quiitis tidis! ¿Qui istiis hiciindi iquí?".
Se repitió al dedillo toda la conversación que tuvimos antes con el padrastro del año: la acusación de David, el cabreo monumental de Chloe, y así hasta la parte en la que el detective abría la chaqueta de su hijastra para demostrar que llevaba un arma encima, pero en esta ocasión se encontró los bolsillos vacíos.
David torció el morro, frustrado.
—¡Ah, ya entiendo! ¡Se la has dado a tu amiguita del alma! —lanzó una mirada de depredador a Rachel que la hizo retroceder asustada— Confiesa, Rachel. Esta chica del demonio te ha mezclado en sus asuntos criminales. Vamos, ahórrame tiempo y dame el arma.
Reconozco que el padrastro de Chloe tiene hasta cierto punto algo de olfato de detective. Al menos en esa ocasión ha acertado, aunque en el contexto general de la historia la estuviera cagando monumentalmente. Lo que no tiene perdón de ninguna forma es que trate así a Chloe y a Rachel, sin ningún voto de confianza previo, como si fueran dos peligrosas criminales reincidentes. De momento, como no puede ser de otra manera, la opinión que tengo del tal David Madsen deja bastante que desear.
Se acercaba peligrosamente a Rachel, quien estaba empezando a ponerse sumamente nerviosa mientras seguía retrocediendo unos cuantos pasos. Temblaba, tenía cara de pavor, y vi cómo se echaba la mano al lateral del pantalón. No, Rachel. Ni se te ocurra.
—Lo sabía —David extendió la mano y continuó avanzando hacia su presa—. Dámela, Rachel. No tienes más opciones.
Cuando el detective ya estaba a punto de alcanzarla, para nuestra más completa estupefacción, Rachel sacó el arma y disparó como una loca a David mientras gritaba desgarradamente. Vació el cargador sobre él, dejándole como un colador desangrándose sobre el suelo arenoso. Ojalá no hubiera tenido que presenciar eso. Tío, ¿es que estoy condenada a presenciar muertes a diario a partir de ahora? Jamás lograré acostumbrarme.
No me esperaba para nada esa reacción de Rachel, y me sentía culpable porque es responsabilidad mía que ella tuviera la pistola, aun sabiendo que estaba bajo los efectos de las drogas. No estás arreglando nada, Max… pero qué quieres que le haga. Si la cabezota de Chloe no me quiere dar el arma a mí… no tengo muchas más opciones. La cosa pinta cada vez peor, pero estaba claro que por enésima vez tendría que rebobinar. No más muertos, a ser posible.
Presencié a cámara rápida la grotesca escena de David resucitando y volviendo atrás hasta el punto en el que abría la chaqueta de Chloe. Fue entonces cuando me pegó otra vez un fuerte latigazo en la cabeza. Au. No, tío, tengo que poder retroceder más… Hice de nuevo el gesto para rebobinar, pero cada vez que lo intentaba, me pegaba el latigazo al instante. Era inútil: parecía claro que ya no me quedaba más poder y noté de nuevo un hilillo de sangre bajo mi nariz. Cojonudo.
Fue en el momento en que David se dirigía a intimidar a Rachel cuando decidí intervenir. Con poderes o sin poderes, debo hacer algo, o la joderíamos pero bien.
—¡Espere, señor Madsen! —anuncié a la que trataba de disimular in extremis mi hemorragia nasal. Logré captar su atención— ¡Fui yo! ¡Fui yo la que tuve en mis manos el arma que busca! ¡No les culpe a ellas!
Me resistía a confesar delante de Chloe que esa pistola tiene mis huellas, pero está visto que ahora mismo no tengo más opción. No sólo David, las chicas también me miraron extrañadas, como si me hubiera puesto a hablar en suajili.
—¿Y tú, jovencita, eres…?
—Max Caulfield, señor. Soy amiga de Chloe, y anoche estuve en el granero con ella.
Vamos, Max. En las últimas horas has demostrado que no sólo tienes un don para la fotografía, sino también para las artes escénicas. Que el no poder rebobinar no sea excusa para mostrar tu talento. En esta ocasión no te corresponde el papel de "Max, la loba de Arcadia Bay", pero lo harás bien igualmente.
—¿Y estás diciendo que tú eres la responsable de la desaparición de Nathan, muchacha?
—No, señor. Permítame que le cuente lo que sucedió: anoche Chloe y yo buscábamos a mi amiga Kate Marsh. Nos dijeron que la encontraríamos junto con Nathan en aquel granero, y es el único motivo por el cual estuvimos allí. A Kate sí la encontramos pero de Nathan no había rastro.
—¿Pretendes que me crea eso, niña? Entonces, ¿por qué la pistola? ¿Y qué hay de las manchas de sangre?
—Nosotras no vimos nada —continué—. Pero le aseguro que la pistola sólo la usé yo para reventar la cerradura del granero y poder entrar. Lo puede comprobar porque a le falta una bala en la recámara y tiene mis huellas. Rachel, por favor, dale la pistola al señor Madsen para que pueda comprobarlo.
Dubitativa, Rachel se sacó la pistola del lateral de su pantalón y se extendió a David mientras me miraba con una cara que parecía decir "más vale que sepas lo que estás haciendo". Traté de devolverla una mirada tranquilizadora. No te preocupes, Rachel. No sé cómo acabará esta mierda, pero mejor que con Chloe en comisaría o su padrastro muerto, seguro.
El detective, cogiendo la pistola con un trapo, se sacó un polvo del bolsillo que serviría para desvelar huellas dactilares y la aplicó sobre la culata del arma.
—Permíteme, niña…
Se acercó hacia mí y puso mi dedo índice sobre un punto de la pistola al que no había aplicado el polvo. Posteriormente volvió a aplicarlo y se quedó examinando el arma.
—Sí, efectivamente parece que tiene huellas tuyas de ayer. Y es cierto que le falta una bala en la recámara. Pero eso no prueba tu inocencia ni la de Chloe.
—Con todos los respetos, señor Madsen, tampoco prueba nuestra culpabilidad —me la jugué aseverando ligeramente mi tono—. Y permítame decirle que debería confiar un poco más en su hijastra. Yo la conozco muy bien y sé que es incapaz de hacer daño a nadie.
—No. No conoces a Chloe. ¡No tienes ni idea del calvario que tengo que tengo que pasar en el día a día con ella! Para empezar, la podría denunciar simplemente por sustracción de armas y tenencia ilegal.
—Gracias, David, yo también te quiero —respondió Chloe de brazos cruzados sin mirar a su padrastro.
—Escúcheme, señor Madsen —continué—. Luego si quiere nos denuncia por tenencia de armas o por reventar cerraduras, pero deje que termine. En ese granero descubrimos algo horrible: había un sótano oculto, mi amiga Kate se encontraba desnuda y… la habían drogado. Algo horrible está ocurriendo con los Prescott… y no con nosotras.
—Estás haciendo una acusación muy grave, jovencita. Más vale que puedas probar todo eso que dices.
—¡No estoy mintiendo! Compruébelo usted mismo: en el granero existe una compuerta oculta que conduce a un sótano. Le sugiero que continúe su investigación por esa línea, y no tratando de inculpar a su hijastra. Le prometo que si no queda satisfecho con lo que descubra ahí, dejaré que me interrogue todo lo que quiera.
Ni yo misma estaba del todo convencida de lo que decía. Estoy haciendo el papel de que no sé nada de Nathan y si me interrogasen podría caer fácilmente en contradicciones, pero en fin, lo he hecho lo mejor que he podido, más teniendo en cuenta que mi destreza mental no pasa por su mejor momento ahora mismo. Ojalá mi poder vuelva a funcionar pronto: me estremecí ante la idea de que se me hubiera acabado para siempre. Joder, no llevo ni veinticuatro horas como superheroína y ya no puedo vivir sin poderes. No tomas drogas, pero puede que tengas adicciones peores, Max.
David puso un gesto más relajado, aunque algo dubitativo. Rachel parecía haberse quedado hipnotizada por los argumentos que le daba al padrastro, de forma similar a cuando antes me quedé yo hipnotizada por los que me daba ella a mí.
—Todo lo que dice Max es cierto —cortó Chloe—. Más te vale que vayas a por los verdaderos malos de la película, que los has tenido delante todo el tiempo y ni te has dado cuenta, y que a nosotras nos dejes en paz.
—¡No… no os penséis que estáis a salvo! —David señaló a su hijastra con el ceño fruncido— ¡Puedo localizaros en cualquier momento! ¡Sé dónde está cada habitante de este pueblo! Especialmente tú, Chloe.
—Bla, bla, bla. Lo que tú digas. Vámonos al Two Whales, Rach. El tener conversaciones absurdas con capullos me da hambre.
David estuvo a punto de levantar la mano tras las palabras de Chloe, pero finalmente hizo ademán de retirarse.
—¡Esto no ha terminado! —espetó según se iba alejando de nosotras.
Sentí una relajación casi orgásmica cuando sentí que David ya no se encontraba con nosotras. Tío, qué paz deja. Las chicas y yo nos miramos con complicidad, y resoplamos de alivio las tres casi a la vez.
—¡Max, eres la puta ama! —Rachel me agarró de los hombros pegando saltitos, súper feliz— ¡No sé qué hemos hecho todo este tiempo sin ti!
Chloe, visiblemente molesta por la actitud y las palabras no demasiado bien escogidas de Rachel, se cruzó de brazos y nos dedicó su típica mirada de soslayo.
—Sí, eh… Max. Me gustaría que vinieras con nosotras a comer —me hablaba con desdén, como si de repente fuera una completa extraña para ella—. Hay cosas de las que tenemos que hablar y tal…
Supongo que esa es una forma de decir gracias a lo Chloe. De todas formas, no se lo puedo tener demasiado en cuenta: yo también tengo pendiente disculparme con ella.
Caminamos las tres juntas hasta la Chloemioneta, que se encontrada aparcada cerca del vertedero. Por el camino, Chloe nos explicó que su idea inicial antes de que la cosa se torciera era llevarnos ahí para jugar con la pistola a disparar contra coches, botellas, u otros posibles blancos que allí se encontraban, y también para que le mostrase a Rachel mis poderes. Seguía manteniendo conmigo una actitud rencorosa, de forma que Rachel decidió mediar entre nosotras: cuando llegamos a la camioneta, nos bloqueó el paso y nos dijo con un sentido discurso apelando a la amistad que nos unía de toda la vida que nadie subiría al vehículo hasta que no nos diéramos un abrazo. Ninguna de las dos se tuvo que hacer de rogar demasiado, y quedó patente que tanto Chloe como yo estábamos deseando hacer las paces de una vez. Además, después de la larga conversación que tuvimos antes Rachel y yo, el motivo de la discusión estaba totalmente obsoleto. Rachel miró emocionada el momento en el que mi amiga de la infancia y yo nos rodeamos con nuestros brazos y volvíamos a ser las de siempre.
El Two Whales era el restaurante donde trabaja Joyce, la madre biológica de Chloe, y también donde sirven las hamburguesas más acojonantes de Arcadia Bay. Su estratégica ubicación hace que el local sea muy popular, tanto entre los estudiantes de Blackwell como de los camioneros, pescadores y demás trabajadores de la zona. Nos dirigimos allí en la Chloemioneta como tres buenas amigas con ganas de juerga que se conocen de toda la vida. Desde el vertedero hasta nuestro destino teníamos un trayecto de unos diez minutos en los cuales la radio del vehículo de Chloe nos obsequió con una música de un género que no sabría identificar, pero que se encontraba como a caballo entre el punk y el country. No terminaba de ser mi estilo, pero tenía su gracia. Chloe cantaba las canciones animadamente con voz aguardentosa. Rachel, que ocupaba el mismo lugar de los asientos del copiloto que ocupaba ayer Kate, parecía tener un gusto musical similar al de Chloe, porque le seguía el juego cantando y moviendo los brazos al ritmo de la melodía. De vez en cuando me miraba, pegándome un leve codazo, para que me animase yo también. No lo podía evitar: me sonrojaba de forma exagerada cada vez que Rachel clavaba sus ojos en mí. Nerviosa, traté de seguirlas el juego moviendo tímidamente los brazos intentando imitar sus bailoteos, pero creo que no era lo mío.
Lo único que había cambiado del Two Whales respecto a hace cinco años son los precios. Todo seguía tal como lo recordaba: el enorme letrero de las ballenas en lo alto de la entrada, su clásica estética de barra americana con taburetes fijos, mesas para cuatro en el lado opuesto, incluso la vieja gramola había sobrevivido. Cuando la madre de Chloe me vio aparecer, casi se le cae al suelo el plato que llevaba. Ambas nos alegramos muchísimo de vernos después de tanto tiempo. Guardo mucho cariño a Joyce, aunque la noté más desgastada que antes. No me refiero sólo al paso de los años… era algo diferente. Probablemente la pérdida del padre de Chloe y el tener que lidiar con una adolescente rebelde a diario fueran las causas principales de su apariencia actual, con rostro más solemne y con su pelo rubio recogido más cano. En plena vorágine de emoción y nostalgia, Joyce nos invitó a todas a comer. Bueno, después de tanto trajín casi se podría decir que a cenar.
Rachel y yo sentadas en uno de los asientos granates del establecimiento y Chloe al otro lado de la mesa junto enfrente de nosotras, esperamos a que nos llegara el papeo gratis. Chloe se sentó de lado, posando sus botas sobre el mismo asiento y dijo:
—Bueno, Max… Va siendo hora de que me cuentes por qué esa pistola tenía tus huellas desde ayer… Lo de la bala que faltaba en la recámara… y los restos de sangre de Nathan por el suelo del granero. Tú sabes algo que nosotras no, ¿verdad?
