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Nueva York. Manhattan.
Minutos después de la explosión atómica.
Superman volaba por un cielo oscurecido. La luz del Sol apenas podía atravesar las cancerigenas nubes radioactivas.
Todo lo que quedaba de la Gran Manzana estaba sumido en sombras. Cientos de colosales incendios crepitaban, con fuerza, en una hoguera descomunal, reduciendo a cenizas todo lo que tocaban.
Aquello parecía como estar dentro de un gran horno.
El Hombre de Acero descendió cerca de la "Zona Cero" y con su visión de rayos X revisó cada centímetro de escombros.
No encontró nada.
Voló otra vez, en esta ocasión hacia los suburbios. El daño iba de mayor a menor escala, a medida que se alejaba del centro urbano.
Fue allí en donde encontró al primer sobreviviente del holocausto.
Encerrado en un auto bajo los restos destrozados de un puente, entre medio de escombros en llamas, agonizaba. Superman no perdió el tiempo y lo sacó de allí, procediendo a revisar su cuerpo de inmediato.
Casi lamentó haberlo hecho…
El hombre estaba ciego, además tenía todo el cuerpo chamuscado por el mortal baño de radiación nuclear. Era un milagro que todavía siguiera vivo.
No duraría mucho así.
Sin perder el tiempo en charlas inútiles, Superman lo envolvió con su capa roja y se lo llevó al vuelo. Iba directamente al primer puesto medico que encontrara en las afueras de la ciudad.
Rezó por que el hombre viviera lo suficiente hasta llegar allá.
Washington D.C.
Interior de un hospital.
Tanto Lois como el personal medico y demás gente que estaba por ahí se reunieron en torno al televisor, ávidos de noticias.
La programación habitual de los canales líderes había sido sustituida por imágenes en vivo y en directo de la tragedia. Con el corazón latiéndole a mil, Lois escuchó la historia del primer sobreviviente aparente del holocausto atómico neoyorquino. Superman lo había rescatado y traído ante los médicos que lo atendían cerca de la zona de la catástrofe.
El hombre no duró mucho. Sus quemaduras llegaban a tal grado que los doctores nada pudieron hacer para salvarle la vida.
Falleció una hora mas tarde.
Las escenas en la tele cambiaron. Ahora enfocaban a la sala de conferencias de la Casa Blanca. El Presidente Luthor iba a hablar a la nación…
Apareció unos segundos mas tarde, vestido de negro y con el rostro compungido. Se paró ante el atrio repleto de micrófonos y los flashes de las cámaras de fotos, y comenzó su discurso.
-Hoy, América recibe de nuevo otro duro golpe del terrorismo… Hoy, otra vez somos testigos de cómo el horror se instala de nuevo en el corazón de la Humanidad. La masacre de Nueva York… - hizo una pausa. Las cámaras de TV se enfocaron en su rostro. Estaba conteniendo el llanto – La masacre en Nueva York no quedara impune – continuó – Sabemos que esto es obra de grupos extremistas, de una nacionalidad todavía desconocida. Presumimos que podrían ser islámicos. Desde aquí, quiero hacer saber a todos los enemigos de la Libertad que este acto de barbarie tendrá su justo castigo.
Luthor hizo otra pausa. Tomó un trago de agua de un vaso que un secretario le alcanzó. Fue el momento que el periodismo estaba esperando. De inmediato lo bombardearon con preguntas, unas detrás de otras…
-¡Señor Presidente, señor Presidente!
-¿Puede darnos mas detalles de cómo sucedió el atentado?
-¿Qué tipo de represalia habrá?
-¿Es obra de los seguidores de Osama Bin Laden?
-¿Se suspenden las elecciones, señor?
Luthor solo contesto a esa pregunta.
-Efectivamente. Dada la gravedad del caso, las elecciones presidenciales quedan pospuestas. No es momento para que los norteamericanos se preocupen por las urnas; es momento de reunirnos entre todos, castigar a los culpables y velar por la continuidad del orden y la paz. La soberanía de la Libertad está antes que todo – dijo – Es todo lo que tengo para decirles, de momento. Los dejo con el señor General Voll… él podrá explayarse en temas que a lo mejor, yo no puedo. Buenas tardes.
Luthor se fue de la sala, acribillado a preguntas. Un anciano militar ocupó su puesto para dar un informe técnico sobre el tipo de dispositivo que podría haber sido usado para el ataque…
Lois dejó de mirar la tele. Salió al patio del hospital. Necesitaba urgentemente un cigarrillo.
Mientras se lo fumaba, recordó que se descubrió mirando a los ojos de Lex durante la conferencia que vio. Por supuesto, eran normales, humanos… pero algo, un "no sabia qué" indefinido la hicieron estremecerse.
Volvió a Recepción de Enfermería y preguntó por el señor Charles Russell, el paciente ingresado hacía poco y al que ella y Clark habían acompañado hasta allí.
-Lo lamento, señorita Lane – dijo la enfermera a cargo, tras consultar por teléfono – El señor Russell ha fallecido.
-¿Qué? ¡Un momento! ¿Cómo que falleció? ¿Está segura?
La enfermera asintió.
-Acabo de hablar con el medico que lo atendía. El señor Russell murió – confirmó.
La sangre de Lois se heló.
-¿Puedo saber el motivo?
-Ataque al corazón.
"Ataque al corazón". Que la parta un rayo. ¡Había perdido al único testigo vivo que podía arrojar luz al caso de Atherton! Nuevamente, estaban en cero.
Lois se desplomó en una silla libre. Su mente giraba en torno a lo sucedido: la declaración del hombre, el ataque histérico que sufrió, su internación… su muerte.
Todo eso quedaba pequeño ahora. Alguien (presumiblemente terroristas islámicos) había volado en pedazos N.Y. Casi podía imaginar a Perry intentando llamarla, pidiéndole a gritos que junto con Clark, volvieran a Metrópolis.
Pensando en eso, tomó su teléfono celular. Lo tenía apagado.
Apenas lo encendió, sonó el timbre. Atendió.
-¡Por el fantasma del Cesar, Lane! ¡Al fin me atiendes! – ladró Perry White desde el otro lado - ¡Pensé que Kent y tú se habían perdido! Escucha: cambio total de planes. Olvídense del asunto del Senador Atherton. Vuelvan aquí de inmediato. Lo de Nueva York supera todo… ¡Quiero una cobertura sobre este horror!
