Los niños no deben hacer el trabajo sucio.
Mientras comían―lo mejor del día para Kamui―los mayores hablaban sobre lo de las identificaciones y quien sabía que más mierda. A él ciertamente no le importaba. Estaba con ellos porque no tenía a donde más ir y además, se sentía un tanto curioso de la razón por la que querían a los otros chicos. Tomando la pajita de la bebida en su boca, se estiró lo mejor que pudo. Esas cosas como las compras nunca le habían gustado. Demasiado tedioso tener que medirse la ropa y esas cosas; para su buena fortuna, el chico invisible tallaba lo mismo que él en todo, así que sólo a uno tuvo que medirse la ropa―porque, palabras de Gintoki, debían compartir la ropa si tallaban lo mismo. Como si él hubiese sido quien había comprado todo aquello―.
Bien, si Kamui era sincero, no se sentía mal estar con ellos. Eran tan estúpidos que le causaban gracia. Además, el de la permanente conocía al tipo ese que Mutsu había mencionado, por lo que no podía irse sin saber qué demonios era lo que aquel hombre sabía de su madre. Y, si él no se iba, Kagura automáticamente tampoco. Venga, que puede ser un hermano un poquito violento y hasta a veces maldito―a veces, que quede claro―, pero no la dejaría sola a sabiendas de que podría pasarle algo. Ella era la única familiar de sangre que tenía cerca, después de todo.
Seguía bebiendo despreocupadamente de la pajita, cuando sus ojos azules se toparon con los ámbares de la niña eléctrica―de quien no se había preocupado por aprenderse el nombre―. Ella lo miraba como si supiera algo de él de lo cual él mismo no tenía conocimiento. Maldita la hora en la que la naturaleza lo hizo vulnerable a la electricidad.
―Deja de mirarla así, estúpido hermano. ―le había dicho Kagura bajito tras un golpe que le había dado en el antebrazo. ¿De cuándo acá su hermana le tenía aprecio a Chispitas?
La Chispitas desvió la mirada hacia Gintoki, quien había llamado la atención de todos, por lo que Kamui imitó el acto después de unos segundos.
―Bueno, tenemos que conseguir esas identificaciones.
―¿Y a dónde? ―Tsukuyo había terminado su comida, por lo que fue la primera en preguntar lo más obvio.
―A la policía. ―respondió el hombre de cabellera plateada, como si realmente aquello no representara un peligro.
―¡¿Pero tú estás loco?! ―le gritó entonces Hijikata, haciendo que varios de las demás personas presentes en el restaurante volteasen a mirar. Suspiró, tratando de modular su voz para no llamar la atención. ―Tú no puedes ir a la policía y pedir que te den identificaciones falsas.
―Nadie va a pedir nada, poli. ―Gintoki sonrió de medio lado, lo que claramente significaba que tenía una idea turbada en su cabeza. ―Hay chicos aquí que pueden facilitarnos las cosas si sabemos cómo guiarlos a que lo hagan.
―¡No voy a permitir que hagas que estos niños cometan un acto ilegal!
―Ya, pero dos de los que necesito no son tan santos como para no hacer lo que les pido. Además, es por un bien común. No creo que sea tan difícil de hacer.
―No, difícil no es. ―el pelinegro tenía una vena marcada en su sien. ―Es ilegal.
Bueno, Kamui pensó que había que entenderlo. El pobre Cigarrilloman hasta hace 48 horas había sido policía; respetaba y hacía cumplir la ley, por lo que ahora hacer cosas ilegales no le iban muy bien.
Así pues―y después de una larga y absurda discusión por parte de Hijikata y Gintoki―acordaron que el primero se iría con los demás a la casa mientras el segundo se llevaba a Kamui, Sougo y Shinpachi. De las cosas raras, y esa.
Se encaminaron a la comisaría de aquel lugar, deteniéndose antes en una panadería para comprar unos dulces―de los cuales si apenas quedaban para el supuesto regalo de soborno ya que todos comían disimuladamente―, y finalmente llegaron a dichoso lugar.
―Gin-san, ¿qué se supone que vamos a hacer? ―preguntó Shinpachi.
―Agradecer por la gran hospitalidad que han tenido con nosotros al esposo de Amayu-san que es policía.
Bien, Kamui no sabía si era porque Gintoki tenía un master en el engaño o porque aquel hombre era idiota, pero se había tragado todo el cuento que el de la permanente le había echado sobre ir a agradecerle ofreciéndole aquellos dulces―los cuales solo habían poco menos de la mitad―y que además estaba paseando por el vecindario con sus dos hijos varones y el hijo mayor de su cuñada con el fin de familiarizarse más con el lugar. En algún momento la conversación llegó al punto de hacer identificaciones, porque se supone que ellos los habían perdido con la mudanza. Aquel hombre les señaló una puerta que tenía llave y le dijo que si, los hacían, pero solo en horario de oficina, por lo que por ese día no había servicio.
―Ya, ¿y tú jornada es mucho más larga? sería injusto que te tengan aquí toda la noche. ―continuó Gintoki.
―No, que va, de hecho estaba a punto de irme cuando ustedes llegaron. Aquí con poco basta. Con un solo oficial que haya para todo el edificio es suficiente.
―Ah, qué cosas, ¿no? ―el peliplata asintió en son de comprensión. ―Bueno, nosotros ya nos vamos. ―una vez estuvieron fueron, Gintoki se giró para mirarlos con una sonrisa de medio lado en su rostro. ―Esto será más fácil que perder dinero en el Pachinko.
Kagura se tiró en su cama en el momento en que entró en la habitación. Nunca había estado tan cansada de hacer nada. A no ser que estar quitándose y poniéndose ropa contara como hacer algo productivo. La cosa buena era que habían logrado conseguir una rica cena; de esas a las que ella no estaba acostumbrada a tener en la Central. Sólo cuando Mutsu lograba traerle algo desde afuera de las instalaciones que era verdaderamente delicioso.
Abrió los ojos de par en par una vez pensó en Mutsu. La pelirroja era de las que pensaban positivamente, así que no estaba preocupada del todo por el estado de Abuto y Mutsu una vez los dejaron escapar, pero si le preocupaba que aquella odiosa mujer hubiese decidido hacerles daño posteriormente a los sucesos. Además, Mutsu había dicho que tenían que buscar a un tal Sakamoto, pero Gintoki había dicho que en esa casa no había nada.
Se levantó de su cama y fue a la mochila que traía consigo desde la Central. De ella, sacó el folio que Mutsu le había entregado. Estaba mal que lo hiciera, pues con su hermano había acordado que lo mirarían juntos, pero es que Kagura necesitaba saber un poco más de su madre. Suspiró, pensando que de seguro si pudiese y tuviera el folio en su poder, Kamui hacía rato habría leído lo que allí estaba.
Febrero 16.
La niña no muestra avances ni mejoría con su enfermedad. Sigue igual de débil, después de haber inhalado por accidente el medicamento, sus células parecen tener una especie de mutación en el núcleo, cambiando la estructura del ADN. Más allá de eso, en el cuerpo exterior no se muestran cambios visibles.
Febrero 26.
Hoy está más activa, más alerta. Sus células han sufrido un proceso adaptativo increíble al estrés al que fueron sometidas por la sustancia. Ella parece tener mejor semblante, no parece estar tan débil a pesar de que la enfermedad sigue estando en su sistema.
Marzo 6.
Hoy se ha lastimado, pero el proceso de coagulación y curación fueron acelerados, permitiendo que ella estuviese bien en una hora. Saqué un poco de su sangre para estudios de la misma.
Marzo 16.
Su sangre es…
―Kagura-chan. ―la voz de Soyo logró que Kagura espabilara, cerrando de golpe el folio. Descifró que con la mirada Soyo le preguntaba que era aquello, pero la pelirroja lo ignoró adrede y fingió demencia.
―¿Qué ocurre, Soyo-chan?
Pensó que la pelinegra había ignorado lo que ella guardó, y entonces procedió a sacar una hoja del colchón de su cama y se la mostró. ―He querido comentarte sobre esto. En esta hoja están escritos nuestros nombres, también el tuyo y el de tu hermano. ¿Crees que tenga algo que ver con la razón por la que nos quieren?
La pelirroja tomó la hoja y comprobó que sí, que efectivamente allí estaba escrito su nombre y el de todos los que estaban ahora en esa casa―que tenían poderes―. Y algo que le llamó la atención bastante fue el hecho de que el nombre de ella y el de su hermano mayor se mencionaba con las palabras "primera y segunda matriz" previas a sus nombres. Ella nunca había escuchado sobre eso. ¿Kamui y ella de qué cosa era la matriz? fue Soyo quien manifestó la pregunta en voz alta.
―¿De qué son la matriz ustedes dos?
―No sé. ―respondió con sinceridad, aunque estaba intentando hacer memoria de si alguna vez ella dio pie para que algo naciese.
¿Y si eso tenía que ver con lo que ellos dos eran hijos de la mujer que dio origen a los poderes? Mutsu lo había dicho, así algo deben tener ellos de especial e importante.
―Soyo-chan, ¿tú sabes cómo llegar a esta casa? ―preguntó entonces, mostrándole la dirección escrita en una de las hojas del folio que Mutsu le había dado.
―Sí. Estábamos cerca de allí cuando nos encontramos con Hijikata-san y el resto. Pero ellos dijeron que no había nada ahí que pudiese servirnos.
―¿Crees que Toshi nos lleve? ―ante la mirada de pánico de la pelinegra, Kagura trató de calmarla. ―No vamos a hacer nada malo. Es sólo que tengo un presentimiento. Creo que si vamos, podremos encontrar algo que nos ayude.
Luego de varios minutos de indecisión interna, Soyo le dijo que tendrían que preguntarle a alguien mayor, y juntas fueron en busca de una de las figuras autoritarias de la casa. Sabía que en la casa sólo estaban ellos tres, pues Otae, Tsukuyo y Seita habían ido a por los uniformes del colegio. Por lo tanto, no había nada de malo en consultarle al policía lo que había pasado en esa casa, ¿cierto?
―No. ―les dijo rotundamente una vez ellas habían terminado de hacerle la petición. ―A ese lugar no vuelvo ni loco.
―¡Pero Toshi! ―exclamó Kagura, ignorando el: "no me digas Toshi" del hombre. ―Es importante. Tal vez allí encontremos algo que nos sea útil para desenredar todo este embrollo.
La mirada atenta y fría del hombre no se suavizó hasta pasados dos minutos. Suspirando, tomó su cigarrillo y le dio otra calada. ―¿Y qué se supone vamos a hacer? Ir, tocar y decir: hola, ¿podrían por favor decirnos que demonios está pasando?
―No, pero siempre podrías acercarnos y echar un vistazo. ―declaró Soyo, luego sonrió maliciosamente. ―Gin-san hubiese dicho que sí.
―Venga, que ese ricitos no es mejor que yo. ―dijo el pelinegro, levantándose del sofá. ―Vamos.
Kagura miró a Soyo y le sonrió. Ella no era tan buena como pintaba su apariencia.
Tsukuyo sentía pena por el pobre Hijikata Toshiro y su ahora casi vacía cuenta bancaria. Y es que, joder, comprar tantas cosas para tantas personas debía ser muy costoso. Si aquel hombre no quedaba en la bancarrota después de todo eso, sería considerado como un milagro. En el carrito de la compra estaban las bolsas con los uniformes―que es a lo que ella, Otae y Seita habían ido originalmente―pero Tae dijo que sería bueno comprarles algo como un regalo de navidad a los niños, puesto que habían pasado una noche buena muy acarreada y no habían recibido ningún regalo.
Bien, eso sería comprensible y la rubia apoyaría la idea al cien por ciento si no estuviesen hablando de niños que son de todo, menos normales. ¿Cómo era que un regalo los iba a hacer sentirse mejor consigo mismos? lo entendía con Seita, porque hombre, él era el único niño menor a 10 años, pero el resto ya sobrepasaban los 15. Aun así, Otae insistió en que sería una sorpresa y además, adolescentes o no, un regalo siempre hacía sentir bien a alguien.
―No será como cualquier regalo. ―comenzó diciendo Tae, sintiéndose como pez en el agua en aquella tienda. ―Será algo que los ayude a mantenerse bien.
―¿Puedes explicarte? ―Tsukuyo la observó ir de un lado a otro, sin lograr comprender nada.
―Por ejemplo, la tela puede disminuir el efecto de la electricidad, por lo que a Soyo-chan podríamos comprarle un par de guantes. Así podrá tocar personas. No piel contra piel, pero algo es algo.
―Entiendo. ―poniendo el dedo índice sobre su barbilla, asintió. ―Seita necesita dejar de escuchar voces, por lo que un par de audífonos podría funcionar.
―¡Exacto! y a Kamui podemos darle un saco de boxeo. Con eso creo que logrará canalizar un poco más su fuerza.
―Bien, pero, ¿y a los que no podemos ayudar con sus poderes? como Kagura, Shinpachi u Okita.
―Bueno, a ellos les compraremos regalos normales. De cualquier forma, la idea es hacerlos sentir bien.
Así pues, se encaminaron alrededor de toda la tienda―Tsukuyo prestando atención casi todo el tiempo al parque en donde jugaba Seita―y compraron los objetos que dijeron que iban a comprar, más un par de lentes nuevos―de seguro para el menor de los Shimura―unos adornos para el cabello―para Kagura―y un antifaz para dormir―para Sougo―.
En medio de la paga que efectuaban las mujeres con la tarjeta de Hijikata―en serio, pobrecito―la alarma del establecimiento sonó, dando aviso de que alguien había salido del lugar sin pagar lo que llevaba. La rubia inmediatamente identificó en sospechoso―porque estaba corriendo―y fue tras él, dejando a Otae sorprendida.
Ella había sido guardaespaldas por mucho tiempo; sabía bien sobre defensa personal y, sobre todo, como atrapar a los tipos malos. Por lo que no le fue difícil retener al hombre que se había llevado una bufanda―¿tanto escándalo por esa prenda? ―y lo había obligado a entregar aquella prenda, esperando que las autoridades competentes llegasen para dar el veredicto contra el hombre.
―Muchas gracias. ―el gerente le agradeció a Tsukuyo. ―Gracias a usted es que no nos han robado.
―No es nada. ―le dijo la rubia, restándole importancia a la acción.
―Señorita, ¿tiene usted trabajo? ―preguntó entonces el hombre, haciendo que Tae y Tsukuyo se mirasen entre sí.
―No, pero está buscando. ―intervino rápidamente la mayor de los Shimura. ―¿Por qué?
―Bueno, aquí nunca hace mal un poco de ayuda extra, y estamos buscando reforzar la seguridad de este almacén. ―explicó. ―Mi pregunta es, ¿quiere usted tomar el puesto?
―¿Seguridad? ―la verdad era que sí, que ella tomara ese empleo ayudaría mucho para los gastos de la casa, pero para eso le pedirían hoja de vida y junto con ella iría una identificación y hasta donde tenía entendido, no tenía ni lo uno, ni lo otro.
―¡Pero por supuesto que sí! ―Tae sonrió magníficamente. ―¿No, hermana?
―Si. ―respondió mecánicamente. Mentir no estaba bien, pero se repitió a sí misma que lo hacía por Seita y por los demás chicos; ellos los necesitaban.
Y un trabajo, de verdad que no estaba de más.
Sougo rodó los ojos, para después mirar la hoja que tenía Gintoki en la mano. Vale, que él aceptaba hacer el trabajo sucio―porque a él le tocaba falsificar las identificaciones―pero tener que escuchar la repetición de ese plan una y otra vez no le molaba. Lo suyo era más de improvisar y ver cómo salían las cosas. El plan brillante de solo tres pasos era tan estúpido que ni siquiera podía considerarse un plan brillante.
1: Kamui golpea a los vigilantes y al policía de turno―sin matarlos―.
2: Shinpachi abre la puerta con seguro de la oficina donde está el sistema para hacer identificaciones.
3: Sougo entra y crea las identidades que necesitan.
¿Qué por qué Gintoki no aparecía en ninguna parte del plan? a Okita le encantaría saber eso.
―Jefe. ―el castaño llamó la atención del hombre mayor. ―Estoy de acuerdo con el cuatro ojos. Nos está utilizando para salir bien librado de esto.
―Que va, Souichiro-kun. ―le palmeó la espalda. ―Yo los estaré esperando dentro del auto para llevarlos a casa de nuevo, y además les mandaré mis buenas vibras.
―Me llamo Sougo.
―Lo que sea. ―le restó importancia. ―Ahora vayan y sean héroes.
Así pues, Kamui ni corto ni perezoso ejecutó la acción dada para él y golpeó a los guardias de seguridad y al policía que salió a averiguar qué era lo que estaba mal―y, record para el joven, no los mató―. Luego entraron a la comisaría, y Shinpachi―con mucho esfuerzo―logró quitarle el seguro a la puerta; no era su culpa, él todavía no controlaba sus poderes. Se supone que Sougo tenía que hacerse invisible para evitar las cámaras de seguridad dentro de la oficina, así que lo hizo. Se acercó al ordenador y, ejerciendo sus pocos conocimientos en informática, logró tener acceso al registro de personas.
Una vez allí, comenzó a digitar uno por uno los nombres de todos los que ahora vivían con él. Hizo memoria de las personas, cosa de que no le faltase ninguno. El jefe, la rubia sexy, el gafas y su hermana, Hijibastardo, el psicópata y la China, y por último, Soyo y Seita. Con la de él, estaban todos.
―Esto pudo haber sido más emocionante. ―mencionó Kamui desde afuera de la habitación para evitar que la cámara de seguridad lo grabase.
―Pues es preferible que sea así y que nadie nos atrape. ―dijo Shinpachi.
―Listo. ―avisó Sougo, tomando las identificaciones en su mano izquierda y guardándolas en su bolsillo. Salió de la habitación y entonces encaró a los otros dos jóvenes. ―Estoy de acuerdo con el Chino. Esto pudo haber sido más interesante.
―¿Chino? ―la sonrisa espeluznante de Kamui se hizo presente.
―Venga, vámonos de una vez antes de que alguien...-
―¡¿Quién anda ahí?! ―la voz de un hombre alertó a los tres muchachos.
―Nos descubra… ―terminó Shinpachi la frase con pesar.
Los siguientes sucesos fueron en cámara lenta. Un hombre con un arma apareció tras las escaleras―no se habían percatado de él hasta el momento―apuntándoles y amenazando con dispararles si ellos no decían a qué era que habían ido a ese lugar. Shinpachi se congeló sin saber que hacer o decir, Kamui miraba desinteresado y Sougo pensó que tenían que deshacerse de ese problema.
―Ehhh, somos fantasmas. ―declaró entonces el castaño, sin inmutarse. ―Y estamos aquí para atormentar tu sucia alma.
Bueno, como era de esperar, el hombre no le creyó ni media palabra a Sougo. ―¡No me tomen por alguien estúpido, niñitos! Tienen tres segundos para decirme que… ―la frase quedó en el aire, cuando Okita agarró a Shinpachi y Kamui para hacerlos invisibles junto con él. ―¡¿A-a-a dónde demonios se fueron?! ―y, seguramente por el miedo, aquel hombre disparó el arma.
La bala se incrustó rápidamente en el costado derecho de Kamui―interiormente, Shinpachi y Sougo agradecieron que no les diera a ellos, porque si los mataba―y este soltó un quejido apenas audible. Acelerando el paso, salieron de la comisaría aun siendo invisibles y se montaron en el auto, despertando a peliplata que estaba contando pescados.
―Jefe, tenemos problemas. ―avisó Okita una vez cerraron la puerta. ―¡Jefe!
Gintoki despertó, aturdido. ―¿Qué? ¿Qué? ¿Me voy a casar por fin con Ketsuno Ana?
―¡Gin-san! ―Shinpachi le reprendió. ―¡Le dispararon a Kamui-san!
―Tienen…que sacarme esa bala rápido…porque así no podré curarme.
―Mierda. ―el peliplata maldijo cuando vio la sangre escandalosa cubrir todo lo que tocaba y a el guarda salir desde dentro de la comisaría. La cosa buena era que ya había arrancado el auto. Al hombre no le había quedado más de otro que asustarse por saber que en la comisaría había fantasmas.
―¡¿Y ahora qué?! ¡¿A dónde vamos?! ―preguntó Shinpachi alarmado, mirando como Kamui se desangraba.
―Pues al hospital, fijo que no. ―les avisó Gintoki. ―¿Tu hermana no hizo un curso de enfermería o algo? ―le preguntó a Shinpachi.
―¡No! ¡Ella nunca se ha interesado por esas cosas!
―Pero la mía sí. ―murmuró Sougo, pero lo suficientemente fuerte para que fuese audible. ―Antes de casarse con Hijibastardo ella estudiaba esas cosas.
―Entonces sabrá como extraer una bala, ¿no? ―afirmó el peliplata. ―¿Dónde es?
―No iremos donde ella. ―expresó el castaño, sin inmutarse por la fuerte presión que el brazo de Kamui hacia en su antebrazo. Joder, que el mal nacido ese aun con litro de sangre fuera de su cuerpo seguía teniendo una fuerza demoniaca. Además, no los llevaría donde Mitsuba porque no quería ponerla a ella en peligro. Le valía él mismo, pero ella no. ―El punto es, que si me dan las cosas necesarias, yo puedo sacarle la bala. Aprendí de primeros auxilios en ese tiempo.
―Hagan lo que sea, pero sáquenme esta mierda. ―incluso en el tono de voz, el pelirrojo ya se notaba cansado.
Gintoki giró el volante violentamente, conduciendo en dirección a una farmacia a toda velocidad. Okita sabía que aquel hombre estaba confiando en él, y además quería sentir la satisfacción de ser por una vez quien salvara la vida y no la quitara―él nunca había quitado una vida, pero ha estado a punto―.
Notando que la presión en su antebrazo disminuía, se giró para ver a Kamui. ―Oe, no te duermas.
―Voy a matar a ese bastardo luego. ―amenazó el pelirrojo, refiriéndose al policía que le había disparado. Y a Sougo pues no le importaba mucho si lo hacía o no.
―¿Esta es la casa? ―preguntó Kagura, a lo que Hijikata asintió. ―Parece que aquí no ha vivido ni un alma en mucho tiempo.
Soyo, Hijikata y Kagura bajaron del auto y, con cuidado que no estuviese nadie cerca rondando que pudiese verlos, abrieron la reja blanca de aquella casa y se adentraron en ella, luego de descubrir que seguía sin seguro. Una vez dentro, el pelinegro pudo notar detalles que, cuando estuvo allí la primera vez, no se percató gracias a la oscuridad. El primero de ellos era que en efecto, esa casa lucía tan vieja y sucia, que creía imposible que alguien estuviese viviendo allí en los últimos años. La otra cosa que le llamó la atención―y esto lo hizo estremecer un poco―fueron la cantidad de fotos que habían pegadas en una de las paredes de la sala; como si fuese un mural.
Las fotos eran de niños entre los 6 hasta los 18 años. Algunas―por no decir la mayoría―estaban tachadas de rojo, dando a entender o que habían encontrado al chico, o que de plano estaba muerto. Hijikata prefirió pensar en la primera opción. Allí entonces, entre tantas fotos, encontró una que retrataba la cara de Sougo y de fondo, lo que parecía ser un hospital.
―¿Todos estos niños tendrán poderes como nosotros? ―cuestionó Soyo, acercándose al hombre mayor que observaba la pared.
―Aquí hay más de 100 fotos. ―Kagura observó entonces la foto de un niño que no pasaba de los 10 años. Se veía algo vieja, pero sin duda aquel cabello plateado se le hacía familiar. Lo dejó pasar simplemente porque más abajo del lugar de aquella fotografía, estaban la de Abuto y Mutsu.
¿Ellos dos tenían poderes? ahora sí que la pelirroja no entendía un carajo.
Para Hijikata fue inevitable entonces preguntarse ¿por qué demonios aquella noche el ricitos y el gafas estaban en aquella casa? ellos le habían dicho que un conocido les había encargado llevar un paquete a aquella casa, y que habían estado intentando entrar porque escucharon sonidos raros….
¡El paquete!
―Niñas, busquen algún tipo de paquete. Creo que eso podría servirnos. ―aunque las vio mirándose con duda, ella acataron la orden.
Para su mala suerte, no había ni paquete, ni sobre, ni nada que se le asemejase. Lo que quería decir que efectivamente, alguien había ido a recoger dicho objeto. La pregunta era, ¿quién? para resolver la incógnita, les hacía falta una pieza clave en el rompecabezas: aquel tipo quien envió el paquete con Gintoki tenía que saber qué era lo demonios estaba pasando.
―Bueno, aquí no hay nada. Sólo muchas fotos. ―dijo Soyo, con la decepción presente en su voz.
―Sí, pero por lo menos ahora sabemos a quién tenemos que buscar, y no creo que sea tarea difícil, puesto que el vago de la permanente le conoce. ―les dijo Hijikata, caminando hacia la puerta de salida.
―Eso es cierto, Toshi.
―No me llames Toshi.
Kagura continuó. ―Mutsu había mencionado algo sobre ese tipo. Nos dijo a Kamui y a mí que debíamos encontrarlo aquí; que él nos iba a ayudar.
Bien, próximo objetivo: encontrar a Sakamoto Tatsuma.
Una vez estuvieron fuera, y de que se asegurasen que nadie los seguía o los había visto allí, subieron al auto de nuevo y se dirigieron a la casa, que quedaba bastante retirada la condenada.
Notas de autor: En el capítulo anterior no dejé ninguna nota porque pensé que este lo publicaría al día siguiente, pero pues pasó a la semana siguiente xD que cosas nos trae la vida. La verdad fue que me quedé sin ordenador por unos días porque le dio un virus, y apenitas lo han arreglado (gracias a Dios). Este capítulo tiene muchas cosas xD y creo que todavía no responde a muchas de las incógnitas que tienen, pero por lo menos ya saben a quien es que hay que buscar para las respuestas :v
Gracias por los comentarios y espero que les guste el capítulo. En el transcurso de esta semana subiré el siguiente así que esperenlo
Lira-Lira19: off
