Hamilton era imparable. Lo veía escalar con todas sus fuerzas, con tanta prisa que parecía monstruoso. Él iba por la cima sin detenerse a pensar, y Aaron sólo miraba apartado.
Mientras el tiempo pasaba, veía como Alexander se arriesgaba hasta lo ridículo y metía su nariz en donde no lo llamaban. Para él era inconcebible. Sin embargo, ahí estaba el inmigrante, ganando y tomando todo sobre lo que ponía los ojos. Aaron se enervaba un poco pero no perdía la compostura. Tenía un plan, esperaría a que el momento perfecto se presentara para entrar en escena y ser parte del elenco estelar. Tenía que esperar. Nada más.
